Autores

Maldoror 
Yolicris
Miguel Angel Mañas 
Paloma Abad
Arturo
Bluebelle
Jánika 
Ernest Valdemar 
Kruela Devil 
Myu Gata Negra
Lovecraft 

Título novela: Laura Doyrens
Diseño portada: Kruela

Novela realizada por mayores de 18 años para la web de ciberanika.com
KRUELA DEVIL
 
ARGUMENTO

Laura se enfrenta al Innombrable. Tiene un poder que no sabe utilizar y en su camino se encuentra personas que le descubrirán detalles que ella desconoce. 

Está predestinada para esa lucha pero es joven, insegura, y tiene miedo, mucho miedo. 

Varios asesinatos relacionados con el santoral se suceden en la ciudad...
 

Tipo: Novela online por capítulos de varios autores mayores de 18 años.. 
Estado: Finalizado: 22 capítulos online !!!


INDICE
[capítulo 1...] Maldoror
[capítulo 2...] Yolicris
[capítulo 3...] Miguel Angel Mañas
[capítulo 4...] Paloma Abad
[capítulo 5...] Arturo
[capítulo 6...] Bluebelle
[capítulo 7...] Jánika
[capítulo 8...] Ernest Valdemar.
[capítulo 9...] Kruela Devil.
[capítulo 10.] Myu Gata Negra
[capítulo 11.] Lovefraft
[capítulo 12.] Maldoror
[capítulo 13.] Yolicris
[capítulo 14.] Paloma Abad
[capítulo 15.] Miguel Angel Mañas
[capítulo 16.] Arturo
[capítulo 17.] Bluebelle
[capítulo 18.] Jánika
[capítulo 19.] Ernest Valdemar
[capítulo 20.] Kruela Devil
[capítulo 21.] Myu Gata Negra
[capítulo FINAL.] Myu Gata Negra   Nuevo !!!
Título: CIRCULO DE MARTIRES (Laura)

Capítulo 1. (Autor: Maldoror)

No se podía decir que Laura tuviese nada especial que la distinguiese del resto de la gente con la que normalmente puedes cruzarte en la calle.

Se configuraba en ella un patrón tan común que la hacía pasar desapercibida, a no ser por las contadas ocasiones en que, cargada de libros, inclinaba su figura doblegándose imperceptiblemente al peso de estos. Entonces, al cruzarse, percibía en la mirada de algunas personas un atisbo de curiosidad, sólo eso y, de vez en cuando, la empatía del rostro de alguien, como si pensara en querer ayudarla a arrastrar esa carga que tan pesada parecía. Empatía que casi inmediatamente desaparecía, cuando aquel se centraba de nuevo en sus problemas diarios, en la falta de tiempo, en el asco de la rutina, en ... tantas y tantas cosas con las que nos complicamos la vida, girando en la vorágine de la premura, del trabajo, de la cita convenida, sin poner nada de nuestra parte por evitarlo.

Ellos ignoraban que leía en sus rostros como en un libro abierto, que para ella no guardaban secretos; y que la carga que transportaba, que parecíales tan pesada, no era tal, tanto porque la llevaba con gusto como porque poseía una fuerza que en realidad no aparentaba, dada su frágil (por no añadir escasa) figura física. Tal vez esa imagen la favorecía en el momento de pasar desapercibida entre tanta soberbia, egoísmo e ignorancia con los que día a día se cruzaba en su camino.

Era curiosa, y uno de sus pasatiempos favoritos era ejercitar la aptitud que tenía para ver en las personas. A veces le gustaba sentarse en un banco, en cualquier calle, en cualquier plaza suficientemente transitada, y observar detenidamente sin ser observada. En esos momentos, si centraba su atención en alguien, iban apareciendo a sus ojos, como pequeños cortos a velocidad increíble, escenas del individuo en cuestión, vividas por éste horas antes, a veces días antes. Mientras, ignorante de todo, el analizado leía el periódico, discutía en voz más o menos alta, paseaba a su perro o corría veloz hacia la más cercana estación de metro para ganar tiempo a un tiempo que siempre salía victorioso, por más que le dejara ilusionarse con una serie de victorias pírricas. En su momento pasaría factura de un modo u otro.

