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DIARIO DE VIAJE DEL MEDITERRÁNEO (1998) ver mapa
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DIARIO DEL VIAJE Y ALBUM DE FOTOS
 
Con fragmentos del libro y rutas inéditas. Relato del viaje de Joselu, Su, Javi y Quique con el billete InterRail. Capítulo incluido en el libro "Europa na mochila"
Viaje por el Mediterráneo (27 julio- 20 agosto de 1998)
Fecha
Diario de viaje
Foto (hacer clik)
27
Inicio del viaje. Salimos por la tarde en tren hacia Barcelona. Lento viaje, donde conversamos. A la noche, dormimos tumbados en las butacas. Puerto de A Coruña.EVP
A Coruña
28
Paseo por las Ramblas. Hacemos tiempo en las Ramblas a la espera de que salga el tren. En Port-Bou, esperamos el transbordo con el tren a Milán. (más) Sagrada Familia. Barcelona. EVP
Barcelona
29
El Duomo. Impresionante y escarpada Costa Az ul. Pasamos San Remo y Génova. En el albergue de Milán nos unimos a una australiana para visitar la Fortaleza Sforza, la avenida de Dante, el Duomo, las galerías Emmanuel II y la Scala, el teatro de Ópera. Cenamos en una pizzería.(más)
Galerías Enmanuell. Milan. EVP
30
Siempre Rialto. Venezia nunca dejará de sorprender. Buscamos un hotel barato junto al canal de Santa Luzia. Paseo por San Marcos, el puente de Rialto y los canales. Nos quedamos sin tomar un vaporetto. (más) Góndolas junto a la plaza de San Marcos
31-1
Excursión a los Alpes. Visita a Gabi, una amiga que vive en los Alpes. Villach, en Carintia, está de fiestas. Vemos los lagos, los castillos reconvertidos en restaurantes. Tomo el zumo de grosella de Gabi. (más) Festival de Villach. EVP
Villach
Carintia (Austria)
2
Rumbo a Grecia. A medianoche, regreso a Venezia y luego sigo a Roma. Allí me esperan mis amigos. Tomamos un tren Pendolino y cruzamos la "bota" hasta Brindisi. Esa noche, durmimos en la cubierta de un ferry acompañados de unos chilenos que tienen el RailPass. (más) Coliseum de Roma. EVP
Roma - Brindisi
3
Crucero por el Adriático. Viaje de más de 12 horas en ferry. Surcamos el mar Adriático, vemos delfines y divisamos la desértica costa griega. En Patras, nos tomamos unas cervezas. A la noche, seguimos en bus hasta Atenas porque los trenes regionales van llenos. Corfu. EVP
Corfu-Patras
4
Beber agua de la Acrópilis. El agua más fresca de Europa, después de la noruega, está en la Acrópolis de Atenas. Esta ciudad tan caótica también tiene barrios repletos de tascas. Probamos el queso y ensalada griega. Atenas. EVP
5
Ruinas del templo de Corinto.Antaño ciudad que dominaba el estrecho, un terremoto la destruyó. Paseo en bus hasta las ruinas. Vista del Canal de Corinto.
Estrecho de Corinto desde la fortaleza de Acrocorinto.EVP
Corinto
6
En la playa de Hydra. Viaje en ferry rápido hasta Hydra, una desértica isla llena de turistas franceses. Baño en la pedregosa playa. Fotos a los burros y paseo por las empinadas calles.
Tabernas de la isla de Hydra. EVP
Isla Hydra
7
Monjes ortodoxos. Caminata a pie y auto-stop hasta los monasterios ubicados en lo alto de las rocas de Meteora. En Tesalónica, dormimos en el porche de una estación junto a otros mochileros.
Monasterios de Meteora. EVP
Meteora Tesalónica
8-10
En el mar de Mármara. Compra y regateo en los bazares de las especias de Estambul. Crucero por el mar de Mármara hasta llegar a la orilla de Asia. Probamos el kebach, la comida típica a base de cordero y especias. Recorremos la muralla de Constantino y visitamos el museo del Ton-Kapi, antiguo palacio de los sultanes. No entramos en el harén (había que pagar) ni en las saunas.
Gran Bazar de Estambul. EVP
Basílica de Sa nta Sofía. EVP
11
Una estación perdida. Tras un duro viaje en tren, perdemos el expresso a Atenas y quedamos atrapados en una estación perdida de Tracia, en Macedonia. (más)  
Tracia
12
Viaje a lo largo de Grecia. Conseguimos llegar a Atenas a la tarde e intentamos tomar sin éxito el ferry Speed para regresar a Italia en Patras. Dormimos en el andén de la estación de Patras. Islas frente a Atenas. EVP
Atenas -Patras
13
Subida a Acrocorinto. El objetivo es llegar hasta un anfiteatro pero las conexiones de buses no son buenas. Quedamos en Corinto y tomamos un taxi hasta el castillo de Acrocorinto. Luego bajamos a pie. Noche en ferry. Estrecho de Corinto desde la fortaleza de Acrocorinto.EVP
Corinto-
14
A la rica pizza!!!. Por la mañana, entramos en el puerto de Brindisi, lleno de mochileros. En un restaurante pedimos una pizza gigante y compramos helados en un súper. A la noche, agotados, tomamos un tren para Roma.
Brindisi
15
Tambores en el Ponte Veccio. Visitamos el Foro de Roma, junto al Coliseum. Por la tarde, paseamos en Florencia.Atardecer frente al puente Veccio. Buen ambiente, con ciclistas y bussetos ecológicos. A la noche, emprendemos viaje hacia Munich e Insbruck. Duomo de Florencia. EVP
16-17
En teleférico, a los Alpes. Dos días en Insbruck, con paseos por el río y las montañas de los Alpes. Conocemos a una eslovena. Subimos en teleférico hasta un mirador, bajo una tormenta. Bonitas casas rurales adornadas con flores (begoñas) y concurso de bailes tiroleses. Insbruck (Tirol). EVP
Insbruck
Tirol (Austria)
18
Génova. En la Estación Central de Milán hacemos tiempo para regresar a España. Viaje en tren por la tarde hasta la industrial Génova. Largos túneles. Anochecer por San Remo y Mónaco, visto desde la ventana del tren. Fortaleza Sforza. EVP
Milán-Génova
19
En el parque Güell. Cansados del viaje, paseamos por el nuevo Paseo Marítimo de Barcelona y por el parque Güell, donde tocan los músicos ambulantes. A la noche, vemos a los actores mimo en el paseo de Las Ramblas.
Parque Güell de Gaudí. EVP
Barcelona
20
Largo retorno. Cruzar los 1.000 kilómetros que separan a la costa gallega de Barcelona nos llevó más de 16 horas. Llegamos hambrientos. Por el camino, hacemos amistad con un abogado italiano.
A Coruña
LEER: Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco

