2001, Una Odisea
del Espacio. Pais:
GB-EEUU. Director: Stanley
Kubrick. Guión:
Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke. Intérpretes: Keir
Dullea, Gary Lockwood. Música:
Johann Strauss. Richard Strauss. Año: 1968.
Aprovechando una
retrospectiva que sobre Stanley Kubrick ha
llevado a cabo la Filmoteca de la Generalitat a lo
largo de este mes de Enero del 2002, he podido ver
por primera vez en pantalla grande (tras varios
visionados en pantalla pequeña) el inagotable
clásico que me dispongo a comentar.
Decía Tsiolkovsky que la Tierra era la cuna de la
humanidad, pero que no nos ibamos a pasar la vida en
la cuna. Viendo ahora la película de Stanley Kubrick
2001 Una Odisea del Espacio y recordando las
entusiásticas predicciones que existían en los
años 60 respecto a la evolución de la conquista del
espacio y la situación del hombre en el ámbito
aeroespacial hacia el (entonces) futuro año 2001, lo
primero que a uno se le ocurre es que el hombre se
resiste a abandonar la cuna.
En 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de
la ahora extinta URSS se inició la llamada Era
Espacial; según este cómputo, por cierto, el año
actual (2002) sería el 45 de dicha Era. Durante el
resto de la década de los cincuenta y a lo largo de
los sesenta y setenta, se harían enormes progresos
en el ámbito aeroespacial: lanzamiento de satélites
artificiales, astronautas en órbita en torno a la
Tierra, envío de un buen número de sondas a otros
planetas del sistema solar, tanto por parte de la
URSS como de los EEUU....hasta llegar a ese climax de
1969 que supuso la llegada a la Luna del Apolo XI de
Neil Armstrong y compañía.
Durante la época del rodaje de 2001
(entre 1963 y 1968), muchos expertos estimaban que,
teniendo en cuenta esos avances que se estaban
logrando en aquel momento, para cuando llegase el
2001 no solamente se habría puesto pie en la Luna
(esto al menos si que finalmente se consiguió) sino
que ya existirían en ella colonias científicas
permanentes o semi-permanentes, existiría la
posibilidad y la tecnología para llevar astronautas
más allá del cinturón de asteroides (es decir, al
sistema solar exterior) y la cibernética habría
avanzado hasta el extremo de desarrollar ordenadores
parlantes y superinteligentes, capaces incluso de
"cortocircuitarse" por un escrúpulo de
"conciencia". También serían posibles
(según nos mostró finalmente la película de
Kubrick) logros bastante más audaces y aun
descabellados a priori como la posibilidad técnica
de la hibernación de seres humanos durante un
periodo más o menos largo. En resumen, Kubrick y
Clarke, con el apoyo de especialistas científicos,
pretendieron recrear en el film un retrato más o
menos realista del que habría de ser el 2001 real,
al margen claro está, del descubrimiento del
monolito (con la consecuente evidencia de la
existencia de una inteligencia extraterrestre) y la
peripecia niestzcheana de Dave Bowman.
Pero a finales de los setenta, tras
veinte años de intensa efervescencia aeroespacial,
la cosa empezó a enfriarse gradualmente; y ahora, a
principios del tercer milenio y con la guerra fria ya
hace más de un decenio liquidada, sólo quedan los
Estados Unidos como única gran potencia aeroespacial
(con la excepción de Rusia y la UE, que hacen lo que
pueden). Y al no tener ya casi competencia de ningún
tipo en ese ámbito ni verse en la necesidad
(contrariamente a los sesenta) de tener que demostrar
que el sistema capitalista es mejor y capaz de
mayores excelencias tecnológicas que la antigua
bestia socialista, los americanos se toman el asunto
con bastante más calma y tranquilidad. Quizá con
demasiada.
