Novela realizada por mayores de 18 años para la web de ciberanika.com
KRUELA DEVIL
 
ARGUMENTO

Laura se enfrenta al Innombrable. Tiene un poder que no sabe utilizar y en su camino se encuentra personas que le descubrirán detalles que ella desconoce. 

Está predestinada para esa lucha pero es joven, insegura, y tiene miedo, mucho miedo. 

Varios asesinatos relacionados con el santoral se suceden en la ciudad...
 

Título: CIRCULO DE MARTIRES (Laura)

Capítulo 6. (Autora: Bluebelle.)

Estaban terminando de comer y, tras ponerse de acuerdo en cómo localizarse, el silencio se convirtió en un velo denso y oscuro entre los cuatro. Aunque no podían leer la mente del contrario, era obvio en lo que pensaban. De nuevo hizo falta un martillazo para romper el hielo.

– ¿Pensáis que va a por nosotros o que sólo si nos cruzamos en su camino caeremos?
– Pero Laura, ¿es que tu abuela no te habló de ello? –Adrián no era capaz de expresarse con tranquilidad ante tal negligencia–. Nosotros, la gente como nosotros, somos los últimos eslabones de la cadena. Hasta ahora han muerto personas que poseían dones inferiores a los nuestros. Dentro de poco vendrá a por nosotros.
– Si no lo detenemos antes –atajó rápidamente Joan sonriendo con la convicción de que lo iban a conseguir.

***

Hacía varios días que no tenía noticias de nadie. Hacía tiempo que no sentía la dolorosa penetración de la negrura en su alma. Sin embargo, las noches se eternizaban para Laura y cada vez le resultaba más difícil conciliar el sueño. Cerraba los ojos y veía risas, llantos, amor y odio, agua y fuego, pasión e indiferencia, niños y viejos, la vida y la muerte, a ella y a la nada. Esa era la última imagen, la nada, una extraña sensación de vacío y de saciedad, de silencio, de chillidos; una sensación que para ella era como no tener ojos en la mente, como no tener aire que respirar o suelo sobre el que apoyarse.

Pensaba que todo aquello era autosugestión. Si no, alguno de los demás la hubiese llamado para contárselo. Pero ¿y si los demás no habían experimentado estas sensaciones? No iba a dejar pasar otro día más sin que Adrián lo supiese. Seguro que él sabría qué hacer.

Por otro lado, ese pánico que le impedía cerrar los ojos, le dejaba tiempo para pensar en el porqué de aquella serie de “muertes santas”. Inexplicablemente, el mundo ha leído durante siglos cómo perecieron cientos de hombres y mujeres a los que se elevó a los altares por su vida dedicada a la oración. Y el martirio era un paso, si no obligatorio, aconsejado para lograrlo. Decapitaciones, degüellos, desuellos, hogueras, empalamientos, descuartizamientos, crucifixiones... Todas ellas muertes violentas, muchas aderezadas con saña, justificadas por la fe de las víctimas. Esto la llevó a pensar en ellas y en sus identidades: personas anónimas cuyos cadáveres nadie reclamaba, nadie identificaba. El asunto ya era turbio de por sí sin que hubiera nada oscuro detrás, pero al llegar a aquella conclusión sobre la identificación de los nuevos mártires, le sobrevino un pensamiento nuevo: ¿podía ser aquella serie de cruentos asesinatos una ilusión?

Durante las últimas semanas varios medios de comunicación se habían hecho eco de las coincidencias, pero no parecía que ninguno hubiese llegado a la misma conclusión que Laura. Simplemente, acertaban a distinguir que los cadáveres encontrados correspondían a mendigos que nadie conocía.

No podía esperar a la mañana siguiente para buscar algo en sus libros. Ya que no podía conciliar el sueño, esperar sería una pérdida de tiempo, así que fue a buscar “El Libro de las Profecías” de Charpentier y los “Evangelios Apócrifos”.

Había analizado las fechas en que se cometieron los aparentes crímenes, el orden, los santos con los que cada escenario encajaba... Tenía miles de variables que no sabía cómo poner en relación, cómo asociar. ¿Era posible que el Innombrable tuviera poder para crear y destruir personas?

