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HERREN KRISNA, FISHER KAMPF, GOLDEN RAVIOLI
de Lázaro Covadlo.
Cuento publicado en Agujeros Negros, por Editorial Altera en 1997 y 1998,  España.

    Silas Louis Mariam Rodgers-Coobs, conocido como Silas Rodgers, autor entonces de escasa fama, hubiera podido figurar como el más inicuo de los escritores malditos si los pormenores de su abyecta biografía hubiesen recibido el beneficio de la certeza. Sin embargo, nunca se probó que el relato de su hijo, Benito, el infeliz joven falto de juicio que deambulaba en los suburbios de un alejado villorrio lindante con el desierto, reflejara la verdad de los hechos. Los papeles que el infortunado muchacho llevaba encima sin duda habían sido escritos por Silas Rodgers («Sol de la mañana, pronto evaporarás mis orines que han regado las piedras; secarás mis excrementos y beberás los pocos jugos del desierto. Todos mocos de la vida, sol come mierda, malévolo y voraz. Te maldigo, como maldigo al dios que te hizo a imagen y semejanza. Mil veces preferiré los calores subterráneos de mi futura morada. Añoro anticipadamente las llamas de mi Padre. Herren Krisna, Krisna herren und kaput, jetatus abjectus, mater demenciae, herren, herren Krisna, heil...»), muchos peritos calígrafos, y lingüistas que saben reconocer estilos, aseguran que se trata de verdaderas palabras de Rodgers. Los críticos comparan tales textos con los incongruentes escritos producidos en los frenopáticos; los surrealistas escupen de costado y dicen que no llegan a la altura de un Lautrémont; sólo algunos jóvenes airados, en los cafés y cervecerías de los barrios del puerto, se complacen en su lectura.
    Antes de su travesía por el desierto Silas Rodgers había publicado una docena de relatos y algunos ensayos menores. Quizá se recuerden ciertas obras de aquel periodo, sobre todo Jaque a Malaquías y El informe Netchaiev. Se decía que su prosa se hallaba influida por Grannet y especialmente por Barragonostegui: «Hojas marchitas que absorberá la tierra; de tal cieno nueva vida surgirá. Así nuestro héroe renace de sus derrotas y emprende una nueva batalla». Sin embargo, no habrían sido estos literatos los que empujaron su marcha al desierto sino, más probablemente, Sodolt, Gurdjieff, y el Nietzsche de Así habló Zarathustra.
    En 1938, en la madrugada del 6 de enero, Silas Rodgers, harto de los ataques a los que era sometido por la sociedad bienpensante y las críticas a su forma de vida, partió desde San Francisco en dirección al este; llevaba consigo a sus siete mujeres y dieciséis hijos e hijas, nietos y nietas. Silas explicó a su extensa familia que se trataba de un safari espiritual: cuando el grupo estuviese instalado en el desierto su emplazamiento en un paraje solitario atraería nuevos seguidores, así como el vacío es codiciosamente llenado por los elementos del entorno. Hasta aquel momento Silas Rodgers nunca había tenido otros adeptos que aquellos con quienes estaba ligado por la sangre.
    El grupo viajó en seis carretones; cada uno arrastrado por cinco caballos. La caravana avanzó durante tres meses y finalmente se detuvo en un llano yermo entre los estados de Nevada y Utah. La ausencia de vida era la mayor imposición del paisaje: sólo arena, cactos, y unas pocas matas pinchudas; lagartijas, serpientes, escorpiones y ratones nocturnos, tristes y diminutos. «Aquí levantaremos nuestro reino», dictaminó Silas Rodgers. Cuando los suyos quisieron saber qué comerían, él proclamó:
    —La vida se nutre de la vida. Los caballos, para empezar, serán nuestro principal sustento, pues ya no nos moveremos de aquí hasta que nos venga a buscar nuestro Prometido, nuestro Gran Señor que nos traerá el futuro en su carro de fuego. Entre tanto, la nutritiva carne y la sangre de los caballos alimentará nuestros cuerpos, que son las moradas de nuestras almas inmortales; de ese modo, también los animales alcanzarán su ración de gloria en el seno de la Mente eterna.
    Sus hijos y mujeres oían a Silas Rodgers con devota atención, y no por eso comprendían el significado de sus frases, aunque tal inconveniente carecía de importancia: en más de una ocasión Silas Rodgers les dijo que la comprensión es superflua. Siempre sería mejor que se mantuvieran iluminados por la inocencia, ajenos a todo entendimiento. Muchas veces les advirtió contra cualquier pecaminosa especulación mental. El pensamiento es la madre de todas las dudas. Sólo la fe es útil.
