| El conde de Saint - Germain El deseo de la vida
eterna o de permanecer siempre joven ha atormentado a la Humanidad desde el momento en que
descubre que se es mortal, ¿por qué se tiene que morir uno?, ¿no hay una manera de
vivir más o para siempre?, a lo largo de la historia muchos hombres y mujeres lo han
intentado, ¿alguien lo logró?.
Aunque sepamos que es
imposible, imaginemos cómo sería un inmortal. Es decir, una persona que debido a un
accidente de la naturaleza o a ciertas prácticas, estuviera dotado de una vida capaz de
prolongarse durante siglos. Sin duda, sería alguien experto en numerosas y variadas
disciplinas. Disponiendo de un tiempo virtualmente infinito, podría invertir el
equivalente a una vida a aprender un determinado idioma, o en dominar todos los secretos
de algún arte. También tendría la clave para descifrar la naturaleza humana, por virtud
de siglos de experiencia y observación. Sería capaz de manipular a su antojo los
resortes de la personalidad ajena para emplearla en su beneficio.
Sigamos jugando a los
supuestos, y tratemos de buscar rastros de inmortalidad en algunos personajes históricos.
Un más que probable candidato sería Leonardo Da Vinci, un científico y un artista
extraordinario, tanto que parece difícil creer que acumulara todos sesos conocimientos en
el transcurso de una sola vida. Pero Leonardo nunca dejó prueba o confesión de una
teórica inmortalidad, así que podemos culpar de su genio a un talento extraordinario,
pero no a un elemento sobrenatural.
Pero sí hubo un hombre
que insinuó abiertamente el estar disfrutando de una longevidad imposible, y que además
parece encajar en ese perfil de sabio pulido por el rodar de los siglos. Hablamos del
conde de Saint-Germain.
En el siglo dieciocho, apareció en la corte del rey Luis XV, un
enigmático personaje que se hacía llamar conde de Saint Germain. Entre sus facultades se
contaba la capacidad de convertir el plomo en oro y de arreglar, por artes completamente
desconocidas, cualquier piedra preciosa que tuviera alguna imperfección. Nadie sabe de
dónde salía este taumaturgo ni de dónde sacaba su inagotable riqueza que le llevó a
codearse con lo mejor de la sociedad francesa, inglesa, rusa o belga. Su origen, era otro
misterio Algunos decían podía ser alemán; otros, español. Se barajó también la
posibilidad de que fuera italiano, ruso e incluso tibetano; pero lo cierto es que nadie
consiguió averiguarlo jamás. En la corte, el enigmático conde de Saint Germain decía
ser inmortal y que su sapiencia procedía de un lugar remoto. Cierto día, pronunció las
siguientes palabras, que Franz Graffër, consignó en sus memorias: Desapareceré de
Europa dijo- para ir a la región del Himalaya. Allí descansaré. Tengo que
descansar. Dentro de ochenta y cinco años se me volverá a ver. Con estas palabras,
en efecto, desapareció de la escena y algunos dicen haberlo visto de nuevo muchos años
después.
El conde aparece en
sociedad en la Viena de 1740. Tiene treinta años y es bien parecido, aunque llama la
atención varios detalles. Rehúsa la moda colorista de la época, optando por un
inquietante negro. Además, hace ostentación de una deslumbrante riqueza, pues además de
numerosas joyas, se afirmaba que pagaba con diamantes que le engordaban los bolsillos, en
vez de con monedas de uso corriente.
Saint-Germain se hace
amigo del mariscal francés Belle Isle, y la leyenda añade que lo libró de una incurable
enfermedad que contrajo en una campaña en Alemania. Como recompensa, el mariscal le
costea su viaje Francia y unos apartamentos que disponían de complejos laboratorios.
Se
cuentan diversas anécdotas suyas, una de ellas habla del encuentro en casa de Madame
Pompadour con la condesa Gerhy cierto día de 1750, la cual había estado 50 años antes
en Venecia cuando su marido era embajador de dicha República. La condesa se acercó a
Saint Germain y le preguntó:
-
Caballero, ¿tendríais la bondad de decirme si vuestro padre residía en Venecia en 1700?
- No señora -respondió el conde- pues hace mucho más tiempo que perdí a mi padre. Era
yo quien vivía en Venecia a finales del siglo pasado y a comienzos del presente. Tuve
entonces el honor de haceros la corte y vos tuvisteis la bondad de elogiar algunas
barcarolas compuestas por mí y que cantábamos juntos.