Claro que esto último que estoy relatando (el nivel
tecnológico del 2001) se refiere tan sólo al
escenario, o a uno de los escenarios, en el cual se
desarrollan la película de Stanley Kubrick o la
(posterior) novela de Arthur C. Clark (que nos
hablan, además, del alba del hombre y sobre todo de
su remoto futuro). Pero el verdadero objetivo de 2001
una Odisea del Espacio no es el del
retrato-predicción del mundo y su nivel de
sofisticación técnica en el primer año del siglo
XXI, sino el hablarnos de algo mucho más esencial e
intemporal, algo pavorosamente más allá del
optimista 2001 recreado o de nuestro (más bien
decepcionante) 2001 real.
Y cual
es ese tema? El tema se le ocurrió a Stanley Kubrick
tras leer el texto de Clarke El Centinela. El
reputado autor de ciencia-ficción inglés colaboró
con Kubrick en la redacción del guión, y más tarde
a partir de dicho guión, escribiría la novela
homónima que corre por ahí. La película finalmente
realizada nos habla del mayor y más grave asunto que
el intelecto humano puede abordar: la (incompleta)
evolución biológica y cultural de nuestra joven
especie en el marco de un Universo aterrador y
gigantesco, repleto con millones y millones de soles,
de los cuales el nuestro es uno más y también de la
posibilidad (muy cara a Clarke) de que tal evolución
esté de alguna manera, tutelada desde fuera.
La película fue considerada por un crítico como el
primer film niestzcheano de la historia del cine,
puesto que nos narra, de una manera simbólica y
encapsulada, la conversión de nuestra especie desde
su pasada condición homínida y simiesca hasta el
superhombre futuro, pasando por nuestro actual
estadio que, según ese esquema, podríamos
considerar como mediano. Una de las claves de ese
visionario relato de nuestra evolución como especie
es el descubrimiento de un monolito en la Luna de
origen inequívocamente extraterrestre; como
resultado de su accidental hallazgo, se producirá
una perturbación que recorrerá el Sistema solar
hasta alcanzar Júpiter y Saturno. Tal perturbación
es una especie de señal de alarma o de piloto rojo
encendido cuyo objeto es indicar (a nuestros tutores)
que el mono desnudo (como lo llamó Desmond Morris)
no sólo se ha bajado ya de los árboles y ha
aprendido a caminar erguido, sino que ha conseguido
saltar a la misma Luna, es decir, ha accedido al
conocimiento científico-técnico y por lo tanto, ha
entrado de lleno en un nueva dimensión cultural: ha
quemado una etapa.
Kubrick nos cuenta todo esto mediante una enigmática
sinfonía visual repleta de simbolismos y metáforas
visuales que nos han de sugerir todo tipo de ideas y
de conceptos en relación al tema de nuestro
verdadero lugar en un universo casi infinito y al
problemático asunto de nuestro futuro, y por lo
tanto evita la narración cinematográfica standard,
con diálogos rotundamente explicativos o voces en
off que habrían podido dar lugar a una cinta mucho
más clara y trasparente, pero mucho menos ambigua y
sugerente, con una carga conceptual infinitamente
menor.
2001
está llena de momentos felicísimos. El primero que
se me viene a la memoria es la famosa escena del
hueso que se metamorfosea en una nave espacial. Es,
como se ha dicho repetidamente, la elipsis más
grande de la historia del cine ya que abarca el
vertiginoso periodo de un millón de años. Cualquier
otra elipsis de la historia del celuloide es una
pequeñez a su lado. Recuerdo un ensayo de Jorge Luis
Borges, incluido en Otras Inquisiciones, cuyo
título era El pudor de la historia; ahí el
argentino nos argumentaba que buena parte de los más
grandes sucesos que han marcado la historia de la
civilización humana (contrariamente a los sonoros
hechos militares, de los que la historia está llena)
apenas se nos han relatado o referido, o lo han sido
de manera pudorosa o casi secreta: el nacimiento de
la tecnologia sería uno de esos silenciosos
instantes. Stanley Kubrick ( y esto nunca dejaremos
de agradecérselo) nos muestra en primerísimo plano
y en pantalla grande ese misterioso momento, que la
historia no ha registrado.
