Azul, cuento de Hugo Aqueveque en Letras Perdidas

AZUL

HUGO AQUEVEQUE

 

Harry se levantó cabizbajo esa mañana, como lo venía haciendo desde hacía 37 años. Después de dormir sus correspondientes dos horas y media estaba listo para ejecutar los planes especiales que tenía para ese día. Planes largamente meditados. Se metió en su pequeña ducha térmica de agua y aire comprimido de dos minutos, y salió más despierto, más vivo, aunque la lentitud de sus movimientos era inevitable.

Cuando pasó frente al espejo del baño, el único de su departamento, evitó mirarse. Desnudo, volvió a su espacioso dormitorio. Presionó un botón en la cabecera de la cama y las cortinas se abrieron, inmediatamente después el vidrio del ventanal se enroscó hacia arriba dejando ver la ciudad sin obstáculos. Era aparente el panorama, cuando Harry se asomó un espeso smog cubría de un gris tenebroso los gigantescos edificios y torres. Parecía un crepúsculo en pleno invierno, pero eran recién las siete de la mañana de un día de verano. La hermosa y dañina luz del sol estaba sobre aquella capa de humo envenenado, como una contradicción aberrante la polución protegía a la ciudad de los rayos ultravioleta.

Harry experimentó la sensación de rozar lo que había sobre esa capa gris horrenda, sintió la necesidad de tocar el azul del cielo, y estiró la mano fantaseando como un niño. Pensó que podía llegar al firmamento con ella en el último piso de ese alto edificio, pero era su imaginación y sus añoranzas, la tristeza de su edad; era su vida que en un mareo vertiginoso y con ráfagas como relámpagos se le venía a la memoria, imágenes muy difusas, sus recuerdos, sensaciones ya extinguidas desde tiempos incalculables para él.

Se vistió con lentitud escuchando música de Bach. Ya cubierto con las prendas de látex negro se encaminó hacia la puerta del ascensor dentro del mismo departamento. A una orden oral éste se puso en funcionamiento y comenzó a bajar los 200 pisos del edificio. Entre tanto Harry se acomodó unos grandes y llamativos anteojos que se adhirieron a su piel rápidamente como ventosas. Sus dedos pulgar y anular de la mano derecha estaban recubiertos con dedales oscuros de apariencia incómoda y semi-metálica.

Arrastrando el anular por su muslo externo derecho en una zona demarcada de su pantalón, activó una pequeña pantalla en sus anteojos. Era como una pantalla de ordenador sobrepuesta en la visión de sus ojos, y como manejando uno —con su anular a modo de mouse—, escogió el enlace de la opción de su vehículo como quien pincha un link en una lista de direcciones en internet. Siguiendo más opciones y links, lo puso en marcha y lo condujo hasta la entrada del ascensor en el garage del edificio.

Al abrirse las puertas del elevador, su compacto carro, que tenía forma de una media luna ovalada vuelta hacia abajo, lo esperaba. Montó en el único asiento y a una orden oral el angosto vehículo rodó lentamente hacia la salida del edificio. El interior del transporte era estrecho, no tenía palancas, pedales, manubrio ni espejos, era sólo una pequeñísima sala de espera individual más parecida a un gran sarcófago con ventanillas que a un auto, donde su ocupante podía viajar incluso acostado y dormido. Harry, ahora arrastrando su anular por una superficie plana sobre un tablero a mano derecha, marcó en su pantalla la ruta que iba a tomar. Después de un par de segundos en el diminuto monitor de sus anteojos un mensaje de "Autorizado por la Central de Tránsito" y otro de "Ruta asignada" parpadearon junto con un sinnúmero de anotaciones menores que le informaban sobre horas de salida, tiempos, llegada a varios puntos intermedios, hora de estacionamiento y muchos datos más. Todo estaba programado de tal manera que ningún vehículo que circulara por las calles se detuviera hasta llegar a su destino, todo optimizado y automatizado al máximo.

Le correspondió la cuarta pista, la última de arriba, la única que dejaba ver por lo menos los edificios y el cielo oscuro, las otras tres daban la sensación de viajar por túneles y a Harry no le agradaban.

Ya en camino, intentó leer algún periódico en la pantalla de sus gafas, pero no pudo concentrarse, sus pensamientos andaban en otro lugar, era la nostalgia la que no lo dejaba tranquilo. Hizo un brevísimo recuento de su existencia —hace dos décadas que lo venía haciendo todos los días—, y, contradictoriamente, como costumbre, el resultado daba positivo a pesar de su inconformidad.

El smog, las luces, las construcciones y los sarcófagos con ruedas que pasaban a su alrededor desaparecían gradualmente de su visual, su mente viajaba, se iba al pasado, a lo poco que recordaba. Casi no habían imágenes ni voces en su memoria, sólo información pretérita que apenas recordaba. Nombres, fechas, números, ciudades, calles... acontecimientos remotos que si no los tuviera de antemano por ciertos dudaría de ellos.

Harry era médico, aunque su realidad fue otra, la de empresario del rubro. Estableció varias compañías, una de las cuales se convirtió en una verdadera mina de oro que le dio fama y riqueza. Esos fueron los buenos tiempos, ahora estaba en el ocaso de su existencia, lo estaba desde hace mucho, convertido en un anónimo anciano que intentaba vivir sus últimos días en soledad.

