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Hoy en día, este término se usa como sinónimo de hebreos e israelitas; sin embargo, tanto en el plano histórico como en el étnico, estas palabras tienen distinto significado. En cuanto término histórico general, la palabra hebreo no posee una connotación racial, por lo que se le aplica a cualquiera de las tribus nómadas semitas que vivieron en el Mediterráneo oriental antes del 1300 a.C. En la historia judía, este término se ha aplicado de una forma concreta a aquellas tribus que aceptaban a Yahvé como su único Dios, desde su origen, hasta que conquistaron la antigua Palestina, llamada Canaán, y en el 1020 a.C., se transformaron en una nación unida, regida por un rey. El término israelita hace mención a un grupo nacional y étnico específico, descendiente de los hebreos y unidos por lazos culturales a través de su religión. Para los historiadores, este término se refiere a esta comunidad, desde la conquista de Canaán, hasta que el rey asirio Sargón III destruyó el reino de Israel en el 721 a.C. (el reinado de Sargón se prolongó entre el 722 y el 705 a.C.). El término judío se refiere a un tercer grupo, por su identidad cultural descendiente de los dos anteriores, desde los tiempos de su retorno de la cautividad de Babilonia, hasta el día de hoy. La palabra proviene del término hebreo yehudí, que en un comienzo significaba ser un miembro de la tribu hebrea de Judá; más tarde pasó a ser Judea, nombre que se aplicaba al estado judío, y por extensión se aplicó a todo habitante de Judea.
Los judíos modernos, más que formar una raza, son miembros de una comunidad o asociación étnica independiente. Una comunidad que, a pesar de haber tenido que enfrentarse a terribles e incesantes persecuciones, ha logrado mantener su identidad durante casi diecinueve siglos: desde la disolución final de la provincia romana de Judea en el 135 d.C., hasta el establecimiento del moderno estado de Israel en 1948. En 1970, el Knesset israelí adoptó una legislación en la que un judío se definía como el nacido de madre judía o convertida al judaísmo. La impresionante tenacidad de los judíos al defender su identidad, es fruto, en primer término, de la estricta fidelidad al judaísmo; la historia de los judíos está unida en forma inseparable a su religión. Ésta dirige cada uno de los aspectos de la vida judía, resulta indispensable en la educación de los más jóvenes, e incluye, dentro de sus doctrinas tradicionales, la fe y la esperanza para la fundación de un reino mesiánico. A pesar de que durante el siglo XIX hubo movimientos reformistas que comenzaron a afectar al judaísmo tradicional, todas las comunidades se mantuvieron unidas, demostrando la fidelidad con la que las generaciones anteriores se habían guiado por las leyes del judaísmo. Junto a esa fidelidad religiosa, es de destacar como característica su devoción por el aprendizaje y por la enseñanza, actos considerados como parte de su adoración a Dios.
Los acontecimientos bíblicos de la historia y genealogía de los hebreos que se narran en la Biblia, casi siempre tienen constatación histórica. Sin embargo, estos hechos no fueron escritos hasta siglos después de haber sucedido, por lo que requieren una interpretación muy cuidadosa. Moisés dijo al pueblo hebreo reunido: "mi padre era un arameo errante" (Dt. 26,5). Es razonablemente correcto el identificar a los antepasados de los hebreos como arameos nómadas (errantes, con las constantes privaciones económicas que significa el constituir un estado nómada). Además de tener sangre aramea, el aspecto físico de los israelitas actuales es una mezcla con otras razas, por ejemplo con la amorrea y la hitita. Tal y como se ve representada la fisonomía característica de los antiguos hebreos en los frisos babilónicos, ésta era muy similar a la de los hititas. El hebreo, como lengua, pertenece al grupo de lenguas semíticas del noroeste.
