| Existen
las hadas..?Todos los niños creen en las hadas,
quizá sea porque pueden verlas. Pero cuando se hacen amigos suyos y las fotografían, el
hecho se convierte en noticia. Eso fue lo que afirmaron haber conseguido dos niñas
inglesas, tan traviesas como románticas, hacia 1918. Un verdadero cuento de hadas.
Unos dias antes del final de la primera
guerra mundial, Francés Griffith, una niña inglesa de once años, escribía a su amiga
Johanna, que estaba en Sudáfrica, donde ella misma había vivido, mucho tiempo:
Querida Jo: Espero que estés bien. Ya
te escribí una carta pero debe haberse perdido. ¿Juegas con Elsie y Nora Biddles? Ahora
en la escuela aprendo francés, geometría, cocina y álgebra.
La semana pasada papá volvió a casa;
estaba en Francia desde hacía diez meses. Aquí todo el mundo piensa que la guerra
terminará pronto. Vamos a colgar banderas en la ventana de mi cuarto.
Te envío dos fotografías mías. La
primera la tomó el tío Arthur: estoy en bañador en el patio, detrás de la casa. La
otra, en la que se me ve con las hadas en el arroyo, la tomó Elsie.
Rosebud sigue gordísima. Le he hecho
vestidos nuevos. ¿Cómo están Teddy y Dolly?
Ésta no seria más que una carta banal de
una colegiala a una amiguita si no contuviera esa alusión, cuanto menos insólita y
asombrosa, a la fotografía de las hadas...
Como ellas mismas observarían más tarde
(¡ahora son abuelas!), las dos niñas en realidad no se sorprendían al ver o fotografiar
hadas: éstas formaban parte del mundo de su infancia y les parecía muy natural que
habitaran en ese rincón de la campiña inglesa, alrededor del arroyo que corre en el
fondo del gran jardín de Cottingley, cerca de Bradford (Yorkshire).
En el dorso de la fotografía Francés
garabateó algunas palabras:
Las hadas del arroyo se han hecho
amigas de Elsie y de mi. Es raro que nunca las haya visto en África. Allá debe de hacer
demasiado calor para ellas...
La historia de esta foto, que llegó a ser
popular, hizo correr ríos de tinta. Sin embargo, el fondo es más bien anodino: una tarde
de julio de 1918, Elsie y su prima Francés pidieron prestada la cámara fotográfica del
padre de Elsie, una Midg de placas. Querían tomar unas fotos para enviarlas a una de sus
primas. La jornada transcurrió sin incidentes, salvo la imprudencia de Francés que se
cayó en el arroyo y se mojó la ropa.
Por la noche el señor Arthur Wright,
padre de Elsie, se entretuvo revelando la placa. Se sorprendió mucho cuando vio aparecer
unas curiosas formas blancas en el clisé. Elsie afirmó que eran "hadas".
Él se rió y pensó en pájaros o en papeles llevados por el viento.
Durante el mes de agosto fue Francés -quien manejó la
cámara: tomó una fotografía de su prima a la orilla del arroyo en la que aparece un
duende. Como era previsible en una foto tomada por una niña de once años, la foto es
borrosa y está subexpuesta. El padre de las niñas reveló una vez más la placa y vio
con asombro que volvían a aparecer las formas blancuzcas. Persuadido de que las
niñas querían burlarse de él, les prohibió volver a usar la cámara.
Pero Arthur Wright y su esposa, Polly,
estaban intrigados: revisaban la habitación de Elsie. y Francés buscando rastros de
recortes de libros de cuentos. Recorrían también las orillas del arroyo, tras las
pruebas de la presunta maquinación, pero no encontraron nada.
Cuando se les preguntó acerca de los
detalles de su historia, Elsie y Francés la mantuvieron totalmente: vieron unas hadas
y las fotografiaron. ¿Existe algo más normal para unas niñas? Durante algún
tiempo, los miembros de la familia admiraron las fotografías y las enseñaron a sus
amigos. Todo el mundo se maravillaba, pero finalmente olvidaba el asunto de las hadas.
