Todos exploradores, cuento de Isaac Asimov

TODOS EXPLORADORES

ISAAC ASIMOV

 

Herman Chouns era hombre de corazonadas. A veces acertaba; a veces se equivocaba: en la proporción de un cincuenta por ciento, aproximadamente. No obstante, si consideramos que uno tiene un universo entero de posibilidades del que sacar una respuesta correcta, el cincuenta por ciento de aciertos empieza a parecer un porcentaje muy aceptable.

Chouns no siempre estaba tan contento de este don como cabría imaginar. Le sometía a demasiadas tensiones. La gente solía amontonarse en torno a un problema, sin sacar nada en limpio, para luego volverse hacia él y preguntarle:

—¿Qué le parece, Chouns? Ponga en juego su conocida intuición.

Y si lo que él decía no resultaba acertado, luego le echaban la culpa de lo que pudiera ocurrir.

Su trabajo de explorador más bien tendía a empeorar la situación.

—¿Opina que vale la pena examinar más de cerca aquel planeta? —solían preguntarle—. ¿Qué opina usted, Chouns?

De modo que resultaba un alivio poder cambiar de programa y planear una operación para dos hombres nada mas (lo cual significaba que el próximo viaje sería hacia un lugar sin prioridad especial y, por consiguiente, sin particulares apremios) y, para colmo de buena fortuna, tener a Allen Smith de compañero.

Smith era un hombre tan normal y corriente como su apellido. El primer día de viaje le decía a Chouns:

—Lo que te pasa es que los archivos de la memoria de tu cerebro poseen un mecanismo de respuesta extranormal. Cuando examinas un problema recuerdas una cantidad suficiente de pequeños detalles, que quizá los demás no sepamos apreciar, para llegar a una decisión. Llamar a eso una corazonada, sencillamente, le da un misterio que en realidad no tiene.

Diciendo esto se alisaba el cabello hacia atrás. Tenía el cabello claro, que se aplanaba sobre el cráneo como una funda.

Chouns, que tenía el cabello indomable y la nariz chata y un poco descentrada, respondió mansamente, según solía hacer:

—Yo pienso que quizá sea telepatía.

—¿Qué?

—Sólo un vestigio de telepatía.

—¡Tonterías! —exclamó Smith, con sonora mofa, como solía hacer—. Los científicos se han pasado mil años tratando de descubrir poderes, y no han logrado nada. No existen, no hay tal cosa: ni precognición, ni telekinesis, ni clarividencia, ni telepatía.

—Lo admito; pero medita lo que voy a decirte. Si recibiera una imagen de lo que piensa un grupo de personas, aunque quizá no me diera cuenta de lo que estuviera sucediendo, podría combinar la información recibida y brindar una respuesta. Yo sabría más que un solo individuo del grupo; por lo tanto, podría juzgar con más acierto que los otros... a veces, al menos.

—¿Tienes alguna prueba, grande o pequeña, que demuestre lo que dices?

Chouns volvió sus dulces ojos castaños hacia Smith.

—Sólo una corazonada —dijo.

Se llevaban muy bien. Chouns agradecía el tranquilizador espíritu práctico de su compañero, y Smith alentaba las especulaciones de Chouns. Estaban en desacuerdo muy a menudo; pero nunca se peleaban.

El buen entendimiento entre ambos no empeoró ni siquiera cuando llegaban a su objetivo, que consistía en una constelación globular que nunca había sufrido los aguijonazos de energía de un reactor nuclear ideado por el hombre.

—Me gustaria saber qué hacen con todos estos datos allá en la Tierra —cómentó Smith—. A veces se me antojan una pérdida de tiempo.

—La Tierra empieza apenas a expansionarse —contestó Chouns—. Es imposible predecir hasta qué punto la humanidad se extenderá por la galaxia en el término de un millón de años, poco más o menos. Todos los datos que podamos recoger sobre cualquier mundo serán útiles algún día.

—Hablas como un manual de reclutamiento para los Equipos de Exploración. ¿Crees que veremos algo interesante ahí? —Smith indicaba la pantalla visora en la que habían centrado, como derramado polvo de talco, el enjambre, ya no muy distante, de astros.

—Quizá. Tengo una corazonada... —Chouns se interrumpió, hizo un movimiento de deglución, y luego sonrió débilmente.

Smith soltó un bufido.

Enfoquemos los grupos de estrellas más cercanos y atravesemos al azar el más denso. Te apuesto diez contra uno a que hallamos la relación McKomin por debajo de 0,2.

—Perderás —murmuró Chouns, sintiendo la pronta sacudida de excitación que experimentaba siempre que se extendían bajo sus ojos mundos nuevos. Era una sensación tremendamente contagiosa; todos los años afectaba a centenares de jóvenes, los cuales, como hizo él a su edad, acudían a manadas hacia los Equipos, ansiosos por ver los mundos que sus descendientes llamarían un día propios, por convertirse en exploradores...

Realizaron el enfoque, realizaron el primer salto hiperespacial a corta distancia dentro del enjambre, y se pusieron a escudriñar estrellas en busca de sistemas planetarios. Los computadores hacían su tarea; los archivos de información se llenaban continuamente, y todo seguía una marcha normal y satisfactoria.. —hasta que en el Sistema 23, poco después de haber completado el salto, los motores hiperatómicos fallaron.

