Los cultivos continuos. -
En los tiempos modernos, la lucha contra la barbechera se ha ido imponiendo, incluso en las formas más primitivas de la agricultura. Los europeos han acudido a semillas de crecimiento rápido o a las legumbres de ciclo vegetativo de algunos meses, para atenuar el descanso de las tierras en barbecho, y los mismos campesinos negros luchan por obtener del suelo el máximo rendimiento, intercalando una gran variedad de cultivos, y aprovechando toda la tierra arable en su extensión y en su espesor o profundidad. Caso particular representa la producción hortícola, donde el hortelano consigue tratar su tierra de tal suerte, que, sin llegar a agotarla, la obliga a una producción continuada; para ello le da abonos abundantes, hace labores numerosas y bien cuidadas, y las rotaciones más apropiadas. Lo que persigue todo cultivador que practica este sistema, llamado continuo o intensivo, es renovar regularmente la fertilidad de los campos y emplear las alternativas susceptibles para sostener y, si es posible, aumentar dicha fertilidad.

Uno de los ejemplos más típicos de esta agricultura intensiva nos lo ofrece la llanura flamenca. En contra de lo que frecuentemente se piensa, el suelo flamenco está mediocremente dotado; su composición, frecuentemente arenosa, es pobre en elementos nutritivos y, por ser muy permeable, sufre fácilmente de la sequía, incluso bajo este clima húmedo.

A pesar de ello, es uno de los mejores terrenos agrícolas de Europa, gracias al intenso y continuado trabajo de sus habitantes, que, en gran número, desde hace siglos, han superpoblado esta tierra, poco grata, pero magníficamente situada para el comercio. Desde el siglo XIV fue abandonada la rotación trienal, y el barbecho fue sustituido por praderas artificiales o cultivos de nabos, y, a partir del siglo XVII, el trabajo humano ya no deja reposar el suelo, puesto que los campos en los que se habían cosechado cereales o lino, eran aprovechados, antes de las labores de otoño, para cultivo de tubérculos, raíces o zanahorias. En resumen, en vísperas de la revolución agrícola, los campesinos flamencos no sólo habían conseguido obtener una gran variedad de recursos de sus campos, sino el que toda la tierra se pusiese en cultivo todos los años.

Ejemplo parecido ofrece el tipo de cultivo chino. Desde tiempos muy antiguos se ha podido constituir en este país una original civilización rural, beneficiada por una variedad de plantas domésticas capaces de responder a todas las necesidades de la sociedad. En todas partes ha podido formarse un paisaje rural de campos muy pequeños en régimen de policultivo, en las tierras bajas aptas para ser avenadas y regadas, el cultivo del arroz. Con esto, todas las tierras cultivables eran aprovechadas sin reposo, y en todos los meses del año agrícola el campesino quedaba asociado al cuidado de esta variedad de plantas que le rodeaban desde que salía el sol hasta que se ponía.

Las características de sus métodos de cultivo han sido, hoy como ayer, el trabajo a brazo y la azada en manos del hombre, la mujer y los niños, más que el arado y que la colaboración con las bestias de tiro o de carga que apenas existen. Por hallarse muy retrasada su evolución económica cada región tiende a producir como antaño todo lo necesario para la vida. Para conseguirlo, China dispone de una extensión agrícola más pequeña de lo que podría suponerse, ya que se estima su superficie cultivable en un 17 por 100 del total.         China es el país más completamente especializado en la agricultura de las llanuras. Las montañas, y hasta las más pequeñas colinas, se hallan, por lo general, desiertas, mientras que las llanuras son verdaderos hormigueros humanos, donde los campesinos, frecuentemente como arrendatarios, cultivan de la forma más minuciosa, y casi enteramente manual, unas pequeñas haciendas que muy pocas veces tienen más de una hectárea de superficie.

Siempre ha faltado en este país el ganado mayor. La carencia de animales ha traído como primera consecuencia el no poder disponer de estiércol, viéndose obligado el campesino a sustituirlo con la utilización del légamo de los ríos y charcas, el lodo de los canales de riego, los limos de los campos de arroz y, sobre todo, de las deyecciones humanas. El chino es más bien un jardinero que un cultivador, y a una hectárea de un arrozal le viene dedicando más de 1.200 horas anuales de su tiempo, mientras que, en los Estados Unidos, una superficie semejante sólo requiere 26 horas.

