S. N. Goenka es
un laico hindú nacido en Burma que fue autorizado para ser
maestro de Vipassana (sánscrito, vipashyana), o percepción
interna, meditación, por U Ba Khin, en 1969. En la actualidad
vive cerca de Bombay (India) y enseña también en Occidente. En
su selección, como en el capítulo 3, volvemos a encontrar el
Camino Óctuple dividido en shila, Samadhi y prajna, los
elementos inseparables de un entrenamiento práctico en los que
insistió Buda, que Goenka traduce como conducta moral (shila),
concentración (samadhi) y sabiduría (prajna). Su
descripción del Camino Óctuple es explícita y detallada y nos
conduce al examen a fondo de las dos formas básicas de la
meditación budista, shamatha-bhavana y vipashyana-bhavana, el
desarrollo de la tranquilidad y el desarrollo de la percepción
interior. La primera está basada en el significado de la
respiración que ya encontramos antes, en el capítulo 7. La
segunda comienza con la atención a las sensaciones corporales,
que naturalmente conducen a la directa y concreta comprensión de
los tres rasgos o características de la existencia:
transitoriedad, sufrimiento y ausencia de yo, que hemos estudiado
en términos más conceptuales en capítulos anteriores. Los
escritos de Goenka, con su firme cualidad moral, nos llevan
infaliblemente a una clara y auténtica comprensión del Camino
Óctuple.
EL
ENTRENAMIENTO DE LA CONDUCTA MORAL
Nuestra tarea es
erradicar el sufrimiento erradicando sus causas: ignorancia,
deseos y aversión. Para conseguir este objetivo, Buda
descubrió, siguió y enseñó un camino práctico para este fin
que puede ser conseguido. Llamó a este camino, el Noble Camino
Óctuple.
En cierta
ocasión, cuando se le pidió a Buda que explicara este camino
con palabras sencillas. Buda dijo:
«Abstenerse de todo
hecho nocivo,
realizar los
saludables,
purificar la
mente»,
ésta es la doctrina
de las personas iluminadas.
Ésta es una
exposición muy clara que parece aceptable a todos. Todo el mundo
está de acuerdo en que deben evitarse acciones que son
perjudiciales y realizar las que son beneficiosas. Pero, ¿cómo
definir lo que es beneficioso o dañoso, saludable o nocivo? Al
tratar de hacerlo así, confiamos y nos basamos en nuestros
puntos de vista, en nuestras creencias tradicionales, en nuestras
preferencias y prejuicios y, en consecuencia, producimos
definiciones estrechas y sectarias que son aceptables para
algunos pero inaceptables para otros. En vez de esa
interpretación tan estrecha, Buda ofrece una definición universal
de lo nocivo y lo saludable, de la piedad y el pecado. Toda
acción que hace daño a otros, que perturba su paz y su armonía
es una acción pecaminosa, nociva. Toda acción que ayuda a
otros, que contribuye a su paz y armonía, es una acción piadosa,
una acción beneficiosa. Más aún, la mente se purifica
verdaderamente no mediante la celebración de ceremonias religiosas
o ejercicios intelectuales, sino experimentando directamente la
propia realidad y trabajando sistemáticamente para apartar las
condiciones que dan auge al sufrimiento.
El Noble Camino
Octuple, puede ser dividido en tres estadios de entrenamiento: shila,
samadhi y prajna. Shila es la práctica moral, el
abstenerse de toda acción nociva corporal o verbal. Samadhi es
la práctica de la concentración, el desarrollo de la habilidad
de lograr nuestro proceso mental. Prajna es la sabiduría,
el desarrollo de la purificación dentro de nuestra propia
naturaleza. El valor de la práctica moral
Todo aquel que
desee practicar el Dharma tiene que comenzar practicando el
shila. Éste es el primer paso sin el cual no se puede avanzar.
Tenemos que abstenemos de todas las acciones, de todas las
palabras y hechos, que dañen a otras personas. Esto es fácil de
entender, la sociedad requiere también esta conducta para evitar
su desorganización. Pero de hecho nosotros debemos abstenemos de
esas acciones no sólo porque perjudican a otros sino, además,
porque nos perjudican a nosotros mismos. Es imposible cometer una
acción nociva insultar, matar, robar o violar sin
crear una gran agitación en la mente, gran anhelo y aversión.
Ese instante de deseo o aversión nos trae infelicidad en ese
momento y más en el futuro.
Existe otra
razón para emprender la práctica del shila. Deseamos
examinarnos a nosotros mismos para conseguir ver en las
profundidades de nuestra realidad. Para hacer eso se requiere una
mente muy tranquila y en gran calma. Es imposible ver en las
profundidades de un estanque cuando sus aguas son turbulentas o
están agitadas. La introspección requiere una mente tranquila,
libre de agitación. En el momento en que se comete una acción
nociva, la mente se inunda de agitación. Sólo si nos abstenemos
de toda acción corporal o verbal nocivas, le damos a la mente la
oportunidad de estar en una situación de paz para que la
introspección pueda producirse.
