Silas
Louis Mariam Rodgers-Coobs, conocido como Silas Rodgers, autor entonces
de escasa fama, hubiera podido figurar como el más inicuo de los
escritores malditos si los pormenores de su abyecta biografía hubiesen
recibido el beneficio de la certeza. Sin embargo, nunca se probó
que el relato de su hijo, Benito, el infeliz joven falto de juicio que
deambulaba en los suburbios de un alejado villorrio lindante con el desierto,
reflejara la verdad de los hechos. Los papeles que el infortunado muchacho
llevaba encima sin duda habían sido escritos por Silas Rodgers («Sol
de la mañana, pronto evaporarás mis orines que han regado
las piedras; secarás mis excrementos y beberás los pocos
jugos del desierto. Todos mocos de la vida, sol come mierda, malévolo
y voraz. Te maldigo, como maldigo al dios que te hizo a imagen y semejanza.
Mil veces preferiré los calores subterráneos de mi futura
morada. Añoro anticipadamente las llamas de mi Padre. Herren Krisna,
Krisna herren und kaput, jetatus abjectus, mater demenciae, herren, herren
Krisna, heil...»), muchos peritos calígrafos, y lingüistas
que saben reconocer estilos, aseguran que se trata de verdaderas palabras
de Rodgers. Los críticos comparan tales textos con los incongruentes
escritos producidos en los frenopáticos; los surrealistas escupen
de costado y dicen que no llegan a la altura de un Lautrémont; sólo
algunos jóvenes airados, en los cafés y cervecerías
de los barrios del puerto, se complacen en su lectura.
Antes
de su travesía por el desierto Silas Rodgers había publicado
una docena de relatos y algunos ensayos menores. Quizá se recuerden
ciertas obras de aquel periodo, sobre todo Jaque a Malaquías y El
informe Netchaiev. Se decía que su prosa se hallaba influida por
Grannet y especialmente por Barragonostegui: «Hojas marchitas que
absorberá la tierra; de tal cieno nueva vida surgirá. Así
nuestro héroe renace de sus derrotas y emprende una nueva batalla».
Sin embargo, no habrían sido estos literatos los que empujaron su
marcha al desierto sino, más probablemente, Sodolt, Gurdjieff, y
el Nietzsche de Así habló Zarathustra.
En 1938,
en la madrugada del 6 de enero, Silas Rodgers, harto de los ataques a los
que era sometido por la sociedad bienpensante y las críticas a su
forma de vida, partió desde San Francisco en dirección al
este; llevaba consigo a sus siete mujeres y dieciséis hijos e hijas,
nietos y nietas. Silas explicó a su extensa familia que se trataba
de un safari espiritual: cuando el grupo estuviese instalado en el desierto
su emplazamiento en un paraje solitario atraería nuevos seguidores,
así como el vacío es codiciosamente llenado por los elementos
del entorno. Hasta aquel momento Silas Rodgers nunca había tenido
otros adeptos que aquellos con quienes estaba ligado por la sangre.
El grupo
viajó en seis carretones; cada uno arrastrado por cinco caballos.
La caravana avanzó durante tres meses y finalmente se detuvo en
un llano yermo entre los estados de Nevada y Utah. La ausencia de vida
era la mayor imposición del paisaje: sólo arena, cactos,
y unas pocas matas pinchudas; lagartijas, serpientes, escorpiones y ratones
nocturnos, tristes y diminutos. «Aquí levantaremos nuestro
reino», dictaminó Silas Rodgers. Cuando los suyos quisieron
saber qué comerían, él proclamó:
—La vida
se nutre de la vida. Los caballos, para empezar, serán nuestro principal
sustento, pues ya no nos moveremos de aquí hasta que nos venga a
buscar nuestro Prometido, nuestro Gran Señor que nos traerá
el futuro en su carro de fuego. Entre tanto, la nutritiva carne y la sangre
de los caballos alimentará nuestros cuerpos, que son las moradas
de nuestras almas inmortales; de ese modo, también los animales
alcanzarán su ración de gloria en el seno de la Mente eterna.
Sus hijos
y mujeres oían a Silas Rodgers con devota atención, y no
por eso comprendían el significado de sus frases, aunque tal inconveniente
carecía de importancia: en más de una ocasión Silas
Rodgers les dijo que la comprensión es superflua. Siempre sería
mejor que se mantuvieran iluminados por la inocencia, ajenos a todo entendimiento.
