Novela realizada por mayores de 18 años para la web de ciberanika.com
KRUELA DEVIL
 
ARGUMENTO

Laura se enfrenta al Innombrable. Tiene un poder que no sabe utilizar y en su camino se encuentra personas que le descubrirán detalles que ella desconoce. 

Está predestinada para esa lucha pero es joven, insegura, y tiene miedo, mucho miedo. 

Varios asesinatos relacionados con el santoral se suceden en la ciudad...
 

Título: CIRCULO DE MARTIRES (Laura)

Capítulo 22, capítulo final. (Autor/a: Myu Gata Negra.)
 

Se detuvo tras ocultarse entre los árboles.  No sabía cómo había conseguido llegar a tiempo. Aún no podía creer que Irene reposara en sus brazos sin ningún rasguño. La miró con más detenimiento. Algo extraño le pasaba. Tenía la mirada perdida y la boca ligeramente desencajada. ¿De qué eran esas manchas verdes en sus brazos, sus manos y su cuello? Su olor, aparentemente inofensivo, le resultaba sospechoso. Aunque no sabía qué le habían puesto era evidente que Irene estaba drogada.

Seguramente, no querían ningún tipo de resistencia por su parte. Además, en algunos rituales de esta índole era necesario que la “ofrenda” estuviese de buen humor y tranquila.  El riesgo de nerviosismo después de intoxicarla era mucho menor que si cuando la víctima conservaba su consciencia intacta.

Sus manecitas se movían inquietas y, segundos después, caían inertes. Se encontraba mal, pero no tenían tiempo para descansar, así que levantó a Irene y siguió el camino con ella. Era consciente de que, estando de nuevo juntas, desprendían una luz muy potente que les permitiría localizarlas.

Debía asumir ese riesgo, no podía separarse de ella ahora, justo después de salvarla de la caída. Abandonar a Irene equivaldría a matarla. Siguió caminando mientras se preguntaba qué estaría viendo la pequeña, tratando de adivinar por qué extraños mundos se movía su imaginación, dilatada y descontrolada a causa de los narcóticos... ¿sería cierto que creían que volaban y asistían a macabras ceremonias presididas por  todavía más sombríos seres? ¿Tan vívidos eran esos sueños que se mantenían en su mente y les hacían afirmar que habían estado allí? ¿Eran acaso sus voluntades capaces de viajar realmente a aquellas reuniones?

No tenía tiempo para pensarlo, ni nadie para discutirlo, ni libros donde investigar. Además, el entorno había cambiado. El aire estaba enrarecido, el suelo parecía respirar bajo sus pies, las piedras, curiosamente redondas, parecían marcar un camino a través de las marcadas irregularidades del terreno. No recordaba haber visto en su anterior visita, pero parecían haber existido siempre. ¿Cómo era posible que la tierra de aquella zona se hubiese deformado de aquella forma? Se derrumbó. Había conducido demasiado. Estaba agotada. Necesitaba dormir por lo menos media hora. Se sentó bajo una de las frondosas copas y allí se permitió, por primera vez en aquel día, un pequeño descanso.

Poco después abrió los ojos con una sensación de amenaza. Irene aún reposaba en su regazo. No sabía cuánto tardaría en despertarse... ¿acaso lo haría? Aún era de noche. El cielo, terriblemente denso,  parecía querer caer sobre ella en cualquier momento. Los animales estaban acallados y escondidos,  los pájaros se habían marchado, las ramas que aquel  bosque blanco se agitaban mecidas por un viento inexistente.

Estaba totalmente desorientada y decidió seguir el rumbo que éste le marcaba. Andaba trabajosamente por un suelo anormalmente desigual. Estaba sembrado de hoscas estribaciones surgidas de una superficie que había sido plana. Se agachó. ¿Cómo habían aparecido semejantes y excéntricas elevaciones? No lo sabía, no podía comprenderlo. La sobrenaturalidad de los hechos se hacía notar cada vez más, parecía crecer y exagerarse con cada respiración de la chica, quien no sólo debía preocuparse por una posible persecución, sino también cuidarse de tropezar. Además estaba la pequeña. Si empeoraba, ¿qué haría? Aún no la había salvado y debería continuar adelante si quería hacerlo. Si no encontraba algún remedio, como mínimo evitaría que cayese en sus manos otra vez.

Hundida como estaba en sus pensamientos no advirtió un pequeño saliente al lado de su pie y trastabilló y numerosas visiones cruzaron fugazmente su mente.

Si caía caería definitivamente. Tras el ruido sordo,  se vería rodeada de una muralla de sectarios. Abriría los ojos para verlos, pero no los abriría nunca más. El dolor los cerraría, y quedarían sus párpados sellados sin remedio en un sueño imposible de quebrantar.

Luchó contra la gravedad y, en esta ocasión, venció. Se detuvo un momento para recuperarse de la fuerte impresión que había sufrido.  No se había delatado, pero... ¿hacia dónde ir? No sabía como estaban distribuidos los sectarios por el jardín y, en caso de un posible enfrentamiento, tenía las manos ocupadas. Sólo podía cargar con ella y huir, no sólo de los pocos sectarios que las perseguirían, sino de la amenaza de una alerta propagada en toda la zona y una rastreo más exacto. Se encontraban en una situación difícil y dependían por entero de su sigilo y de su capacidad de amortiguar la luz que emitían.

