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Obras reseñadas

Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica (1997). Ensayo. Pepe Rodríguez.

Civilizaciones Extraterrestres (1979). Ensayo. Isaac Asimov.

Los próximos diez mil años (1973). Ensayo. Adrian Berry.


     

Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica (1997). Ensayo. Pepe Rodríguez (1953)  

Los españoles (y los latinoamericanos), vivimos en sociedades católicas. En sociedades donde la religión, la cultura y la tradición católicas siguen teniendo un enorme peso e influencia en nuestras vidas, hábitos, moral y actitudes. Incluso los ateos o agnósticos lo son en relación a la cultura católica: son ateos católicos, como dice el propio Pepe Rodríguez en su combativo libro. Buena parte de los actos colectivos en los que toma parte una familia española media, esto es, bodas, comuniones, bautizos, etc, no son más que ritos católicos. La boda tradicional por la Iglesia continúa siendo lo mayoritario, lo usual. Nada más cotidiano que un velo blanco o una lluvia de arroz. Nada más normal que bautizar al niño que acaba de nacer. Que asistir a la Comunión del hijo de tal o cual conocido o familiar, que vestir al propio vástago de marinero o almirante. Y además, el declararse creyente continúa siendo lo políticamente correcto. El ateísmo esta tolerado, desde luego, pero continúa teniendo mucho de actitud contracultural, y el interesado declara su condición de no creyente con la boca pequeña o con ademán impetuoso, pero rara vez con naturalidad. Estando asi las cosas, aceptando el peso e influjo de lo católico en nuestro entorno cotidiano, la necesidad de escribir un libro (y de leerlo) como Mentiras fundamentales de la iglesia católica se hace evidente. Su lectura se vuelve imperiosa, teniendo en cuenta que durante todo el dia inhalamos catolicismo, aunque no siempre seamos conscientes de ello. 

¿Y de que va el libro del periodista catalán?. Pues eso, de las mentiras fundamentales que, a juicio de Rodríguez, han cimentado el comportamiento social, político y económico de la Iglesia durante los últimos dos mil años. El texto es un recorrido por los embustes, tergiversaciones y tomaduras de pelo que ha inflingido el poder católico a lo largo y ancho de nuestra ya bimilenaria era. Pepe Rodríguez arranca su libro desde una confesión personal: el estupor que le produjo, allá por 1974, su primera lectura de los Evangelios y la constatación de que éstos poco o nada tenían que ver con el tradicional, cansino y machacón dogma católico. Había un abismo entre lo que la Iglesia proclamaba públicamente desde púlpitos y tribunas y lo que luego figuraba en los Evangelios canónicos del Nuevo Testamento. En ellos podían leerse cosas sorprendentes, entre otras la de que Jesús había tenido hermanos, algo tradicionalmente negado por el catolicismo oficial y que hubiera sonado escandaloso a oidos de cualquier niño catequista sabatino. Tampoco quedaba nada clara la supuesta virginidad de María, cuyo protagonismo en los textos evangélicos (contrariamente al culto de diosa que le rinde la cultura popular católica) es más bien escaso. Y eso que los evangelios canónicos habían sido seleccionados de entre muchos otros que quedaron fuera del Canon, y pasaron a considerarse apócrifos. Más tarde, Rodríguez se hizo consciente de que la Iglesia Católica tendía a ocultar y a dificultar la lectura directa de los Evangelios, algo que la colocaba en una posición algo insólita en el contexto de las religiones, al ser prácticamente la única con reparos hacia el hecho de que los creyentes accedieran de manera directa al libro sagrado de su confesión, en este caso la Biblia, y en especial el Nuevo Testamento. Tal constatación es, por otra parte, evidente, para cualquiera que haya reflexionado un poco sobre el tema. El problema sea quizá este: poquísima gente ha reflexionado sobre el hecho religioso o católico en particular, sobre la actitud de la Iglesia o sobre la naturaleza de Dios, un concepto falsamente familiar (¿Creo en Dios?.Pero...¿Qué es Dios?, ¿Qué significa realmente esa palabra? ¿De qué estamos hablando, por Dios?). La mayoría de la población, si se le preguntase, se declararía vagamente católica y creyente (aunque no practicante, matizarían), en algún caso, por intuir que esa sigue siendo la actitud culturalmente adecuada (la que Dios manda). Resulta curiosa, en un mundo como el nuestro, marcado por la ciencia, la técnica, la razón y la lógica, la fuerza que sigue conservando la religión y en especial la institución eclesiástica (¿os imagináis al presidente Bush o a Clinton declarándose públicamente ateos aunque lo fueran?). Todo esto nos lleva, de nuevo, a la constatación de lo imprescindible que nos resulta, como ciudadanos desmenuzar, diseccionar y en definitiva poner bajo la lente del microscopio el hecho religioso y, muy especialmente a aquellos que se ocupan de su gestión temporal (esto es, la iglesia o iglesias). Es por ello que este libro, al margen de que uno se considere creyente o ateo, católico o anticatólico, budista o seguidor de Basílides, es de irrenunciable lectura para cualquier ciudadano que tenga la fea costumbre de meditar y reflexionar de vez en cuando (que aún los hay, mal que le pese a más de uno y a más de cuatro).

