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Mapa Kafkiano de Praga. Por Angelo Mario Ripellino.
Angelo María Ripellino (1923-1978). Novelista y poeta. Lo que transcribo a continuación es un capítulo de su libro Praga mágica (1973). Lo he tomado de la revista mexicana Nexos.
En un cuento titulado "Kafkárna" ("Kafkería"), Bohumil Hrabal se imagina a sí mismo vagabundeando una noche por la ciudad moldaviana y deteniéndose para charlar con una diablesa desdentada que, a la luz de una lámpara de acetileno, da vueltas sobre el fuego a unas salchichas:
Le digo a la vieja:
Señora, ¿ha conocido a Franz Kafka?
Jesús! dijo. Yo soy Kafková Frantiska. Y mi padre era carnicero equino y se llamaba Frantisek Kafka.
El propio Hrabal se mete en la piel del autor de La metamorfosis. En la Plaza de la Ciudad Vieja, aludiendo a las restricciones estalinianas, le grita a un guardia: "Sin una hendidura en el cerebro no se puede vivir. No puede espulgarse a un hombre de la libertad". Y aquél, con aire severo, responde: "No grite así, ¿por qué grita así, señor Kafka? Deberá pagar el impuesto sobre el ruido". No sólo en nuestra conciencia, sino también en la realidad, Praga y Kafka son uña y carne. En América, a la primera cocinera, vienesa de origen (y, por tanto, "paisana"), Rossmann le revela con nostalgia haber nacido en la ciudad moldaviana. La red de arañazos y rendijas que hieren los muros de Praga corresponden a las punzadas de las que tanto se puede leer en los diarios kafkianos. No me quedaré sin insistir en las analogías que hermanan al autor de las peripecias de vejk con el inventor de K. Si Kafka, como afirma Adorno, "busca la salvación incorporando la fuerza del adversario", no es diferente el cometido de Hasek cuando se enfrenta al aparato austrohabsbúrgico. Por otra parte, la propia redacción de vejk recuerda a la de las novelas kafkianas, donde "las etapas de las aventuras narrativas se convierten en las estaciones de un calvario". La efigie de Kafka, su "largo, noble rostro aceitunado de príncipe árabe", está grabado en sobreimpresión en los perfiles de la capital bohemia. Hablaba poco y en voz baja, vestía trajes oscuros. "La Kafka informa Franz Blei es un magnífico ratón azul-luna bastante raro, que no come carne, sino que se alimenta de coles amargas. Su mirada fascina, porque tiene ojos humanos".
A diferencia de Rilke, cuya vinculación con la capital bohemia es meramente epidérmica algo así como una coquetería literaria, la afabilidad de un esteta hacia una estirpe infeliz y desheredada, Kafka absorbió todos los humores y los venenos de Praga, calando en su demonio. Lejos de ensuciarse con el carboncillo de la sartén moldaviana, el joven Rilke, en su colección Larenopfer (1895), se limita a la brillante superficie óptica, exhibe la complacencia de un turista refinadísimo que, sin embargo, se mantiene en sus trece. Las alusiones al folclor, a las torres, a las capillas, a las cúpulas, a figuritas de la calle, a personajes como Hus, Tyl, Zeyer o Vrchlick, así como los propios vocablos checos, son, tan sólo, un aderezo. A un enamorado de Praga le molestan ciertos versos de souvenir, como "bierfrohe Musikanten spielen ein Lied aus der Verkauften Braut" ("músicos alegres y llenos de cerveza tocan un motivo de la Novia Vendida"), o la suficiencia de una poesía como aquella en la que, después de haber cantado el himno checo Kde domov muj ("Dónde está mi patria"), una joven campesina recibe limosna del poeta conmovido y, agradecida, le besa la mano. Daría todas las postales y la exquisitez del Baedeker rilkeano a cambio de una breve lírica de Kafka, en la que Praga, sustancia del alma, se trasluce sin ser nombrada por una oscura filigrana:
Hombres que caminan sobre puentes oscuros
delante de santos
con débiles luces.
Nubes que pasan sobre el cielo gris
delante de iglesias
con campanarios oscurecidos.
Uno que se apoya sobre el parapeto cuadrado
y mira el agua vespertina,
las manos sobre viejas piedras.