De pronto, vio a alguien moverse a lo lejos, y ese alguien clavó sus ojos en ella. Se mantuvo a la expectativa. Se aproximaba mansamente, sin avisar a nadie.  Segundos después se calmó. Era un aparecido, un anciano mozárabe que debía haber trabajado en la Medina años atrás. Al resurgir el bosque también habría resurgido su rutina y volvía silbando a su casa con las herramientas al hombro después de una larga y repleta jornada. Se le acercó sosegadamente y la observó.

 “Hace mucho tiempo que no veía a nadie como tú por aquí, mucho tiempo” Se mesó la barba y continuó hablando mientras Laura le escuchaba con disimulado recelo. “He seguido todos tus pasos desde que entraste en el jardín y, aunque no lo creas, conozco tu cometido. No hagas preguntas, pues mi relato las satisfará todas, ten paciencia jovencita. “ Hizo una pausa para observarla y, al ver que quería escucharlo así siguió su relato.

La secta a la que te enfrentas ahora, muchacha, empezaba a ver la luz en el reino de Granada cuando yo estaba vivo y era joven. No sé cuantos años tiene aquel que la dirige, pero se puede decir que ha vivido el equivalente a muchas vidas. Únicamente conocido como el Innombrable, tiene sobradas razones para ocultar su verdadero nombre.
        En algunas creencias, casi todas remotas y olvidadas, se afirmaba que en el nombre residía el alma. Por eso lo elegían con sumo cuidado y lo protegían con la muerte, para no ser martirizados y utilizados por los nigromantes cuando abandonasen su cuerpo.
        Si alguien llegara a conocer el de otra persona podría dominar o debilitar a quien había cometido la imprudencia de revelarlo, o a quien había sido traicionado por el que se lo impuso. Los motes, apodos y falsos nombres les servían para esconder el verdadero y protegerse.
        Volviendo a mi relato, puedo decir que ese individuo ya era viejo cuando mis antepasados se establecieron en la península, lo era antes de la edificación de la judería y antes del primer asentamiento cristiano. Dice esa secta  unos orígenes que hermanan las tres religiones que he nombrado, posiblemente los libros de la torá, o algún  otro nexo que yo desconozca.
        Juzgo imposible saber su edad, pero hay una remota posibilidad de conocer su nombre.  Averiguarlo puede entrañar algún desconocido peligro, pues los antiguos escogían su apodo basándose en sus características, aunque también puede ser una estrategia para amedrentar a quienes indagar más de lo permitido. Un líder de un clan como el suyo debe procurarse el respeto y el temor de todos sus súbditos para tener total autoridad sobre ellos. Digo clan, por que a él pertenecen individuos con lazos de sangre muy estrechos y no se admite a nadie que no tenga la ascendencia de sus miembros.  Cuando hay un nacimiento dentro de la comunidad, el bebé pasa a engrosarla tras una ceremonia.
        Tras esta previa explicación atenderé tu interés. Seguramente te preguntarás el porqué de mis investigaciones en ese tema. No tengo más que decirte que tenemos en común el hecho de ser elegidos. Ha habido más como nosotros en las distintas edades de la tierra, localizados en distintas partes del mundo. Cada uno tenía un cometido distinto para ayudar a derrocar al enemigo común de todos.
        Yo sabía que no estaba destinado a vencerlo, que su muerte tardaría en llegar y que mi cometido puede que no finalizase con mi vida. Me ocupé en reunir información del antiguo culto y de su líder. No surgió aquí, sino que desde  hace siglos se extiende por todo el mundo como una mala hierba por un vergel descuidado.
        Me llevó mucho tiempo y sufrimiento conseguir esos datos, pues las fuentes estaban muy ocultas, y en algunas ocasiones puse en peligro mi vida, pues solo preguntar por ellas significaba un riesgo. Por eso, los últimos años de mi vida, oculté mis libros y me procuré el disfraz de humilde jardinero, el cual llenó de sosiego mi vejez.
        Sus usos y costumbres serían un retraso para ti y para nuestra causa, pero estuve cerca de averiguar algo que podría hacer inclinarse la suerte a tu favor y ayudarte a recuperar el equilibrio que se perdió hace tanto tiempo. Busca ese relato que los cristianos llaman Biblia. Si indagas entre sus páginas puede que halles su nombre. Yo encontré ese indicio demasiado tarde para poder investigarlo más a fondo, ahí es donde acaba mi búsqueda y empieza la tuya.
        No obstante puedo daros información útil. Estos bosques de almendros no son completamente caóticos, tienen unos caminos serpenteantes pero bien definidos que yo mismo diseñé. Fui uno de los arquitectos al servicio del sultán, quien me asignó la labor de planificar este inusual jardín para aliviar la añoranza de su esposa. Solo yo, mis trabajadores y mi soberano conocemos exactamente el trazado irregular y sinuoso de los caminos, pero los demás se fueron hace mucho tiempo. El tiempo los ha borrado de la vista de unos y la maleza de la vista de otros

Acto seguido cogió un palo y dibujó en el suelo este mapa.

 Mapa que copió Laura a su libreta:


1- caseta del jardinero
2- puesto avanzado
3- Ruinas del palacio
4- Refugio del innombrable.

Después de dejar que Laura lo examinara y lo copiara en su libreta continuó.
    “Aquí he marcado toda la información que os puede ser de ayuda. Cuidaos de caminar hacia el este, porque el enemigo  tiene allí un par de ojos que vigilan continuamente. En cambio, si seguís este camino hacia el oeste encontraréis mi antigua caseta de jardinero donde oculté unas cuantas armas. Posiblemente encontréis alguna en condiciones de ser usada.” Se detuvo y  miró a Laura. “Puedo ver que ya has matado” Laura asintió.

