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El mochilero y sus amigos
esperaban sentados encima de la mochila en el andén de
la estación francesa posterior a Port Bou. En Barcelona, ellos
habían consultado erróneamente los horarios, por lo que perdieron
un tren rápido a Milan. Ahora, tenían que conformarse con pasar la
noche en el andén. |
| Paseo marítimo
del Principado de Mónaco |
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La plataforma estaba repleta de centenares de mochileros
que viajaban con Interrail . Allí había de todo, desde las catequistas
que habían ahorrado para poder viajar a ver al Papa. También había
el grupo de arrastrados sin afeitar ni duchar que viajaban con cuatro
monedas a base de bocadillo y esterilla. Quizás, los mochileros
pertenecían a este último grupo. Lo cierto es que ellos iban preparados
para resistir quince días en Italia, Grecia, Turquía y el sur de
Austria. Había la posibilidad de visitar Eslovenia, cuya costa era
muy turística y no sufría la guerra de Yugoslavia. Aquel iba a ser
un viaje en verano y con calor. Por eso, llevaban ropa suelta y
las sandalias sustituían las botas de goretex.
El tren de SCNF, destino Milán,
llegaba con mucho retraso y los mochileros estaban impacientes.
"Pero no decían que era tan bueno el transporte francés?", protestaban.
Por altavoz, el jefe de la estación explicó que había un incendio
el monte y que el tren estaba allí parado. "Sois unos llorones.
Esto no es nada comparado con un viaje de Paris a Barcelona. Aquello
fue después de un atentado árabe en el Metro de París. Las estaciones
estaban vigiladas por los policía judicial y ellos explotaban todas
las maletas sospechosas que hallaban en las taquillas. Después,
hubo una amenaza de bomba y los viajeros tuvieron que bajar del
tren y esconderse en un pasillo subterráneo como si aquello fuese
un bombardeo", recordaba el mochilero, como si acabase de regresar
de la guerra de Indochina.
Mientras ellos charlaban en el andén,
las camareras de la estación francesa aprovecharon para vender baguettes.
Lo cierto es que apetecía tomar un cafe au lait, para resistir
despierto el resto de la noche.
Por fin, apareció el tren. Aquel debía
ser el peor equipamiento ferroviario de la SNCF. Estaba claro
que el billete Interrail no daba derecho a un viaje en el veloz
TGV pero aquell vagón parecía de los años 50. El mochilero pensó
que aquello no era raro porque él estaba acostumbrado a que los
trens más lujosos y caros de Alemania fuesen los modelos de compartimento,
unas máquinas lentas y desvencijadas. El tren paró en la vía y todos
los viajeros, cargados de mochilas, subieron a toda prisa en medio
del caos para intentar conseguir sitio.
El mochilero y sus amigos conocían
todos los trucos y corrieron por el andén hacia los vagones de cola,
lejos de la multitud. Estaban en lo cierto porque, efectivamente,
los compartimentos estaban vacíos. Respiraron aliviados cuando subieron
y encontraron sitio. En realidad, aquel era un tren italiano. El
mochilero reconoció pronto el origen porque los compartimentos de
los trenes italianos llevan un gran espejon y miniaturas de arte
italiano. Acomodados, ellos cerraron las cortinas y se acomodaron
para dormir los cuatro tumbados. No hubo problema para modificar
los asientos para que se convertiesen en tumbonas.
Allí estaba José Luis, que había viajado
años antes con unos amigos en coche hasta Praga, Javi y su
novia Su, excursionistas de toda la vida. Cuando apareció el interventor
de la SCNF, éste les confirmó que el tren partía para Milán. Así
que durmieron tranquilos.
Grave error. Al salir el sol, el tren
cruzaba a gran velocidad la Costa Azul. Allí, el mochilero
se reencontró con Mónaco y la roca donde se elevaba el palacio.
También estaban las playas habilitadas en zona de roca y diques
de hormigón. Lo único que le faltaba era arena.