Go home

Mediterráneo

CAPÍTULO 3 de "EUROPA NA MOCHILA" (versión borrador)

VIAJE POR EL MEDITERRÁNEO

Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco

- Pero, ¿estáis seguros de que vamos a llegar a Turquía?

-Hasta que yo no lo vea, no lo creo- intervino Fhata, el camarero argelino del bar Enredos.

 

Monaco. Costa Azul. EVP El mochilero y sus amigos esperaban sentados encima de la mochila en el andén de la estación francesa posterior a Port Bou. En Barcelona, ellos habían consultado erróneamente los horarios, por lo que perdieron un tren rápido a Milan. Ahora, tenían que conformarse con pasar la noche en el andén.
Paseo marítimo del Principado de Mónaco
La plataforma estaba repleta de centenares de mochileros que viajaban con Interrail . Allí había de todo, desde las catequistas que habían ahorrado para poder viajar a ver al Papa. También había el grupo de arrastrados sin afeitar ni duchar que viajaban con cuatro monedas a base de bocadillo y esterilla. Quizás, los mochileros pertenecían a este último grupo. Lo cierto es que ellos iban preparados para resistir quince días en Italia, Grecia, Turquía y el sur de Austria. Había la posibilidad de visitar Eslovenia, cuya costa era muy turística y no sufría la guerra de Yugoslavia. Aquel iba a ser un viaje en verano y con calor. Por eso, llevaban ropa suelta y las sandalias sustituían las botas de goretex.