    —Puesto que por aquí no hay pastos, los equinos de todos modos no podrían sobrevivir, pero como entrarán en nuestros cuerpos evitando que los engulla el sol, ellos continuarán viviendo dentro de nuestras vidas.
    De modo que sacrificaron a los treinta animales. Los mataron a todos el mismo día, no sin la proverbial liturgia nocturnal de ofrendas de sangre a la oscuridad. La sangre fue tragada por la arena y a poco millones de insectos hematófagos pululaban sobre lo que quedaba. Al primer caballo lo devoraron en parte cuando aún estaba muy caliente y jugoso; sirvió de alimento para tres semanas. Los huesos fueron molidos hasta convertirlos en una harina inefable; mezclada en el caldo resultaba de buena digestión. Silas decía que el calcio es bueno y que no debían dejarse restos, para así privar de alimentos al Gran Parásito, que de tal modo llamaba al sol. Los veintinueve caballos restantes, después de despellejarlos fueron salados y dejados a secar bajo el tórrido aire del desierto; su carne se convirtió en fiambre de buena calidad, similar al famoso charqui de guanaco que ingieren los nativos del altiplano. Los huesos quedaron quebradizos y listos para pulverizar. Estos animales nutrieron al grupo durante más de tres años. Entre tanto, Silas Rodgers continuaba sembrando su semilla en el vientre de las mujeres, y cuatro de las hijas mayores y una nieta que estrenaba menstruación fueron incluidas en el harén. Esto hizo que fueran doce las madres, aunque sólo once continuaban fértiles: la más veterana había entrado en la menopausia. En todo ese tiempo Silas no dejaba de escribir, quería completar su corpus de doctrina en menos de una rota astrológica, es decir, doce años.
    Durante el día, guarecidos bajo los toldos de los carromatos —reforzados con las pieles de los animales— todos procuraban dormir. Lo importante era hurtar el cuerpo de los rayos del Gran Parásito, insistía Silas. A la caída del sol prendían fuego a las matas pinchudas y cocinaban los trozos de equino. El jugo de los cactos resultaba adecuada bebida, y la carne de éstos obsequiaba visiones sabias que todos compartían. Cuando el horizonte acababa de ennegrecer, sentados en torno de las brasas, esperaban la hora de yantar oyendo en el aparato de onda corta las emisiones de Radio Berlín. En rigor, ni siquiera Silas Rodgers entendía alemán con excepción de algunas palabras sueltas, pero igualmente daba una interpretación libre a las letras de las canciones y los discursos políticos; más que nada le fascinaba la musicalidad chillona y abrupta de las airadas arengas. Cada vez que hablaba Hitler él pretendía traducirlo:
    —Dice que América kaput. Larga vida a Thule. Odín vencerá los mil soles sembrados por la canalla judía. Las vaginas de las hijas del tercer Reich se abrirán para los machos peregrinos del desierto y volverán a ser paridos nuevos dioses, superhombres sombríos de fuego y noche.
    Sus mujeres, hijos, hijas, nietos y nietas oían fascinados las voces de la radio y las palabras gritadas por Silas Rodgers, quien intentaba que su tono superara en decibelios los chillidos del fürher.
    —El fürher ahora habla de nosotros. Dice que nos espera junto a él, para que estemos unidos en la hora del fuego. El fürher acaba de mencionarme y me saluda.
    Benito Rodgers-Coobs, llamado Benito en honor de Mussolini, hijo de Silas y de la hija mayor de éste, que fuera engendrada en el vientre de la hermana de Silas, prestaba mucha atención a las explicaciones de su padre-abuelo-tío abuelo. Benito era, para Silas, uno de sus descendientes favoritos. Callado y observador, solía perderse entre los vericuetos de la memoria para evocar aquellos días cuando su padre-abuelo-tío abuelo lo llevaba consigo a los cafés de artistas de la Bahía de San Francisco, en torno a cuyas mesas los unos a los otros se leían impunemente poemas y se hacían confidencias carentes de pudicia. Benito era un niño aún, pero recordaba muy bien al Silas Rodgers de entonces, con sus gafas redondas de las que actualmente prescindía; el Silas Rodgers atildado, siempre con su sombrero panamá y su pajarita de pintas rojas sobre fondo azul; muy horizontal, la pajarita, delante del blanco cuello duro. Benito miraba la pajarita y pensaba en una hélice de avión. En aquella época Silas ya se enorgullecía de su amistad epistolar con Ezra Pound; ahora, algunas noches oían la voz del poeta llegando a través de las ondas desde la lejana península itálica. Cuando acabara la guerra Benito y Silas viajarían a Italia —Silas lo había prometido— y abrazarían a Ezra. Benito sería presentado al Duce, después se instalaría en Villa Borghese, o en una boardilla del Trastevere, y sería poeta él también, como Silas y como Ezra, por eso era de los que más gozaba con las lecturas de su padre-abuelo-tío abuelo.