Tras esta pausa el anciano continuó. “¿Por donde iba?... ah sí. “ Volvió a mirar el plano y dijo. “Justo en el centro está lo que queda de la residencia de mi señor en este jardín.  En una de las habitaciones del sótano guardé una en una caja todos mis libros cuando abandoné la peligrosa búsqueda. Algunos os pueden ser de utilidad.
        Ahora viene la  parte interesante. Al norte, al lado de una de las fuentes que se hallan distribuidas por el jardín. Antes era igual de bella que las otras, pero la retocaron a su manera. Quizá sólo les suministre agua, quizá haya algo más detrás de la remodelación. Examinad bien las inscripciones, relieves o esculturas que ésta pueda tener ya que, al otorgarle su peculiar estilo, pueden contener alguna pista del origen del innombrable.
        Buena suerte elegidas. Espero que vosotras podais hacer el trabajo que yo no acabé, mas tened cuidado. Bajo el sobrenombre de nuestro adversario puede esconderse una amenaza velada. “ Borró las marcas del suelo con el pie hasta que no se distinguió el más leve contorno del mapa.

 “Hay una última ayuda que puedo ofreceros.” Después de éstas palabras la elegida sintió como si le robaran algo inmaterial, y que no le molestaba su pérdida. “Acabo de absorber la luz que tu e Irene desprendéis.  Así podré despistar a los sectarios mientras vosotras escapáis por otra ruta en la más completa oscuridad.  Poco más puedo hacer salvo desear que la ventura camine junto a vosotras. Puede que volvamos a vernos” Dicho esto, se desvaneció y ella notó un leve soplo de aire que se dirigía al este, al puesto avanzado de los sectarios.
 

Laura pudo comprender que la curiosa denominación de su rival no era  consecuencia de un capricho. Obedecía a un deseo de autoprotección pero, ¿debía buscar en la Biblia? Allí había cientos de nombres, miles quizá y ¿por qué se había dirigido también a Irene si estaba inconsciente? ¿Podría percibir alguna cosa del mundo exterior? ¿Era más perceptiva para las presencias espirituales? Decidió esperar a reunir más datos y no perder su valioso tiempo tanteando en las tinieblas  de su mente.

Lo más importante en aquel instante era conseguir  armas,  porque había dejado su cuchillo clavado en el cadáver del guardián y le era imposible volver atrás para recuperarlo. Después de caminar un rato encontró el edificio que le había mencionado el aparecido. Apenas era un cobertizo achatado y de piedra, bastante bien conservado. Su aspecto austero ocultaba perfectamente el tipo de objetos que contenía.  Entró y se sintió decepcionada. Aparte de unos herrumbrosos útiles de jardinería allí no había nada.

Dio un paso en falso. Lo siguiente que pudo ver es el suelo.  Había tropezado con una piedra y había caído de bruces. Al mirar atrás y tocar el obstáculo descubrió que no era un cascote desprendido, sino algo rígido envuelto en tela. Envuelta en un discreto paño gris,  cuyo color gris se confundía con el de los restos que la rodeaban, había una caja semienterrada por unos escombros que no parecían estar allí por azar. La caseta estaba demasiado entera para que provinieran de ella.

Desenterró el objeto y retiró su envoltura. Era un pequeño y alargado cofre de madera. En su interior halló una espada corta, una daga curva a la usanza morisca y unos cuantos cuchillos. Pudo ver claramente que la espada había sido forjada en Toledo. Además, había en su hoja unos grabados bastante peculiares. A lo largo del metal se podían ver claramente frutas diversas y, en la otra cara, aparecía un cordero de rizadas lanas. ¿Eran simples ornamentos o tenían un significado concreto? Sin perder un instante cogió todas las armas que había encontrado. Se ató la espada envainada a la cintura, camufló un par de cuchillos bajo las anchas mangas de su jersey y guardó los dos que quedaban en su mochila.

Se dirigió hacia el exterior con intención de ir a la biblioteca oculta que estaba señalada en el mapa. Antes de llegar al umbral, se detuvo. Espió por la puerta entreabierta y aguzó el oído.  Nada. Ni un solo vigilante por aquella zona. Era muy extraño. Esa circunstancia incomodaba a Laura en vez de tranquilizarla. Aunque podía ser que el morisco atraído a  todos los  guardianes hacia el este, veía esa calma más traicionera que el barullo y el ruido.

Salió sigilosamente y tomó un camino secundario que llevaba al centro del jardín. Tendría que dar un pequeño rodeo, pero prefería no exponerse. Notó un leve rumor y se estremeció. Una pareja de observadores sectarios recorría un tramo alejado del sendero, así lo atestiguaba una pequeña luz.  La buscaban. Esa senda había dejado de ser segura. Tendría que andar entre los árboles si no quería arriesgarse. Sus troncos y sus ramas, por etéreos que fuesen, la protegerían de sus perseguidores. Aún así, debería ser extremadamente cautelosa. El puesto avanzado se hallaba peligrosamente próximo, y los guardianes podían haber comenzado a dispersarse en dirección oeste. No sabía si habían descubierto el engaño.

