| Escocia
Invierno en Loch Ness
Después visitaron la galería
de arte escocés de Abeerdeen. Los cuadros eran retratos de la época
romántica, con rostros oscuros y apagados. El mochilero recordó
el arte húngaro por su color siniestro. También había obras
de MacIntosh, el diseñador escocés más conocido en el mundo y que
era admirado por su amiga francesa. Sarina explicó que esa noche
estaban invitados a cenar en la casa de una familia escocesa que
vivía en el centro del país, en la Escocia rural. ¡Aquello sí que
era suerte!.
Tomaron el autobús porque el precio
del autobús era prohibitivo. El camino en dirección a Dundee tenía
colinas y la carretera era estrecha y con muchas curvas. Algunas
veces aquel tramo era siniestro, como si el autobús se internase
en un bosque encantado. Quizás hubiera algo de mágico, porque el
mochilero y su amiga debían realizar una parada de autobús en la
villa de Peter Pan, en Kirremur. Las casas podrían pasar por las
del cuento.
La amiga de Sarina, missis Jennifer, les esperaba
para llevarlos en coche a su casa. Estuvieron cerca de un cuarto
de hora circulando por los caminos rurales hasta que llegaron a
una casa de campo, que como en el resto de Escocia tenía un porche
de cristal, seguramente para evitar la lluvia. Saltó para recibirles
un simpático collie. La casa estaba llena de citas en latín escritas
en la pared y que pertenecían al anterior dueño.
El padre de Jennifer, un señor de barba blanca y sonriente
que trabajaba de jefe de un laboratorio de análisis alimentario,
estaba en la cocina preparando la cena. La francesa entregó los
regalos de cortesía: auténtico queso francés, que se sumó en la
mesa al queso de wisky escocés. La cena era una especie de menestra
con crema de lasaña por encima. Estaba muy sabrosa. El mochilero
hablaba un inglés con dificultad, por lo que al hablar con la chica
francesa empleaba el francés. El anfitrión se dio cuenta y preguntó
por el motivo.
-Puede resultarle algo difícil de creer, pero yo estudié
inglés durante 20 años inglés y sólo uno francés, ¡y entiendo mejor
el francés!
-¡Es asombroso!, dijeron Jennifer y mister MacLean.
-Pienso que el francés es fácil para los españoles
porque ambos lenguajes proceden del latín, lo mismo que el latín.
Por eso mismo, para los escandinavos, alemanes u holandeses les
resulta sencillo dominar el inglés.
A la cena se sumó Miss MacLean, que acababa de llegar
de los ensayos de su grupo coral escocés. El señor MacLean dijo
a su mujer:
-Nuestro invitado es amigo de Sarina. Dice que estudió
20 años inglés y que habla mejor el francés en un sólo año de aprendizaje.
La madre mostró su sorpresa y luego añadió hacia su
hija en tono de sugerencia:
-Jennifer también sabe francés. Así que es bueno que
practiques.
El mochilero aprovechó para contar
sus aventuras por Europa. Si alguien le creyera, se podría decir
que la conocía como la palma de su mano. En la comida, Jennifer
explicó al backpackmen que quería visitar toda Escocia. El modo
más barato era salir de Edimburgo, y seguir hacia Glasgow, proseguir
por la costa hasta Oban y llegar hasta Inverness, donde estaba el
lago Loch Ness. En total, seis días. El backpackmen no pudo menos
que regatear.
-Pero si en seis días también me da tiempo a cruzar
hasta Irlanda, visitar Dublín y volver.
-No. No puedes hacer que ves las cosas. Edimburgo
necesita dos días para verse.
Al mochilero, que visitara todo París en dos días,
le daba la risa. Él no se daba cuenta de que el invierno escocés
era tan crudo que a las cinco de la tarde ya era noche cerrada y
no iba a poder ver nada. Éste también explicó que su ilusión era
visitar Loch Ness.
-No vale la pena, no tiene nada. Es un mito para atraer
a los turistas y a los bobos; respondieron sus anfitriones escoceses.
-Pero yo quiero ir personalmente para ver al monstruo;
insitió el mochilero. Jennifer se ría a carcajadas, pensando en
la ingenuidad de su invitado español. Pero la madre recordó lo que
le sucediera a su tío en el Lago Ness. Todos enmudecieron para escuchar
el sobrecogedor relato.
-Mi tío dijo que había visto al monstruo. Este era
grande y oscuro, y tenía muchas escamas.
El mochilero decidió que debía visitar Loch Ness,
definitivamente para ver con sus propios ojos al monstruo. Jennifer
le explicó que en Escocia había lugares más bonitos como Oban, cerca
de la isla de Mull y Iona. Insistió tanto de la belleza de aquella
costa que el backpackmen hubo de anotarlo en su agenda de mala gana.
Después, todos pasaron al salon. Éste era particularmente grande,
con una hoguera automática y tenía colgados en las paredes cuadros
de algunos antepasados escoceses del clan MacLean. También había
un piano.
