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JULIO DURÁN



INCENDIAR
LA CIUDAD










DIFUNDE LA IDEA

























Carátula: Martín del Castillo

© 2002 Julio Durán

Edición artesanal producida por el propio autor. Cualquier parte de este libro puede ser reproducida, fotocopiada y pirateada, con la condición de mencionar su procedencia.

Impreso en Lima.












Al Verano del 91,
porque desde entonces
nada volvió a ser igual.


















EL LLAMADO


Yo también he querido ser. Veo claro en el aparente desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían inconexas, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, purificarme...
Érase una vez un hombre que se había equivocado de mundo... Quería persuadirse de que vivía en otra parte, detrás de la tela de los cuadros, detrás de las páginas de los libros, detrás de los discos del fonógrafo...

JEAN PAUL SARTRE, La Náusea



I
Aquella noche había reunión en el Hueco. Yo había escuchado, desde que llegué a la Mancha Subte, hablar sobre las primeras reuniones en el Hueco, las realizadas entre el 87 y el 88, cuando la Mancha descubrió que podía hacer de esa casita construida a medias aquel paraíso. Así que desde mi llegada, sentí que aquellas historias de noches trascendentes, de rebeldía y aventura, cobraban vida. Había gente que frecuentaba los conciertos, gente "antigua" y gente "nueva" y personas de otros ámbitos, gente de universidades y grupos folclóricos; por un lado los punks y por otro, los intelectuales. El pasillo que conducía al Hueco estaba repleto de gente. En su interior, se había dispuesto bancas largas, construidas con vigas y ladrillos, alrededor de la salita, donde otras veces se hacía conciertos. Los muros seguían adornados con las banderolas pintarrajeadas de spray que hizo el colectivo del Chusco; los vidrios rotos dejaban entrar el frío de aquel invierno y dejaban ver el cielo nublado. El conversatorio aún no comenzaba y ya la ansiedad me inquietaba.
Pero, ¿qué era la Mancha Subte o el Movimiento Subterráneo? ¿Era un grupo político secreto? ¿Un grupo cultural? ¿Una secta? ¿Una pandilla? ¿Cómo se era Subte? ¿Drogándose? ¿Emborrachándose? ¿Leyendo muchos libros? ¿Conociendo la realidad social? ¿Dibujándose una A encerrada en un círculo sobre un pantalón viejo? ¿Había que ir a conciertos punk? ¿Escribir canciones con lisuras y contra el gobierno? ¿Odiar a los tombos? ¿Usar botas militares? ¿Escuchar a los Sex Pistols, Ramones, Expoited, The Clash? ¿Ser como Sid Vicious? ¿Decirse ecologista, antisexista, antitaurino, antiautoritario? ¿Denunciar a las potencias por la miseria del Tercer Mundo? ¿Apoyar la Lucha de Clases? ¿Era sólo una búsqueda de afecto? ¿Un medio de realización? ¿Una manifestación contra el consumismo y la manipulación a la juventud? ¿Sólo música? ¿Sólo ideas políticas? ¿Una manera de escapar de responsabilidades? ¿Decirse anarquista y leer a Bakunin? ¿Odiar a Marx? ¿Odiar a Sendero Luminoso? ¿Al MRTA? ¿Ser terruco? ¿Odiar las modas? ¿Luchar por la libertad, por el pueblo, contra el Estado? ¿Odiar las ideologías?… ¿Qué mierda era ser Subte…? En ese entonces, ser subte lo era todo para mí, pero no podía definirlo completamente.
-¿Y quienes son esos amigos tuyos? -preguntaba mi vieja- Está bien que escuches su música, que vayas a sus conciertos, que conozcas a otra gente; pero a mí me gustaría saber por qué ya no paras con los chicos del barrio.
Porque a los chicos del barrio lo que yo hacía les parecía cosa de locos. Al no estar interesados en nada de lo que se hablaba en la Mancha, sólo se burlaban y se conformaban con los hechos cotidianos de sus vidas. A mi me aburrían, con ellos ya no sucedían cosas especiales; sólo en la Mancha las cosas tomaban sentido, todo era especial. Deseaba tanto escapar del mundo ordinario de la gente que, según lo que yo creía en ese entonces, era común y vacía.
-A tu papá no le gusta que andes con chicos que no son de tu edad -decía mi vieja-. Ni que discutas de política en tu colegio, ¿no te das cuenta que lo haces quedar mal? Él ha hecho un esfuerzo por lograr que ingreses a ese colegio.
Luego hablaba de mi ropa, tan sucia, tan descuidada, de mis cabellos en punta y la casaca de jean que nunca me quitaba, la misma de la cual los chicos del barrio hacían escarnio. Ya no los aguantaba, prefería caminar por el Centro, recorrer la Avenida Wilson hasta la avenida La Colmena y entrar en ese otro mundo de las carretillas de cassettes, de discos y posters, de gente que pululaba más allá de las fronteras imaginarias con las que yo delimitaba la ciudad, las cuales empezaban a desmoronarse. Allí, poco a poco, fui intimando con los que vendían, comprando cintas o pidiendo que me las hicieran escuchar.
-Esos grupos son de terroristas, ¿no? -decían los chicos de mi barrio, a veces entre risas, a veces en discusiones fuertes-. ¿Acaso no hablan todo el tiempo sobre rebelarse contra el "sistema"? A ver, dinos, ¿qué es el sistema?
Cuando yo trataba de explicarles qué era el sistema, ellos se aburrían, se burlaban de cada frase o me decían que mi única intención era dármela de más inteligente, de más culto. En medio de la Mancha, sí se podía hablar de esas cosas, leer sobre ello en los fanzines que publicaban artesanalmente, con dos o tres hojas fotocopiadas.
-La palabra fanzine significa fan-magazine, o sea revista hecha por un aficionado -decía el Chusco-. Algo que cualquiera puede hacer sin ser profesional.
El puesto cassettes que más frecuentaba era el del Chusco, a él le compraba más cintas, después de haberlo conocido en mis primeras noches de juerga con los Subtes, allá en la puerta de la No Helden. Era ahí, entre sus cintas y el paso de los transeúntes, que mi mente empezaba a maquinar. Recuerdo esas tardes del verano del 91 en las que, vestido con mi vergonzoso uniforme escolar, regresaba a mi casa, dejando atrás las primeras fantasías de mi infancia tardía. Mundos inmensos brotaban de esos pasos, al ritmo de mis divagaciones, todas delineadas según los acordes y latidos de Eutanasia, Leuzemia, Narcosis, bandas míticas que ya habían fenecido para cuando yo llegué a la Mancha. Pero en ese momento otras bandas aparecían. PTK, Psicosis, Autonomía, eran bandas que por ese entonces compartían escenario con la banda del Chusco, Incendiaria.