Chouns murmuró:

—Es curioso; los analizadores no indican qué es lo que funciona mal.

Tenía razón. Las manecillas oscilaban caprichosamente, sin pararse ni una sola vez un tiempo razonable, de modo que no se podía hacer ningún diagnótico. Y, por consiguiente, no se podía proceder a ninguna reparación.

—Jamás vi cosa parecida —refunfuñaba Smith—. Tendremos que cerrarlo todo y buscar la avería manualmente.

—Será mejor que la busquemos con la mayor comodidad —dijo Chouns, que estaba ya en los telescopios—. El trayecto espacial no presenta ninguna dificultad, y en este sistema hay dos planetas muy agradables.

—¿Eh? ¿Hasta qué punto son agradables, y cuáles son?

—El primero y el segundo de aquel grupo de cuatro. Ambos tienen agua y oxigeno. El primero es un poco mayor y más caliente que la Tierra; el segundo es un poco más frío y pequeño. ¿Te parece bien?

—¿Vida?

—En ambos. Vegetal, por lo menos.

Smith soltó un sonido gutural. Aquello no era para sorprender a nadie; la vegetación se daba con gran frecuencia, en más del cincuenta por ciento de los mundos dotados de agua y oxigeno. Y, a diferencia de la vida animal, la vegetación se podía ver telescópicamente... o, con más precisión, espectroscópicamente. En todas las formas vegetales sólo se había descubierto cuatro pigmentos fotoquímicos, cada uno de los cuales se podía detectar por la naturaleza de la luz que reflejaba.

—La vegetación en ambos planetas pertenece al tipo clorofílico, nada menos —explicó Chouns—. Exactamente igual que en la Tierra; parecerá un retorno al hogar.

—¿Cuál de los dos está más cerca? —preguntó Smith.

—El número dos, y estamos en camino. Tengo la sensación de que será un planeta agradable.

—Lo juzgaré con los instrumentos, si no te importa —dijo Smith.

Pero la corazonada de Chouns parecía corresponder al grupo de las acertadas. Se trataba de un planeta apacible, con una intricada red de mares que aseguraba un clima con pequeñas variaciones de temperatura. Las cordilleras eran bajas y redondeadas, y la distribución de la vegetación indicaba una fertilidad notable y generalizada.

Chouns estaba en los mandos para proceder al aterrizaje.

Smith se impacientaba.

—¿Qué estás buscando? Tanto da un sitio como otro.

—Busco un paraje sin plantas —contestó Chouns—. No hay por qué quemar una hectárea de vida vegetal.

—Si la quemas, ¿qué importa?

—¿Y qué importa si no la quemo? —replicó Chouns, que en aquel momento encontraba su espacio desierto.

Sólo entonces, después de aterrizar, se dieron cuenta de una pequeña parte de la realidad en que se habían introducido.

—¡Caracoles espaciales! —exclamó Smith.

Chouns se había quedado atónito. La vida animal era mucho más rara que la vegetal, y la inteligencia, incluso los más leves destellos de la misma, muchísimo más; y sin embargo, aquí, a menos de un kilómetro del punto donde habían aterrizado, había un grupo de chozas bajas, cubiertas de bardas, producto evidente de una inteligencia primitiva.

—¡Cuidado! —recomendó Smith, deslumbrado.

—No creo que corramos ningún peligro —dijo Chouns. Y saltó a la superficie del planeta con toda confianza. Smith le siguió.

A Chouns le costaba trabajo dominar su excitación.

—¡Esto es extraordinario! Hasta hoy nadie había podido dar noticia sino de cavernas o ramas de árboles entretejidas, a lo sumo.

—Espero que sean inofensivos.

—Esto es demasiado pacífico para que no lo sean. Huele el aire.

Al descender hacia el suelo, el terreno —por todas partes del horizonte, excepto allá donde una hilera baja de colinas rompía la uniformidad de la línea— aparecía teñido de un sedante rosa pálido que salpicaba el verde de la clorofila. Vistas de cerca, las manchas rosa pálido se individualizaban en unas flores, delicadas y olorosas. Sólo los espacios inmediatos a las chozas tenían un color ambarino, debido a unas plantas que parecían cereales.

De las chozas sallan ahora unas criaturas que se acercaban indecisas, aunque sin temor, a la nave. Tenían cuatro patas y un cuerno inclinado que alcanzaba una altura de noventa centímetros, hasta los hombros. Sobre éstos se asentaba firmemente la cabeza, dotada de unos ojos muy salientes —Chouns contó seis— dispuestos en círculo y capaces de los movimientos más desconcertantemente independientes. «Esto compensa la inmovilidad de la cabeza», pensó Chouns.

Cada criatura tenía una cola con la punta bifurcada, formando dos recias fibrilas que mantenían en alto. Las fibrilas estaban continuamente en rápida oscilación, y por ello tenían un aspecto confuso, borroso.

—Vamos —dijo Chouns—. No nos harán ningún daño, estoy seguro.

Las criaturas les rodearon a una distancia prudencial. Sus colas producían un zumbido modulado.

—Es posible que se comuniquen de ese modo —dijo Chouns—. Y me parece obvio que son vegetarianos.

