Las leyes de Prakriti de Víctor Vegas en Letras Perdidas

LAS LEYES DE PRAKRITI

VÍCTOR VEGAS




Todos los animales a los que has matado y a los que les has causado un sufrimiento innecesario, te matarán en tu siguiente vida, uno tras otro, y vida tras vida.
Srila Prabhupada
en "El cazador y el sabio"

 

Despierta repentinamente. Jadeante. La frente impregnada de sudor al igual que el resto del cuerpo. La camisa del pijama pegada a la espalda. Lo despierta ese sueño absurdo producto de una conversación adulta que nunca debió escuchar —siempre solía soñar con lo que más le había impresionado durante el día.

Sentado sobre las sábanas revueltas mira a través de la tela transparente del mosquitero. Ve la inmensa pared pintada de añil en cuyo centro resalta, inequívoca, su fotografía: el cabello oscuro, rigurosamente peinado, como le gusta a la madre; los cachetes rosados, una sonrisa tímida, la mirada fija en la lente del fotógrafo. El traje gris, con corbata; los guantes blancos, aterciopelados. Entre ambas manos, el librito de oraciones atravesado por un diminuto rosario. Una escena angelical. El clásico retrato para recordar la primera comunión. Unos centímetros más abajo, en una medalla común, se unen dos líneas oblicuas de medallas de diferentes morfologías, tamaños y menciones (forman una "v" exacta): primer lugar en ochenta metros planos, primer lugar en relevo cuatro por cuatrocientos, primer lugar en salto alto, etcétera, etcétera.

Se siente satisfecho de ser lo que es.

El alarido del reloj despertador lo hace inclinarse con premura hacia el extremo derecho de la cabecera de la cama, donde está la mesita de noche. Presiona la palanquilla que hace callar a la garganta metálica. Se levanta. Los pies desnudos sobre las baldosas frías. Recuerda las palabras de la madre: procura no levantarte descalzo acabado de dormir, es peligroso, podrías enfermarte y luego... Busca en vano con la vista sus pantuflas. No las encuentra. Sale de su cuarto. La alfombra tibia bajo los pies. Camina por el corredor. Pasa frente a la habitación de la hermana, enseguida la de la madre; la puerta entreabierta: ella debe de estar abajo, en la cocina, preparando el desayuno. Se detiene un momento ante la puerta del lavabo. La mano derecha sobre el picaporte. Mira hacia el final del pasillo. Allí encuentra a Félix, a pocos metros de la escalera, ronroneando dentro de su cesta.

Esta mañana no se siente con ánimos para acercarse hasta él en puntillas (siempre lo había hecho, sin embargo, ahora, después de este sueño, de esta pesadilla... no, no se atrevería) y de un puntapié enviarlo hasta la planta baja a través de las escaleras. Félix levanta la cabeza estirando el cuello corto. Lo mira con sus pupilas abismales. Él siente un repugnante escalofrío que le recorre todo el cuerpo. Gira el picaporte y desaparece apresuradamente del pasillo.

Al salir del lavabo deja tras de sí la resonancia habitual que verifica el alivio de las mañanas. Regresa a su cuarto. La mirada inconsciente hacia el reloj. Caramba, cómo vuela el tiempo. Se arregla deprisa: los jeans, el suéter, los zapatos deportivos. Se tarda un poco más en el cabello. Al terminar coge el morral. Sale. Otra vez el corredor. Lo atraviesa mirando sus pasos sobre la alfombra (en realidad no quiere ver hacia adelante para evitar a Félix, los ojos de Félix). Baja los peldaños como de costumbre: dos y dos son cuatro, cuatro y dos... Cruza el vestíbulo y el comedor. Tu desayuno está servido. Se sienta a la mesa sin decir una palabra. La rebanada de pan tostado cubierto de mantequilla. Las hojuelas de maíz anegadas en una leche blanca, tan blanca como la sobremesa. Date prisa o llegarás tarde al colegio. Da dos o tres mordidas a la rebanada de pan; la deja a un lado. Sorbe dos o tres cucharadas de corn flakes. Prefiere terminar con este último.

Una vez en la calle respira el aire fresco de la mañana aún no contaminado por las bocanadas impuras de los vehículos. Mira hacia oriente la pelota dorada que lo ciega durante algunos minutos. Será un buen día. Sube a la bicicleta y comienza a pedalear muy suavemente.

Van pasando a su lado las cómodas casas de dos plantas, los amplios jardines cercados con esa verja baja, natural; los chaguaramos, el parque donde suele venir por las tardes a jugar. Maniobra hábilmente para esquivar un hidrante que se ha entrometido en su camino. A veces la calzada es más segura. Decide que en la próxima rampa la tomará. Así lo hace. Ahora su pedaleo tiene un ritmo más vehemente.

