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QUE
SIGNIFICA EL TRABAJO HOY EN EL MUNDO: TRES MODELOS DE FLEXIBILIZACION LABORAL
Por
Jorge Alberto Bustos O.
El presente texto esta
destinado a explorar cual es el papel que el trabajo y los trabajadores juegan
en las sociedades contemporáneas. Cada día se hace mas patente que ante las
transformaciones de todo tipo asociadas a la globalización , al intenso cambio
tecnológico y a la redefinición del rol del estado, el mundo laboral ha dejado
de ser el mismo que se conocía. En especial, parecen hundirse las condiciones
de un empleo estable , permanente y que brindaba acceso a protección social. En
su lugar, parecen generalizarse la ocasionalidad y la temporalidad del trabajo
junto con el desmonte de garantías sociales a que aquel daba derecho.
En general, de los marcos
proteccionistas del trabajo, que acostumbramos a llamar fordistas, se da un
desplazamiento hacia un "postfordismo" aun no muy bien definido y del
que lo único que sabemos con certeza es que será diferente a su predecesor y
que se caracterizara por asignar al
trabajo y a los trabajadores un nuevo lugar social.
El supuesto que aquí manejo
es que ese nuevo lugar social se definirá como fruto del juego de luchas y
confrontaciones, pero también de compromisos y pactos, entre los actores
sociales: en primer lugar aquellos directamente involucrados en el mundo del
trabajo (sindicatos, empresarios, gobierno), pero también otros actores con
capacidad de ejercer influencia en la discusión social (en Colombia un ejemplo
de este tipo de actor serian las guerrillas sentadas en una mesa de negociación).
Lo anterior significa
que, al ser fruto de la discusión social, es poco probable que el
"postfordismo" adopte una única forma y que seguramente nos
encontraremos con experiencias diversas en contextos sociales también diversos.
En el presente texto trato de establecer tres modelos de
"postfordismo" y flexibilización laboral, con base en las
experiencias de los Estados Unidos , la Europa Comunitaria (EC) y Colombia. En
cada uno de estos modelos el trabajo y los trabajadores juegan un rol diferente
en la sociedad y cada uno es también una forma particular de hacer
frente a los nuevos escenarios en que se desenvolverá la actividad
laboral humana.
En primer lugar, tenemos
el Modelo Anglosajón, puesto en
practica en los Estados Unidos y en la Gran Bretaña, caracterizado por una
intensa desregulación y por la masificación de los empleos precarios, lo que
ha significado la ampliación de la brecha salarial y el incremento de la
inequidad. Este modelo se basa en el predominio de la eficiencia económica
sobre la solidaridad social y deja las soluciones a la iniciativa individual.
Los resultados de su aplicación son dispares, mientras en los Estados Unidos se
exhiben un bajo desempleo junto con una alta desigualdad salarial ,
en la Gran Bretaña la desregulación no ha logrado bajar el desempleo.
Lo significativo aquí es que
el trabajo y los trabajadores son relegados al papel de fichas dependientes de
la lógica de la competitividad empresarial. Gobierno y empresas se convierten
en una dupla defensora de los imperativos de acumulación de capital, mientras
el sindicalismo ve mermada su capacidad de actuación. El juego social se define
aquí con la victoria de unos y la derrota de los otros: mientras Estados Unidos
y Gran Bretaña recuperan su posición como potencias de primer orden, una
inmensa y creciente masa de sus trabajadores queda librada al "sálvese
quien pueda" y se generaliza la precarización.
Otra cosa sucede en el que aquí
llamo Modelo Eurocomunitario. Bajo
una óptica de solidaridad social e incentivando la gestión colectiva de las
transformaciones económicas y sociales, la Europa Comunitaria se ha dado a la
tarea de redefinir el papel del trabajo en la sociedad. Si la crisis del
proteccionismo llevo a los anglosajones a dar un paso atrás, la EC ha buscado
diseñar nuevas formas de
experimentar satisfactoriamente la condición de trabajador en tiempos en que la
protección fordista no es viable.
