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BRETAGNE (15-30 Agosto 1997)

A Coruña-Santander-San Sebastián. Viaje en coche por el norte de España. Acampada en los campings.

La Roselle-Carnac. Visita a los menhires colocados en fila en la Armórica.

Point de Raz. La escarpada costa de acantilados de la Bretagne.

Saint Maló. Bastión pirata convertido en rica zona turística.

Abadía de Saint Michel. La abadía rodeada de mar. Impresionante la marea.

Normandía (Caen). Las mareas vivas. Restos de bunkers de la WWII.

Ruen. La capital medieval cercana a París. Destrozos de la WWII. Reconstrucción.

París. Visita del Papa en el Bois de Bolougne

Chartres y valle del Loira. Catedral medieval, rios junto a castillos de hadas y campiña. Olor a lavanda.

Puy de Dome (Auvernia). Clemont-Ferrer. Impresionantes volcanes con templos romanos en la cima. Catedral de lava negra o basalto.

Carcasonne. Fortaleza medieval en el sur de olivos. Zona de olivos.

Pirynees y Andorra la Vella. Montañas y valles.

Bélgica

Ferry Londres-Oestende, Bruselas, Brujas, Amberes

Era medianoche. Los mochileros corrían por los andenes de Victoria Station en busca de sus maletas en la consigna. Tenían mucha prisa por tomar el tren de la costa. "Ahora entiendo mejor el inglés. Es suficiente con deducir lo que dicen por el contexto", afirmó uno. El tren viejo que les llevaba para la costa iba a toda velocidad. El vagón estaba repleto de ejecutivos que se bajaban en las grises paradas de las afueras de Londres. Los últimos que quedaron en el vagón fueron unos inmigrantes africanos con los cascos de música a todo volumen. También estaban sentadas en el mismo compartimento dos españolas de Orcasitas que se dedicaban a grabar las voces y sonidos de todo lo que pasaba ante ellas en un cassete.

-No es mala idea. Así, cuando regreses, has guardado sonidos de aeropuertos, estaciones y de la gente y amigos con los que hables.

Cuando los mochileros llegaron a la última estación, la gente salió corriendo como si la persiguiese el demonio o fuese el fin del Milenio. Los pasajeros se peleaban para tomar un taxi o subirse a un autobús de dos plantas que se dirigía al puerto del ferri.

-Mira aquel señor, casi se pega por entrar en el bus. Andan a puñetazos como si no hubiese autobuses para todos. Allí viene otro. ¡Qué histéricos! ¡Si hay para todos!¡Qué prisas! No era para menos. La carrera de “el último es el más tonto” tenía cierta lógica: el ferri contaba con plazas limitadas y los mochileiros tuvieron que esperar tirados en unas esterillas en el suelo de la aduana durante cuatro horas, durmiendo con la cabeza encima de las mochilas. Dos días sin comer y ahora, cansados y desfallecidos. Sencillamente, les dolía todo.

-Llegaremos con mucho retraso a Bruselas. Puede que a esas horas ya no consigamos albergue.

BRUSELAS DE CERVEZAS CON LOS AMIGOS FLAMENCOS

Los backpackers durmieron agotados en una butaca de turista del ferry hasta Oestende. A su lado, un señor gordo de barba blanca se bebía un whisqui, seguramente comprado en el dutty-free. Por la ventana se podía ver el Canal de La Mancha, nada del otro mundo. Tras pasar la aduana belga, los inmigrantes negros fueron obligados a dirigirse por un pasillo mientras que los ciudadanos de la Unión Europeo descendían por una escalera mecánica, con una gran sensación de estar en casa. Bélgica.

Los backpackers subieron a un tren clásico que no era precisamente una máquina de alta tecnología. El color beige de las butacas recordaba a las aventuras de Tintín en el Congo. Los backpackers estaban decepcionados porque Bélgica, durante el verano, era muy triste, con casas muy simples y grises situadas en un terreno absolutamente llano. Aquellas casas parecían dibujadas por un niño. Quizás, lo más bonito fueran los tejados escalonados, que les daban cierto aspecto de cuento de hadas. Como más tarde verían los viajeros, el país tenía otras cosas sorprendentes como la villa de Brujas, en el mismo corazón de Flandes.