Con los años, Laura había desarrollado ese don al máximo, de modo que podía voluntariamente remontarse en la vida de algunos hasta meses atrás, aunque ella sabía que no con todos podía hacerlo, que algunos eran más férreos, más herméticos, endurecidos, a propósito o no, por la vida, que les había obligado a encerrarse en una especie de urna de la que no dejaban escapar más que leves destellos que ella captaba, pero no más.

Recuerda ahora, mientras arrastra una de sus cargas de libros a su abuela. Se le quedaba mirando fijamente cuando, de pequeña, la visitaba acompañada de sus padres y siempre decía: "Esta niña tiene algo", frase que sus padres tomaban a broma aludiendo a la reiterada manía de la anciana de querer encontrar algo especial en ella, algo en lo que sobresaliese del resto. Y Laura, aún ignorante, se quedaba atrapada en aquellos ojos azules muy, muy claros y casi velados por las cataratas, que se posaban en ella y establecían una especie de complicidad, todavía no compartida, entre la que sabe y la que, con el tiempo, comprendería el significado de frases tan veladas como esa.

Su abuela era mayor, o al menos así le parecía a ella desde su perspectiva infantil. Madre de cinco hijos, el menor de los cuales era su madre, y de los que sólo sobrevivieron a los azares de la crianza tres de ellos, la recuerda siempre sentada en una mesa camilla situada estratégicamente junto a una ventana que le permitía auscultar la calle sin ser necesariamente observada desde fuera. Era una inmensa habitación, sombría en su mayor parte, cuyas paredes lucían, ennegrecidos por el tiempo, varios cuadros de primeros de siglo mostrando manidos pasajes de vidas de santos.

Alguna vez, cuando la abuela se encontraba más locuaz, la sentaba a su lado e iba contándole la historia de uno u otro de ellos -ahora sabe que la iconografía que lucían las paredes tenía un sentido especial para ella- consiguiendo sobrecogerla con relatos de mártires ejemplares y malvados asesinos que no dudaban en asar a la parrilla a uno de ellos o en practicar el tiro al blanco con otro que se retorcía con ojos suplicantes mirando al cielo, mientras su cuerpo semidesnudo permanecía adornado con un enrejado de flechas del que destilaba un líquido que en su tiempo habría sido rojo pero que, con el paso de los años y los alevosos ataques de la luz, se había transformado en algo de un color indefinido, negruzco, que distanciaba el martirio al que era sometido.

También, pero sólo cuando sus padres estaban ausentes y ella quedaba al cuidado de la octogenaria -no estaba muy claro quién cuidaba a quién-, sacaba de una cómoda enorme que ocupaba un rincón del salón una caja de madera, repleta de pequeños botes con etiquetas meticulosamente escritas en una letra cursiva y adornada que remontaba a recuerdos de siglos pretéritos. Eligiendo cuidadosamente uno u otro de ellos, la ungía mientras de sus arrugados labios nacía una jaculatoria ininteligible que sólo ella parecía entender. Luego, cuando volvían a recogerla, la abuela le lanzaba una sonrisa de complicidad mientras se tocaba los labios como diciendo. "...es un secreto entre nosotras. Silencio...".

Nunca se lo contó a nadie. Pero recuerda cómo, algunos años después, pocos meses antes de morir, su abuela, en una tarde de invierno en que anochece pronto y las sombras ocupan los rincones dándoles un hálito de misterio y de frialdad que invade, a la vez, el corazón, la llamó (nunca la recordaba de pie, siempre sentada en su sillón pegado a aquella mesa) aprovechando que habían salido todos y le dijo:

- Aún no lo comprendes, pero no te preocupes... el tiempo te hará ver. Cuando sientas algo extraño, cuando creas que eres distinta a los demás por algo que percibas y ellos no, no te asustes, no pienses que eres rara... los raros son ellos. Pero eso que tú verás, a veces te traerá problemas. Y el mayor de ellos llegará cuando, queriendo ver, sólo la negrura más aterradora acompañe a quien observas. Entonces, huye. Te habrá reconocido y no parará hasta hacerte desaparecer. Es su identidad lo que habrás descubierto... y su capacidad para hacer el mal. Yo te he protegido todos estos años, pero ese don que tienes, y que aún no conoces, florecerá en ti en cuanto yo no esté. No te olvides de la negrura, del vacío, de la nada... Serán tu peligro y, si no sabes defenderte de él, tu misma muerte. No te olvides.