Una de las cosas sobre las que el libro nos invita a reflexionar es el hecho de que sabemos poquísimo acerca del nazareno. Lo cual es curioso teniendo en cuenta que hemos partido (al menos en Occidente) la historia de la humanidad en dos, esto es, un antes y un después del nacimiento del carpintero judío. La información nos viene esencialmente de los evangelios, cuyo valor (este sí, muy alto) es esencialmente literario, estético y apologético, y no historiográfico. Resulta difícil reconstruir al Jesús histórico, teniendo en cuenta que incluso no pocos historiadores han llegado a dudar de su existencia real. Pero al menos parece probable que un judío de Nazaret, nacido entre el año 9 y el 5 a. de C., que llevó un magisterio público durante dos años y que fue ejecutado (crucificado) hacia el año 33 d. de C., existió realmente. Y sobre su figura, se crearon esas joyas literarias que son los Evangelios (los canónicos y los apócrifos). Pero no se sabe mucho más, a parte como digo, de la probable historicidad de Jesús, y en términos historiográficos, los evangelios no son de mucha utilidad. Y ello resulta algo patético, teniendo en cuenta que estamos hablando del hombre que, desde determinado punto de vista, no sería descabellado considerar como el más importante de la historia humana. Nietzche, en uno de sus arrebatos megalomaníacos dijo que su pensamiento era lo suficientemente fuerte para partir la historia de la humanidad en dos. Que exagerado, el bigotudo y orgulloso pensador de Röcken. El alemán ha quedado como una estrella cultural de primera magnitud en el firmamento de Occidente, pero desde luego no ha partido en dos a la Historia. El currante palestino, sin proponérselo, sí lo ha hecho. Aclarémonos: estamos hablando de un individuo que hace unos dos milenios tuvo un cuerpo físico, vivió, trabajó, llevó una actividad social, se casó, engendró hijos, tuvo amigos, enemigos, rió, sufrió, como cualquier ser humano. Este hombre, para centenares de millones de personas, aún hoy, en el año (de Cristo) de 2001, es el hijo de Dios hecho hombre. Su gigantesca figura ha recorrido como una locomotora impetuosa la historia y la cultura europea y occidental a lo largo de los últimos dos milenios. El arte plástico europeo, la arquitectura, la literatura incluso, las mayores expresiones culturales, han tenido a este hombre como protagonista. Pensemos en el ábside de Sant Climent de Taüll, en todo el arte románico, en la Teología, en la Filosofía. Pensemos, incluso en el cine de Pasolini, fabricado mil novecientos años después de la muerte física del rey de los judíos. ¿Todo esto no lo convierte en el hombre más importante de la historia, más allá de su valor objetivo, de su valor absoluto o intrínseco para la civilización humana?. Pues de este hombre no sabemos prácticamente nada. 

