ENLACES, LAS OTRAS PUERTAS ......
GOLIARDOS Y AZOTH
...CuEnToS de VaMpIrOs...
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De las plaquettes de Goliardos, Vampiros. Breve Antología Mexicana, la reunión fundadora del Neogótico Mexicano, de Neogótico Mexicano, otro clásico, y de Vampiros y Vampiras, de igual forma ya una referencia insoslayable, pegados aquí, a lo bestia, cuentos de muy diversas tendencias...



NOSFERATU
José Luis Ramírez

Es el tiempo, la hora.
Ha de repetirse el eco de nuestros pasos en cada escalón y en cada uno de los muros, lo mismo nuestras sombras; ampliadas quizás por el temor que sientes de estar envuelta en este manto de noche; conmigo. Sin embargo no debieras temer, en muchas cosas somos iguales.
También yo te temo. También yo te sueño.
A mi también me gusta la nieve, me trae recuerdos.
Dicen que nieva porque alguien te quiere; es agradable pensar en ello. Suponer que alguien habrá de extrañarte apenas te llenes de ese aroma que deja la muerte; impregnando de él toda tu alcoba, tu cama, tu miedo; tu camisón.
Lo siento. No era mi intención asustarte. Se trataba sólo de hacer conversación, de mostrarte que no somos tan distintos; que respiramos el mismo aire que mueve las cortinas, que nuestra sangre es vino lo mismo que la del creador; que ambos aborrecemos la luz porque esta sólo nos muestra los defectos de la gente a la que queremos.
¿Opinas distinto?, anda, dilo; piensas que soy un monstruo porque me sientes detrás tuyo sin ver mi reflejo, porque volteas y ya no me encuentras; porque mi sombra se escabulle entre tus pensamientos. No temas; tus axiomas están salvos conmigo.
Está bien que no creas en mí, en cierta forma te lo agradezco.
No, no falta usar antifaces aquí. Tampoco sirve de nada creer en mitos.
De nada puede servirte una cruz si no crees en ella.
Créeme, yo tengo una que nunca hace caso; no, no es que sea muy devoto, o quizás sí; le tengo devoción a tus ojos. No los cierres, no te escondas en un suspiro. Deja calmar el temblor de tus labios; eso, quita los dedos y déjalos hacer lo que saben; entrégate toda.
No tengas reservas de lo que eres y lo que soy, eso ya no importa.
Anda; ven, acuéstate. Puedes prescindir de las sábanas y los edredones; no harán falta. El frío lo podrás controlar con el pensamiento; también al viento, a los lobos, a las ratas. Oh, olvidé tu aversión por los roedores. No importa, habrás de ver lo buenos que son como sirvientes, la lealtad que te tienen mientras duermes, lo cariñosos que son.
Eso, deja a los dedos sentir los trazos que hay en la tela. Siente la piel que se dilata en tu pecho, el rostro que sonrojas, el latir de tu corazón. Tienes que recordar que la sangre es vida y la vida lo es todo. Eso, aférrate a ella. Respira.
Drena tu pasión por heridas gemelas.
Abrázame.
Créeme que nada he visto más hermoso que tu rostro, que nada es más grato que esa expresión de labios entreabiertos. Me dejarás robarte un beso; recorrer de una caricia tu cuerpo, enredarme en tus piernas. Sentir como correspondes a mi cariño. Te quiero.
Por supuesto sabes lo que eso significa.
Sin embargo has arrancado la cruz de tu cuello, has cambiado.
Te paseas de noche por el castillo mirando a ningún lado, duermes de día; a tu nana la has obligado a tener las cortinas cerradas, a vestirte de negro. «Ave María, mi niña», la señal de la cruz en su pecho, «pasó el muerto».
Sonríes.
Pero tu sonrisa ya no es inmaculada; tampoco tu rostro, tampoco tus piernas, tampoco tu sangre. Has estado bebiendo del láudano. Has estado jodiendo con los gitanos. ¿Qué te pasó?, ¿Por qué no eres más ese ángel que eras?, ¿Qué te hice por dios?, por el mismo dios que nos ha condenado, maldita sea mi sangre y maldita mi especie.
Ríes. Risa de puta.
Abres las piernas para ofrecerme consuelo.
Pero qué consuelo puedes darme.
—¿Ya no me quieres?
Los colmillos azuzados más allá de los labios.
Los párpados exangües de desvelo.
—No, ya no te quiero.
—Pues entonces mátame.
—No puedo, eres inmortal… eres hija mía y de la noche.
—Soy la puta del diablo.
—Eres lo que quieres ser.
—Te odio.
—Y yo te amo.
Luego son tablas. Ni tu ni yo.
Ninguno de los dos habrá de sobrevivir al otro.
—Me gustabas más antes, antes de esta hambre y de la lujuria. Cuando sólo venías en sueños y no te atrevías a hacerme el amor, cuando te temblaban los dedos antes de acariciarme. ¡Demonio!, ¡Nosferatu!
—Eso soy.