Se camufló entre la vegetación y avanzó silenciosamente hacia su objetivo. Si no hubiese sido por aquel elegido, ya las hubiesen detectado.  Por fin dejaban de ser un foco en movimiento a los ojos del enemigo.

Al llegar al antiguo palacio pudo ver que estaba completamente en ruinas.  Era muy grande pero de sus muros apenas se conservaba la marca en la mayoría de su contorno. El suelo estaba lleno de escombros de diferentes magnitudes. Los había tan grandes que podían ofrecer un escondrijo seguro.

La idea de un saqueo cruzó fugaz pero decidida su mente. Quizá habían asaltado el edificio para matar a sus ocupantes y robar los objetos de valor que contenía. En esas circunstancias podrían haber usado los libros de combustible para la chimenea, como muchas veces se hizo,  pues la gente de armas y los mercenarios no destacaban por su cultura. Además, existía la posibilidad de que estuvieran escritos en árabe... Aún no había averiguado nada, no obstante se devanaba la mente y se lamentaba por anticipado de posibles e intangibles pérdidas de información.

Disimuladamente se abrió paso hacia la grieta más próxima. Cuando el centinela se alejó se deslizó dentro de la abertura.

Allí, temporalmente a salvo, comenzó a buscar el acceso al subterráneo. El suelo estaba cubierto de rocas y las deslucidas losas estaban tan gastadas que los resquicios entre ellas parecían haberse borrado. Además, casi todas estaban enteras por lo que podía verse. Sería difícil buscar la manera de bajar en ese suelo tan irregular y uniforme a la vez.

Empezó a mover piedras y a examinar los lugares donde pisaba. Mientras pensaba todo esto vio una argolla en el suelo. Había una trampilla bloqueada por una gruesa columna. Era indudablemente la entrada a la biblioteca o, por lo menos, del subterráneo. ¿Cómo conseguiría apartar aquella mole? Tendría que soltar a Irene durante unos minutos, así que la escondió bien entre dos grandes rocas.

Se encontraba sola, con la ominosa tarea de mover ella sola, únicamente con la fuerza de sus débiles brazos, un pedrusco que casi le llegaba a la cintura y medía varios metros de altura. Sólo así lograría acceder al nivel inferior. Además debía ser rápida y silenciosa. Intentar desplazarla con las manos era imposible, así que, en un intento desesperado,  pensó en buscar un objeto apropiado que le sirviera de palanca. Fue pasando por  las diferentes cámaras de las ruinas y no encontró nada. Tampoco había ningún espacio bajo  la roca para introducir algo más grande que una vara delgada.

Cogió a la niña y se fue a otra parte de la fortaleza derruida. Se sentó en un pequeño claro para meditar. ¿Habría alguna solución? Apartó con desdén un cofre deformado y herrumbroso que no le permitía acomodarse. Al apoyar la mano en una de las losas que habían quedado al descubierto notó que ésta cedía bajo su mano. Se oyó el crujir de un desgastado resorte y un mecanismo que llevaba siglos parado chirrió.

En el lugar de la baldosa apareció un estrecho pasadizo. Sin pensarlo dos veces ató una cuerda alrededor de la cintura de Irene y la bajó. Después se cargó la mochila, se introdujo en el agujero y cerró su entrada. Bajó por una carcomida escalera de madera que crujía a cada paso que daba, aunque iba con mucho cuidado, pues si caía encima de la chiquilla la aplastaría.

Conforme iba acercándose al suelo iba percibiendo un olor rancio y hediondo que se le alojó en la garganta y la hizo toser. Llegó al último peldaño tuvo que ponerse la mano en la boca para contener una arcada. Apartó a la pequeña. Estaba muy oscuro y no ve claramente el suelo. Al hacer algo el trozo de madera crujió y se partió. Al buscar apoyo con el otro pie, trastabilló con algo redondeado y cayó de espaldas al lado de Irene. Al abrir los ojos tuvo que morderse el puño para no gritar.

¡¡¡Huesos!!! ¡¡¡Estaba rodeada de huesos!!!

Éste hecho le produjo un shock del que tardó varios minutos en recuperarse mientras la saliva manaba por la comisura de su casi desencajada boca.

Cuando se recompuso, se limpió la boca y examinó los huesos. Los restos que había creído  humanos eran de ganado. Era una despensa. Los huesos estaban negruzcos a causa de la podredumbre. Seguro que a los atacantes les había pasado inadvertida esa despensa y los víveres que allí guardaban se habían corrompido y, a ese olor, se le habían sumado el de la humedad y el del tiempo.

Notaba en las proximidades el correteo nervioso de los roedores y pudo ver que había muchos esqueletos de rata y a congéneres vivos royendo aquellos incomibles restos. Había quesos momificados y toda clase de viandas. Las ratas muertas yacían alrededor de ellos, como en una parodia de banquete señorial de tiempos olvidados. Se pasó las manos por la ropa, como si con ese gesto pudiese ahuyentar la fetidez que se había adueñado de cada pieza y, antes de coger a Irene, rompió la escalera por si encontraban el paso subterráneo.

Abrió la puerta y salió a un pasillo. Una profunda oscuridad reinaba bajo los cimientos del castillo, ella era la señora de aquellos parajes. No hubiera podido ver nada si no hubiera sido por la linterna de bolsillo.  Dejó atrás aquella maraña de despojos tan desiguales y, con ellos, la mayor parte de la pestilencia.  Al caminar un poco se encontró con aquella otra trampilla que había intentado abrir en vano. De todas maneras, había sido peor bajar por aquella trampilla, pues aunque hubiese evitado aquel mal trago habría dejado una señal más evidente del camino que había tomado.