El libro de Rodríguez nos propone, asimismo muchos otros elementos para la reflexión: como el de que los libros que conforman el Antiguo Testamento fueron constantemente reelaborados para adaptarse a los intereses políticos, sociales o económicos de las élites judaicas. Esto mismo ocurriría siglos más tarde con los libros neotestamentarios, esta vez respecto de los intereses de la Iglesia Católica. Todas estos retoques, añadidos, reelaboraciones, reinterpretaciones, etc, llevados a cabo conforme a intereses terrenales son los que han configurado el texto bíblico en su forma actual. 
Los apóstoles no creían en la divinidad de Jesús ( no fue proclamado cosustancial con Dios hasta el año 325) ni en la virginidad de María (dogma católico que data del año... ¡1854!) . Todo esto no fue, por lo tanto, más que invención de la Iglesia Católica. Además, Jesús no fue el fundador del Cristianismo: no tuvo consciencia de estar fundando ninguna nueva religión, era un judío tout court. En cierto modo, podría aplicársele lo que dijo Marx de sí mismo: ce qui est vrai est que je ne suis pas marxiste. En cuento a la desconcertante Santísima Trinidad (integrada, como escribió Borges, por un Padre, un Hijo y un Espectro), sólo fue un laborioso juego teológico ideado por la Iglesia siglos después de la desaparición física del nazareno. 

Irónicamente, Rodríguez señala que la moral sexual del Yavé del Antiguo Testamento era algo más flexible que la de la Iglesia Católica. Allí donde el iracundo, vengativo y shakespeariano Dios judaico tan sólo prohibía desear a la mujer del prójimo, la ortodoxia católica lanzaba, a su vez ( en su obsesivo Sexto Mandamiento) una exigencia radical y maximalista: No cometerás actos impuros (!). Un mandamiento que en la, hasta hace poco hipercatólica España, causó no pocas bromitas, chascarrillos y películas de Antonio Ozores. En general, parece ser que la reelaboración de los mandatos divinos por parte de la jerarquía católica, a parte de dar lugar a un decálogo más ceñudo, exigente y culpabilizador, tenía como objeto apuntalar sus intereses temporales y terrenales. 
Aunque la toma de posición de Pepe Rodríguez es clara (e inequívocamente incrédula), en ningún momento del libro se ridiculiza ni ofende a los creyentes. Y es que este punto conviene dejarlo bien claro: Mentiras fundamentales de la Iglesia católica es un texto de combate, pero tal combate no se libra ni contra la religión, ni la creencia ni la fe, sino contra la Iglesia, sus faltas, corruptelas, manipulaciones y mentiras.

En definitiva Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica es un libro que yo recomendaría a cualquier persona razonable, a cualquier persona que no haya perdido la facultad de pensar ni la curiosidad intelectual. A cualquiera que, como el Winston Smith de 1984, haya encontrado un rinconcito fuera del alcance de la cámara del asfixiante Gran Hermano, para recogerse, leer, escribir, meditar y reflexionar. En definitiva: para ser un Hombre.

Serafín, 2001


 

Civilizaciones extraterrestres (1979). Ensayo. Isaac Asimov (1920-1992)

