Novela realizada por mayores de 18 años para la web de ciberanika.com
KRUELA DEVIL
 
ARGUMENTO

Laura se enfrenta al Innombrable. Tiene un poder que no sabe utilizar y en su camino se encuentra personas que le descubrirán detalles que ella desconoce. 

Está predestinada para esa lucha pero es joven, insegura, y tiene miedo, mucho miedo. 

Varios asesinatos relacionados con el santoral se suceden en la ciudad...
 

Título: CIRCULO DE MARTIRES (Laura)

Capítulo 3. (Autor: Miguel Angel Mañas)

Estaba enfrente de él. Lo miró por un instante a los ojos advirtiendo su color azul intenso.
Su ondulado cabello era levantado por el viento que había empezado a agitar las crestas de las olas con el fin de estrellarlas contra las rocas, despeinado con sus fríos dedos más si cabía su desordenado cabello. Laura desvío la mirada, mirándose las manos. Por una extraña razón que no lograba entender, las tenía muy calientes, como si un golpe de fiebre estuviera clamando ser parte de su cuerpo. Él sonrío levemente:
- ¿Estás bien?- Preguntó.
- Sí... – Contestó ella tímidamente.
- Parecía que estuvieras a punto de caerte.
- No te preocupes. A veces me inclino demasiado. Me gusta contemplar el agua.
- El movimiento...
- ¿Cómo dices? –Preguntó ella curvando las cejas.
- Me refiero al movimiento del agua.- Contestó él sonriendo de nuevo.
- Perdona, tengo un poco de prisa.
- No es verdad.- Dijo él oscilando la cabeza de izquierda a derecha. -Una mujer que mira así las cosas nunca puede tener prisa. La prisa no es amiga de mirar el mar y las puestas de sol. Porque tú contemplas las puestas de sol ¿me equivoco?
- No. No te equivocas- Contestó Laura sintiendo que la cara le comenzaba a arder, como cuando era niña. Era entonces cuando trataba de ocultar su cara para que los demás no se diesen cuenta.
- Entonces tengo una idea estupenda.
- ¿A saber? – Preguntó ella con el animo un poco turbado.
- Te invito a tomar un café en el bar de la playa. La marea esta subiendo y tus pantalones ya están bastante mojados.
- Eres muy amable, pero no puedo. Dijo pensando en que en ese mismo instante ya no sentía como una sombra que los demás pisan sin darse cuenta.
- Vaya; esta bien, no insistiré. Haces muy bien no yendo con desconocidos. Tal vez en otra ocasión.
- Tal vez.- Dijo Laura.

Comenzó a andar en dirección al paseo. No miró hacia atrás a pesar de que lo deseaba, pero no lo hizo. Ni siquiera se entretuvo en ponerse las zapatillas: siguió andando por la acera, dejando detrás los ecos del mar.

***

Amanecía sobre la ciudad. Incipientes rayos de sol comenzaban a penetrar en la habitación. Laura abrió los ojos segundos antes de que el despertador comenzara a pitar. Se levantó sin pereza para ir al salón y contemplar a la gran bola centelleante que emergía de la línea del horizonte. “Vivir en un noveno piso tiene sus ventajas” pensó mientras que la luz ya empezaba conquistar los espacios dejados por las sombras de la noche.

Después, se preparó un reconfortante café con unas gotas de leche condensada, tal y como su abuela se lo preparaba siempre.  Un café con su cremosa leche y dos bizcochos que dejaba que se empapasen hasta que se partían. Mientras desayunaba se puso a pensar en su encuentro con aquel hombre de la playa. Cayó en la cuenta de que su angustia había desaparecido casi por completo mientras hablaba con él... pero sin embargo siempre tenia como el rumor de una letanía que a veces no la dejaba pensar con claridad, tanto que incluso llegaba a quedarse ciega.

Y de repente, como si una piedra le hubiese golpeado la frente, se dio cuenta de que no había visto otra cosa que a él: no había podido navegar por su cabeza, saber lo que pensaba, no había podido oler el aroma que desprendía su piel, saber si otras manos lo habían acariciado... tener la certeza de que ese hombre no era el fantasma que a veces llegaba a traspasarla, dejándola ciega ante esa luz que llegaba a enseñarla hasta los pensamientos mas recónditos de los demás. Su propia luz llegaba a quemarle los ojos y los destellos se convertían en latigazos que quebraban su mirada.

