Cuentos de Rosa Guaráz
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Cuento La Vaca


Ana María era una joven delgada, alta, de grandes ojos negros que eran el rasgo más llamativo en su pequeño rostro, enmarcado por un brillante pelo negro con reflejos azulados. Vivía con sus padres , en una humilde casa situada en las afueras del pueblo.
Alberto su padre, era un hombre de mediana edad que explotaba una chacra donde cultivaba verduras y criaba algunos animales. Proveía con ello al sustento de su familia, constituida por su esposa Irene y su única hija, a pesar que el matrimonio había deseado varios descendientes.
Constituían una familia bien avenida , donde la madre se ocupaba de las tareas del hogar y de la crianza de la niña que era dócil y de buen carácter.
Pero un aciago día vino un peón de la chacra a comunicarles a las dos mujeres que Alberto había caído desde un acantilado y había fallecido instantáneamente. Irene hizo una crisis con gritos y llanto, comenzó a golpear al emisario con tanta furia y desesperación que fueron necesarias la intervención de los vecinos para poder reducirla hasta que un médico, llamado por ellos, le aplicó un poderoso sedante, siendo necesario tenerla dormida varios días para calmar su angustia.
Transcurrieron muchos meses antes de que la viuda se recobrara de su desgracia, con la ayuda de sus amigas y sobre todo con el apoyo de su hija, que a pesar de sus 16 años, no sólo cuidó a su madre con gran abnegación, sino que se hizo cargo junto con su padrino, de la administración de la chacra, que era el único medio de vida de ambas.
Cierta tarde la niña, que ya tenía 18 años, fue a buscar una vaca que tenían en la casa y que habitualmente pastaba por los alrededores, cuando la madre echó en falta que no habían regresado su hija ni el animal a pesar de las horas transcurridas, por lo que fue a la casa de sus vecinos, los Benavidez, para pedirles que la acompañaran a buscarlas.
Comenzaron por recorrer los alrededores llamando la joven a los gritos sin resultado alguno, cuando anocheció cansados y desanimados acudieron a la policía para solicitar ayuda.
El comisario Lorenzo Juárez, que había sido muy amigo del padre de Anita, y se llegaba alguna tarde a tomar unos mates a casa de la viuda , organizó inmediatamente un grupo para recorrer el lugar. y al cabo de algunas horas, encontraron la vaca refugiada en una gruta, pero de la joven no había el menor rastro.
Así continuó la búsqueda por varios días sin encontrar a la que ya daban por desaparecida, aunque trataban de fingir esperanzas delante de la desesperada madre, que ni siquiera contaba con familiares en la zona para mitigar su orfandad, habiendo perdido a su marido y su hija en circunstancias tan trágicas en el lapso de un año y medio, ya que nadie podía convencerla que a su hija no le había sobrevenido una desgracia que la había alejado para siempre de su lado..
No faltaron las habladurías, comunes en el pueblo, de personas malintencionadas que dieron por sentado que la muchacha se había escapado con algún forastero, lo que ocasionaba mas dolor a la pobre mujer que llegó a pegarle con una escoba a una vecina que comentaba desaprensivamente, sin saber que Irene estaba escuchando, que habían visto a la “desaparecida” en un pueblo cercano muy bien acompañada.
La paliza fue tan violenta que Vicenta fue a quejarse a la Comisaría, costándole bastante al oficial convencerla que si él pagaba los gastos médicos y prometía enrostrar a la agresora su deplorable conducta, ella se abstendría de hacer una denuncia por lesiones
Durante la charla entre la víctima y el funcionario, salió a relucir el misterio que rodeaba la súbita ausencia de la muchacha; ya que a pesar de la intensa búsqueda, no había aparecido ningún rastro de la misma, y que no era muy descabellado pensar que se hubiera marchado, ya sea sola o acompañada.