—Su índice señalaba una choza donde un ejemplar pequeño de la especie estaba sentado sobre las posaderas, cortando el cereal ambarino con la cola y llevándose una espiga a la boca lo mismo que quien chupa una sarta de cerezas marrasquinas de un palillo.

—Los seres humanos comen lechugas —replicó Smith—, pero eso no demuestra nada.

Otros seres con rabos salieron de las chozas, se entretuvieron unos instantes alrededor de los hombres, y luego desaparecieron por los espacios verdes y rosa.

—Son vegetarianos —aseguró con firmeza Chouns— Mira cómo cultivan su cosecha principal.

La cosecha principal, según la llamaba Chouns, consistía en una guirnalda de suaves púas verdes próximas al suelo. Del centro de la guirnalda subía un tallo velloso que, a intervalos de unos cinco centímetros, daba nacimiento a unos capullos carnosos, recorridos por una especie de venas y tan extraordinariamente vivos que casi latían. El tallo terminaba en la punta con los capullos rosa pálido, que, excepto por su color, eran lo más terrenal que tenían aquellas plantas.

Las plantas estaban dispuestas en filas e hileras con una precisión geométrica. Alrededor de cada una, el suelo se veía suelto y mezclado con un polvo extraño que no podía ser otra cosa que un fertilizante. Unos angostos pasillos, sólo con la anchura suficiente para que circulara por ellos una criatura, cruzaban el campo en varios sentidos. Cada pasillo aparecia bordeado de unas pequeñas acequias destinadas evidentemente a la conducción del agua.

Ahora los seres estaban repartidos por el campo, trabajando diligentemente, con las cabezas bajas. Sólo unos pocos continuaban en las proximidades de los dos hombres.

—Son buenos labradores —dijo Chouns, reforzando las palabras con un cabeceo afirmativo.

—No lo hacen mal —convino Smith, acercándose a paso vivo hacia la más próxima de aquellas flores rosa pálido y estirando el brazo para cogerla. Pero cuando tenía la mano a unos quince centímetros, le detuvo el sonido de las vibraciones de las colas, que estaba adquiriendo un timbre agudo, así como el contacto directo de una cola con su brazo. Era un contacto delicado, pero firme, que se interponía entre Smith y las plantas. Smith retrocedió.

—¡Qué diablos...! —Y su mano iba a empuñar el desintegrador cuando Chouns le dijo:

—No hay motivo para excitarse; tómalo con calma.

En ese momento se agrupaba alrededor de ellos media docena de aquellas criaturas, ofreciéndoles tallos de cereal humilde y dulcemente, unos utilizando las colas, otros empujándolos con los hocicos.

—Se muestran perfectamente amistosos —dijo Chouns—. Quizá el coger flores vaya contra sus costumbres; es probable que haya que tratar las plantas según unas normas rígidas. Acaso toda cultura que conozca la agricultura cuente con ritos sobre la fecundidad, y Dios sabe qué pueden implicar tales ritos. Las normas sobre el cultivo de las plantas quizá sean muy estrictas; de lo contrario no veríamos esas hileras tan exactamente medidas... ¡Espacio!, allá en la Tierra saltarán de sus sillas cuando les contemos esta aventura.

El zumbido de las colas volvió a adquirir un tono agudo, y todas las criaturas que los rodeaban retrocedieron. De una choza mayor que las otras, situada en el centro del grupo, emergía otro ejemplar de la especie.

—El jefe, supongo —murmuró Chouns.

El recién aparecido se acercaba lentamente, la cola en alto, con un objeto negro entre las fibrilas. A la distancia de metro y medio, la cola avanzó en arco.

—Quiere darnos eso —exclamó Smith, atónito—. ¡Y, Chouns, por amor de Dios, mira qué es!

Chouns lo estaba mirando, febrilmente. Se le cortaba la voz:

—Son unos anteojos Gamow hiperespaciales. Son aparatitos de diez mil dólares.

Smith volvió a emerger de la nave, después de haber permanecido una hora dentro. Desde la rampa, gritaba muy excitado:

—Funcionan. Están en perfectas condiciones. Somos ricos.

Chouns le contestó:

—He buscado por sus chozas. Pero no encuentro ninguno más.

—No desdeñes el tener sólo éstos. Dios santo, son tan negociables como un puñado de monedas.

Pero Chouns seguía mirando por todas partes, los brazos en jarras, exasperado. Tres de aquellas rabudas criaturas le habían seguido tozudamente de choza en choza, siempre pacientes, sin molestarle nunca, pero siempre interponiéndose entre él y las flores rosa pálido geométricamente plantadas. Ahora le estaban contemplando con sus múltiples ojos.

—Además, son del último modelo —decía Smith— Mira aquí —añadía, señalando las letras en relieve que anunciaban: Modelo X-20, Productos Gamow, Varsosia, Sector Europeo.

Chouns dirigió una mirada a la inscripción y dijo irritado:

—Lo que me interesa es conseguir más. Sé que hay más anteojos Gamow en alguna parte, y los quiero. —Tenía las mejillas encarnadas y la respiración alterada.

El sol se ponía; la temperatura descendía hasta hacerse ingrata. Smith estornudó dos veces; luego Chouns.

—Cogeremos una neumonía —gangueó el primero.

—Tengo que hacérselo entender —se obstinaba Chouns.