El tren de SCNF, destino Milán, llegaba con mucho retraso y los mochileros estaban impacientes. "Pero no decían que era tan bueno el transporte francés?", protestaban. Por altavoz, el jefe de la estación explicó que había un incendio el monte y que el tren estaba allí parado. "Sois unos llorones. Esto no es nada comparado con un viaje de Paris a Barcelona. Aquello fue después de un atentado árabe en el Metro de París. Las estaciones estaban vigiladas por los policía judicial y ellos explotaban todas las maletas sospechosas que hallaban en las taquillas. Después, hubo una amenaza de bomba y los viajeros tuvieron que bajar del tren y esconderse en un pasillo subterráneo como si aquello fuese un bombardeo", recordaba el mochilero, como si acabase de regresar de la guerra de Indochina.

Mientras ellos charlaban en el andén, las camareras de la estación francesa aprovecharon para vender baguettes. Lo cierto es que apetecía tomar un cafe au lait, para resistir despierto el resto de la noche.

Por fin, apareció el tren. Aquel debía ser el peor equipamiento ferroviario de la SNCF. Estaba claro que el billete Interrail no daba derecho a un viaje en el veloz TGV pero aquell vagón parecía de los años 50. El mochilero pensó que aquello no era raro porque él estaba acostumbrado a que los trens más lujosos y caros de Alemania fuesen los modelos de compartimento, unas máquinas lentas y desvencijadas. El tren paró en la vía y todos los viajeros, cargados de mochilas, subieron a toda prisa en medio del caos para intentar conseguir sitio.

El mochilero y sus amigos conocían todos los trucos y corrieron por el andén hacia los vagones de cola, lejos de la multitud. Estaban en lo cierto porque, efectivamente, los compartimentos estaban vacíos. Respiraron aliviados cuando subieron y encontraron sitio. En realidad, aquel era un tren italiano. El mochilero reconoció pronto el origen porque los compartimentos de los trenes italianos llevan un gran espejon y miniaturas de arte italiano. Acomodados, ellos cerraron las cortinas y se acomodaron para dormir los cuatro tumbados. No hubo problema para modificar los asientos para que se convertiesen en tumbonas.

Allí estaba José Luis, que había viajado años antes con unos amigos en coche hasta Praga, Javi y su novia Su, excursionistas de toda la vida. Cuando apareció el interventor de la SCNF, éste les confirmó que el tren partía para Milán. Así que durmieron tranquilos.

Grave error. Al salir el sol, el tren cruzaba a gran velocidad la Costa Azul. Allí, el mochilero se reencontró con Mónaco y la roca donde se elevaba el palacio. También estaban las playas habilitadas en zona de roca y diques de hormigón. Lo único que le faltaba era arena.

 El tren tuvo que parar en la frontera entre Italia y Francia. Varios jóvenes italianos vendían desde el andén bebidas frescas y chucherías. Los mochileros se percataron de que vagón se había vaciado y que los últimos pasajeros se apeaban del tren con mucha prisa. Intrigados, los mochilero leyeron horrorizados un cartel que advertía que aquel vagón regresaba a Francia. Una viajera sudamericana que arrastraba su maleta les confirmó las sospechas. Cogieron las mochilas y saltaron a gran velocidad por el andén hasta que alcanzaron un tramo del tren que se dirigía para Italia.

Y el tren partió. El convoy prosiguió su viaje. Las villas italianas eran más modestas que las francesas. La riqueza de un país se podía medir por la limpieza y los colores brillantes. Y por eso, el norte de Italia era más lóbrego que el sur francés, con casas más coloridas. La misma teoría se aplicaba a la limpieza del aire. Quizás, otros emplearían las tablas económicas del PIB, pero el mochilero medía la riqueza de un país por el color de las casas. Por ejemplo, el Tirol austríaco era más rico que el norte italiano porque las viviendas estaban muy bien cuidadas. Algo que se contradecía con los suburbios de Milan, la capital económica de Italia.