El tren tuvo que parar en la
frontera entre Italia y Francia. Varios jóvenes italianos
vendían desde el andén bebidas frescas y chucherías. Los mochileros
se percataron de que vagón se había vaciado y que los últimos pasajeros
se apeaban del tren con mucha prisa. Intrigados, los mochilero leyeron
horrorizados un cartel que advertía que aquel vagón regresaba a
Francia. Una viajera sudamericana que arrastraba su maleta les confirmó
las sospechas. Cogieron las mochilas y saltaron a gran velocidad
por el andén hasta que alcanzaron un tramo del tren que se dirigía
para Italia.
Y el tren partió. El convoy prosiguió
su viaje. Las villas italianas eran más modestas que las francesas.
La riqueza de un país se podía medir por la limpieza y los colores
brillantes. Y por eso, el norte de Italia era más lóbrego que el
sur francés, con casas más coloridas. La misma teoría se aplicaba
a la limpieza del aire. Quizás, otros emplearían las tablas económicas
del PIB, pero el mochilero medía la riqueza de un país por el color
de las casas. Por ejemplo, el Tirol austríaco era más rico que el
norte italiano porque las viviendas estaban muy bien cuidadas. Algo
que se contradecía con los suburbios de Milan, la capital económica
de Italia.
(Para
continuar la lectura : Editorial
Ir Indo) Lo que
no cuenta el libro!!! LEER: Milán, Venecia,
Grecia, Turquía y el Tirol
austríaco (Principal)
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Milán
Los mochileros no tenían mucho tiempo
para perder en Milan y, al apearse en la Stazione Centrale, tomaron
rápidamente el Metro hacia el albergue.
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El hostal estaba situado
en una zona de urbanizaciones. Había gente que aguardaba a que
los responsables del albergue abriesen la porta para coger una
plaza. Una australiana observó el colgante que lucían
José Luis y Su. |
| Galerías comerciales
Enmanuel II (Milán) |
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El collar era un trisquel o esvástica celta, muy popular entre
los jovenes gallegos. Lo curioso es que la australiana también llevaba
un trisquel como colgante. Los pendientes de la joven austral también
estaban decorados con el mismo símbolo céltico. La chica explicó
que sus padres eran irlandeses y, por eso, llevaba joyas celtas
que había comprado en Londres mientras pasaba allí dos años trabajando.
"Muchos australianos hacen eso", ella explicó.
Por fin, abrieron el albergue y los mochilero, después de reservar
plaza, decidieron acompañar a la australiana a visitar el centro.
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El casco urbano comenzaba
en la Stazione Termini y el primer monumento era la inmensa
fortaleza Sforza. En el patio se celebraban conciertos
y fiestas veraniegas. Había un museo gratuito de la ciudad pero
tenía varias armaduras que no llamaban mucho la atención.En
el exterior, una secta religiosa que apoyaba la supervivencia
de la unidad familiar repartía a los viandantes pequeños vasos
con licores italianos. El mochilero, que tenía mucha sed, él
hizo varias rondas por aquella calle. Sus amigos le reprendieron
por su descaro. |
| Fortaleza de Sforza
(Milán) |
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| " Tengo mucha sed y las bebidas azucaradas son buenas
para la fatiga", se justificó, mientras daba un sorbo. Realmente,
aquel viaje no se aparecía a aquellos tiempos en los que bebían de
las fuentes. (ver
Europa I 1994). Pero aún así había que ahorrar pesetas.
Al salir de la fortaleza, los mochileros llegaron a la calle Dante,
la principal de Milán, llena de cafés y terrazas. Inmediatamente,
el mochilero recordó Munich. |
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Caminaron por la vía
Dante hasta llegar al Duomo, la famosa catedral barroca de Milán.