- Perdonad mi franqueza, pero eso no es posible. El conde Saint Germain de entonces tenía
45 años y vos no representáis más edad en estos momentos.
- Señora, -contestó esbozando una sonrisa- soy mucho más viejo de lo que suponéis.
- Según esa cuenta, deberías tener más de 100 años.
- Es posible que los rebase...
Aquella anécdota
aventaron las habladurías. Se comentaba que era un genio de la música y la pintura, un
experto joyero, y que tenía para curar lo incurable. Además, hablaba con fluidez el
francés, el alemán, el inglés, el holandés y el ruso, y el propio conde afirmaba
dominar también el chino, el hindú y el persa. Si alguna de esas virtudes fue cierta, no
se ha conservado ninguna prueba para demostrarlo. Ni partitura, ni lienzo, ni escrito. Si
parece confirmado que su oficio era la química, y se dedicaba a crear pigmentos y tintes,
además de estudiar el arte del ennoblecimiento de los metales, esto es, la alquimia.
También tuvo reputación
de espía. Hacia finales de 1945 se vio envuelto en la revuelta jacobita impulsada por el
príncipe Carlos Eduardo Estuardo, y fue arrestado con ciertos documentos comprometedores.
Alegó que esas pruebas le habían sido endilgadas para condenarla y, sorprendentemente,
se le dio crédito y fue liberado. Horace Walpole, novelista y conde de Orford, escribió:
"El otro día detuvieron a un hombre extraño que se hace llamar conde de
Saint-Germain. Ha estado aquí estos dos años, pero no dice a nadie quién es ni de
dónde viene. Admite sin embargo que éste no es su verdadero nombre. Canta y toca el
violín magníficamente, está loco y no es muy sensato."
De regreso a Francia,
Saint-Germain siguió trabajando para Luis XV, y en 1760 fue enviado a La Haya en
representación de la Corona, para negociar un préstamo para financiar la Guerra de los
Siete Años contra Inglaterra.
Estando en Holanda,
trabó amistad con Giacomo Casanova, que quedó fascinado por sus talentos. Describió una
comida que compartieron en estos términos: "En vez de comer, habló desde el
principio hasta el final de la comida y yo seguí su ejemplo, sólo en un sentido, ya que
no comí sino que le escuché con la mayor atención. Puede decirse sin temor a
equivocarse, que como conversador no tenía igual"
Sin embargo, Casanova no
tardó en darse cuenta de la verdadera naturaleza de su amigo: "Este hombre
extraordinario, destinado por naturaleza a ser el rey de los impostores y los curanderos,
era capaz de decir de forma simple y confiada que tenía trescientos años, que conocía
el secreto de la Medicina Universal, que dominaba la Naturaleza, que podía disolver
diamantes, afirmándose capaz de formar, a partir de 10 o 12 diamantes pequeños, uno de
la mayor transparencia..."
Y sin embargo, admitió:
"A pesar de sus
jactancias, sus descaradas mentiras y sus numerosas excentricidades, no puedo decir que lo
encontrara ofensivo. Pese a que yo sabía quién era, y pese a mis propios sentimientos,
pensé que era un hombre asombroso..."
Muchas de esas
"jactancias" no hubieran convencido ni al más borracho de una mala taberna. Por
ejemplo, afirmaba haber conocido en persona a Jesús (y llegó a presumir "Siempre
supe que tendría un mal final")
Pero no fueron este tipo
de mentiras los que la granjearon poderosos enemigos, sino sus sospechas de jugar un doble
juego a favor de Inglaterra. El duque de Choiseul, ministro de Asuntos Exteriores del rey
Luis, se contaba entre sus más furiosos detractores. "Es un hombre muy
dotado", escribió el duque, "con una mente muy despierta pero totalmente
carente de juicio, y se ha ganado su singular reputación por medio de las adulaciones
más viles de que es capaz un hombre y por medio de su notable elocuencia, especialmente
si uno se deja arrebatar por el entusiasmo con que se expresa. Una vanidad poco común es
el resorte que domina todos sus mecanismos».
Saint-Germain se esconde
un par de años en Holanda, bajo el nombre de conde de Surmont. Logra reunir el dinero
suficiente para construir algunos laboratorios para fabricar pinturas y colorantes, y
amasa un considerable botín que le permite salir del país, rumbo a Bélgica. Allí,
haciéndose llamar marqués de Monferrat, logra repetir la jugada y se le vuelve a perder
la pista.