Cuando empezó a amanecer aquel día de tormenta, decidió cambiar de táctica y se centró en el último asesinato: una mujer había aparecido desnuda y encadenada a unas vías de tren abandonadas. Su cuerpo había sido desgarrado y cosido a puñaladas. Según los informes de la policía que Joan había conseguido pasar a todos, las heridas pertenecían a diferentes armas: punzones, cuchillos de distintos tamaños, lo que hacía pensar que habían sido varias personas quienes lo habían hecho.

Tenía los pechos totalmente destrozados, es decir, no sólo había heridas profundas que observar, sino que la habían rajado de arriba abajo, con ensañamiento. Había sido encadenada a las vías en forma de aspa y después la quemaron, no se sabe si muerta o agonizante, ante tan dantesco espectáculo de observar sus propias vísceras sangrantes antes de morir.

Salvo por algunos pequeños detalles, las indagaciones de Laura la llevaron a relacionar aquella brutal muerte con la de Santa Eulalia, quien en el año 304 d. C. había sido encerrada, encadenada, rasgada con garfios y finalmente quemada.

Aquella lectura no era de su agrado, y si además iba acompañada de fotografías totalmente explícitas, menos. Al abrir la carpeta del informe policial tuvo que salir corriendo conteniendo las ganas de vomitar.

En “El Libro de las Profecías”, las alusiones al Innombrable eran bastante constantes, aunque tuvo que deducir que nombres como naturalis mors (muerte natural), extremum vitae tempus (el fin de la vida), furvus fluminis (el río negro), fatum (la fatalidad), aeterna mortis (la muerte eterna) y similares se referían a lo mismo. Tuvo que desempolvar su diccionario de latín y sus clases en el instituto para situarse en el tema, todo ello teniendo en cuenta que se medio manejaba con ese idioma antiguo.

Encontró una referencia interesante entre todas aquellas alusiones a la negrura. Una referencia que era importante pero que la inquietaba. A partir de entonces, todo lo que descubriera iba a ser cada vez más alarmante.

Según Charpentier, las muertes violentas que se fundamentaban en la fe en Jesucristo desprendían una fuerza negativa que era absorbida y acumulada por la aeterna mortis. Estas muertes albergaban el significado religioso de santidad como justificante, como respaldo, cuando el Innombrable actuaba detrás de ellas. El caso era que cualquier crimen que conllevara sangre y muerte le reportaba energía, pero aquellos venerados por la humanidad le proporcionaban una fuente continuada. La pasión de un creyente por las llagas de Cristo, por ejemplo, lleva dos siglos alimentándole.

Ahora, la más que evidente sospecha de que todo el asunto lo dominaba él se había confirmado. Pero Laura no podía creer que fuese la primera en haber encontrado aquella evidencia. Joan, Rebeca y Adrián sabían mucho más que ella. Llevaban mucho más tiempo investigando, se conocían, habían hablado y compartido experiencias, o por lo menos eso es lo que se dejó entrever en la comida. Algo extraño empezó a recorrerle la espina dorsal, se puso nerviosa de repente pensando en quiénes eran aquellas personas, por qué había confiado en ellas tan pronto sin conocerlas, qué podía llevarla a pensar que decían la verdad...

Un sonido repentino y estridente detrás de ella la sacó de su absorto pensamiento haciendo que el pesado libro se le cayera de las manos. Se le desheló la sangre cuando, volviendo al mundo real, se dio cuenta de que sólo era el teléfono. Era el teléfono y era Adrián.
– Laura, tengo que verte enseguida. Joan tiene información nueva: un crimen que desordena todas nuestras suposiciones, nuestros esquemas... Quedamos dentro de media hora en el buzón de la calle “Montevideo”.
– Yo... ahora mismo no puedo. Dentro de una hora estaré en el restaurante “Diez pesos”. Sigo la pista de algo importante. Ahora no te lo puedo explicar. Adiós.