Analizaba su vida mientras la vibración silente del vehículo lo hipnotizaba, lo hacía sentir arrullado en una cuna como a un bebé. Lo tuvo todo, especialmente salud y dinero, porque la salud en esos tiempos era fácil obtenerla. Desde la lectura del genoma humano los adelantos médicos no habían tenido límite. Ya nadie se enfermaba, ni siquiera en la sobrepoblada y miserable Europa, era muy difícil morir en un accidente por muy grave que fuera, la tecnología permitía recuperar o reemplazar casi cualquier miembro u órgano humano, y si no se podía, siempre existía la opción de la criogenización —sólo a las muertes por hambre no le habían encontrado remedio—. Las personas vivían años y años, nadie moría antes de cumplir el siglo de vida. La gente joven era muy difícil de hallar, y la gestación normal de bebés estaba siendo reemplazada a un ínfimo costo por las técnicas de clonación, individuos a la carta con expectativas de vida por sobre los 125 años.

Él ya estaba cansado, sentía que sus funciones vitales se detenían en cualquier momento. Se había sometido a muchas intervenciones quirúrgicas, su corazón, estómago e hígado eran máquinas con larga vida útil certificada desde fábrica, la mayoría de sus huesos consistían en estructuras de firme titanio, sus músculos permanentemente reforzados con inserciones de material semi-biológico, al igual que sus venas limpiadas y regeneradas cada 20 años por el llamado "lavado fundamental". La piel de su cuerpo la había estirado más de nueve veces, y la tenía tan delgada como la cáscara de una cebolla. Le repugnaba mirarse al espejo, le repugnaba mirar los venosos rostros de los demás, y daba gracias por la imperante moda de vestir todo el cuerpo, incluso la cara con esos enormes anteojos eléctricos.

El sonido intermitente de una suave alarma lo sacó de sus cavilaciones, estaba a un minuto de su destino, una de sus innumerables clínicas de asistencia; la casa matriz. Una sonrisa imperceptible lo regocijó al pensar en lo curioso que se sentía ser cliente de su propia empresa, la que ahora estaba en las confiables manos de uno de sus tataranietos, el cual personalmente iba a tratar su caso a pesar de no ser su labor.

Harry había nacido el año 72 del siglo XX, y la fecha de ese día era el año 28 del siglo XXII, tenía 156 años de edad, exactamente 100 años más de los que vivió su padre. Ya había olvidado el rostro de su progenitor, recordaba a toda su familia menos a él. Fue el primero en morir, bastantes años antes que su madre, y mucho antes que sus hermanos. Y aunque tenía fotografías y cintas de video, a su padre lo veía como a un completo extraño, nunca podía formar su rostro en la memoria sin la ayuda de las fotos que guardaba. Temía que era demasiado el tiempo que los separaba y muchas las cosas que su cerebro y su corazón no podían retener. Eso lo apenaba. No cabía duda, su generación había dado un salto tecnológico tan horrorosamente antinatural que el metabolismo humano no pudo asimilarlo, los hombres no estaban evolucionados para vivir tantos años… ni para recordarlos.

En el portal del edificio lo recibió Héctor, su tataranieto, y después de un breve e íntimo intercambio de palabras ingresaron al edificio y pasaron a una iluminada habitación en el centésimo piso.

Harry se desvistió y se colocó encima unas prendas hospitalarias. Estaba tranquilo, ya acostumbrado por la experiencia de tantos paseos por ese tipo de salas. Se recostó en una ostentosa cama de metal con colchón forrado en seda. Respiró sereno mientras su joven tataranieto en silencio preparaba dos catéteres, que en breve conectó con destreza y sin dolor a la yugular del anciano. Éste se quedó acostado unos minutos, pensando en su padre mientras esperaba, intentando recordar su rostro, pero no pudo y eso no lo sorprendió.

Luego Héctor se acercó de nuevo y le puso en su mano derecha un diminuto aparato de liviano metal negro que conectaba mediante un cable a una máquina, la misma desde donde procedían las mangueras introducidas en el cuello del paciente.

—Cuando tú quieras, viejo— le dijo Héctor con cariño. Era necesario que el mismo cliente accionara la máquina.

—Ahora mismo, muchacho, antes de que me arrepienta— y Harry sonriendo nerviosamente presionó el botón cromado del aparato que tenía en su mano.

Algo asustado, notó como un líquido azul intenso subió por la manguera hasta incrustarse en su vena. Se alegró al mismo tiempo en que sintió la gélida substancia entrando en su cuerpo. Una sonrisa infantil, pero ahora legítima, se dibujó en su cara deformada por las numerosas cirugías, mientras recordó —o soñó, no lo supo— con nitidez un momento exacto de su existencia: «Se vio siendo niño, lo sintió como si estuviera allí. Pescaba sobre unos roqueríos junto a su padre envueltos en un agradable aroma marino, ansioso miró a su progenitor a su jovial y sonriente rostro y lo sintió suyo como no lo sentía hace 100 años, de su sangre y de su carne... como a un hijo que murió joven. Vio en sus profundos ojos azules, que no recordaba hasta ese momento, el reflejo del azul del mar, el resplandor del azul del cielo, el azul que nunca más sería, el azul que cuando nació por derecho le correspondía. Ese azul que había dejado el planeta hace años y que él debió acompañar. Y en ese preciso momento tuvo la certeza de que haber alargado su vida de tal manera había sido un imperdonable error, que esta vida extra no le fue asignada por Dios o quien fuera, nunca la quiso, y se arrepintió por tantos años de existencia inútil y forzada».

Al irse durmiendo, mientras lágrimas dulces y agraces acariciaban su rostro, escuchó la voz de Héctor, que como un eco lejano le decía "hasta siempre abuelo…"; era su definitivo adiós, pues, en esos tiempos de inmortales artificiales su lucrativa empresa se dedicaba a dar el oneroso servicio del suicidio asistido, y Harry, cansado y solo, ya no quería vivir más.

Luego, un líquido rojo subió por otro de los tubos hacia sus añejas y fatigadas venas. Pero Harry ya dormía, y en su sueño nada más que el azul existía.

 

28 de julio del 2001.

® Hugo Aqueveque

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