Muchas veces les advirtió contra cualquier pecaminosa especulación
mental. El pensamiento es la madre de todas las dudas. Sólo la fe
es útil.
—Puesto
que por aquí no hay pastos, los equinos de todos modos no podrían
sobrevivir, pero como entrarán en nuestros cuerpos evitando que
los engulla el sol, ellos continuarán viviendo dentro de nuestras
vidas.
De modo
que sacrificaron a los treinta animales. Los mataron a todos el mismo día,
no sin la proverbial liturgia nocturnal de ofrendas de sangre a la oscuridad.
La sangre fue tragada por la arena y a poco millones de insectos hematófagos
pululaban sobre lo que quedaba. Al primer caballo lo devoraron en parte
cuando aún estaba muy caliente y jugoso; sirvió de alimento
para tres semanas. Los huesos fueron molidos hasta convertirlos en una
harina inefable; mezclada en el caldo resultaba de buena digestión.
Silas decía que el calcio es bueno y que no debían dejarse
restos, para así privar de alimentos al Gran Parásito, que
de tal modo llamaba al sol. Los veintinueve caballos restantes, después
de despellejarlos fueron salados y dejados a secar bajo el tórrido
aire del desierto; su carne se convirtió en fiambre de buena calidad,
similar al famoso charqui de guanaco que ingieren los nativos del altiplano.
Los huesos quedaron quebradizos y listos para pulverizar. Estos animales
nutrieron al grupo durante más de tres años. Entre tanto,
Silas Rodgers continuaba sembrando su semilla en el vientre de las mujeres,
y cuatro de las hijas mayores y una nieta que estrenaba menstruación
fueron incluidas en el harén. Esto hizo que fueran doce las madres,
aunque sólo once continuaban fértiles: la más veterana
había entrado en la menopausia. En todo ese tiempo Silas no dejaba
de escribir, quería completar su corpus de doctrina en menos de
una rota astrológica, es decir, doce años.
Durante
el día, guarecidos bajo los toldos de los carromatos —reforzados
con las pieles de los animales— todos procuraban dormir. Lo importante
era hurtar el cuerpo de los rayos del Gran Parásito, insistía
Silas. A la caída del sol prendían fuego a las matas pinchudas
y cocinaban los trozos de equino. El jugo de los cactos resultaba adecuada
bebida, y la carne de éstos obsequiaba visiones sabias que todos
compartían. Cuando el horizonte acababa de ennegrecer, sentados
en torno de las brasas, esperaban la hora de yantar oyendo en el aparato
de onda corta las emisiones de Radio Berlín. En rigor, ni siquiera
Silas Rodgers entendía alemán con excepción de algunas
palabras sueltas, pero igualmente daba una interpretación libre
a las letras de las canciones y los discursos políticos; más
que nada le fascinaba la musicalidad chillona y abrupta de las airadas
arengas. Cada vez que hablaba Hitler él pretendía traducirlo:
—Dice
que América kaput. Larga vida a Thule. Odín vencerá
los mil soles sembrados por la canalla judía. Las vaginas de las
hijas del tercer Reich se abrirán para los machos peregrinos del
desierto y volverán a ser paridos nuevos dioses, superhombres sombríos
de fuego y noche.
Sus mujeres,
hijos, hijas, nietos y nietas oían fascinados las voces de la radio
y las palabras gritadas por Silas Rodgers, quien intentaba que su tono
superara en decibelios los chillidos del fürher.
—El fürher
ahora habla de nosotros. Dice que nos espera junto a él, para que
estemos unidos en la hora del fuego. El fürher acaba de mencionarme
y me saluda.
Benito
Rodgers-Coobs, llamado Benito en honor de Mussolini, hijo de Silas y de
la hija mayor de éste, que fuera engendrada en el vientre de la
hermana de Silas, prestaba mucha atención a las explicaciones de
su padre-abuelo-tío abuelo. Benito era, para Silas, uno de sus descendientes
favoritos. Callado y observador, solía perderse entre los vericuetos
de la memoria para evocar aquellos días cuando su padre-abuelo-tío
abuelo lo llevaba consigo a los cafés de artistas de la Bahía
de San Francisco, en torno a cuyas mesas los unos a los otros se leían
impunemente poemas y se hacían confidencias carentes de pudicia.