La mejor lección de la
experiencia de la EC, es la de que una vez hundido el proteccionismo y
generalizadas la flexibilización y la precarización, la opción de restaurar
aquel no es viable ni por la presión del contexto internacional ni por los
imperativos de eficiencia económica y competitividad. Lo mejor es, entonces,
asumir que muchos de los rasgos actuales del trabajo, tales como su carácter
flexible, ocasional o temporal, se están haciendo permanentes; asumir
que la flexibilidad del trabajo se convierte en estructural y que por lo tanto
la opción mas creativa es que dicha flexibilidad sea experimentada bajo
condiciones de equidad y seguridad. De esta manera, la flexibilidad no es
sinónimo de precarización, solo lo será si no existe una gestión solidaria y
colectiva de aquella.
Ejemplos de este tipo de
gestión lo dan Francia y Bélgica con sus políticas publicas de Reducción del
Tiempo de Trabajo (RTT) y Alemania con sus acuerdos sectoriales o por empresa en
el mismo sentido.
La idea central de la RTT es la de que las horas dejadas de trabajar por la
población ocupada sean trabajadas por quienes se encuentran marginados del
empleo. En otras palabra, se reduce el tiempo que trabaja cada uno para que
otros puedan trabajar. El carácter solidario y equitativo de esta estrategia
radica en que la perdida de ingresos que representa es compensada en parte por
ingresos extrasalariales socialmente acordados y garantizados por el estado.
Las medidas concretas de RTT
son diversas: desde la jubilación anticipada, hasta los trabajos compartidos
por parejas con hijos, y que se turnan diaria, semanal o mensualmente para su
cuidado, pasando por la escogencia, pactada entre trabajadores y empleadores, de
los periodos en que se trabajara durante un año hasta completar la horas
anuales acordadas.
Ahora bien, tales estrategias
de RTT son el fruto de la discusión entre actores sociales, se busca que el
gobierno garantice un marco legal e institucional adecuado que facilite la RTT ,
y la aplicación concreta se deja a los acuerdos por sectores o empresas entre
los sindicatos y empleadores. Esto implica que todos los actores sociales se ven
impelidos a asumir posiciones propositívas y de búsqueda de solución a los
problemas del desempleo y la precarización.
Lo importante en este modelo
es que al trabajo se le asigna colectivamente un nuevo lugar social
caracterizado por la reducción del
tiempo que ocupa en las vidas de los individuos y porque deja de ser el único
vehículo de acceso a derechos sociales (como lo era en los estados
bienestaristas), garantizados ahora no por la condición de trabajador sino por
la condición de ciudadano.
Nos encontramos entonces con
que el trabajo no es permanente pero eso no quiere decir que sea precario. La
flexibilidad -ése nuevo rasgo estructural del trabajo- es gestionada
colectivamente bajo principios de equidad y solidaridad, La experiencia
eurocomunitaria al respecto es relativamente reciente y, tal ves, llena de
errores y con situaciones de injusticia (los niveles de pobreza han crecido en
Europa) pero al menos la imaginación social y el debate público - y con ellos
la democracia- se han estimulado en una forma desconocida en los tiempos del
empleo garantizado y protegido.
Finalmente, tenemos el Modelo
Colombiano -compartido con otros países de América Latina-. Se trata de un
modelo ecléctico que aun mantiene algunos
rasgos proteccionistas -sobretodo en lo relativo a derechos sindicales- pero
introduce algunas medidas flexibilizadoras -sobretodo en lo relativo a costos
extrasalariales y despidos-, sin llegar a definirse con claridad.
Lo mas significativo del caso
colombiano es que las transformaciones del mundo del trabajo no parecen obedecer
a algún tipo de proyecto desregulador, o proteccionista o, mucho menos,
solidario. Parece que la simple fuerza de los hechos define las características
del trabajo, dándose una lenta flexibilización de hecho que no es fruto de una
discusión social ni obedece a alguna estrategia de tipo colectivo, algo muy
característico de buena parte de América Latina.
Ni los neoliberales han logrado la intensa desregulación que pregonaban , ni
tampoco los defensores del proteccionismo, liderados por el sindicalismo, han
contado con la fuerza suficiente para defender el viejo esquema.