MERLINA Y EL DIABLITO
Gerardo Sifuentes

El aire se corrompía conforme se acercaban.
Ella lo guiaba lentamente por callejones formados con cajas de madera delgada, rastros de verduras amargas desechaban sus vapores sobre el suelo. Y la mugre que se adhería a sus botas eran vestigios de extrañas sensaciones humanas, lágrimas y sudores que delataban la condición humana.
El viento en contra hizo que la esencia acaramelada de la sangre de Merlina lo enloqueciera, olvidando el entorno. Pensó en su nariz pecosa, en sus ojos avellanados, la figura delgadísima de muñeca que lo tomaba de la mano para guiarle por aquel laberinto.
Se llamaba Luz, pero él prefería llamarla Merlina.

La había encontrado en una lavandería, con esa mirada que delataba una inteligencia por encima del promedio, pero sobretodo, un ansia por salirse, por dejarse llevar.
«¿Se te ofrece algo?», aquella vocecita lo había embrujado.
Al aparecerse ella sobre el mostrador Sariel pensó en un delicioso acto de guiñol, de esos que no veía en mucho tiempo. A sus siete años Merlina era un santuario incorruptible en medio del caos de la ciudad, quizás el último trazo de inocencia que era lo que orillaba a Sariel a protegerla, y a dejarla ser.
No la había raptado, ella misma sabía que tenía que abandonar su hogar en aquel momento. Un par de juguetes, cepillo de dientes y un oso de peluche mugroso que asomaba por la mochila que colgaba de su espalda, equipaje suficiente.
Ella sabía que Sariel era inmortal. Desde el primer momento supo que no estaba vivo.
Merlina le decía cuando había peligro, le advertía sobre el reflejo de luna y ocasionalmente le ayudaba a encontrar a alguna persona «especial». Nunca había visto a Sariel entenderse con esas personas, jamás se lo permitía. Lo curioso era que nunca más volvía a ver a esas personas, sólo en ocasiones asomaban por la mente y sueños de Sariel.
Le gustaba la palidez de él, casi del mismo tono que la suya. Su rostro afilado, sus manos, sus dientes. Hacían una pareja perfecta. Lo cuidaba de día, le narraba historias para alimentar sus sueños, le hablaba del futuro, de los demonios que se apoderaban de él y de sus visiones.
Por la noche eran un par de extraños amantes paseando por los parques. Él la empujaba en el columpio, en ese péndulo que marcaba el ritmo de la extraña infancia de Merlina. Sariel le contaba historias de otras tierras y otros tiempos, de almas que vagaban por la ciudad en busca de compañía, cuentos de sangre y rímel negro.
Merlina era especial en muchas formas, era la única cuyos sueños no podían ser leídos por Sariel. Y él se extrañaba por eso. Sus centurias vagando le habían hecho ver distintas perspectivas del mundo mortal. Aquellas personas que guardaban con celo sus sueños eran más propensas a ser amadas.
Una noche le había dicho que en realidad ella era una bruja. Y Merlina se alegró mucho con la noticia.

