Los cultivos sedentarios con barbechos.

El paso que se dio para la transformación del cultivo itinerante en cultivo fijo, es uno de los hechos fundamentales en la evolución de la Humanidad; la sedentariedad de los cultivos se halla asociada a la de los hombres; pero ello exige unos progresos en la técnica agrícola. Para algunos, la introducción del arado en la técnica indígena de los africanos, representó el pasar del nomadismo al cultivo permanente y de la propiedad colectiva a la individual. Cultivos itinerantes y fijos han sido muchas veces simultáneos y contemporáneos; sin embargo, en la Europa occidental, donde con mayor rapidez han evolucionado las sociedades agrícolas, estos dos tipos de agricultura se sucedieron el uno al otro desde épocas muy antiguas.

La sedentariedad de los cultivos en una zona determinada se halla condicionada por la posibilidad de restituir al suelo, obtenida la cosecha, al menos una parte de los elementos nutritivos de que se han alimentado las plantas, de aquí que los cultivos fijos no se puedan mantener si no se aportan al suelo los abonos apropiados. Hasta hace un siglo, lo único que tenían a su disposición los agricultores para devolver al suelo su fertilidad era el estiércol, por ello se ingeniaban en buscar diferentes medios de obtenerlo: cuidadosa recogida de deyecciones humanas, restos de comida, recogida de basuras, algas y légamos ricos en humus, sacados de las orillas de pantanos y canales, palomina de aves domésticas, majadeo de las ovejas, pajaza o cama de las caballerías, sarmientos, cañas y ramajes puestos en putrefacción, etc. Pero la mayor parte de los abonos utilizados estaban representados por el estiércol conseguido de los animales estabulados, por lo general en escaso número, dada la falta de medios de los pequeños propietarios, lo que traía, como fatal consecuencia, la escasez y mediocridad de los abonos. La falta de piensos para los animales impidió a los agricultores aumentar el número de cabezas según sus tierras, que, ávidas de abono, le demandaban, hasta que no fue introducido el maíz, los tubérculos y las leguminosas forrajeras aptas para la constitución de praderas artificiales. Con estas nuevas fuentes de alimentación ganadera, en proporción a la superficie de los terrenos de labor, se encontró, aunque de una forma precaria, el equilibrio agrícola deseado. Estos medios de abastecimiento fueron el complemento indispensable del praderío natural, de los pastos de las tierras de barbecho que se extienden alrededor de los campos labrados y de los terrenos de pasturaje de las landas y de los bosques, que, durante mucho tiempo, fueron aprovechados principalmente con objeto de obtener las reservas alimenticias indispensables para los animales domésticos.

Otro procedimiento utilizado para restituir los principios nutritivos al suelo es el del barbecho. Los barbechos no sólo representan el reposo o descanso de las tierras, sino que también obran como un verdadero reconstituyente de ellas. Cuando los terrenos permanecen en barbecho varios años, se cubren de una vegetación espontánea, donde, al mismo tiempo que pastan los ganados, los abonan. Cuando de nuevo se les daban unas labores de arado, con objeto de favorecer la nitrificación y evitar la evaporación, estas hierbas y deyecciones eran enterradas, aumentando con ello la provisión de materia orgánica, con lo cual el barbecho valía tanto como un abono y a veces tanto como un riego. En los bordes de los desiertos y en los países castigados por la sequía estival, los naturales han desarrollado este método del barbecho, que equivale a lo que hoy llaman los americanos dry-farming. En grandes regiones del Mediterráneo, como del Cercano Oriente, se practican estas labores desde la más remota antigüedad. Lo esencial de esta técnica no consiste en aportar un suplemento de agua, sino en frenar la evaporación, con labores encaminadas a aumentar la reserva de humedad. Para algunos, esta forma de cultivo reemplaza, con ventaja para la tierra, al mejor abono. Hoy, estos métodos científicos perfeccionados contribuyen a la fijación de la población nómada en las altas mesetas argelinas y en las zonas esteparias rusas, así como también han permitido obtener cosechas de cereales en ciertas regiones secas de América del Norte muy escasamente pobladas. No siempre estas barbecheras quedaron improductivas; frecuentemente sobre una parte de este terreno en descanso se plantaban algunas leguminosas, frutales o viñedos, beneficiados con las labores de arado y escarda y con ello el agricultor sentía menos el dejar sin cosecha el resto de esta parcela. La generalización de este sistema de cultivo, fundado sobre el reposo periódico de los campos, tuvo consecuencias no sólo desde el punto de vista agronómico, sino también en la vida campesina. El agricultor de aquella época, o de los países que aún practican el barbecho, dispuso de un tiempo libre o semiocio, del que el campesino actual, dedicado al cultivo intensivo, carece. El sistema agrícola de barbechera, la mala estación y las parcelas demasiado exiguas, trajeron la pobreza de algunas clases rurales, las migraciones temporales, durante esta especie de vacaciones obligadas, y la busca de recursos complementarios, a veces, en las pequeñas industrias, practicadas a domicilio. Su desaparición y sustitución por el cultivo continuo, dará al campo un tono de fecundidad y marcará el punto de partida de un nuevo orden en la vida campesina.