Dime por qué estás aquí
¿Acaso sientes lo que pasa a tu alrededor?
¿Buscas libertad? ¿Buscas diversión?
¿Buscas un refugio en medio de la confusión?
Un ideal, una pasión,
El corazón fundiéndose con la razón.
Una realidad que te obliga actuar,
A matar tu silencio y empuñar tu libertad,
A vencer tus temores y enfrentar la oscuridad,
Y darle a tu vida un sentido de verdad

Era la letra de esa canción la que mejor resumía el sentimiento que me embargaba en esos días. Alguna vez el Chusco me dijo que él había sentido que Rata Sucia de Leuzemia resumía sus inquietudes. Para mí, esa canción de Incendiaria, tan sencilla, llevaba dentro todo aquello que hubiese querido explicarle a los chicos de mi barrio, a los del colegio, a mi vieja, y talvez a mi padre. Pero, ¿ellos sentirían lo mismo que yo? ¿Lo valorarían? Imposible. Debía dejar que ese mundo inspirado por el destello de mi nueva vida se refugiase hasta llegada la oportunidad. Y era otra canción de Incendiaria la que me decía que yo no estaba solo.

Eres testigo de todo crimen, de toda ruina
Sientes la muerte en cada llanto y en cada herida
Buscas refugio, algo querido, algo perdido
Sientes la ausencia de todo abrazo y todo abrigo
Tiempo de buscar, tiempo de reconocerte,
Para comprender por qué eres diferente
Tú sabes que habrá una inmensa victoria
El silencio de la gloria
Sólo para construir tu identidad