Escuchó rumor de pasos y siguió el estrecho y húmedo pasillo que se abría ante ella, contenta de haber llegado al subsuelo. Puede que les llevara un poco de tiempo dar con el mecanismo que les había alertado y allí se encontrarían una traba en forma de es  pero entonces, estaría lejos. La vuelta atrás era imposible e ignoraba si existía alguna otra salida. Ya hallaría la forma de salir, aunque tuviese que desechar la única ruta que conocía.

La lucecita que emanaba de la linterna guió sus vacilantes pasos por aquellos angostos corredores, por aquella atmósfera densa y cargada en a que se podían notar el paso y el peso de los años. ¿Cuánto tiempo había permanecido cerrado aquel recinto?

Caminaba temerosa, imaginando los libros en la panza de las ratas, vivas y muertas, que poblaban aquella parodia de despensa.  Abrió una puerta y se encontró con una abandonada garita de guardia. Se hallaba en las mazmorras. Mientras caminaba vio celdas con los barrotes sesgados y grotescamente retorcidos. Seguramente, los presos aprovecharían la confusión de la batalla para huir. ¿Los cortes eran  producto de las armas del enemigo? ¿La desesperación de largos años de encierro da la fuerza suficiente para deformar el metal? Había hojas de espada quebradas, empuñaduras sueltas y algún que otro esqueleto ensartado en las puntiagudas rejas. Sin buscar más explicación, continuó adelante.

Siguió un pasadizo algo más amplio que los demás. Éste la llevó a una espaciosa sala. Al iluminarla descubrió una gran mesa, un par de sillas. Entró y vio una pared recubierta de estanterías vacías. ¿Dónde se habían llevado su contenido? Aquella despensa llena evidenciaba una huida presurosa o una conquista rápida que dejó atrás todo lo que no era oro. A pesar que la habitación se hallaba en mal estado, la mesa arañada y las sillas cojeaban, en un rincón de la estancia, descubrió un cofre aparentemente intacto.

Al intentar abrirlo pudo comprobar que tenía la cerradura abierta, pero que estaba oxidada. Cogió una piedra que había caído del techo y empezó a golpear el resorte de metal hasta que lo rompió. Levantó la tapa y a sus pies cayó una marea de libros de considerable tamaño, que el elegido había guardado allí antes de la invasión para protegerlos. Al parecer, habían pasado desaparecidos a los ojos de los habitantes del castillo,  de los invasores, las ratas, el tiempo y la humedad.

Sin ocultar su alegría los trasladó todos a la mesa. Las cubiertas de piel estaban viejas y raídas, pero no parecía que su interior se hubiese estropeado mucho. El baúl los había protegido de la cargada atmósfera que imperaba bajo tierra.  Para su alivio, los gruesos volúmenes estaban escritos en castellano antiguo. Sin duda, aquel hombre había sido mucho más que el humilde jardinero que pretendía aparentar. Sin duda, le habían encargado el diseño de aquel vergel. Seguro que  él mismo había copiado o incluso traducido aquellos libros, debió ser así si lo mantuvo en secreto. Había sido un gran acierto transcribirlos al castellano, pues esa lengua la comprendían la mayoría de cristianos, judíos y musulmanes de la península. Éste hecho, como sin duda había pensado, facilitaba enormemente el cometido de Laura.

Desechó los tratados de arquitectura y jardinería, que indudablemente fueron sus herramientas de trabajo durante largos años, y se centró en los que quedaron. El primero era un gran libro que recogía las costumbres de los sectarios pero, siguiendo los consejos de su predecesor lo apartó. El siguiente era el imprescindible y sempiterno corán.  Si éste hubiese caído en sus manos en otra ocasión lo habría leído dos o tres veces.

También había un ejemplar de “De Subtilitate”  o, como rezaba la portada, “Sobre las sutilidades. Tratado de magia y brujería, demonología y demás herejías”.  Mientras pasaba las hojas descubrió la fórmula que habían usado con Irene, la descripción del libro era exacta a la apariencia y  olor del potingue. Leyó que si las dosis estaban medidas con esmero y precisión las brujas solían despertar sin complicaciones de su trance.

A pesar de eso, citaba que aplicar el producto en organismos demasiado débiles o que no tolerasen bien alguna de las substancias podía acarrear complicaciones como convulsiones, temblores violentos, sueño anormalmente prolongado y un extraño fenómeno que el autor relataba con tanta prudencia que no logró encontrar lo que las mismas palabras le ocultaban.

No era momento de descifrar el acertijo, quizá durante el camino. El tiempo corría en su contra y, en ese momento, no se vio capaz. A pesar de eso nada podía ser peor que la  muerte. La muerte... pensó y el libro se deslizó de sus manos y cayó. Se obligó a recogerlo y a apartar de su mente ese pensamiento. Para hacerlo cogió otro volumen.

Era una desvencijada biblia a la cual le faltaba la parte del centro. Miró por encima los primeros capítulos. El Génesis. A continuación, el Apocalipsis.

El nombre  seguramente estaba en uno de esos dos apartados, con lo cual, las posibilidades se reducían considerablemente.

El Génesis junto al Apocalipsis.

El Principio del Fin.