Había devorado precipitadamente parte del contenido de un bote de embutidos, había bebido un bote de café, y estaba dispuesto a intentarlo de nuevo. Levantando los anteojos en alto, pedía—: Más, más —y trazaba movimientos circulares con los brazos, Señalaba un anteojo, luego el otro, y luego señalaba otros más, imaginarios, puestos en hilera ante él—, Más.

Luego, cuando los últimos fragmentos del disco solar se hundían bajo el horizonte, de todas partes del campo se elevó un vasto zumbido, mientras todas las criaturas que había a la vista agachaban la cabeza y levantaban la bifurcada cola, que hacían vibrar, ganando en estridencia al tiempo que se iba volviendo invisible, bajo el crepúsculo.

—¡Gran Espacio...! —murmuró Smith, inquieto—. ¡Oye, mira las flores! —Y estornudó otra vez.

Las flores rosa pálido se encogían visiblemente.

Chouns gritó, para dominar el tremendo zumbido:

—Quizá sea una reacción causada por la puesta del sol. Ya sabes, unas flores que de noche se cierran. Y el ruido puede ser un rito religioso celebrándolo.

Un levisimo golpe de una cola en la muñeca atrajo inmediatamente la atención de Chouns. La cola en cuestión pertenecía a la criatura más próxima— y en aquel momento se levantaba hacia el cielo, en dirección a un objeto brillante que había salido hacía unos momentos por el oeste del horizonte. La cola se dobló para señalar los anteojos, y luego volvió a levantarse hacia el astro.

Chouns gritó excitado:

—Claro, el planeta interior, el otro planeta habitable. Estos anteojos habrán venido de allá. Entonces, por asociación de ideas, recordó y gritó, súbitamente alarmado—: ¡Eh, Smith, los motores hiperatómicos siguen sin funcionar!

Smith parecía sorprendido, como si también se hubiera olvidado; luego murmuró:

—Quería decirtelo. Están perfectamente.

—¿Los has arreglado?

—Ni los he tocado. Pero cuando probaba los anteojos utilicé los motores, y funcionaron. En aquel momento no presté ninguna atención al hecho; había olvidado que estuvieran averiados. Sea como fuere, funcionaban.

—Entonces, vámonos —dijo al momento Chouns. Ni se le ocurrió la idea de dormir.

 

Ninguno de ambos pegó ojo durante las seis horas de travesía. Se mantuvieron atentos a los controles con una pasión de drogados. Y de nuevo eligieron un claro sin vegetación para aterrizar.

Hacia calor, el calor de las primeras horas de una tarde subtropical, y junto a ellos discurría plácidamente un ancho río turbio. La orilla más próxima era de barro endurecido y aparecía perforada por grandes cavidades.

Los dos hombres salieron a la supericle del planeta, y Smith gritó con voz ronca:

—¡Chouns, mira aquello!

Chouns se libró de la mano que le sujetaba.

—¡Que me cuelguen! —exclamó—. ¡Las mismas plantas!

Imposiblé confundir las pálidas flores rosadas, los tallos con los venosos capullos y la guirnalda de púas debajo. También aquí se observaba la geométrica distribución, el cuidado esmerado y el abonado del suelo, las acequias de riego...

—¿No habremos cometido un error y volado en circulo...? —preguntó Smith.

—¡Oh, mira el sol; tiene doble diámetro que antes! ¡Y mira allá!

De las madrigueras de la orilla del río emergían unos seres color canela, lisos y sinuosos, tan desprovistos de extremidades como las serpientes. Tenían treinta centímetros de diámetro y unos tres metros de longitud; los dos extremos eran igualmente achatados y carecían por igual de rasgos diferenciales. En la mitad de su parte superior mostraban unos bultos. Como obedeciendo a una señal, todos los bultos crecieron bajo las sorprendidas miradas de los dos hombres hasta convertirse en gruesos ovoides partidos por el centro para formar unas hendiduras, unas bocas sin labios que se abrían y cerraban prnoduciendo un ruido como el de un bosque de palos golpeando unos contra otros.

Luego, al igual que en el planeta exterior, satisfecha ya su curiosidad y calmados sus temores, la mayoría de aquellos seres se alejó, dispersándose por los esmeradamente cultivados campos.

Smith estornudó. La fuerza del aire expelido, que chocó con la manga de su chaqueta, levantó una nube de polvo. Smith la contempló pasmado; luego se sacudió, diciendo:

—Maldita sea, estoy cubierto de polvo. —Así era, y el polvo se extendía como una niebla rosa pálido—. Y tú también —añadió, sacudiendo con la mano el de Chouns.

Ambos estornudaban a placer.

—Lo hemos recogido en el planeta exterior, supongo —dijo Chouns.

—Podemos contraer una alergia.

—Imposible. —Chouns levantó los anteojos y les gritó a las reptilianas criaturas—: ¿Tienen otros como éstos?

Durante uh rato no vino ninguna respuesta, como no fuera el chapoteo del agua al meterse en ella algunos de aquellos seres, para salir luego con platea dos racimos de criaturas acuáticas, que aquéllos se embutían debajo del cuerpo, en alguna escondida boca que tendrían allí.