Aquella tarde Sariel despertó con la insistencia de ella.
Arrastraba las botas, Merlina se aferraba a su deshilachada chamarra de mezclilla, llevándolo por calles que habían perdido su nombre .
En su interior Sariel sabía que se trataba de una prueba de creencia.
Así que llegaron al mercado, vacío, lleno de focos amarillentos que semejaban estrellas en decadencia.
San Martín Caballero observaba con compasión desde su montura a un mendigo. El cromo se perdía entre una hilera de cabezas de ajos, herraduras y barajas de lotería, todo con un fondo de terciopelo rojo y lentejuelas metálicas que hacían un baño de sangre artificial. Unas pequeñas plantas de sávila, verdes, lechosas, guardaban cada esquina del local saturado de fetiches.
Las ranas secas bailaron con las ráfagas fugaces de viento.
Una anciana, arrugada y casi ciega, entonaba una antigua canción de cuna.
«Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?»
«Por una manzana que se le ha perdido», pensó Merlina completando la canción, sin meditar que nunca la había escuchado antes en su vida.
Las veladoras en honor a la Virgen de Guadalupe se apagaron de golpe, llevándose la veneración. Los sobres del ungüento del amor, del zorrillo y otros productos desaparecieron a los ojos de Sariel, el olor a incienso le picó en la consciencia. El humo se llevaba los rezos escondidos de la anciana. Podía escucharlos, sigilosos, entremezcla pagana y religiosa que se unía al cielo.
Una mujer joven aguardaba en un rincón. Morena, exquisita. Especial. La astucia refulgiendo en sus ojos, vileza detectable a distancia.
Sariel mostró sus afilados incisivos, abrazando a Merlina, la fiera protegiendo a su cría.
—Dame a mi hija, nahual.
Sariel no comprendió el adjetivo, y mucho menos la maternidad sorpresiva. Las brujas tenían modos extraños de presentarse.
—El padre no tiene nombre pronunciable —la mujer se les acercó con cautela felina, sintiendo el olor de Sariel en la atmósfera, el perfume que pocas personas podían reconocer, partículas destiladas en aquellos organismos mágicos.
Merlina quería llorar, arrancarse a correr, decirle a Sariel que se arrepentía y que no había mejor lugar en la ciudad que aquella lavandería con olor a suavizante donde se habían conocido.
La anciana derramó una lágrima que sólo la niña pudo ver. La habían engañado.
Sariel recibió una embestida de plegarias inconexas, la mujer estaba decidida a arrebatarle a su Merlina. A su única compañía, a su amante.
Se distrajo.
Y las uñas de la mujer trazaron pequeños surcos en el rostro de Sariel, veloces aún para él, impulsadas por una fuerza que escapaba a sus conocimientos.
«Yo por ti me moriría de nuevo», pensó.
Surgió la bestia contenida en él, buscando el daño preciso, el frágil hilo de la vida que pudiera romperse. Por que la bruja, después de todo, tenía la sangre caliente. Y cada gota ácida que cayó sobre su cuerpo le llenaba de confusión.
Comprendió que Merlina observaba a la creatura que en realidad era Sariel.
Pero lo hacía por ella.
Y la afilada dentadura encontró el cuello, desgarrando la piel, llenando su boca con sangre hechizada, saturada con sabiduría obscura, antigua.
La separó de él.
—Tu y yo somos de la misma especie —la mujer habló sofocándose, mezclando sus lágrimas con su propia sangre—. La niña te traerá problemas.
«No importa», pensó Sariel. Hundió su delgado brazo en un costado de la mujer, percibiendo su dolor, su extinción ingrata. Tomó el negro corazón que se convirtió en arena.
El resto de su cuerpo se marchitaba lentamente, contrayéndose en una combustión invisible propia de aquellos que poblaban la noche.
Sariel lloraba. No sería inocente a los ojos de su Merlina
«Yo por ti me moriría de nuevo», la besó en la frente.
Para ella Sariel siempre sería inocente. Por que los niños siempre buscaban un refugio, un amigo imaginario que los protegiera, que los escuchara. Merlina tenía mucha suerte, Sariel era real. Tomó del suelo una baraja de lotería. El Diablito bailaba gozoso en aquel rectángulo de cartón. Sariel era parte de una lotería obscura que se abría paso en tierra extraña. Sonrió.
La calma.
Aquellos seres nocturnos no existían. No en este mundo. No al que alguna vez Merlina había pertenecido.
La anciana abrazó a Merlina y la santiguó con una fe envidiable. Descolgó de su estantería un pequeño amuleto, una semilla redonda, obscura, un ojo de venado. Lo colgó alrededor del pequeño cuello. Ahora Merlina estaría más protegida que nunca.
—¿Quién es Merlina? —preguntó Sariel a la anciana.
—Tu corazón —la anciana le acarició las heridas que de inmediato sanaron.
Había cosas en el mundo que se podían curar.
Los vio alejarse.
—¿Y tú que eres? —Merlina preguntó mientras descansaba su cabecita en el hombro de Sariel
Él no contestó. No lo haría.
Sariel la cargó de camino a su refugio. Y por primera y única vez le leyó un sueño, mismo que guardaría como un preciado tesoro.
Merlina durmió hasta muy tarde al día siguiente, sujetando con firmeza el ojo de venado sobre su pecho. Al despertar, observó a Sariel en su trance, y recordó lo que él le había dicho en sueños:
«Aquí es la encrucijada, Merlina. Soy parte de ti, y te protegeré hasta que crezcas, hasta que llegue el punto en el que comprendamos tu verdadera misión en este mundo cambiante. Podrás contarle a la gente sobre nuestras experiencias, lo contarás cuando seas una verdadera bruja, pero mientras descansa, soy solo un demonio que desplaza leyendas que poco a poco mueren, y créeme que no es nada fácil llevar esta carga...
«Te amo.»
Merlina abrazó a su vampiro, esperando pacientemente hasta que el crepúsculo los reuniera de nuevo.



CREPÚSCULO ROJO

Si las metáforas son las perversiones del lenguajes,
entonces las perversiones son las metáforas del amor.
Karl Kraus

