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"Que importa si tengo que cenar solo bajo las estrellas, invitaré a la Luna y con mi sombra ya somos tres"- MISHIMA.



Àngeles Santos Torroella. Tertulia. 1929

Sala I      
Salón de lectura 

Obras reseñadas  

La narración de Arthur Gordon Pymm. Novela. Edgar Allan Poe.

La mansión (1910). Novela. Edward Morgan Forster.

Obabakoak (1988). Relatos. Bernardo Atxaga.

El gato encerrado (1990). Diarios. Andrés Trapiello.

El horror en la literatura (1927). Ensayo. H.P. Lovecraft


La narración de Arthur Gordon Pym. Edgar Allan Poe (1809-1849)

La única novela larga de uno de los mas importantes e influyentes autores norteamericanos de la primera mitad del siglo XIX. La elevada consideración literaria de Edgar Allan Poe (1809-1849) procede sobre todo de sus inolvidables cuentos de romántico y sofisticado horror, entre los que podríamos citar Ligeia, La caída de la casa Usher, El pozo y el péndulo, El descenso al Maelstrom, Manuscrito hallado en una botella, Valdemar, El enterramiento prematuro y muchos otros. Las traducciones francesas de Charles Baudelaire (que para algunos eran literariamente superiores al original), permitieron la divulgación en Europa del autor de El gato negro y supusieron una especie de efecto Boomerang que permitió el mayor conocimiento y consideración del escritor de Boston en su propio pais. Poe tuvo una gran importancia como precursor de géneros: creó la novela policial (y con ella al primer Sherlock Holmes de la historia literaria: Auguste Dupin) y, como quiere Borges, también creó al lector de novela policial, especimen con características propias, que existe desde entonces. En las historias de la literatura de horror ocupa tambien un importante lugar como precedente. Asi, en su ensayo El horror en la literatura, H. P. Lovecraft dedica a Poe un espacio destacado. La narración de Arthur Gordon Pym podría incluirse en el género de la narración aventurera de escenario marino, pero también admitiría ser considerada como novela de terror psicológico o simplemente, de terror. En ella encontramos momentos de tensión e intriga magistralmente logrados, aparte de un difuso clima de pesadilla que sorprenderá al lector moderno. En el Gordon Pym tenemos una novela primordial en más de un aspecto, en la que incluso hallamos momentos gore y alguna pincelada de canibalismo. Además, claro, del miedo en su estado más puro. Estamos ante una obra cumbre en su género y es dificil pensar que esta novela haya podido ser, no ya superada sino tan siquiera igualada en los más de 150 años transcurridos desde su aparicion. El propio Lovecraft homenajearía un siglo más tarde a Edgar Poe con su obra En las montañas de la locura, que pretende ser una especie de continuación de la única narración larga del autor de Ligeia además de ofrecer, como dice Rafael Llopis, una nueva lectura de la misma, a la luz del lovecraftiano ciclo de Cthulhu. Imposible no volver a pensar, en este contexto, en el celebérrimo cuento borgeano Pierre Menard, autor de El Quijote: la continuación de Lovecraft, permite una revisión (con un enfoque nuevo) de la novela de Poe, e implica una transformación del texto. Además de permitirnos un curioso y estimulante experimento literario: leer el Gordon Pym como si lo hubiera escrito Lovecraft o At the mountains of madness como si hubiera salido de la convulsa pluma del bostoniano. Pero estas propuestas las dejo a la voluntad del lector juguetón que quiera aplicar las recetas del gourmet argentino. Baste, para empezar, la inigualable experiencia literaria de leer La narración de Arthur Gordon Pym como si lo hubiera escrito (que lo fue) el fantástico y atormentado Edgar Allan Poe.

Serafín, 2001
 


La mansión (1910). E. M. Forster (1879-1971).

Escrita en 1909 por el crítico literario E.M.Forster, fue llevada al cine en 1993 con el nombre de Regreso a Howards'End. La novela presenta la interacción entre dos caracteres, dos auténticos arquetipos, en principio radicalmente opuestos:el de Margaret Schlegel, intelectual y libre, para quien la cultura es algo esencial, algo que se asimila espiritualmente y modela, mejorando su calidad, la propia naturaleza; en la rivera opuesta, Henry Wilcox, prototipo del profesional, del hombre de empresa de mentalidad práctica y materialista cien por cien, para quien la cultura es un elegante ornamento, como unos mocasines o unos gemelos. Estas dos maneras de ver el mundo y la vida (y los personajes que las encarnan) interactuan constantemente, se aman y se odian, se acercan entre sí y se alejan, pero finalmente se emulsionan, se combinan de una manera equilibrada. Quizá sea esa la manera más inteligente, en este momento de la civilización en el que estamos (y que esencialmente es el mismo que el de 1910), de plantearse la existencia: como un inteligente y cuidado equilibrio entre materialismo y cultura, entre dinero y (verdadero y profundo) refinamiento espiritual y cultural. No obstante, hoy dia no se percibe tal equilibrio: el triunfo de la mentalidad Wilcox ha sido arrollador e incontestable. Lo que se lleva es el culto a lo material y la pornográfica ostentación del éxito económico, pero (y esto es lo malo y no necesariamente lo anterior) combinado con la mediocridad cultural y la vulgaridad, visible sobre todo en el contenido de las televisiones abiertas generalistas, un contenido decidido por el propio público que lo consume. No obstante, y con independencia del momento actual de nuestra civilización, en La mansión, Forster resulta visionario (lúcidamente visionario) en más de una ocasion, como cuando hace decir, o meditar, a Megg Schlegel: "llegará el dia, dentro de miles de años, en el que hombres como Henry no serán ya necesarios". 