La primera impresión se agravó al llegar a la estación central de Bruselas, supercutre y en reformas. Encima había unos carteles que decían que tuviesen cuidado con los carteristas , conocidos como “pickpockets”.

-Yo me imaginaba que la capital de Europa sería otra cosa más moderna.

La sensación de estar perdidos en una ciudad gris y oscura era completa. Además, no había sitio en los albergues. Perdidos, con el mapa, los mochileros discutían sobre donde debían ir. Y. además, tenían mucha hambre. En el primer albergue , el recepcionista, con mucha retranca , les había dicho que sólo había plazas en las habitacións de literas con capacidad para doce personas.

Los mochileros dejaron las mochilas y salieron a buscar otro lugar para reservar al siguiente día. Pero uno de ellos ojeaba el mapa al revés y el otro no hacía más que llevarle la contraria. En ese situación, uno de ellos encontró el sitio, un albergue dedicado a Tintín, el personaje del comic. Hicieron la reserva para el día seguiente y aprovecharon para telefonear una amiga belga que habían conocido en Madrid en su época de estudiantes.

-Quería hablar con Anne-Marie, dijo uno de los backpackers en inglés.

-Elle torna il dominica-, contestó un hombre, posiblemente su padre.

-¿Qué será Dominica?

-¿Seguro que no te has equivocado de casa?

- Dominica, dominica.

- ¡Ah, ya lo sé! ¡Me quiere decir que Anne-Marie vuelve a su casa este domingo! Dominica debe ser domingo en italiano.

-El domingo es mañana. Será suficiente con volver a telefonear para quedar con ella.

Una vez fuera, el estómago les recordó que estaban hambrientos y decidieron comer en cualquier sitio . En la calle principal, cerca de la Praza Mayor, hallaron restaurantes de comida hindú...

- Es que tienen muy mala pinta.

- Habría que probar; además seguramente son baratos. Pero el argumento no les convenció y los backpackers entraron en un MacDonalds. ¡Para qué complicarse! El viaje era muy largo y no podían correr el riesgo de tener una indigestión con comidas exóticas. Había que ir a lo seguro. Por eso, los backpakers se chuparon los dedos manchados de kepchup y hamburguesa. Después de dos días hambrientos, se dieron un atracón con un MacMenú gigante.

-Si ahora nos viesen los compañeros del club de montañismo nos expulsarían. Será mejor que no se enteren.

-Mira, yo tengo hambre y aquí se come rápida. Aunque las patatas las frían con mantequilla.

Una vez saciados, los backpackers estuvieron listos para iniciar la visita por la ciudad, repleta de kebats turcos, moras con chador y miles de turistas.

-Seguro que los turistas con viaje organizado han gastado un montón de dinero en venir hasta aquí y a nosotros nos sale casi gratis; dijeron satisfechos los backpackers. En la Grand Place, el espectáculo de colores era sensacional. La arquitectura era neobarroca y en el suelo había unas alfombras de flores. Después, tendrían que visitar el Manneken Pis, un pequeño querubín que orina y que es el símbolo de la ciudad. Como era verano, todos los días le cambiaban el traje. También habría que mirar la estatua de los deseos, de estilo ArtNoveau. La leyenda asegura que si el turista pasa la mano por el cuerpo de amante dormida, el visitante regresará a Bruselas en el futuro. Después de pasear por el centro urbano, los bakcpackers entraron en las galerías St. Hubert y las calles comerciales. En estos estrechos callejones había incluso restaurantes de paella española. - Mejor que la comida francesa, que tiene nombres raros y te sirven un plato sin apenas comida. También pasearon por el café Metropolitan, la Bolsa y el mercadillo del barrio judio.

Los backpackers hicieron una ruta por los barrios marginales, donde vivían los inmigrantes árabes. Ellos iban atraídos por el olor a aceita de las “ frites” y los “goffres” , puestos a la venta en los chiringuitos de una feria.