Mirar a los demás y viajar. Nadar en aguas ennegrecidas por la desgracia, o bucear por cristalinas aguas procedentes de montañas de ilusión y ganas de seguir a delante.
“Mirar y no quedarme ciega”
Y sin saber por qué la imagen aquellos mártires que su abuela conservaba en ennegrecidas pinturas, le embargó la mente. Ese santo con su cuerpo atado a un poste y con aquellas flechas clavadas por doquier. Esa sangre ya no roja sino negra por dejar que la luz lamiera con avidez la pintura...  sangre negra pero sin embargo podía ser sangre coagulada. Y ambientando el recuerdo, las palabras de su abuela, esa jaculatoria lanzada al cielo... y mientras, las arrugadas manos de ella eran inundadas en esa mezcla liquida., en esa agua con hierbas y aromas que prodigaba sobre su cuerpo.
“Es un secreto entre nosotras. Silencio...”
Y después de eso sólo le quedaba la amenaza. Negro, todo negro.
Con el hombre de la playa no había podido hacer nada, pero sin embargo no era negrura lo que vio, fue algo distinto. No podía ser él la amenaza que su abuela se había ocupado de que recordara siempre... no podía ser.

***

La mujer cayó al suelo, dándose contra el duro suelo. Por unos instantes perdió el conocimiento, pero enseguida pudo volver a la amarga realidad que la zarandeaba. Él, mientras tanto, había aprovechado para ponerse al lado de ella, utilizando sus piernas como una tijera que se abre a ambos lados, dispuesta para cortar.
- ¡No me pegues mas!- Suplicó la mujer.
- No era mas que una mierda. Tuve que darme cuenta antes de casarme contigo.
- Me he dado un golpe en la cabeza. Mira mi cara. Me sangra la nariz.
- ¡No grites jodida puta! No soporto escuchar tu voz. Pareces una hiena.
- ¡No por favor!
Pero él no prestó atención las suplicas, y de un solo puñetazo, logró que la mujer sintiese como le explotaba el ojo derecho. Y luego nada... silencio, silencio.
Después de lavarse las manos, el hombre se miró al espejo del recibidor y ordenó sus ropas. Miró por unos instantes a su mujer y salió a las escaleras. Ya en la calle, el gentío y el ruido se lo tragó, haciendo que formase parte del ritmo frenético que a esas horas la ciudad vivía ya que faltaban pocos minutos para las ocho de la mañana y la gente se disponía a entrar a sus trabajos. El hombre torció por una bocacalle cuyos edificios eran todos de varias plantas y desde el suelo parecían enormes torres con balcones.

El paso rápido del hombre y la tensión con la cual el éste alimentaba su cuerpo no le dejó ver a la persona que andaba hacia él de forma distraída. Ambos cuerpos chocaron. El hombre miró a la mujer, pero en realidad no veía nada porque la tensión le cerraba los ojos con trazos negros, y ni siquiera articuló palabra. Se alejó de la mujer, que aun no había terminado de recoger las cosas que se le habían caído del bolso.

Y entonces un latigazo de luz le enseñó la foto... pudo ver a la mujer tumbada en el suelo. Pudo ver su cara presa de una mueca de dolor terrible. Pudo ver como el hombre pegaba a la mujer y escuchar las palabras. Y a la vez, la imagen del mártir con las flechas penetrando en su cuerpo, se hacía un espacio en ese tornado de visiones. La cara de la mujer se mezclaba con el rostro suplicante del santo y sus ojos buscando en el cielo la señal divina.

Laura se levanto mareada. Parecía sentir que toda la sangre de su cuerpo se la había puesto en la garganta. Trató de recuperarse, respirando hondo un par de veces. Y mientras lo hacía, el ruido seco de un frenazo se dejó escuchar al final de la calle. Laura comenzó a andar en dirección al ruido notando un fuerte hormigueo en las piernas, notando de nuevo ese calos febril en sus manos.

Y por fin pudo verlo: el hombre yacía en el suelo, con los ojos abiertos atrapados por el desconcierto y con  un certero tajo en la cabeza que dejaba fluir la sangre... sangre roja... sangre ennegrecida.... sangre sobre el caliente asfalto.

Un corro de curiosos se agolpaba alrededor para ser público, mientras que Laura se alejaba de aquel lugar sin saber muy bien a donde iba cuando salió de su casa.

***

Cerró la puerta tras de si. Volvía a estar segura entre esas paredes. Entró en el baño con la intención de refrescarse la cara. Se miró en el espejo con la cara todavía empapada. Se miró a los ojos y por un momento los maldijo porque podían ser testigos de los hechos mas terribles.

Se secó la cara, permaneciendo en el baño unos instantes más. Todo estaba en silencio y eso la reconfortaba. No tenía nada que ver con ese silencio del día anterior que había sentido cuando bajaba las escaleras y que se había puesto en su cara como una mortaja. No. Ahora ese silencio era todo lo contrario.
Salió del baño, acercándose al ventanal para contemplar la ciudad. Todo parecía en orden, pero ella sabía muy bien que no era así. Detrás de las ventanas que ella podía contemplar pasaban cosas buenas, pero también se erguían seres de múltiples cabezas y brazos. Seres monstruosos cuyo apetito por aquello que era bueno era más voraz cada día.

Y al otro lado de la ciudad, uno de esos seres ya había comenzado a devorar y a marchitar con su aliento la vida de los demás, dejando como prueba de su crueldad a hombre atado a un poste y con múltiples flechas clavadas por su abdomen.
 

... continuará

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