En la plaza, los turistas y las modelos de Europa del Este fotografiaban
las palomas. |
| Duomo de Milán |
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| Los carabineri vigilaban de cerca, aunque estos policías
parecían más preocupados en reñir a las pandillas de motoristas italianos.
Éstos aparcaban su Vespa en la plaza para observar
a los turistas. Las palomas, inevitablemente, recordaban la plaza
de San Marcos de Venezia. Después de callejear en busca de una torre,
los mochileros y la australiana retornaron al Duomo.
Allí mismo, en una calle a la derecha
estaba la Opera de La Scala, muy cutre, y las famosas galerías comerciales
de cristal. El mochilero se sintió decepcionado porque pensaba
que allí estarían las más famosas tiendas de moda italiana. "Pero
si esto es muy cutre. Es mejor el centro comercial de Cuatro Caminos",
protestó el mochilero ante tanto lujo y tiendas de escaso prestigio
y aburridas. Aunque, arquitectónicamente, la galería comercial era
impresionante, con el techo y las bóvedas suntuosamente decoradas.
Eran mucho mejores que las de Bruselas. Los mochileros vigilaban
de cerca a los italianos, que andaban rondando a las chicas de la
pandilla con gran descaro.
La visita a Milán terminó con una cena
en una pizzería de comida italiana rápida. La australiana
se lamentó porque era demasiado caro para ella. El mochilero reconoció
que ahora iban de señoritos. Ellos viajaban ahora sin tener hambre
pero tampoco eran turistas gordos que se bebían jarras de cerveza
en las terrazas y tomaban fotografías con cámaras digitales. Al
día siguiente, un amable italiano orientó a los mochileiros por
el Metro hasta la estación de ferrocarril. La siguiente parada estaba
en Venezia. Por altavoz, el interventor anunció la partida del tren:
"Stazione de Milano, via due". Aquella frase en italiano se convirtió
en familiar en las siguientes semanas.
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Ir Indo) Ir a casa Lo
que no cuenta el libro!!! Milán,
Venecia, Grecia,
Turquía y el Tirol
austríaco
Venecia
Pero antes ellos debían cruzar el Norte
de Italia, por Verona, capital del granito. El paisaje era llano,
de color siena, y al fondo las montañas.
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Los campos
estaban regados por aspersión y su imagen recordaba los grandes
campos de Castilla. Regresar a Venezia impresionó al
mochilero, que halló las aguas más limpias y la ciudad más ordenada.
Nuevamente, el mochilero quedó impresionado con la imagen de
los gondoleros y los vaporettos que navegaban frente a la estación
ferroviaria de Santa Luzia. Él pensaba que aquella ciudad era
de cuento de hadas. ¡Había que tener mucha imaginación para
construir casas en medio de la laguna! |
| Góndolas
en Piazza San Marcos |
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| Esta vez, los mochileros durmieron en un hotel barato,
cerca de la estación. Por supuesto, la habitación tenía capacidad
para cuatro personas acostadas en colchones. En Venezia siempre había
sitio para todos. |
| Luego, ellos aprovecharon
toda la tarde para visitar la ciudad y ver el Ponte di Rialto
y la piazza de San Marcos. Allí seguían inamovibles los
restaurantes de lujo, con las orquestas tocando en la calle
melodías románticas de siempre. El mochilero soñó que algún
día regresaría como un señor y se sentaría en una terraza a
disfrutar de aquella música que tantas veces había oído. Pero
ahora, aquella imagen era un lujo. Él tenía suficiente el caso
de Eladio y su amigo que viajaron en Interrail por Centroeuropa.
Ellos iban sin dinero y, por un día, decidieron darse un capricho.
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Piazza de San Marcos
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Se sentaron en la terraza del pianista de San Marcos
y pidieron al camarero un un agua mineral, la consumición más barata
que había en la carta. Casi sufren un infarto al leer la cuenta:
2.000 pesetas (12 euros).