También tuvo que escuchar el policía algunos chismes de la vecina de que la niña en cuestión, desde hacía meses se la había visto en compañía de un mozo que residía en un pueblo vecino, dato que se propuso a si mismo investigar.
Al día siguiente, siendo muy temprano, don Lorenzo decidió, camino a su trabajo, llegarse por la casa de Irene y reprenderla por su conducta, haciéndole prometer que no volvería a agredir a nadie.
Golpeó las manos varias veces y ya comenzaba a retirarse cuando vio que la puerta de la verja estaba sin candado, y se le ocurrió que la dueña de casa podía estar en dificultades, ya que cualquier delincuente podría haberla atacado y dejado la puerta abierta.al retirarse o peor aún, estar todavía adentro.
Esto lo decidió a desenfundar su arma y entrar sigilosamente hasta el interior de la vivienda, atravesó la sala y cuando penetró al pasillo que daba a las puertas de los dormitorios, escuchó a la viuda decir:
- ¿ Como amaneciste hijita? Hoy es un día precioso, estamos entrando en primavera y las plantas han comenzado a florecer ¿ te acuerdas como nos traía papá los ramos de aromo que tanto te gustaban? Pero él se fue sin siquiera despedirse. Eso no volverá a suceder, para eso me aseguré que vos sí te quedarás a mi lado para siempre, como una buena hija.
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El Idolo
Era una fresca mañana de Abril, Silvia transitaba las calles del barrio en su diaria caminata, cuando encontró un paquete envuelto en papel de diario y no tuvo mejor idea que levantarlo. No era pesado, y parecía ser una caja con un contenido bastante liviano en relación con el tamaño.
Nuestra amiga, una mujer de 35 años, de regular estatura, con una silueta que le costaba mantener a base de un régimen de comidas y frecuentes caminatas, cabellera de un rubio oscuro y rostro agradable donde sobresalían unos lindos ojos de verde mirada; continuó su camino rumbo a su hogar, interrumpida su anterior preocupación de que cocinaría en el almuerzo, y dominada por una intensa curiosidad de saber que contendría el misterioso paquete..
Al llegar a su casa, se alegró de llegar antes que sus hijas regresaran de la escuela, para poder enterarse sin testigos del contenido del bulto que traía en sus manos. Cuando lo abrió encontró una especie de muñeco de apariencia rara, ya que tenía la cabeza del mismo tamaño que el resto del cuerpo. Era de color dorado y en el rostro tenía una expresión agresiva. Medía alrededor de treinta centímetros y parecía estar hecho de un material parecido al marfil. El cuerpo estaba desnudo mostrando en forma evidente sus atributos masculinos bien desarrollados.
Silvia, un poco inquieta, se apresuró a guardar su hallazgo antes que llegaran las nenas, ya que prefería consultar con el anticuario del barrio sobre el muñeco antes de tirarlo, porque su marido Javier le había advertido varias veces, aún de novios, que era peligroso recoger bultos en la calle .y le contó casos de personas que pagaron caro esa mala costumbre, ya que se encontraron con una granada o cosa por el estilo. Seguro que se iba a poner furioso por exponer a sus hijas y ella misma por su malsana curiosidad.
Al rato llegaron las niñas, Claudia y Patricia de 10 y 12 años respectivamente, muy contentas, y con la charla de ellas contándole las novedades del colegio, mientras preparaba la comida, y luego con el almuerzo fue pasando el día sin acordarse mas del muñeco.
Una semana después fue a buscar unas fotos que había guardado en el estante superior del placard, y si bien encontró el sobre que las contenía, vio con sorpresa que las mismas estaban tan alteradas que prácticamente se habían borrado los rostros de las personas, no así sus cuerpos ni el resto de las imágenes.