Pero luego, una serpiente, más larga que las otras, vino a empujones por el suelo, con una de las chatas puntas levantada inquisitivamente cosa de unos cinco centímetros y moviéndose, ciega, de un lado para otro, como una lanzadera. El bulto de su centro se hinchó, primero moderadamente, luego de una manera alarmante, y se partió en dos con audible estallido. Allí dentro, guardados entre las dos conchas, habla otros anteojos, duplicado exacto de los primeros.

—¡Dios del cielo! —exclamó Chouns, extasiado—. ¿No es hermoso? —Y se precipitó hacia adelante para apoderarse del objeto. La turgencia que lo contenía se adelgazó y estiró, formando una especie de tentáculos que se tendían hacia él.

Chouns reía de gozo. Eran unos anteojos Gamow, en efecto; iguales, exactamente iguales que los primeros. Chouns los acarició.

—¿No me oyes? —gritaba Smith—. ¡Chouns, escúchame, maldita sea!

—¿Qué? —inquirió Chouns. Se daba cuenta vagamente de que Smith le hablaba a voces desde hacia más de un minuto.

—Mira las flores, Chouns.

Se estaban cerrando, como se habían cerrado las del otro planeta, y entre las filas de plantas, los seres reptilianos se enderezaban sobre un extremo, meciéndose y bamboleándose con un ritmo extraño, entrecortado. Sólo sus chatas puntas aparecían sobre el rosa pálido de las flores.

—No dirás que se cierran a causa del crepúsculo —comentó Smith—. Es pleno día.

Chouns se encogió de hombros.

—Planeta diferente, planta distinta. ¡Vamos! Sólo tenemos dos anteojos ha de haber más.

—Chouns, regresemos a casa. —Smith afianzó las piernas hasta convertirlas en dos resistentes pilares y sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el cuello de la camisa de Chouns.

La enrojecida faz de éste se volvió hacla él con expresión indignada.

—¿Qué estás haciendo?

—Me estoy preparando para dejarte sin conocimiento, de un puñetazo, si no regresas conmigo a la nave, inmediatamente.

Chouns permaneció un momento irresoluto; luego se desvaneció cierta alocada excitación que se notaba en él, su cuerpo se relajó, y dijo:

—Bien, de acuerdo.

 

Salían del enjambre de astros; estaban ya a mitad de camino, y Smith preguntó:

—¿Cómo te encuentras?

Chouns se incorporó en el catre y se pasó la mano por el cabello.

—Normal, supongo; nuevamente cuerdo. ¿Cuánto tiempo he dormido?

—Doce horas.

—¿Y tú?

—Yo he descabezado un sueño. —Smith se volvió ostentosamente hacia los instrumentos y procedió a unos pequeños reajustes—. ¿Sabes que ocurrió en aquellos planetas? —preguntó en tono un tanto presuntuoso.

Chouns contestó pausadamente, preguntando;

—¿Lo sabes tú?

—Creo que si.

—¿Eh? ¿Puedes decirmelo?

—Era la misma planta en ambos planetas —explicó Smith—. ¿Lo admites?

—Claro que si.

—Fuera como fuese, la trasplantaron de un planeta al otro. En ambos planetas se da perfectamente bien; pero de vez en cuando (para conservar el vigor, me imagino) ha de haber fecundación cruzada, la mezcla de las dos variedades. Esto, ocurre con bastante frecuencia en la Tierra.

—¿La fecundación cruzada para aumentar el vigor? Si.

—Y nosotros hemos sido los agentes por conducto de los cuales se ha realizado el cruce. Aterrizamos en un planeta y quedamos cubiertos de polen ¿Recuerdas que las flores se cerraban? Eso debía de ser inmediatamente después de haber soltado el polen; y eso era también lo que nos hacía estornudar. Luego aterrizamos en el otro planeta y sacudimos el polen de nuestras ropas. Ahora se producirá una nueva raza híbrida. No hemos sido otra cosa que un par de abejas con dos patas, Chouns, cumpliendo nuestro deber con las flores.

Chouns sonrió tímidamente.

—Un papel poco glorioso, en cierto modo.

—¡Ah, diablos, no es eso lo que importa! ¿No ves el peligro? ¿No ves por qué hemos de regresar a casa pronto?

—¿Por qué?

—Porque los organismos no se adaptan a algo que no existe. Aquellas plantas parecen adaptadas a la fecundación interplanetana. E incluso nos han pagado, como pagan las otras flores a las abejas; no con néctar, con unos anteojos Gamow.

—¿Entonces...?

—Entonces, no se puede disponer de una fecundación interplanetaria a menos que algo o alguien se encargue de la tarea. Esta vez nos hemos encargado nosotros; pero éramos los primeros seres humanos que entraban jamás en ese grupo de astros. Por lo tanto, anteriormente hubieron de realizar el trabajo seres no humanos; quizá los mismos que en un principio trasplantaron las plantas. Eso significa que en algún punto del enjambre de astros hay una raza de seres inteligentes; bastante inteligentes para emprender viajes espaciales. Y hemos de informar de ello a la Tierra.

Chouns meneó la cabeza pausadamente.

Smith arrugó la frente.

—¿Encuentras lagunas en el razonamiento?

Chouns se cogió la cabeza con las manos y puso un semblante afligido.

—Digamos que se te ha pasado por alto casi todo.

—¿Qué he pasado por alto? —preguntó, enojado, Smith.

