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Una obra monumental e íntima
Al calor de los descubrimientos arqueológicos
realizados en las fecundas tierras bañadas por el Nilo hacia finales
del siglo pasado, una especie de egiptomanía se apoderó de
Europa. Esta fascinación por el país de los faraones, alcanza
su cénit musical con Aída.
En 1869, Ismael Pasha, Kedive de
Egipto (Virrey) comisionó a Augusto Mariette para que encargara
a Giuseppe Verdi la composición de una ópera para la
inauguración del Teatro Kedival de El Cairo (Khedivial (real) Opera
House), marco musical de las festividades por la apertura del Canal de
Suez; pero Verdi no pudo terminar la ópera para la fecha indicada
y el mundo tuvo que esperar hasta la Navidad de 1871 para escuchar la fastuosa
obra del compositor italiano.
Inspirada en notas inicialmente
del mismo Mariette reescritas por Camille Du Locle, con libreto del italiano
Antonio Ghislanzoni quien termina de afinarlas y darles carácter
de libreto. Verdi compone íntegramente la música en apenas
cuatro meses. Ajustada a la estructura tradicional de la época
en cuatro actos, Aída no participa de las proezas militares colectivas
de la nación norafricana donde se desarrolla, sino que es una obra
mas bien íntima, que habla de individuos y de sus pasiones, pese
a la magnificencia de su historia, escenarios y pasajes triunfales como
la segunda escena del Acto II. Suele verse en ella una obra espectacular
pero contrastando con ello, parte de la música está orquestada
con sutileza y claridad, propias de la música de cámara,
particularmente los acompañamientos de sus personajes principales:
Aída, Radamés y Amneris.
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