Tras conocer aquella experiencia, los mochileros sabían
que aquellas terrazas eran tabú para un cutre. Aquellas 2.000 pesetas
eran suficientes para pagar cuatro comidas en un cadena de comida
rápida..
Eso les recordó que tenían que comer.
Pronto buscaron un MacDonalds. Había mucha cola y los turistas checos
protestaban porque el dependiente se hacía el remolón. Éste
replicaba a los clientes eslavos que él no entendía el inglés. Esto
era una gran mentira. El checo se cansó de esperar a que le sirvieran
las hamburguesas y él vio como el mochilero con gran tranquilidad
se adelantaba en la cola para pedir más sobres de kepchup. El turista
protestó, indignado, mientras que el dependiente se encogía de hombros.
Indignado, el checo se dirigió a su familia y amigos y se fueron
a otro lado. "¡Esto es un insulto! ¡No queremos nada vuestro!",
dijeron desde la puerta. El mochilero sospechó que los europeos
del Este no eran apreciados en Italia.
Después, de noche, el mochilero telefoneó
a su amiga austríaca Gabi. Él quería visitarla en Villach,
en la frontera entre Eslovenia, Austria e Italia. Mientras, los
amigos continuaría la visita a Venecia. Al día siguiente, por la
mañana, el mochilero se despidió de sus amigos: "Nos volveremos
a ver dentro de dos días en el andén 1 de la Estación Termini de
Roma", dijo. Ahora, el tren surcaba el Norte de Italia, Trento,
ciudad que perteneció a Austria hasta el siglo pasado. Aquello se
podía apreciar en la arquitectura de las casas: la simplicidad italiana
de piedra y cal fue sustituida por la construcción en madeira.
(Para
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Ir Indo) Ir a casa Lo
que no cuenta el libro!!! Leer: Milán,
Venecia, Grecia, Turquía
y el Tirol austríaco
Los Alpes Austríacos
El tren quedaba enano ante los imponentes
Alpes Italianos. Villach, ciudad de la región de Carintia, estaba
a veinte kilómetros más allá de la frontera italiana.
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El mochilero consideró
prudente repasar sus conocimientos de alemán. En apenas tres
días, el viajero había cambiado el gallego por el español, francés,
italiano y ahora alemán. |
| Lagos de Carintia
y Alpes al fondo |
Aquello era mucho cambio. Y porque, finalmente, decidió
no viajar a Eslovenia.
El cambio de paisaje entre Villach
e Italia era abismal. Aquella era una villa muy cuidada,
con casas de colores. Estaba todo milimétricamente diseñado. Nuevamente,
por instinto, el mochilero comenzó a respetar los pasos de cebra.
Él se percató pronto de que, al igual que en Viena, se sentía como
un criminal si cruzaba un semáforo con luz roja para los peatones.
La villa estaba de fiesta y las calles las cortaron al tráfico para
instalar locales de atracción.
El mochilero, tras dar innumerables
rodeos, preguntó por la oficina de información turística y acabó
por entrar en una Casa de Cultura. Éste explicó que buscaba
un YH. La atractiva directora se ofreció a llevarlo en coche porque
le quedaba de camino. El mochilero explicó en inglés los motivos
que le llevaron a visitar Villach mientras la mujer conducía y protestaba
por el tráfico durante los días de fiesta.
- Así que usted viene del Norte de
España. Yo siempre quise visitar el mar, porque en esta ciudad me
siento atrapada.
El mochilero replicó que Villach también era bonito.
Él le preguntó a la austríaca si una visita a Eslovenia podía ser
interesante.
- Está mejor Croacia, pero sólo al Norte porque las
carreteras del resto del país aún están sin reparar después de la
guerra.
- Para mí, la ciudad más bonita del mundo es Venecia.
- No lo creo. Está muy sucia; replicó la directora
de la Casa de Cultura, mientras ella aparcaba en el YH.
Y ella añadió: "Estamos de fiesta y el albergue estará
lleno. Si usted tiene algún problema para encontrar plaza puede
alojarse en mi casa".