H. Pascal
—No puedo.
—Claro que sí.
—Te advierto que no puedo. No estoy en días propicios.
El pasó la lengua por sus labios. Ella miró ese gesto no como un signo de gula, sino como una mueca en que se evidenciaba, una vez más, deliciosamente, su inmadurez.
—Además no quiero. Luego sueño feo.
—Los sueños son sólo un camino hacia el deseo.
El acercó su mano hacia la cintura de ella. El umbral de la puerta estaba iluminado por un cielo rojo, un extraño resplandor de media noche.
Ella deshizo el conato de abrazo.
—Sí puedes. Y sí quieres.
Era el cabello rojo de ella que cubría toda la noche, toda la percepción de él. Todo su gusto exacerbado. Sus colmillos retráctiles estaban a punto de saltar. Pero se contuvo. Dominó el salto del vampiro. La necesitaba a ella, olía su sangre a través de la falda, a través de las sombras rojizas de la noche.
—Sí quiero, pero no puedo. Te lo juro.
—No jures en vano.
Volvió a acercar sus manos hacia el talle femenino. No hubo resistencia, a pesar de que lo eludía, pues abrió el umbral de su casa para dejarlo pasar.
—Aquí abajo no. Vamos a mi alcoba.
Era una diosa terrible cuando subía aquellas escaleras oblongadas. Una diosa arribando lentamente al cielo oscuro del deseo. Una doncella de otros tiempos a punto de perder la virginidad, otra vez.
Atravesaron el pasillo de hierro. Atravesaron la mente del universo, el camino hacia un quart a punto de estallar cuando entraron a la recámara iluminada por neones de colores. Atravesaron el tacto de Dios cuando finalmente se abrazaron. Ella traía la blusa azul. La blusa que como un mar en retirada fue deshaciéndose en un extenso escote a medida que se desprendían los botones. Una ola que se dilataba y se contraía como un ciclón que se deshace para dejar paso al festejo de la creación. El reino de la carne blanca ante los ojos de él.
—Déjame tocarte.
—Abre tu boca.
—Déjame verte más.
—Abre tus sentidos, abre tu tacto, desenvuelve tu toque de chaman, distiende tu lengua de bardo, despliega las velas de tu vida. Déjame mostrarte otro camino hacia el vacío.
La camisa blanca, los jeans, la lengua de los tenis, las agujetas de la conciencia se desprendieron. Cayó de rodillas ante ella. Tomó desde abajo los senos pequeños mientras miraba hacia el elevado altar de su hermoso rostro, de su sonrisa, de su cabello rojo. Fue bajando el beso de sus dedos por el pecho, por el abdomen y el talle hasta llegar a la falda. Acarició la piel de la pelvis a través de la tela, bajando más y más, sin dejar de mirarla, sin dejar de sentir su aliento rojo sobre él. Las manos penetraron por debajo de la falda para hallar la pequeña pantaleta y la jalaron, lentamente. Los ojos siguieron el movimiento de los párpados de ella, entornándose; los oídos escucharon el leve sonido de la toalla íntima al desprenderse de la tela.
—No, no; así no—, dijo ella, cuando él retiró la toallita humedecida de rojo y comenzó a alzar la falda empujando con su rostro, oliendo la sangre, el tejido casi vivo que se desprendía suavemente de aquel nudo de nervios, fuente de desconciertos que la atravesaba entre las piernas.
—Sí, así sí...
Ella intentó retirar ese rostro hambriento que buscaba sumergirse en su interior, y jaló suavemente sus cabellos. Pero no pudo, no quiso ser capaz. No deseaba contener el toque de esa respiración anhelante, la brecha que abría en su alma esa búsqueda inefable.
La lengua en busca de la sal. El goce en busca del deseo. La vida en busca de la muerte. La muerte en busca del placer. La lengua en busca de una gota de carne, de una gruta enrojecida, de un manantial de fluidos imprecisos.
Ella respingó hacia atrás. Ella sintió cómo se rasgaba de lascivia; ella sintió la mórbida vía láctea que reventaba lentamente en su interior.
—No, así no.
—Así sí...
Cada vez más profundamente, cada vez más sangre, más fluidos, más células, más savia primordial en busca de la caricia de gato salvaje que la engullía, más fuego líquido para llenar el hambre de esa lengua hecha de conflagraciones, más zumo de fervoroso amor para ahogar la idolatría del santo idiota arrodillado a sus pies.
El ascenso hacia el cielo obsceno del deseo, el descenso al mar luminoso de la desesperación.
La caída incesante. La vida dilatada en un grito, la muerte comprimida en un suspiro final.
Cuando se desmayó, él la tenía férreamente sostenida por la cadera, aprisionando sus glúteos con las palmas, clavando las uñas en su cintura.
Los colmillos retráctiles habían saltado como dos estacas de marfil perfecto. Los ojos habían nutrido su color con la sangre, con los tejidos, con el sentido de la realidad única. Con la delicia de la nutrición profunda, espiritual, libertina, incompleta, favorable, envenenada, propicia.
Se levantó tomando el cuerpo de ella entre sus brazos. La tendió en la cama y miró su figura entre penumbras. El torso desnudo. El cabello revuelto. La piel más pálida que nunca. Los ojos cerrados. La respiración de una diosa dormida. Los senos amodorrados. La falda alzada. El pubis abierto, los muslos con tatuajes incoherentes, hilos de sangre, hebras de fluidos rojos, trazos de tejido viviente, dibujos dadaístas, jeroglíficos que relataban el instante de una vida, glosolalias que cifraban su mensaje en la satisfacción.
La dejó así. Observándola mientras se vestía.
Cuando salió, la media noche le parecía más roja que nunca.
Miró hacia el parque. Nada lo observaba.
Se acercó para estar seguro de que sólo sonreía. De que en sus ojos no había otra cosa que una estúpida burla.
—Eso no cuenta—, dijo Nada.
—¿Qué?
—El mole de horqueta no cuenta.
—No te entiendo.
—Bebiste sólo endometrio. Comiste licuado de células, líquido de matriz. Eso no es sangre. Ergo, no cuenta.
El recuerdo de la madriza. Las ganas de repetir los chingadazos. La evocación instantánea de sus labios, de su sangre. El asco.
Escupió sobre Nada. La saliva aún rojiza escurrió por su rostro como una amiba derretida.
Nada suspiró.
Nadie le dio la espalda para internarse en la noche, en el crepúsculo rojo de sus propios pensamientos.