    Cada noche, al acabar de comer, Silas apagaba la radio y leía a su familia los textos pergeñados durante el día bajo la sucia sombra del toldo de su carretón: «Avispas del pensamiento; maquinarias retumbantes; devotos sucedáneos de Lenin; vapores bolchemenviques nazinihilistas de Salzburgo, oíd la voz de mando: Achtung bersaglieri porcachone und damen die bambini, maine menchen, fisher kampf und chukrut mit golden ravioli. Marinetti, Marinetti, piu futurism und lees spaghetti»
    No todos sabían apreciar debidamente esos textos, algunos pretendían encontrar en ellos algún significado, pese a las advertencias del propio Silas: «atended sólo a la musicalidad de las frases, el significado ha de armarse en vuestras conciencias y será inexpresable con palabras coherentes que sólo sirven para nombrar apariencias. La comprensión última de lo macrocósmico y lo microcósmico no quiere palabras, sólo reclama poesía»
    Coincidiendo con este último mensaje se acabó la carne y los huesos del último caballo. Entonces anunció Silas Rodgers:
    —Ha llegado al fin la gloriosa hora de alimentar nuestra carne con nuestra carne, nuestra sangre con nuestra sangre, y nuestros huesos con nuestros huesos. Aquel o aquella de nosotros cuyo ser se reparta entre los restantes, continuará viviendo en el conjunto, porque todos somos uno y cada uno es todos. Pero a partir de la primera ingesta el nivel de conciencia de nuestro pueblo se acercará a la del superhombre.
    Todo esto quería decir que había que sacrificar alguno del grupo para comérselo entre todos. A tal fin Silas designó a Lorena, su hermana y la más vieja de sus mujeres, a la sazón menopáusica. De su unión con Silas había nacido Olivia, que después de yacer con aquel dio a luz a Benito. Benito tenía apego por su abuela Lorena, mujer de su padre, y sabiéndolo, y sabiendo también que su hermana amaba al nieto, Silas dejó que yacieran juntos una noche entera, para que los jugos del joven entraran en el cuerpo de la abuela y más tarde integraran la comida grupal. Al acabar Benito, todos los otros muchachos pasaron por el cuerpo de Lorena, y los niños también. Y también las mujeres, pues sería un sacrificio muy dulce. Finalmente fue Silas quien penetró a Lorena por última vez, en un altar, a la vista de todos: se hizo de modo sincronizado, para que el orgasmo coincidiera con la entrada de la hoja del puñal en el corazón de Lorena. De inmediato entre todos bebieron su sangre y más tarde comenzaron a asarla.
    Una semana después fue sacrificada otra mujer; también ella era una de las mayores. De todos modos el nivel demográfico no decrecía gracias a un nuevo parto y dos embarazos recientes. La naturaleza festejó con una tormenta el nacimiento de una niña. Fue un hecho insólito en aquellos parajes: de pronto el cielo se encapotó a las tres de la tarde y la temperatura bajó en pocos minutos veinte grados. Una sucesión de truenos retumbantes, seguidos de rayos y relámpagos acompañó el llanto de la recién nacida. Enseguida cayó un chaparrón breve pero muy intenso: los cubos puestos a la intemperie para recibir la lluvia se llenaron, y después de mucho tiempo los miembros de la tribu pudieron beber agua pura.