Los backpackers fueron al parque botánico, en pleno centro. Aquel recinto de cristal no se parecía a los jardines ingleses. Y las fuentes eran demasiado cutres. Éstas estaban situados en el suelo, posiblemente para facilitar que los perros pudiesen beber. Los backpackers tenían demasiada sed e intentaron llenar sus manos con el agua, sin éxito. - Ojalá hubiera una fuente en buenas condiciones. En los mismos jardines se podían ver, a lo lejos, el Palacio Real. Más allá, quedaban los campos de batalla de Waterloo.

A última hora, los backpackers se internaron en un barrio cercano a la estación central. Era una zona de modernos rascacielos con fachada de cristal que los belgas construyeron después de demoler el barrio chino. Éste aún era peligroso, a juzgar por los siniestros bares, con anuncios luminosos.

- ¡Tanto hablar de Bruselas!. Pues yo no vendría a vivir aquí.

Los backpackerrs realizaron una rápida visita a la zona de pubs y luego se fueron cenar unas latas de conserva y dormir en el albergue. Luego, ellos entraron en la habitación múltiple, donde había muchos otros jóvenes viajeros.

- ¿Seguro que nuestra habitación es aquí? ¡Está lleno de tías! - Debe ser un dormitorio mixto. Yo no voy a hacer preguntas, sólo quiero dormir. Mañana ya nos cambiamos de albergue.

Por la mañana, el backpacker comprobó, efectivamente, que aquello era un dormitorio mixto. Él tuvo que aguardar en el baño a que una chica, envuelta en una toalla, recogiera el champú de la ducha. Él lo único que quería era afeitarse y quitarse el mal olor. Así es Europa.

Los backpackers almorzaron y llevaron las mochilas a otro albergue que habían reservado el día anterior. Por el camino, unos inevitables canadienses (con la bandera de la hoja roja de roble cosida en un lateral de la mochila) confundieron a los backpackers con unos franceses. Ellos les preguntaron por una dirección, tan perdidos coma los backpackers al llegar el primer día.

- Debe ser porque llevo puesto una camiseta de París; por eso ellos creyeron que eramos de Francia.

Brujas y Amberes

Ellos se instalaron en otro albergue, volvieron a telefonear a su amiga Anne-Marie. Ambos acordaron que se encontrarían con ella en Brujas, corazón de Flandes. Y a la hora convenida, Anne-Marie apareció con su “petit ami”, su novio, un joven risueño, rubio y mofletudo.

- Paul habla algo de español e inglés, dijo la belga, mientras mostraba en su jersey una chapa del concierto de verano.

Los backpackers y sus amigos belgas se metieron en un bar para probar las cervezas típicas de cada ciudad. Había en la mesa cuatro jarras, cada una con una clase distinta de cerveza: roja, de cereza, dulce, agria o clara.

- Tenéis que elegir el sabor que más os guste.

- La cerveza de mi pueblo, que es esta, sabe muy ben; indicó Paul con cara inocente. Intentaba influir en el jurado.

Realmente, la cerveza con sabor a cereza sabía muy bien. La invitación valió la pena. Los amigos belgas se despidieron, después de criticar a los holandeses por tacaños en los campings.

Y los backpackers continuaron el viaje en dirección a Amberes. El triángulo Bruselas, Brujas y Amberes era ideal para conocer Bélgica en dos días. La visita a Amberes apenas duró una hora. Esta dinámica ciudad estaba tan cerca de Holanda que parecía otro país. Lo más sorprendente era ver circular a los rabinos judíos en bicicleta, vestidos de negro, con largas barbas y tirabuzones. Aquella era una ciudad totalmente exótica para unos jovenes backpackers españoles.Después de presenciar un torneo de arqueros mediavales con ballesta, los backpackers retornaron a Bruselas.

El regreso fue un viaje aburrido. En Bruselas, los backpackers tomaron una cena rápida con latas de atún y pulpo.

- ¡Qué triste!. Qué viaje más cutre. Me gustaría tener un montón de dinero y vivir en plan de hotel.

- Mejor así que nada. Ahora somos jóvenes y podemos ir de pobres.

La conversación acabó ahí. Al día siguiente, ellos debían madrugar para viajar hasta Holanda.

(Para continuar la lectura dirigirse a Editorial Ir Indo)

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