Mister MacLean dio a probar el mejor whisky de su
casa. Pero el mochilero pensó que, efectivamente, los escoceses
eran tan tacaños como decían porque vertió tan poco wisky que apenas
cubría el fondo del vaso.El señor MacLean explicó a la francesa
y el mochilero que olieran el licor. El aroma era tan fuerte que
parecía que se iban a beber un litro de aguardiente.
Una vez comprobado que era una bebida muy alcohólica,
el señor MacLean les recomendó que sostuvieran con sus manos el
vaso para que el whisky se calentara e hiciera evaporar parte del
alcohol. El backpacker se cansó al rato y al beber un trago se sintió
como si le quemase todo por dentro. Ciertamente, no pasó la prueba
del whisky escocés. La conversación continuó hasta la medianoche
y el mochilero tuvo que contestar a preguntas sobre si el calor
en Sevilla, una ciudad recomendable para visitar, era seca o húmeda.
-Hacen 50 grados en verano, pero creo que no es importante
si el calor era seco o no. Al parecer no era igual y los escoceses
insistieron. Por lógica, pensó el packbackmen, si está en el interior
debería haber calor seco puesto que los efectos benignos del río
Guadalquivir no deben ser importantes. La respuesta satisfizo a
la familia, quienes pensaron que si en Sevilla seprodujese calor
húmedo aquello sería insoportable porque sería como cocerse dentro
de un caldo. Los invitados continuaron hablando de las vacaciones
y los planes de verano. Después, el backpackmen y la francesa fueron
a dormir al cuarto reservado para las visitas.Las camas estaban
dispuestas con una sábana doble (como si fuese un sobre) y por encima
un caliente edredón. Dentro, donde los pies, una bolsa de agua caliente.
En el techo había pegados unos puntos fosforescentes que simulaban
el cielo estrellado. Se veía perfectamente las dos osas, Orión,
la estrella Polar y el Dragón. Realmente, parecía que ambos dormían
a cielo abierto. Los invitados estaban realmente cansados y durmieron
a pierna suelta.
Por la mañana, Jennifer les mostró las montañas de
los alrededores. El backpack y su amiga bretona eran continentales
y , nuevamente, se equivocaron de puerta al acceder al coche. Era
poco fácil acostumbrarse a los volantes en el lado derecho y a entrar
por la puerta derecha.
-Creo que este país está al revés y eso es lo que
me atonta.
-A mi también; reconoció Sarina. El coche se dirigía
ahora por las carreteras comarcales, cerca de Kirriemur. Por la
mañana había nevado pero el quitanieves ya había limpiado la calzada.
De todos modos, era necesario tener cuidado. El paisaje estaba compuesta
por colinas suaves, cubertas de hielo. Era una zona verde pero con
pocos árboles. Jennifer paró el coche cerca de un bosque y los tres
amigos bajaron, junto con el perro de la familia MacLean, que iba
metido en el maleteiro. Los tres subieron por el bosque hacia un
promontorio donde la estudiante escocesa quería mostrar algo.
Mientras pisaban la nieve, el mochilero observó un
hecho asombroso: la neve brillaba con destellos de los colores del
arco iris. Aquello era lo nunca visto. La nieve escocesa emitía
miles de microscópicos cristale que hacían el efecto óptico de estar
pisando nieve de colores. El mochilero comenzó a entender el lenguaje
de los esquimales, quienes emplean decenas de nombres para detallar
la gama del color blanco de la nieve.
Cuando llegaron a la cima, Jennifer les mostró una
torre de piedra, que nadie sabía porqué estaba allí. Realmente,
desde allí los tres amigos pudieron admirar una panorámica increíble.
El mochilero intentó imaginar cuál sería el pasado de aquella torre,
que lo mismo podía ser de homenaje que de vigilancia. No era dificil
ver llegar miles de bravos escoceses en plan Braveheart para luchar
contra sus enemigos ingleses. Jennifer rompió con el misterio cuando
explicó que la torre simplemente era monumento sin ningún tipo de
leyenda oculta. Los tres amigos siguieron su ruta por la campiña
escocesa. Ahora, Jennifer señalaba un castillo y explicó que aquel
espectacular castillo era de la reina de Inglaterra.
-Y su majestad viene alguna vez?
-Nunca.
Después pasaron por una zona donde pastaban las vacas
escocesas que se parecían a los búfalos. También resultaban curiosas
las ovejas de cara negra y lana blanca. Ciertamente, los animales
escoceses eran muy curiosos. Ahora pasaban cerca de un grupo de
hombres y el mochilero preguntó si eran campesinos.
-No, ellos van de caza; respondió Jennifer mientras
sonría cínicamente al ser saludada con efusivo interés por uno de
los cazadores.
Cuando el coche llegó a una vieja mansión victoriana
abandonada, la joven francesa y el mochilero pidieron que parase
el coche para fotografiar la "casa de los fantasmas". Realmente,
daba miedo aquella casa en el monte, rodeada de cuervos. Era como
se allí rodaran la familia Monster o Psicosis.
