Trabajo y alienación:  el cambio en las formas y la permanencia de un sistema

POR:  Felipe Van der Huck

CÓD: 9712107

I

La reflexión en torno al trabajo ocupa un lugar muy destacado en la sociología.  Ya en el siglo XIX Marx se preocupó ampliamente por esta cuestión.  Sus reflexiones serán el punto de partida para este breve ensayo que intenta exponer algunas consideraciones acerca de la situación del trabajo en las sociedades contemporáneas.  Podríamos comenzar señalando que, para Marx, una de las características del capitalismo moderno consistía en su “horizonte mundial”.  Esta idea queda ya consignada en El manifiesto comunista, libro escrito hace poco más de 150 años.  El carácter global del capitalismo, su “textura cosmopolita”, posibilitó el despliegue de lo que Marshall Berman llama “la primera cultura global que existió”[1].  Marx la llamó  “literatura mundial”, en una época en que los medios de comunicación empezaban a desarrollarse. Así, el desarrollo de una cultura mundial estuvo emparentado con el desarrollo de un mercado mundial, lo que significó también, entre muchas otras cosas, la “expansión de las necesidades humanas”.  Esta expansión, vigente hasta nuestros días, plantea la cuestión de la cultura como “propiedad común”[2].  Según Berman, “se trata de una visión de la cultura rara vez discutida, pero es una de las cosas más amplias y esperanzadoras que escribió Marx”[3].  Para el auto, “como una forma de “propiedad común”, la cultura moderna nos ayuda  a imaginar cómo la gente de todo el mundo podría compartir algún día todos los recursos mundiales”[4].

Estas afirmaciones de Berman no caen muy bien entre los escritores de izquierda, para quienes, en palabras del autor, la cultura no es más que un “Departamento de Explotación y Opresión” que no presenta nada valioso y esperanzador en sí mismo.  Para estos escritores “parece como si las mentes de la gente fueran naves vacías sin nada dentro, salvo lo que pone allí el capital”[5].

Después de esta corta introducción, viene la pregunta específica por el trabajo en todo este proceso de expansión del capitalismo y la cultura.  Un argumento ampliamente utilizado por los movimientos marxistas del siglo XX, era que, en la sociedad burguesa, los trabajadores se veían arrastrados a la pobreza y la miseria.  Aunque, como afirma Berman, “ha habido tiempos y lugares donde era absurdo negarlo”, por el contrario, “en otros tiempos y lugares… esto se veía con dificultad, y los economistas marxistas realizaban extraños giros dialécticos para que las cifras cuadraran”[6].  Qué es entonces, en relación con el trabajo, aquello que hace que nos opongamos al capitalismo?  Principalmente, un problema que Marx ya pensó en el siglo XIX y que, aunque tenga nuevas formas, sigue planteando en esencia los mismos interrogantes.  Nos referimos a la alienación y sus consecuencia y a las tensiones que soportan los trabajadores “integrados” al sistema ocupacional de las sociedades contemporáneas, calificadas por Ulrich Beck como sociedades de riesgo[7].

Ahora bien, recordemos que para Marx la alienación del trabajo asalariado es fundamentalmente un extrañamiento del obrero frente al producto de su trabajo y frente al proceso de trabajo, y esto lo mismo para el trabajo manual como para el trabajo intelectual:   “La burguesía ha despojado de su halo a toda ocupación hasta ahora enaltecida y vista con admiración reverente. Ha reconvertido al médico, al abogado, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en sus trabajadores asalariados”[8].  De hecho, el producto del trabajo asalariado se enfrenta al obrero (o al trabajador intelectual) como un ser extraño a él y lo domina:  “(…)  La única forma como la gente puede obtener su libertad para hacer descubrimientos, o salvar vidas, o iluminar poéticamente el mundo, es trabajando para el capital… y usando sus habilidades creativas para ayudar al capital a acumular más capital”[9].  Aquí más que en ninguna otra parte podríamos decir: “nadie sabe para quién trabaja”.

En últimas, según Marx, la alienación del trabajo atrofia el cuerpo a la vez que degenera el “espíritu”.  Esto es así debido a que la actividad que el trabajador realiza es una actividad rutinaria, mecánica, que no requiere de él destrezas especiales[10]. Qué es lo que permanece vigente de las reflexiones de Marx en torno a la alienación del trabajo asalariado, aun en las condiciones actuales de extrema complejidad?  Ante todo, la denuncia de que el hombre, en la sociedad capitalista, importa como obrero y no como hombre, hasta el punto de convertirse en un objeto-mercancía sujeto a las leyes implacables del mercado.  Situaciones tan poco racionales como el desempleo y la miseria aparecen bajo la fría luz de las inconveniencias del sistema.  Las relaciones sociales se “naturalizan”, se vuelven oscuras y opacas.  Hoy más que nunca todo parece depender de la mano invisible del mercado, especie de divinidad que corrige las imperfecciones de su funcionamiento[11].