¿Una advertencia acaso? Parecía una especie de amenaza para quien se atreviese a ir demasiado lejos.  Un destino que se abatiría implacablemente sobre los curiosos. En ese momento era imposible saberlo. Además a las palabras se las lleva el viento, sobretodo a las que son el fruto de suposiciones inseguras.  Cerró el libro.

El único que le quedaba por examinar era uno muy parecido al que le legó su abuela y llevó al anticuario. Los sucesos más cercanos se remontaban al siglo XV. A pesar del desfase cronológico podía serle útil, pues tenía todo tipo de anotaciones en los márgenes.  Decidió llevárselo. Cerró la tapa y se hizo prometer que descifraría el enigma que podía dar la vuelta a la situación de inferioridad en la que se encontraba.

Lo metió en una bolsa para protegerlo y lo guardó en su mochila. De no ser el mas pequeño de todos lo hubiese tenido que dejar atrás. Abandonó aquel lugar y se dirigió otra vez al entramado de túneles. Ya se había demorado demasiado allí.

Tomó la precaución de no pisar ninguno de los pasillos por donde antes había pasado. Se paró a pensar como lo haría para orientarse y, de pronto, escuchó un susurro que provenía del exterior. Lluvia. El golpeteo de las gotas le ayudó a escoger la senda entre los innumerables pasadizos que comunicaban el subterráneo de la fortaleza. Muy a lo lejos, un rumor de pasos que la perseguían.

El murmullo del agua sonaba cada vez más cercano y ya percibía la sensación de humedad, no la humedad rancia y saturada que había respirado allí dentro, sino un frescor libre y renovador que, lejos de embotar los sentidos, los despejaba. Continuó subiendo por las diferentes escaleras que encontraba hasta que encontró un pequeño túnel ascendente tapado por una piedra. La levantó sin problemas y se escabulló hacia el exterior. La tapa del pasadizo era una de las piedras planas que formaban las sendas del jardín y, se parecía tanto a las otras, que habría sido casi imposible adivinar que se podía entrar al castillo por allí. Cerró el camino y se ocultó en la maleza.

Cuando se hubo acomodado entre la hierba  se dispuso a examinar su hallazgo. Ahogó la luz de su linterna con un pañuelo y, con aquella claridad mortecina pero segura, abrió el libro y comenzó su estudio. Las notas de los márgenes eran bastante ambiguas, como profecías que apuntaban al origen de los tiempos: “El principio, aunque sea muy lejano, es relevante para el final. Quien lo ignore o subestime caerá en la necedad y sucumbirá”.  “El que fue menospreciado volverá y provocará el caos entre los descendientes del que resultó favorecido”. Las otras eran meras extensiones de estas dos ideas.

Sabía que tenían algo que ver con su enemigo, pero no podía imaginar qué era. Larga era la lista de vejaciones en el curso de la historia. Aunque tomase la biblia de base, aunque se fijara sólo en su principio, aún existían muchas. Incluso dios fue agraviado al principio de los tiempos. Tendría que averiguar a cuál de ellos se referían aquellas palabras. Los asesinatos relacionados con el santoral también estaban ligados a esas afirmaciones, pero esa época había sido arrancada y  suprimida para restar importancia a ese interludio entre el principio y el fin, entre el surgir y el sucumbir. Incluso en ese momento, aquella época importaba poco.

Guardó el manuscrito, recogió a Irene y miró la corteza de los árboles para buscar el norte. En esa dirección se encontraba su próximo y postrero objetivo. Iba armada con acero y palabras, si bien debería organizar éstas últimas para utilizarlas con precisión.

Tenía que evitar el camino más que nunca pues, en su último tramo, la vigilancia era todavía más estrecha. Parejas y grupos de encapuchados vigilaban la zona cual perros guardianes. Era muy arriesgado que la descubriesen en ese momento pues, aunque matara a los que lo hiciesen, correría la voz de alarma y el grueso de la secta se movilizaría al instante. Los fantasmagóricos troncos de los árboles, más sólidos de lo que parecían, le proporcionaban un refugio relativamente segur, así que avanzaron tras ellos.

La pequeña se agitaba inquieta y febrilmente en los brazos de Laura, quien temía por su amiga. La agitada respiración de la niña podía facilitar que las descubriesen, así que se internó todavía más en la arboleda. Vigilaba con esmero la presencia de ramitas, hojas secas o piedras que pudieran delatarlas. De vez en cuando, se topaban casi de bruces con la inquisitiva morada de un encapuchado y, en algunas de ellas era posible que las hubiesen visto. Quizá ya habían dado una alerta silenciosa con el fin de cogerlas por sorpresa.

El temor le pesaba en las piernas y  le ofuscaba la mente, repleta de insólitas y trágicas imágenes en las que resonaba incesantemente: “El principio del fin. El principio del fin. El principio de Tu fin. El principio de Vuestro fin”.

Tales pensamientos lograron distraerla de su búsqueda en más de una ocasión, pero debía sobreponerse a ellos si no quería que se cumpliesen. Mientras nadaba en sus cavilaciones se halló frente de una fuente de piedra resguardada entre la maleza. Indudablemente era una de las que habían modificado los nuevos ocupantes, aunque se integraba perfectamente en el paisaje y  se parecía  algo a las ruinas se veía que era reciente por el tipo de piedra y el buen estado en el que ésta se hallaba.

Se situó frente a ella para examinar sus detalles. Tenía apariencia de retablo y era más alta que ella. Contenía dos escenas de la vida cotidiana del campo propio del pasado. En una mitad se recreaba una bella escena pastoril mientras que, en la otra, figuraba una escena de siega, donde había un solo segador en medio de un campo rebosante de espigas y flanqueado por árboles frutales. El pastor y el agricultor eran prácticamente iguales. En medio de las dos estaba el surtidor.

