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"El
milagro tiene derecho a imponer condiciones."
-Ulrica. BORGES

Nosotras
también seremos madres, pues...
Jean Jacques Lequeu. Siglo XVIII
Salón de lectura
Sala
II
Obras
reseñadas
Mentiras fundamentales de la
Iglesia Católica (1997). Ensayo. Pepe
Rodríguez.
Civilizaciones
Extraterrestres (1979). Ensayo. Isaac
Asimov.
Los próximos diez mil años
(1973). Ensayo. Adrian Berry.
Mentiras
fundamentales de la Iglesia Católica (1997). Ensayo.
Pepe
Rodríguez (1953)

Los españoles (y
los latinoamericanos), vivimos en sociedades católicas. En
sociedades donde la religión, la cultura y la
tradición católicas siguen teniendo un enorme peso
e influencia en nuestras vidas, hábitos, moral y
actitudes. Incluso los ateos o agnósticos lo son en
relación a la cultura católica: son ateos
católicos, como dice el propio Pepe Rodríguez
en su combativo libro. Buena parte de los actos
colectivos en los que toma parte una familia
española media, esto es, bodas, comuniones,
bautizos, etc, no son más que ritos católicos. La
boda tradicional por la Iglesia continúa siendo lo
mayoritario, lo usual. Nada más cotidiano que un
velo blanco o una lluvia de arroz. Nada más normal
que bautizar al niño que acaba de nacer. Que asistir
a la Comunión del hijo de tal o cual conocido o
familiar, que vestir al propio vástago de marinero o
almirante. Y además, el declararse creyente
continúa siendo lo políticamente correcto.
El ateísmo esta tolerado, desde luego, pero
continúa teniendo mucho de actitud contracultural,
y el interesado declara su condición de no creyente
con la boca pequeña o con ademán impetuoso, pero
rara vez con naturalidad. Estando asi las cosas,
aceptando el peso e influjo de lo católico en
nuestro entorno cotidiano, la necesidad de escribir
un libro (y de leerlo) como Mentiras fundamentales
de la iglesia católica se hace evidente. Su
lectura se vuelve imperiosa, teniendo en cuenta que
durante todo el dia inhalamos catolicismo, aunque no
siempre seamos conscientes de ello.
¿Y de que va el
libro del periodista catalán?. Pues eso, de las
mentiras fundamentales que, a juicio de Rodríguez,
han cimentado el comportamiento social, político y
económico de la Iglesia durante los últimos dos mil
años. El texto es un recorrido por los embustes,
tergiversaciones y tomaduras de pelo que ha
inflingido el poder católico a lo largo y ancho de
nuestra ya bimilenaria era. Pepe Rodríguez arranca
su libro desde una confesión personal: el estupor
que le produjo, allá por 1974, su primera lectura de
los Evangelios y la constatación de que éstos poco
o nada tenían que ver con el tradicional, cansino y
machacón dogma católico. Había un abismo entre lo
que la Iglesia proclamaba públicamente desde
púlpitos y tribunas y lo que luego figuraba en los
Evangelios canónicos del Nuevo Testamento. En ellos
podían leerse cosas sorprendentes, entre otras la de
que Jesús había tenido hermanos, algo
tradicionalmente negado por el catolicismo oficial y
que hubiera sonado escandaloso a oidos de cualquier
niño catequista sabatino. Tampoco quedaba nada clara
la supuesta virginidad de María, cuyo protagonismo
en los textos evangélicos (contrariamente al culto
de diosa que le rinde la cultura popular
católica) es más bien escaso. Y eso que los
evangelios canónicos habían sido seleccionados de
entre muchos otros que quedaron fuera del Canon, y
pasaron a considerarse apócrifos. Más tarde,
Rodríguez se hizo consciente de que la Iglesia
Católica tendía a ocultar y a dificultar la lectura
directa de los Evangelios, algo que la colocaba en
una posición algo insólita en el contexto de las
religiones, al ser prácticamente la única con
reparos hacia el hecho de que los creyentes
accedieran de manera directa al libro sagrado de su
confesión, en este caso la Biblia, y en especial el
Nuevo Testamento. Tal constatación es, por otra
parte, evidente, para cualquiera que haya
reflexionado un poco sobre el tema. El problema sea
quizá este: poquísima gente ha reflexionado sobre
el hecho religioso o católico en particular, sobre
la actitud de la Iglesia o sobre la naturaleza de
Dios, un concepto falsamente familiar (¿Creo en
Dios?.Pero...¿Qué es Dios?, ¿Qué
significa realmente esa palabra? ¿De qué
estamos hablando, por Dios?). La mayoría de la
población, si se le preguntase, se declararía
vagamente católica y creyente (aunque no
practicante, matizarían), en algún caso, por
intuir que esa sigue siendo la actitud
culturalmente adecuada (la que Dios manda).