Se apoya sobre los pedales y el manubrio y se separa un poco del asiento para no sentir esa desagradable vibración al pasar sobre la alcantarilla próxima. Sin saber por qué, se va reconstruyendo poco a poco en su memoria la escena de la noche anterior. El tío, sentado en el vestíbulo, conversaba de manera efusiva con dos amigos (había venido por petición de su hermana, pues esa noche, ella tenía que salir y no le gustaba dejar a los niños solos) mientras Daniel Santos se desgañitaba con obstinación desde el aparato de sonido. Él, sentado en un peldaño de la escalera, la cabeza reclinada entre los pilares del pasamano, escuchaba atento las voces del tío y de sus acompañantes que se imponían fogosamente sobre la voz palpitante de Santos.

—Claro que no son patrañas.

—¡Eso es absurdo, viejo!

—También leí algo al respecto en un número de Selecciones. Algunos pueblos primitivos de la antigüedad tenían la creencia extendida de que los antepasados reencarnaban dentro de su propia familia. En muchas tribus se enterraba a los hijos muertos junto al hogar paterno y, a veces, la madre se comía un trozo de su oreja esperando que su alma volviera a nacer en la familia.

—¡Jesucristo! ¡Vaya clase de salvajes!

—En la India se cree que la reencarnación está regida por el karma, una especie de ley de causas y efectos que podría traducirse como "cada uno recoge el bien o el mal que antes haya sembrado".

—¿Y qué con eso?

—Pues que existe la posibilidad de que en tu siguiente vida seas un animal, el que más hayas detestado y al que más maldades le hayas arriado durante esta vida.

—¡Dios Santo!

—Un proverbio en sánscrito dice: mam sa khadatiti mansah. "Ahora me estoy comiendo la carne de un animal, que algún día, en el futuro, será mi carne".

Él no siente la vibración (que tanto le desagrada) que produce en todo su cuerpo el paso sobre esa otra alcantarilla. Va demasiado abstraído. Tampoco advierte el cambio de luces que le indica que debería detener su carrera antes de llegar a la esquina.

La colisión es inevitable.

La bicicleta queda bajo las ruedas del Hornet y él, cinco metros más allá, sobre la calzada dura y fría. Siente cómo la gente que pasaba por allí empieza rápidamente a rodearlo. Quiere abrir los ojos pero estos no le obedecen de inmediato, sino rato después. Escucha ruidos, voces: él se atravesó, me correspondía el paso

hay que llevarlo a un hospital

rápido, rápido

¿y la madre?, hay que avisarle a la madre

la placa, ¿alguien tomó el serial de la placa?

rápido, rápido

él se atravesó, me correspondía el paso

era apenas un niño, qué lástima

que alguien haga algo, por Dios

lo lanzó a ocho metros, diez quizás

miren, parece que reacciona

sí, sí

llévenlo a un hospital

rápido, rápido

… y el lamento palpitante de sus órganos.

 

Ve por fin cuerpos y rostros agitarse sobre él, deformes, grotescos, como reflejados por espejos de feria. Debe ser el aturdimiento, piensa. Los ve moverse, inclinarse sobre él, erguirse, desaparecer y regresar otra vez. ¿Qué te duele, hijo? Pero él no alcanza a contestar porque poco a poco comienza a perder la definición del mundo (el ruido de su maquinaria también se extingue), de los cuerpos, de los rostros que lo rodean, de su propia fisonomía sepultada por esa bruma infinitamente oscura y espesa.

Abre bruscamente los ojos. Sólo percibe una escasa gama de tonos grises. Los cierra. Vuelve a abrirlos. Todo sigue igual. Sólo tonos grises. Es entonces cuando se da cuenta de la terrible verdad. No puede explicárselo. Sin embargo está allí, echado sobre sus extremidades traseras, meneando la cola larga y flexible mientras mira hacia un punto indefinido en el horizonte, con sus redondos ojos verdes, profundos y verdes (como los ojos de Félix), y una parte de sí aterrada y la otra tranquila, serena, como si este inesperado aspecto hubiera sido el de siempre, el de toda la vida.

Levanta su pata anterior izquierda: cinco dedos provistos de cojinetes carnosos y de garras curvas y retráctiles. Sin poder evitarlo, pasa la lengua escabrosa sobre ella, varias veces, para luego llevársela a la cabeza pequeña y redondeada y desde el nacimiento mismo de sus orejas erguidas, puntiagudas, deslizarla (varias veces) hasta el extremo del hocico lacónico y achatado.