Era una canción que yo escuchaba a todo volumen en mi habitación, en la pequeña radio que mi tío me había regalado, pero apenas mi padre llegaba a la casa, la apagaba o bajaba el volumen. Él no se enteró, sino después de dos o tres años, que yo ya no frecuentaba el barrio, que yo estaba cambiando. Todo fue por la primera amonestación del colegio, la advertencia recibida de parte de su amiga directora.
-Talvez este no es un colegio para él -le decían los directivos-. Existen colegios donde él podría desarrollar esas inquietudes que tiene, colegios experimentales, como les llaman. Por ejemplo, vea este artículo que su hijo preparó para el periódico mural…
Cuando mi padre me reprendía era como que lo hiciera un extraño, alguien que no vivía en mis ilusiones y, por tanto, lejos del mundo real.
-Yo sé que tu padre es un poco duro -decía la vieja-, pero debes estar agradecido por lo que te da. Todos estos diez años que no vivió con nosotros, tú lo sabes, el nunca nos faltó económicamente. Eres un malagradecido…
Esas amonestaciones y reprimendas sólo me llevaban a refugiarme más en mi mundillo incipiente, en los fanzines.
"La autogestión -decía el fanzine Para Resistir, editado por el colectivo del Chusco- es un proyecto social que tiene como método y objetivo que la empresa, la economía y la sociedad entera estén dirigidas por los trabajadores de todos los sectores vinculados a la producción y distribución de riqueza (…) Es un proyecto, es decir, no es un modelo acabado. Su estructura, organización y aun su existencia es y será fruto del deseo, el pensamiento y la acción de los miembros del grupo involucrado sin preconceptos ni imposiciones (…) Extenderla a la sociedad implica desaparecer los centros de poder que ahora se reservan la gestión política y social - es decir Estado, partidos, burocracias, ejercitos, etc.”
¿Y cómo construir todo eso? ¿Dónde poder, al menos, conocer algo más sobre eso que tanto me encandilaba? Yo veía que en los fanzines figuraban direcciones y apartados postales de Colectivos, grupos de gente que se reunía para sacar adelante esas ideas…y yo sabía que estar en uno de ellos le daría a mi vida lo que la cotidianidad no podía darle. Por eso cuando el Chusco me dijo que se estaba preparando un conversatorio en el Hueco, sentí que ese mundo no estaba tan lejos, que era una realidad que me abría las puertas de otra imaginación. Entonces su figura se irguió como una huella profunda en los acontecimientos.
Ver a Incendiaria en concierto, al Chusco con el bajo y al micrófono, entonando himnos en los que se hablaba sobre hechos de nuestra vida cotidiana, haciéndonos sentir que aquello era más que música, más que un concierto. Entre el pogo, las luces, el chirrido de la guitarra y los gritos de la gente entonando los coros, la voz del Chusco le cantaba al corazón de la gente, la cual llegaba desde los Conos de la ciudad al Hueco, para que Incendiaria les transmitiera vida. Hablo así acerca del Chusco ya que, a medida que transcurra mi relato, se descubrirá que él es el verdadero protagonista de está historia, pues él encarnaba la expresión máxima del activismo y la coherencia, la consistencia de ideas y el compromiso, a través no sólo de sus canciones, fanzines, el colectivo, sino por medio de su voluntad de nunca quedarse pasivo, de jamás rendirse, aunque se viera rodeado de gente que no colaboraba en nada con los proyectos, que sólo llegaba para quejarse, escapando de responsabilidades mayores o viendo todo como una excusa para evadirse, emborracharse y drogarse. Era ese espíritu siempre dispuesto, lo que me conmovía de él. Si hablo de mí es porque fue a través de mis ojos y del filtro de mi imaginario que descubrí su esencia.
Todas las noches que lo encontré en el Hueco dirigiendo las reuniones de los colectivos, entre los cajones viejos y los muebles raídos y sucios donde se sentaban jóvenes venidos desde todos los rincones de Lima, sólo para tratar de sacar adelante sus proyectos, nunca lo vi desanimado y jamás perdió el control en las discusiones sobre acción directa, autonomía y autogestión, como sí solían hacerlo los que se decían radicales y comprometidos con los ideales anarquistas, aquellos niñitos rebeldes que querían inmolarse tontamente por algo que aún no comprendían del todo. Él hablaba desde una posición quizás no tan comprometida con ideas fijas, pero si con la realidad de la que ellos vivían aislados.
Yo frecuentaba el Hueco desde los 13 años. Poco a poco fui conociendo a gente que decía tener las mismas inquietudes que yo, que trataba de dar curso a sus ideas a través del colectivo, para lo cual exponían muy bien sus ideas, pero que eran incapaces de renunciar a su hermetismo, atribuyéndoselo como una virtud. Durante esos años yo también pensaba que uno debía ser así, duro y sufrido, arraigado a una forma de pensar que no aceptaba cuestionamientos. Uno debía encarnar toda la incomprensión del mundo para sentirse digno de ser llamado rebelde. Ese orgullo era temor de verse renovado. Lo más aterrador siempre fue verse el rostro perdido en la ciénaga del tiempo, perder las muletas que sostienen nuestras miserias, quedarse sin argumentos para pedir cariño. Pero el Chusko nunca tuvo ese temor, siempre fue él mismo. Era el único de nosotros que no tenía un pasado al cual arrimarse, una familia a la cual responder, para el la idea no necesitaba de poses, todo en su vida fluía espontáneamente.
Las noches de reunión en el Hueco eran, pues, un hervidero de pasiones encontradas donde el Chusko, con su palabra pausada, su mirada profunda, su tono irónico cuando la ocasión lo exigía, marcaba una alternativa que era desoída por los que hablaban cerrando su entendimiento.
¿De qué hablábamos? Bueno, jamás hubo un tema, ya que los tópicos iban y venían según el animo de la gente. Así, pues, un día podíamos organizar una fiesta para conseguir fondos para un concierto; otras veces nos devanábamos los sesos pensando donde volantear panfletos contra las corridas de toros, el servicio militar o el arte de escaparate; otras veces podíamos pasar horas tratando de definir al subte comprometido con sus ideales, dueño de una coherencia impecable. Pero en esas oportunidades era cuando menos podíamos ponernos de acuerdo.
El Hueco había sido tasado por los tombos hacía buen tiempo. Ya habían entrado varias veces con el pretexto de buscar drogas y artículos robados. Siempre se llevaban las pocas cosas que el colectivo podía reunir con un esfuerzo titánico: guitarras de baja calidad, acústicas y eléctricas, amplificadores de 40 watts, parlantes viejos, tarolas y bombos de una banda escolar -tan antiguas que una vez descubrimos que una batea con una frazada metida dentro sonaba mucho mejor-, todo lo que podíamos reunir para que los grupos pudiesen ensayar, aunque en una situación paupérrima. Al entrar en la sala luego de una incursión policial, se podía ver la desnudez total, el cemento frío de esa casa construida a medias que nos dejó un amigo antes de irse a Europa. Uno de los encargados de cuidar de la casa mientras él volvía era el Chusko.
-Volveremos a reunir instrumentos, Chibolo. No te preocupes -decía tranquilo, mientras yo me devanaba los sesos de la rabia.