Resulta curiosa, en un mundo como el nuestro, marcado
por la ciencia, la técnica, la razón y la lógica,
la fuerza que sigue conservando la religión y en
especial la institución eclesiástica (¿os
imagináis al presidente Bush o a Clinton
declarándose públicamente ateos aunque lo fueran?).
Todo esto nos lleva, de nuevo, a la constatación de
lo imprescindible que nos resulta, como ciudadanos
desmenuzar, diseccionar y en definitiva poner bajo la
lente del microscopio el hecho religioso y, muy
especialmente a aquellos que se ocupan de su gestión
temporal (esto es, la iglesia o iglesias). Es por
ello que este libro, al margen de que uno se
considere creyente o ateo, católico o anticatólico,
budista o seguidor de Basílides, es de irrenunciable
lectura para cualquier ciudadano que tenga la fea costumbre
de meditar y reflexionar de vez en cuando (que aún
los hay, mal que le pese a más de uno y a más de
cuatro).
Una de las cosas
sobre las que el libro nos invita a reflexionar es el
hecho de que sabemos poquísimo acerca del nazareno.
Lo cual es curioso teniendo en cuenta que hemos
partido (al menos en Occidente) la historia de la
humanidad en dos, esto es, un antes y un después
del nacimiento del carpintero judío. La información
nos viene esencialmente de los evangelios, cuyo valor
(este sí, muy alto) es esencialmente literario,
estético y apologético, y no historiográfico.
Resulta difícil reconstruir al Jesús histórico,
teniendo en cuenta que incluso no pocos historiadores
han llegado a dudar de su existencia real. Pero al
menos parece probable que un judío de Nazaret,
nacido entre el año 9 y el 5 a. de C., que llevó un
magisterio público durante dos años y que fue
ejecutado (crucificado) hacia el año 33 d. de C.,
existió realmente. Y sobre su figura, se crearon
esas joyas literarias que son los Evangelios (los
canónicos y los apócrifos). Pero no se sabe mucho
más, a parte como digo, de la probable historicidad
de Jesús, y en términos historiográficos, los
evangelios no son de mucha utilidad. Y ello resulta
algo patético, teniendo en cuenta que estamos
hablando del hombre que, desde determinado punto de
vista, no sería descabellado considerar como el más
importante de la historia humana. Nietzche, en uno de
sus arrebatos megalomaníacos dijo que su pensamiento
era lo suficientemente fuerte para partir la historia
de la humanidad en dos. Que exagerado, el bigotudo y
orgulloso pensador de Röcken. El alemán ha quedado
como una estrella cultural de primera magnitud en el
firmamento de Occidente, pero desde luego no ha
partido en dos a la Historia. El currante
palestino, sin proponérselo, sí lo ha hecho.
Aclarémonos: estamos hablando de un individuo que
hace unos dos milenios tuvo un cuerpo físico,
vivió, trabajó, llevó una actividad social, se
casó, engendró hijos, tuvo amigos, enemigos, rió,
sufrió, como cualquier ser humano. Este hombre, para
centenares de millones de personas, aún hoy, en el
año (de Cristo) de 2001, es el hijo de Dios hecho
hombre. Su gigantesca figura ha recorrido como una
locomotora impetuosa la historia y la cultura europea
y occidental a lo largo de los últimos dos milenios.
El arte plástico europeo, la arquitectura, la
literatura incluso, las mayores expresiones
culturales, han tenido a este hombre como
protagonista. Pensemos en el ábside de Sant Climent
de Taüll, en todo el arte románico, en la
Teología, en la Filosofía. Pensemos, incluso en el
cine de Pasolini, fabricado mil novecientos años
después de la muerte física del rey de los
judíos. ¿Todo esto no lo convierte en el hombre
más importante de la historia, más allá de su
valor objetivo, de su valor absoluto o intrínseco
para la civilización humana?. Pues de este hombre no
sabemos prácticamente nada.