Benito era un niño aún, pero recordaba muy bien al Silas
Rodgers de entonces, con sus gafas redondas de las que actualmente prescindía;
el Silas Rodgers atildado, siempre con su sombrero panamá y su pajarita
de pintas rojas sobre fondo azul; muy horizontal, la pajarita, delante
del blanco cuello duro. Benito miraba la pajarita y pensaba en una hélice
de avión. En aquella época Silas ya se enorgullecía
de su amistad epistolar con Ezra Pound; ahora, algunas noches oían
la voz del poeta llegando a través de las ondas desde la lejana
península itálica. Cuando acabara la guerra Benito y Silas
viajarían a Italia —Silas lo había prometido— y abrazarían
a Ezra. Benito sería presentado al Duce, después se instalaría
en Villa Borghese, o en una boardilla del Trastevere, y sería poeta
él también, como Silas y como Ezra, por eso era de los que
más gozaba con las lecturas de su padre-abuelo-tío abuelo.
Cada
noche, al acabar de comer, Silas apagaba la radio y leía a su familia
los textos pergeñados durante el día bajo la sucia sombra
del toldo de su carretón: «Avispas del pensamiento; maquinarias
retumbantes; devotos sucedáneos de Lenin; vapores bolchemenviques
nazinihilistas de Salzburgo, oíd la voz de mando: Achtung bersaglieri
porcachone und damen die bambini, maine menchen, fisher kampf und chukrut
mit golden ravioli. Marinetti, Marinetti, piu futurism und lees spaghetti»
No todos
sabían apreciar debidamente esos textos, algunos pretendían
encontrar en ellos algún significado, pese a las advertencias del
propio Silas: «atended sólo a la musicalidad de las frases,
el significado ha de armarse en vuestras conciencias y será inexpresable
con palabras coherentes que sólo sirven para nombrar apariencias.
La comprensión última de lo macrocósmico y lo microcósmico
no quiere palabras, sólo reclama poesía»
Coincidiendo
con este último mensaje se acabó la carne y los huesos del
último caballo. Entonces anunció Silas Rodgers:
—Ha llegado
al fin la gloriosa hora de alimentar nuestra carne con nuestra carne, nuestra
sangre con nuestra sangre, y nuestros huesos con nuestros huesos. Aquel
o aquella de nosotros cuyo ser se reparta entre los restantes, continuará
viviendo en el conjunto, porque todos somos uno y cada uno es todos. Pero
a partir de la primera ingesta el nivel de conciencia de nuestro pueblo
se acercará a la del superhombre.
Todo
esto quería decir que había que sacrificar alguno del grupo
para comérselo entre todos. A tal fin Silas designó a Lorena,
su hermana y la más vieja de sus mujeres, a la sazón menopáusica.
De su unión con Silas había nacido Olivia, que después
de yacer con aquel dio a luz a Benito. Benito tenía apego por su
abuela Lorena, mujer de su padre, y sabiéndolo, y sabiendo también
que su hermana amaba al nieto, Silas dejó que yacieran juntos una
noche entera, para que los jugos del joven entraran en el cuerpo de la
abuela y más tarde integraran la comida grupal. Al acabar Benito,
todos los otros muchachos pasaron por el cuerpo de Lorena, y los niños
también. Y también las mujeres, pues sería un sacrificio
muy dulce. Finalmente fue Silas quien penetró a Lorena por última
vez, en un altar, a la vista de todos: se hizo de modo sincronizado, para
que el orgasmo coincidiera con la entrada de la hoja del puñal en
el corazón de Lorena. De inmediato entre todos bebieron su sangre
y más tarde comenzaron a asarla.
Una semana
después fue sacrificada otra mujer; también ella era una
de las mayores. De todos modos el nivel demográfico no decrecía
gracias a un nuevo parto y dos embarazos recientes. La naturaleza festejó
con una tormenta el nacimiento de una niña. Fue un hecho insólito
en aquellos parajes: de pronto el cielo se encapotó a las tres de
la tarde y la temperatura bajó en pocos minutos veinte grados. Una
sucesión de truenos retumbantes, seguidos de rayos y relámpagos
acompañó el llanto de la recién nacida. Enseguida
cayó un chaparrón breve pero muy intenso: los cubos puestos
a la intemperie para recibir la lluvia se llenaron, y después de
mucho tiempo los miembros de la tribu pudieron beber agua pura.