El mochilero agradeció la oferta pero
él no quería abusar de la hospitalidad de aquella atractiva y educada
fraulein. Así que se despidió y probó suerte en el
IYHF. Dentro había varios miembros del coro de la iglesia y un viejo
tirolés. Éste último criticó al mochilero por parecer cansado al
cargar una mochila pequeña y poco pesada. Después de encontrar litera,
el mochilero paseó por el pueblo austríaco, en plenas fiestas.
Él tenía que hacer tiempo hasta el
día siguiente, cuando él había quedado en encontrarse con
su amiga Gabi. Por la calle había muchos grupos de titiriteros,
músicos eslavos vestidos de cíngaros que tocaban una bandurria gigante
y triangular. Aquello era muy divertido y el mochilero tenía ganas
de beber una cerveza fresca y espumosa acompañada de unas salchichas
blancas.Pero él entró en un McDonalds, algo más práctico y barato.
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Al salir, el volvió a sumarse
a la multitud de curiosos que rodeaban a los músicos ambulantes.
Él también observó a unas chicas vestidas de negro que bailaban
flamenco pero sin armonía. Aquella danza era improvisado.
Los escasos curiosos ni les dejaban propina. El mochilero
incluso pensó que el número de flamenco era ilegal y que aquellas
bailaoras no tenían permiso para actuar.
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| Festival de Villach |
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Ellas parecían unas turistas o estudiantes que observaron
al resto de los grupos y, espontáneamente, se pusieron a bailar
sin ensaiar. Estaban equivocadas si ellas creían que iban a ganar
muchas propinas. Además, las bailaoras eran genuinas andaluzas y,
lógicamente, tenían muy mal genio. Por ello, el mochilero prefirió
callar y ocultar que era un compatriota.Los españoles eran fáciles
de conocer por sus ruidosos "espectáculos".
Cansado, el mochilero retornó al albergue.
Sus compañeros de habitación hablaban en alemán o ruso.
Al día siguiente, el mochilero y Gabi visitaron la
ciudad. Ellos subieron al campanario de la iglesia principal desde
la que él veía todo el río y las montañas.
- Aquel pico separa Italia, Eslovenia
e Austria. Cada porción de montaña pertenece a un país.
Luego, los padres de Gabi llevaron en coche al mochilero
hasta un castillo privado donde ellos podían divisar todo el valle
y los principales lagos de la zona. Uno de ellos tenía un castillo
donde se rodaba el culebrón televisivo más sonado de Austria, ambientado
en la época nazi. El mochilero, al ver aquel turístico lago, se
acordaba de Ginebra. Los austríacos invitaron a todas las bebidas
al mochilero y este, agradecido, les correspondió. Sus anfitriones
querían cenar porque eran las ocho de la tarde y anochecía. Desde
uno de los castillos se podía ver un lago verde y todo el valle.
"¿A qué hora se cena en España?", preguntó
la familia austríaca. "A las diez de la noche", contestó
el mochilero ante la sorpresa de sus anfitriones. En la cena, el
mochilero pudo degustar un zumo de grosella que Gabi recogía en
el bosque.
Por la noche, Gabi y el mochilero regresaron
al centro para ver las fiestas. Una señora vendía galletas
en forma de corazón y con la leyenda en alemán "Recuerdos para...".
Gabi explicó que las galletas eran típicas de Austria: "Se dan a
una persona que se quiere". El mochilero puso cara de póker y replicó:
"Cogeré este que dice: Recuerdos desde Villach". Y pensó: "Si tengo
hambre, cuando visite Grecia, podré comerme la galleta para sobrevivir".
Milán,
Venecia, Grecia, Turquía
y el Tirol austríaco
De Roma a Atenas
Él pensaba que aquellos días idílicos
en Austria se acababan y llegaba la hora de volver a Roma, cruzar
el mar hasta Grecia y continuar el viaje hacia Turquía. Gabi
se despidió a medianoche y el mochilero quedó en el andén aguardando
el tren que lo llevaría a la capital italiana.