Pero aquel no era el único talento del Chusko. Yo apreciaba sobre todo su capacidad para vivir del aire, a salto de mata, sin la certeza o tranquilidad de un ingreso económico fijo. Su manera de salir adelante sólo con pequeños proyectos llevados a cabo dentro de la Mancha, era admirable, pues en ella se traducía su coherencia y convicción de ideas. Todo en su vida, desde los fanzines que vendía uno por uno hasta las cintas que vendía en la carreta en sociedad con el Chato o Kino, eran un esfuerzo autogestionario. Además su fuerza física para soportar tantas noches en vela, macerando sus entrañas con ron barato y pisco-de-a-luca, me resultaba increíble. Me sorprendía su modo de hablar sobre cualquier tema, tan seguro y atento a la vez, exhalando bocanadas de aliento alcoholizado, ya sea en el Hueco o en cualquier bar del centro de Lima, en Quilca o en la Plaza Francia. Hablaba de política, culturas antiguas, economía, sociología, filosofía, religión, psicología, de la historia peruana y mundial, siempre escuchando a la persona con la que hablaba, dispuesto a seguir aprendiendo. Verlo pelear con sujetos que lo sobrepasaban en altura y peso era algo común. Su estatura mediana, su piel cobriza, su corte de cabello militar, su caminar siempre erguido con la mirada al frente, eran rasgos que me permitían distinguirlo a distancia. Siempre llegaba sonriendo, dispuesto a conseguir unas monedas para seguir bebiendo o un lugar donde pasar la noche.
Me envolvía cierta fascinación al escucharle contar lo que le pasaba en la calle:
-Los tombos me agarraron al salir del Hueco, por acompañarlo a César que estaba recontra borracho. Se suponía que yo sólo lo iba acompañar hasta la avenida Cuba. Pero ahí al huevón se le ocurre hacerle la bronca a una mancha que estaba sentada chupando en la esquina. Los huevones estos eran bien faites y nos corretearon dos cuadras con botellas y piedras. César quería regresar donde ellos, cuando escucho que alguien nos pide documentos. ¡La cagada! Recién me di cuenta que estábamos en la esquina de canal 4 y que había una tanqueta militar. Le digo al tombo que disculpe el escándalo que mi pata está borracho porque su hembra lo ha dejado, pero el huevón llama a otro, a uno que no tiene uniforme pero sí un intercomunicador. Nos dice que nos acerquemos más. César no se daba por enterado de lo que pasaba. Me puse nervioso cuando vino un cachaquito cargando un fusil más grande que él mismo y nos encañonó poniéndonos contra la pared. Me acordé que no tenía documentos y también de mis antecedentes, porque estos huevones ahora paran con computadoras portátiles y ahí buscan tu nombre. Yo ya estaba contra la pared, con las piernas abiertas, gritándole al César que era un conchasumare, que por su culpa me iban a cagar. A César lo jodieron porque sus documentos estaban viejos, mal cuidados. ¿Tú sabías que César nació en Estados Unidos? Yo me enteré esa noche, porque los tombos cuando vieron sus documentos, lo empezaron a joder diciéndole que diga algo en inglés, pero como el huevón nunca vivió allá, no sabe ni mierda.
“Los tombos ya nos habían bolsiqueado y golpeado en la espalda con la culata del fusil. Nos decían que éramos terrucos que querían poner una bomba como la que hubo en canal 2. Nos tuvieron una hora boca abajo, besando el suelo. Llamaron a sus superiores y nos metieron más palo que la gramputa. A César le devolvieron sus documentos y a mí me pidieron los míos. Les dije que los había dejado en el tono, en mi casaca. El cachaco me dijo: "Tú te quedas. Nos vas a decir de donde has sacado esas botas y esa camisa". Me quedé huevón. Me vine a dar cuenta de que eran prendas militares; la camisa me la había regalado Kino y las tabas las había comprado en la Cachina. El César se puso belicoso otra vez y lo botaron al piso de un culatazo, luego lo llenaron de patadas. Lo hicieron pararse y el huevón parecía de trapo; se tambaleaba, se resbalaba, pedía que lo ayudaran. Lo pusieron en la pista y le dijeron que se largara. Yo le grité: "César, tú eres el último que me ha visto, acuérdate". Eso molestó al cachaco. Me metió una patada y me hizo avanzar hacia un cuartelillo de madera que tenían improvisado en medio de la calle bloqueada. Yo caminaba sudando frío, temblaba y tragaba saliva. El cachaco estaba asado y yo pensaba que de esa no pasaba …”
La noche en que el Chusko contó esa historia fue luego de una reunión en la que se trataba de conseguir cámaras de video para filmar un documental acerca de los grupos y sus propuestas en torno al ámbito artístico limeño. Un video en el que se incluyese a pintores, músicos, poetas, narradores, grupos de danza y teatro, todos con una visión distinta a la oficial, sin ataduras institucionales de por medio y una actitud crítica y renovadora de la sociedad. La discusión se vino abajo cuando alguien dijo que no podíamos aceptar a cualquier grupo oportunista que quisiera dar imagen de radical a costa nuestra, mucho menos a pitucos que luego estarían rajando de nosotros una vez terminado el trabajo. Decían que el video no debía incluirlos. Ellos tenían plata y podían hacer su propio video. Lo que estos radicales argumentaban era cierto. Los pitucos solían acercarse, ver con cierta desconfianza el trabajo, actuar a la defensiva y terminar diciendo que con nosotros no se podía trabajar y que éramos unos resentidos sociales. Pero los pitucos también tenían razón al sentirse agredidos de una manera que ellos consideraban gratuita. Ambas partes tenían razón y esa era la causa de una tragedia que nunca terminaría.
Yo me sorprendí al ver que uno de los que defendía a los pitucos, poniéndose en una postura práctica, era el Chusko. ¿Cómo aquel desposeido marginal podía argumentar algo, tan coherentemente, a favor de los que tenían todo?
-Se trata de que demostremos que esas barreras no existen para nosotros –decía-. Una persona que se dice libre de las convenciones del sistema, puede ser consciente de ellas, debe serlo. Pero debe vivir como si eso no le afectasen. El que sueña con un mundo libre debe dejar que ese mundo se refleje en sus acciones. Debemos demostrar que somos capaces de hacernos respetar, y para hacerlo debemos respetarlos.
Para algunos eso era muy difícil de aceptar. Para otros era vulgar complacencia. Pero el Chusko no podía obligar a nadie, era sólo uno más de nosotros. Eso sí, tenía una autoridad dada por su antigüedad en la Movida Subte: había estado entre los primeros que se reunían en 1984 en las gradas de la Villareal y estuvo en los primeros conciertos de Leuzemia, Narcosis y Guerrilla Urbana. Esa era una de las razones por las cuales me deslumbraba y lo consideraba como un espíritu salido de aquellos afiches de conciertos que yo encontraba en los muros del Centro de Lima cuando era niño. Esos afiches encerraban una manera de pensar y sentir distintas a las que primaban en mi generación, una sensibilidad más profunda y real, más vivencial. El Chusko era la encarnación de esa magia.
Escucharlo hablar sensatamente sobre un tema tan difícil como las clases sociales y después escucharlo contar su propia vivencia marginal me hacía sentir que yo desencajaba en su ambiente.
-Cuando eso te sucede dejas atrás todo lo que habías pensado de ti hasta ese momento. Tener un cañón en la espalda te hace vivir el instante, con tus temores y tu coraje. Sólo tienes que tener fe en ti.
Esa fue su respuesta cuando le dije que yo no hubiera sabido qué hacer en una situación como la que él había atravesado.
Pero la noche de aquel conversatorio, en aquel invierno de ansiedad, a la luz de un foco de 50 watts que alumbraba débilmente los afiches y banderolas con lemas y gráficos alusivos a la Mancha, también fue difícil dejar atrás ideas encasilladas, aunque se tenía una idea más clara y un deseo de no caer en viejas contradicciones.
-Lo que ustedes quieren es hacer de la Mancha una vaina política -decía Kilowatt-. Nosotros nunca tuvimos la intención de ser intelectualitos cojudos que viven según lo que dice un libro, y sobre todo un libro extranjero. Esto surgió para que existiese una escena de artistas que no copiasen nada de otros países. Eso de decirse anarquista es una cojudez.
-Pero es imposible que no tengas en cuenta lo que nuestro arte implica -decía alguien-. Si en nuestras canciones, poemas, o lo que sea, hablamos sobre un mundo que no nos agrada, bueno, hablemos también de cómo nos gustaría que fuese, y luego tratemos de hacerlo realidad.
-Si, porque si sólo nos quejamos y no proponemos nada, estaríamos cayendo en la misma mediocridad de la gente que cuestionamos.