Algunas de la tribus, en especial las que correspondían al grupo de José, llegaron como nómadas a Egipto, probablemente entre 1694 y 1600 a.C., durante el periodo en que los hicsos, otro pueblo semita, dominó Egipto. Las tribus tuvieron un importante desarrollo hasta que los hicsos fueron derrocados (c. 1570 a.C.). Este hecho político significó para los hebreos la persecución, la esclavitud o el exilio. Muchos historiadores consideran el éxodo como el esfuerzo con resultados positivos de los hebreos que estaban sometidos a la esclavitud en Egipto, por reunirse con otras tribus hebreas, con las que mantenían lazos de parentesco. No existen vestigios arqueológicos del éxodo, ni siquiera en los monumentos egipcios, probablemente porque los hebreos egipcios no eran un número significativo, y no causó gran trascendencia en Egipto.
Sin embargo, para la historia judía, el éxodo significó un hecho de grandes proporciones. El pueblo fue guiado por Moisés, el primer gran profeta, quien en el Sinaí, el monte sagrado, recibió los mandamientos de Yahvé. Esta primera religión incorporó y luego legó al posterior judaísmo, conceptos que hacían referencia a la propiedad, a los derechos individuales, a la moralidad sexual y a la importancia de la igualdad entre todos los miembros de la comunidad. La principal característica de los semitas nómadas era la del respeto a los derechos personales y el amor por la libertad; estas características, sumadas al concepto de un Dios creador, legislador y rey, pasaron a formar parte de la religión de Israel, y más tarde de su teoría política.
La conquista de Canaán durante el segundo milenio a.C., fue consumada tanto con pactos de alianzas y celebraciones de matrimonios con los habitantes de la zona, como por las armas. Además, los invasores tuvieron una oportunidad única para imponer su dominio: los imperios egipcio, hitita y sumerio ya no tenían el poder de antaño, y el asirio, eventual gran competidor, no contaba aún con fuerzas suficientemente organizadas. Bajo el mando de Josué, sucesor de Moisés, las tribus de Yahvé cruzaron el río Jordán, conquistaron Jericó y los alrededores, y se establecieron en el oeste de Palestina. A pesar de que por número no superaban a la población autóctona de Canaán, las tribus de Yahvé estaban unidas por un pacto religioso, por el hecho de tener un origen común, y por su sueño democrático. Durante el periodo de los jueces, grandes líderes civiles y militares, los hebreos, quienes ya eran conocidos como israelitas, lograron asegurar sus tierras. Tuvieron que defenderse de las invasiones de los moabitas, de los madianitas, y sobre todo de los filisteos, quienes habían emigrado de los territorios que circundan el mar Egeo.
Tanto en la religión como en la historia judía, David ocupa el segundo lugar en importancia, sólo después de Moisés. Es considerado como el verdadero fundador de Israel, el verdadero forjador del sistema religioso y político que se había anunciado en el monte Sinaí. David logró dominar Jerusalén, la fortaleza mejor defendida de toda Palestina, convirtiéndola en la capital de su reino. Bajo su mando, el ejército israelí doblegó el poder de los filisteos y conquistó Edom, Amón y Moab. El rey David organizó los servicios religiosos y la misión del clero, a raíz de lo cual, la religión de Israel pasó a ocupar un papel de primer orden en Palestina. A su muerte, todos los territorios que rodeaban el reino de Israel, estaban sometidos o limitados por tratados de amistad.
Después de la muerte de Salomón, volvió al país Jeroboam, un antiguo funcionario de Salomón, quien había vivido exilado en Egipto, después de una fallida conspiración para asesinar al rey. Fueron rechazadas ciertas peticiones de garantías de reformas que una comisión encabezada por Jeroboam solicitó a Roboam, hijo y sucesor de Salomón. Durante las luchas que siguieron, Jeroboam fue apoyado por el faraón egipcio Sheshonk I, que en la Biblia recibe el nombre de Sisak (reinó más o menos entre 946 y 913 a.C.), quien invadió y saqueó el reino de Rehoboam y despojó el templo de sus tesoros. El reino se dividió. El líder rebelde se transformó en rey, bajo el nombre de Jeroboam I. Su reino comprendía la zona norte del antiguo reino, lo que más tarde sería conocido como el reino de Israel. De acuerdo con la tradición bíblica, sus habitantes formaban parte de diez de las doce tribus, dejando fuera a Judá y a Benjamín. Rehoboam reinó sobre la zona sur del reino, conocido más tarde como el reino de Judá; con aproximadamente 775 km2 de extensión, fue reducido a un papel secundario. Se establecieron santuarios separados en Dan y en Betel, en Israel y, a pesar de que ambos estados mantenían un sentimiento de parentesco, quedaron políticamente divididos.
