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Cosmovisión Andina: el paradigma de los opuestos complementarios

Quien no sabe lo que es el Universo, no sabe dónde vive" (Marco Aurelio)

Título de la imagen: "No hay más realidad que el producto de la complementación de los opuestos. No existiría una dimensión capaz de sustentar la vida si uno neutralizara al otro".

No sé dónde terminan las religiones y empieza la proyección del individuo o de un pueblo desde donde está y hacia los confines materiales y/o conceptuales que forman su entorno. No sé describirlo bien, pero todo lo relevante al orden aymara se vincula con sus creencias. Tal vez la palabra cosmovisión, que implica mito, nos evita confundir eso con las religiones occidentales, las que no son compartidas por todos ni condicionan cada una y todas las actividades del individuo y de la colectividad como ocurría con los aymaras.

 Pero el Mundo Andino comprende a muchas otras etnias, especialmente los que hoy se denominan quechuas y que gobernaron el imperio incaico y una gran variedad de grupos carismáticos, desde los kallawayas de la vertiente oriental de los Andes, quienes se creen médicos-brujos casi por el hecho de ser kallawayas, hasta los ferozmente rudos indios de Huanuco que describe López Albújar. Consecuentemente y pese a una gran similitud entre la cosmovisión del aymara típico de antaño y la de los incas, la variedad étnica, la evolución cultural de esas sociedades, la intromisión de la iglesia católica y los esfuerzos de la iglesia pentecostés por cambiar el paradigma andino, crean una variedad de concepciones cosmológicas que difieren en el detalle.

Por decirlo de alguna manera, por compleja que la cosmovisión aymara le parezca a los caucásicos citadinos, es lo más simple que hay: es sólo adaptación a la realidad de la peculiar naturaleza andina, requisito indispensable para seguir viviendo. Búsquese la más simple y eficiente forma de establecer en la sierra y altiplano andinos una sociedad que pueda proyectarse a través de las generaciones, y necesariamente se reinventará el pensar de los aymaras.

Según la leyenda, los aymaras salieron de la tierra. Simplificando diferentes versiones debidas a la ulterior asimilación de ideas de los incas y a las deformaciones debidas a la sesgada visión de los cronistas españoles (educados, como nosotros los chilenos clásicos, para no concebir que se pueda pensar en forma tan distinta), digamos que antes había otra humanidad, la que cayó en desgracia con el Creador. Aquí se confunden las cosas pues lo más probable es que no hubo un Creador o, si se quiere ser tolerante con la tergiversación católica de la mitología andina, éste pudo ser el Tunupa pre-tiwanacota o el Viracocha pukino-wari-incaico. Por ahora pasemos por alto una compleja controversia y otorguémosle a Viracocha el rol de Creador y aceptémoslo en la forma convencional, algo así como el enlace entre el Dios Sol (Inti) y Pacha, palabra que implica tanto al tiempo, al espacio como a la totalidad. Pacha sería la deidad cósmica, el Dios original y generador de toda la fuerza.

Pues Viracocha se deshizo de la primera humanidad. Luego esculpió en piedra a los hombres y mujeres de la nueva humanidad, los dotó de las variables propias de cada raza (nombre, cultura, ropaje, lenguaje, bagaje agrícola) y los metió bajo tierra para que desde allí salieran a los lugares que les estaban destinados. Los lugares (cerros, lagunas, árboles) por los que salieron quedaron como veneradas wakas (lugar sagrado) principales y se denominan pakarinas.

Por el lago fueron paridos los aymaras. La Pachamama es pues la madre-diosa, la principalísima waka y el andino la embellece (terrazas agrícolas, por ejemplo), le facilita su contacto con Inti mediante apachetas (amontonamiento de piedras creado paulatinamente por los caravaneros) y construcciones ceremoniales y la cuida amorosamente. Las apachetas se ubican en lugares conspicuos del camino: una bifurcación importante en los terrenos planos, en lo alto de un cerro conspicuo o, preferentemente, en una abra, definida como un paso entre dos montes que da una amplia visión de un nuevo territorio o diferente espacio geológico. 