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El ferrocarril procedía
de Viena y estaba lleno por lo que el viajero optó por meterse
en un compartimento de seis personas, junto a una pareja norteamericana
y unos jóvenes afroamericanos. El mochilero tuvo
que dejar su equipaje en el pasillo y lo vigiló toda la noche.
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| Foro de Roma |
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"No tengo muchas pertenencias pero no quisiera que
me roben la mochila", pensó él. Los afroamericanos no paraban de
mirar por la cortinilla a medida que el tren se acercaba a la frontera.
El mochilero pensó que ellos querían ocultar algo porque cambiaban
algo de unas bolsas a otras. Poco después llegó la policía italiana
con perros que olían la droga. Los guardias pidieron la documentación
a los negros mientras registraban la primera bolsa. La inspección
no dio resultados y los guardias se marcharon.
Los traficantes negros respiraron tranquilos
y, pocas paradas después, se apearon con su misteriosa mercancía.
El tren llegó a la Estación Termini de Roma a las nueve de
la mañana, pero en el andén 1 no había nadie que le esperase. El
mochilero tuvo que llamar a sus amigos, que llevaban teléfono móvil,
y les dejó recado en el buzón de voz. Un cuarto de hora después
ellos aparecieron: "Oimos tu mensaje", dijeron alegres.
| Reunidos todos en Roma,
tomaron el tren Pendolino hacia Brindisi, un puerto que es obligada
escala para los miles de mochileros que desean tomar un ferry
para Grecia. El papeleo con las agencias navieras resultó
interminable. Tras varias horas de esperar cola, los mochileros
embarcaron en el ferry, rumbo al puerto griego de Patras. |
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| Ferry Brindisi (Italia)-
Patras (Grecia) |
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El crucero por el Adriático
resultaba desesperadamente lento. Aquella travesía
se vio animada por la presencia de delfines y la escala en la
isla de Corfu. |
| Isla de Corfu (Grecia) |
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Los mochileros, agotados
por el calor y el hambre, se amontonaron en un pasillo a dormir
la siesta. El viaje por mar hacía que las horas
pareciesen siglos. La costa escarpada de Grecia se podía
apreciar perfectamente, así como el intenso tráfico
de ferries superrápidos.Ni siquiera la lectura permitía
vencer el sopor, agrabado por el calor y la fatiga. |
| Ferry en la ruta a Patras (Grecia) |
Y al fin, los mochileros divisaron el puerto griego
de Patras, la tercera ciudad del país.
(Para continuar la lectura dirigirse
a Editorial Ir Indo) Ir
a casa Lo que no cuenta el libro!!! Milán,
Venecia, Grecia,
Turquía y el Tirol
austríaco
Larga espera en una pequeña estación
de Macedonia
El tren llegó por fin a Grecia. Por
la ventana podíamos ver a los soldados turcos, metralleta en mano,
vigilando la frontera, siempre alerta, como si temiesen el ataque
de un invasor exterior. El vagón comenzaba a cruzar el destartalado
puente internacional de hierro y dejaba atrás la verde Turquía con
olor a especias.
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El mochilero comenzó
a imaginar una disparatada historia: los griegos invandían el
país del té. Los vociferantes taxistas de Atenas irrumpían
por aquel puente, que parecía que iba a caer de un momento
a otro, e iniciaban el ataque al grito de ¡Paracaló!. |
| Gran Bazar de Estambul |
El mochilero pensó en el conflicto que atormentaba a ambos
países en torno a la isla de Chipre. Y bastaba con recordar que
ya Marco Polo constatara que los griegos y turcomanos vivían juntos
desde el siglo XIII, al menos. Definitivamente, los mochileros abandonaron
Turquía cuando apareció pintada en los postes del puente
la cruz cristiana blanca y las franjas azules de la bandera griega.El
mochilero sintión cierto alivio al volver a Occidente y dejar
atrás el país de la canela. Por muy desorganizados que fuesen
los griegos, compartían una misma cultura, aún que a decir
verdad los turcos también tenían derecho a acceder a la Unión
Europea.