Colombia, en materia de empleo
y trabajo, parece sometida a una inercia frente a la que nada puede hace, tan
solo ver crecer mes a mes las cifras del desempleo y la pobreza y esperar
ansiosamente una mesiánica reactivación
económica que parece haberse convertido en la anhelada panacea que nos
devolverá a los tiempos del desempleo no tan alto y la pobreza no tan
creciente.
Si para los anglosajones el
nuevo lugar del trabajo es devolverlo a las épocas del capitalismo clásico y
para los eurocomunitarios es proyectarlo hacia nuevas formas de vida laboral,
para nosotros parece no haber ningún cambio. Aun pensamos -piensan los
sindicatos, los empresarios y el estado- que el trabajo y los empleos dependen
tan solo del ciclo económico y que ninguna transformación mas profunda se
halla en la base del desempleo galopante y la generalización de las formas
flexibilizadas de trabajo.
Europeos y anglosajones han
entendido, cada uno a su manera, que esa transformación más profunda es la
imposibilidad de que el mero crecimiento económico garantice el empleo y, mas
aun, que dicho crecimiento si se apoya -como exige la globalización- en
innovaciones tecnológicas se convierte en enemigo del empleo (de poca
calificación, que es el de mayor oferta
laboral disponible) o, por lo menos, lo redefine sustancialmente. Para que el empleo vuelva a crecer es necesario que el crecimiento económico
se acompañe de decisiones políticas y sociales sobre que actividades económicas
potenciar, que formas de empleo y trabajo estimular, bajo que condiciones de
trabajo, con que garantías sociales, etc. Es decir, todo lo que en Colombia
no se ha dado.
Los actores del mundo
del trabajo en Colombia siguen presos de una concepción instrumental del
trabajo que lo hace depender de la evolución de las variables macroeconómicas.
El gobierno solo atina a proponer de manera tibia y sin tener en cuenta sus
efectos sociales, la flexibilización. Pero la necesidad de mantener la imagen
de ser un "gobierno para la paz" lo lleva a eludir la confrontación
directa con el sindicalismo, que se daría si insiste en su proyecto de reforma
laboral. Los empresarios, por su parte, seguramente apoyaran los proyectos del
gobierno, pero mientras tanto seguirán a la expectativa, sabiendo que por más
crisis que halla ellos no figuran en la lista de perdedores. Finalmente, el
sindicalismo no logra articular un proyecto propositivo y solidario, parece
anquilosado en la defensa de aquellos reductos del viejo modelo (empresas
publicas principalmente) y solo acierta a decir no a la flexibilización sin ser
capaz de asumir su gestión desde una perspectiva social.
De esta manera, el modelo
colombiano es el de la inercia y el anquilosamiento. Es necesario que los
actores sociales asuman colectivamente el control de las transformaciones del
mundo del trabajo. La flexibilización y el desempleo no pueden dejarse a la
fuerza de los hechos o a la espera de una milagrosa recuperación económica, es
necesario gestionarlas socialmente y asumirlas como campos de confrontación y
discusión social.
Es necesario que en Colombia
asumamos de una ves por todas la profundidad de los cambios que el nuevo
escenario de la globalización, el cambio tecnológico y la redefinición del
rol estatal, comportan para el mundo del trabajo. Miles de colombianos en el
desempleo, la precariedad y la pobreza exigen este cambio de actitud mental.
Cali,
Mayo 2000.
¿Nos convertiremos
todos en trabajadores temporarios? -El trabajo asalariado está en vías de
desaparición como base principal para construir la propia vida, una identidad
social, un futuro personal. Pero tomar conciencia de este hecho tiene un alcance
esencialmente subversivo, pues mientras a la gente se le diga: su trabajo es la
base de la vida, es el fundamento de la sociedad, es el principio de la cohesión
social, no hay más sociedad posible que ésa, con lo cual la gente se vuelve
psicológica, política y socialmente dependiente del empleo. Por lo tanto, se
fuerza a los individuos a tratar de conseguir a toda costa uno de esos empleos
cada vez menos frecuentes. Y cuanto más lo hacen, mayor poder ganan los
empleadores sobre ellos. El discurso sobre el carácter central del trabajo,
sobre la perpetuidad de la sociedad laboral, de la sociedad salarial, tiene una
función de estrategia de poder de parte de la burguesía, del capital y de los
empleadores.
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