Europa había puesto en práctica dos sistemas principales, basados sobre la alternancia del cultivo cereal y el barbecho: en un sistema, la tierra se cultivaba un año sí y otro no; era la rotación bienal; el otro, es el sistema trienal, en el que la tierra sólo se deja reposar un año de cada tres. En la Europa mediterránea, de intensa sequía estival, los griegos y los italianos practicaron el sistema bienal desde los más remotos tiempos, seguramente después de muchos tanteos y ensayos inciertos. Este sistema de producción, M que es responsable el clima seco y en el que cada parcela sólo suministra una cosecha cada dos años, exige, al menos, un mayor espacio. Esta necesidad de buscar nuevos suelos agrícolas hasta los límites de lo posibles es la que ha llevado al hombre mediterráneo a la deforestación y a las rozas, a la construcción de bancales con muros de piedra para conseguir campos horizontales en las pendientes de las colinas, a la conquista de llanuras bajas pantanosas, etc. Para paliar las diferencias de producción cerealista en este pobre sistema de rotación bienal, ha sido necesario introducir el cultivo de algunos frutales y de la viña, que constituyen, con sus frutos grasos, azucarados y harinosos, un importante capítulo en la alimentación de estos pueblos.

En las tierras más húmedas de la Europa septentrional, la sucesión de cultivos se verificaba siguiendo un ritmo de tres años. Es la rotación trienal, menos pobre que la bienal. Durante el primer año se sembraban cereales de invierno: trigo, centeno o espelta; en el segundo, trigos de primavera, avena, cebada y alguna leguminosa, y en el tercer año el campo quedaba en barbecho hasta el otoño, época en que volvían a sembrarse los trigos de invierno para la vuelta al ciclo trienal. Con este sistema de rotación se aseguraban en la misma parcela dos cosechas cada tres años, en lugar de dos cada cuatro años de la rotación bienal. Ambos sistemas es posible que hayan coexistido, y la alternativa de escoger entre uno u otro la han señalado la calidad de las tierras y el clima (con lluvias de verano sin grandes calores) después de varios ensayos y tanteos, que han sido siempre la base de toda agricultura en formación.

En la parte septentrional de Francia, en Inglaterra y en Alemania, la rotación trienal casi siempre se hallaba asociada con derechos de usos comunales, y el cultivador tenía que someter cada una de sus parcelas al ciclo de rotación tradicional en el distrito a que pertenecía. También las rastrojeras, una vez levantadas las cosechas, pasaban a ser una cosa colectiva y en ellas pastaban todos los ganados de la aldea, formando un solo rebaño, sin que se lo impidieran ninguna clase de cercados, ya que no existían en estos sistemas de servidumbres colectivas.

Cultivos con barbechera existen, todavía hoy, no sólo en la alta montaña, donde el barbecho está impuesto por el clima, sino también en los países de agricultura muy joven o muy vieja, que es donde adquieren un interés geográfico más vivo, como ocurre en la mayor parte de las provincias interiores de España y sur de Portugal, donde los barbechos reciben repetidas labores antes de la siembra para purgarlos de las malas hierbas, y en los que se va introduciendo un ciclo de cultivos consistente en trigo de secano, leguminosas y barbecho, o sea, una rotación trienal en la que el barbecho ocupa una tercera parte de las tierras. En los nuevos países cerealistas de América del Norte, la Pampa argentina, África austral y Australia, practican el cultivo con barbechera, más económico que el intensivo sin barbecho, sobre todo cuando existe crisis de venta de trigo, ya que al propietario le resulta más ventajoso obtener rendimientos mediocres con menos gastos, que recoger mucho gastando demasiado. De todas formas, estos sistemas con barbechos engendran
pobreza, y sólo han sido mantenidos por una necesidad estricta o porcálculo de economía. Es natural que, tan pronto como ha sido posible, sehaya limitado el rigor de estos reposos periódicos, y que, por último,se haya buscado el sustituirlos por cultivos continuados.
 
 

 Los cultivos continuos.
 

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