Serafín, 2001

     

Obabakoak (1988). Bernardo Atxaga (1951)

Este fue mi primer contacto con la literatura escrita originalmente en euskera, con la excepción de algún poema de Gabriel Aresti. No puede decirse que la lengua vasca tenga una gran tradición literaria, contrariamente a otras lenguas peninsulares como el catalán o incluso el gallego. En 1989, Bernardo Atxaga (Joseba Irazu) ganó el Premio Nacional de Literatura y se convirtió en algo asi como el escritor vasco oficial de las letras hispánicas, a la manera que Quim Monzó representa la literatura catalana o Manuel Rivas la gallega. Este primer encuentro con las letras euskaldunes que supuso la lectura de Obabakoak, me dejo fascinado y agradecido. Me pareció una especie de libro mágico, una auténtica fiesta de la fabulación. Uno de esos textos que te permitirían definir la literatura (¿Qué es la literatura?...es Obabakoak). El libro de Atxaga consta de una serie de relatos no independientes, sino conectados entre si, que configuran una narración estructurada a partir de esos relatos. Poco más se puede decir sobre este ensoñado universo centrado en el territorio de Obaba, una especie de Macondo vasco. Sólo recomendar la lectura de este Aleph vascongado. En sus páginas podemos encontrar el sueño y la fantasía (Esteban Werfell), la soledad (Post Tenebras Spero Lucem, Saldría a pasear cada noche), la esperanza (Klauss Hanhn). Como en toda buena colección de cuentos, en Obabakoak está contenido el mundo. 

Serafín, 2002

 

El gato encerrado, 1987 (1990). Andrés Trapiello (1953)

El gato encerrado es el primer volumen de los diarios de Andrés Trapiello. En el momento en que escribo esto (2001), su obra diarística abarca ya un total de nueve volúmenes agrupados bajo el título general de Salón de pasos perdidos. Éste que ahora nos ocupa, El gato encerrado, fue publicado por vez primera en 1990 y contiene las anotaciones del autor correspondientes al año 1987. Andrés Trapiello no goza de la popularidad de otros autores españoles contemporáneos, muchos de ellos sin duda inferiores, pero su obra -sobre todo la ya voluminosa obra diarística- es preciso saludarla como una de las más importantes que se han dado en España, al menos en los últimos 10 ó 15 años. Las más de 3000 páginas de sus diarios- repartidas como decía más arriba, en nueve volúmenes- convierten a su autor en algo único en la literatura española actual y también en algo particularmente estimable. Y es que la literatura española -y no sólo la contemporánea- no es muy pródiga en este apasionante género -si así puede llamársele- que es el del Diario. Al menos la literatura escrita en lengua castellana, porque las letras catalanas cuentan con la vasta figura de Pla (que sin duda es un punto de referencia para Trapiello), aparte de otros ejemplos en la literatura más reciente (recordemos, entre otros, El cuadern venecià de Alex Susanna, publicado en 1989). En El gato encerrado, Trapiello apunta en unos de sus certeros párrafos los diarios son a la literatura como el yogur a la dieta: privilegio de las naciones bien alimentadas. Quizá porque ahora España es ya sin duda una nación bien alimentada, comienza a florecer la diarística. Y esto es un buen síntoma para nuestra letras. Porque es éste un género fascinante, grato y cómodo, que permite la lectura, atenta o perezosa, adormecedora o matinal, sedante o cafeínica: la lectura libre, en definitiva.

Es El gato encerrado un óleo elaborado con pinceladas suaves las más de las veces, pero en ocasiones enérgicas y casi irritadas. Cuando opta por fruncir el ceño, Trapiello no se anda con chiquitas ni medias tintas: sus juicios se hacen entonces contundentes y desacomplejados. Así, Andy Warhol, desaparecido por la época en que se redactó éste primero de los diarios, es pulverizado en un único y enfadado párrafo.