—Tu teoría de la fecundación cruzada es buena, en lo referente a la vida de las plantas; pero hay unos cuantos puntos que no has tomado en consideración. Cuando nos acercábamos a aquel sistema solar, nuestros motores hiperatómicos sufrieron una extraña avería que los controles automáticos no supieron diagnosticar ni corregir. Después de aterrizar, no hicimos nada para repararlos. La verdad es que nos olvidamos de ellos; y luego, cuando los pusiste en marcha, los encontraste en perfecto estado; pero el hecho te impresionó tan poco que ni siquiera lo comentaste conmigo hasta varias horas después. Fíjate en otro detalle, en lo más oportunamente que encontramos puntos de aterrizaje cerca de grupos de vida animal en ambos planetas. ¿Buena suerte nada más? Y en la increíble confianza que tuvimos en la buena disposición de aquellas criaturas. Ni siquiera nos tomamos el trabajo de comprobar la atmósfera de ninguno de ambos planetas por si descubríamos rastros de venenos, antes de exponernos a ella. Pero lo que me inquieta más es que me volviera tan loco por los malditos anteojos. ¿Por qué? Valen dinero, en efecto, pero no tanto... y por lo general yo no me pirro en exceso por los beneficios monetarios.

Smith, que había mantenido un silencio desazonado, dijo:

—No veo que ninguno de estos detalles conduzca a ninguna conclusión.

—Pero ¿qué dices? Eres bastante inteligente para comprenderlo. ¿No ves con toda claridad que estábamos bajo control mental desde el exterior?

Los labios de Smith se torcieron en una mueca que quedaba a mitad de camino entre la burla y la duda.

—¿Otra vez el cuento de las facultades?

—Sl; los hechos son hechos. Te dije que mis corazonadas pueden ser una forma de telepatía rudimentaria.

—¿Es también un hecho eso? Hace un par de dlas no lo creías así.

—Pues ahora lo creo. Fíjate, soy mejor receptor que tú, y por ello me afectó más intensamente. Ahora que el fenómeno ha pasado, entiendo mejor lo que pasó porque recibí más vibraciones. ¿Comprendes?

—No —respondió Smith con aspereza.

—Entonces, escucha algo más. Tú has dicho que los anteojos Gamow fueron el néctar que nos sobornó para que realizáramos la polinización. Lo has dicho tú.

—De acuerdo.

—Bien, pues ¿de dónde procedían los anteojos? Eran productos terrestres; hasta hemos leído en ellos el nombre del fabricante y el modelo, letra por letra. Pero, si no ha habido nunca seres humanos en el enjambre de astros, ¿de dónde sacaron esos anteojos? Ninguno de los dos pensamos entonces en este detalle; y a ti parece que no te preocupa ni siquiera ahora.

—Bueno...

—¿Qué hiciste con los anteojos luego que subimos a la nave? Me los cogiste; lo recuerdo bien.

—Los puse en la caja fuerte —dijo Smith en tono defensivo.

—¿Los has tocado desde entonces?

—No.

—¿Y yo?

—Que yo sepa, tampoco.

—Te doy mi palabra de que no. Entonces, ¿por qué no abres la caja fuerte ahora?

Smith se acercó pausadamente a ella. La cerradura estaba construida de forma que reaccionase a las yemas de sus dedos, y se abrió. Sin mirar, Smith puso la mano dentro. El semblante se le alteró y, con un grito agudo, primero miró el contenido, y luego lo sacó todo fuera.

En las manos tenía cuatro piedras de un color raro y las cuatro más o menos prismáticas.

—Se han aprovechado de nuestros propios sentimientos para hacernos actuar a su gusto —dijo suavemente Chouns, como introduciendo las palabras en el tozudo cráneo del otro, una por una—. Nos hicieron creer que los motores hiperatómicos no funcionaban, para inducirnos a aterrizar en uno de los dos planetas; supongo que no importaba cuál de ambos. Cuando hubimos aterrizado, nos hicieron creer que teníamos en las manos unos instrumentos de precisión, para que corriéramos hacia el otro planeta.

—¿A quiénes te refieres —refunfuñó Smith—, a los rabudos o a las serpientes? ¿O a ambas especies?

—Ni a los unos ni a los otros —respondió Chouns—. Fueron las plantas.

—¿Las plantas? ¿Las flores?

—Ciertamente. Vimos dos clases diferentes de animales cuidando la misma especie de planta. Como nosotros somos animales, presumimos que los animales eran los duenos. Pero ¿por qué habría de ser así? Las plantas eran las que recibían todas las atenciones.

—En la Tierra también cultivamos plantas, Chouns.

—Pero nos las comemos —replicó éste.

—Quizas aquellas criaturas también se las coman.

—Digamos que yo sé que no se las comen —replicó Chouns—. Nos manejaron bastante bien. Recuerda con qué cuidado hube de buscar un trozo de suelo desnudo para aterrizar.

—Yo no sentía esa necesidad.

—Tú no estabas en los mandos; tú no les interesabas. Luego, por otra parte, recuerda que no nos fijamos en el polen ni por un momento, aunque estábamos cubiertos de él... No nos fijamos hasta que estuvimos ya en el segundo planeta. Entonces nos lo sacudimos obedeciendo a un mandato.