La Pachamama es la inmensa waka en la cual vive el andino, waka que encierra una tremenda potencia y sin embargo nada desperdicia, pero que pese a su austeridad puede ser cruel e implacable. La agricultura en el mundo andino no es una mera siembra-cosecha utilitaria como en el resto del mundo, sino un acto de amor. Es la caricia que el hombre-hijo-esposo le prodiga a su esposa-madre-waka para mantenerla sana y hermosa, a la vez que ella le aporta el sustento. Por eso el andino es austero, respetuoso de la naturaleza, provisto de un concepto ecológico que ridiculiza en su profundidad y dimensiones al más ecologista de los movimientos occidentales contemporáneos.

Entre ellos, todo es aparentemente dual, macho-hembra, blanco o negro, pero los opuestos no luchan entre sí tratando de neutralizarse como el Dios y el Diablo de los cristianos, sino que son parte del todo, se complementan y sin uno no hay otro y ambos forman un abanico tripartito de posibilidades (macho, hembra y macho con hembra). Todos los opuestos se complementan y establecen una triple alternativa, la cual le otorga al aymara el único "espacio" en que puede vivir.

Las cosas son todas macho (sol) o hembra (tierra o Pachamama, mar o Cochamama). El oro es macho y la plata es hembra. Los pueblos también son macho o hembra: los incas, adoradores del Sol y dueños del mundo, son machos, mientras el pueblo aymara es hembra, de la tierra, productor de bienes para que pueda gobernar el macho. No hay en el mundo aymara un ..o sin una ..a, aunque la última sea menos conspicua. La misma naturaleza es producto del equilibrio entre machos y hembras. Para los incas, por ejemplo, el río Urubamba es el macho que fecunda a la hembra Pachamama (la madre tierra) con el semen (limo) que arrastra desde las alturas. Fíjense en la trilogía: macho (río), hembra (tierra) y equilibrio (el fértil Valle Sagrado de los Incas, feliz resultado de la interacción complementaria de los sexos "opuestos").

Los opuestos pueden ser complementarios "por la buena" (yanani), como una pierna con la otra, o ser absolutamente irreconciliables (awqa), como el día y la noche. Los últimos se "complementan" turnándose (kuti) para evitar el enfrentamiento y mantener la armonía. A diferencia del paradigma occidental, para ellos lo fasto no trata de destruir a lo nefasto.

El lenguaje aymara, emparentado con el quechua y comprendido por unos 2 a 3 millones de personas, es un reflejo de la integridad e intimidad conceptual de su pueblo y expresa con claridad que todas las posibilidades son trivalentes. Junto al primitivo concepto "occidental" del sí (jisa) y el no (jani) está el inasa (capaz que sí y capaz que no), el cual representa el equilibrio del individuo, temporal y físicamente ubicado en el medio, en el akaj pacha, dimensión ubicada entre el mundo de arriba (araj pacha) donde habita el sol y la luna y el de abajo (manqha pacha), donde se guarda el registro de lo que ya pasó. Por eso es que el aymara parece muy ambiguo pues no se define con claridad ante la burda dualidad occidental. En su mismo lenguaje o forma de expresarse todo es relativo, con tal que se conserve el equilibrio. Lo absoluto es el equilibrio que depende de la interacción de los opuestos complementarios, el cual existe aún cuando se inviertan los polos del mundo.

Ahora algo que no hubiéramos imaginado: en la dimensión de abajo mora el pasado, pero el futuro no mora arriba. Casi podríamos decir que no existe el futuro, o que mora abajo, junto al pasado, porque lo que interesa para sobrevivir en los Andes es el presente y la consideración del futuro es la mayor fuente de codicia en el mundo occidental. La vida se acepta como es en los Andes, de acuerdo a lo que el pasado ha establecido. El pasado es lo importante, porque condiciona el futuro, el cual no es más que una vuelta al pasado: existen eras en cierto modo recurrentes, como en una espiral. Ya volveremos sobre eso.

No hay, pues, nada bueno o malo, sino que bueno y malo. Y lo bueno no es siempre bueno, pues cada 500 años se invierte la polaridad del mundo y lo de arriba queda abajo y viceversa. La verdad para ellos, en cierta concordancia con la frase popularizada por Tomás de Aquino: "veritas est adaequatio rei et intellectus", es el equilibrio que establece la interacción de los opuestos complementarios, lo único soportable o viable, el akaj pacha.