El primer Asimov que leí, en el ya lejano 1985, no fue ninguna de sus celebradas obras de ciencia-ficción (obras que devoraría a lo largo de los años siguientes), no fue ningún tomo del ciclo de las fundaciones, ni de los robots, ni del detective futurista Elías Baley. Fue este interesantísimo, riguroso y ameno ensayo publicado por vez primera en 1979, en una época todavía marcada por las hazañas aeroespaciales. Es este libro todo un baño de racionalismo científico a un tema sobre el que han abundado con frecuencia la mistificacion, la patraña y la superchería. Que han abundado y que abundarán, al parecer. Y es que el siglo que se nos viene encima será, en opinión de muchos, una especie de Edad Media con supertecnología. Un medievo con teléfonos móviles. En efecto, a lo largo del XXI, habrá una curiosa convivencia entre la superstición y el rigor científico-técnico; entre el culto a lo sobrenatural y el creciente dominio de las leyes de la física; brujos, adivinadores, tarotistas y demás fauna compartirán siglo y época con físicos, genetistas, bioquímicos e ingenieros del más alto nivel. La informática doméstica, Internet, la telefonía móvil, los multicanales de televisión y toda la espléndida cacharrería tecnológica tendrán como principal utilidad la de vehicular toda la murga neomedieval. El XXI será así un siglo peculiar, un siglo de extrañas cohabitaciones: una gran masa popular deslumbrada por brujos y magos catódicos compartiendo piso con una (comparativamente) pequeña élite profesional y culturalmente sofisticada. En lo que respecta al tema de la inteligencia extraterrestre, esta se asociará más a los OVNIS, a la ufología, o a gente como Antonio Ribera o Le Poer Trench que al programa SETI o a Carl Sagan. Por ello, el siglo que ahora empieza va a ser probablemente poco propicio para la clarificación popular del tema del Contacto. Y dejadme decir de paso que ese fascinante y rico género literario (mal) llamado ciencia-ficción continuará asociándose con batallitas galáctico-medievales y seguirá despreciado por la crítica literaria y por los enteradillos culteranos de café. Con este poco apetecible plato que nos van a poner sobre el mantel, la reedición y promoción de una obra tan lógica, racional y rigurosa como Civilizaciones extraterrestres sería algo verdaderamente de aplaudir. Al igual que el resto de la obra divulgativa de Asimov. Y es que el bioquímico ruso-americano debería ser una bandera a agitar y enarbolar en el oscurantista siglo que acabamos de estrenar. Este claro y límpido enciclopedista dieciochesco extraviado en el turbulento e irracional (aunque muy científico) siglo XX, se nos va a hacer imprescindible en las tenebrosas e irrespirables décadas que se nos vienen encima. La reedición de la espléndida obra divulgativa de Asimov debería ser casi un deber moral para contribuir a ahuyentar a toda la horda de echadores de cartas, de simpáticos y gesticulantes brujos de madrugada, de enlutadas brujitas de escoba electrónica, de tele-tarotistas, de enviados de Dios en formato htm, de milagreros de banner. En esta Edad Media de cable y Banda Ancha que iniciamos, utilicemos pues, a Asimov como amuleto. Utilicemos sus límpidos y cristalinos libros como pata de conejo. 