El libro de Rodríguez nos propone, asimismo
muchos otros elementos para la reflexión: como el de
que los libros que conforman el Antiguo Testamento
fueron constantemente reelaborados para adaptarse a
los intereses políticos, sociales o económicos de
las élites judaicas. Esto mismo ocurriría siglos
más tarde con los libros neotestamentarios, esta vez
respecto de los intereses de la Iglesia Católica.
Todas estos retoques, añadidos, reelaboraciones,
reinterpretaciones, etc, llevados a cabo conforme a
intereses terrenales son los que han configurado el
texto bíblico en su forma actual.
Los apóstoles
no creían en la divinidad de Jesús ( no fue
proclamado cosustancial con Dios hasta el año 325)
ni en la virginidad de María (dogma católico que
data del año... ¡1854!) . Todo esto no fue, por lo
tanto, más que invención de la Iglesia Católica.
Además, Jesús no fue el fundador del Cristianismo:
no tuvo consciencia de estar fundando ninguna nueva
religión, era un judío tout court. En cierto
modo, podría aplicársele lo que dijo Marx de sí
mismo: ce qui est vrai est que je ne suis pas
marxiste. En cuento a la desconcertante
Santísima Trinidad (integrada, como escribió
Borges, por un Padre, un Hijo y un Espectro), sólo
fue un laborioso juego teológico ideado por la
Iglesia siglos después de la desaparición física
del nazareno.
Irónicamente,
Rodríguez señala que la moral sexual del Yavé del
Antiguo Testamento era algo más flexible que la de
la Iglesia Católica. Allí donde el iracundo,
vengativo y shakespeariano Dios judaico tan
sólo prohibía desear a la mujer del prójimo, la
ortodoxia católica lanzaba, a su vez ( en su
obsesivo Sexto Mandamiento) una exigencia radical y
maximalista: No cometerás actos impuros (!).
Un mandamiento que en la, hasta hace poco
hipercatólica España, causó no pocas bromitas,
chascarrillos y películas de Antonio Ozores. En
general, parece ser que la reelaboración de los
mandatos divinos por parte de la jerarquía
católica, a parte de dar lugar a un decálogo más
ceñudo, exigente y culpabilizador, tenía como
objeto apuntalar sus intereses temporales y
terrenales.
Aunque la toma
de posición de Pepe Rodríguez es clara (e
inequívocamente incrédula), en ningún momento del
libro se ridiculiza ni ofende a los creyentes. Y es
que este punto conviene dejarlo bien claro: Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica es un texto
de combate, pero tal combate no se libra ni contra la
religión, ni la creencia ni la fe, sino contra la
Iglesia, sus faltas, corruptelas, manipulaciones y
mentiras.
En definitiva Mentiras
fundamentales de la Iglesia Católica es un libro
que yo recomendaría a cualquier persona razonable, a
cualquier persona que no haya perdido la facultad de
pensar ni la curiosidad intelectual. A cualquiera
que, como el Winston Smith de 1984, haya
encontrado un rinconcito fuera del alcance de la
cámara del asfixiante Gran Hermano, para recogerse,
leer, escribir, meditar y reflexionar. En definitiva:
para ser un Hombre.
Serafín, 2001
Civilizaciones
extraterrestres (1979). Ensayo. Isaac Asimov (1920-1992)
El primer Asimov que leí, en el ya lejano 1985, no fue ninguna de sus
celebradas obras de ciencia-ficción (obras que
devoraría a lo largo de los años siguientes), no
fue ningún tomo del ciclo de las fundaciones, ni de
los robots, ni del detective futurista Elías Baley.
Fue este interesantísimo, riguroso y ameno ensayo
publicado por vez primera en 1979, en una época
todavía marcada por las hazañas aeroespaciales. Es
este libro todo un baño de racionalismo científico
a un tema sobre el que han abundado con frecuencia la
mistificacion, la patraña y la superchería. Que han
abundado y que abundarán, al parecer. Y es que el
siglo que se nos viene encima será, en opinión de
muchos, una especie de Edad Media con
supertecnología. Un medievo con teléfonos móviles.