Cada crisis de polarización o pachakuti (pacha es espacio, dimensión, tiempo, totalidad; kuti es turno, inversión) trae, por supuesto, un evento importante. El último significó el envío del Inka a la pacha de abajo, la del pasado, pero ya está que viene el próximo pachakuti (ya han pasado casi 5 siglos) y el Inka saldrá a terminar su tarea integradora andina y seguramente enviar al no-indígena (q’ara), hombre blanco, ladrón, invasor, al manqha pacha que hoy ocupa el Inka. Ese es el futuro: no el mundo de arriba en pueril contraste con el de abajo, sino la continuación de lo establecido por el pasado, pues eso involucra una ética y expectativas de mayor valor práctico y social. Pero no es una mera repetición (no es cíclico), sino más bien sigue una trayectoria espiral, siempre avanzando (por ejemplo, no hubo un Inka en los pachakuti anteriores).

El equilibrio entre la pacha de arriba y la de abajo es, entonces, el tercer elemento de la trilogía: la realidad de todos los días y el comprender que está determinada por tan potentes complementos hace que el aymara esté armónicamente integrado a su mundo y pueda así sobrevivir. El lago Titicaca, además de ser el sexo de la Pachamama, es el equilibrio mismo, pues es mediador entre lo alto y lo bajo, tanto en lo que se refiere a la dimensión cósmica descrita como a la división territorial primaria en dos porciones, una occidental alta, seca y masculina (urqu) y otra oriental húmeda, baja, peyorativa (uma). Ya volveremos a este tema.

Teóricamente no hay robos, adulterio, holgazanería, porque todos deben cumplir con el principio del equilibrio o ser marginados del sistema (o eliminados, pues quedando solo no se sobrevive). No se va a ninguna parte, pero el camino hay que hacerlo y hacerlo bien, sin apuros (¿alguien ha visto al sol yendo a alguna parte o haciendo su pega apurado alguna vez?). Nadie muere completamente, pues el aymara es una manifestación de la energía andina y como tal se reciclará: todo se recicla, no hay nada que no sea biodegradable, física y conceptualmente y en esencia el aymara no saca de su dimensión a sus muertos, sino que los mantiene espiritual y a veces físicamente en su entorno. Hay un orden universal del cual nadie escapa, ni siquiera los humanos y no existe la posibilidad de sobrepasar al sistema con algo parecido a "ganarse la lotería". De todo el universo, lo conocido e imaginado, sólo un personaje reside fuera de los tres pachas: el Creador, ya sea Tunupa o Viracocha, pero eso es otra larga historia.

Es en la cosmovisión andina donde se genera la extrema dificultad experimentada hasta épocas recientes en introducir en el mundo aymara la esencia doctrinaria del catolicismo más que la mera adopción de elementos litúrgicos. No se podía tentar al indígena con la promesa del ocio celestial, pues el ideal de ellos era caminar, caminar siempre sin detenerse, sin llegar a ningún destino. Habría sido una aberración que alguno quisiera llegar a la categoría de ángel o santo, pues habría desequilibrado el sistema. El hombre blanco no era de confiar pues prometía el cielo sin pedir nada a cambio. En todo el ámbito andino, individual o político, la clave conceptual es "yo te doy y tú me das lo que corresponde", pero precisamente lo que corresponde, sin pillerías, trampas ni "perdonazos" como la confesión.

 

El ayllu

De la cosmovisión andina deriva la forma de vida homónima, basada en la inviolabilidad del ayllu, el concepto más trascendente de la peculiaridad sociológica andina. El ayllu define las bases de la relación social, la familia, el amor y —a su tiempo— el imperio incaico.

Siendo el aymara pre-hispánico sólo un ser humano desprovisto de efectos personales (y nadie los tenía mas allá de lo básico), incapaz de seguir con vida por sí mismo y debiendo a la vez cuidar y acariciar a la Pachamama y trabajar por los intereses de la comunidad, no le queda más que unirse como componente no indispensable pero absolutamente comprometido a un grupo estructurado basado en relaciones familiares, grupo que es unidad pecuniaria (empresa), parcela (tierra asignada para su explotación) y seguridad. El ayllu es LA unidad social andina, pues el hombre solo no es nada y el yanacona sólo puede subsistir como siervo de estructuras marginadas del orden social básico, como la nobleza imperial incaica o el capitalismo perturbador de los conquistadores. Pese a lo anterior, la aparición de los yanaconas y su gestión como sirvientes de sus amos, permitió que, por primera vez, el imperio se abriera a la posibilidad del ascenso socio-laboral en virtud del talento, rompiendo el acondicionamiento uterino (acondicionamiento social determinado por el origen familiar). Esto, que se llama Libertad, es una cruel epidemia que quien sabe qué hubiera causado si los creyentes españoles no hubieran destruido el Imperio.