A estas alturas, inútil decir que Civilizaciones extraterrestres no es un libro de Ufología. Es un libro de Ciencia. De Física, de Química. De Biología. Pero que nadie se espante. Porque Civilizaciones extraterrestres es, ante todo, un libro de reflexión, de lógica y de sentido común. De rigor científico. Un libro cuya línea de razonamiento, cualquier lector de mediana cultura (y de mediana curiosidad o de inquietud mediana) puede seguir perfectamente aunque no tenga ni papa de aquellas venerables disciplinas. Bueno, venga. Vamos con el libro. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres?. Tremenda pregunta. Pudiera ser, desde luego, pero seguro que no envían una nave espacial (un ovni) para jugar al escondite con el género humano, para aterrizar en un campo de patatas y desaparecer y en general, todo ese extraño y desconcertante comportamiento que sugieren los entusiastas de la ufología. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres? ¿que se necesita para que haya una civilización estraterrestre? Estas apasionantes y aterradoras preguntas (cuya respuesta cambiaría la percepción que la raza humana tiene de sí misma y de su situación en el mundo y en el cosmos) son el núcleo central de Civilizaciones extraterrestres. Asimov empieza haciéndose varias preguntas ¿en qué consiste la vida? ¿Es posible una vida de silicio y no de carbono? ¿Qué exige la vida para su aparición, evolución y desarrollo? ¿Qué características ha de tener un planeta para ser incubador de vida, al igual que nuestra Tierra? ¿y la estrella en torno a la cual este planeta gira? A parte de la existencia de vida, ¿que condiciones son necesarias para que esa vida evolucione hacia la inteligencia y el dominio de la alta tecnología, tal y como ha sucedido en la Tierra? Asimov se va respondiendo a sí mismo utilizando como únicas herramientas la razón, la lógica y los actuales conocimientos científicos y astronómicos. Así, un planeta candidato a incubar vida debería ser de un tamaño similar a la Tierra, y estar formado de roca y metal (semejante por lo tanto a los planetas interiores o terrestres de nuestro sistema solar), debería poseer agua líquida y capacidad para retener una atmósfera. Para la aparición de la tecnología, quizá debería poseer continentes o tierras emergidas. A tal efecto, no serviría un planeta de tipo jupiterino, que es un bola gigante de gas y líquido. ¿Y cómo ha de ser la estrella en torno a la cual gira el planeta? Debería ser como nuestro Sol, nos dice Asimov, es decir una estrella de tamaño mediano. Y esto porque las estrellas de gran tamaño queman hidrógeno muy deprisa y abandonan en seguida su secuencia principal. La vida y su desarrollo es un proceso complejo y muy sofisticado que exige larguísimos periodos de tiempo, por ello es imprescindible que la estrella en torno a la cual gira el planeta candidato a albergar vida permanezca el tiempo suficiente en su secuencia principal...¿y el tema de los viajes interestelares? Esto es, ¿qué hay sobre los requisitos para que ellos (la civilización extraterrestre) y nosotros entremos en contacto físico? Parece ser que unos y otros nos hallamos recluidos por las gigantescas distancias interestelares y el límite físico que impone la infranqueable barrera de la velocidad de la luz. ¿Y otras posibilidades de comunicación o de contacto?. Al elaborar sus respuestas, Asimov adopta un punto de vista conservador y cauteloso, pero aún así, resultaría que en buena lógica podría haber, sólo en nuestra Galaxia, centenares de millones de civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Pero entonces...¿dónde están?.¿por qué no ha habido un contacto entre ellos y nosotros, al menos un contacto rigurosamente documentado, más allá de la manipulación y el sensacionalismo, tan cotidianos a lo largo del pasado siglo XX?. Esta es la gran pregunta. El gran atractivo de este libro es que, aparte de abordar una cuestión siempre fascinante, lo hace desde la verdad y el rigor científico y eso hace que su valor sea doble. Porque algo que es fascinante y que es verdad nos turba más que algo que es solamente fascinante. El tema de la inteligencia extraterrestre brilla aún más al recibir la límpida luz de la razón y la ciencia y no la de la ufología, dudosa y trucada, como las fotografías en que se basa. Al fin y al cabo, ¿por que va a ser tan descabellada la idea de que existan planetas como la Tierra, y que en ellos se haya desarrollado la vida y la inteligencia y la cultura y la tecnología, del mismo modo que lo han hecho en el tercer planeta de la estrella a la que llamamos Sol?. ¿Y porque no soñar con un futuro Contacto como el de la novela de Carl Sagan?. Yo creo que en el futuro, si sigue adelante el programa SETI, este acabará dando sus frutos y se producirá ese anhelado Contacto. En El futuro es un pais tranquilo, el último libro de Jose Manuel Sanchez-Ron, uno de los mejores historiadores de la Ciencia que tenemos en España, el autor imagina un Contacto hacia el año 7000. Quien sabe. Mientras tanto, y en espera de que llegue ese momento, el lector que quiera combinar la pasión por lo desconocido con el rigor del orden y la inteligencia, que lea Civilizaciones extraterrestres, en definitiva: que lea a Asimov. Que penetre en el mundo de este enciclopedista de la era espacial. De este bioquímico volteriano. De este Diderot de la Ciencia moderna. En el mundo de quien, por decirlo con palabras de Sánchez-Ron, acercó como nadie la Ciencia a la Vida. 