    Pero no todas eran alegrías: las noticias que llegaban por radio daban cuenta de sucesivos descalabros de las fuerzas del Eje. Primero fue la derrota de Stalingrado, después el repliegue del África Korps; cuando el desembarco en Normandía, al menos las baterías que hacían funcionar el aparato ya se habían agotado. Por entonces, el número de los miembros de la tribu había decrecido a la mitad, aunque todos afirmaban que seguían siendo los mismos: aquellos que fueran ingeridos vivían en el interior de los otros, con huesos y todo. Silas Rodgers había dejado momentáneamente los textos poéticos para dedicarse a la escritura de una novela, y cada noche, después de que cenaban a alguno del grupo, leía a los restantes los párrafos escritos durante el día a la sombra de su carretón.
    Se trataba de una novela cuyo protagonista era un escritor que mantenía relaciones turbulentas con sus colegas y editores y se hallaba dedicado a escribir una novela ambientada en el mundo literario, donde el personaje principal, un escritor, consagraba sus noches a relatar la historia de otro escritor.
    Sally, una muchacha cuyas nociones del mundo exterior provenían de referencias orales y escritas, ya que había sido traída al desierto siendo muy niña, le preguntó a Silas si en las ciudades todo el mundo escribía, y, en tal caso, quiénes se ocuparían de conseguir comestibles y fabricar utensilios. Sally preguntó con buena intención, pero Silas Rodgers temió que hubiese alguna solapada malicia en el ánimo de aquella hija, por lo cual decidió que sería la próxima fuente de proteínas del grupo.
    Cuando ya no quedó nada de Sally se pensó en Horace, pero a él no se le clavó el puñal en el corazón: como el grupo ya estaba muy menguado, Silas pensó que convendría ingerir de a poco a los sobrevivientes. A Horace empezaron por cortarle una pierna, y con ella hubo alimento para una semana. El siguiente fue Gerry, y después le tocó a Geraldine. En poco tiempo el campamento estuvo poblado de cojos y cojas. Después de que le cortaran la pierna a Margaret ésta empezó a morirse; era tal su temperatura y se pudría con tanta rapidez que hubo que comerla de inmediato. Por otro lado, a Horace empezaba a gangrenársele el muñón, por lo cual fue el siguiente en ir a parar a la parrilla.
    Cuando sólo quedaron Benito y su padre entre las ruinas de los carretones, Silas le comunicó a su hijo que se lo comería esa misma noche.
    —¿Y después qué harás, padre?
    —Cuando acabe de ingerir tu piel tu carne y tus huesos juntaré mis papeles y volveremos a pie a San Francisco, para enterarnos de cómo va la guerra.
    —¿Volveremos, padre?
    —Claro, volveremos. Volveremos tú, yo, tu madre, tu abuela, tus hermanas y hermanos... Todos vendrán conmigo y estarán en mi ser para siempre. ¿No te parece una bendición que así sea?
    —Sí, padre. Me parece una bendición.
    —Perfecto —dijo Silas—,  y ahora vete, deja que acabe mis últimos textos.
    Silas volvió a reclinarse sobre sus papeles, en la mesilla de su carretón. Benito se alejó unos pasos y luego recogió de entre los restos de otro carretón un trozo roto de pértigo. El pesado madero mediría no menos de un metro; volvió con éste adonde se hallaba Silas Rodgers, quien, muy concentrado en la escritura sólo en el último momento advirtió la sombra entre las sombras que ahora cubría su propia sombra.
    —Te he dicho que me dejaras trabajar tranquilo.
    Fueron sus últimas palabras. El trozo de pértigo cayó con todo su peso sobre el cráneo del escritor.
    Aquella noche Benito despiezó a su padre y estuvo asando las partes hasta la madrugada. Al mediodía había alcanzado a comer medio muslo. Por la tarde se dedicó a separar los huesos de la carne; los tres días siguientes los empleó en moler los huesos. Advirtió que era demasiado calcio para él solo, de modo que dejó que se esparcieran con el viento. Tampoco pudo acabar la carne; estaba harto. La abandonó a los buitres; recogió los papeles de su progenitor y empezó a andar. Cuando lo hallaron dando vueltas por los andurriales de un pueblo del desierto no paraba de musitar incoherencias: «Herren Krisna, Bertha Krupp, Ezra raza, maine herren, maine Heidegger....» Llevaba consigo unos tres mil folios de Silas Rodgers, y juraba que se encargaría de que pasaran a la posteridad. Lo internaron en un hospital de Oakland y allí refirió a los médicos los episodios principales de la incursión al desierto y  el final de la familia Rodgers-Coobs.
    —Están todos dentro de mí —dijo—,  menos unos trozos de mi padre, que dejé para los buitres.

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