Consiguió Marcelo, gracias a un intercambio de prisioneros, acercar a sus observadores muy cerca de las murallas en la zona del puerto de Trogilos, junto a la torre llamada Galeagra, punto equidistante entre el campamento romano y las posiciones siracusanas. Los romanos pudieron así analizar la altura de algunos tramos de muralla y darse cuenta de que la altura de las mismas no era tan grande como en principio habían calculado. Escogió el cónsul romano un día especial para el asalto, informado por un desertor de que se celebraban durante tres días la fiesta dedicada a Diana y que entre la guarnición corría con largueza el vino a falta de otras cosas, resolvió el romano atacar de madrugada, cuando el alcohol hubiese echo mella ya en los enemigos. Se envío entonces un contingente de 1.000 hombres en fila y guardando un silencio total hasta el pie de las murallas que antes se habían escogido. Primero unos pocos y finalmente todos los hombre pudieron subir a las murallas y hacerse con ellas. Se hizo entonces avanzar a todo el ejercito que comenzó a colocar mas escalas en las murallas asaltadas, mientras, las tropas romanas, ya dentro de la meseta, avanzaban sin resistencia hasta el Hexápilo en donde por fin eran descubiertos. Los romanos se hicieron entonces con una puerta de la muralla a la que comenzaron a violentar, al mismo tiempo sonaban ya las cornetas y el griterio de los soldados romanos pues todo se hacia ya con gran algarabía y ruido. Los centinelas siracusanos, llevados por el pánico, abandonaron sus posiciones, dandolas ya por ocupadas y se retiraron en masa a la Achradina. Epícides, establecido en la isla, reacciono rápidamente y al mando de sus tropas se dirigió hasta la meseta de Epipolae intentando entrar en combate con los romanos, retrocedió no obstante, no porque temiese a estos, si no que reflexiono que debía mantener la calma dentro de la ciudad no fuese que se aprovechase el momento para tramar contra el alguna conspiración. De esta forma, Marcelo pudo por fin atravesar las murallas y establecerse firmemente en la meseta.

Bomílcar, que permanecía entonces en el puerto de Siracusa con una flota de 90 navíos, al percatarse de que el bloqueo de la flota romana a la ciudad se había levantado por causa de un temporal, largo velas hacia Carthago con 35 naves dejando a Epícides en Siracusa otras 55. LLegado a África, convenció al senado de la necesidad de ayudar a Siracusa por lo que se le entregaron 45 barcos mas y retorno así con 100 navíos a la sitiada ciudad. Ahora los acontecimientos se precipitan, el ejercito terrestre cartaginés, al mando de Himilcón, mas los restos de las fuerzas siracusanas de Hipócrates se acercaron por el este al tiempo que la flota cartaginesa de Bomílcar fondea en el puerto grande y amenaza las comúnicaciones entre el II campamento romano y el campamento antiguo en donde se encuentra T. Quinctio Crispino. Epícides, una vez confirmado que Himilcón e Hipócrates atacaban las posiciones romanas de T. Crispino, avanzo a su vez contra las de Marcelo en la meseta de Epipolae.

Todos los ataques fueron rechazados, los romanos permanecieron en sus posiciones y por si esto fuera poco, la peste hizo acto de presencia entre las tropas situadas alrededor del puerto grande. Establecidas estas en terrenos pantanosos e insanos el calor de un otoño soleado hizo que pronto apareciesen las fiebres. Con todo, y pese a que el mal perseguía a los dos bandos por igual, hizo presa con mas virulencia en los cartagineses, recien llegados y poco habituados a las aguas y demás, mientras los romanos, después de una larga permanencia en el cerco se encontraban ya mas acostumbrados a ello. La enfermedad hizo estragos hasta tal punto entre los púnicos, que su propio general, Himilcón, cayo víctima de la enfermedad. Finalmente el ejercito cartaginés se deshizo, aunque tampoco fueron pocas las bajas entre las fuerzas romanas.

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