(Para continuar la lectura : Editorial Ir Indo) Lo que no cuenta el libro!!! LEER: Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco (Principal)

Milán

Los mochileros no tenían mucho tiempo para perder en Milan y, al apearse en la Stazione Centrale, tomaron rápidamente el Metro hacia el albergue.

Galerías comerciales Enmanuell. EVP El hostal estaba situado en una zona de urbanizaciones. Había gente que aguardaba a que los responsables del albergue abriesen la porta para coger una plaza. Una australiana observó el colgante que lucían José Luis y Su.
Galerías comerciales Enmanuel II (Milán)

El collar era un trisquel o esvástica celta, muy popular entre los jovenes gallegos. Lo curioso es que la australiana también llevaba un trisquel como colgante. Los pendientes de la joven austral también estaban decorados con el mismo símbolo céltico. La chica explicó que sus padres eran irlandeses y, por eso, llevaba joyas celtas que había comprado en Londres mientras pasaba allí dos años trabajando. "Muchos australianos hacen eso", ella explicó.

Por fin, abrieron el albergue y los mochilero, después de reservar plaza, decidieron acompañar a la australiana a visitar el centro.

EVP. Sforza El casco urbano comenzaba en la Stazione Termini y el primer monumento era la inmensa fortaleza Sforza. En el patio se celebraban conciertos y fiestas veraniegas. Había un museo gratuito de la ciudad pero tenía varias armaduras que no llamaban mucho la atención.En el exterior, una secta religiosa que apoyaba la supervivencia de la unidad familiar repartía a los viandantes pequeños vasos con licores italianos. El mochilero, que tenía mucha sed, él hizo varias rondas por aquella calle. Sus amigos le reprendieron por su descaro.
Fortaleza de Sforza (Milán)
" Tengo mucha sed y las bebidas azucaradas son buenas para la fatiga", se justificó, mientras daba un sorbo. Realmente, aquel viaje no se aparecía a aquellos tiempos en los que bebían de las fuentes. (ver Europa I 1994). Pero aún así había que ahorrar pesetas. Al salir de la fortaleza, los mochileros llegaron a la calle Dante, la principal de Milán, llena de cafés y terrazas. Inmediatamente, el mochilero recordó Munich.
Caminaron por la vía Dante hasta llegar al Duomo, la famosa catedral barroca de Milán. En la plaza, los turistas y las modelos de Europa del Este fotografiaban las palomas.
Duomo de Milán
Los carabineri vigilaban de cerca, aunque estos policías parecían más preocupados en reñir a las pandillas de motoristas italianos.

Éstos aparcaban su Vespa en la plaza para observar a los turistas. Las palomas, inevitablemente, recordaban la plaza de San Marcos de Venezia. Después de callejear en busca de una torre, los mochileros y la australiana retornaron al Duomo.

Allí mismo, en una calle a la derecha estaba la Opera de La Scala, muy cutre, y las famosas galerías comerciales de cristal. El mochilero se sintió decepcionado porque pensaba que allí estarían las más famosas tiendas de moda italiana. "Pero si esto es muy cutre. Es mejor el centro comercial de Cuatro Caminos", protestó el mochilero ante tanto lujo y tiendas de escaso prestigio y aburridas. Aunque, arquitectónicamente, la galería comercial era impresionante, con el techo y las bóvedas suntuosamente decoradas. Eran mucho mejores que las de Bruselas. Los mochileros vigilaban de cerca a los italianos, que andaban rondando a las chicas de la pandilla con gran descaro.

La visita a Milán terminó con una cena en una pizzería de comida italiana rápida. La australiana se lamentó porque era demasiado caro para ella. El mochilero reconoció que ahora iban de señoritos. Ellos viajaban ahora sin tener hambre pero tampoco eran turistas gordos que se bebían jarras de cerveza en las terrazas y tomaban fotografías con cámaras digitales. Al día siguiente, un amable italiano orientó a los mochileiros por el Metro hasta la estación de ferrocarril. La siguiente parada estaba en Venezia. Por altavoz, el interventor anunció la partida del tren: "Stazione de Milano, via due". Aquella frase en italiano se convirtió en familiar en las siguientes semanas.

