Novela realizada por mayores de 18 años para la web de ciberanika.com
KRUELA DEVIL
 
ARGUMENTO

Laura se enfrenta al Innombrable. Tiene un poder que no sabe utilizar y en su camino se encuentra personas que le descubrirán detalles que ella desconoce. 

Está predestinada para esa lucha pero es joven, insegura, y tiene miedo, mucho miedo. 

Varios asesinatos relacionados con el santoral se suceden en la ciudad...
 

Título: CIRCULO DE MARTIRES (Laura)

Capítulo 9. (Autora: Kruela Devil)

Durante el camino hacia el cementerio no observaba  los bellos claveles que parecían sonreir al sol. Su rictus era de angustia y su paso, a veces, indeciso. Llegó a tropezar en un pequeño desnivel y cayó al suelo golpeándose una rodilla y la mano derecha. Los claveles salieron despedidos. Ella lo vio a cámara lenta, como si el mundo se hubiera parado. Volaban, se deslizaban  en el aire, caían... y sus ojos vieron algo más  pero para cualquier otro ser humano habría sido todo muy rápido, demasiado para ver más allá. En el caso de Laura fue distinto. En cuestión de segundos sus ojos captaron varias imágenes y gracias a su capacidad de concentración mental consiguió no perderse nada.

Caían los claveles en la misma puerta del cementerio. Laura ni siquiera sabía que ya había llegado al umbral hasta que vio la verja ante sus ojos, tras las blancas flores destinadas a su abuela que seguían su carrera hasta el suelo. Y ahí, en la puerta, tras la blancura de aquel producto de la naturaleza, vio una imagen confusa. La lluvia de claveles seguía el curso de la gravedad mientras Laura se recuperaba del golpe a pasos forzados al ver, ante ella, a su abuela.

Si había alguien más en la calle, Laura fue incapaz de verlo, del mismo modo que, hipotéticamente, nadie más que ella podía visualizar ese ente destinado, en principio, únicamente para sus ojos.  Mostraba una luz blanca que lejos de ser cegadora, ofrecía lo que ella definiría más tarde como paz. Alargaba una suerte de brazo y tendía una mano de luz al tiempo que avanzaba unos centímetros hacia Laura. El aureola de su cuerpo era aún más bello, más blanco y más potente que el espíritu en sí. Los claveles llovían entre el ser espiritual y la chica, y cuando llegaron finalmente al suelo, la imagen desapareció.

Laura ahogó un gemido y sólo fue capaz de susurrar.... “abuela”.
 


***

La niña dejó caer la muñeca al suelo.

Sus ojos, abiertos como platos, miraban la imagen de una anciana pero su mente no era capaz de traducir lo que había visto a la realidad que ella conocía. Las abuelas usaban ropa que no estaban hechas de luz, caminaban sin deslizarse a cinco centímetros del suelo, y se comunicaban con sus familiares mediante las cuerdas vocales. Aquella anciana lo había hecho telepáticamente y ella lo había oído. Se orinó.

***



Laura agachó la cabeza y cerró los ojos dejando escapar una lágrima que no dio previo aviso de su fuga y cuando finalmente los abrió, vio la gota chocar contra el asfalto. Parpadeó una sola vez y alzó su rostro para mirar la verja del cementerio. Ahora no caían claveles al suelo. Ahora había gente en la calle.

Del otro lado de la calle dos personas se acercaban. Una iba en su dirección, seguramente para ofrecerle ayuda y levantarla. La otra persona se dirigía a su derecha, al rescate de una niña que parecía haber entrado en una especie de shock que la tenía clavada en el suelo, con los ojos abiertos e incapaces de parpadear, y un charco de orina que corría por sus zapatos calle abajo.

Laura giró su rostro y vio lo que hasta ahora no sabía que existía: una niña de aproximadamente diez años, rubia, con tirabuzones que le llegaban a los hombros, más asustada de lo que ella había estado en toda su vida. A sus pies una muñeca se mojaba sin quejarse sobre un charco que rodeaba los zapatos azules de la pequeña. Buscó su mirada pero no podía hacerlo desde el suelo. Se estaba levantando cuando un hombre le prestó ayuda agarrándola por el brazo.
- ¿Se encuentra bien? ¿necesita un médico?
Laura negó con la cabeza y continuó su ascenso sin dejar de mirar a la niña que parecía una estaca rígida. El rictus de horror de su rostro le angustió más que la experiencia que acababa de vivir porque de algún modo “sabía” que el miedo de la niña estaba relacionado con ella misma.

La otra persona que había acudido a socorrer a la extraña pareja era una mujer que aparentemente conocía a la niña. Se agachó frente a ella y la asió por los brazos.
- Irene, ¿qué te pasa? ¿qué te ha pasado?
La niña no abrió la boca.
Laura avanzó hasta ellas y miró directamente a las pupilas de la chiquilla.

Y entonces vio y oyó más de lo que había podido observar durante su experiencia.
Era la voz de su abuela y estaba dentro de la niña muda.