VAMPIROS

Juan Luis Gutiérrez

Los vampiros llegan, te lamen, te chupan, te muerden, te besan... y se llevan tu alma. Y no te enteras sino hasta que la vecina no te pela, tu chava no se deja, tu perro te des-conoce cuando llegas noche y los gatos se erizan cuando te acercas.
Entonces, un día tu chava se deja, y sientes un calorcito nuevo; y ella te dice: “estás muy frío, ¿por dónde andabas?”. Tú contestas: “es que salí sin chamarra”, mientras la abrazas para absorber calor.
Después de un rato ella te dice: “ahí muere...”, se faja la camisa y se abrocha el cinturón. Entonces se pone tu chamarra y dice que tiene frío. Tú te sientes sucio, como si hubieras hecho algo malo.
Como si hubieras robado su alma.






CICATRICES

José Luis Ramírez

Tal vez una nota, pensó.
Aunque tuvo miedo que los dedos lo traicionaran y se viera obligado a que repetir mil veces la despedida, la tinta y la caligrafía repartidas en hojas y hojas que terminarían todas en el cesto de la basura, evidencia de su indecisión.
«Irte así, sin más. Es tan típico de ti, güey».
Y la navaja la dejó en la mesa y torció los labios, tomó el teléfono. Marcó.
La contestadora respondió con el tono de siempre:
“Hola. Estás hablando a casa de Mabel. Deja tu mensaje y número ya que por ahora no voy a contestar. Estoy muy ocupada para atenderte. O no estoy. O tal vez ni siquiera quiero escucharte. O es un número equivocado. O vas a colgar como todos. Como sea, di lo que tenías pensado decir... ”
La saliva y la voz atoradas en la garganta.
—Mabel. Soy yo. No sé cómo decirlo. Yo, yo ya lo he pensado y pesa bastante. Abrir los ojos, moverse; hasta respirar. No tengo por qué soportarlo ¿sabes? Es mi vida, puedo hacer con ella lo que me venga en gana. Como sea, te quiero bastante. Eres lo más cool que me haya pasado, voy a extrañarte pero, ¿qué se le va a hacer? El sitio al que voy no puede ser más malo que este.
Ruido de tonos y de mecánica.
El contador incrementando en uno el número de mensajes.
—Adiós.
Tomó la hoja de afeitar.
Tenía práctica en partirla y juntar luego el par de mitades para hacer el corte. La primera vez un rasguño pequeño en el brazo, cerca del hombro; luego la rodilla, el antebrazo. Siempre sitios ocultos por la ropa, al alcance de los labios. De su afición por la autotortura sabía sólo Mabel, también de su enfermedad.
—¿Y eso?
—Cicatrices.
Y siguió con la esponja enjuagando antes del lavaplatos.
—¿Y de qué?
La mirada atenta a la forma en cada corte.
—Nada importante.
Sonrisa incrédula. Confesión.
—Me gusta cortarme, es un vicio que tengo. Cuando estoy harto, cuando estoy deprimido, cada vez que hace falta. Tomas una navaja, la rompes y cortas. Es fácil —risa a medias; delatora, sincera—. Además, no sé bien por qué, pero me excita lamer las heridas.
—Ya.
—Va en serio, aunque igual tengo esta enfermedad, lo contrario de la hemofilia. No sangro mucho.
—¿Y lo haces de nuevo?
—Sí, bueno; es como el sexo, igual lo haces una vez y ya sólo piensas en hacerlo de nuevo.
Más risas. Nunca más hablaron de ello.
—Joder.
El corte fue una herida profunda de la muñeca hasta mitad del antebrazo.
Y aún así la hemorragia se vino en cámara lenta.
La dermis abierta, la piel blanca.
Puntos de sangre que se dibujan uno a uno hasta ser una línea punteada. Corte aquí, piensa. Y la raya se hace gruesa y se corre a un extremo. Primero un guijarro, una roca que se descuelga por la vertiente hasta ser avalancha, alud. La lengua a la espera de esa lágrima roja.
Los ojos cerrados. Sabor a sal.
Génesis.
El cuerpo rechaza todo trazo de luz. Vomita un alma que le fue dada al nacer y enfrenta a dios como su igual. Un ser superior a todas las cosas. El yo y el ego abiertos y dejados de lado como trozos de cascarón. También la ventana, la seguridad del hogar. Eso que era él ya no cabía en el orden establecido, se había gestado en entrañas propias. Y sentía hambre, lujuria. El deseo des-bocado en el corazón y la piel ardiendo.
Las estrellas cómplices de su nacimiento.
Sangre. Semen. Carne.