En efecto, a lo largo del XXI, habrá una curiosa
convivencia entre la superstición y el rigor
científico-técnico; entre el culto a lo
sobrenatural y el creciente dominio de las leyes de
la física; brujos, adivinadores, tarotistas y demás
fauna compartirán siglo y época con físicos,
genetistas, bioquímicos e ingenieros del más alto
nivel. La informática doméstica, Internet, la
telefonía móvil, los multicanales de televisión y
toda la espléndida cacharrería tecnológica
tendrán como principal utilidad la de vehicular toda
la murga neomedieval. El XXI será así un siglo
peculiar, un siglo de extrañas cohabitaciones: una
gran masa popular deslumbrada por brujos y magos
catódicos compartiendo piso con una
(comparativamente) pequeña élite profesional y
culturalmente sofisticada. En lo que respecta al tema
de la inteligencia extraterrestre, esta se asociará
más a los OVNIS, a la ufología, o a gente como
Antonio Ribera o Le Poer Trench que al programa SETI
o a Carl Sagan. Por ello, el siglo que ahora empieza
va a ser probablemente poco propicio para la
clarificación popular del tema del Contacto. Y
dejadme decir de paso que ese fascinante y rico
género literario (mal) llamado ciencia-ficción
continuará asociándose con batallitas
galáctico-medievales y seguirá despreciado por la
crítica literaria y por los enteradillos culteranos
de café. Con este poco apetecible plato que nos van
a poner sobre el mantel, la reedición y promoción
de una obra tan lógica, racional y rigurosa como Civilizaciones
extraterrestres sería algo verdaderamente de
aplaudir. Al igual que el resto de la obra
divulgativa de Asimov. Y es que el bioquímico
ruso-americano debería ser una bandera a agitar y
enarbolar en el oscurantista siglo que acabamos de
estrenar. Este claro y límpido enciclopedista
dieciochesco extraviado en el turbulento e irracional
(aunque muy científico) siglo XX, se nos va a hacer
imprescindible en las tenebrosas e irrespirables
décadas que se nos vienen encima. La reedición de
la espléndida obra divulgativa de Asimov debería
ser casi un deber moral para contribuir a ahuyentar a
toda la horda de echadores de cartas, de simpáticos
y gesticulantes brujos de madrugada, de enlutadas
brujitas de escoba electrónica, de tele-tarotistas,
de enviados de Dios en formato htm, de milagreros de
banner. En esta Edad Media de cable y Banda Ancha que
iniciamos, utilicemos pues, a Asimov como amuleto.
Utilicemos sus límpidos y cristalinos libros como
pata de conejo.
A estas alturas, inútil
decir que Civilizaciones extraterrestres no es
un libro de Ufología. Es un libro de Ciencia. De
Física, de Química. De Biología. Pero que nadie se
espante. Porque Civilizaciones extraterrestres
es, ante todo, un libro de reflexión, de lógica y
de sentido común. De rigor científico. Un libro
cuya línea de razonamiento, cualquier lector de
mediana cultura (y de mediana curiosidad o de
inquietud mediana) puede seguir perfectamente aunque
no tenga ni papa de aquellas venerables
disciplinas. Bueno, venga. Vamos con el libro.
¿Existen las civilizaciones extraterrestres?.
Tremenda pregunta. Pudiera ser, desde luego, pero
seguro que no envían una nave espacial (un ovni)
para jugar al escondite con el género humano, para
aterrizar en un campo de patatas y desaparecer y en
general, todo ese extraño y desconcertante
comportamiento que sugieren los entusiastas de la
ufología. ¿Existen las civilizaciones
extraterrestres? ¿que se necesita para que haya una
civilización estraterrestre? Estas apasionantes y
aterradoras preguntas (cuya respuesta cambiaría la
percepción que la raza humana tiene de sí misma y
de su situación en el mundo y en el cosmos) son el
núcleo central de Civilizaciones extraterrestres.