(Para continuar la lectura dirigirse a Editorial Ir Indo) Ir a casa Lo que no cuenta el libro!!! Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco

Venecia

Pero antes ellos debían cruzar el Norte de Italia, por Verona, capital del granito. El paisaje era llano, de color siena, y al fondo las montañas.

Venecia Los campos estaban regados por aspersión y su imagen recordaba los grandes campos de Castilla. Regresar a Venezia impresionó al mochilero, que halló las aguas más limpias y la ciudad más ordenada. Nuevamente, el mochilero quedó impresionado con la imagen de los gondoleros y los vaporettos que navegaban frente a la estación ferroviaria de Santa Luzia. Él pensaba que aquella ciudad era de cuento de hadas. ¡Había que tener mucha imaginación para construir casas en medio de la laguna!
Góndolas en Piazza San Marcos
Esta vez, los mochileros durmieron en un hotel barato, cerca de la estación. Por supuesto, la habitación tenía capacidad para cuatro personas acostadas en colchones. En Venezia siempre había sitio para todos.
Luego, ellos aprovecharon toda la tarde para visitar la ciudad y ver el Ponte di Rialto y la piazza de San Marcos. Allí seguían inamovibles los restaurantes de lujo, con las orquestas tocando en la calle melodías románticas de siempre. El mochilero soñó que algún día regresaría como un señor y se sentaría en una terraza a disfrutar de aquella música que tantas veces había oído. Pero ahora, aquella imagen era un lujo. Él tenía suficiente el caso de Eladio y su amigo que viajaron en Interrail por Centroeuropa. Ellos iban sin dinero y, por un día, decidieron darse un capricho.
Piazza de San Marcos

Se sentaron en la terraza del pianista de San Marcos y pidieron al camarero un un agua mineral, la consumición más barata que había en la carta. Casi sufren un infarto al leer la cuenta: 2.000 pesetas (12 euros).

Tras conocer aquella experiencia, los mochileros sabían que aquellas terrazas eran tabú para un cutre. Aquellas 2.000 pesetas eran suficientes para pagar cuatro comidas en un cadena de comida rápida..

Eso les recordó que tenían que comer. Pronto buscaron un MacDonalds. Había mucha cola y los turistas checos protestaban porque el dependiente se hacía el remolón. Éste replicaba a los clientes eslavos que él no entendía el inglés. Esto era una gran mentira. El checo se cansó de esperar a que le sirvieran las hamburguesas y él vio como el mochilero con gran tranquilidad se adelantaba en la cola para pedir más sobres de kepchup. El turista protestó, indignado, mientras que el dependiente se encogía de hombros. Indignado, el checo se dirigió a su familia y amigos y se fueron a otro lado. "¡Esto es un insulto! ¡No queremos nada vuestro!", dijeron desde la puerta. El mochilero sospechó que los europeos del Este no eran apreciados en Italia.

Después, de noche, el mochilero telefoneó a su amiga austríaca Gabi. Él quería visitarla en Villach, en la frontera entre Eslovenia, Austria e Italia. Mientras, los amigos continuaría la visita a Venecia. Al día siguiente, por la mañana, el mochilero se despidió de sus amigos: "Nos volveremos a ver dentro de dos días en el andén 1 de la Estación Termini de Roma", dijo. Ahora, el tren surcaba el Norte de Italia, Trento, ciudad que perteneció a Austria hasta el siglo pasado. Aquello se podía apreciar en la arquitectura de las casas: la simplicidad italiana de piedra y cal fue sustituida por la construcción en madeira.

(Para continuar la lectura dirigirse a Editorial Ir Indo) Ir a casa Lo que no cuenta el libro!!! Leer: Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco

Los Alpes Austríacos

El tren quedaba enano ante los imponentes Alpes Italianos. Villach, ciudad de la región de Carintia, estaba a veinte kilómetros más allá de la frontera italiana.

Alpes en Carintia (Austria) El mochilero consideró prudente repasar sus conocimientos de alemán. En apenas tres días, el viajero había cambiado el gallego por el español, francés, italiano y ahora alemán.
Lagos de Carintia y Alpes al fondo

Aquello era mucho cambio. Y porque, finalmente, decidió no viajar a Eslovenia.