En este mismo sentido escribe Marshall Berman cuando, comentando El manifiesto, se refiere al “libre desarrollo”:  “(…) La sociedad burguesa, aunque permite que la gente se desarrolle, la obliga a desarrollarse de acuerdo con las demandas del mercado: lo que puede venderse se desarrolla; lo que no puede venderse se reprime, o simplemente nunca llega a cobrar vida.  Contra el modelo de mercado de desarrollo forzado y retorcido, Marx lucha por el “libre desarrollo”, un desarrollo que uno mismo puede controlar”[12].  La realidad del sistema capitalista, tan cercana al miedo desgastador, a la ansiedad y la angustia incesantes, se revela en la necesidad de vender el trabajo al capital a fin de poder (sobre) vivir.  Miedo, ansiedad y angustia “de que aun si estás bien hoy, no encontrarás a nadie que quiera comprar lo que tendrás o lo que serás mañana, de que el cambiante mercado te declarará (como ya ha declarado a tantos) inservible, que te encontrarás, tanto física como metafísicamente, desamparado y en la calle”[13].

II

Distintos autores, aun con diferentes enfoques y perspectivas, coinciden en afirmar que a lo largo de las tres últimas décadas se han dado una serie de cambios significativos en la organización del trabajo y en la constitución de la estructura ocupacional de las sociedades industriales.  Alain Touraine[14] y Daniel Bell[15], ambos autores en la década de los 70,  muestran cómo las sociedades occidentales industrializadas sufren cambios en la constitución de la estructura ocupacional, dándose un desplazamiento de la producción de bienes a la producción de servicios.  Esto no quiere decir que el trabajo fabril desaparezca, sino que se observan tendencias hacia una mayor participación del sector de los servicios.

Para Bell, “el concepto de “sociedad post-industrial” subraya el carácter central del conocimiento teórico como eje alrededor del cual se organizarán la nueva tecnología, el crecimiento económico y la estratificación de la sociedad”[16].  Este autor critica las teorías de la convergencia, y en consecuencia sostiene que no existe una institución a partir de la cual se pueda definir y caracterizar las sociedades.  Éstas, por el contrario, difieren entre sí de acuerdo a la manera en que se relacionan sus sistemas políticos con las esferas económicas y la cultura.  Ya no se puede hable, como creía Marx, de una sociedad capitalista en la que las restantes relaciones culturales, jurídicas, religiosas, dependerían de la base económica.

Alain Touraine comparte estas y otras reflexiones con Bell.  Sin embargo, aclara que “no se intenta afirmar que una sociedad postindustrial es la que, habiendo alcanzado determinado nivel de productividad, y, por tanto, de riquezas, puede liberarse de la preocupación exclusiva de la producción y convertirse en una sociedad de consumo y de tiempo libre”[17].  El hecho de que estos dos autores no aislen los factores económicos del resto de la organización y la acción sociales es un paso muy importante para refinar y hacer más valioso el análisis, pues se tienen en cuenta así elementos culturales y politicos que antes eran considerados dependientes.  Cómo inciden estos cambios en la estructura ocupacional, teniendo presente que se trata de un proceso de causalidad circular y recíproca?

Antes citamos a Braverman, para quien estos cambios traen consigo un proceso de descalificación de la fuerza de trabajo, proceso que está emparentado con el uso de nuevas maquinarias y la aplicación en el proceso productivo de nuevas tecnologías organizativas e informacionales.  Estos desarrollos, no podemos olvidarlo, se dan en el marco de un conjunto de relaciones sociales determinadas, y están en función de múltiples factores sociales, económicos, políticos y culturales[18].  Tal nivel de complejidad no impide, por el contrario requiere y hasta supone, que en nuestros análisis elijamos una perspectiva y un enfoque, y delimitemos el campo que queremos estudiar.

Ahora bien, Manuel Castells, en el primer tomo de su obra La era de la información, recoge y critica los postulados de la teoría clásica del postindustrialismo, aportando, a partir de un análisis muy detallado de la evolución del empleo en los países del G-7, consideraciones muy importantes sobre los cambios en la organización de los sistemas ocupacionales.  No viene al caso exponer en detalle la importante reflexión adelantada por Castells a partir de una documentada observación empírica.  Nos limitaremos a mencionar algunos rasgos que el autor considera comunes de las sociedades informacionales: 1) Desaparición del empleo agrícola;  2)  Descenso del empleo industrial;  3) Ascenso de los servicios;  4) Diversificación creciente de las actividades de los servicios como fuentes de trabajo;  5)  Importancia decisiva de los puestos profesionales, ejecutivos y técnicos;  6)  Formación de un proletariado de “cuello blanco”;  7)  Estabilidad relativa del empleo en el comercio minorista;  8)  Incremento de los niveles más bajos y elevados del sistema ocupacional;  9) Mejora relativa de la estructura ocupacional, como consecuencia del crecimiento de la cuota asignada a las ocupaciones que requieren mayor preparación[19].

