La muerte se abatirá sobre el que ose
turbar el descanso del faraón. Cuando los arqueólogos occidentales llegaron en
1922 hasta la puerta de la cámara mortuoria del faraón egipcio Tutankamon, se
encontraron con esta sombría amenaza grabada en una tablilla de arcilla.
Sin embargo, hicieron caso
omiso de ella, y como uno más de los misterios de Egipto, la maldición
faraónica, cayó implacable sobre ellos.
La primera víctima fue el
egiptólogo británico lord Carnarvon. Tras enfermar misteriosamente, otros 25 miembros
del equipo original que desprecintó la tumba murieron también de forma enigmática.
¿Por qué? ¿Existía
algún oculto maleficio? Los micólogos han resuelto el enigma, uno de los más grandes misterios
de Egipto.
Tras un concienzudo estudio, han descubierto que las víctimas habían sido infectadas con
esporas del moho Aspergillus fumigatus, que se enquistan en los pulmones produciendo su
destrucción debido a la enfermedad infecciosa conocida como aspergilosis.
Al parecer, las esporas no
habían surgido por generación espontánea, sino que fueron colocadas allí expresamente
por los antiguos egipcios como arma biológica. Los científicos hallaron vasijas en las
que se había cultivado este moho situadas de tal modo que, al abrir la cámara intacta,
el remolino de aire que se levantase lanzara las esporas hacia los que entraban por ella.
Los microbiólogos que han
estudiado a fondo las momias han deducido, entre los muchos misterios de Egipto,
que los antiguos habitantes del Nilo dominaban esta ciencia y el cultivo de hongos en
particular. Eran incluso capaces de frenar la descomposición de los cadáveres
faraónicos y de evitar su infección con sus métodos de embalsamamiento, así como de
incluir en la alimentación de los constructores de las pirámides mucho ajo y cebolla, ya
que sus aceites esenciales constituyen una eficaz protección contra las infecciones de
hongos.
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