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La habitación del hijo. Italia. Dirección: Nanni Moretti. Intérpretes: Nanni Moretti (Giovanni), Laura Morante (Paola), Jasmine Trinca (Irene), Giuseppe Sanfelice (Andrea), Silvio Orlando (Oscar). Año: 2001.

La vida después de la muerte
¿Hay vida después de la muerte? Sí, pero para los que se quedan; y el relato de cómo es esa vida, de cómo se ve transformada (trastornada) la existencia de los que sobreviven, es el tema central de La habitación del hijo, film galardonado en Cannes en el 2001.

La película de Nanni Moretti nos enseña a una cegadora familia italiana de clase media-alta, una de esas fantasmagóricas familias que por lo general sólo existen en la imaginación de los publicistas y muy de tarde en tarde (y aún de manera imperfecta) en la realidad: padres profesionales, razonadores y empáticos e hijos de impecable trayectoria personal, académica y deportiva, que en pocos años serán ellos mismos tan profesionales, razonadores y empáticos como sus progenitores. La habitación del hijo es la inteligente crónica de la dislocación, del desmoronamiento, de una de esas rotundas y modélicas familias ante el hecho desconcertante e increible de la muerte, en este caso de la del hijo adolescente.

Es evidente que la cultura occidental, crepuscular y hasta decadente en tantos aspectos, no está en absoluto equipada, contrariamente a otras culturas, para enfrentarse al hecho de la muerte. Nos han enseñado hasta el cansancio (aunque no se si con éxito) a comportarnos de manera adecuada (desde el punto de vista de la época) en entrevistas laborales, reuniones, comidas, cenas, vida en pareja, vida en no-pareja y que se yo cuantas cosas más, pero nadie nos ha dicho ni media palabra sobre como conducirnos ante "esa cosa distinguida", como la llamó Henry James. Ante ella, la actitud tomada por nuestra deslumbrante época ha sido simplemente la de ignorar su existencia, convirtiéndola en el gran tabú, tal vez con la ingenua esperanza de que, si no hablamos demasiado de ella, quizá desaparezca de nuestras vidas. Los magos de la publicidad nos diseñan una representación del mundo en el que habitamos o desearíamos habitar (o deberíamos desear habitar), con sus delirantes y metalizadas escenografías futuristas, sus vidas opulentas e hiperdinámicas y sus experiencias ricas y caleidoscópicas: un mundo en que algo como la muerte no tiene cabida de ningún tipo.
Pero el monstruo, indiferente a tanta sonrisa y positividad (el gran imperativo personal y empresarial de nuestro tiempo), hosco ante la general y bobalicona exigencia de felicidad, continua escondido dentro del armario o bajo la cama y de vez en cuando insiste odiosamente en mostrarnos su rostro agusanado y cadavérico ¿qué ocurre entonces? Pues lo que nos muestra la nueva película del creador de Caro Diario: ocurren la irrealidad y la incredulidad, ocurre la pérdida de papeles y en definitiva, el desmoronamiento de una familia que como tal es el átomo cultural de una civilización (la de Occidente) en realidad prendida con alfileres.

La habitación del hijo nos enseña desvergonzadamente un primer plano de la muerte. Asi por ejemplo, se recrea en la despedida ante el hijo de cuerpo presente, coloca una lente de aumento sobre el ataud (algo casi insólito en nuestra actual cultura audiovisual), y nos enseña con firmeza el momento en que lo cierran y sellan.
La película de Nanni Moretti, más allá de su contención y elegancia, de su seriedad y honestidad y su falta de melodramatismos de culebrón, nos recalca y nos recuerda que esa cosa, la muerte, a pesar de todo sigue ahí.

¿O acaso nos habíamos olvidado de ella?.

Serafín, Febrero 2002

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