El cambio de paisaje entre Villach e Italia era abismal. Aquella era una villa muy cuidada, con casas de colores. Estaba todo milimétricamente diseñado. Nuevamente, por instinto, el mochilero comenzó a respetar los pasos de cebra. Él se percató pronto de que, al igual que en Viena, se sentía como un criminal si cruzaba un semáforo con luz roja para los peatones. La villa estaba de fiesta y las calles las cortaron al tráfico para instalar locales de atracción.

El mochilero, tras dar innumerables rodeos, preguntó por la oficina de información turística y acabó por entrar en una Casa de Cultura. Éste explicó que buscaba un YH. La atractiva directora se ofreció a llevarlo en coche porque le quedaba de camino. El mochilero explicó en inglés los motivos que le llevaron a visitar Villach mientras la mujer conducía y protestaba por el tráfico durante los días de fiesta.

- Así que usted viene del Norte de España. Yo siempre quise visitar el mar, porque en esta ciudad me siento atrapada.

El mochilero replicó que Villach también era bonito. Él le preguntó a la austríaca si una visita a Eslovenia podía ser interesante.

- Está mejor Croacia, pero sólo al Norte porque las carreteras del resto del país aún están sin reparar después de la guerra.

- Para mí, la ciudad más bonita del mundo es Venecia.

- No lo creo. Está muy sucia; replicó la directora de la Casa de Cultura, mientras ella aparcaba en el YH.

Y ella añadió: "Estamos de fiesta y el albergue estará lleno. Si usted tiene algún problema para encontrar plaza puede alojarse en mi casa".

El mochilero agradeció la oferta pero él no quería abusar de la hospitalidad de aquella atractiva y educada fraulein. Así que se despidió y probó suerte en el IYHF. Dentro había varios miembros del coro de la iglesia y un viejo tirolés. Éste último criticó al mochilero por parecer cansado al cargar una mochila pequeña y poco pesada. Después de encontrar litera, el mochilero paseó por el pueblo austríaco, en plenas fiestas.

Él tenía que hacer tiempo hasta el día siguiente, cuando él había quedado en encontrarse con su amiga Gabi. Por la calle había muchos grupos de titiriteros, músicos eslavos vestidos de cíngaros que tocaban una bandurria gigante y triangular. Aquello era muy divertido y el mochilero tenía ganas de beber una cerveza fresca y espumosa acompañada de unas salchichas blancas.Pero él entró en un McDonalds, algo más práctico y barato.

Al salir, el volvió a sumarse a la multitud de curiosos que rodeaban a los músicos ambulantes. Él también observó a unas chicas vestidas de negro que bailaban flamenco pero sin armonía. Aquella danza era improvisado. Los escasos curiosos ni les dejaban propina. El mochilero incluso pensó que el número de flamenco era ilegal y que aquellas bailaoras no tenían permiso para actuar.

Festival de Villach
Ellas parecían unas turistas o estudiantes que observaron al resto de los grupos y, espontáneamente, se pusieron a bailar sin ensaiar. Estaban equivocadas si ellas creían que iban a ganar muchas propinas. Además, las bailaoras eran genuinas andaluzas y, lógicamente, tenían muy mal genio. Por ello, el mochilero prefirió callar y ocultar que era un compatriota.Los españoles eran fáciles de conocer por sus ruidosos "espectáculos".

Cansado, el mochilero retornó al albergue. Sus compañeros de habitación hablaban en alemán o ruso.

Al día siguiente, el mochilero y Gabi visitaron la ciudad. Ellos subieron al campanario de la iglesia principal desde la que él veía todo el río y las montañas.

- Aquel pico separa Italia, Eslovenia e Austria. Cada porción de montaña pertenece a un país.

Luego, los padres de Gabi llevaron en coche al mochilero hasta un castillo privado donde ellos podían divisar todo el valle y los principales lagos de la zona. Uno de ellos tenía un castillo donde se rodaba el culebrón televisivo más sonado de Austria, ambientado en la época nazi. El mochilero, al ver aquel turístico lago, se acordaba de Ginebra. Los austríacos invitaron a todas las bebidas al mochilero y este, agradecido, les correspondió. Sus anfitriones querían cenar porque eran las ocho de la tarde y anochecía. Desde uno de los castillos se podía ver un lago verde y todo el valle.