Asimov empieza haciéndose varias preguntas ¿en qué
consiste la vida? ¿Es posible una vida de silicio y
no de carbono? ¿Qué exige la vida para su
aparición, evolución y desarrollo? ¿Qué
características ha de tener un planeta para ser
incubador de vida, al igual que nuestra Tierra? ¿y
la estrella en torno a la cual este planeta gira? A
parte de la existencia de vida, ¿que condiciones son
necesarias para que esa vida evolucione hacia la
inteligencia y el dominio de la alta tecnología, tal
y como ha sucedido en la Tierra? Asimov se va
respondiendo a sí mismo utilizando como únicas
herramientas la razón, la lógica y los actuales
conocimientos científicos y astronómicos. Así, un
planeta candidato a incubar vida debería ser de un
tamaño similar a la Tierra, y estar formado de roca
y metal (semejante por lo tanto a los planetas
interiores o terrestres de nuestro sistema solar),
debería poseer agua líquida y capacidad para
retener una atmósfera. Para la aparición de la
tecnología, quizá debería poseer continentes o
tierras emergidas. A tal efecto, no serviría un
planeta de tipo jupiterino, que es un bola gigante de
gas y líquido. ¿Y cómo ha de ser la estrella en
torno a la cual gira el planeta? Debería ser como
nuestro Sol, nos dice Asimov, es decir una estrella
de tamaño mediano. Y esto porque las estrellas de
gran tamaño queman hidrógeno muy deprisa y
abandonan en seguida su secuencia principal. La vida
y su desarrollo es un proceso complejo y muy
sofisticado que exige larguísimos periodos de
tiempo, por ello es imprescindible que la estrella en
torno a la cual gira el planeta candidato a albergar
vida permanezca el tiempo suficiente en su secuencia
principal...¿y el tema de los viajes interestelares?
Esto es, ¿qué hay sobre los requisitos para que
ellos (la civilización extraterrestre) y nosotros
entremos en contacto físico? Parece ser que unos y
otros nos hallamos recluidos por las gigantescas
distancias interestelares y el límite físico que
impone la infranqueable barrera de la velocidad de la
luz. ¿Y otras posibilidades de comunicación o de
contacto?. Al elaborar sus respuestas, Asimov adopta
un punto de vista conservador y cauteloso, pero aún
así, resultaría que en buena lógica podría haber,
sólo en nuestra Galaxia, centenares de millones de
civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Pero
entonces...¿dónde están?.¿por qué no ha habido
un contacto entre ellos y nosotros, al menos un
contacto rigurosamente documentado, más allá de la
manipulación y el sensacionalismo, tan cotidianos a
lo largo del pasado siglo XX?. Esta es la gran
pregunta. El gran atractivo de este libro es que,
aparte de abordar una cuestión siempre fascinante,
lo hace desde la verdad y el rigor científico y eso
hace que su valor sea doble. Porque algo que es
fascinante y que es verdad nos turba más que algo
que es solamente fascinante. El tema de la
inteligencia extraterrestre brilla aún más al
recibir la límpida luz de la razón y la ciencia y
no la de la ufología, dudosa y trucada, como las
fotografías en que se basa. Al fin y al cabo, ¿por
que va a ser tan descabellada la idea de que existan
planetas como la Tierra, y que en ellos se haya
desarrollado la vida y la inteligencia y la cultura y
la tecnología, del mismo modo que lo han hecho en el
tercer planeta de la estrella a la que llamamos Sol?.
¿Y porque no soñar con un futuro Contacto
como el de la novela de Carl Sagan?. Yo creo que en
el futuro, si sigue adelante el programa SETI, este
acabará dando sus frutos y se producirá ese
anhelado Contacto. En El futuro es un pais
tranquilo, el último libro de Jose Manuel
Sanchez-Ron, uno de los mejores historiadores de la
Ciencia que tenemos en España, el autor imagina un Contacto
hacia el año 7000. Quien sabe. Mientras tanto, y en
espera de que llegue ese momento, el lector que
quiera combinar la pasión por lo desconocido con el
rigor del orden y la inteligencia, que lea Civilizaciones
extraterrestres, en definitiva: que lea a Asimov.
Que penetre en el mundo de este enciclopedista de la
era espacial. De este bioquímico volteriano. De este
Diderot de la Ciencia moderna. En el mundo de quien,
por decirlo con palabras de Sánchez-Ron, acercó
como nadie la Ciencia a la Vida.
Serafín, 2001
Los próximos diez
mil años (1973). Adrian Berry.