Hay todavía
otra razón más por la que shila resulta esencial: quien
practica el Dharma trabaja por el definitivo objetivo de su
liberación del sufrimiento. Mientras realiza esta tarea no puede
verse envuelto en acciones que reforzarían los hábitos mentales
que busca erradicar Toda acción que daña a otros llega,
necesariamente, acompañada de deseos, aversión e ignorancia.
Continuar con esas acciones es dar dos pasos hacia atrás en la
senda, que impiden el menor progreso hacia el objetivo.
Shila es
necesario no sólo por el bien de la sociedad sino también por
el bien de cada uno de sus miembros no sólo por el bien mundanal
de una persona sino para su progreso en la senda del Dharma.
Las tres partes
del Noble Camino Óctuple consisten en practicar el shila: la
recta palabra, la recta acción y la recta forma de vida
La recta palabra
El hablar debe ser puro
y beneficioso. La pureza se consigue apartando la impureza, y
para ello debemos comprender que constituye el hablar impuro. Tal
actitud incluye el decir mentiras, es decir; decir más o menos
que la verdad; llevar rumores que causen malestar en los amigos;
difamación y calumnia; decir palabras malsonantes que puedan
molestar a los demás y que no tiene efecto beneficioso; el
chismorreo, el hablar de cosas sin importancia que sólo sirven
para malgastar nuestro tiempo y el de otros. El abstenerse de ese
hablar impuro nos deja justamente un hablar correcto.
No se trata
sencillamente de un concepto negativo. Buda explica que quien
practica el hablar correcto,dice la verdad y está
siempre dentro de la verdad, es digno de confianza, fiel y
correcto con los demás. Reconcilia las rencillas y anima la
unidad. Goza con la armonía, busca la armonía y crea armonía
con sus palabras. Su hablar es amable, placentero, grato al
oído, cordial, cortés, agradable y produce disfrute a muchos.
Habla en el momento oportuno, de acuerdo con los hechos, con lo
que puede servir de ayuda, acorde con el Dharma y con el Código
de Conducta. Sus palabras son dignas de ser recordadas, pausadas,
bien razonadas, bien elegidas y constructivas.
La recta
acción
También las acciones
tienen que ser puras. Como con el hablar, tenemos que comprender
qué constituye una acción impura para que podamos abstenemos de
ella. Tales acciones incluyen matar a una criatura viva; robar;
conducta sexual indeseable, por ejemplo la violación o el
adulterio; embriaguez, perder los sentidos hasta el punto de no
saber lo que se hace o lo que se dice. Si se evitan esas cuatro
acciones impuras, no nos quedan sino acciones correctas y
beneficiosas.
Tampoco éste
es sólo un concepto negativo. Al describir a quien practica el
actuar físico correcto Buda dijo: Abandonando la vara y la
espada cuida de no causar daño a nadie, lleno de amabilidad,
buscando el bien de todas las criaturas vivas, libre de sigilo,
él mismo vive como un ser puro.
Los
preceptos
Para la gente
corriente, involucrada en la vida mundana, el camino para mejorar
el hablar correctamente y el actuar correctamente radica en la
práctica de los cinco preceptos siguientes:
1)Abstenerse de matar
a cualquier criatura viviente;
2)Abstenerse de
robar;
3)Abstenerse de
llevar una conducta sexual reprobable;
4)Abstenerse de
dar falso testimonio;
5)Abstenerse
de embriagarse.
Estos cinco preceptos
son el mínimo esencial necesario para una conducta moral. Tienen
que ser seguidos por todo aquel que desee practicar el Dharma.
La recta
forma de vida
Cada persona debe tener
un medio apropiado de mantenerse a sí misma. Hay dos criterios
para vivir correctamente. En nuestro trabajo no debe ser
necesario romper con los cinco preceptos porque eso, obviamente,
causaría daño a otros. Pero, más aún, no se debe hacer nada
que aliente a otros a romper los preceptos, puesto que eso
también causaría daño. Ni directa ni indirectamente nuestros
medios de vida deben incluir la injuria contra otros seres. Por
esa razón toda profesión que requiera causar la muerte a seres
humanos o animales no es, claramente, una forma de ganarse la
vida correctamente. Pero incluso si esa muerte es causada por
otros y uno simplemente comercia o trata con los animales
matados, sus pieles, su carne, sus huesos, etc., ésa no es una
forma correcta de ganarse la vida, porque uno depende de la
acción mala o incorrecta de otros, Vender bebidas alcohólicas u
otras drogas puede resultar económicamente muy provechoso, pero
incluso si uno se abstiene de su consumo, el acto de venderlas
anima a otros a utilizarlas y, con ello, a hacerse daño a sí
mismos. Dirigir un casino de juego, puede ser muy lucrativo pero
todos aquellos que llegan para jugar se hacen daño a sí mismos.