Durante los dos siglos siguientes, la historia judía se reduce a una serie de luchas entre pequeños estados, tales como Israel, Judá, Moab, Edom y Damasco, que constantemente peleaban entre sí. Durante los primeros años del siglo IX a.C., y bajo el reinado del rey Omri, Israel se transformó durante un tiempo en una poderosa fuerza (Omri reinó entre 876 y 869 a.C.). Este monarca estableció la capitalidad de Israel en la ciudad de Samaria aproximadamente en el 870 a.C.; bajo su reinado se vivió un periodo de paz. Cuando ascendió al poder Ahab, su hijo y sucesor, Israel se vio sacudida por luchas internas, producto de una cuestión tan vital como era la religión. La mujer de Ahab, Jezabel, princesa de Tiro, trató de incorporar el dios fenicio Melkart a la religión de Israel. Mucho tiempo antes, se habían estado introduciendo distintas influencias idólatras en los dos reinos hebreos, pero la osadía de Jezabel causó fuertes protestas públicas. Estas protestas eran de carácter político y religioso, debido al sistema ético de la ley mosaica, en la cual el gobierno y el culto tenían peso similar, y ello podía dar lugar a que la autocracia fuera considerada como un grave pecado. Una serie de profetas se encargaron de agitar las conciencias de los israelitas. En el reino del norte Elías, Eliseo, Amós y Oseas, hicieron un llamamiento en favor de la vuelta a los severos principios democráticos del desierto. En Judá, Isaías y Miqueas condenaban enérgicamente la idolatría y el lujo. A los conflictos religiosos se añadieron los militares. En el siglo VIII a.C., el poder de los asirios creció hasta llegar a dominar Oriente Próximo, avanzando hasta las fronteras de los estados en conflicto, para quienes la invasión y el desastre resultaron inevitables.
Los asirios habían intentado conquistar la antigua Palestina durante más de un siglo. En el 853 a.C. la primera gran invasión asiria, liderada por el rey Salmanasar III (reinó entre 859 y 824 a.C.), fue derrotada en la batalla de Karkar por una coalición de pequeños estados, entre los que se incluía Israel, dirigidos por el rey de Damasco, Ben-Hadad I, (muerto c. 841 a.C.). Asiria se retiró momentáneamente, pero sus fuerzas no cesaron de hostilizar las fronteras palestinas. En el 734 a.C., cuando las luchas interminables entre los ya muy debilitados estados palestinos imposibilitaron su unión para formar una coalición, el rey asirio Teglatfalasar III, quien reinó entre 745 y 727 a.C., se puso al frente de un ejército que invadió y conquistó Israel. Sólo una fortaleza en Samaria pudo soportar el acoso hasta 722-721 a.C., año en que las tropas asirias finalmente lograron tomar la ciudad. El reino de Israel quedó destruido, y muchos de sus habitantes partieron hacia el destierro; desde ese momento se los conocería como las tribus perdidas. Samaria fue repoblada con inmigrantes procedentes de Mesopotamia, que rápidamente adoptaron la religión israelita, y se convertirían en la secta conocida como samaritanos. A pesar de que el reino de Judá pasó a ser tributario de Asiria, mantuvo su independencia nominal durante otros 135 años.
La caída de Jerusalén a manos de Nabucodonosor.