La actitud del joven Rilke para con el mundo eslavo que le rodea es ambigua a causa de dos influjos contrastantes. Por un lado le condiciona su madre, Phia, obstinada en su propio orgullo de casta y propensa a un jactancioso chauvinismo anticheco. Por otro, dirige sus sentimientos su primera amada, Valerie David-Rhonfeld, sobrina del poeta checo Julius Zeyer, judío por parte de madre. El cariño por Valerie y la amistad de Zeyer, que le sirvió de modelo en cuanto a la estética, el gusto por la estilización, la pasión por los viajes y el aristocrático desdén, le acercaron a los checos, a quienes la altanera y esnob Phia le había enseñado a despreciar.
En cuanto a Kafka, como es sabido, su padre Herrmann (o Herman) había nacido en el poblado checo de Osek, al lado de Strakonice (Bohemia meridional), en el seno de la familia de un carnicero israelita. Herrmann se trasladó a Praga en 1881, contrayendo allí matrimonio, al año siguiente, con Julie Löwy, procedente también de un ambiente checo, el pueblecito de Podebrady. Curiosamente, Franz, siendo muchacho, escribiría un drama sobre el rey husita Jirí de Podebrady. Si bien frecuentaba las escuelas alemanas, aprendió el checo desde niño. Con la cocinera, con las doncellas y con los dependientes del negocio paterno de quincallería en la calle Celetná y después en la Plaza de la Ciudad Vieja (Palacio Kinsk), así como con los compañeros de oficina, conversaba en checo.
Además, se mantenía siempre al día sobre los asuntos checos. Iba a los mítines de los líderes políticos Kramár, Klofác, Soukup. Frecuentaba a los poetas y a los escritores anárquicos del Klub Mladch ("Club de los jóvenes"), es decir Karel Toman, Frantisek Gellner, Frána rámek, Stanislav Kostka Neumann, Jaroslav Hasek. Tuvo contactos con Arnost Procházka y con los literatos de la Moderní Revue. Y detalle increíble, si se piensa que "ningún ciudadano checo visitaba jamás el teatro alemán y viceversa" frecuentó el Národní divadlo y el Teatro Pistek, aunque aquellos espectáculos le inspiraron menos que la pequeña compañía yiddish de Jizchak Löwy, que actuó en el Café Savoy en mayo de 1910 y en octubre del año siguiente. Deseoso de evadirse de la dimensión insular, en los diarios suspira por la enorme ventaja de ser "checo cristiano entre checos cristianos" y se divierte a costa de las narices checas.El luminoso de la tienda de su padre representaba un pájaro negro, una kavka, es decir una corneja, eine Dohle. Con un nombre checo de invención propia, él llamaba Odradek a un carrete de hilo que sube y baja las escaleras sobre dos varillas, una apariencia enmadejada comparable con los desmemoriados e imperfectos ángeles del último Klee. La relación de Kafka con la lengua checa no es la de un conferenciante de gira, de un viajero, de un Liliencron con el oído atento a sorprender fonemas incógnitos: el autor de La metamorfosis penetra el checo con sutileza filológica. Lamentando no conocer a fondo el idioma eslavo, leía, además de los periódicos checos, la revista purista Nase Rec (Lengua Nuestra). Pero es aún más sorprendente que leyera el cuadernillo de los boy scouts Nás skautík (Nuestro Scout).
Buen testimonio del interés de Kafka por la lengua checa son sus cartas a Milena Jesenská: "Claro que entiendo el checo. He estado a punto de preguntarle un par de veces por qué no escribe en checo. Y no es que usted no domine el alemán. La mayoría de las veces lo hace de forma asombrosa, y si a veces no ocurre así, dicho idioma se doblega ante usted espontáneamente y se hace más bello que nunca: cosa que un alemán no osa siquiera esperar de su lengua, porque no se atreve a escribir de modo tan personal. Pero quisiera leer un escrito suyo en checo...". En aquellas misivas, los vocablos checos se presentan con la misma frecuencia que las palabras holandesas en los diarios de Beckmann durante su exilio en los Países Bajos. Kafka manifiesta en ellas una especie de complacido bilingüismo: "...no he vivido jamás entre gente alemana, el alemán es mi lengua materna y, por ello, me resulta natural, pero el checo está más en mi corazón...". La amistad, el amor y la correspondencia (1920-1922) entre el escritor hebreo alemán y Milena Jesenská, descendiente de una antigua familia patricia checa que contaba entre sus antepasados con el doctor Jan Jesenius, ajusticiado en 1621, tras la derrota de la Montaña Blanca asumen un significado simbólico para la dimensión de Praga. Lo mismo cabe decir de la antítesis de sus caracteres: la enfermedad, el deseo de la muerte, la timidez, la terrible angustia y las renuncias de Kafka contrastan con la impávida resolución, las ardientes ganas de vivir, el odio por los prejuicios, el espíritu de sacrificio y la gran prodigalidad de esta mujer típicamente checa que, después de una desordenadísima existencia (matrimonios fracasados, adicción a la morfina, miseria, manía de gatas, desengaños políticos, actividad clandestina y persecución por parte de sus propios compañeros), acabaría muriendo en el Lager de Rawensbrück el 17 de mayo de 1944.