Al recordar, espantada, que en ese lugar había guardado el muñeco dorado, comenzó a sentir miedo por lo que había hecho, a tal extremo que no se animó a sacarlo de su escondite, ni siquiera para tirarlo o enterrarlo. Lo único que hizo fue correr al negocio de Don Fabricio, el anticuario, a pedir ayuda. Este escuchó con atención a la afligida Silvia y trató de tranquilizarla arguyendo que probablemente las fotos se habrían deteriorado por la humedad o por los hongos, también era posible que cuando volviera a mirarlas, no encontrara nada raro en ellas y que la culpa y el miedo a veces nos juegan malas pasadas.
A pesar de ello consintió en acompañar a nuestra amiga a su casa a buscar el temido objeto y al extraerlo del mueble comentó que el muñeco era mas negro que el ala de un cuervo y no dorado como la atribulada Silvia se lo había descrito, también agregó que lo encontraba parecido a unos ídolos aztecas que usaban los brujos para destruir a sus enemigos. Como su interlocutora estaba muy asustada, rápidamente lo envolvió en un papel y se lo llevó.
Al día siguiente, la joven, cuya curiosidad no la dejó dormir bien, ya liberada del miedo y sin escarmentar, esperó sentada en la cocina que se hicieran las 9 horas para correr al negocio de antigüedades y averiguar noticias sobre el ídolo.Allí se encontró con la puerta cerrada. Sorprendida, se dirigió a la casa del dueño que distaba cuatro cuadras y como no contestaban el timbre, habló primero con los vecinos pidiendo noticias del comerciante, pero nadie sabía nada y temiendo lo peor, llamó a la policía para que ingresaran a la vivienda. Se habían hecho las 10 y 30 horas.
Cuando los agentes policiales pudieron acceder a la casa, previo pedir autorización al Juzgado de turno, la encontraron en condiciones normales pero su dueño no apareció por ninguna parte.
Lo malo es que se llevaron a nuestra curiosa amiga a la Comisaría a contar toda la historia, y al ver que eran las 13 horas, el oficial de turno no tuvo mejor idea que llamar a Javier, para que fuera a retirarla haciéndole leer de paso las declaraciones de Silvia. Después de la borrascosa escena que protagonizó el matrimonio en presencia de sus hijas, y varios días de frialdad de parte del hombre, las cosas volvieron a la normalidad y el episodio fue olvidado.
Ocho días después, una tarde en que la familia estaba merendando, y siendo las 18 horas, sonó el timbre de calle en forma imperiosa. Javier, irritado por la violencia del llamado, salió a increpar al imprudente y se encontró con un grupo de cinco personas que en cuanto abrió la puerta se colaron adentro preguntando por Silvia Argañaraz.
Cuando estuvieron frente a ella le comunicaron que eran los hermanos y las hijas de Don Fabricio, que había desaparecido hacía una semana, y que desde entonces lo estaban buscando febrilmente. Que finalmente acudieron a la policía para hacer la denuncia de la desaparición y se encontraron con la declaración de una mujer que parece haber sido la última persona que lo vio con vida. Hubo de todo en los siguientes minutos: llanto de las hijas, acusaciones agresivas de los hermanos, rabia de Javier contra su esposa, muestras de arrepentimiento de la “culpable”, pero nadie pudo sacar nada en limpio de lo que había ocurrido con el anticuario y el muñeco.
Siguieron pasando los días, ya la Argañaraz como la llamaban, estaba en boca de toda la ciudad, reportajes mediante, con la amargura de su marido, que apretaba los dientes y aguantaba callado. No le quedaba otro remedio, si no quería echar leña al fuego haciendo aún mas grande el escándalo en el que estaba metido por la curiosidad de Silvia, pero jurando que en cuanto esto se resolviera, de ser posible con la condena de ella a prisión perpetua, tomaría sus hijas y “desaparecería” para siempre.