Durante el siglo siguiente, Judá logró mantener su identidad, mientras que la hegemonía en el Oriente Próximo oscilaba entre los asirios y los egipcios hasta la aparición del imperio babilónico de los caldeos. Sin embargo, el reino de Judá se negó a someterse a los caldeos, a diferencia de lo que había sucedido con los asirios. En el 598 a.C. Nabucodonosor II, soberano de Babilonia, declaró la guerra al reino de Judá y conquistó Jerusalén. La mayoría de los nobles, guerreros y artesanos de Judea fueron hechos prisioneros y llevados a Babilonia. El rey Nabucodonosor nombró al príncipe de la casa de David, Sedecías, rey de Judá. En el 588 a.C. Sedecías se rebeló contra los caldeos; dos años más tarde, el ejército de Nabucodonosor destruyó Judá y arrasó su capital, Jerusalén. Todos los habitantes de Judá que fueran considerados potenciales líderes de revueltas, fueron deportados a Babilonia. Otro grupo huyó a Egipto; llevándose al profeta Jeremías, a pesar de sus protestas. Sólo permanecieron en Judá los campesinos más pobres. Excepto por un corto periodo (en el que se consiguió una cierta libertad cuatro siglos más tarde), el cautiverio babilónico marcó el fin de la independencia política del antiguo Israel.
El destierro
En el momento de la disolución del reino de Judá había judíos que vivían en Egipto, Babilonia y Palestina.
La vida en Babilonia
Entre todas esas comunidades, la más importante era la de Babilonia. Los exiliados formaron allí una floreciente colonia formada por los judíos que habían sido deportados en el 597 a.C., y por otros que ya se habían establecido en la zona desde la caída del reino de Israel en el 721 a.C. Bajo el liderazgo del sacerdote y reformador Ezequiel, la comunidad babilónica pudo mantener su identidad personal, sustituyendo la patria política por otra espiritual. El ritual ocupó un lugar prominente dentro de la religión, con el fin de gobernar así la vida de los exiliados. Los escribas comenzaron a fijar por escrito las tradiciones del pueblo, y esos escritos se convertirían en los libros de la Biblia. El culto que anteriormente se realizó en el Templo, fue sustituido por reuniones de oración. Un profeta anónimo llamado Isaías, cuyos discursos forman la segunda parte del libro bíblico de Isaías, se encargó de alentar en los exiliados una fe en una nueva vida, en una nueva y reconstruida Jerusalén.
El regreso a Jerusalén.
En 539 a.C., el fundador del Imperio persa, Ciro II el Grande, conquistó Babilonia. Al año siguiente, publicó un edicto en el que otorgaba la libertad a los judíos. Aproximadamente 42.000 miembros de la comunidad babilónica prepararon su regreso a Palestina, llevándose consigo todos sus bienes, además de las donaciones de los que se quedaron en Babilonia y, tal y como dice la tradición, con regalos del propio emperador. Liderados por un príncipe de la casa de David llamado Zorobabel, la expedición se dirigió a Jerusalén. El país aún estaba desolado debido a los estragos causados por las guerras caldeas, y los inmigrantes se sintieron desfallecer ante la enorme empresa que tenían ante sus ojos. La actitud de apatía de los recién llegados fue superada gracias a la labor de dos líderes religiosos, los profetas Ageo y Zacarías, quienes sostenían que la máxima realización del hombre está en la recompensa de una vida espiritual, tal y como había predicho Ezequiel antes que ellos. Los judíos se concentraron en la reconstrucción del Templo, hecho que consumaron en el año 516 a.C. Para la tradición judía, el año en que finalizó la construcción de este segundo Templo se considera como la fecha del verdadero fin del exilio babilónico, cuya duración fue pues de setenta años (586 -516 a.C.).