Termina su aseo. Se levanta. Camina. Los primeros pasos le parece darlos en el aire. Se detiene. Mira sus patas. Ya te acostumbrarás, piensa con indiferencia, como si esto que le está ocurriendo fuese natural, como si no tuviera importancia, como si no hubiera que gritar horrorizado y correr, correr desesperado hasta lograr salir de ese aspecto absurdo, detestable, que nunca deseó pues estaba satisfecho del suyo, de lo que era antes de ésto. Pero sabe con certeza (no puede saber por qué) que desde este momento su razón no domina, que ha pasado a segundo plano, que será el instinto el que impondrá las nuevas reglas del juego puesto que es bien conocido que los animales no piensan.

Varios muchachos lo sorprenden bajando los peldaños encementados, sucios, irregulares, en una vereda de casas miserables. Otra vez el instinto. Corre. Los niños lo siguen. Si logran alcanzarlo, atraparlo, harán con él lo que él hacía con Félix. Lo sabe. Comenzarán por dejarlo caer patas arriba desde distancias que paulatinamente se irían incrementando hasta el punto de lanzarlo por los aires sin ninguna consideración. Cuando esto les haya cansado, aburrido, seguirían las latas atadas a la cola y la persecución interminable a través de un trecho largo, infinito, dejando tras de sí la bochornosa estela chirriosa de las latas contra el suelo y la risotada indolente de sus perseguidores. Todo esto se prolongaría hasta que algún adulto les pida, les ordene, dejar en paz a ese pobre animal.

Trepa velozmente sobre los cestos de la basura. De allí a la pared. Para continuar luego hacia el tejado donde se detiene un momento a mirar la expresión de desilusión en los rostros de los niños que han dejado escapar una buena ocasión para divertirse.

Reanuda su paso sosegado, mesurado, ahora sobre esa techumbre herrumbrosa, abollada, sobre la que reposa toda clase de artefactos mutilados por los años de uso y que hoy sólo sirve para estar tendida y hacer peso sobre las podridas láminas de metal: cauchos, planchas, parrillas de ventiladores atadas a tubos desproporcionados. La escena se repite. Pareciera multiplicarse. Hacerse infinita en esa vasta extensión de kilómetros hasta donde no alcanza a llegar su mirada.

Contempla cómo la pelota dorada parte el firmamento en dos porciones desiguales, tragando más azul hacia occidente. Las láminas de zinc han comenzado a calentarse bajo sus patas. Ya no es un buen sitio para estar. Decide bajar y buscar otro lugar. Lo hace. Una vez en el suelo escucha el gruñir de su panza exigiéndole alimento. No piensa. Para qué. Ha comprobado que el instinto es más fuerte que la razón. Y lo es. Escucha ruidos. Con rapidez se vuelve hacia su izquierda. Allí está, a unos cuantos metros, la pequeña lagartija bañada por los chorros de luz que se desprenden de la pelota dorada. Él se contrae sobre sí mismo hasta comprobar que todo el peso de su cuerpo recae sobre sus miembros traseros. Observa pacientemente. Ella está quieta, inmóvil, como una estatuilla de bronce. La cabeza erguida, de vez en cuando saca la lengua estrecha y bifurcada. Él se decide: raudo salta sobre su presa. En el primer instante de acoso la lagartija duda, después se mueve de forma vertiginosa entre los zarpazos continuos de él. A él le agrada, le complace, le satisface la zozobra de ella entre su hostigamiento inagotable: la deja correr un trecho largo, luego le cierra el paso; ella, confundida, inmensamente agotada, vuelve sobre sus pasos. La deja correr otro trecho. La detiene una vez más. Esta vez, la pata izquierda sobre el cuerpecillo cimbreante de ella. Le da zarpazos cortos, suaves pero muy veloces. Ella parece no reaccionar. Parece doblegada ante su ineludible destino. Él presiona un poco (no demasiado); la siente acezante bajo su pata. La cola se mueve moribunda en un último recurso de escape. Él decide dar el zarpazo final. Lo hace sobre esa cola de movimientos quedos (cae en la trampa) que lo atrae de manera seductora. Las garras hundidas en un pedazo de cuerpo que se agita en contorsiones múltiples, mientras que el otro pedazo, el más suculento, escapa a través de esa grieta inoportuna en la pared. Se siente tontamente estafado, y, lo que es peor, con el mismo apetito. No pasará otra vez. Lo sabe.

Se aprende de los errores.

Reanuda su paso sosegado, mesurado, a través de esa vereda que se apaga con lentitud sobre su lomo flaco, junto con los últimos suspiros de la pelota dorada que se repliega sobre sí misma hacia occidente, triste, miserable.