En alguna ocasión he pensado que en un nivel literario funcionaba en España una especie de dinámica de bloques: de un lado estaban los castizos, tipo Umbral, y por otro los europeizantes, britanizantes, etc, al estilo de Javier Marías. Dos mundos inmiscibles ceñudos y enfrentados, que a menudo se intercambiaban su fuego cruzado desde sus respectivas tribunas: Los unos que si Benet es un timo. Que si Marías es un angloaburrido. Que si Virginia Woolf con 70 años de retraso. Los otros que si Galdós es un tostón. Que si la literatura española huele a cocido. Que si Machado es un poeta para maestros de escuela. Trapiello en cierto modo, rompe con esa dinámica de bloques: es como una figura integradora. Por su estilo, podríamos decir que está en la órbita britanizante de nuestra literatura (si se me permite lo absurdo de decirlo así). Pero al mismo tiempo reivindica de manera apasionada a los autores españoles del periodo 1890-1914 (Machado, Azorín, Baroja, Unamuno...), autores tradicionalmente vituperados por cierta intelectualidad que militó en la oposición antifranquista, y en general, por algunos escritores españoles que van ( o han ido) de eurófilos y cosmopolitas.

Trapiello, en definitiva, ha abierto el pesado portón de la literatura castellana al género diarístico. Con ello ha enriquecido su clásico-y a veces algo enmohecido- mobiliario. A la chita callando, el de Manzaneda de Torío ha ido tejiendo a lo largo de los años 90 una obra que (y esto es una apuesta personal mía) sin duda tendrá más posibilidades de perduración que gran parte de la literatura que ha ido apareciendo en nuestro pais en esos mismos años.

Serafín, 2001

Salón de pasos perdidos: El gato encerrado, 1987 (1990); Locuras sin fundamento, 1988 (1993); El tejado de vidrio (1994); Las nubes por dentro (1995); Los caballeros del punto fijo, 1991 (1996); Las cosas más extrañas (1997); Una caña que piensa (1998); Los hemisferios de Magdeburgo (1999); Do fuir, 1995 (2001). Junto al título, el año en que los diarios fueron redactados; entre paréntesis año de la primera edición.

 

El horror en la literatura (1927). Howard Phillips Lovecraft (1890-1937).   

Howard Phillips Lovecraft es el autor de horror más influyente del siglo XX. Forma parte de una constelación de escritores que crearon su obra entre el final del XIX y principios del XX y a la que pertenecen, entre otros, Arthur Machen, Robert Chambers, Algernon Blackwood o William Hope Hogdson. Pero sin duda, es el autor de Providence el más conocido de todos ellos. Hace ya bastante tiempo que dejó de ser un autor raro o recóndido y su popularidad no ha hecho más que crecer desde el remoto 1937, año de su muerte. Leí por primera vez a Lovecraft a los 14 años y aun recuerdo la gratificante sensación de terror que me causó la lectura de algunos de sus relatos como Dagon o la llamada de Cthulhu. Y es que el misantrópico autor norteamericano fue el primer escritor de horror que logró de verdad hacerme sentir ese agradable escalofrío que todo lector del género persigue, por refinado que sea o crea ser. Había leído ya en la vieja colección de Biblioteca del Terror algunos clásicos del terror literario como el Frankenstein de Mary Shelley o El Castillo de Otranto de Walpole (la obra que marcó el nacimiento del género), pero a pesar del atractivo que ya entonces supe encontrar en aquellas obras, ninguna de ellas resultó tan eficaz como aquel volumen de relatos agrupados bajo el título de El color que surgió del espacio (Biblioteca del Terror Nº 4 Ediciones Forum, 1983). Aquello era ya sin duda otro tipo de terror: un terror moderno, eficaz, materialista, alejado de los viejos horrores góticos o decimonónicos, horrores cuyo atractivo hoy dia es básicamente estético, pero que no nos aterrorizan porque ya no creemos en ellos. El lector moderno cree en coches, no en castillos, por eso Christine de Stephen King da miedo y Walpole, no. La indudable calidad e influencia de Lovecraft como autor de terror convierte a El horror en la literatura en un texto especialmente interesante y revelador. En sus páginas encontramos a un ensayista con un gran conocimiento del tema sobre el que diserta. Se trata, básicamente de un recorrido por la literatura de horror desde el dieciochesco y fundacional Walpole hasta los autores de las primeras décadas del siglo XX. Hay capítulos dedicados a la novela gótica (Walpole, Radcliffe), a la literatura preternatural en las islas británicas (Machen, Blackwood, Hogdson), en el Continente (Hoffmann, Gautier, Maupassant, Meyrink), o en Norteamérica. Lovecraft se detiene especialmente en la figura de su paisano Poe, al que exalta. La literatura anglosajona y germánica son las que mayor atención reciben por parte del autor de La sombra sobre Innsmouth. Por cierto que si hubieramos de buscarle pegas al libro, podríamos decir que éste desprende cierto tufillo pangermanista, especialmente desagradable si tenemos presente la fecha en la que el ensayo fue redactado (finales de los 20). Dejando al margen la ideología (algo filofascista) de su autor, El horror en la literatura es un interesante texto que puede leerse como un erudito ensayo sobre un género literario pero también como una guia de lectura que presenta al lector las obras más importantes que ha dado ese género a lo largo de su más bien corta historia. El horror en la literatura es, sin duda, un libro imprescindible para cualquier lector interesado en el terror literario, clásico o contemporáneo.

Serafín, 2001


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