Mientras miraba las dos imágenes grabadas en la piedra supo que en ellas había una clave importante, que le transmitían algo más que el apacible mensaje que se captaba a simple vista. ¿Llegaría a descubrirlo? Y más importante, ¿lo haría antes que fuese demasiado tarde? Lo dudaba, pero era necesario, indispensable que diera con él y que estableciera alguna relación entre todos aquellos elementos.

Se mojó la frente con el agua que brotaba de la fuente para intentar aclarar su mente y ordenar el barullo de ideas que tenía en su interior. Se ocultó tras la piedra tallada para descansar un poco. Se sentó entre los arbustos y empezó a sopesar los retazos que había ido recopilando. Brujería, el principio contrastado con el final, la influencia ya indiscutible del primero en el segundo, la agricultura y la ganadería juntas y separadas, similares y diferentes... ¿Qué significaba todo aquello? ¿En qué punto encajarían todas aquellas piezas que le parecían inconexas?

Irene tenía los ojos entreabiertos y, aunque permanecía inconsciente, se encontraba en un estado de lánguida tranquilidad que la alarmaba. Al parecer le quedaba poco tiempo. Quizás unas horas, quizás menos, quizá se quedaría así para siempre.  Ella no podía preparar el antídoto, no estaba acostumbrada a manejar ese tipo de plantas y si se equivocaba lo más mínimo en las proporciones la mataría. Además, ¿dónde encontrarlas?
 
 
 

Estaba cerca de la guarida del innombrable y, en ese momento la asaltaron oleadas de terror y reverencia. Era extraño sentir respeto a la vez de admiración y adoración temerosa. Era evidente que estaba cerca de un individuo con una autoridad y un carisma tan grandes que podían doblegar voluntades sin ser necesaria su presencia. Debería resistir su influencia como fuese. Era preciso acabar con él para que su vida y muchas otras volvieran a fluir por cauces tranquilos.  No había llegado tan lejos para dejarse intimidar.

Ya había llegado al refugio. Era, al parecer, un edificio restaurado con un estilo extraño que discordaba con todo lo que lo rodeaba. Sus facultades, vacilantes durante todo el camino, se habían dormido del todo, justo cuando más las necesitaba. No podía ver quien había en el interior de la edificación ni en sus alrededores. El hecho de estar tan cerca de su rival le había llevado de nuevo la oscuridad. Debería servirse únicamente de sus sentidos y una intuición diezmada para orientarse en el edificio y prevenirse de los imprevistos.

Debía actuar con cautela, pero no andarse por las ramas, pues cada segundo que pasaba surgía una nueva oportunidad para sus enemigos. ¿Un plan? No. No tenía tiempo. La improvisación nunca había sido una de sus mejores cualidades, pero había tenido que usarla muchas veces en poco tiempo. Una más.  La última. Después... ¿quién sabe?

Avanzó a hurtadillas, siempre alerta. No había nadie. Demasiado sospechoso.  Medía cada paso que daba y escudriñaba el suelo en busca de posibles trampas. Nada. Demasiado fácil... ¿por qué? ¿Querían que se dirigiera ella sola a su perdición? Quizá la atacarían por sorpresa...  pero... ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? No tenía la respuesta y estaba desorientada,  pero no debía retroceder. Faltaba poco para que se decidiese el final, y ella quería participar.

Nadie en la entrada ni en las cercanías. Traspasó el umbral con Irene en brazos. Silencio. Entró a una sala que tenía únicamente una mesa, unas cuantas sillas y un austero reloj de pared. Nada sospechoso aparentemente. La fruta parece sana, pero el interior está podrido. A un lado de la habitación había una escalera que comunicaba sótano, planta baja y primer piso.

Decidió bajar y se encontró con una habitación oscura con soportes para antorchas. El leve resplandor de la linterna le sirvió de guía. La estancia estaba llena de objetos rituales que no se paró a investigar. Llamó su atención el altar del centro. Sobre él reposaba una bandeja de fruta y una copa de sangre sobre una piel de cordero. Todas las pistas  eran tan parecidas...

Tras esa observación, ascendió por la escalera hasta el final. Se encontró con una curiosa despensa donde guardaban toda clase de hierbas, en una colección de tarros pulcramente alineados en multitud de estantes.  En cada frasco había una etiqueta que indicaba que contenía.  Vio nombres tanto venenosos como curativos, en gran variedad los primeros. No había, al parecer, ninguna ponzoña de origen animal. Con la receta correcta hubiese podido hacer un remedio para la pequeña pero, lamentablemente, no la tenía.

Al volver al piso intermedio reparó en una pequeña puerta camuflada, invisible desde la entrada, pero entreabierta, parecía decirle “Entra” con una voz embaucadora, irresistible. ¿Qué podía haber detrás de ella? Una sensación de peligro la estremeció violentamente. Enarboló la espada y espió su interior.  Daba a un pasillo alto y estrecho y oscuro, pues cualquier antorcha o bombilla hubiera quemado a quien por él pasase.