El título de este libro
resulta algo visionario y sin duda va más allá
que el propio contenido del texto, aparte de ser de
una osadía insólita. El mundo actual es tan
imprevisible y complejo, su evolución futura tan
indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a
hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino
tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse,
dentro de unos interesantes límites de probabilidad,
la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060,
pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que
roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando
se publicó Los próximos diez mil años corría
el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos
arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial
y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y
lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de
1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el
futuro. Sólo en una época así podía aparecer un
libro tan (racionalmente) visionario como este.
Siempre me he sentido atraido por el tema de la
conquista del espacio y del futuro científico y
tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente,
me sedujo el género de la ciencia ficción, la
astronomía, la cosmología, las hazañas
científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl
Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos
a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme.
Leí avidamente su Conexión cósmica, al
igual que las obras divulgativas de Asimov. La
pasión por estos temas, junto con la
ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita
decisión de matricularme en la Facultad de Química
(carrera que muy poco después canjearía por el
inacabable e infernal estudio de la Farmacia). No es
sorprendente, con estos antecedentes, que un libro
con un título como Los proximos diez mil años,
un título que se remontaba de una manera tan
vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico
tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi
un domingo en un tenderete del Mercado de San
Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi
apática mano voló hacia él.
Los próximos diez mil años es uno de esos
libros de divulgación científica que menudearon
tanto en la década de los setenta, época como hemos
dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno
aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan
solo unos pocos meses que el último hombre en pisar
la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre
de 1972, tuvo lugar la número XVII de las
legendarias misiones Apolo, la última cuya
tripulación puso pie en el satélite. Han pasado
casi treinta años desde entonces y ningún otro ser
humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota
superficie, lo cual por si sólo indica que fue una
proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo
15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957,
con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS),
la humanidad había hecho realidad la alucinante
fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la
Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el
XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un
problema y no alunizó). Aquella fantasiosa
literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y
tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El
mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo
dos millones de años después de bajarse de los
árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y
simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis
místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal
magnitud, cualquier empresa parecía posible en el
futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las
siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la
década de 1990, colonias permanentes o
semipermanentes en la Luna para pasado mañana y
otros logros futuristas. En 2001, una odisea del
espacio, película rodada entre 1964 y 1968,
Kubrick y Clarke habían pretendido presentar una
visión realista del futuro a 33 años vista:
insinuaban que el 2001 real se parecería bastante al
de su película y habían contado con bastantes
asesores para llegar a esa conclusión. Se
equivocaron de medio a medio, ya que hemos llegado a
ese mítico 2001 (año tremendamente decepcionante) y
nadie viaja a Jupiter ni a Saturno, no hay colonias
lunares y ni siquiera HAL existe. Y lo peor de todo:
no se ha encontrado ningún monolito en la Luna. Esta
vez la ficción superó a la realidad, que por otra
parte es lo que sucede casi siempre, para que
engañarse. A lo largo de los 70 y los 80 fue
llegando paulatinamente el final del sueño de la
conquista del Espacio, las misiones fueron
evaporándose al igual que el entusiasmo y en el
momento actual, con el tema aeroespacial bastante
dormido (y con los recientes fracasos de la NASA en
sus modestas aventuras marcianas), se habla tan sólo
del año 2020 como posible fecha para una expedición
tripulada a Marte, único planeta que la humanidad
pisará en el siglo XXI. La desaparición de la URSS
y la falta de competencia en el ámbito
interplanetario (contrariamente a lo que sucedía en
los 60) ha sido catastrófico. Y es que, en el fondo,
nadie hizo tanto como la antigua potencia soviética
para que el hombre acabara pisando la Luna. Nada
irritó tanto a McCarthy como el Sputnik. La perrita
Laika y Gagarin llevaron a Kennedy a golpear la mesa
con el puño y a conjurarse para contrarrestar aquel
desafío comunista. Pero hoy dia ya no hay rusos ni
guerra fría, y ya no es necesario impresionar a
nadie ni hacerse ninguna foto. Ya no hay Comunismo.
Sí Capitalismo, aunque eso, por lo visto por sí
solo no basta.
Pero en 1973 se estaba aún en plena
fase REM del alucinante sueño espacial. Aún estaba
en las retinas la imagen de Alan Shepard, comandante
de una de las misiones Apolo (no recuerdo cual),
golpeando una pelota de golf en la desértica
superficie de la Luna. En esa época de triunfos,
vítores y épica interplanetaria, en aquel tiempo de
competencia entre bloques económicos, de Ciencia publicitaria,
de ebullición aeroespacial, de cosmonautas y
banderas, fue entonces cuando apareció este libro de
Adrian Berry.