Los dientes recorriendo la piel y despojándola de secretos, rasgando. La saliva roja al igual que los labios. El aire y el entorno distintos. Negro. La obscuridad un ente vivo que lo embebe de sus entrañas. Lo abraza, lo besa.
Fue en la obscuridad que la halló.
Una amante vestida de luz ámbar y que olía a feromonas, a él.
El cabello rojo, el rostro todo dis-culpas.
—Sabía que lucías así.
Cazadora de piel.
La manga izquierda acomodándose hasta desnudar la muñeca. Navaja, disculpa marrón. Los labios rezando al sabor de la vena. Lactando. Haciéndose dueños de un alma que ya poseían.
Tacto que no se hartaba de acariciarlo, de beber.
La lengua siguiendo la herida en el ante-brazo, reacción de feromonas, saliva y plasma. El alma drenada a través de los dientes. Dolor. Un dolor extendido a lo largo del paladar, en la garganta.
—Ven.
Y ella se levantó.
Tomó esa pose de él con los brazos caídos. Se irguió, se mostró mujer y perfecta; opuesta a todo lo que era él. Cristo distorsionado, desnudo. El cabello largo y desalineado, negro. La actitud melancólica, mirada triste. Las heridas que de algún modo estaban en los brazos y no en el costado, las manos, los pies. Los clavos en algún lugar de su pasado. Ninguna expresión.
—Viólame.
Y las cosas sucedieron con demasiada avidez.
Movimientos rápidos y certeros. La ternura sustituida por un nombre de guerra, sangre. Los dientes bus-cando, hasta abrirse paso; la lengua, la entrega, el clímax. Las heridas de los brazos desaparecidas. Los puños cerrados.
La cabeza dando vueltas a sucesos que no debiera recordar.
—¿Fue así?
—¿Qué?
—La primera vez.
Los ojos huyendo de la interrogante a ningún lado.
—Eso no importa.
—Claro que importa. Te marcó, aún te cuesta tomar lo que es tuyo.
—¿Eres mía?
Mirada depredadora; hurgando en los ojos, buscando más allá. Interpretando cosas a partir del aroma, de los gestos, la expresión en el rostro.
—Sabes a qué me refiero.
—La maté. ¿Qué importancia puede tener cómo?
Los ojos delineados de un llanto que no se atreve a arrojarse.
Negros como sangre en la ausencia de luz.
—Háblame de nosotros.
—¿De nosotros? Qué se puede decir, sabes los rumores. Somos distintos.
Y el siseo de las palabras hizo que el silencio sonara a melancolía.
—¿Inmortales?
—No. Aunque nunca supe de uno que muriera de viejo. Somos longevos. Creces, sólo que llega un mo-mento en el que ya no tanto como los otros. Somos ácratas, amorales, egocéntricos. In-mortales no. Hay for-mas de morir. Es sólo que nadie las sabe.
Rezos, veladoras, olor a incienso.
La arquitectura de catedral re-saltó aún más la falta de expresión, la apatía.
—¿A qué me trajiste?
Las palabras hicieron eco en el techo de bóveda.
—Mira.
La crucifixión de cristo. Espejo de aire.
El cabello negro y atorado en las espinas, empapado en sudor y sangre tibia. La mirada en catarsis, perdida en algún lugar entre cielo y suelo. Padre, ¿por qué me has abandonado? Y los demonios cagándose de la risa. Mirándolo con desdén.
—Oh. Creíste que me enamoraba. Que había un final en el que vivíamos felices. Tú y yo juntos para siempre. ¡Para toda la eternidad!
Sarcasmo. Risotada.
Las pupilas dilatadas hasta serlo todo.
Los santos arrojados de sus altares por el despecho. San Judas Tadeo vuelto añicos y lo mismo el sagrado corazón, el cristo del crucifijo. Yeso. Ruido y polvo que se corren. Aversión.
—¡Perra!
Los dedos alrededor de su cuello.
Los pulgares en la garganta y los otros contra la nuca, las falanges a un punto de hundirse, listas a castigar. La cabeza echada hacia atrás y la carcajada valiéndose de la garganta como una caja de resonancia, el eco no hace sino amplificar el efecto.
Cínica. Ella es la misma que ha sido siempre.
No le importa si las uñas se entierran inmediatas al estímulo de adrenalina.
La piel deshecha. La sangre un manantial escurriéndole tibio.
Risa.
—Mercí, mon amour. ¡Mercí! —los de-dos llevándolo hasta el cuello, obligándolo a beber de esa última ofrenda—. Allez, boire moi. ¡Boire moi!
La carcajada aún menos sórdida que el eco.
La sangre y la piel vueltas polvo en sabor y textura.
La figura desmoronándose; dejando ropa, ceniza y cabellos en vez de la amante. El suelo un cementerio de polvo y tela. La ciudad el laberinto que ha sido siempre. ¿Qué otro refugio sino ese al que perteneces?