Cogió la lucecilla eléctrica con la misma mano que el arma y entró. La pared estaba profusamente adornada con escenas bíblicas. Al principio el Apocalipsis, al final la creación. Parecía emular algún tipo de catarsis  o de redención. En el centro, las imágenes de los santos, incluso del mismísimo Jesucristo,  aparecían emborronadas y rascadas. Los asesinatos... Apretó a Irene contra su pecho con el brazo que la sostenía. Tras el último grabado encontró otra puerta por la que salió. Nadie. No tenía sentido que hubiesen huido, no cuando su objetivo estaba en sus domínios.

El angosto pasadizo la había llevado a un frondoso jardín, lleno de flores, arbustos, fuentecillas de agua,  y árboles frutales  y, en el centro, un manzano. Era, sin duda, un edén en miniatura, una imitación del escenario representado en el pasillo que la había conducido allí.  Ese vergel ¿serviría para engatusar a los sectarios o tendría alguna otra función?

De pronto, una súbita ráfaga de viento cruzó el paraje y la serpiente se dejó ver. El brillo de una espada delató al innombrable. Laura sostuvo la suya. Había previsto que tendría que usarla, pero, ¿sería capaz? ¿Tenía algo que hacer?

Se desembarazó de la mochila, dejó a la chiquilla a su lado y se puso en guardia. Le temblaban las manos. La linterna cayó, rodó y su luz se perdió entre las matas.

Su enemigo lanzó la primera estocada y ella la detuvo. Paraba todas las acometidas, pero no era capaz de atacarle. No sabía como agredirle y defenderse al mismo tiempo. Un sudor congelado le resbalaba por la frente y amenazaba con cegarla. No podría resistir mucho más.

A su espalda estaba sucediendo un hecho que ninguno de los dos había previsto: el peligro oculto del ungüento de las brujas. La pequeña se convulsionaba frenéticamente, sus miembros se retorcían en ángulos imposibles y emitían sonoros chasquidos. El cuerpo de la pequeña se continuó retorciendo hasta que su alma acabó por abandonar su cuerpo y manifestarse ante ellos.

La mezcla de la pomada y el elixir de saza, es decir, la sangre de la elegida había hecho efecto. Irene se había desdoblado. Su cuerpo y su ser se confundían el uno con el otro. Entonces su consciencia, largamente retenida pero no ausente, habló por medio de su representante etérea y captó por entero la atención de los dos adversarios. Su voz era poderosa y grave y, sin embargo, recordaba a la de la niña.

- Durante tu larga vida has cometido numerosos crímenes. Durante estos últimos meses estos han ido en aumento y has alterado el equilibrio para intentar romperlo. Ha llegado la hora de saldar cuentas y con ella tu final, pues yo conozco tu nombre, la clave de tu perdición.

El rostro del innombrable se desfiguró en una mueca atemorizada.

- ¡No hay vuelta atrás! ¡ No habrá piedad para Caín!

En ese momento se estremeció como si una descarga eléctrica hubiese sacudido su cuerpo. Laura aprovechó para hundir su acero en el pecho del caído, pero éste aprovechó su último aliento para atravesar el abdomen de la muchacha. Entonces estaba amaneciendo, pero por un instante el sol brilló intensamente como si estuviese en su cénit. Laura se desplomó al lado de su enemigo y sus sangres se mezclaron.

El nombre que le habían impuesto al nacer lo había llevado a la muerte. Laura expiró antes de desangrarse por completo y, el espíritu de Irene, no supo como volver a su cuerpo y abandonó este mundo.
 
 

Las muertes de las chicas parecían hacer referencia a  un pasaje bíblico que, más o menos, dice así: “Y Dios condenó a Caín a vagar eternamente por la tierra, pero le impuso una marca para que no lo matase cualquiera que lo hallase.” Parecía el castigo por haber acabado con un ser anterior a todos los tiempos conocidos, pero, ¿era él realmente el mítico Caín? Posiblemente era una coincidencia. Es cierto que tuvo una vida extensísima y que, parecidos al santoral de los asesinatos,  había sido para darles más notoriedad ante alguien... ¿Quién sabe?
        “Innombrable... quien me llame por mi nombre morirá conmigo.” Y ellas ¿habían sido las elegidas?¿ Simplemente habían sido los verdugos de un creador que no podía matar a su propia criatura?
        Su enemigo tenía le poder y la sabiduría que dan los años, pero era de carne.  ¿Era el fruto de un encantamiento hecho en la noche de los tiempos? Me temo que no llegará a saberse, pues el jardín y el edificio desaparecieron. Los sectarios, presumiblemente de la estirpe de Caín, murieron o se dispersaron. Adrián y los demás que participaron en las reuniones del restaurante Diez Pesos también pertenecían a la organización. Simples señuelos para desviar la atención la elegida y deshacerse de ella. Estuvieron muy cerca de lograrlo.
        Buscaron a Laura e Irene durante meses pero, al no dar con ellas, desistieron. Se hizo un funeral simbólico y poco apoco las olvidaron. El caso de su desaparición fue archivado hace casi un año. Los desastres cesaron de repente, después del intenso fogonazo solar, pero nunca supieron ni sabrán que ellas habían liberado el mundo de una amenaza inmemorial, de un rencor personificado que hubiese llegado a destruirlo...

...si no hubiese sido por ellas

Aquella chica rara y frágil que podía ver el interior de los que la rodeaban, aquella niña que apenas intuía su destino, las dos serán olvidadas. Espero poder evitarlo con este manuscrito.

El mundo que conocemos tuvo que morir un poco para poder renacer e intentar curarse de sus males.

FIN
Por Myu GataNegra
 

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