Vender venenos o armas armas de fuego, municiones, bombas,
misiles, etc., es un buen negocio pero afecta a la paz y
la armonía de multitudes. Ninguna de ésas es una forma correcta
de ganarse la vida.
Incluso si un tipo de
trabajo no perjudica directamente a otros, pero está realizado
con la intención de que otros puedan ser dañados, no es una
forma correcta de ganarse la vida. El médico que espera y
confía en que se produzca una epidemia o el mercader que confía
en una plaga o en el hambre, no practican una forma correcta de
ganarse la vida.
Todo ser humano
forma parte de una sociedad. Cumpliremos nuestras obligaciones
con respecto a la sociedad con el trabajo que hacemos, sirviendo
a nuestros conciudadanos de distintos modos. A cambio de eso
recibimos nuestro salario, nos ganamos la vida. Eso es lo
correcto. Incluso el monje, un recluso, tiene su propio trabajo
con el que se gana las limosnas que recibe: el trabajo de
purificar su mente por su bien y en beneficio de todos. Si
comienza a explotar a otros, engañando a la gente, realizando
actos mágicos o proclamando falsamente haber alcanzado logros
espirituales, no practica una forma correcta de ganarse la vida.
Cualquiera que
sea la remuneración que se nos da a cambio de nuestro trabajo es
para ser usada en nuestra propia manutención y sostén o en el
de nuestros parientes dependientes de nosotros.
Si hay exceso,
al menos una parte de eso que sobra debe ser devuelto a la
sociedad, debe entregarse para que sea utilizado en beneficio de
los demás. Si la intención es jugar un papel útil en la
sociedad para el trabajo que uno haga con el fin de sustentarse a
uno mismo y ayudar a los otros, ésa será la forma correcta de
ganarse la vida.
El
entrenamiento de la Concentración
Con la práctica del shila
intentamos controlar nuestro hablar y nuestras acciones o
actos físicos. Sin embargo, la causa del sufrimiento descansa en
nuestras acciones mentales. No basta simplemente con medir
nuestras palabras y nuestras acciones, porque eso será inútil
si la mente continúa siendo un hervidero de deseos y aversiones,
lo cual nos lleva a acciones mentales nocivas. Actuando de ese
modo contra nosotros mismos nunca podremos ser felices. Más
tarde o más temprano surgirán el deseo y la aversión y
romperemos el shila haciendo daño a los otros y a
nosotros mismos.
Intelectualmente uno puede entender que es incorrecto cometer
acciones nocivas. Al fin y al cabo durante miles de años todas
las religiones han predicado la importancia de la moralidad. Pero
cuando llega la tentación, se sobrepone y se vence a la
mente y uno rompe el shila. Un alcohólico puede saber
perfectamente bien que no debe beber porque el alcohol es
perjudicial para él, pero cuando se presenta el deseo busca la
bebida y se embriaga. No puede controlarse a sí mismo porque no
tiene control sobre su mente. Pero cuando aprenda a cesar de
cometer acciones mentales nocivas, le resultará fácil
contenerse de las acciones físicas y las palabras nocivas.
Puesto que el
problema se origina en la mente, debemos enfrentarnos a él a
nivel mental. Para hacerlo así tenemos que iniciar la práctica
del bhavana literalmente «desarrollo mental»
y en el lenguaje común, meditación... Bhavana incluye
los dos entrenamientos, de concentración (samadhi) y de
sabiduría (prajna). La práctica de la concentración es
llamada también el desarrollo de la intuición (vipashyana-bhavana).
La práctica del bhavana comienza con la
concentración, que es la segunda división del Noble Camino
Óctuple. Es la beneficiosa acción de aprender a adquirir
control de los procesos mentales, a hacerse dueño de la propia
mente. Tres partes del camino óctuple forman parte de este
entrenamiento: el recto esfuerzo, la recta atención y la
recta concentración.
El recto
esfuerzo
El recto esfuerzo es el
primer paso en la práctica del bhavana. La mente es fácilmente
vencida por la ignorancia, fácilmente dominada por el deseo o la
aversión. De algún modo tenemos que fortalecerla para que se
haga firme y estable y llegue a ser un instrumento útil para
examinar nuestra naturaleza a los más sutiles niveles, revelarla
entonces, librarnos de nuestros condicionamientos.