Luego regresaron a la casa de campo, donde cenaron.
Era una forma de hablar porque en realidad todavía eran las doce
del mediodía y sólo tomaron un pequeno tentempie de pan y queso.
Suficiente para recargar las pilas hasta el momento de cenar, que
sería alrededor de las seis.
El resto de la tarde transcurrió en un laboratorio
de análisis alimentario que dirigía mister MacLean. El backpackmen
y la francesa se colocaron gafas protectoras, que realmente molestaban
a la vista, y ellos atendieron las explicaciones del analista. Allí
había todo tipo de aparatos, inluido el autoclave para centrifugar
las muestras. El mochilero prestó especial atención a los irónicos
comentarios de mister MacLean sobre las hamburguesas.
-Mezclan distintos tipos de carne. A mayoría no pasarían
un control severo; dijo mister MacLean mientras se encogía de hombros.
-Es cierto. Tengo una amiga que trabaja en un Burger
y si les cae una hamburguesa al suelo la recogen y la vuelven a
echar en la plancha ¡Qué asco!; añadió la francesa.
El mochilero asintió tímidamente, mientras reflexionaba
sobre las veces que había insistido para ir a comer a los McDonalds
o a Burger King. Aquello era una rutina en muchos viajes. Luego
recordó el caso de las vacas locas.
-Me cuesta creer que el Reino Unido hubiese sacrificado
dos millones de vacas, tal y como le obligó la EU.
-Sí, el proceso ya está casi finalizado; contestó
el jefe del laboratorio.
-Pues es poco fácil de creer.
-¡Ah, la polemique!; interrumpió la francesa.
El paseo por el laboratorio finalizó y Jennifer retornó
para buscarlos y llevarlos a la estación. El doctor MacLean, que
se movía graciosamente como se ofreciera un vaso de wisky a sus
anfitriones, le propuso hacer prácticas de verano a Sarina. También
se despidió del mochilero:
-Si hace la ruta de seis días por Escocia, puede quedar
esta noche en mi casa, de camino a Edimburgo y así no perderá tiempo.
-Gracias, pero aún no decidí que voy a hacer. Hoy
es hoy, y mañana es mañana; contestó el mochilero, poco convencido
del plan maratoniano que le propusiera Jennifer.
En la estación de autobuses, de camino para Abeerden,
Sarina le preguntó al mochilero si iba a hacer la ruta de Jennifer.
El mochileiro puso expresión de vago y se encogió de hombros. No
tenía ningunas ganas. Para nueve días que iba a pasar en Escocia
los prefería pasar con su amiga.
Pero Sarina insistió:
-Si mañana te vas para Edimburgo, es mejor que salgas
pronto porque después anochece. El mochilero entendió que la francesa
le estaba insinuando que debía marcharse de Aberdeen porque estaba
cansada de él.
Aquello era una despedida a la francesa y replicó
ofendido:
-Bueno, pasaré el resto de mis vacaciones dando vueltas
sólo por Escocia. Y el último día regresaré a Aberdeen para tomar
el avión y decirte Good Bye!.
-¿Decirme Good Bye?; dijo Sarina con cara de pena.
El mochilero se calló para reflexionar y llegó a la
conclusión de que debía haber un malentendido o una confusión, quizás
por el cruce de idiomas, francés e inglés. Sólo llevaba día y medio
en Escocia y su amiga ya le estaba invitando a perderse por medio
del país. Aquello sólo podía ser un error. El resto del viaje de
vuelta en autobus ambos permanecieron callados sin hablarse. A las
seis acordaron tomar el bocadillo que había preparado Sarina.
La francesa decidió confesarse:
-Quizás estoy muy agresiva. Puede ser por los nervios
de la visita al laboratorio, y porque las gafas de protección me
mareaban. Además, es dificil entender el idioma.
-Yo también. De todos modos, tú has sido paciente
conmigo.
- ¿En serio?; preguntó sorprendida la francesa y
luego suspiró aliviada, como si tuviera miedo a ser una mala anfitriona.Y
luego añadió en francés para que no le entendiera el resto de los
viajeros escoceses: "Llevo tres meses en este país y me siento tan
perdida como tú".
El mochilero aceptó las disculpas de su amiga y sólo
le pidió que al día siguiente, antes de que él se marchara a Edimburgo,
le enseñara la playa de Aberdeen porque aún non había visto el Mar
del Norte y sus plataformas petrolíferas.
Al llegar a Aberdeen, la francesa y un amigo de la
misma nacionalidad salieron con el mochilero para enseñarle un auténtico
pub escocés. En el bar, mientras tomaban una cerveza local, los
tres amigos hablaron en francés sobre fútbol, política y mujeres.
Como buenos latinos.
Por la mañana, Sarina, como una buena anfitriona,
le preparó al mochilero un desayuno y le entregó varios bocadillos
para el viaje.
Ella miró por la ventana y dijo:
-Llueve.
(el capítulo continúa en el libro
"Europa na Mochila" (Editorial
Ir Indo)
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