El Sumo Sacerdote fue elegido gobernante de la provincia de Judá o Judea, que desde entonces se transformó en una teocracia. Las labores de reconstrucción fueron realizándose lentamente, y aproximadamente en el 445 a.C., Nehemías (protegido del rey Artajerjes I de Persia, quien reinó entre 465 y 425 a.C.) recibió la autorización expresa para reconstruir la ciudad. Bajo su dirección, Jerusalén volvió a ser una gran ciudad. Durante este periodo, la comunidad babilónica, habiendo oído noticias referentes a la falta de disciplina religiosa, decidieron enviar a Esdras, un famoso maestro y escriba, para que introdujera las necesarias reformas religiosas. A mediados del siglo IV, Judea se había convertido en un país organizado según unas estrictas doctrinas religiosas, y dominado por una clase sacerdotal muy fuerte. La Torá (o 'Ley', es decir, el Pentateuco) rigió la vida cotidiana de los judíos; durante este tiempo, los escribas y los maestros de la Ley dieron su forma definitiva a las Sagradas Escrituras. Judea fue prosperando cada día más, de modo tal que, gracias a su capacidad para adaptarse a unas circunstancias adversas, los judíos, en un lapso de 150 años, se transformaron de una entidad política en un pueblo casi únicamente motivado por la religión.
La Diáspora.
A finales del siglo IV a.C., siendo emperador Alejandro Magno, Macedonia se transformó en la fuerza dominante dentro del mundo antiguo. Después de que los macedonios dominaron a los persas en el 331 a.C., Judea pasó a ser una provincia más del imperio alejandrino. De acuerdo con la tradición, Alejandro se mostró especialmente benévolo con los judíos, y cientos de ellos emigraron a Egipto después de la fundación de Alejandría. Bajo el nuevo imperio, y con el incremento de oportunidades comerciales, los judíos emigraron a diversas colonias repartidas por todo el mundo conocido: a las costas del mar Negro, las islas griegas y las costas del mar Mediterráneo. Esta migración fue de tales proporciones que comenzó a hablarse de ella calificándola de la diáspora (del griego, 'dispersión'). Muy lejos ya de Judea, centro de la vida judía, los emigrantes, abandonaron paulatinamente el uso del hebreo, aprendiendo en su lugar el griego y adoptando las costumbres e ideas griegas. Durante el siglo III a.C., se tradujo el Pentateuco al griego; esta versión griega, la Septuaginta, incluiría más tarde otras partes de la Biblia hebrea. Con el tiempo se transformó en el texto común para todos los judíos de la diáspora. El helenismo, término que se refiere tanto al sistema de vida como a la cultura del periodo, tuvo una fuerte influencia sobre los judíos de la diáspora. Después de la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C., los griegos pasaron a ser una amenaza tanto política como cultural para los judíos. El imperio de Alejandro Magno se dividió entre sus generales, y Tolomeo I Sóter, a quien le había correspondido Egipto, invadió Judea. El territorio judío tenía un valor estratégico importante por ser la ruta por la que discurría el comercio con Arabia; este hecho dio origen a múltiples conflictos entre los egipcios y los seleucidas sirios. En el 198 a.C., el rey Antíoco III de Siria venció a los egipcios en la batalla de Panion e incluyó a Judea dentro de sus dominios. Los seleucidas comenzaron una campaña para reemplazar el judaísmo por el helenismo. La campaña llegó a su nivel máximo durante el reinado de Antíoco IV, quien en el 168 a.C. declaró la religión judía ilegal y, dentro del templo, reemplazó el altar de Yahvé por uno de Zeus.
La rebelión de los judíos no se hizo esperar, y ese mismo año comenzaron una revuelta liderados por el sacerdote judío Matatías y por sus hijos, los macabeos. Después de una sangrienta lucha, las fuerzas judías lograron derrotar a los sirios. La dinastía de los asmoneos o macabeos alcanzó el liderazgo y sus miembros fueron reyes de un estado judío independiente.
Bajo su reinado, los judíos concentraron todas sus fuerzas en lograr mantener pura su religión, libre de influencias extranjeras. Los dos grupos más importantes del momento, los saduceos y los fariseos, diferían, tanto en los aspectos políticos como religiosos. Durante esta época, aparecieron otros grupos religiosos, como los esenios, comunidad religiosa judía, que mantuvo un sistema de vida monástico en asentamientos de tipo comunal. Los asmoneos establecieron el sanedrín, un consejo de estado compuesto por 71 líderes y sabios judíos. Este grupo constituía la suprema autoridad civil y tomaba también todas las decisiones religiosas legales. El reino logró gran expansión: bajo el gobierno de Juan Hircano, se incorporaron Samaria y Edom, territorios conocidos como Idumea, cuyos habitantes fueron obligados a aceptar el judaísmo.