Un médico que
trata de diagnosticar la enfermedad de un paciente, tomará una
muestra de sangre y la colocará en el microscopio. Antes de
examinar la muestra, lo primero que tiene que hacer el doctor es
enfocar el microscopio adecuadamente y fijar el foco. Sólo
entonces es posible inspeccionar la muestra y determinar el
tratamiento apropiado para curar la enfermedad. De modo similar
lo primero que tenemos que hacer para meditar es enfocar la mente
y fijarla y mantenerla en un solo objeto de atención. De ese
modo podemos hacer de ella un instrumento para examinar las
sutiles realidades internas de nosotros mismos.
Buda
prescribió varias técnicas para concentrar la mente, cada una
de ellas adecuada al tipo de persona en particular que se
acercaba a él en busca de entrenamiento. La técnica más
adecuada para explorar la realidad interior, practicada por el
propio Buda, es la de la anapanasazi, «conciencia de la
respiración».
La respiración
es un objeto de atención fácilmente disponible para todos,
porque todos respiramos desde el momento de nuestro nacimiento
hasta el momento de la muerte. Es un objeto de meditación
universalmente accesible y universalmente aceptable. Para
comenzar la práctica del bhavana, los meditadores deben
sentarse, adoptar una postura cómoda, erguida, y cerrar los
ojos. Deben estar en una estancia silenciosa, tranquila, con poco
que pueda distraer su atención. Volviéndose desde el mundo
exterior al mundo de dentro, deben descubrir que la más
destacada actividad es su propia respiración; consecuentemente
deben concentrar su atención en ese objeto: la respiración que
entra y sale por nuestras narices.
No se trata de
un ejercicio respiratorio; es un ejercicio de la conciencia. El
esfuerzo no va dirigido a controlar la respiración sino a seguir
conscientes de ella, de cómo es naturalmente: larga o corta,
pesada o ligera, burda o sutil. Durante el máximo de tiempo se
fija la atención en la respiración, sin permitirse que alguna
distracción rompa la cadena de la conciencia.
Como meditadores
enseguida nos daremos cuenta de lo difícil que esto resulta. Tan
pronto como intentamos mantener la mente fija en la respiración
comenzamos a preocuparnos sobre un dolor que sentimos en las
piernas. Tan pronto como intentamos suprimir todos los
pensamientos que nos distraen, miles de cosas entran en nuestra
mente, recuerdos, proyectos, esperanzas, miedos. Alguno de ellos
capta nuestra atención y al cabo de algún tiempo nos damos
cuenta de que nos hemos olvidado por completo de la respiración.
Comenzamos de nuevo con determinación renovada y de nuevo, al
cabo de poco tiempo, nos damos cuenta de que nos hemos deslizado
fuera del control respiratorio, sin que nos hayamos dado cuenta
de ello.
¿Quién ejerce
el control aquí? Tan pronto como uno comienza este ejercicio
queda muy en claro, rápidamente, que la mente está fuera de
control. Como un niño mimado que trata de coger un juguete y
después otro distinto, la mente continúa yendo de un
pensamiento a otro, de un objeto de atención a otro, alejándose
de la realidad.
Éste es un
hábito mental profundamente arraigado; eso es lo que hemos
venido haciendo a lo largo de toda nuestra vida. Pero tan pronto
como empezamos a investigar nuestra auténtica naturaleza, la
carrera tiene que detenerse. Tenemos que cambiar las pautas del
hábito mental y aprender a mantenernos en la realidad.
Comencemos tratando de fijar la atención en la respiración.
Cuando notemos que se ha desviado de este objeto, trataremos, con
paciencia y calma, de fijarla de nuevo en su objetivo: la
respiración. Volveremos a fallar y lo intentaremos una y otra
vez. Siempre igual, sin tensión, sin desánimos, continuaremos
realizando el ejercicio. Al fin y al cabo el hábito de toda una
vida no se cambia en sólo pocos minutos. La tarea requiere una
práctica repetida continuamente, y siempre con paciencia y
calma. Así es como se despierta la conciencia de la realidad.
Ese es el esfuerzo correcto.
Buda prescribe cuatro
tipos de recto esfuerzo:
prevenir que
surjan estados malignos y nocivos;
abandonarlos en el
caso de que hayan surgido;
generar otros
beneficiosos estados que aún no existen;
mantenerlos sin
pausa, haciendo que se desarrollen y alcancen crecimiento total y
perfección.
Practicando la
conciencia de la respiración, practicamos los cuatro rectos
esfuerzos. Estamos sentados y fijamos la atención en la
respiración sin que interfiera ningún otro pensamiento. Al
hacerlo así iniciamos y mantenemos el beneficioso estado de
autoconciencia. Evitamos caer en la distracción, o en la
predisposición a la ausencia mental, o perder de vista la
realidad. Si surge un pensamiento, no debemos seguirlo, sino
volver nuestra atención una vez más a la respiración. De ese
modo desarrollamos la habilidad de la mente para quedar enfocada
en un único objeto y para resistir las distracciones, dos
cualidades esenciales de la concentración.