Meses después murió y, al poco, Laura comenzó a ver esos flashes que, fugaces relámpagos, le mostraban cómo esa mujer con la que su mirada se había cruzado acababa de hacer el amor no mucho antes, cómo ese hombre había bebido hasta perder el sentido la noche anterior, cómo ese niño se había sobrecogido espantado ante un maestro muy severo que le exigía una división entre la mofa de sus demás compañeros, cómo... la vida de unos y otros, sus alegrías, sus tristezas y sus miserias iban cruzándose en su mente.

Sólo volvió una vez a casa de la abuela cuando ella ya no estaba allí. En su dormitorio, en el fondo de un pequeño baúl, descansaban algunos libros visiblemente manoseados, alguno casi descuadernado, que habían pasado, menospreciados, el registro inquisitorial de su madre y de sus tíos. Sin vacilar, se los llevó a casa. Poco a poco fue leyéndolos e introduciéndose en un mundo secreto, cabalístico, oculto, del que nació tanto su afición por esos temas como su empeño por desarrollar al máximo, y lo mejor posible, esa extraña facultad suya.

Pronto fueron para ella compañeros conocidos e inseparables. Libros como "Reprobación de las supersticiones y supercherías" del Maestro Pedro, "El libro de las profecías" de Charpentier, "Bestias, hombres y dioses" de Ossendowski, "Isis sin velo", de Elena Blavatsky, el "Enchiridion Leonis Papae", los "Evangelios apócrifos", "Las clavículas de Salomón" de 1641, "El gran grimorio del Papa Honorio" en su edición original de 1760, "Pactum", "El libro de la magia roja" y los "Relatos de Belcebú a su nieto", de Gurdjieff fueron, pues, a parar a su habitación desde el desvencijado arcón de su abuela.

Y asumió como axioma una de las frases del "Isis" que explicaba que... "hay que andar con cuidado, porque los representantes de las ciencias de experimentación van en camino de convertirse en inquisidores modernos. Los hechos son más poderosos que las academias y no dejan de ser hechos, aunque se les menosprecie, niegue y ridiculice".

Fue comprendiendo que tendría que enfrentarse a dos enemigos.

Uno, menos peligroso, la ciencia y su férreo dogmatismo: sólo podía existir aquello que, por lógica, podía demostrarse. Lo demás eran supersticiones, desviaciones anormales de la mente, cosas de lunáticos y locos de los muchos que pueblan este mundo. Esta ciencia podía excluirte, impedirte llevar a cabo unos estudios y ejercer una carrera si aplicabas ciertos métodos no compatibles con el método científico.

El otro estaba presente desde aquellas palabras de su abuela y, por lo que entendía ahora, era el más peligroso, el auténtico peligro, impalpable, inasible pero totalmente real. Podía destrozarte desde dentro sin miramientos, es más, con regocijo y delectación.

Desde entonces, todas sus experiencias quedaron para ella sola, las interiorizó y fue poco a poco adoptando ante el mundo una actitud entre observadora y retraída en la que sacrificó sus relaciones, su vida social, sus amistades e incluso el tímido acercamiento de algún que otro enamorado, por miedo a que descubriese esa particularidad suya y, por qué no, ante el miedo, aún mayor, de toparse un día con esa negrura que su abuela le anunció como inevitable y arrastrar en su caída a cualquiera que hubiese establecido lazos de algún tipo con ella. Porque sabía, sin dudarlo, que ese día habría de llegar. Y cuando así fuese, todo su bagaje sería poco para enfrentarse al terror de una lucha violenta, soterrada, con un enemigo poderoso y terrible, magnificado a lo largo de los siglos tanto por sus seguidores como por sus enemigos.