Se esconde a un lado de los cestos de la basura. No ha encontrado nada que valga la pena en ellos, así que ha decidido esperar a algún otro visitante. Su percepción visual se ha agudizado ahora que la opacidad cubre todos los cuerpos en su entorno. Aguarda pacientemente. El paso de las horas no tiene ninguna importancia. Esa idea fija, absurda por demás, en el recorrido estúpido, inútil, de las manecillas del reloj, ha salido para siempre de su mundo. Podría estarse allí toda la noche, trasnocharse sin preocupación alguna, pues al amanecer nada lo esperaba, ninguna actividad necia que perturbe sus deseos, sus instintos; la necesidad urgente de satisfacer sus ansias. Escucha ruidos. Un insecto nocturno. Mejor que nada. Se contrae sobre sí mismo. Espera a que el insecto detenga su ágil carrera. Lo hace. Erguido sobre sus ligeras extremidades mueve con disonancia las antenas. Es asqueroso, pero el hambre... Se echa sobre él que cruje bajo el peso de su cuerpo. El hocico directo a la cabeza. Se aprende de los errores. En este instante su víctima cruje entre sus dientes afilados. Escucha con atención ese sonido seco, como el gemido de hojas muertas bajo los pies. Las patas del insecto se enredan entre sus bigotes, no dejan de moverse hasta que se pierden en su hocico chato. Mejor que nada. Regresa a su lugar. Aguarda. Otro visitante ha de llegar pronto. No es demasiada larga la espera. Una rata inmensa, casi de sus mismas dimensiones, aparece desde la penumbra. Tiembla. Es lo mejor que le ha pasado en toda la tarde. Sin pensarlo se echa sobre ella. La rata, desconcertada, se bate bruscamente bajo su cuerpo. Él trata de asegurarla con el firme alicate de sus mandíbulas, sin embargo, ella logra zafarse. Corre. Él va tras de ella. No puede dejarla escapar (es lo mejor que le ha pasado en toda la tarde). Sabe que si ella consigue llegar a la calzada desaparecerá a través de una alcantarilla o cualquier otro desagüe. Imprime mayor ritmo a sus zancadas. De repente comienza a ver la claridad que se cuela a la boca de la vereda desde el alumbrado de la calle. No puede perderla. No puede dejar que escape. No encontrará nada mejor. Nada.

La rata entra en la calzada. Él siempre detrás de ella. El sonido estridente de una bocina lo hace detenerse en el acto. Mira hacia su derecha. Esos ojos luminosos lo ciegan. Escucha muy de cerca el rugir de la máquina, inmediatamente después, ese chillido agudo, obtuso, que el dolor le hace comprender que es su propio chillido. Siente que los fierros calientes golpean su cabeza, su lomo, cada parte de su cuerpo estrellándolo contra el pavimento duro. Queda inerte sobre la calzada. No sabe cuántas volteretas dio bajo esa melodía metálica. Hace un esfuerzo sobrenatural para arrastrarse hasta el hombrillo y evitar que otro vehículo lo aplaste. Al llegar, apoya la cabeza sobre el borde de la acera. La respiración jadeante. Oye susurros a su alrededor, bocinas, gruñir de tubos de escape, pobre animal, la palpitación apresurada de sus órganos. Siente cómo las luces de neón se apagan, se extinguen lentamente sobre su cuerpo.

 

Abre bruscamente los ojos. Despierta entre la suavidad de las sábanas. Mira el mosquitero. Se deja llevar por la tela transparente hasta el punto donde éste nace, cae, se abre para cubrir con sus delicados brazos la ancha geografía de la cama. Está en su cuarto. Todo lo ha soñado. Se alegra de que sea así. De que sea ahora cuando en realidad despierta; cuando mira su retrato colgado en la pared; las medallas (forman una "v" exacta). Nunca más volverá a escuchar una conversación de adultos. Nunca más volverá a maltratar a Félix, patearlo, lanzarlo por los aires patas arriba... El alarido del reloj despertador lo hace inclinarse con premura hacia el extremo derecho de la cabecera de la cama, donde está la mesita de noche. Presiona la palanquilla que hace callar a la garganta metálica. Se levanta. Los pies desnudos sobre las baldosas frías. Recuerda las palabras de la... Todo tal cual lo soñó. Otras veces le ha pasado, repetir cada cosa como lo ha hecho en los sueños. Sale. La alfombra tibia bajo los pies. Camina por el corredor...

Sin embargo, lo que no sabe, lo que ignora (hasta que vuelva en sí), es que está tirado a un borde de la calzada, inconsciente, con un hilillo de sangre saliéndole del hocico, en una ridícula posición contorsionada, iluminado por las luces de neón que preservan su letargo, su sopor, su sueño grato de volver a ser niño.

® Víctor Vegas

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