Una
de las manifestaciones intelectuales que muestra mayor
elevación espiritual es, sin duda, el lenguaje. Los grandes
genios le rinden con frecuencia admiración. Se hacen místicos
de la lengua los apóstoles de la palabra. Curiosamente, esta
admiración suele suscitarla el lenguaje que tal vez no usa el
científico ni siquiera el escritor: el lenguaje del pueblo, el
no pulimentado, el no sometido (al menos aparentemente) a la
rigidez del sistema, la etimología y la gramática. Ese
lenguaje que, desde ciertos puntos de vista, se considera impuro
por no haberse purificado con la regla en la mano, tiene la
mayor pureza porque es libre y espontáneo. Aquel en que habla
el pueblo a su vecino, como repetirían una y otra vez en
lugares públicos los juglares de la Edad Media que recitaban
los versos de Berceo. A él se torna por lo que tiene de
natural, cuando se padece el hastío normativo de la gramática
y la retórica.
Siendo
digno de alabanza el amor al lenguaje espontáneo, lo es
más cuando el que lo profesa actúa en consecuencia. Este es el
caso de nuestro Gabriel y Galán que supo expresar el espíritu
del pueblo en la letra de su habla. Cuando se publicó la
primera edición de Extremeñas, concebidas y forjadas
conforme al patrón lingüístico de la tierra, Maragall, el
gran poeta catalán y nacional, prologuista de la obra,
escribía: "Dialecto, según el clásico sentir, es la
corrupción de una lengua; pero si bien lo piensas, dialecto es
la constante germinación de las lenguas en boca del pueblo, que
es como si dijéramos la madre tierra de las palabras; todas
salen de ella y todas vuelven a ella; allí nacen, allí mueren,
allí se transforman, se modulan, se combinan y renacen y se
mueren, en fin, en toda la libertad de la naturaleza". Es
grande la fuerza expresiva de este fragmento del prólogo de
Maragall. Demuestra una convicción íntima que sugestiona y
cautiva. Es preciso calar hondo para captar la intensa vida y el
ágil movimiento de una lengua tan pegada a la tierra que en
ella nace y muere.
Ha
tenido, sin embargo, poco eco en Extremadura el llamamiento de Maragall.
No se ha seguido su ejemplo ni tampoco el del prologado. Aunque
el catalán es una lengua y el extremeño no llega a dialecto,
es cierto que existe aquí una característica manera de hablar
de la que se ha hecho poco uso. La propia instrumentación
gráfica mediante la escritura fonética no ha sido muy
afortunada. Sería oportuno realizar estudios sobre esta materia
con base en la experiencia y en el análisis científico de la
misma. Me parece conveniente y aun obligado el uso del habla del
pueblo, que es "la madre tierra de las palabras", como
dice Maragall, cuando el asunto mismo es popular. Así habrá
una identificación entre el fondo y la forma. Más aún, sólo
una determinada forma cabe en el interior y sirve de mediadora
para darlo a conocer.
Claro
es que la exaltación de lo propio y autóctono en su
singularidad idiomática nada quiere decir en contra del
castellano común y literario. También el castellano, antes
incluso, mantiene contacto con las raíces de su singularidad y
su consiguiente dependencia de una tierra y de su historia. Lo
que ocurre es que se ha universalizado. Con él pueden tratarse
todos los temas y también los extremeños. Pero si el escritor
quiere mostrar en su plenitud lo autóctono, debe hacer uso de
las modalidades lingüísticas en que se manifiesta. Si las
majas de Goya tuvieran el aspecto serio y distinguido de unas
damas inglesas, admiraríamos su corrección técnica y su
gracia espiritual, pero les faltaría el tipismo hispánico y
madrileño de que fue intérprete su autor. Me permito hacer
esta comparación porque la literatura, como la pintura, es una
bella expresión de la vida.