"¿A qué hora se cena en España?", preguntó la familia austríaca. "A las diez de la noche", contestó el mochilero ante la sorpresa de sus anfitriones. En la cena, el mochilero pudo degustar un zumo de grosella que Gabi recogía en el bosque.

Por la noche, Gabi y el mochilero regresaron al centro para ver las fiestas. Una señora vendía galletas en forma de corazón y con la leyenda en alemán "Recuerdos para...". Gabi explicó que las galletas eran típicas de Austria: "Se dan a una persona que se quiere". El mochilero puso cara de póker y replicó: "Cogeré este que dice: Recuerdos desde Villach". Y pensó: "Si tengo hambre, cuando visite Grecia, podré comerme la galleta para sobrevivir".

Milán, Venecia, Grecia, Turquía y el Tirol austríaco

De Roma a Atenas

Él pensaba que aquellos días idílicos en Austria se acababan y llegaba la hora de volver a Roma, cruzar el mar hasta Grecia y continuar el viaje hacia Turquía. Gabi se despidió a medianoche y el mochilero quedó en el andén aguardando el tren que lo llevaría a la capital italiana.

El ferrocarril procedía de Viena y estaba lleno por lo que el viajero optó por meterse en un compartimento de seis personas, junto a una pareja norteamericana y unos jóvenes afroamericanos. El mochilero tuvo que dejar su equipaje en el pasillo y lo vigiló toda la noche.
Foro de Roma

"No tengo muchas pertenencias pero no quisiera que me roben la mochila", pensó él. Los afroamericanos no paraban de mirar por la cortinilla a medida que el tren se acercaba a la frontera. El mochilero pensó que ellos querían ocultar algo porque cambiaban algo de unas bolsas a otras. Poco después llegó la policía italiana con perros que olían la droga. Los guardias pidieron la documentación a los negros mientras registraban la primera bolsa. La inspección no dio resultados y los guardias se marcharon.

Los traficantes negros respiraron tranquilos y, pocas paradas después, se apearon con su misteriosa mercancía. El tren llegó a la Estación Termini de Roma a las nueve de la mañana, pero en el andén 1 no había nadie que le esperase. El mochilero tuvo que llamar a sus amigos, que llevaban teléfono móvil, y les dejó recado en el buzón de voz. Un cuarto de hora después ellos aparecieron: "Oimos tu mensaje", dijeron alegres.

Reunidos todos en Roma, tomaron el tren Pendolino hacia Brindisi, un puerto que es obligada escala para los miles de mochileros que desean tomar un ferry para Grecia. El papeleo con las agencias navieras resultó interminable. Tras varias horas de esperar cola, los mochileros embarcaron en el ferry, rumbo al puerto griego de Patras.
Ferry Brindisi (Italia)- Patras (Grecia)
El crucero por el Adriático resultaba desesperadamente lento. Aquella travesía se vio animada por la presencia de delfines y la escala en la isla de Corfu.
Isla de Corfu (Grecia)
Los mochileros, agotados por el calor y el hambre, se amontonaron en un pasillo a dormir la siesta. El viaje por mar hacía que las horas pareciesen siglos. La costa escarpada de Grecia se podía apreciar perfectamente, así como el intenso tráfico de ferries superrápidos.Ni siquiera la lectura permitía vencer el sopor, agrabado por el calor y la fatiga.
Ferry en la ruta a Patras (Grecia)

Y al fin, los mochileros divisaron el puerto griego de Patras, la tercera ciudad del país.

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Larga espera en una pequeña estación de Macedonia

El tren llegó por fin a Grecia. Por la ventana podíamos ver a los soldados turcos, metralleta en mano, vigilando la frontera, siempre alerta, como si temiesen el ataque de un invasor exterior. El vagón comenzaba a cruzar el destartalado puente internacional de hierro y dejaba atrás la verde Turquía con olor a especias.

