(Desde
los tres niveles: Poiético, Neutro y Estésico)
Una de las obras
que últimamente me han impactado ha sido esta sinfonía para banda sinfónica
del compositor James Barnes. Normalmente una obra gusta o no gusta solamente
atendiendo al nivel estésico, esto es, desde la recepción, o como mucho al
neutro, pero en este caso lo que me ha llegado al alma ha sido desde el nivel
poiético. Muchas veces una obra musical empieza a gustar, o intentamos
escucharla por primera vez, por una historia, leyenda en muchos casos, que
rodean al compositor, o más concretamente a la pieza en cuestión; pues aquí
tampoco es el caso, ya que esta obra en cuatro movimientos la había escuchado
multitud de veces e incluso he estado a punto de interpretarla en público. Al
encanto que me produjo conocer algo de la obra de este compositor, recogida en 3
CD´s que tengo, también me llamó la atención esta sinfonía por su singular
belleza, pero lo que me ha retorcido el corazón ha sido la idea con que la ha
compuesto, en qué se ha inspirado, sobre todo su tercer movimiento.
James
Barnes es profesor de las Facultades de Bandas, Teoría de la Música y
Composición en la Universidad de Kansas, y da clases de orquestación, arreglos
y composición, a parte de impartir cursos de literatura orquestal y bandística.
Sus obras se interpretan en la práctica totalidad de EE.UU., Canadá, Europa, y
la costa pacífica de Asia. Ha recibido en dos ocasiones el Premio Ostwald de la
Asociación Estadounidense de Directores de Bandas de Música en reconocimiento
a sus excelentes composiciones para Banda sinfónica. Le han concedido también
numerosos premios ASCAP y la Medalla por una Destacada Aportación a la Música.
En los últimos años ha compuesto obras por encargo para las cinco Bandas
militares más importantes de la zona de Washington D.C. Una de las mejores
bandas a nivel mundial, la Tokio Kosei Wind Orchestra, ha grabado 3 CD´s con su
música.
Tras esta pequeña reseña biográfica paso a enfocar la obra desde el
nivel neutro: James Barnes echa aquí mano de todas las armonías y texturas que
están a disposición de un compositor a finales del siglo XX, pero con claros
acentos conservadores en cuanto a armonía, y las encierra en las formas
tradicionales de los movimientos de una sinfonía. El primer movimiento, en Do
menor, tiene forma de sonata modificada con una coda prolongada. El segundo es
una forma A-B-A en la subdominante Fa menor. Las secciones A están compuestas
para instrumentos de viento madera y percusión, y la sección B para metales
con sordina. Al final del movimiento, ambos temas se repiten, pero en un tutti.
El tercer movimiento es exquisito por su simplicidad, y es una fantasía en Re
bemol con la forma A-B-C-A-B-C-Coda. Para lograr cierto equilibrio en el
conjunto, el cuarto movimiento, en Do Mayor, vuelve a tener la forma de sonata.
El primer tema lo exponen las trompas y el segundo es un tema infantil, cargado
como veremos de un gran simbolismo.
Desde el nivel poiético, desde el proceso de elaboración, el propio
compositor declaraba a cerca de su obra: “La Tercera Sinfonía fue un encargo
de la Banda de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos de Washington D.C.. El
director de la banda en aquel momento, el coronel Alan Bonner, me pidió
expresamente una obra capital para bandas de viento. Insistió en que no le
importaba el estilo, la extensión, la dificultad ni ningún otro factor... Me
dio total libertad para componer lo que quisiera. Empecé a trabajar en ella en
serio en un momento muy difícil de mi vida, poco después de la muerte de
nuestra hija Natalie. Esta sinfonía es, de todas las obras que he compuesto en
mi vida, la más extenuante y turbadora para mí desde el punto de vista
emocional. Si tuviera que definirla con una palabra, “Trágica” sería el
adjetivo perfecto.
La obra avanza desde la más profunda oscuridad de la desesperación
hasta la claridad de la realización personal y el júbilo. El primer movimiento
es una pieza llena de frustración, amargura, desesperación y abatimiento (mis
sentimientos personales tras perder a mi hija). El scherzo (segundo
movimiento) rezuma sarcasmo y un cierto tono agridulce, pues trata de la
pomposidad y el engreimiento de algunas personas de este mundo. El tercer
movimiento es una fantasía sobre cómo habría sido mi mundo si Natalie
no hubiera muerto. Es mi modo de despedirme de ella. El finale (cuarto
movimiento) representa el renacer del espíritu y es una reconciliación para
todos nosotros. El segundo tema de este último movimiento se inspira en un
antiguo himno luterano para niños titulado “I am Jesus´ Little Lamb”
(Soy el corderillo de Jesús). Fue el himno que se cantó en el funeral de
Natalie. A los tres días de terminar esta sinfonía, el 25 de Junio de 1994,
nació nuestro hijo Billy. Y si el tercer movimiento lo compuse en recuerdo de
Natalie, se podría decir que el finale lo compuse pensando especialmente
en Billy y en lo dichosos que éramos por haber sido bendecidos con él tras la
trágica muerte de su hermana”.
En este último párrafo aparece un nivel intermedio, que Pelinski lo
denomina poiético-estésico, esto es, desde el proceso de creación de la obra
pero desde el plano de la recepción; cómo se transforma esa música que ha
compuesto en sentimientos que percibe el propio compositor.
Con esta información es con la que se puede uno afrontar a la
escucha, al placer (nivel estésico) por la música en sí, pero viendo esta
obra en su conjunto, es decir, desde los tres niveles.
Ahora uno
comprende ese tono lúgubre del comienzo, los diálogos del tercer movimiento
(oboe, corno inglés, trompa, fagotes, cello), el porqué de las campanas, el
porqué de esa melodía tan mágica iniciada por la trompa, esa melodía
infantil del último movimiento.... En definitiva comprendo porqué esta sinfonía
es así y no de otra manera.
Quizás es este
el mejor ejemplo con el que podía exponer la importancia de ver las obras de
arte (musicales en nuestro caso) desde varias perspectivas con el fin de dar
mayor comprensión a lo que escuchamos y a valorar la obra musical desde un
conocimiento mucho más amplio.