Los próximos diez mil años está totalmente
contagiado del espíritu de la época. Es decir, es
un texto optimista. Mejor dicho, hiperoptimista. Lo
de la Luna ha sido sólo el comienzo, ha sido, como
diría el pionero Tsiolkovsky, tan sólo abandonar la
cuna. El Homo Sapiens está llamado a tocar
las estrellas, pero en un sentido físico, no
poético. Y esto sucederá más pronto que tarde. El
entusiasta libro de Berry nos invita a pasearnos por
un espléndido futuro tecnológico y de crecimiento
económico imparable. Diez mil brillantes años a lo
largo de los cuales el Hombre irá modelando el
Universo a su gusto, sirviéndose de las leyes de la
Física y de unos posibilidades tecnológicas cada
vez más gigantescas. Pero en realidad, el autor no
va tan lejos como el título de su libro, ya que
apenas habla de lo que sucederá más allá del año
3000: las inconcebibles proezas tecnológicas que
entrevé irán sucediéndose a lo largo del milenio
que acabamos de comenzar. Es decir, el envío de
expediciones tripuladas interplanetarias, la
incorporación de los recursos de lejanos mundos a la
economía de la Tierra, la terraformación de
planetas, el desmantelamiento de Júpiter para la
construcción de la esfera de Dyson, la posibilidad
técnica del viaje interestelar, el desarrollo de
pavorosas disciplinas como la astroingeniería,
etcétera, todo ello ocurrirá dentro del aburrido
milenio en el que ya estamos aposentados.
Decididamente, Berry no es que vea la botella medio
llena, a veces da la sensación de que pasa por alto
el vidrio.
El libro, como ha quedado ya dicho, fue escrito y
publicado en 1972-73 y es posible decir ya, en el
momento en que escribo esto (año 2001), que algunas
de las amenas profecias de Berry no se han cumplido.
El autor se mostraba convencido (al igual que Carl
Sagan en la Conexión Cósmica y muchos otros)
de que el hombre se pasearía por las rojas arenas de
Marte antes de 1990 o como mucho, antes de fin de
siglo. Pero lo único que se ha paseado por la
superficie marciana ha sido ese simpático
cacharrito, el Sojourner de la Mars
Pathfinder, que arribó al Barsoon de
Burroughs en el año 1997. No está mal, pero es
bastante menos de lo que habían imaginado Berry o
Sagan en los primeros setenta.
De todos modos, yo también creo que muchas de las
cosas que este libro profetiza se cumplirán, no me
cabe duda, aunque no de una manera tan lineal,
ineludible e impetuosa. Probablemente no las veremos
dentro del tercer milenio, como el libro parece
sugerir, pero quizá sí dentro de esos 10.000 años
a los que, después de todo, se refiere el título. Y
es que debemos tener presente que no hemos hecho más
que comenzar. Hacia el siglo XVII, el Hombre se
aburrió definitivamente de la teología y la
metafísica y se volvió científico, Roger Bacon se
transformó en Francis Bacon. La Teología (esa rama
de la literatura fantástica) fue canjeada por la
Ciencia Experimental, tal cosa ocurrió, insisto, en
el XVII, es decir hace cuatro dias ( o cuatro siglos,
tanto da). En aquel momento, el Homo Sapiens
llevaba entre uno y tres millones de años en la
Tierra, exactamente los mismos que lleva ahora. De
ese dilatadísimo periodo, tan sólo nos hemos pasado
metidos en el laboratorio los últimos cuatrocientos
años, una parte infinitesimal de nuestra existencia
como especie. El resto se nos ha ido elaborando
amenos juegos teológicos y organizando Concilios.
Apenas hemos desembalado el utillaje. No hemos hecho
más que desempaquetar los Erlenmeyers y las pipetas.
Seamos pacientes, concedámonos un milloncito de
años. Otorguémonos tiempo para salir de la
Prehistoria en la que áun nos encontramos. Salgamos
de la caverna y levantemos la vista hacia el
diamantino cielo. Saludemos con la mano, que diría
Bob Dylan. Las estrellas, de cuyas entrañas salimos,
esperan melancólicamente nuestro regreso.
Serafín, 2001
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Serafín González León, 2001
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