Gran Bazar. EVP El mochilero comenzó a imaginar una disparatada historia: los griegos invandían el país del té. Los vociferantes taxistas de Atenas irrumpían por aquel puente, que parecía que iba a caer de un momento a otro, e iniciaban el ataque al grito de ¡Paracaló!.
Gran Bazar de Estambul

El mochilero pensó en el conflicto que atormentaba a ambos países en torno a la isla de Chipre. Y bastaba con recordar que ya Marco Polo constatara que los griegos y turcomanos vivían juntos desde el siglo XIII, al menos. Definitivamente, los mochileros abandonaron Turquía cuando apareció pintada en los postes del puente la cruz cristiana blanca y las franjas azules de la bandera griega.El mochilero sintión cierto alivio al volver a Occidente y dejar atrás el país de la canela. Por muy desorganizados que fuesen los griegos, compartían una misma cultura, aún que a decir verdad los turcos también tenían derecho a acceder a la Unión Europea.

En cierto modo, Macedonia era la Irlanda griega. Al contrario que el resto del país, aquella rexión era verde, aunque no tan colorida ni amarilla como la zona turca. Había árboles y campos cultivados, aún que a simple vista parecía un lugar pobre. El mochilero siempre se preguntaba porqué Austria tenía aquellos inmensos campos cerealísticos y los países de alrededor, con las mismas condiciones no lograban igualarlo. Quizás, Adam Smith debería regresar para aclarar el asunto con un segundo tomo sobre La Riqueza de las Naciones.

Los mochileros, que iban sentados todos en el mismo vagón, comenzaron a revolverse en el sito. La pareja de holandeses, que había visto cuando le mostraron el pasaporte al revisor, ya se habían levantado y ahora bajaban sus bártulos. Lo mismo hacían los espías rumanos. Los mochileros les apodaban los espías rumanos porque eran una pareja muy extraña y distante, como si la pequeña mujer de gafas oscuras fuese la jefa y su acompañante un subordinado. Apenas hablaban entre ellos y siempre tenían la mirada vigilante. Y debían ser de Rumanía porque le preguntaron al revisor por un itinerario que terminaba en Bucarest. También recoga sus pertenencias la Irlandesa. El mochilero la denominaba así por sus pecas en la cara y el pelo rubio, aunque más bien podría ser pelirrojo.Su vestido verde inspirado en la moda hippi le daba un inconfundible aire céltico.

Y los suecos también recogían sus mochilas. La chica del pendiente en la nariz despertaba a su acompañante, mientras miraba para el grupo gallego, quienes apuraban el último trago de auga. En su caso, habían salido muy temprano y a toda prisa de Estambul, y ni siquiera habían podido comprar nada para comer. Ni siquera estaba abierto para adquirir unos kebats, aquellos bocadillos calientes de cordero y especias que pronto se convirteron en su dieta habitual en Turquía. A pocos kilómetros de cruzar la frontera, un vendedor ambulante de kebats trataba de convencer a un grupo de adolescentes holandeses para que le compraran sus crepes de cordero. Estos iban en una cesta enrollados uno encima de otro.

El comerciante sacaba un torta y la enrollaba como si fuese una filloa rellena. Desprendían un olor muy fuerte a especies, tanto que abrían el apetito a los gallegos, hambrientos y por encima, alguno que otro con diarrea. Era difícil decidirse, aunque aún les debían quedar en los bolsillos algún que otro millón de liras turcas y podía ser la oportunidad de tomar algo. El vendedor ambulante, bajo y de mostacho, consiguió hacer el día con los muchachos holandeses. Uno de ellos se animó a comprair varias tortas pese a la pinta del vendedor. También apareció el revisor del viaje anterior, aquel que bromeaba con unos chicos turcos, hijos de emigrantes en Francia y que retornaban a su país. El revisor miraba para las turistas extranjeras y bromeaba con sus compatriotas emigrantes.

El tren paró en un pueblo perdido en la frontera turca cubierta de polvo, con un depósito elevado de agua y, lo más importante, algunas tiendas. El sol seguía azotando la pista de tierra, donde se oía el canto de las cigarras. Rápidamente cambiaron las prioridades de los mochileros. La idea era ir en busca de algo que comer para el resto del día. Compraron unas chucherías en un ultramarinos y con eso podían aguantar el resto del día. El vendedor se desvaneció.

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