Kafka estaba ávido de cultura checa. El 22/9/1917 escribía a Felix Weltsch desde Zurau: "...aquí leo casi exclusivamente libros checos y franceses, y sólo autobiografías o correspondencias, naturalmente impresos precariamente. ¿Podrías prestarme un volumen de cada lengua?". Vuelve al ataque a principios de octubre: "En cuanto a los libros, no me has entendido. A mí me importa, sobre todo, leer obras originales checas y francesas, no traducciones". En los diarios, duda (así, 25 de diciembre de 1911) sobre las literaturas de los pueblos pequeños, tomando como ejemplo la yiddish y la checa. En la correspondencia discurre sobre Jenufa de Janácek, sobre Vrchlick, sobre el pintor Ales, sobre Bozena Nemcová, cuyo epistolario es, para él, "un pozo inagotable de experiencia humana". Kafka admiraba la suavísima "prosa musical" de esta escritora del siglo pasado. Y Max Brod estaba convencido de que un episodio de la novela Babicka (La abuela, 1855) de Bozena Nemcová el de Kristla, la hija del tabernero acosada por un insolente italiano del séquito de la castellana (IX) hubiera influido en la historia de Amalia y del alto funcionario Sortini en El castillo kafkiano (XV). Está claro que la mesnada de ayudantes e intermediarios retratados por Kafka hace pensar en el tropel de mayordomos con librea y de engreídos empleados que se dan cita en el castillo descrito por Bozena Nemcová. Kafka se entusiasmaba, también, con las esculturas de Frantisek Bílek, y hubiera querido que Brod compusiera una monografía sobre su obra desnuda e implorante, hecha de visiones, languideces místicas y espasmos de culpabilidad, para revelarla al mundo, como ya lo había hecho con la música de Janácek. En realidad, se podrían determinar paralelismos entre la obra de Bílek, que estuvo muy próximo a los poetas simbolistas Brezina y Zeyer, y la creación de Kafka, "bajo la común bandera de Praga".
Si bien cambiase a menudo de residencia, como la de Hasek, la familia de Kafka no se alejó jamás del centro, de los márgenes del desaparecido gueto. Excepto en los breves periodos en que vivió en la Plaza de San Venceslao y en la Callejuela de Oro, Franz Kafka, "fundador de la estirpe del siglo XX", permaneció siempre en el círculo encantado de la Ciudad Vieja. Algunas calles Maislova (donde nació el 3 de julio de 1883), Celetná, Bílkova, Dlouhá trída, Dusní, Parízská (Mikulásská), con vistas al río, y la Plaza de la Ciudad Vieja quedan vinculadas a la efigie del autor de La metamorfosis, al igual que Kampa estará siempre unida a la de Holan. No sólo sus domicilios, sino también su escuela primaria, el instituto alemán y la facultad de Derecho se encontraban en el centro: el instituto, incluso, tenía su sede en aquel Palacio Kinsk al que más tarde trasladaría Herrmann Kafka su negocio. A pocos pasos de la Ciudad Vieja, en Na Porící, se encontraba su oficina, el Arbeiter-Unfall-Versicherungs-Anstalt für das Königreich Böhmen (Delnická úrazová pojistovna).
El relato "Descripción de una batalla" es el único, dentro de la narrativa kafkiana, que refleja con exactitud la toponimia de la capital bohemia. Como un travelling nocturno sobre la nieve helada, al claro de luna, dirige sus focos hacia la calle Ferdinandova, la calle Postovská, la colina de Petrín (Laurenziberg), el Moldau, el pretil de hierro a orillas del río, los "barrios de la otra orilla", en los que "algunas luces" "ardían y brillaban como ojos videntes"; Streleck ostrov (Las Isla de los Tiradores), la Torre del Molino con el reloj, el Puente Carlos, la calle Karlova, la iglesia del Seminario. Se ha observado que, en la escena del policía que se desliza como un patinador fuera de un lejano café de negras cristaleras, y en la de la mujer gruesa que sale con una lámpara de una botellería de la calle Karlova, donde tocan el piano, Kafka parece acercarse, por el colorido local, a los bocetos de Kisch.