Serafín, 2001


Los próximos diez mil años (1973). Adrian Berry  

El título de este libro resulta algo visionario y sin duda va más allá que el propio contenido del texto, aparte de ser de una osadía insólita. El mundo actual es tan imprevisible y complejo, su evolución futura tan indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse, dentro de unos interesantes límites de probabilidad, la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060, pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando se publicó Los próximos diez mil años corría el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de 1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el futuro. Sólo en una época así podía aparecer un libro tan (racionalmente) visionario como este.
Siempre me he sentido atraido por el tema de la conquista del espacio y del futuro científico y tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente, me sedujo el género de la ciencia ficción, la astronomía, la cosmología, las hazañas científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme. Leí avidamente su Conexión cósmica, al igual que las obras divulgativas de Asimov. La pasión por estos temas, junto con la ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita decisión de matricularme en la Facultad de Química (carrera que muy poco después canjearía por el inacabable e infernal estudio de la Farmacia). No es sorprendente, con estos antecedentes, que un libro con un título como Los proximos diez mil años, un título que se remontaba de una manera tan vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi un domingo en un tenderete del Mercado de San Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi apática mano voló hacia él.
Los próximos diez mil años es uno de esos libros de divulgación científica que menudearon tanto en la década de los setenta, época como hemos dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan solo unos pocos meses que el último hombre en pisar la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre de 1972, tuvo lugar la número XVII de las legendarias misiones Apolo, la última cuya tripulación puso pie en el satélite. Han pasado casi treinta años desde entonces y ningún otro ser humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota superficie, lo cual por si sólo indica que fue una proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo 15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS), la humanidad había hecho realidad la alucinante fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un problema y no alunizó). Aquella fantasiosa literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo dos millones de años después de bajarse de los árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal magnitud, cualquier empresa parecía posible en el futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la década de 1990, colonias permanentes o semipermanentes en la Luna para pasado mañana y otros logros futuristas. En 2001, una odisea del espacio, película rodada entre 1964 y 1968, Kubrick y Clarke habían pretendido presentar una visión realista del futuro a 33 años vista: insinuaban que el 2001 real se parecería bastante al de su película y habían contado con bastantes asesores para llegar a esa conclusión. Se equivocaron de medio a medio, ya que hemos llegado a ese mítico 2001 (año tremendamente decepcionante) y nadie viaja a Jupiter ni a Saturno, no hay colonias lunares y ni siquiera HAL existe. Y lo peor de todo: no se ha encontrado ningún monolito en la Luna. Esta vez la ficción superó a la realidad, que por otra parte es lo que sucede casi siempre, para que engañarse. A lo largo de los 70 y los 80 fue llegando paulatinamente el final del sueño de la conquista del Espacio, las misiones fueron evaporándose al igual que el entusiasmo y en el momento actual, con el tema aeroespacial bastante dormido (y con los recientes fracasos de la NASA en sus modestas aventuras marcianas), se habla tan sólo del año 2020 como posible fecha para una expedición tripulada a Marte, único planeta que la humanidad pisará en el siglo XXI. La desaparición de la URSS y la falta de competencia en el ámbito interplanetario (contrariamente a lo que sucedía en los 60) ha sido catastrófico. Y es que, en el fondo, nadie hizo tanto como la antigua potencia soviética para que el hombre acabara pisando la Luna. Nada irritó tanto a McCarthy como el Sputnik. La perrita Laika y Gagarin llevaron a Kennedy a golpear la mesa con el puño y a conjurarse para contrarrestar aquel desafío comunista. Pero hoy dia ya no hay rusos ni guerra fría, y ya no es necesario impresionar a nadie ni hacerse ninguna foto. Ya no hay Comunismo. Sí Capitalismo, aunque eso, por lo visto por sí solo no basta. 