—Jamás oí nada tan inverosímil.

—¿Por qué inverosímil? No asociamos la inteligencia con las plantas porque las plantas que conocemos no poseen sistema nervioso; pero ésas quizá lo tengan. ¿Recuerdas las carnosas yemas de los tallos? Por otra parte, las plantas no se mueven libremente; pero no tienen necesidad de moverse si adquieren poderes psi y utilizan a los animales que sí tienen libertad de movimientos. Así se hacen cultivar, abonar, regar, polinizar y todo lo demás. Los animales las cuidan con dedicación exclusiva, y se sienten dichosos cuidándolas, porque ellas los hacen sentirse así.

—Y yo lo siento por ti —dijo Smith con acento monótono—. Si intentas explicar esta historia de regreso a la Tierra, lo siento por ti.

—No me hago ilusiones —musitó Chouns—. Sin embargo..., ¿qué puedo hacer sino intentar advertir a los de la Tierra? Ya has visto qué hacen aquellas plantas con los animales.

—Según tu interpretación, los convierten en esclavos.

—Peor aún. O las criaturas con rabo, o las que parecen serpientes, o ambas, han de haber tenido una civilización bastante adelantada para llegar a conocer y practicar los viajes espaciales. De otro modo aquellas plantas no podrían encontrarse en los dos planetas. Pero en cuanto las plantas adquirieron poderes psi (quizá aparecieran estos poderes en una raza salida de una mutación), la civilización animal llegó a su fin. En la fase atómica, los animales son peligrosos. Por consiguiente, les hicieron olvidar, los redujeron a su condición actual... ¡Maldita sea, Smith! ¡Aquellas plantas son la cosa más peligrosa de todo el universo! La Tierra ha de ser informada de su existencia. Puede darse el caso de que otros terrestres entren en aquel grupo de astros.

Smith soltó la carcajada.

—¿Sabes?, estás completamente desatinado. Si aquellas plantas nos tenían realmente bajo su dominio, ¿cómo permitieron que nos marchásemos y avisemos a los otros?

Chouns hizo una pausa.

—No lo sé —respondió por fin.

Smith había recobrado el buen humor.

—Por un minuto me has tenido cogido, debo admitirlo —comentó.

Chouns se rascaba el cráneo furiosamente. ¿Por qué les dejaban marchar? Todavía más, ¿por qué sentía él un afán tan imperioso de avisar en la Tierra de una cuestión con la que los hombres quizá no volverían a ponerse en contacto durante miles de años?

Chouns pensaba intensa, profundamente, y al final se le apareció una especie de idea brillante. Quiso captarla del todo; pero se le escapó. Por un momento pensó desesperadamente en qué sería, como si algo o alguien hubiera empujado la idea fuera de su alcance; aunque luego también esta sensación se desvaneció a su vez.

Sólo continuaba sabiendo que la nave había de seguir volando a toda velocidad, que tenían que apresurarse.

 

De modo que, después de años incontables, las condiciones adecuadas se habían producido otra vez. Las protosporas de las dos variedades planetarias de la planta madre se encontraron y fusionaron, saltando juntas a las ropas y el cabello y la nave de esos nuevos animales. Y casi al instante se formaron las esporas híbridas, que eran las únicas dotadas de la facultad y la potencia necesarias para adaptarse a un nuevo planeta.

Ahora las esporas aguardaban calladamente, en la nave que, con el último impulso de la planta madre en las mentes de las criaturas que la tripulaban, las llevaba a toda velocidad hacia un mundo nuevo y maduro, donde unos seres que gozaban de libertad de movimientos atenderían a sus necesidades.

Las esporas aguardaban con la paciencia de la planta (esa paciencia que lo vence todo y que ningún animal poseerá jamás) la llegada a un nuevo mundo... Aquellas esporas que eran, todas y cada una, a su diminuta manera, unas exploradoras...

 

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Nos dice Asimov sobre el cuento (Extracto del mismo libro)

El mismo año, se produjo otro momento crucial. (Asombra la cantidad de momentos cruciales que hay en la vida de una persona, y lo difícil que es reconocerlos cuando llegan.)

Yo escribía literatura no perteneciente a la ciencia ficción, en pequeña cantidad, desde los días de mi disertación doctoral. Se trataba de documentos científicos sobre mis investigaciones, por ejemplo. No eran numerosos, sin embargo, porque no tardé en descubrir que yo no era en realidad un investigador apasionado. Por otra parte, escribir documentos significaba un trabajo terriblemente desagradable, puesto que los documentos científicos son aborrecibles en cuanto a estilo.

Con el libro de texto gocé más, si bien al escribirlo tuve que contenerme y sujetarme continuamente por causa de mis dos colaboradores... Ambos eran maravillosos, pero ambos tenían un estilo completamente distinto del mío. Por pura frustración, concebí la idea de escribir un libro de bioquímica por mi cuenta y riesgo, no para estudiantes de Medicina, sino para el público en general. De todos modos, yo mismo consideraba esta idea como un sueño, pues en realidad no sabia ver más allá de mi ciencia ficción.