Para ser sincera con ella misma, nunca se había encontrado de cerca con esas manifestaciones en los varios años en que llevaba practicando este peligroso juego, aunque en un par de ocasiones, en la lejanía y anonimato que conceden las grandes avenidas de la ciudad, creyó percibir una vibración, un hueco, lejos, muy lejos. En esos momentos un pánico inconcebible le agarraba el corazón y un sudor frío le inundaba la espalda, seguido de un creciente deseo de correr, de huir de aquello que, a lo lejos, había creído percibir.

La tendencia a la huida era irreprimible y, automáticamente, con el corazón palpitando a increíble velocidad, casi ciega por un pánico que nunca antes había experimentado, se giraba rápidamente y se escabullía por la primera bocacalle que encontraba en sentido contrario a lo que, sin haberlo realmente visto, intuía como terrorífico y posiblemente mortal.

Únicamente al llegar a su piso, un noveno, y cerrar tras ella la puerta, la tranquilidad le volvía poco a poco. Era su refugio y entre esas paredes estaba su vida. Sabía que la puerta era únicamente un obstáculo psicológico, una traba menor, pero le servía. Una vez dentro, su vista repasaba tanto los escasos muebles, que más parecían estar como objetos decorativos o de relleno de un espacio que de otro modo quedaría casi vacío, como la biblioteca que, en sus baldas, albergaba tantos libros ahora casi imposibles de encontrar. Fruto de su continua búsqueda por librerías de lance y de anticuario así como del contacto personal, o casi, con personas como ella, repartidas por todos los rincones del planeta, llevaba años acaparándolos. Entonces, a la vista le sustituía el tacto. Pasando su mano sobre los lomos de éstos, le transmitían una confianza, también subjetiva, que le aplacaba totalmente su agitación interior.

En el estante inferior varios ficheros acumulaban recortes de prensa que desde mucho tiempo atrás había ido recopilando con los hechos más luctuosos e incomprensibles que, esporádicamente, aparecían en los diarios y tras los cuales creía adivinar la mano de ese ser. Pero haría falta un estudio concienzudo para averiguar tanto sus nexos como el motivo por el que habían ocurrido. En ellos, si llegaba a hilvanarlos de alguna manera, y si le daba tiempo, quizás podía conocer la auténtica dimensión de la amenaza así como las armas a utilizar para enfrentarse con alguna probabilidad de éxito a esa presencia que, de momento, parecía equívocamente lejana.

Desde la ventana de este piso, al anochecer, contemplaba cómo la oscuridad iba devorando paulatinamente las casas más alejadas, barrios enteros, dejando como única señal una iluminación eléctrica que, tonos y dibujos casi caprichosos, utilizaba de referencia para continuar sintiendo la ciudad en su sitio.

Esa tarde, mientras observaba la inevitable mutación, sintió un escalofrío de realidad, notó la certeza de que allí, en algún lugar entre tantas luces, ese ser largamente anunciado sabía de su presencia como ella conocía la suya. Y que aprestaba sus armas, ya acostumbrado a ello, ante el estorbo que suponía Laura, ni el primero ni el último con el que una larga existencia dedicada al Mal se habría encontrado desde tiempos pretéritos. No podía evitarlo pero, lentamente, el desasosiego volvía a apoderarse de ella.

Desamparo, esa era la palabra. Se encontraba sola, sin nada en qué apoyarse y le urgía, por propia supervivencia, encontrar a alguien que supiese qué hacer en ese momento, que la ayudase o, al menos, pudiera orientarla eficazmente.

Sin más preámbulos se retiró de la cristalera, corrió las cortinas y, decidida, se puso manos a la obra para intentar encontrar a esa persona que sin duda existía pero que no sabía ni cómo ni dónde encontrar.

(Siguientes capítulos...)
 



Agradecimientos: A Gualtier, Haddass, Branchi, Joseph B y Gakusei por ayudarnos a decidir.

(c) ciberanika.com (La Casa de Kruela Devil)