En cierto modo, Macedonia era la Irlanda
griega. Al contrario que el resto del país, aquella rexión
era verde, aunque no tan colorida ni amarilla como la zona turca.
Había árboles y campos cultivados, aún que a simple vista
parecía un lugar pobre. El mochilero siempre se preguntaba
porqué Austria tenía aquellos inmensos campos cerealísticos
y los países de alrededor, con las mismas condiciones no lograban
igualarlo. Quizás, Adam Smith debería regresar para aclarar el asunto
con un segundo tomo sobre La Riqueza de las Naciones.
Los mochileros, que iban sentados
todos en el mismo vagón, comenzaron a revolverse en el sito.
La pareja de holandeses, que había visto cuando le
mostraron el pasaporte al revisor, ya se habían levantado
y ahora bajaban sus bártulos. Lo mismo hacían los espías rumanos.
Los mochileros les apodaban los espías rumanos porque eran una pareja
muy extraña y distante, como si la pequeña mujer de gafas
oscuras fuese la jefa y su acompañante un subordinado. Apenas hablaban
entre ellos y siempre tenían la mirada vigilante. Y debían
ser de Rumanía porque le preguntaron al revisor por un itinerario
que terminaba en Bucarest. También recoga sus pertenencias la Irlandesa.
El mochilero la denominaba así por sus pecas en la cara y
el pelo rubio, aunque más bien podría ser pelirrojo.Su
vestido verde inspirado en la moda hippi le daba un inconfundible
aire céltico.
Y los suecos también recogían
sus mochilas. La chica del pendiente en la nariz despertaba
a su acompañante, mientras miraba para el grupo gallego, quienes
apuraban el último trago de auga. En su caso, habían
salido muy temprano y a toda prisa de Estambul, y ni siquiera habían
podido comprar nada para comer. Ni siquera estaba abierto para adquirir
unos kebats, aquellos bocadillos calientes de cordero y especias
que pronto se convirteron en su dieta habitual en Turquía. A pocos
kilómetros de cruzar la frontera, un vendedor ambulante de kebats
trataba de convencer a un grupo de adolescentes holandeses para
que le compraran sus crepes de cordero. Estos iban en una cesta
enrollados uno encima de otro.
El comerciante sacaba un torta y la
enrollaba como si fuese una filloa rellena. Desprendían
un olor muy fuerte a especies, tanto que abrían el apetito a los
gallegos, hambrientos y por encima, alguno que otro con diarrea.
Era difícil decidirse, aunque aún les debían quedar en los
bolsillos algún que otro millón de liras turcas y podía ser
la oportunidad de tomar algo. El vendedor ambulante, bajo y de mostacho,
consiguió hacer el día con los muchachos holandeses. Uno
de ellos se animó a comprair varias tortas pese a la pinta
del vendedor. También apareció el revisor del viaje anterior,
aquel que bromeaba con unos chicos turcos, hijos de emigrantes en
Francia y que retornaban a su país. El revisor miraba para las turistas
extranjeras y bromeaba con sus compatriotas emigrantes.
El tren paró en un pueblo perdido
en la frontera turca cubierta de polvo, con un depósito elevado
de agua y, lo más importante, algunas tiendas. El
sol seguía azotando la pista de tierra, donde se oía
el canto de las cigarras. Rápidamente cambiaron las prioridades
de los mochileros. La idea era ir en busca de algo que comer para
el resto del día. Compraron unas chucherías en un ultramarinos y
con eso podían aguantar el resto del día. El vendedor se desvaneció.
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Venecia, Grecia,
Turquía y el Tirol
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