Reaparece en Rusia en
1768, donde gracias a sus dotes y conocimientos diplomáticos, consigue el puesto de
consejero del conde Orlov, jefe de las Fuerzas Imperiales. Llegó a ser nombrado oficial
del ejército ruso, pero tras la derrota sufrida por las tropas de Catalina la Grande
contra los turcos, en 1770, decide levantar el vuelo una vez más.
Se le vuelve a ver en
Nuremberg, en 1774, haciéndose pasar por un tal príncipe Racoczy. Intentó obtener
fondos para construir un laboratorio del margrave de Branderburgo, Carlos Alejandro, pero
aquel logró descubrir la verdadera identidad de Saint-Germain y le negó el dinero.
El conde decide entonces
apostar fuerte. Se traslada a Leipzig para ver al príncipe Federico Augusto, que además
era Gran Maestre de las Logias Masónicas Prusianas, intentó convencerle que también
pertenecía a la masonería. Pero no funcionó. El supuesto masón ni siquiera conocía
los más elementales signos secretos de la Orden.
Su última residencia
conocida fue Eckenförde, en Alemania, donde llegó en 1779. Aunque no logró impresionar
demasiado al príncipe Carlos de Hesse-Cassel, aquel lo acogió en su casa. Allí murió
Saint-Germain el 27 de febrero de 1784, y el príncipe lo hizo enterrar bajo una
inscripción que rezaba:
Aquel que se hacía
llamar conde de Saint-Germain y Welldone, y del que no hay otras informaciones, ha sido
enterrado en esta iglesia
Sin embargo, ni de lejos
eso acabó con su leyenda. El príncipe de Hesse-Cassel hizo quemar todos los documentos
del conde, lo que hizo sospechar a sus simpatizantes que se intentaba simular su muerte.
La leyenda dice que apareció en París para advertir a María Antonieta de la inminente
Revolución, y que aquella, ya sin posibilidad de evitar la guillotina, se lamentaba en su
diario de no haber hecho caso al conde.
El mismísimo emperador
Napoleón III, estaba tan intrigado por la enigmática figura del conde, que nombró una
comisión de investigación. Sin embargo, todas sus conclusiones fueron destruidas en
incendio, lo que indujo a sospechar a los que defendían la inmortalidad de Saint Germain.
Desde entonces, se afirma
haberlo visto en muchos lugares, y no han faltado hombres que han asegurado ser el propio
Saint-Germain. Uno de los últimos, y más célebres, fue Richard Chanfray. En
1973, se dedicaba a "transformar" plomo en oro en diferentes teatros y locales
de París, y llegó a representar su espectáculo en platós de televisión, sin que los
prestidigitadores profesionales lograsen adivinar cuál era el truco. Era un galán, y
tenía talento para embaucar al prójimo. Logró hacerse un sitio entre la alta sociedad,
vendiendo pócimas y consejos, que sus clientes juzgaban como muy eficaces. En 1976, se
une sentimentalmente a la cantante Dalila. Un aparente cuento de hadas que la cantante
desmitificó en estos términos: "Me obligaba a dormir con una carabina del 22 a
los pies de la cama. Estaba paranoico perdido"
En junio de ese mismo
año, 1976, Richard descubre a un extraño en la cocina, y le dispara al estómago. El
supuesto intruso era, simplemente, el novio de la sirvienta. Richard pasó un año en la
cárcel, y tuvo que indemnizar a su víctima con medio millón de francos. Arruinado,
Richard intentó todo lo imaginable para conseguir dinero, desde grabar un disco a pintar
cuadros, pero no tuvo éxito. Eso fue el empujón definitivo para romper su idilio con la
cantante.
Aunque no tenía un
céntimo, seguía siendo una estrella, y era invitado a fiestas de todo tipo. Se hizo
amante de Paula de Loos, baronesa de Trintignan, un título igual de falso que el condado
del que presumía Richard, pero que tenía una más que saneada cuenta corriente. Pero tal
vez en un ataque de celos, Richard cometió el error de amenazar con una escopeta al socio
de su rica amante, y volvió a entrar en la cárcel.
El supuesto
"inmortal" y su amante se metieron en un coche el 14 de Julio de 1984,
desprendieron el tubo de la calefacción para respirar los gases, y se atiborraron de
barbitúricos. Irónicamente, se suicidó cuando la fortuna estuvo a punto de llamar a su
puerta. Un representante andaba buscándole dispuesto a pagar una fortuna por editar un
disco con sus canciones. |