Lo mismo que sus predecesores, el reino judío de los asmoneos tuvo que enfrentarse a la generalización de los conflictos entre las distintas facciones. Durante el siglo I a.C., surgió una guerra civil entre los hermanos Hircano II y Aristóbulo II, que rivalizaban por el trono de Judea. Antípatro, un idumeo que simulaba apoyar a Hircano, se confabuló con el general romano Pompeyo el Grande para que le ayudara a resolver el conflicto a su favor; se comprometió a hacer de Judea un estado dependiente del Imperio romano. El ejército romano entró en Jerusalén en el 62 a.C., y en el 47 a.C., el reino de Judea pasó a estar bajo el control absoluto del ahora procurador Antípatro. Su hijo Herodes el Grande se convirtió en rey el 37 a.C.
El último siglo del antiguo estado judío estuvo marcado por desórdenes políticos y religiosos. A comienzos de la era cristiana, englobando todo el espacio del mundo antiguo, la población judía llegaba a los ocho millones de habitantes, repartidos, además de Judea, entre Alejandría, Cirenaica (norte de África), Babilonia, Antioquía, Éfeso y Roma. Esta dispersión, sumada a la influencia de la cultura helenística, provocó en algunas ocasiones actitudes antijudaicas provocadas por la competencia comercial, las diferencias religiosas, y las actitudes políticas que ostentaban muchos de los judíos que llegaron a ocupar altos cargos públicos. Desde dentro del judaísmo surgió un segundo movimiento, el cristianismo. El número de judíos griegos que llegaron a creer en Jesús (en hebreo Yeshua o Josué) como el Mesías prometido, superaba bastante al número de habitantes de Judea que lo aceptaban. Además, como los discípulos de Jesús viajaron recorriendo el mundo antiguo, muchos paganos se convirtieron a la nueva fe. En un principio, el cristianismo fue considerado como una secta judía, pero a medida que crecía el número de los paganos que se convertían a la nueva religión, su fe giró casi en su totalidad en torno a la persona y a la predicación de Jesús. Los judíos convertidos al cristianismo siguieron siendo esencialmente judíos. La religión judía reaccionó ante estos nuevos movimientos, no permitiendo ningún tipo de facilidad o de falta de disciplina con respecto a la observancia de las formas de la religión tradicional.
Durante el siglo I d.C., los conflictos religiosos causaron sangrientas batallas. Los gobernadores romanos de Judea eran déspotas y tenían muy poco respeto por la religión judía. En el 66 d.C., los zelotes, una secta judía fanática, encabezaron una violenta insurrección en contra de los romanos. El emperador Nerón envió al general romano Vespasiano, quien más tarde sería emperador, para poner fin al conflicto. Hacia el año 70 Vespasiano logró acabar con la revuelta, destruyó el templo y arrasó Jerusalén. La última fortaleza en caer fue Masada, en el 73.Barcokebas
Bajo la dirección de Barcokebas, estalló una violenta revolución en Judea. Desde el 132 hasta el 135, los judíos hicieron un esfuerzo desesperado por defenderse de las legiones romanas; en un principio su oposición fue efectiva, pero cuando finalmente Roma decidió acabar con la revuelta, Judea estaba devastada. Por orden del emperador, fue eliminado el antiguo nombre de la provincia, reemplazándolo por Siria Palestina. Jerusalén fue convertida en una ciudad pagana, y cualquier judío que entrara en ella, inmediatamente era condenado a muerte. La persecución de judíos se transformó en algo habitual dentro del Imperio. Por otra parte, la caída de Judea ayudó a incrementar aún más la brecha entre judíos y cristianos. Los judíos consideraban su derrota como una calamidad. Los cristianos, por su parte, lo veían como una clara manifestación de que Dios había abandonado a los judíos, considerándose como los verdaderos portadores de la gracia divina. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana, el cristianismo aumentó mucho su poder. Después del año 313, en que el emperador romano Constantino I aceptó la nueva religión, tanto para él como para el Imperio, se generalizó la expansión cristiana y la consecuente persecución de los judíos.