Y colgó sin pensarlo un momento. Sabía que si seguía hablando con él podría descubrirse, y, en esos momentos, la confianza tan ciega que había sentido por aquel hombre se estaba desvaneciendo.

Sin perder tiempo hizo unas cuantas llamadas para localizar a un antiguo compañero de instituto que ahora trabajaba en el departamento de Investigación de la Policía Nacional. Fue sencillo conseguir la información que deseaba sobre Joan Ludwig, un simple archivista de casos de la Interpol. Saber que trabajaba allí era un principio, ya que era prueba de que había dicho la verdad sobre el lugar del que obtenía las fotografías y los informes, pero aquello no la convenció de su inocencia y le pidió a su amigo que investigase su anterior destino, supuestamente en Alemania. Cuando escuchó aquella frase no se sintió capaz de contener las lágrimas: “Pues... Laura, este hombre no tiene ningún destino anterior, quiero decir, ningún destino anterior en la Interpol. Sus trabajos anteriores sólo te los puedo decir si me das un día por lo menos”.

¿Y ahora qué debía hacer? Ir a la reunión era meterse directamente en la boca del lobo, pero el no ir también haría que sospecharan de ella. Sabía que el juego era desigual: ellos no podían adivinar sus pensamientos ni escarbar en ellos (o eso creía, ya no estaba segura), pero ella tampoco podía infiltrarse en los de ellos. A lo más que llegarían sería a un choque de espejo entre dos que se miraran. Pero aún había algo más: Laura estaba asustada, tenía miedo pero también arrojo e intención de salir adelante como fuese. Su abuela siempre le decía “el secreto de los valientes es que no dicen que tienen miedo”. Tenía que superar esa barrera que toda la vida la había frenado. Ya era hora de derribarla y de enfrentarse a aquello que toda la vida había estado esperando, fuera lo que fuera... o quien fuera.

En la calle la tormenta había estallado ya y no le importó mojarse. Salió en dirección al restaurante y por el camino iba pensando en todas sus pautas de actuación. Cuando llegara ya estarían allí los 3 sentados y la examinarían en cuanto entrara por la puerta. ¿Debía mirar de frente con seguridad arrolladora o debía ser más discreta de lo habitual en ella?

Llevaba en una pequeña bolsa de papel una libreta con las notas que había tomado del “Libro de las Profecías”. Mientras corría, para que no se mojara ni le estorbara, la apretó contra su pecho y notó cómo su corazón se aceleraba no sólo por la carrera. Cada vez se encontraba más cerca del lugar de la cita y ahora sí que empezaba a notar algo oscuro a lo que se acercaba. ¿Sería que se estaba autosugestionando? Al fin y al cabo, aquellas personas no tenían motivo aparente para hacerle daño, es posible que le hubieran dicho la verdad... ¡Pero todo era tan confuso! ¿Y si era ahora cuando realmente estaba abriendo los ojos?

Se encontraba delante de la puerta de “Diez Pesos” respirando profundamente varias veces, aún bajo la lluvia. Agarró fuerte el tirador y empujó para entrar.  Juan la saludó y le indicó que sus amigos estaban en la pequeña habitación del fondo. Con paso lento recorrió el salón en dirección al reservado y sin detenerse ni un segundo más, abrió la puerta y dijo: “Hola, siento mucho el retraso”.

Los tres reflejaban algo más que seriedad en la cara. La primera mirada fue la de Rebeca, atacante e impertinente, reprochadora.

– Llegas tarde Laura, te dije que no podíamos perder tiempo –le increpó Adrián.
– Lo sé, pero no he podido llegar antes. No me miréis así. Yo también te dije que iba tras la pista de algo importante, no podía dejarlo a medias.
– Está bien, ya no se puede hacer nada pero vamos con retraso.

Joan la miraba fijamente. Laura pensó que podía saber algo de lo que había hecho. Podía ser que supiera que le había estado investigando. Podían ser muchas cosas que ella supusiera. Él apartó la vista de su rostro y comenzó a hablar al grupo.
 

... continuará

[volver a índice]



(c) ciberanika.com (La Casa de Kruela Devil)