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Por el valle de Quiroga el Lor deja atrás los salvajes peñascos de Courel y se abre paso entre cerezos en busca del río Sil. Muy cerca de su desembocadura, se repite cada año el mismo espectáculo. Cientos de truchas se agolpan en un tramo de apenas cincuenta metros arriba del viaducto de Augasmestas. En la época del desove luchan por superar una barrera de rocas aparentemente natural, pero que levantó el desvio del cauce por las obras de la N-120. La mayoría mueren agotadas en el intento. El rey de los ríos gallegos se transforma en un cementerio. Horacio, el troiteiro do Lor cuya destreza evoca Moralejo Álvarez en la Guía pra pilla-las troitas, asiste resignado una temporada tras otra a este triste espectáculo. Tiene 69 años y desde que era niño su vida ha discurrido paralela al curso siempre inquieto del Lor. El pozo esculpido por el río detrás de su hostal conserva el tono azulado de los años mozos y poco más. "Cando empecei a pescar, nesa poza habería dúas mil troitas. Hoxe non terá máis de vinte. Os ríos están abandonados a súa sorte". Tampoco el Verdugo se parece al río donde logró su primer campeonato de España, en 1973. "As augas baixaban como un espello en Ponte Caldelas, pero tocoume pescar antes da saída do sol e nunha hora collín 44 troitas. O garda poñíase tolo porque non lle daba tempo a medilas. Je, je ....". Aún ganaría dos más: en 1974 en Barco de Ávila, y en 1975 en Burgo de Osma. Al año siguiente fue segundo por una polémica decisión del Jurado. Y allí puso punto y final a su espectacular trayectoria deportiva. Nunca entendió por que no fue contabilizada la pieza que le habría dado el cuarto campeonato de España consecutivo. Tampoco le entra en la cabeza el negro panorama de la pesca continental "se soltar una troita costa vinte pesos e pescar e pescala dez veces máis, xa me dirás por que non se repoboa". Las cañas de León y Madrid cada vez escasean más en la Ribera del Lor. La crecida del año pasado hizo de las suyas y de las diciocho presas que había entre la Labrada y as Caselas ya solo se mantienen en pié tres. En los contados refugios que le quedan, la trucha debe vérselas con los fusiles submarinos de algunos desaprensivos. A pesar de todo cuando el día promete el troiteiro do Lor acude a la llamada del río con la misma caña que usaba hace cuarenta años, el instrumento con el que interpreta el difícil arte de engañar a las truchas donde se distingue una moneda en el fondo de un pozo a cien metros de distancia. " Collo oito, tres....ata que pecho a temporada por aburrimento". ¿Y que nos dice de la pesca sin muerte?. Coñezo dous pescadores bós que soltan todas as pezas. Unha vez trouxeronme unha troita enorme inda viva para que a visen as súas mulleres, pero morreulle no pilón, levaron un disgusto do demo, ja, ja, ja......Horacio socarrón como el Lor, se rie con más ganas que nunca.
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