-Lo que pasa -decía otro- es que ustedes se creen superiores y con derecho a decir qué debe hacer un Subte para ser más original o radical. Es como que quisieran escribir un manual, todo lo ven libros y discursos políticos, joden a la gente que sólo busca divertirse y hacer algo divertido para los demás
-No, no se trata de eso -decía otro, un miembro del colectivo del Narizón, los radicales- se trata de sacar a la Mancha del estado de letargo en que se encuentra desde hace un tiempo. Todo eso es porque nos hemos desligado de la esencia del movimiento: las masas populares. Nuestras temáticas deben estar acordes al contexto contemporáneo, la coyuntura política…
-No metas chamullo, huevón -decía otro-. No la quieras pegar de sabio con nosotros. Ese rollo es el que ha hecho que mucha gente se vaya de la Mancha decepcionada…
-No -otra voz-, hay gente que se ha quitado porque se cansó de que sus ideas no se escuchasen, de ver a la gente emborracharse y drogarse en los conciertos cuando decían que protestaban contra la decadencia de la sociedad. Fue esa hipocresía de los vándalos la que ha hecho que se nos considere casi como una pandilla…
-Hipócritas son ustedes -se escuchaba-, que paran hablando del pueblo, de las calles y no conocen los barrios que nosotros conocemos, viven metidos en sus libros de mierda. Hablan de revolución pero todos son unos mantenidos de mierda. Nos joden de drogadictos, pero, ¿acaso ustedes no fuman igual que nosotros?
-Pero no somos viciosos, no andamos cagando conciertos, no armamos broncas cojudas…
-¿Y ustedes por qué prometen revolución?
-No la prometemos, la proponemos… Ustedes, ¿qué mierda ofrecen?
-Háblame bonito, conchatumare…
Luego todos empezaban a mentarse la madre, a decir que jamás llegaríamos a nada, a echarse la culpa… yo no había dicho palabra alguna y ese festival de rostros enfurecidos, que sólo se calmó cuando alguien gritó que era mejor continuar la semana siguiente, empezó a ensombrecerme. Debí suponer que así serían las cosas.
Pasé muchos días ansioso, aguardando la fecha de la próxima reunión, la cual no se llevó a cabo sino dos semanas después. En esa reunión sí sucedió algo especial.
Alguien me había dicho, durante un concierto en Las Rejas -aquel barcito de Quilca donde Piero Bustos, de Del Pueblo, organizaba los conciertos de la asociación El Sapo- con los grupos Carreño, Azules Moros y PTK, que la reunión empezaría a las ocho. Cuando llegué la reunión ya había empezado. Los escuché hablar serenamente y poco a poco me di cuenta que discutían un proyecto fijo.
Hablaba Chovi, uno de los que renegaba de la intelectualización de la Mancha, acusado también de vandalismo por la gente "vanguardista" del Narizón. Sentado junto a Kilowatt, Sandra y la Mancha de Barrios Altos, decía que era talvez lo único que podían sacar todos en conjunto. Daba la palabra al Chato Victor, que decía que allá afuera existía un enemigo común, para intelectuales y no intelectuales, y que lo peor que se podía hacer era quedarse quieto o callado por culpa de rencillas internas, con eso sólo ganaría el enemigo. Hubo un leve silencio, sucedido por un carraspeo que resultó ser del Chusco. Él tomó la palabra para decir que era posible siempre encontrar puntos en común entre la gente, ya que por algo nos identificábamos con el movimiento.
-Creo que todos saben que lo fundamental, lo único que nos atrae hasta aquí, es el deseo de expresarnos, seamos intelectuales o anti-intelectuales. Cada uno sabe qué fue lo que lo trajo hasta este lugar, pero eso forma parte de la historia de cada uno. Ahora debemos entendernos…
Luego habló de la Revista Amauta, que era un compendio no sólo de intelectos, sino también de actitudes; no sólo de ideas, también de formas.
Le pregunté a Poggi, baterista de Incendiaria, sentado esa noche junto a mí, de qué habían hablado.
-Nos hemos puesto de acuerdo para sacar un pasquín, con una buena presentación y que se distribuya en la mayor cantidad de medios posible.
-¿Es un fanzine más? -pregunté.
-No. Será el vocero del Colectivo. Lo financiaremos con tonos y auspicios de los bares del Centro. Lo haremos llegar a otras organizaciones autónomas de provincias. Hay contactos en Arequipa, Trujillo, Ica y Cajamarca. El Chusco se encargará de la producción y el auspicio, el Chovi de la distribución, yo me ocuparé de la diagramación. Hay gente que va a escribir reseñas, tomar fotos, hacer entrevistas, escribir artículos; sólo faltan dos o tres secciones del pasquín.
-Bueno-dijo el Chusco interrumpiendo en voz alta los murmullos-, creo que esta vez hemos llegado a algo. Como se dan cuenta es algo muy sencillo, pero encierra lo esencial. La próxima semana se llevará a cabo un concierto y con los fondos se comprará papel; también iremos preparando la diagramación y los puntos de venta. Los responsables de las secciones, hagan llegar sus artículos y fotos a la carreta en La Colmena. Los que no tengan ninguna sección pero quieran participar, pueden acercarse también. La próxima semana veremos el asunto de los murales y la red de conciertos en los Conos. Vayan buscando locales…
Entonces, luego de que la gente saliese al pasillo y a la calle, de que se organizaran comisiones para comprar trago y de que la atmósfera fuera recuperando su matiz frívolo y banal, lleno de conversaciones casuales y pueriles, yo permanecí inquieto, preguntándome qué era lo que le faltaba a esa noche. Fui de los últimos en salir, casi me quedé a solas con las banderolas, los afiches, las bancas y los muros pintarrajeados.
Entonces, las cosas hablaron. Dijeron que lo que faltaba era que yo diera el paso que me llevaría a ser uno con ellos, que me haría trascender. Gritaron que todo este tiempo lejos de mi casa y mi barrio, en medio de un colegio ajeno que me intimidaba, yo había estado esperando la oportunidad de sacar a la luz ese nuevo yo que tenía entonces.
Di alcance a los otros, busqué al Chusco. Lo reconocí hablando con Poggi, junto a la reja que daba a la calle. Con voz tímida pero firme, dije:
-¿Hay algo en lo que puedo ayudar?
Poggi y el Chusco me miraron y se miraron sorprendidos, tratando de disimular su asombro. Creí, por un momento, que se burlarían de lo que decía.
-Puedes ayudar comprando el trago para el tono o volanteando…-dijo Poggi.
-Eso lo haré de todos modos -dije-. Me refiero al pasquín.
El Chusco se mostró interesado pero confundido; luego, sutilmente, se mostró perspicaz, aunque yo pensé que era algo compasivo. Ninguno de ellos sabía cómo tratar a un mocoso, menos a uno como yo.
-¿En que crees que nos puedes ayudar? -dijo.
-No sé, tú dime.
Revisó unos papeles y dijo que ya habían encargados para todas las secciones, menos para los comics y algo de literatura, un cuento talvez.
-¿Sabes dibujar? -preguntó. Contesté que no y, al ver su gesto de decepción, sólo atiné a responder:
-Pero puedo escribir. En mi colegio escribo artículos para el periódico mural…
-Pero aquí no puedes escribir sobre esos temas -dijo Poggi-. Tiene que ser algo sobre la Mancha.
-No necesariamente sobre la Mancha -dijo el Chusco-. Puede ser algo que te pase a ti, a alguien que conoces, algo que ves en la vida diaria. Un cuento acerca de la realidad de todos los días, algo que impacte y haga pensar. ¿Crees que podrás hacerlo?
Un cuento sobre la realidad. Ese clamor de los objetos susurraba aún en mi mente, traspasando el tedio absurdo de los días que me encerraban, como una vorágine en la que yo sólo era una hoja al viento, arrastrado por una corriente incomprensible de sucesos. Aquella fue la primera vez que me sentí, tímidamente, dueño de mis decisiones y mi destino. Esa voz que se había instalado en mí para siempre, a través de los acontecimientos y mi propia conducta, se transformaba firmemente en ese yo que se reconocía como una persona distinta. "Hablar de la realidad", pensé, "como en las canciones".
-Claro. Sí lo haré…-dije.