Para ayudar al lector nos referiremos sólo al concepto de ayllu "menor", dejando sin describir los cuatro espacios o ayllus "mayores" (dos para cada una de las dos sayas o divisiones primarias) en que se dividía el espacio territorial ocupado por una etnia. Estos últimos eran divisiones "macro" del territorio donde se asentaban los ayllus menores de la etnia, los cuales eran la unidad socioeconómica indivisible, al estilo de un átomo, la estructura básica de un poblado. Priorizaremos las características del ayllu durante el imperio incaico, pues durante ese período estaba más o menos estrictamente reglamentado.

Los quechuas decían "si un hombre ama demasiado, es mejor que diga que no vive", pues quien mucho ama quiere cosas para sí y nunca se satisface y en el mundo andino nadie se pertenece a sí mismo, sino que al ayllu. Está muerto si se margina del ayllu, pasando al abyecto estado de yanacona. Durante el dominio incaico el joven se casaba por obligación a una cierta edad (se le entrega entonces una "chakara" para cultivar y pasaba ya a ser tributario), se portaba bien en su matrimonio porque así lo dicta el orden natural de las cosas, era fiel a su mujer y adquiría hacia ella un afecto creciente.

El ayllu era autosuficiente y además podía prescindir del individuo extraído por un cierto período para cumplir con la mit'a (servicio militar o comunitario obligatorio). Tenía un fundador, típicamente guardado en estado de momificación y un jefe (sinchi o kuraka) que debía ser justo y honesto pues debía responder a sus superiores. Cada ayllu veneraba a su propia waka (ahora implicando un objeto sagrado, a menudo la momia del fundador o antepasado), la cual protegía a esa comunidad.

La estructura del ayllu fue utilizada como unidad gentilicia, administrativa, tributaria y a menudo urbana por los incas. El ayllu incaico era artificial y se formaba con personas de distinto origen o parientes que eran separados de su unidad previa para formar un nuevo ayllu. Una vez establecido, se propiciaba la endogamia. Los ayllus existían aún en las agrupaciones urbanas de la costa del ámbito urbanista y despótico del paradigma andino Wari-Inca, donde cada uno ocupaba una calle o un barrio y se especializaba en una actividad laboral específica (una excepción que confirma la regla: allí la estructura económica no se basaba en el auto-abastecimiento sino en el trueque).

Pero decíamos que la unidad no existe en el mundo andino sino como un tercer elemento, fruto de la armonía de la interacción de los opuestos complementarios. Pues también el ayllu se divide en dos fracciones: la alta y la baja y esto se proyecta a lo largo de todas las estructuras sociales andinas. El territorio que ocupaban todas las comunidades andinas se dividía en una fracción alta (janan en quechua, araj saya en aymara) y otra baja (urin y manqha saya respectivamente) y una línea perpendicular a ésta definía los cuatro ayllus mayores. En consecuencia, cada ayllu menor pertenecía a uno mayor y a una saya. Supongo que esta doble conceptualización bi y cuatripartita proviene del altiplano y de la ulterior imposición incaica de su concepción del espacio territorial, respectivamente (nótese que el Estado Inca, Tawantinsuyu, significa "cuatro suyus").

Es asombroso que el ayllu menor, una estructura que parece tan simple en la etapa inicial de la organización comunitaria andina, haya perdurado hasta la catástrofe de la Conquista y haya sido conservada, utilizada y priorizada por uno de los más vastos y organizados imperios de la humanidad. Aún hoy, en El Alto de La Paz, donde se ha instalado la mayor parte de los aymaras que migran a la ciudad, Malú Sierra cree ver a los ayllus reconstituidos en las juntas vecinales, donde "la democracia india funciona tal como ocurre en el campo". Calza con mi definición del Mundo Andino: simplicidad capaz de autorregularse y proyectarse casi hasta el infinito...

Renato Aguirre Bianchi

 

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