No estás sola

- ¡Irene! Me estás asustando .- Se quejó la mujer que se presentó a Laura como la vecina de la niña.- Vamos a casa, tu madre sabrá qué hacer.
- Permítame. –Rogó Laura.
Incapaz de saber qué hacer en aquella situación y suponiendo que Laura sería una psicóloga o enfermera, o quizás también una madre que supiera actuar en situaciones como aquella, la mujer se apartó y dejó que Laura se pusiera de rodillas frente a la niña.
- Irene, no tengas miedo. –Dijo Laura.- Era mi abuela.
- ¿Quién era su abuela?  .- Increpó la mujer.
- Yo no he visto a nadie. – Informó el señor que se había acercado tras Laura para descubrir qué estaba pasando.
- Por favor. –rogó Laura mirando a uno y otro:- ¿les importaría dejarnos a solas un momento? No le haré daño, lo prometo. –La mujer le miró ceñuda. Laura insistió:- Ahora mismo podrá llevarla a su casa y lo hará como si no hubiera pasado nada.
La mujer se apartó unos centímetros no del todo convencida, pero su incapacidad para devolver a Irene a la realidad hizo el resto. El hombre, por educación, hizo lo mismo y ambos se apartaron sin dejar de observar.

- Hola Irene. Te llamas Irene, ¿verdad?
La niña no respondió.
- Irene, trata de mirarme a los ojos.
Laura alargó las manos y tomó las de la niña. Le sorprendió que éstas estuvieran aún más frías que las suyas propias. Parecía una muñeca de porcelana. Una muñeca fría, pálida y asustada.
- Irene, yo quería tanto a mi abuela que cuando la perdí le rogué que no me abandonara. Lo que has visto ha sido el amor de mi abuela. Ha venido a ayudarme. No debes tener miedo.
Lo que parecía ser un corto monólogo inservible resultó ser lo contrario. Irene, finalmente, parpardeó. Tras Laura, la mujer que se había presentado como la vecina, se llevaba emocionada y aliviada las manos a la boca ahogando una risita nerviosa. ¡Qué habría dicho la madre de Irene! La había dejado a su cargo....
- Es... –la voz de la pequeña era un hilillo.- es un espíritu ¿verdad?
- Sí, Irene. Pero un espíritu bueno. –Laura bajó la voz rogando que los adultos que les observaban no escucharan más de lo necesario. Irene, quizás por empatía,  hizo lo mismo.
- Una... una amiga mía dice que... que los espíritus existen, pero yo no le creía.
- ¿Tenías miedo?
La niña asintió.
- Pues ya sabes que no debes temer nada. Has visto uno y estás bien.  –Fingió una sonrisa:- ¿A que sí?
Irene sonrió. Su rostro infantil mostró una sonrisa poco convencida pero al menos más era más creíble que la de Laura.
- Me he hecho pipí. –confesó la niña.
Esta vez la sonrisa de Laura era real.
- Eso no es malo. –Le dijo. –Es normal. A mí también me pasa cuando me asusto.
- ¿Sí?
- Claro. –Laura abrazó a la niña que, tiernamente, hizo lo mismo rodeando el cuello de la desconocida.
Durante el abrazo, Irene susurró unas palabras a su oído.
- Ella te ha dicho que No estás sola.
Laura sintió un escalofrío en la espalda.
 

La vecina se acercó nerviosa dejando atrás al caballero que miraba escéptico toda la escena.
- Irene, vamos a casa. Te pondré ropa limpia.
- ¿Cómo te llamas? .-Preguntó Irene haciendo caso omiso de su vecina.
- Laura
Irene soltó una risita y dijo:
- Como mi muñeca.
 

Laura agachó la cabeza y miró la muñeca. El grito que luchaba por salir de su garganta tuvo que ahogarlo para no asustar más a la niña pero interiormente no pudo evitar sentir horror. Lo que ella veía era una muñeca con harapos, arañada de arriba abajo, despeinada, sucia, húmeda, enlodada, y con las cuencas de los ojos en blanco.

Irene vió el temblor del cuerpo de su nueva amiga y miró al suelo siguiendo la mirada de Laura. Se agachó a recoger a su muñeca.
- Se ha mojado. –Dijo
Laura parpadeó varias veces y observó de nuevo la querida muñeca de la niña que llevaba su propio nombre. Estaba limpia, tenía el pelo impecable y miraba con sus ojos azules de plástico como si jamás hubiera sufrido un rasguño.
- ¿Me has dicho que se llama Laura?
- Sí... bueno, lo he decidido ahora.
Ahora. Laura sintió un escalofrío en la espina dorsal. La muñeca había estado perfecta hasta el momento en que Irene decidió llamarla “Laura”. En aquel mismo momento ella la había mirado y ¿qué había visto? ¿una imagen de ella misma en un futuro cercano? ¿su muerte? ¿La imagen destrozada de la muñeca era la misma Laura  tras el enfrentamiento con el innombrable? Tembló de nuevo.
- Estás tiritando. –Observó Irene.
- No es nada. –Laura trató de sonreir, dio dos besos rápidos a la niña y se levantó.:- Ve a tu casa y recuerda lo que te he dicho: no debes temer nada.
Irene sonrió, pero Laura vio tras sus ojos que aún tenía dudas.
 
 

Mientras la niña cogía de la mano a su vecina para marcharse a casa y cambiarse de ropa y el hombre seguía el camino que había interrumpido minutos antes, Laura dio unos pasos hacia la entrada del cementerio y vio los claveles blancos.
Su mirada mostró pánico y el corazón se le aceleró.
Los claveles ya no eran tan blancos ni estaban tan limpios.
Gotas de sangre, sabe Dios de dónde llegaron, habían manchado los pétalos.
 

... continuará

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