La Piedra de la Viuda

 

En el camino de El Salvador a Potrerillos y poco antes de llegar al Río Sal, hay una enorme y famosa roca, que es conocida como «La Piedra de la Viuda».  En esa zona son muchos los que dan crédito a una mujer de negro, que no es viuda, pero que por su aspecto lo aparenta.  La llaman de esa forma porque llora el infortunio que en vida le dio su amado.  Era bella, pero su rostro de ultratumba no es atractivo... tiene la marca de la muerte.  Hace parar los vehículos y cuando un conductor le ofrece llevarla, se sube y sienta muy triste.  A veces llora, pero parece ser que su ánimo no es atemorizar, sólo descargar con algún humano su pena.

En todo Chile existen viudas y lloronas, que por diversos azares del destino sus almas no descansan. La particularidad de  ésta es que produce mucho pánico y hace menos de 20 años la subió  un sacerdote a su camioneta, llevándose un susto tan grande, del que sólo sus más íntimos lo supieron, según se contaba en El Salvador. Lo cierto es que a plena luz del día varios conductores y pasajeros de vehículos de esa transitada zona, le vieron colocando una cruz de madera que perdura hasta hoy. 

 En cuanto a su leyenda, la versión más emotiva  que he escuchado señala que en 1918, cuando se construía el Ferrocarril de Andes Copper en su trazado Llanta-Potrerillos, había un apuesto maquinista del cual se enamoró una bella india Colla, llamada (1) Fermina.

Específicamente en ese tiempo se construía la vía férrea de acceso a Potrerillos, en la ladera norte de la Quebrada El Jardín, ubicada a pocos kilómetros del Río Sal.  En esa quebrada vivían numerosos indios Collas, entre éstos Fermina.

La construcción de Potrerillos, La Mina y Las Vegas, en esa zona, significó la movilización de miles de trabajadores que en 10 años convirtieron una zona de mucha soledad en uno de los lugares más importantes de la minería chilena. El FF.CC. fue base importante en todas las operaciones de construcción.

En cuanto  a  Fermina, la atractiva joven cada día se arreglaba lo más hermoso que podía, dentro de lo que le permitía su costumbre indígena: Pollera y blusa multicolor, tejidas a telar por su madre.  Sandalias, un sombrero andino, pañuelo y las trenzas que le daban un encanto especial. Quienes la conocieron, los «viejos»(2) de aquella época decían que no sólo era muy linda de rostro, sino además, tenía un cuerpo atractivo. Muchos trabajadores  del Ferrocarril y de otras obras de la construcción suspiraban por ella.  Sin embargo, su corazón estaba reservado para ese apuesto conductor de locomotora a vapor, que   la miraba, le obsequiaba una sonrisa  que le hacía estremecer de amor con el silbato de la locomotora.

Fermina no pudo evitar desobedecer las estrictas reglas de familia y muchas noches se escapó hacia unos pastizales, lejos de su humilde choza, donde en la brillante noche atacameña entregó sus primeros besos.  Después se doblegó ante el impulso de una caricia y finalmente fue todo su ser.  Fue feliz y más de algunas lágrimas de amor cayeron en aquellas ardientes noches.  Su amado, cuyo nombre, a lo mejor, el viento borró, no pudo continuar con esa pasión porque recordó que debía cumplir otro compromiso de amor, con su esposa e hijos.  Por eso la dejó, así  simplemente. El hombre  no pensó en sentimientos ajenos y la linda y sencilla Fermina,  quedó despedazada. Era  tanto el amor,  que lo ocurrido no pudo resistir y al otro día, en la hora precisa que su amado debía cumplir un viaje, corrió desesperada por el interior de los rieles, sin que nada pudiera hacer él por evitar arrollar a la mujer que le amaba. Muchos trabajadores que presenciaron la escena, quedaron  conmovidos por la tristísima muerte de la mujer que ellos soñaban.

Es por eso que llora en las noches, es por eso que a esa viuda, aunque le temen, son muchas quienes la recuerdan y sienten pena por ella. Si algunos de ustedes viajan por ese solitario lugar entre El Salvador y Potrerillos. Si  por alguna casualidad una noche ella llega a su lado, no teman un daño por parte de esa alma en pena...es sólo su tristeza, que la arrastra como pesada cadena...

 

) Los collas pertenecen a una de las más pequeñas etnias indígenas de Chile. Fueron los primeros pobladores de la zona de Potrerillos, desde principios del siglo XIX. En El Salvador se registra presencia atacameña e incásica desde la época pre-hispánica.

2) En el antiguo mineral de Potrerillos, y luego en El Salvador a todo trabajador se le dice, desde la época de la construcción, “los viejos”, no importando que tengan 18 años de edad.

 

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