Por esa fecha los rumores en el barrio arreciaban, incluso hubo discusiones entre los parroquianos que constituían dos bandos; los creyentes y supersticiosos que creyeron a pies juntillas en la historia de Silvia, que había sido oportunamente publicada en el diario debido a la infidencia de algún funcionario, y hablaban de que el comerciante había sido víctima del muñeco que vaya a saber a que tipo de magia negra pertenecía .Por otro lado estaban los escépticos, que se inclinaban a creer en la culpabilidad de nuestra amiga, que si hubo alguna relación con el anticuario que era viudo, que si ella lo mató y ocultó el cuerpo, que si ...... También estaban los agentes de la Justicia que, acosados por la familia del ausente, tenían como única sospechosa a nuestra amiga. En fin, hubo de todo y para todos los gustos.
Luego de un tiempo prudencial, y ante la ausencia de todo rastro del hombre, nuevos acontecimientos llenaron las páginas de los diarios y hasta las hijas del probable occiso perdieron toda esperanza de volverlo a ver. Las cosas en casa de Javier también entraron en una tensa y distante relación entre los esposos, que prácticamente se hablaban lo indispensable y no daban un corte definitivo al vínculo por las hijas, que a pesar de su corta edad, fueron el blanco de comentarios malévolos en la calle y en la escuela y la destrucción de su hogar les habría quitado el único lugar que les quedaba para refugiarse.
También la Justicia, después de varias hipótesis frustradas, consideró el caso por el momento no viable y luego de, entre otras diligencias, hacer publicar una historia exhaustiva de Fabricio Luna con toda clase de datos personales y repartir su foto en la mayor cantidad de medios de comunicación, quedaron a la espera de que el tiempo sacara a luz alguna pista.
No ya los días, sino los meses siguieron deshojando los almanaques hasta que no les quedó mas que la última página que ya estaba a punto de ser desechada, el 28 de Diciembre, justo el día del inocente, un amigo del anticuario llamado Juan creyó reconocerlo en una foto que vio en el interior de una revista.
Inmediatamente fue a ver al Oficial a cargo de la Comisaría y le mostró su descubrimiento. Este, que era un funcionario responsable y de rápidas decisiones, luego de leer que dicha foto mostraba un espectáculo hípico en una localidad de un país de Centroamérica, se puso inmediatamente en marcha acompañado de un renuente Juan, rumbo a la localidad mencionada en el medio de prensa y al cabo de una semana volvió con el “difunto” anticuario, rebosante de salud y convenientemente esposado, que alojó en la celda mas vigilada del establecimiento policial.
Epílogo: Todo comenzó cuando el sujeto llamado Don Fabricio, descubrió un sobre con fotos que su parlanchina clienta había olvidado en el mostrador de su negocio, y como estaba buscando una forma de fugarse del lugar para no ser juzgado por algunos delitos cometidos, urdió la maquiavélica trama tomando como víctima a la curiosa e ingenua Silvia; presumiendo como iban a desarrollarse los acontecimientos a partir de que ésta encontrara el paquete dejado por él en su camino, que ya conocía porque sabía de las caminatas diarias con itinerario y horario fijos.
El delito del que tenía que escapar era un desfalco que había cometido en perjuicio de sus hijas menores de edad. Cuando murió su esposa el año anterior, estaba separado de ella porque él había formado otra pareja con una mujer mas joven, por ello las huérfanas vivían con una tía, hermana de la extinta. Había mandado a su amante con la cuantiosa herencia de sus hijas, de la que él era tutor, a vivir al exterior en espera de que se presentara la ocasión de desaparecer sin despertar sospechas.
.Todos estos detalles los conocía el oficial policial, que se guardó muy bien de comentárselo a nadie, incluso al Juez que entendía en la causa, esperando que la suerte lo ayudara o que el delincuente cometiera el mínimo error para caerle encima.
Silvia se curó de su defecto, pero eso no salvó su matrimonio y tuvo que salir a trabajar para contribuir al mantenimiento de sus hijas, no quedándole por suerte tiempo para caminatas ni charlas en los negocios.
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