Los judíos después del exilio.
Pese a la destrucción del segundo estado judío, y del aumento del antijudaísmo, los judíos lograron mantener su identidad y sus tradiciones, por medio de profundos cambios culturales.
El desarrollo de la religión en el exilio.
Los judíos reaccionaron ante la fragmentación de los comienzos de la era cristiana desarrollando una religión propia en el exilio: el judaísmo. La continuidad de la unión de los judíos se basó en una lengua común, herencia literaria que todos los judíos estaban obligados a conocer y a estudiar, en una vida comunitaria con una sólida organización, y en el impulso que significaba su esperanza mesiánica.
Durante los primeros seis siglos de exilio, los maestros y los rabinos establecieron en la Misná y Guemará, ambas integrantes del Talmud, las bases de la ley oral y de la interpretación religiosa. Los principales centros de enseñanza judía se transformaron en academias; surgieron en Palestina (especialmente en Galilea) y en Babilonia. En un principio estuvieron bajo la dirección de los partos y luego, desde el año 227 de los sasánidas. Desde el siglo VI a.C., había existido en Babilonia una importante comunidad judía, que con el tiempo pasó a ser un centro de gran influencia para los judíos del exilio. La colonia judía estaba dirigida por un administrador, que recibía el nombre de exilarca. Las dos academias babilónicas de Sura y de Pumbedita, lograron gran renombre entre las comunidades judías. Los estudiosos que trabajaron durante los siglos I y II d.C. en la codificación y ampliación de la ley oral, recibieron el nombre de tannaim (del arameo, enseñar). Durante el siglo III fueron reemplazados por los amoraim (del arameo, los que hablan), y el siglo V por los llamados saboraim (del arameo, reflejar). El Talmud babilónico se concluyó a comienzos del siglo VI, cuando se terminó la Guemará, es decir, los comentarios a la Misná. Hubo otro Talmud, aunque menos completo que el anterior, el Talmud palestinense o de Jerusalén; éste se concluyó aproximadamente un siglo antes. Los últimos directores de las academias babilónicas recibieron el nombre de geonim (plural de la palabra hebrea gaón, excelencia); desde todas partes del mundo medieval recibían consultas relativas a la religión; sus contestaciones, denominadas 'responsa', fueron incorporadas a las prácticas religiosas habituales.
La tolerancia islámica.
El nacimiento del islam no provocó gran alteración en las comunidades judías de Babilonia. Los ejércitos árabes conquistaron Mesopotamia en el 637, y la religión islámica se transformó en religión oficial. El califa Umar I promulgó el código que lleva su nombre, en el que se decretaban una serie de restricciones nominales en contra de los judíos: les estaba prohibido desempeñar cargos políticos y no podían tener sirvientes que fueran musulmanes; no podían portar armas, construir o reparar sus sinagogas, rezar en voz alta, incluso estaban obligados a llevar parches amarillos en sus mangas, como marca distintiva. A pesar de ello, los califas de Bagdad no se consideraban limitados por el código, por lo que permitieron que los judíos pudieran mantener una cierta autonomía. La importancia histórica de estas restricciones radica en que los cristianos las llevaron a Europa y se las impusieron a los judíos europeos durante siglos.
El periodo de tolerancia islámica estuvo marcado por una importante cooperación entre musulmanes y judíos. Como resultado de esto, se pudo desarrollar una cultura basada en una combinación de enseñanzas griegas, persas e indias que musulmanes y judíos tradujeron y analizaron en la España medieval, mientras que en el resto de Europa aún predominaba el oscurantismo cultural.
Los judíos en la España medieval.
