En tierra baldía de Lord Dunsany

EN TIERRA BALDÍA

LORD DUNSANY

 

Sobre los marjales descendía la noche espléndida con todas sus bandadas errantes de estrellas nómadas y todo su ejército de estrellas fijas que titilaban y vigilaban.

A la firme tierra seca del Oriente, gris y frío, la primera palidez del alba llegaba sobre las cabezas de los dioses inmortales.

Entonces, al acercarse por fin a la seguridad que ofrecía la tierra seca, el Amor miró al hombre al que por tanto tiempo había conducido por los marjales y vio que tenía el pelo cano, porque brillaba en la palidez del alba.

Entonces pisaron juntos tierra firme y el viejo se sentó fatigado en la hierba porque había errado por los marjales durante muchos años; y la luz del alba gris se expandió por sobre las cabezas de los dioses.

Y el Amor le dijo al viejo:

—Ahora te dejaré.

Y el hombre no le dio respuesta, pero se echó a llorar.

Entonces el Amor sintió pena en su corazoncito despreocupado y dijo:

—No debes estar triste porque te deje ni echarme de menos ni cuidarte de mí para nada.

—Soy un niño muy necio y nunca fui bueno contigo, ni amistoso. Nunca me cuidé de tus profundos pensamientos ni de lo que había de bueno en ti; por el contrario, fui causa de tu perplejidad al llevarte de aquí para allá por los peligrosos marjales. Y fui tan desalmado que si hubieras perecido en el lugar a donde te había conducido, no habría significado nada para mí, y sólo me quedé contigo porque eras un buen compañero de juegos.

»Soy cruel y carezco del todo de valor; no soy nadie cuya ausencia pueda ser motivo de pena ni de cuidado.

Y aún el viejo siguió sin hablar y sólo continuó llorando quedamente; y el Amor se lamentó en su bondadoso corazón.

Y el Amor dijo:

—Como soy tan pequeño mi fuerza te pasó inadvertida y también el mal que te hice. Pero mi fuerza es grande y la utilicé sin justicia. A menudo te empujé de la calzada elevada a los marjales sin importarme que pudieras ahogarte. A menudo me burlé de ti e hice que otros se burlaran asimismo. Y a menudo te conduje por entre los que me odiaban y me reí cuando ellos se vengaron en ti.

»Así, pues, no llores, porque no hay bondad en mi corazón, sino sólo crimen y necedad; no soy compañía para alguien tan sabio como tú; por el contrario, soy tan frívolo y tonto que me reí de tus nobles sueños y entorpecí todas sus acciones. Considera, pues, me has desenmascarado y te pasarás sin mí; aquí vivirás en paz e, imperturbado, tendrás nobles sueños de los dioses inmortales.

»Considera, pues, aquí está el alba y la seguridad, allí, la oscuridad y el peligro.

Todavía siguió el viejo llorando quedamente.

Entonces el Amor dijo:

—¿Esto es, pues tu guisa?—Y su voz era grave ahora, y serena.—¿Te sientes tan perturbado? Viejo amigo de tantos años, hay pena en mi corazón por ti. Viejo amigo de peligrosas venturas, debo dejarte ahora. Pero pronto te enviaré a mi hermano... mi hermanito la Muerte. Y saldrá de los marjales a tu encuentro y no te abandonará y te será fiel como yo no te lo he sido.

Y el alba clareó más sobre los dioses inmortales y el viejo sonrió a través de las lágrimas que resplandecieron maravillosas a la luz creciente. Pero el Amor bajó a la noche y a los marjales, mirando atrás por sobre el hombro al partir y sonriendo bellamente con los ojos. Y en los marjales donde se internó, en medio de la noche esplendorosa y bajo las bandadas errantes de estrellas nómadas, hubo sonidos de risas y el sonido de la danza.

Y al cabo de un tiempo, con la cara vuelta hacia la mañana, salió la Muerte de los marjales, alta y hermosa, con una ligera sonrisa sombría en los labios; y levantó en brazos al hombre solitario con mucha gentileza, y le cantó en profunda voz baja una vieja canción. Y lo cargó en la mañana al encuentro de los dioses.