II
¿Qué era lo que me cautivaba del mundo Subte? Ya que no existe nada más inasible y fantasmal que la historia interior, aquella que va delineando nuestro destino, mi memoria está poblada de acontecimientos confusos, no hubo nunca una decisión racional que me llevara a fijar mi atención en la realidad que luego se volvería obsesión.
Talvez todo se inicio en mis juegos de niño, cuando descubrí que las cosas tenían una voz ansiosa que hablaba de algo lejano e intenso, un canto inmóvil que me invitaba a vivir lejos de aquí. Se escondía tras los desvanes de la casa antigua de mi abuela, donde ella escondía las cosas que no quería ver dañadas, creyendo que al encerrarlas en cajones y baúles, el tiempo no entraría en ellos o al menos demoraría en encontrarlos. Aquella casa inmensa y antigua a la que tanto temor le tenía por las noches, pero que durante el día se convertía, desde que nos trasladamos a ella con la familia de mi vieja, en una tierra de juegos que compartía con mi primo. Desde la tarde en que llegamos a ella, cuando aún estaba ocupada por inquilinos que casi no nos dejaron entrar, pues no sabían que mi abuela era la dueña, se apoderó de mí el embrujo del laberinto de angostos corredores formados por los muros de madera de las habitaciones construidas en medio de una inmensa sala. Por esos días, hasta que mi abuela lograra librarse de los inquilinos, yo paseaba por el largo pasillo ennegrecido por el humo que salía de las cocinas improvisadas en las pequeñas habitaciones. Ese aroma de distintas comidas filtrándose, al mediodía, por las ventanas, que se confundía con el aroma acre de algunos enchapados y zócalos de madera desvencijados, ha quedado en mi memoria como la bienvenida al mundo de los objetos. Habíamos vivido por casi dos años en una oficina de abogados -la de mi padre- que compartíamos entre mi abuela, mi vieja, tres tías, un tío y mi primo; así que cuando, pasado un tiempo, la casa se vio libre de inquilinos y la sala inmensa vacía por fin, comenzamos mi primo y yo a apoderarnos de ese mundo. Corríamos, tropezábamos y caíamos sin aliento sobre las baldosas adornadas con hexagonitos rojos, verdes y blancos, luego de dar vueltas sobre el mismo sitio mirando el techo hasta marearnos, aquel techo altísimo y frágil construido con barro y vigas, con una fila de ventanales a los costados, algunos de ellos rotos, por donde veíamos desfilar un festival de palomas y gatos sucios. En ese lugar despertó mi noción del espacio, del vacío y de la obscuridad, a través de ese temor nocturno que me sobrecogía durante esa noche penetrante infestada de ruidillos, voces lejanas, silencios propios de las casonas viejas, en la que sólo me acompañaban mis latidos; en ese lugar y en esas noches, comenzó a desenvolverse la imaginación como un refugio, un abrigo para protegerme de lo desconocido y de los objetos amenazantes. Ahora sé que cuando se es niño se percibe otra naturaleza en los objetos, pues su contexto no es el de la fría relación utilitaria en la que viven los adultos. Los niños ven en los objetos conexiones con mundos imaginarios, amparo ante lo oculto de la vida que se descubre cruelmente. La Mancha Subte tenía ese hechizo de testimonio, ese aroma de lo no vivido, lo que yo buscaba furtivamente. Sólo los niños saben lo que quieren y a donde van…
En esa casa, donde los objetos portaban el hechizo de historias que hacían referencia a su origen, su transcurso y devenir, construí un hogar paralelo. Aquellas narraciones que mi abuela traía desde su tierra, la selva que abandonó para venir a Lima a dedicarse al cultivo de terrenos eriazos que nunca le dieron nada, daban espíritu a los objetos que encerraba en sus desvanes. Entre el aroma añejo de la madera carcomida por termitas y del papel amarillento cubierto por una gruesa capa de polvo, descubrí la desesperación de los objetos. En mis incursiones a los desvanes -que por lo general terminaban en una paliza- encontré y di vida a los objetos que mi abuela sentenciaba a la oscuridad. Los objetos me dijeron estar ansiosos de vivir en las conciencias ajenas, de ser objetos en toda de su naturaleza. Cada cosa tenía un testimonio, encerraba una travesía. Me intrigaba su devenir así como su procedencia, y esa voz me decía todo lo que yo deseaba saber, recreándolos y desentrañándolos. Era como si me dijesen: "Hemos tenido un transcurso en el tiempo y aunque necesitamos de conciencias para dar rienda suelta a las historias que encerramos, durante todo este lapso hemos sentido el peso de nosotras mismas". Sentía que los objetos tenían un espíritu e imaginaba su viaje a través del espacio hasta llegar a mis manos, mientras aprendía a comprender su idioma.
La Mancha Subte había pasado a ser mi desván, mi baúl de ensueño.
En los anaqueles y armarios, en cajas y baúles, mi abuela escondía objetos de su antigua casa: adornos de cerámica y santitos, juegos de té que nunca utilizaba, cuadros y fotos, libros de cuentos antiguos -muchos de ellos de la editorial Progreso de Moscú-, telas, ropa y envases de productos que llegaban a Iquitos por el río Amazonas, provenientes de Brasil y Colombia -dulces, alimentos, herramientas, periódicos-. Acerca de las tazas yo me preguntaba, mientras sentía su textura rugosa en mis manos y contemplaba cautivado sus dibujos de flores y paisajes, quién habría bebido algo en ellas, en qué momento y dónde, cuándo las obtuvo mi abuela; recreaba la casa de la que tantas veces hablaban mis tías y las imaginaba usando dichas tazas. Al mirar los cuadros pensaba en qué lugar de la casa estarían colgados, los imaginaba recién adquiridos, adornando las habitaciones de mis tías o la sala de la casa. Imaginaba la luz de la ciudad incidiendo sobre la textura de las fotos en sepia, imaginaba el aire y la brisa de esas tardes, y lo mismo hacía con los adornos con motivos selváticos que traían a mi mente las ronamulas, chullachakis y tunches con los que me asustaban mis tías. Mi abuela se había dedicado antes a la costura y de esa época databan las telas y ovillos que escondía en cajones y bolsas, y era el aroma antiguo y encerrado de esas telas, sus colores y diseños, lo que me intrigaba: cómo se transformarían con el trabajo de mi abuela y del tiempo. Al ver las prendas antiguas de mis tías, no podía creer que ellas utilizasen en algún momento prendas que bien podían ser de mi medida; sentía que un día todo transmutaría y desaparecería y que lo que había ante mí, aquel desván, era un umbral a otros universos posibles en los que yo navegaba libremente sin desplazarme en el espacio. Así también, cuando descubría los envases vacíos de aquellos unguentos brasileros, las botellitas vacías de Vinagre de Bully, Leite de Rosas y Agua florida, y notaba que su olor permanecía intacto, sentía la persistencia de las cosas por mantenerse en el mundo, su obstinada resistencia que daba un matiz a mis travesías. Todo se transformaba en un caos hermoso, fuente de toda imaginación.
Al caer la tarde, luego de esas travesías silenciosas, mi familia se reunía sobre la mesa larga y de patas altas a la que yo sólo alcanzaba poniéndome de rodillas sobre una silla. Éramos mi primo y yo los primeros en ser servidos y recuerdo el aroma por el cual mis sentidos aguardaban y que me sumergía en una paz inquietante: el aroma cálido de la hierbaluisa. Era el mismo aroma que nos abrigaba en las tardes que pasábamos en la chacra de mi abuela, un terreno en las sierras de Lima, donde jugábamos con los animales de su granja, perros, cabras y caballos. Al beber la hierbaluisa, una parte de mí se desvanecía, dejaba atrás la vieja casa de adobe de Lima y me transportaba a esa chozita de esteras en medio de un sembradío de sandías y caña, a sus noches estrelladas llenas de cantos de insectos furtivos y sus mañanas frías, de silencios rotos por el canto de aves que siempre se escondían. Al beber el té de hierbaluisa, al sentir su aroma, yo vivía, abrazaba dos mundos distintos plenamente. Y dentro de mí iba surgiendo esa conciencia por retener ese marasmo incontenible de sucesos hermosos, misteriosos, cautivantes y, a veces, temibles. Esa conciencia era una voz, un yo, que conectaba ambos universos, que me llamaba y acercaba a mi propia naturaleza. Era la edad del llamado…
