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Heracles/Hercules
 
 
Hercules
Se sabe que Zeus fue el padre de Heracles, cosa que en sí no tiene nada de extraño, ni tampoco demasiada importancia, dada lo abundante y dispar que fue la prole que tuvo el dios supremo con tantas mujeres, divinas o humanas. La madre fue Alcmena, esposa de Anfitrión, el poco afortunado regente de Micenas, y la hija del rey Electrón de Micenas. También hay que destacar que era dama de noble linaje, ya que se trataba de una nieta de Perseo, y, sobre todo, que ella fue la primera sorprendida como madre de Heracles e involuntaria pareja de Zeus. Ya que Alcmena no supo, ni pudo sentirse tampoco orgullosa del nacimiento, hasta bastante después de sucedido. El caso es que Alcmena tardó bastante en comprender que fuera cierto que Zeus, bajo disfraz, hubiera sido el que engendrara a la criatura que llevaba en su vientre. Aunque parezca increíble así fue.

Sucedió en un día ya muy lejano, que Anfitrión, el que hubiera sido regente de Micenas, tuvo que salir rápidamente de allí. La regencia fue un hecho que no le trajo más que disgustos y sinsabores por aquel maldito asunto del ganado robado por Pterelao y el rescate que él pagó como solución. Electrón no le perdonó lo que él consideraba afrenta, el no haber querido o sabido arreglar por la fuerza de las armas el robo, como le hubiera gustado a su tío y rey. Pero también el espinoso asunto le había valido recibir como prometida a la bella Alcmena, así que lo malo era compensado, con creces, por lo bueno del matrimonio que se avecinaba. Con Alcmena y el hermanastro Licimio junto al infeliz Anfitrión, el grupo salió de Micenas en busca de un mejor sitio para vivir en paz. Licimio era el único superviviente de la aventura del ganado robado, los otros ocho hermanos habían encontrado la muerte en ese mismo incidente. Decidieron, pues, dirigirse a Tebas y a ella llegaron, pero no se consumó el matrimonio, ya que Alcmena exigía la venganza por las muertes de todos sus hermanos como condición sine qua non para poder acostarse con su esposo.

El rey Creonte de Tebas, además de dar a su hija a Licimio, reunió una tropa para que Anfitrión se lanzase a la venganza requerida por los hados, operación bélica que culminó con la victoria para el buen Anfitrión y con la recuperación de su buen nombre. Pero la expedición dejó a Alcmena sola en palacio, un detalle que no pasó inadvertido a Zeus. De forma que, el supremo dios decidió adoptar la exacta figura del ausente y aparecer junto a la dama, asegurando que ya se podía reunir la pareja como tal, puesto que la venganza había sido cumplida. Alcmena concedió gustosa permiso al supuesto marido y pasaron una larga noche juntos, amándose con rabia, para recuperar el tiempo perdido. Conviene aclarar lo que quiere decir larga noche, puesto que, por si no fuera suficiente el engaño, Zeus alargó la noche, triplicando su duración para gozar más de su treta, con la complicidad de Helios y las Horas, de la Luna y el Sueño, para, de paso, engendrar a conciencia al héroe más grande que pudiera imaginarse.

Día y medio, treinta y seis horas seguidas había durado la noche trucada por Zeus y Alcmena estaba feliz, pero exhausta. Así que, al llegar a casa el verdadero esposo, anhelando el cariño largamente esperado de su mujer, se quedó atónito al ver que ésta le venía a decir que ya estaba bien servida con la primera y agotadora noche en vela, entre el relato de las hazañas y el premio compartido por ambos, para pasar a repetirla en una segunda. Anfitrión, en lugar de discutir con Alcmena lo que a duras penas comprendía, se fue a consultar con Tiresias, el sabio y adivino, cuál podía ser la razón de aquella respuesta tan poco razonable. Tiresias le confirmó sus sospechas: alguien había pasado la noche en su lugar y ese alguien no era sino el mismísimo Zeus, un rival imbatible. Así que Anfitrión, cuentan algunas autores, no volvió a intentar consumar su matrimonio, ya que no deseaba tener también a Zeus por enemigo, después de todo lo que había tenido que sufrir en su corta vida. Definitivamente, para el pobre Anfitrión, el destino se había tornado en su contra.