—Mabel
Los nudillos en la puerta por tres veces. El dolor a bocajarro.
—¡Mabel!
Una línea de luz se dibuja bajo el umbral.
Las piernas desnudas, playera.
—¿Uriel? —los labios temblando—. Creí que... Te creía muerto.
La risa nerviosa. Las manos reconociendo su rostro, los ojos escurridos como la cera.
Ansia.
Los dedos enredados como una promesa.
—Es peor.
El abrazo deshecho.
Las manos en los bolsillos y la espalda en el muro.
—¿Qué dices?, ¿Qué hay peor a estar muerto?
La mirada es de culpa, melancolía.
—La maté, Mabel. ¡La maté!
Llanto en seco. El rostro descompuesto, los ojos entrecerrados.
La boca y la garganta abiertas.
Ningún sonido.
La mirada encerrada en la tensión de los dedos.
La ausencia de líneas, de un destino al cual aferrarse.
Risotada.
La diestra vuelve armada del bolso.
La hoja de la navaja bella, resplandeciente.
La punta yendo de lado a lado en la palma.
La herida estéril, incapaz de dar a luz un hilo violáceo.
Los dedos abiertos, el movimiento lo bastante para cambiar el pulgar de la hoja a las cachas. El brazo en alto. La diestra dispuesta a hundirse de lleno en la otra. Destellos de cromo. Dedos largos y delgados, un beso. La caricia lo bastante para desarmarlo.
—Ven.
Y una vez dentro, el mundo es distinto.
Gotas de sangre.
La navaja lamiendo la curva del pecho, violando en una línea minúscula del pliegue, gemido, risas.
Una gota de miel roja ofrecida como consuelo.
Metamorfosis.
Perla, lágrima, manantial.
El amante pasivo se la quita de encima y la pone de bruces.
Transmutación.
La penetra tres, cuatro veces; cada una con más fuerza.
Y ella sólo se tensa.
Espalda perfecta.
Uñas y dientes que no saben sino ir y hacerse de una referencia en la almohada. La energía se concentra toda en un punto de la garganta. Orgasmo. El recuerdo de la sangre que se queda en la sábana.
—¿Cómo supiste?
—¿Saber qué?
—Que eras uno.
—Me suicidé, ¿lo recuerdas? —mueca, una expresión de dolor que no había tenido—. Me corté las venas... Esperé horas y no ocurrió nada. Salté por la ventana, huí de casa. Estaba harto, harto de todo. Viviendo por inercia, a la deriva. Marcando una raya en la piel por cada día que pasaba... Y nunca había cicatrices. No importaba cuan profunda fuera la herida ni cuántas veces rasgara en el mismo sitio, todas desaparecían.
—¿Y lo supiste?
—No. Sabía que era distinto, pero no supe qué sino aquel día. Ella estaba sentada en las escaleras. Abrazada a sus piernas con un vestido que le llegaba a los tobillos. Miraba las estrellas. El cuello largo y tendido como si quisiera alcanzar-las. Y la violé. Des-trocé su garganta.
Todavía me re-cuerdo bebiendo la sangre en su boca, mordiendo sus labios, haciendo el amor con un cuerpo muerto que sabía a pan. —los recuerdos dando vueltas en su cabeza—. Se parecía a ti —la piel blanca. Las venas de la yugular hinchadas, llenas de ambrosía. La magia del momento rota por cuestiones de instinto. Una poca sensualidad, la más que se puede cuando se arrebatan las almas—. Una niña. Cuerpo perfecto, alma perfecta... —la recorrió en la herida con el índice—. Cicatrices.
La besó.
Un beso de despedida.
Veinte años.
Mabel lo vio una calle antes y una calle después de pasar a su lado, mirando por la ventana del autobús como hacía siempre que era mejor no pensar y sorprendida de encontrarlo ahí, recargado en un árbol y luciendo exactamente como en la fotografía de su bolso. Delgado, rostro adolescente; vestido de cazadora y jeans negros a pesar del calor. Gafas ovales.
Le pareció tan de sueño. Una aparición.
Como si dios mismo estuviera a mitad de la urbe.
—Bajan, ¡bajan por favor!
La compostura perdida porque nadie que busque un sueño la guarda. Se dio a la carrera, portafolios y gabardina acomodándose a cada paso al igual que los senos.
—No está.
Permanecen el árbol y el bulevar, la sensación de pérdida que era la misma desde aquel mensaje en la contestadora, las cicatrices del pecho y el antebrazo, la humedad. El deseo de que esto no fuera un sueño. De que ésta vez, al menos ésta, lo pudiera abrazar.





