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Biografía de Romina Candilejas, por Archy Diphuso

Como por arte de magia, Rommy vino a casa de servidor un día en que nuestros respectivos débitos laborales y conyugales nos lo permitieron.

A modo de tentempié y piscolabis le serví una frugal merienda compuesta por una somera taza de té y un gordezuelo bizcocho al que solemos llamar magdalena.

La magdalena que hizo recordar a Rommmy

Sin más ni más, Romina se sintió subyugada por una dulce fatiga y, según me relató, la degustación de aquellas delicatessen la hicieron remontarse hasta su más tierna infancia, de manera que no dudó en referirme sus aconteceres vitales. Los cuales relato a continuación:

Rommy nació como por casualidad, pues fue hija inesperada de un terrateniente andaluz (el Señorito Joselito) y una bailaora de flamenco japonesa (Kimiko Nakatane) que por aquellas fechas (mil novecientos y pico) triunfaba diariamente en los tablaos andalusíes.

Kimiko Nakatane

Tan impensada fue su venida a este mundo que sus progenitores decidieron arrojarla a la inclusa al convento de Santa Azahara, en Azahara de los Atunes.

Allí, fue criada durante 15 años por la madre Desirée, novicia procedente de la familia de alta alcurnia Ortíz de Zárate. Pero dicha monja se escapó una fría mañana de noviembre hacia Nueva York, donde triunfó como modelo y musa literaria, así que a Rommy no le quedó más remedio que seguir los pasos de su mentora y saltar los toscos muros del convento en pos de la libertad.

La madre abadesa del convento

Con quince años y el mundo por montera, no tenía más atavíos que su incipiente vello púbico y un grán afán por conocer mundo. Romina fue a Madrid haciendo autostop y, según dicen las malas lenguas, pagó un alto peaje por ese trayecto.

La década de los ochenta se postró ante su juvenil gracejo. Nada más llegar a la capital compartió piso con una joven, tan descarriada como ella, llamada Alaska. En alguna de las muchas fiestas de la movida a las que acudió junto a su compañera de cuchitril conoció, mientras esnifaban coca en una letrina, a un personaje harto famoso por aquél entonces: Archy Diphuso.

Archie Diphuso

Poco después se vio en la obligación de ganar dinero para pagar el alquiler, así que decidió protagonizar algunas fotonovelas de las que en aquella época estaban tan en boga: historias de chicas cuya virginidad se evaporaba como si de un frasco abierto de perfume barato se tratara.

Rommy y el galan

En cierta ocasión intimó con uno de los componentes de Loquillo y Los Trogloditas, Sabino Méndez, en un hotel en el que se hospedaba, e intentó hacerle pasar gato por liebre al fingir haber sido desflorada por él –quien, todo hay que decirlo, era un heroinómano empedernido- y, con la ayuda de un bote de ketchup, dijo haber perdido su tan codiciada virgo. Pero Sabino no estaba por la labor, y, conduciendo la furgoneta que transportaba a la banda, salió echando chuscas del lugar.

Sabino se fugo

Fue entonces cuando Romina decidió que debía mejorar sus tácticas si quería llegar a ser, algún día, una verdadera chica de alterne, así que tomó clases de francés en CCC y se sometió a varias operaciones cuyos efectos no es éste el lugar preciso para relatar.

El caso es que pasaron los años. Los ochenta tocaban a su fin, y Rommy ya había sufrido varios abortos, realizados por un amigo en la mesa de su apartamento de ensueño con el Minipimmer que su ex-suegra le había regalado cuando estaba a punto de irse a vivir con su novio Xavier Pachequín.

Con toda garantía

Nuestra heroína decidió meterse a manager, y fue así como, de la noche a la mañana, se encargó de las florecientes carreras de dos músicos cuya rutilante fama parecía que nunca más iba a dejar de fulgurar: Glenn Medeiros y Rick Astley. Quiso el destino que ambos pasaran al más total y absoluto olvido en cosa de seis o siete meses, de manera que si, en la actualidad, usted le pregunta a alguna joven aficionada a la música por estos dos cantantes, ella contestará enojada: “¿¿¿¿mandeqüé????”.

Ostia!Ahora me acuerdo

Años después, Rommy enclastó el flamante coche de su padre, Joselito el cacique, entre un todoterreno y un poste de telégrafos. Este singular accidente marcó su vida, y, temerosa de Dios, decidió orientar su carrera hacia el mundo de la filología, pues dichos estudios rezumaban un hálito de espiritualidad que aportaban sosiego a las inflamadas palpitaciones de su fuero interno.

Asi acaban los filólogos hispánicos!

Actualmente Romina combina su trabajo como chacha en la estación de trenes con el de estudiante de filología en la Universidad de Cienpozuelos y como eterna aspirante a una beca a Rejkyavik. Mientras espera a que sus sueños se hagan realidad, se dedica en cuerpo y alma a la edición de páginas web de contenido erótico-sentimental.

Romi de chacha en la estación de Villaperales








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