Pero no terminaron aquí los problemas. Todavía tenía que pasar el nonato por muchas calamidades. Cuando ya faltaba poco para el parto, Zeus, que no era un dios prudente, se jactó en el Olimpo, ante todos sus correligionarios, de la maravilla de hijo que había engendrado en Alcmena, al que ya había puesto el nombre de Heracles, y que sería quien tomara sobre sí la jefatura de la casa de Perseo. Hera escuchó el relato y urdió una de sus venganzas acostumbradas. Tomó la palabra a su infiel marido y le hizo jurar ante la corte celestial que aquel de la casa de Perseo que naciera antes del anochecer sería el rey del que se hablaba. Zeus, orgulloso y seguro de sí mismo, juró lo demandado y Hera, poniéndose en acción, se fue a Micenas, para hacer que se adelantara el parto de Nícipe, también de la casa de Perseo, para luego dirigirse hacia donde estaba Alcmena, para retrasar el nacimiento de su hijo con sus tretas mágicas.

Nació el de Nícipe, sietemesino, y se retrasó la aparición en el mundo de Heracles en una hora, porque dejó paso a un hermano que se llamaría Ificles. Lo suficiente para desbaratar los planes de Zeus. Contenta por el resultado de su operación de castigo a la madre involuntaria y al niño inocente y de regreso en el Olimpo, la celosa Hera, tampoco se molestó en callarse y dijo en público, y orgullosa de su astucia, todo lo que había hecho en la tierra para hacer fracasar los planes de su marido. Esta arrogancia fue un error, pues Zeus asió por los cabellos a Ate, hija habida con Hera, y que había encubierto a la madre para impedir que el padre se enterase de tal maniobra, y la lanzó al espacio. Después se dirigió a Hera, para exigirle, encolerizado, que marcase una solución que, sin hacerle faltar a su palabra, permitiese a Heracles acceder al destino inmortal que él había soñado. La condición aceptada fue la imposición de una docena de casi imposibles trabajos que tendría que realizar Heracles para llegar a ser dios.

Mientras, Alcmena había dejado a Heracles abandonado a su suerte en los campos de Tebas y salió despavorida con el otro hijo, el habido con Anfitrión, ya que hay algunos autores que dicen que Alcmena mantuvo relaciones con su marido una vez que se fue Zeus. Ocurriera este hecho o no, el caso es que Zeus, que había visto el abandono de su muy especial hijo, se buscó la complicidad sensata e inteligente de su hija Atenea. Ésta consiguió que Hera la acompañase en un paseo casual, justo por la zona en donde había quedado la criatura. Atenea se aproximó al niño, lo tomó en sus brazos y se lo mostró a Hera, comentando la suerte de Hera, que podía amamantar al hermoso niño. Hera cayó en la trampa y dio de mamar a Heracles, a un hambriento niño, que tan fuerte chupó el pezón de la diosa, que de su pecho brotó un río de leche que fue a parar al cielo, en donde quedó para siempre con el nombre de Vía Láctea, aunque haya quien diga que fue Zeus el que hizo que el río de leche saltase del pecho de Rea. Lo cierto es que Hera quedó dolorida por la violencia de la criatura y, asustada, lo arrojó lejos de sí, pero no importaba ni el dolor de Hera ni el lanzamiento del niño, Heracles ya era un ser inmortal, la divina leche de su enemiga lo había transformado en un ser eterno. Atenea, contenta de haber arreglado las cosas conforme a los deseos de su padre, recogió a la criatura del suelo y se lo entregó de nuevo a Hera, encomendándolo definitivamente a su cuidado. Aceptado por Hera, fue ella quien crió y amamantó, ahora ya con más precauciones, al abandonado niño durante los primeros meses de su vida.

Existen otras versiones de esta infancia de Heracles que si bien no encajan a la perfección con los datos anteriormente expuesto, sí que se han mantenido como aventuras legendarias vividas por el inmortal héroe. Así se puede citar el hecho ocurrido en casa de Alcmena y Anfitrión, cuando Heracles era todavía un niño. Pues bien, estando Heracles y su semimellizo Ificles en la cuna, Hera volvió a la carga contra su persona, mandando en la noche dos serpientes terroríficas por su tamaño y por su veneno mortal. Las dos serpientes treparon por la cuna y atenazaron con fuerza a las dos criaturas durmientes. Heracles, que sólo contaba ocho meses de edad, fue alertado por la luz que el vigilante Zeus le envió a la habitación, desde los cielos, y, sin perder un segundo, se puso en acción, y desarrolló la fuerza suficiente para terminar con la amenaza y destrozar a los animales sin mucho esfuerzo. Alcmena y Anfitrión oyeron el estrépito de la lucha, pero cuando pasaron al cuarto de los niños, ya no había peligro ninguno. Entonces Heracles disfrutaba de su victoria, mientras el aterrorizado Ificles lloraba, buscando desesperadamente refugio en brazos de su madre. Habría que decir también que hay muchos autores que opinan que las dos serpientes ni eran tan tremendas ni habían sido enviadas por Hera, sino que era Anfitrión quien las había metido en el cuarto, para ver cuál de las dos criaturas era la suya.