El enfoque de Castells, que pareciera ser optimista, contrasta con la reflexiones adelantadas por Beck en su libro La sociedad del riesgo.  En el capítulo 4, titulado “Desestandarización del trabajo productivo:  el futuro de la formación y de la ocupación”, el autor hace un análisis sobre la flexibilización y la precarización del empleo en la sociedad contemporánea.  La escuela de formación básica, a mitad de camino entre la calle y la cárcel, parece no responder al antiguo sueño de la educación como medio para la movilidad social ascendente.  La deslegitimación de la educación en general, y de las instituciones educativas en particular, parece ser la consecuencia inevitable de un mundo paradójicamente más global y al mismo tiempo más cerrado en términos de posibilidades dignas de ocupación.  La conformación de nuevas marginalidades en el marco de la sociedad del riesgo origina nuevos tipos de conflictos y frustraciones sociales que, seguramente, no tardarán en derivar en brotes de violencia y protesta[20].   Este panorama deja abierto un camino lleno de zozobras y desesperanza para unos, otros no podrán más que sentir que la vía de la resistencia es la única posible, o tal vez ambas cosas al mismo tiempo.


[1] Las expresiones entre comillas, a no ser que se indique lo contrario, se basan en un artículo de Marshall Berman aparecido recientemente en la revista El malpensante.  Ver Marshal Berman, “Melodía desencadenada” en El malpensante, No.20, febrero 1’marzo 15 del 2000, pp.38’46.

[2] Esta expresión aparece en el texto citado de Berman entre comillas.

[3]Marhall Berman, op.cit., p.44.

[4] Idem.

[5] Idem.  En el curso Poder y dominación, dictado por el profesor José Fernando Sánchez, se ha reflexionado sobre estos dos conceptos en Gramsci.  El pensador de origen italiano resalta el papel importante del consenso en cualquier proyecto hegemónico, y en particular en el proyecto de dominación de la burguesía.  Aunque podríamos afirmar que las sociedades actuales no se dividen estrictamente entre burgueses y proletarios, y que los procesos sociales, económicos y políticos se han complejizado en relación con el mundo decimonónico, o por lo menos no son los mismos que analizaron pensadores como Marx, Durkeim y Weber, es interesante rescatar el énfasis gramsciano puesto en la sociedad política y especialmente en la sociedad  civil, como espacio donde las clases negocian distintas lecturas e interpretaciones de la realidad.

[6] M. Berman, op.cit, p.44.

[7] Para el concepto de alienación ver Carlos Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844 México, Grijalbo, 1968. (Especialmente el primer manuscrito).  Para el desarrollo del problema de la sociedad del riesgo ver Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 1986.  (El problema del trabajo en las sociedades contemporáneas es abordado en el capítulo 6).

[8] Marshall Berman, op.cit., p.45.

[9] Marshall Berman, op.cit., p.45.

[10] Para el tratamiento de este tema de las calificaciones del trabajador en los nuevos sistemas ocupacionales ver Harry Braverman, Trabajo y capital monopolista: la degradación del trabajo en el siglo XX, México, Nuestro Tiempo, 1983 (Especialmente el capítulo 9).

[11] Sobre el tema de las ideologías empresariales y la introducción de elementos irracionales en la conducción de las empresas ver Nicole Aubert y Vincent De Gaulejac, El costo de la excelencia:  del caos a la lógica o de la lógica al caos?, Barcelona, Paidós, 1993.  (En especial los capítulos 3 y 4).

[12] Marshall Berman, op.cit, p.46. (El subrayado está en el texto original).

[13] Ibid., p.45.

[14] Ver A. Touraine, La sociedad post-industrial, Barcelona, Ariel, 1973.

[15] Ver Daniel Bell, El advenimiento de la sociedad post-industrial,Madrid, Alianza, 1976.

[16] Daniel Bell, op.cit., p.138.

[17] A. Touraine, op.cit., p.7.

[18] Ver Estanislao Zuleta, “El marxismo, la educación y la universidad” en E. Zuleta, Educación y democracia.  Un campo de combate, Bogotá, FEZ, 1995, pp. 169’168.

[19] Manuel Castells, La era de la información: economía, sociedad y cultura.  La sociedad red, México, Siglo XXI, 1996 (Especialmente el capítulo 4).

 [20] U. Beck, op.cit, cap. 4, pp. 175-195