Aunque en China el arroz es el rey, al menos en las zonas donde el regadío es posible, no constituye el único cultivo. En la parte sur, el algodón le hace la competencia, y cuando la cosecha es recogida a finales del verano, ocupan su espacio el trigo, la cebada, la soja, las adormideras, etcétera. El labrador chino, ayudado de su familia, produce también la seda, y, sobre las pendientes suaves de sus colinas, al sur del Yang-tse, cultiva el arbusto del té, en cuya producción ocupa el primer lugar del mundo. Solamente en el norte, en las mesetas de la tierra amarilla, más secas por ser irregulares y escasas las lluvias monzónicas, el cultivo arrocero es reemplazado por el del trigo y de los grandes mijos (sorgo, kao- fiang) que constituyen la alimentación de los más pobres. A   estas  producciones fundamentales se pueden añadir las batatas, el maíz, los cacahuetes, el sésamo, y, cada vez más, la soja, que en la Gran Llanura aventaja en superficie al arroz. Este tipo de policultivo, aunque parece ofrecer una imagen de abundancia y de prosperidad, la realidad es bien distinta, ya que los rendimientos son bajos comparados con los demás países, y el suelo, tras el esfuerzo milenario a que ha sido sometido, se va agotando y su fertilidad sólo podrá serle en parte devuelta con la utilización de los fertilizantes modernos y con el empleo de alternativas, que la ciencia agronómica tiene por más favorables.

En los países vecinos del Asia monzónica, que han sufrido la influencia de la civilización china, los tipos de cultivo presentan, en el fondo, caracteres semejantes, con las modificaciones impuestas por las diferencias de clima y población y el grado más o menos avanzado de su evolución económica. Indochina es el país que más recuerda las costumbres de la China, si bien presenta algunas diferencias, como la utilización de las bestias de carga, principalmente el búfalo, habituado al calor y al agua, y un sistema de regadíos más inteligente, que ha duplicado las cosechas y suprimido las hambres. También la colonización ha desarrollado mucho los cultivos de especulación, como la hevea o árbol del caucho, que ya corresponde a las técnicas científicas modernas.

En la India, los procedimientos de cultivo no son tan semejantes a los del Celeste Imperio, aunque el hindú es tan competente en el regadío artificial como los amarillos, si bien las tierras dedicadas al cultivo intensivo, que dan más de una cosecha anual, son más reducidas. La gran diferencia con la China es la utilización del ganado: el búfalo en las zonas húmedas destinadas al arroz, y el cebú o buey giboso en las regiones secas. Este ganado da, a la vez, trabajo y la mayor parte de los abonos, contribuyendo también a la alimentación del hombre, al menos por los productos lácteos, ya que su religión prohibe el consumo de la carne; por esta razón ritual faltan en este país los cerdos y los volátiles. También aquí la colonización inglesa ha conseguido aumentar las cosechas de algodón y de trigo, mejorando las instalaciones para el riego, y ha introducido otros cultivos de especulación, como el té y el caucho.

En el Japón, la agricultura tradicional persiste en muchos lugares con igual técnica, e incluso igual búsqueda de una producción intensiva, como en China. La exigüidad del suelo agrícola -una séptima parte de su superficie territorial-, obliga al sobrio campesino japonés a cultivar hasta los caballones o diques de tierra que retienen en las parcelas las aguas del riego, y tiene que derrochar tesoros de ingenio para encontrar cerca de sí el abono indispensable, sin poder contar para ello con el ganado, ya que este país es, entre todos los civilizados, el que proporcionalmente posee menos ganadería. El regadío artificial es imprescindible en muchas zonas ante la amenaza de las sequías, y en todos los sitios se tiende a no dejar en reposo la tierra. En contraste con lo tradicional, el Japón ha conseguido modernamente implantar en parte de su suelo las más perfeccionadas técnicas agrícolas. Hace unos años (1939), llegó a ser el primer consumidor del mundo de abonos químicos, que puso a su disposición su creciente y desarrollada industria y sus antiguas colonias de Oceanía. El Estado, con las grandes empresas capitalistas, llevó a cabo en su imperio colonial grandes cultivos especializados, con vistas al aprovisionamiento interior, como el arroz, la soja y el trigo, e implantó numerosos cultivos de especulación, como la morera, asociada a la producción de seda natural, y el té, que vendían fácilmente en todo el Extremo Oriente a causa del bajo precio de la mano de obra.

En resumen, en todos estos países monzónicos superpoblados, encontramos una especie de disipación del trabajo, tierras sin descanso, prácticas agrícolas derivadas de una experiencia varias veces milenaria, y una selección de cultivos impuesta por una larga adaptación a las condiciones del medio. Sin embargo, hoy descubrimos algunos defectos; el más importante de todos es su ignorancia, en la mayoría de los casos, de las modernas técnicas científicas que se practican en los países más evolucionados, con las que aumentarían considerablemente la producción.

  Revolución agrícola Y agricultura científica.

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