A mediados del siglo X, el centro del saber, tanto secular como religioso, se desplazó de Mesopotamia a al-Andalus, en la península Ibérica. Allí, existían colonias de judíos desde antes de la llegada de las legiones romanas; durante largo tiempo habían sido víctimas de persecuciones, sobre todo después de que en el siglo VI los visigodos se convirtieran al cristianismo. La invasión musulmana llevó la paz para los judíos españoles, quienes pasaron a ocupar importantes cargos como hombres de estado, médicos, banqueros, teólogos, poetas, investigadores, etc. Los estudiosos judíos contribuyeron al posterior inicio del renacimiento en Europa, gracias a las traducciones que, en unión con los musulmanes, realizaron de los clásicos griegos, persas e hindúes, libros que gracias a ellos llegaron por primera vez al resto de la Europa occidental. Este periodo constituye realmente la edad de oro de la literatura y el pensamiento judíos.
Con la decadencia del dominio musulmán en la península Ibérica, a mediados del siglo XIII, terminó la pacífica era española. Bajo el reinado de la monarquía católica, los judíos fueron degradados, lo mismo que los demás judíos europeos. Durante la edad media, las persecuciones de judíos en los países cristianos fueron bastante frecuentes. Gran parte de estas persecuciones fueron desencadenadas por el pueblo, exaltado por algunos predicadores religiosos, y con la benevolencia de los dirigentes políticos. Durante las Cruzadas, cientos de judíos fueron asesinados, en medio del fervor religioso de la época. En 1215, el Concilio de Letrán, convocado por el papa Inocencio III, proclamó una política oficial de restricciones, similar al código de Umar, y ordenó que todos los judíos usaran insignias distintivas. Los judíos fueron objetos de desprecio en toda Europa. En algunas ciudades fueron obligados a vivir en áreas especiales, llamadas juderías, y no gozaban de libertad de movimiento. Durante los siglos XIII y XIV, muchos monarcas europeos llenaron sus arcas después de confiscar las propiedades de los judíos y de echar de ellas a sus dueños. En 1290 el rey Eduardo I de Inglaterra, redujo a la miseria y expulsó de la isla a los judíos ingleses. El rey Carlos VI de Francia siguió su ejemplo en 1394, terminando prácticamente así con la presencia de los judíos en Francia, hasta los tiempos modernos. Durante el periodo de expansión de la peste negra (siglo XIV), las masacres de judíos se hicieron comunes por toda Europa, culpándoles de ser los causantes de la plaga por haber envenenado los pozos de agua de los cristianos. En España, como los países anteriormente citados, los judíos sufrieron persecuciones periódicas, que en ocasiones dieron lugar a conversiones masivas. En muchos casos estas conversiones simplemente eran una apariencia externa; surgió una clase de conversos llamados marranos, que si bien profesaban la religión cristiana, seguían fieles al judaísmo en secreto. La Inquisición española, creada en 1478, persiguió a los conversos, y en 1492 todos los judíos que no aceptaran el bautismo de España fueron expulsados. También los expulsaron de Portugal en 1497.
Los judíos exiliados del oeste europeo se refugiaron en la Europa oriental y central. Cientos de judíos españoles (sefardíes) emigraron a la Turquía europea, país que aún mantenía la política islámica de tolerancia, y Constantinopla se convirtió en el emplazamiento más grande de las comunidades judías europeas del siglo XVI. La mayoría de los judíos expulsados de Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza, se establecieron en Polonia y en Rusia; en 1648 la comunidad polaca contaba con más de 500.000 judíos. Los judíos polacos llegaron a tener una organización autónoma dentro del reino polaco, transformándose en el centro de la actividad judía de aquel entonces. Luego llegarían las persecuciones entre 1648 y 1658, lideradas por los seguidores de Bohdan Khmelnytsky (c. 1595-1657), jefe de los cosacos de Ucrania. Durante estos ataques destruyeron muchísimas comunidades de judíos polacos, y con ellas comenzó la decadencia de las juderías de la Europa oriental. Los judíos, que por aquel entonces habían sido alejados de sus profesiones, de sus gremios, de su trabajo en los campos y de sus grandes empresas de comercio, fueron forzados a trabajar en comercios insignificantes.
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