-Iremos a vivir con tu papá -me dijo un día mi vieja. Yo tenía ya más de ocho años y abandonar esa casa antigua, conocer un barrio nuevo y una casa distinta, me inquietaba calladamente. No podía decirle a mi vieja que yo no quería ir a vivir con el viejo, a quien casi no conocía, pues ella, muy contenta con el nacimiento de mi hermana, ya había visitado la casa -situada en el mismo distrito, pero al otro extremo- que mi padre había comprado. Además, luego del accidente que mi viejo sufrió en su Volkswagen azul botella, ella deseaba cuidar de él. Así que por fin tendría una familia normal y una casa sólo para nosotros. Era ésta una casa mucho más moderna pero pequeñísima, en una callecita igual de minúscula, un pasaje donde todas las casitas tenían el mismo área y sus fachadas eran casi idénticas, con puertas sencillas y ventanales austeros, la mayoría de ellas de uno y dos pisos. La nuestra era de las pocas que tenían tres pisos y que había sido remodelada, lo que hacía de ella una casa extraña, algo oscura pero cálida. Todo en ella era chiquitito: la salita que mi vieja amobló con los muebles de la oficina de mi viejo; la cocina, apenas equipada, por ese entonces, con una hornilla a kerosene; y el baño de locetas celestes y luz amarilla. Desde el primer momento en que pisé esa casa, se manifestó mi naturaleza contemplativa. Aquellas sillas del comedor, de cuerina marrón y cromado opaco, sobre la geometría sobria del parquet del piso, se instalaron en mi imaginación, dándome la bienvenida. Los muebles y las habitaciones exhalaban una sencillez que aplacaba mi curiosidad a la vez que me daban un nuevo universo en el que instalarme. Inspeccioné cada rincón de la casa, cada cajón de los mostradores y armarios, me fundía con el aroma encerrado de los objetos que en ellos encontraba, los que habían dejado los antiguos dueños. ¿Cómo fueron a parar al fondo de aquel cajón ese botón dorado, aquella tarjeta de Navidad y ese recibo de luz? ¿Quién pegó esos stickers en la ventana del cuarto de mi hermana y en la refrigeradora?
Desde las alturas de mi ventanal podía mirar los techos humildes y grises de otras casas, sus calaminas llenas de palomas y peleas de gatos, sus tendederos, cuartuchos de madera, objetos abandonados al olvido y al sol por sus habitantes. Qué deseos de acercarme a esas cosas, oír sus voces, inspeccionarlas y hurgar en ellas. Cajones y armarios, cunas y coches, escobas, juguetes, artefactos en desuso, eran naturalezas muertas que me fascinaban y atraían, así como las calles que circundaban mi barrio. Salía a recorrerlas solo o con los chicos que conocí en ellas, con quienes fui descubriendo cada lugar profano y prohibido, entre juegos y peleas.
De aquel primer barrio recuerdo el estruendo de las tardes y las garúas finas del invierno. Sobre sus veredas de cemento, angostas y bordeadas por la hierbamala, cuyos imperfectos conocía al detalle, poco a poco fui enterándome de las historias de cada uno de los habitantes, de sus orígenes, y aquel mosaico de mi imaginación se enriqueció con otras voces. En esas casitas vivía gente disímil con un destino común y diversas maneras de ser. Recuerdo a gente que se sentía afortunada por vivir en un barrio como el nuestro y a gente que por alguna crueldad del destino perdió su buena estrella y vino a para a un vecindario de segunda. Provincianos y extranjeros, blancos, cholos, negros y chinos, rateros, gente honesta, ancianas piadosas, personas solitarias, putas, patotas de patiperros jugando fútbol sobre la pista repleta de baches, toreando mortalmente a los carros que pasaban. Bares y casas de juego, billares, donde le decíamos a algún borracho que nos invite una gaseosa, callejones oscuros donde contábamos historias de terror y sexo, donde urdíamos planes para robar dulces en alguna tienda o en el mercado, donde nos escondíamos luego de patearle la puerta a alguna vieja que nos echaba agua porque no quería que jugásemos en su vereda, el griterío de alguna pareja que discutía y las cabezas de todo el barrio asomándose por las ventanas. El camino oscuro y largo que llevaba al inmenso mercado lleno de gente de todas partes del Perú, atravesando el muro gris y áspero de ese fortín misterioso que abarcaba una manzana completa, donde se realizaba una actividad incesante, del cual salían todas las tardes hombres exhaustos vestidos con uniformes azules y camiones cargados de cajas de cartón: la zona de las fábricas. La fábrica de termos y ollas, la de tejidos y prendas y el laboratorio químico en cuyo parqueo jugábamos fútbol con chicos de otros barrios con los que terminábamos peleando y en cuyos jardines descuidados encontrábamos, cada mañana, borrachos y drogadictos dormidos y en donde por primera vez, en medio de un atardecer eterno, fumamos cigarrillos y bebimos ron, para luego sentirnos enfermos dos días completos, no sólo por los efectos, sino por las palizas que nos dieron en nuestras casas. Las primeras chicas que me gustaron, las que nunca me correspondieron talvez por ser muy tímido o muy atrevido. Aquella casa rosada donde vivía la primera chiquita a la que quise, a la que jamás le hablé y que se marchó del barrio luego de que su madre se suicidara ahorcándose. Entre alegrías, tristezas, misterios y temores, mi barrio era un símbolo, un caldero de ensueños donde me refugiaba al igual que en la oscuridad de mi infancia. Entonces, a la vez que el tiempo trabajaba en mí y el recuerdo de la casa de mi abuela se empequeñecía, la calle se volvió mi desván, mi tierra de historias a cada paso, y en ella encontraría un nuevo universo que llevar conmigo.
-Tu papá quiere saber por qué sales a la calle cuando él llega -decía mi vieja-. No le gusta que tengas esa mala costumbre. En el colegio al que vas a asistir ahora te vas a olvidar de esos engreimientos.
Huir, cada vez más lejos. Recrear el espacio libre que iba perdiendo. Cada vez mis caminatas eran más largas y mis fabulaciones más profundas. Iba transgrediendo imperceptiblemente las invisibles barreras de mi mundo, mi primera tierra de juegos quedaba como estela de mis pasos, mientras me adentraba por las calles del Centro de Lima, en medio de los juegos de pinball y las callejas antiguas, las tiendas de discos y cassettes, los puestos de revistas.
¡La calle! ¡Qué pandemonio tan atrayente! ¡Qué manifestación vital y mortal sobre su geometría hostil! Yo era un mocoso recién lanzado a su reino cuando descubrí que el idioma de las cosas permanencia en mí como un conocimiento paralelo, una comprensión mágica y latente que me permitía hacer del mundo un juego donde cada cosa tenía relevancia y encanto. Era la edad del llamado…
Pero en este nuevo ambiente, más amplio y voraz, mi íntima esencia ya yo estaría tan sola, pues, al ir adentrándome más en ese loquerio de asfalto, comprendí que había gente que al parecer también conocía el lenguaje de los objetos, pero lo expresaba de distinta manera. Fueron los afiches que descubrí en las calles del Centro y las paredes pintarrajeadas con nombres de grupos de rock europeos que no tenían la más mínima idea de que alguien en un país Tercermundista, poblado supuestamente de indígenas con plumas y taparrabos, pasaba sus tardes escuchando las canciones que ellos compusieron tal vez en una noche ebria o una mañana despejada, en la que ni ellos mismos sabían qué cosas pasaban por sus mentes, pero sentían el impulso que les regaló algún grupo que ellos escucharon de pequeños, que los sustrajo hasta cristalizarse en su voz. Las paredes tenían esas historias encerradas en manchas de pintura enlatada, en esas figuras imprecisas que trataban de mostrar rabia y buscaban una salida al tedio cotidiano, dándole ese encanto que me ensimismaba. Ellos me hicieron sentir que no estaba solo, volviéndose, poco a poco, elementos dentro de mi orden. ¿Quién escribía esas frases de pintura roja sobre el muro de las fábricas? ¿Cuándo fue la primera vez que esa persona escuchó esa banda ? ¿Por qué escribió el nombre de esa banda y no otra cosa?