El homínido pre-humano, precursor nuestro, descubre
el tremendo poder que puede tener un hueso en su mano
al golpearlo contra una osamenta; siente como si la
fuerza de su brazo se hubiera quintuplicado. Hasta
entonces, se malalimentaba con bayas y demás frutos;
llevaba una existencia forzosamente vegetariana y
había llegado a sentir las punzadas del hambre. Todo
esto se ha acabado; a partir de ahora podrá cazar y
saciarse con toda esa carne ambulante que le rodeaba
y a la que se había creido incapaz de acceder.
También podrá expulsar a grupos rivales y delimitar
su territorio. En cierto modo, acaba de nacer la
tecnología, esa de la que nos sentimos tan
orgullosos y que nos ha convertido en los reyes de la
creación, esa misma capacidad tecnológica que nos
ha llevado ya fuera de la Tierra y que algún dia nos
permitirá quizá tocar las estrellas.
El peludo y simiesco prehumano lanza
el hueso al aire lleno de júbilo; la pavorosa
elipsis que viene a continuación nos colocará de
golpe en el mundo de la alta tecnología y de la
conquista del espacio
En
efecto, el hueso se transformará, en el fotograma
siguiente, en una nave espacial. El aterrador
itinerario cultural y cientifico-tecnologico del Homo
Sapiens a lo largo de ese millón de años queda
magistralmente recogido en esta inolvidable elipsis.
Y es entonces cuando se inicia ese maravilloso ballet
espacial al compás del Danubio Azul de Johan
Strauss, con la nave que lleva a Floyd a la Estación
Espacial, con la propia Estación Espacial danzando
en la negrura del espacio cuyo fondo es el infinito.
Esos inolvidables minutos de Espacio y vals
decimonónico a mi me sugieren además la hermandad
que debe haber entre el progreso y la sofisticación
cientifico-tecnologica y el mundo del arte y las
humanidades.
Otro momento memorable de 2001
es el del viaje psicodélico que emprende Bowman
cuando atraviesa la Puerta de las Estrellas;
sin duda constituye una especie de homenaje a la
cultura lisérgica y psicodélica tan en boga en los
años sesenta, época del rodaje del film.
¿Y como olvidar el momento de la muerte de Hal, uno
de los instantes más emotivos y patéticos de la
historia del Cine? Ya dijo un crítico que 2001
era una película en la que los hombres morían en
silencio y las máquinas lo hacían llorando como
niños.
Algún reseñista ha dicho que 2001
(al haber alcanzado ya cronológicamente ese año) ha
sido fagocitada por el tiempo. Esto es,
evidentemente, absurdo y demuestra hasta que punto la
película, pese a llevar más de treinta años
fabricada, continúa en buena medida sin entenderse.
Quizá al tema quede grande a muchos intelectuales y
críticos, con frecuencia incapaces de remontarse a
su propia época. Incluso ese imaginado mundo del
2001 que la película retrata, con sus ordenadores
parlantes y sus viajes al sistema solar exterior (y
que teóricamente representa el presente de la
pavorosa historia que nos narran Kubrick y Clarke),
queda todavía bastante lejos de nuestras actuales
posibilidades tecnológicas. Pero es que lo que en
verdad nos cuenta el film es una historia que se mide
en millones de años y de la que no hemos llegado ni
a la mitad: si alguien nos está observando ahí
fuera, apenas se habrá acabado de acomodar en la
butaca y en la pantalla los títulos de crédito
habrán desaparecido hace tan sólo unos instantes.
Tendrán que pasar quien sabe si millones de años
hasta que esta película vea su tema agotado y
superado, pues 2001 una Odisea del Espacio no
se refiere a nuestro primitivo y medieval siglo XXI,
ni al recien estrenado tercer milenio sino a un
futuro remoto y misterioso que sólo los más
visionarios autores de ciencia-ficción han sido
capaces siquiera de vislumbrar: aquel en el que
nuestros descendientes (los descendientes de la
humanidad), libres ya de su enclaustrante condición
animal, vuelvan, para quedarse, a esas lejanísimas
estrellas que un dia nos vieron nacer y de cuyo
material estamos hechos; un material que quizá no
sea el de los sueños.
Serafín. Febrero 2002