Sin embargo, mi colaborador, Bill Boyd, había escrito un libro popular sobre genética, Genetics and The Races of Man (Little-Brown, 1950), y en 1953 vino de Nueva York un tal Henry Schuman, propietario de una pequeña editorial que llevaba su nombre. Schuman quería persuadir a Bill de que escribiese un libro para él; pero Bill estaba ocupado y, persona de corazón tierno, probó de desembarazarse fácilmente de Schuman presentándomelo, después de haberle recomendado que me convenciese a mi de que escribiera un libro.

Naturalmente, di mi conformidad, y lo escribí con rapidez. De todos modos, cuando se acercaba la fecha de su aparición, Henry Schuman había vendido ya su empresa a otra firma, también pequeña: Abelard. Así pues, cuando apareció mi libro, The Chemicais of Life, debió su publicación a Abelard—Schuman, 1954.

Era la primera obra ajena a la ciencia ficción que aparecía bajo mi nombre exclusivamente; la primera de esta clase que escribía para el público en general.

Más aún, la tarea me había resultado muy fácil, mucho más que inventar relatos de ciencia ficción. Sólo tardé diez semanas en escribirlo, sin dedicarle nunca más de una o dos horas diarias, y me divertía muchísimo. Al instante me puse a pensar en qué otros libros similares, ajenos a la ciencia ficción, podía escribir, y así inicié una actividad que iba a llenar mi vida..., aunque a la sazón no sospechaba que hubiera de ocurrir semejante cosa.

Por otra parte, ese mismo año empezó a parecer que estaba en camino un segundo retoño nuestro. También éste nos cogió por sorpresa y creó un problema grave.

Cuando nos trasladamos a nuestro apartamento de Waltham, en la primavera de 1951, sólo éramos dos. Dormíamos en un dormitorio, y el otro me servía de oficina. En ese segundo dormitorio escribí mi libro The Currents of Space (Las corrientes del espacio) (Doubleday, 1952).

Cuando David ya fue bastante mayor para necesitar un dormitorio particular, le concedimos ese segundo, y trasladé mi oficina al dormitorio principal. Allí escribí The Caves of Steel (Doubleday, 1953).

Luego, el 19 de febrero de 1955, nació mi hija Robyn Joan, y yo me trasladé, por adelantado, al pasillo. Era el único sitio que quedaba disponible. Allí empecé la cuarta de mis novelas de Lucky Starr, el mismo día que trajeron a la pequeña del hospital. Se tituló Lucky Starr and the big sun of Mercury (Lucky Starr y el gran sol de Mercurio) (Doubleday, 1956) Y la dediqué A Robyn Joan, que hizo cuanto pudo por estorbar.

El estorbo resultó demasiado efectivo, realmente. Con un hijo en cada habitación y yo en el pasillo, la cosa marchaba bastante mal; pero con el tiempo Robyn Joan sería bastante mayor para necesitar también una habitación propia. Con lo cual decidimos empezar a buscar una casa.

Esto fue un trauma. Yo no había vivido nunca en una casa. Mis treinta y cinco años de existencia los había pasado en una serie de apartamentos alquilados. No obstante, lo que había de ser hubo de ser. En enero de 1956 encontramos una casa en Newton (Massachusetts), al Oeste de Boston, y el 12 de marzo del mismo año nos trasladamos allá.

El 16 de marzo, Boston sufrió una de las peores tormentas de nieve que se recuerde; la capa de nieve alcanzó noventa centímetros. Yo, que nunca había quitado nieve, me hallé empezando la tarea con una pala en un ancho y profundo paseo. Apenas me había abierto paso cuando, el 20 de marzo, hubo otra tormenta de nieve y cayó otra capa de ciento veinte centímetros.

La nieve amontonada contra las paredes exteriores de la casa, al fundirse, se filtró a través de la madera, penetrando en el sótano, y sufrimos una pequeña inundación... ¡Cielos, cómo deseábamos volver a encontrarnos en un apartamento!

Pero sobrevivimos al conflicto, y luego vino una preocupación mayor todavía... para mí al menos. Mi vida había cambiado tan radicalmente (con dos hijos, una casa y una hipoteca) que empecé a preguntarme si seguiría siendo capaz de escribir. (La novela The Naked Sun Doubleday, 1957, la había terminado dos días antes del traslado).

Ya saben, uno se hace de tal modo a la idea de que un escritor es una planta delicada, a la que hay que cultivar con mucho esmero (y si no se marchita) que todo cambio traumático en su manera de vivir le da, inevitablemente, la impresión de que a la delicada planta le han cortado todas las flores.

Entre las tormentas de nieve, el manejo de la pala, achicar el agua del sótano y todo lo demás, pasé un tiempo sin poder escribir.

Pero he ahí que Bob Lowndes me pidió un cuento para Future, y en junio de 1956 empecé mi primer trabajo de escritor en la nueva casa. Se había producido ya la primera ola de calor de la estación, pero el sótano continuaba fresco, de modo que mstalé la máquina de escribir allí, gozando del lujo singular de poder estar fresco en medio de una ola de calor.

No había problema. Seguía poseyendo facultades para escribir. Produje Todos exploradores, y apareció en el número 30 de Future... (Los números de esta revista aparecían tan irregularmente, a la sazón, que no se consideraba prudente designarlos por el mes en que se publicaban.)

 

De Compre Júpiter (Buy Jupiter), Editorial Bruguera 1976.
Traducción de Baldomero Porta Gou