Empecé a buscar a esos habitantes misteriosos, a sentirme parte de ellos aún sin conocerlos, y así recolecté iconos, objetos mágicos de esa otra tierra, portales a la dimensión de los corazones como el mío: las portadas de los cassettes, las revistas musicales y los comics españoles -me encantaba ver en la página final "Impreso el 23 de junio de 1979 en los talleres STAR, Barcelona" y sentir el ambiente de la imprenta, el calor de la fricción de las rotativas, la calidez de una fabrica de hacer sueños, el tiempo transcurrido y la permanencia del objeto- las fotos de conciertos y grupos, las entrevistas, las crónicas y las reseñas de discos, el sonido amateur de las grabaciones que registraban incluso los accidentes musicales, las expresiones impresas sobre el papel fotocopiado de los fanzines, las consignas contra lo establecido, lo tedioso y angustiante de ser uno más en un rebaño de gente masificada sin identidad, las expresiones en los rostros de los grupos fotografiados. ¿A dónde fueron después de ese concierto? ¿De dónde venían? ¿Qué había detrás de la puerta que asomaba detrás del baterista de Eskorbuto en aquella foto donde aparecía riendo y con una botella en la mano? ¿Por qué el guitarrista tenia esa expresión cansada y molesta? El color y el contraste, la rugosidad del papel, las letras realistas de Polla Records, Eskorbuto, Ratos de Porao, MCD, RIP, Reincidentes, todo aquello pobló mis tardes y las caminatas desde mi colegio hasta mi casa.
-La gente no es tonta por falta de inteligencia -decía el Chusco-. La inteligencia es un termino utilitario y vacío. Si lo piensas bien te darás cuenta que la gente es estúpida porque no imagina, porque no sueña, porque no cree en algo más allá. Aquel que no sueña no es consciente de sí mismo y es fácil de dominar.
"Así como hay dos órdenes de conocimientos humanos, dos clases de sabiduría y dos tradiciones, dos de todo, comprendimos de pequeños que había dos fuentes de instrucción: lo que descubríamos nosotros mismos y nos esforzábamos por guardar y lo que nos enseñaban en la escuela y nos parecía no sólo fútil y sin interés, sino también diabólicamente falso y pervertido. Aquello que aprendíamos de la primera fuente nos nutría, mientras que la enseñanza oficial nos socavaba.(…) Todo joven que percibe esto y es digno de este nombre es un rebelde y un anarquista. Si se le dejase desarrollarse según sus instintos y tendencias la sociedad experimentaría un transformación radical (…) ya no sería una organización confortable y benévola, reflejaría la justicia, le esplendor y la integridad; la vida saldría de sus manos"
¿Quién era ese Henry Miller que escribió eso? ¿Por qué nadie hablaba de él en los colegios? ¿Por qué lo conocí sólo a través de una revista de Rock Subterráneo? Eran verdades implacables de las que no podía escapar, ni deseaba hacerlo. Recuerdo las primeras consignas que encontré en el primer fanzine que compré en la Barricada Subte del Narizón Pepe, allá en la Plaza Francia: "La obediencia comienza por la conciencia, y la conciencia, por la desobediencia", "Anárquico es el pensamiento y hacia la anarquía avanza la historia", "Los ricos hacen las guerras y son los pobres los que mueren", "La anarquía es la máxima expresión del orden", "El orden es el placer de la razón; el caos es la delicia de la imaginación"…cientos de frases sueltas que llegaban a mi cerebro ansioso como andanadas certeras, a las que era imposible rechazar, pues hubiera sido como rechazarme a mí mismo.
Bañaba el ambiente de mis días con esa atmósfera, dándole al curso ordinario de mis horas ese rumbo revestido de trascendencia gloriosa. Sé que lo que digo suena dramático, pero ese es un efecto de la literatura: en ella sólo existen instantes claves. Es así como uno percibe y asimila los sucesos en los libros y fue así como llego hasta mí el mundo de los Subtes, del Rock Radikal Vasco, los Punks Ingleses y Brasileros, el Underground Neoyorquino, la bohemia catalana, el movimiento anarco de la guerra civil española, las okupaciones en las fábricas abandonadas de Madrid. Todos eran acontecimientos y hechos dramáticos, cruciales en la vida de esas personas que yo veía a lo lejos. Esas personas eran protagonistas de algo que merecía ser escrito y tomado en cuenta. El ser de esas personas se extendía hacia mí cruzando los montes de una provincia europea, un océano y una selva, para llegar a mi habitación y cantarme, en esa radio destartalada que tenía cuando era adolescente, himnos de irresignación, rebeldía y vitalidad. Sobre todo La Polla Records, aquel grupo vasco que podía cantar sobre cualquier aspecto de la sociedad, había desembarcado en mi cuarto y me decía que la Iglesia Católica era la más hipócrita del mundo, que los banqueros de algunos países creaban guerras sólo para vender sus armas y que el Ejército estaba siempre listo para defender sus intereses, que a la cárcel nunca entraba un rico y de ella nunca salía un pobre… Tantas cosas que recogía de esa fuente propia de conocimiento. El ser de esas personas, paso a tener lugar, a estar en mí, y junto a ello me embargaba el deseo de compartir esa naturaleza lejana, de ser de tinta y fotolito, de sentir mi alma delineada por las maquinas de imprenta y vivir lejos de este mundo que poco me ofrecía. Me refugiaba de esta tierra absurda en profundas melancolías brotadas de la búsqueda incansable de ese placer. Así, los cantos me traían memorias de vidas que jamás viví, una evocación sobrehumana, fuera de mi propia experiencia. Quien alguna vez ha sentido que una canción le recuerda algo que jamás vivió, puede comprenderme.
-No digo que la gente no tenga sueños e ilusiones -decía el Chusco-, claro que las tiene. Pero, ¿cuáles son? ¿Cuáles son los elementos que pueblan sus sueños? La música estúpida de las radios comerciales, la cultura establecida, los partidos de fútbol del fin de semana, las fiestas en los lugares de moda, la ropa de moda, votar cada cinco años, estudiar, casarse, tener hijos, trabajar ocho horas, llenar la casa de electrodomésticos, comer, cagar, dormir… y encima dicen que esa vida mediocre y vacía es la forma correcta de vivir, que quien no se interesa por eso es un perdedor en la vida, que quien desea algo más de la vida es un loco o un terrorista.
Sí, yo era un demente, un incendiario, la gente caminaba muerta y vacía por las calles y yo deseaba gritar que me sentía solo. Todo esto me llevó de la mano y me separó del mundo hasta hacerme sentir un extraño, un intruso. Yo ya no era de esta tierra. Podía pasar horas releyendo los fanzines españoles, su textura, su olor acre de fotocopia y cada foto me decía que yo debí haber vivido ese momento, que yo debí haber estado ahí. Creció en mí una vida paralela que se nutría de historias e imágenes ajenas. Un sueño que perseguir, en donde se reflejaba todo lo que la Edad del Llamado había sembrado en mí, mezclándose con todos los contextos humanos. Era una ilusión descabellada que hacía del mundo mi juguete.
Ese sueño furioso, inocente, crudo, desprovisto de todo conocimiento docto, tenía en sí mismo una coherencia avasalladora. Era un orden universal en el que todo objeto, persona, circunstancia, tenía un rol. Todo convergía hacia una realidad llevadera que vivía en mi corazón, un mundo nacido de las canciones, pinturas y escritos que surguían del pecho de muchos hombres allá a lo lejos. Yo quería ser uno de ellos. Ese mundo exigía, desde el momento en que era combustible y producto de un acto de imaginación, de comprensión de la realidad y de discernimiento, una acción correspondiente. Su manifestación era implícita. Pero, ¿cómo expresar ese mundo en una tierra tirana, resentida, parametrada, hipócrita, mecanizada, carente de voluntad? Yo no iba a dejar que ese mundo se ahogase en mis entrañas. Tenía que luchar para mantener su fuego, hacerlo trascender, llevarlo mas allá, enfrentar esta tierra de muerte, de sueño enfermo. Esa era, pues, la única manera de estar donde debía estar…
¿Qué mundo, qué lucha sembraría en mi ese llamado? Si alguien cantaba que "Mogollón de gente vive tristemente y van a morir democráticamente y yo no quiero callarme" o que "Te tendrán tres días en sus manos, descargarán todo su odio en ti, sufrirás los interrogatorios, largas horas de tortura vil". Si un indio ecuatoriano, dominando el color y la forma, mostraba un rostro mestizo en una expresión trágica que retrataba el dolor de un pueblo durante cinco siglos y le ponía como titulo "La edad del dolor". Si un escritor peruano narraba una guerra silenciosa librada entre una corporación minera norteamericana y un puñado de campe
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