Pero en 1973 se estaba aún en plena fase REM del alucinante sueño espacial. Aún estaba en las retinas la imagen de Alan Shepard, comandante de una de las misiones Apolo (no recuerdo cual), golpeando una pelota de golf en la desértica superficie de la Luna. En esa época de triunfos, vítores y épica interplanetaria, en aquel tiempo de competencia entre bloques económicos, de Ciencia publicitaria, de ebullición aeroespacial, de cosmonautas y banderas, fue entonces cuando apareció este libro de Adrian Berry.
Los próximos diez mil años está totalmente contagiado del espíritu de la época. Es decir, es un texto optimista. Mejor dicho, hiperoptimista. Lo de la Luna ha sido sólo el comienzo, ha sido, como diría el pionero Tsiolkovsky, tan sólo abandonar la cuna. El Homo Sapiens está llamado a tocar las estrellas, pero en un sentido físico, no poético. Y esto sucederá más pronto que tarde. El entusiasta libro de Berry nos invita a pasearnos por un espléndido futuro tecnológico y de crecimiento económico imparable. Diez mil brillantes años a lo largo de los cuales el Hombre irá modelando el Universo a su gusto, sirviéndose de las leyes de la Física y de unos posibilidades tecnológicas cada vez más gigantescas. Pero en realidad, el autor no va tan lejos como el título de su libro, ya que apenas habla de lo que sucederá más allá del año 3000: las inconcebibles proezas tecnológicas que entrevé irán sucediéndose a lo largo del milenio que acabamos de comenzar. Es decir, el envío de expediciones tripuladas interplanetarias, la incorporación de los recursos de lejanos mundos a la economía de la Tierra, la terraformación de planetas, el desmantelamiento de Júpiter para la construcción de la esfera de Dyson, la posibilidad técnica del viaje interestelar, el desarrollo de pavorosas disciplinas como la astroingeniería, etcétera, todo ello ocurrirá dentro del aburrido milenio en el que ya estamos aposentados. Decididamente, Berry no es que vea la botella medio llena, a veces da la sensación de que pasa por alto el vidrio. 
El libro, como ha quedado ya dicho, fue escrito y publicado en 1972-73 y es posible decir ya, en el momento en que escribo esto (año 2001), que algunas de las amenas profecias de Berry no se han cumplido. El autor se mostraba convencido (al igual que Carl Sagan en la Conexión Cósmica y muchos otros) de que el hombre se pasearía por las rojas arenas de Marte antes de 1990 o como mucho, antes de fin de siglo. Pero lo único que se ha paseado por la superficie marciana ha sido ese simpático cacharrito, el Sojourner de la Mars Pathfinder, que arribó al Barsoon de Burroughs en el año 1997. No está mal, pero es bastante menos de lo que habían imaginado Berry o Sagan en los primeros setenta. 
De todos modos, yo también creo que muchas de las cosas que este libro profetiza se cumplirán, no me cabe duda, aunque no de una manera tan lineal, ineludible e impetuosa. Probablemente no las veremos dentro del tercer milenio, como el libro parece sugerir, pero quizá sí dentro de esos 10.000 años a los que, después de todo, se refiere el título. Y es que debemos tener presente que no hemos hecho más que comenzar. Hacia el siglo XVII, el Hombre se aburrió definitivamente de la teología y la metafísica y se volvió científico, Roger Bacon se transformó en Francis Bacon. La Teología (esa rama de la literatura fantástica) fue canjeada por la Ciencia Experimental, tal cosa ocurrió, insisto, en el XVII, es decir hace cuatro dias ( o cuatro siglos, tanto da). En aquel momento, el Homo Sapiens llevaba entre uno y tres millones de años en la Tierra, exactamente los mismos que lleva ahora. De ese dilatadísimo periodo, tan sólo nos hemos pasado metidos en el laboratorio los últimos cuatrocientos años, una parte infinitesimal de nuestra existencia como especie. El resto se nos ha ido elaborando amenos juegos teológicos y organizando Concilios. Apenas hemos desembalado el utillaje. No hemos hecho más que desempaquetar los Erlenmeyers y las pipetas. Seamos pacientes, concedámonos un milloncito de años. Otorguémonos tiempo para salir de la Prehistoria en la que áun nos encontramos. Salgamos de la caverna y levantemos la vista hacia el diamantino cielo. Saludemos con la mano, que diría Bob Dylan. Las estrellas, de cuyas entrañas salimos, esperan melancólicamente nuestro regreso.   

Serafín, 2001

Todos los textos © Serafín González León, 2001


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