LOS INVITADOS

Ricardo Guzmán Wolffer.

—No mames, Ruly, perdóname la apuesta.
—¡Estás loco! Si te perdono pago yo. Orale, cabrón, para que sigas chupando y apostando con todos esos güeyes. Estás grueso. ¡Imagínate, pagarles la peda a todos esos chupadores profesionales, ni loco!
—Pues sí, hijo. Pero asómate no-más al maldito túnel del Metro. Está más negro que tus nalgas. Se ve de la re’chingadísima— dijo, señalando.
—Sin llorar, ¡putón! Nomás que si te rajas quedas como marica. Aunque claro, puedes seguir chupando con los cuates o quedarte a la mitad del camino por culpa del Metro o de cualquiera de esos monos.
El Tuercas no pensaba permitirle a la cruda que llegara, así que apretó los afilados colmillos, y bajó del pasillo al túnel para echarse a correr por la vía. Apenas había dado unas zancadas, sintió que alguien lo veía desde el techo. Después escuchó unas garras arañando las paredes. El Tuercas se-guía corriendo, no quería perder. Al llegar a la parte más obscura del camino subterráneo, una risa salió del techo y entonces pudo ver contra la rueda blanca del fondo a una anciana que caía unos metros atrás de él. “Putísima la monja, es Gladis, ésta si me chinga”, alcanzó a musitar. La risa histérica de aquella vieja harapienta se confundió con la de los demás comensales, que desde las paredes anticipaban su triunfo. Apenas dio unos pasos, cuando la anciana le brincó en la espalda, congelándole los brazos y cabeza. Después le cayeron los demás. En el último instante, antes de que la sangre negra le brotara de los mil mordiscos, el Tuercas pudo gritar a todo pulmón: "¡Cabrones gorrones!"
Ruly, en el iluminado pasillo del Metro, sonreía tras escuchar al Tuercas. Urgándose los afilados colmillos con el dedo leproso, para ver si no que-daba algún coagulo del último banquete-succión, se dijo: “Puta madre, es que hay cada güey tan atascado allá adentro”. Después fue a beber gratuitamente, a sabiendas de que el Tuercas estaría listo para la siguiente noche.



EL SABOR DEL PRÓJIMO
Alfonso Franco

Comenzó arrancándose con los dientes un pellejo de su pulgar derecho, y después de un tiempo, ya tenía el cuerpo de un niño en el congelador.
Le gustaba desangrarlos antes de comer el cuerpo; los colgaba de los tobillos, aún vivos, como a las reses en un gancho de carnicería; con los antebrazos abiertos en canal, hasta que la bomba cardiaca se detenía. No importaba la edad o el sexo.
Salir de caza no era algo cotidiano, un adulto podía durar en el refrigerador hasta un mes antes de ponerse demasiado tieso e insípido; luego salía a la calle y elegía a otra víctima, la estudiaba. El único requisito era estar sano y rechoncho. Cuando el ataque era seguro, no había forma de escapar, la cacería era fulminante.
Había conseguido una pistola de aire, de las que usan en los rastros para sacrificar marranos; en la televisión dijeron que el estrés liberaba toxinas en los músculos al momento de la muerte, y eso afectaba el sabor.
Seguía al elegido, tras encontrar el lugar y momento indicados, ella saltaba desde la oscuridad, y dejaba escupir, a la pistola de aire, un perdigón de acero que se incrustaba en el cráneo, entre ceja, ceja y media madre, causando una muerte segura. En un principio, necesitó de dos o tres disparos, pero la practica la amaestró.
Una noche abrió la nevera y sólo halló una carcasa descarnada; lo único de peso dentro de ella era el hígado, un pedazo de víscera apelmazado.
—Todo menos hígado —, dijo, como reclamándole al refrigerador.
Salió a la calle, y entró en el torrente de las arterias de la ciudad. Esta vez no habría tiempo para prolongar el acecho, así que sólo buscó guiada por el instinto.
Entró a un bar dispuesta a enganchar a cualquier viejo rabo ver-de; no pasó mucho tiempo para que un hombre se acercara a ella. Era un cincuentón no muy atractivo, pero estaría bien.
Lo sedujo y lo llevó hasta la cama de su improvisada carnicería. En un momento de descuido, le ensartó un pedazo de metal en la frente. Siguió con la rutina de preparar el cuerpo, sólo que al abrir los antebrazos, no escurrió ni una gota de sangre.
Extrañada, sacudió con violencia el cuerpo. Nada. Ya molesta, tomó un machete y empezó a golpear en cuerpo, produciéndole incompletos tasajos.
En el momento en que estaba apunto de sesgar la cabeza, unas manos heridas detuvieron el vuelo del metal. Los ojos del cuerpo se abrieron y ella entendió instantáneamente el significado de la frase “quedarse congelada”, cuando miró con las imágenes de quien está a punto de perder la razón, al hombre herido descolgándose, figura furtiva que se transformaba, se convertía en otra cosa con cada movimiento.
Cuando la imagen de un roedor antropomorfo, pálido y con poco pelo apareció ante sus ojos, ella supo que no habría nada más. Ni siquiera intentó gritar. Era imposible, pero aquel ser lacerado, aquella bestia semihumana y desnuda la golpeó, dejándola atarantada.
La creatura sujetó el machete y cortó un trozo de su propia carne.
Con las garras, abrió la boca ensangrentada de la mujer, y metió el trozo de piel y músculo hasta donde alcanzaron sus dedos. La obligó a tragar.
Luego de una muerte violentada por fuertes convulsiones, la mujer despertó. Lo primero que vio fue a aquel hombre maduro cazado en el bar, intacto, sin una sola herida, que le dijo:
—Vamos, mujer, que ahora yo te enseñaré a cazar como se debe...
El funcionamiento de hispavista es un tanto complejo, pero akí estamos, así ke, para regresar a Goliardos y Azoth, creación, de hispavista, debes clicarle al subrayado de hasta arriba a la izquierda...
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