Pero
no todas eran alegrías: las noticias que llegaban por radio daban
cuenta de sucesivos descalabros de las fuerzas del Eje. Primero fue la
derrota de Stalingrado, después el repliegue del África Korps;
cuando el desembarco en Normandía, al menos las baterías
que hacían funcionar el aparato ya se habían agotado. Por
entonces, el número de los miembros de la tribu había decrecido
a la mitad, aunque todos afirmaban que seguían siendo los mismos:
aquellos que fueran ingeridos vivían en el interior de los otros,
con huesos y todo. Silas Rodgers había dejado momentáneamente
los textos poéticos para dedicarse a la escritura de una novela,
y cada noche, después de que cenaban a alguno del grupo, leía
a los restantes los párrafos escritos durante el día a la
sombra de su carretón.
Se trataba
de una novela cuyo protagonista era un escritor que mantenía relaciones
turbulentas con sus colegas y editores y se hallaba dedicado a escribir
una novela ambientada en el mundo literario, donde el personaje principal,
un escritor, consagraba sus noches a relatar la historia de otro escritor.
Sally,
una muchacha cuyas nociones del mundo exterior provenían de referencias
orales y escritas, ya que había sido traída al desierto siendo
muy niña, le preguntó a Silas si en las ciudades todo el
mundo escribía, y, en tal caso, quiénes se ocuparían
de conseguir comestibles y fabricar utensilios. Sally preguntó con
buena intención, pero Silas Rodgers temió que hubiese alguna
solapada malicia en el ánimo de aquella hija, por lo cual decidió
que sería la próxima fuente de proteínas del grupo.
Cuando
ya no quedó nada de Sally se pensó en Horace, pero a él
no se le clavó el puñal en el corazón: como el grupo
ya estaba muy menguado, Silas pensó que convendría ingerir
de a poco a los sobrevivientes. A Horace empezaron por cortarle una pierna,
y con ella hubo alimento para una semana. El siguiente fue Gerry, y después
le tocó a Geraldine. En poco tiempo el campamento estuvo poblado
de cojos y cojas. Después de que le cortaran la pierna a Margaret
ésta empezó a morirse; era tal su temperatura y se pudría
con tanta rapidez que hubo que comerla de inmediato. Por otro lado, a Horace
empezaba a gangrenársele el muñón, por lo cual fue
el siguiente en ir a parar a la parrilla.
Cuando
sólo quedaron Benito y su padre entre las ruinas de los carretones,
Silas le comunicó a su hijo que se lo comería esa misma noche.
—¿Y
después qué harás, padre?
—Cuando
acabe de ingerir tu piel tu carne y tus huesos juntaré mis papeles
y volveremos a pie a San Francisco, para enterarnos de cómo va la
guerra.
—¿Volveremos,
padre?
—Claro,
volveremos. Volveremos tú, yo, tu madre, tu abuela, tus hermanas
y hermanos... Todos vendrán conmigo y estarán en mi ser para
siempre. ¿No te parece una bendición que así sea?
—Sí,
padre. Me parece una bendición.
—Perfecto
—dijo Silas—, y ahora vete, deja que acabe mis últimos textos.
Silas
volvió a reclinarse sobre sus papeles, en la mesilla de su carretón.
Benito se alejó unos pasos y luego recogió de entre los restos
de otro carretón un trozo roto de pértigo. El pesado madero
mediría no menos de un metro; volvió con éste adonde
se hallaba Silas Rodgers, quien, muy concentrado en la escritura sólo
en el último momento advirtió la sombra entre las sombras
que ahora cubría su propia sombra.
—Te he
dicho que me dejaras trabajar tranquilo.
Fueron
sus últimas palabras. El trozo de pértigo cayó con
todo su peso sobre el cráneo del escritor.
Aquella
noche Benito despiezó a su padre y estuvo asando las partes hasta
la madrugada. Al mediodía había alcanzado a comer medio muslo.
Por la tarde se dedicó a separar los huesos de la carne; los tres
días siguientes los empleó en moler los huesos. Advirtió
que era demasiado calcio para él solo, de modo que dejó que
se esparcieran con el viento. Tampoco pudo acabar la carne; estaba harto.
La abandonó a los buitres; recogió los papeles de su progenitor
y empezó a andar. Cuando lo hallaron dando vueltas por los andurriales
de un pueblo del desierto no paraba de musitar incoherencias: «Herren
Krisna, Bertha Krupp, Ezra raza, maine herren, maine Heidegger....»
Llevaba consigo unos tres mil folios de Silas Rodgers, y juraba que se
encargaría de que pasaran a la posteridad. Lo internaron en un hospital
de Oakland y allí refirió a los médicos los episodios
principales de la incursión al desierto y el final de la familia
Rodgers-Coobs.
—Están
todos dentro de mí —dijo—, menos unos trozos de mi padre,
que dejé para los buitres.