En El proceso, la más praguense de todas las novelas checas y alemanas, Praga, sin embargo, no aparece nombrada nunca. Pero el pudor que veta esa citación no impide que aparezca en filigrana, en una luz dorada. La presencia de Praga, estilizada hasta sus trazos esenciales, es aquí mucho más fuerte que en la topografía versificada de Rilke, en los Larenopfer, donde Hradcany, San Vito, Loreta, Vysehrad, Malvanzinky, Smíchov, Zlíchov, el Moldau y la cúpula de San Nicolás aparecen en corro, como en un organillo con ilustraciones multicolores. Lo que hace a la ciudad del Moldau aún más arcana y onírica en El proceso es la propia escritura, sobria y precisa, la escritura monódica, vítrea, desnuda de oropeles: la seca y objetiva argumentación talmúdica. Esta defensa práctica de lo trascendental contrasta con el ampuloso e inflamado lenguaje de los neorrománticos y de los expresionistas praguenses, si bien, como ha hecho notar Adorno, participa también del expresionismo y se resiente de la pintura de aquel movimiento.
En El proceso, por tanto, la capital bohemia aparece velada y anónima: anónima y sin anamnesis como su protagonista, trama de esquemas de lugares, de lugares-arquetipo. Y, sin embargo, en el abstracto urdido de su trazado pueden identificarse muchos puntos reales. Así, podríamos pensar que el banco, en el que trabaja Josef K., nos remite al edificio de los Seguros Generales de la Plaza de San Venceslao, donde Kafka estuvo empleado antes de ser admitido como procurador de los tribunales en el Arbeiter-Unfall-Versicherungs-Anstalt für das Königreich Böhmen, o, mejor aún si se tiene en cuenta el cuchitril abarrotado de papelajos ya inservibles y tinteros vacíos donde un fustigador zurra a los dos guardianes, al decadente palacio recorrido por laberintos en penumbra de la Böhmische Unionbank (Ceská Banka Union), en Na Príkope. El barrio en el que se esconde el enorme edificio, donde Josef K. sufre su primer interrogatorio, con sus deformes chabolas, sus ventanas llenas de colchones, sus bodeguchas por debajo del nivel de la calle, pese a citarse su situación periférica, recuerda a la derribada Ciudad Judía. El aún más sucio y gris suburbio en el que, agazapada encima de unas empinadas escaleras, anida la agobiante casucha de Titorelli, podría ser el proletario de Zizkov, amado por Kafka.
El deseo de salir del círculo encantado del centro hacia la periferia y el sentido de culpa del hijo de familia acomodada ante los marginados le empujaban a menudo hacia aquel barrio salvaje, poco recomendable, entonces, para los "señoritos bien". Pero es posible que, en la representación del sórdido tribunal, Kafka tuviera presentes las oficinas de Praga en general, aquellas oficinas metidas en extrañas barabizny, en miserables chozas para ratones, con pasillos oscuros, con viejos papeles amarillentos, con tufo de moho y de polvo. La catedral es San Vito y, en la catedral, la "estatua de plata de un santo" es el sepulcro del Nepomuceno. Josef K. es conducido al suplicio a través de un "puente", que es el Puente Carlos, por encima de una islita, que es Kampa. Las "calles cuesta arriba" se corresponden con las de Malá Strana, y el lugar de la ejecución coincide con la mina de Strahov.
Pero la praguedad de El proceso se pone de manifiesto en muchos otros detalles, como, por ejemplo, la alusión a la relación entre el que alquila los cuartos y el inquilino: una relación que mana a menudo de la inventiva kafkiana. El escritor trasladó a su propia novela, al igual que hiciera en El castillo, la desidia, el malestar de la ciudad moldaviana, una desidia que concuerda con su esquivez, con sus asombrosas repulsas, con su extenuación. La continua aparición de camas y colchonetas, el olor a cama sin hacer del que habla Adorno, el blando universo de colchones en los que los personajes, siempre agotados, se hunden, es el reflejo no sólo de la enfermedad que tiene amenazado el cuerpo de Kafka, sino también de la abulia, de la forzada indolencia de una metrópolis cuyos impulsos son perpetuamente frenados. Por todo ello, no es de extrañar lo que escribió Haas sobre ambas novelas: "...las leí como se lee un panorama bien familiar de la propia juventud y en el que inmediatamente se reconoce cualquier escondido desván, cualquier rincón, cualquier pasillo polvoriento, cualquier lascivia, cualquier lejana alusión aún tan delicada".
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