El verano siguiente, Polly Wright asistió
a una reunión de la Sociedad de Teosofía de Bradford. Le interesaba mucho el ocultismo,
así como los diferentes tipos de ectoplasmas. Aquella noche el tema de discusión era "la
vida de las hadas". Durante la velada, Polly Wright contó a algunas
personas que su hija y su sobrina habían fotografiado unas criaturas muy curiosas, y
pronto se propagó la noticia. En el Congreso de teósofos que se celebró poco después,
dos copias de las fotos de "hadas" circularon ya entre los miembros de
aquella sociedad esotérica, y llegaron a manos de Edward Gardner, el más conocido de los
representantes del movimiento teosófico, quien a su vez las entregó a la prensa. Gardner
era una persona un poco maniática y muy puntillosa. Las copias reveladas por Arthur
Wright no le parecieron satisfactorias. Encargó a Fred Barlow, fotógrafo experto, nuevos
negativos de los originales, "más claros y limpios".
Fue entonces cuando empezó, en realidad, el
asunto de las hadas de Cottingley. Cuesta creerlo: el mundo acababa de salir de una
guerra mundial y se discutía sobre fotos de hadas. ¡Era asombroso!
Parece que nadie se planteó, en un primer
momento, pregunta alguna acerca del tiempo de exposición de las fotos, el contorno de las
siluetas de las hadas, los peinados que lucían -tan conformes al gusto de la época-
o su indumentaria. No; la única preocupación del teósofo era obtener copias claras.
Al mismo tiempo, sir Arthur Conan Doyle,
el padre de Sherlock Holmes, preparaba un artículo sobre las hadas para el Strand
Magazine. Con los años, el escritor se había convertido en un apasionado del espiritismo
y de los fenómenos paranormales. Cuando oyó hablar de las fotografías intentó
obtenerlas a cualquier precio. Al principio desconfiaba, por lo que mostró las copias a
sir Oliver Lodge, uno de los pioneros de las investigaciones psíquicas en Gran Bretaña.
Este declaró que los clisés estaban amañados y pensaba que se trataba de "bailarinas
vestidas de hadas". Otro especialista en ocultismo hizo observar a Conan Doyle
que el peinado de las hadas era demasiado parisino para ser auténtico.
Lo que actualmente resulta intrigante es
el hecho de que todos estos comentarios se hicieron a partir de las copias, no de las
placas originales. Todo el mundo estudió las copias realizadas por el experto de
Edward Gardner, no las verdaderas placas impresionadas por las dos niñas. Quizá Conan
Doyle y Gardner no consideraban importante remitirse al original, y por esta razón no
mencionaron esta posibilidad. Pero también les pudo inducir a hacerlo su interés por la
propagación de la doctrina teosófica y espiritista.
Se observó que las figuras estaban
movidas; éste era un argumento para quienes creían en la autenticidad de las hadas, que
habrían estado "vivas" en el momento de la foto. Para Kodak. En cambio,
los clisés habían sido retoca dos por un falsificador muy hábil.
Por supuesto, triunfaron los
espiritistas y los teósofos: esas hadas y ese duende constituían la prueba de la
existencia de los "espíritus de la naturaleza". Edward Gardner
desempeñó un papel semejante al del doctor Watson de Conan Doyle: fue a investigar a
casa de los Wright y juzgó honesta y respetable a esta familia.
Para cerrar la boca a sus detractores, se
planteó la posibilidad de tomar nuevas fotografías. En agosto de 1920 prestó a Francés
y a Elsie una nueva cámara y una veintena de placas. Sólo así, aseguraba, se
conseguiría probar que las hadas existían.
Mientras tanto, Conan Doyle había
entregado su artículo al Strand Magazine, prometiendo ilustrarlo con las fotos de la
segunda serie. Tampoco para él había duda posible. Incluso realizó un viaje a Australia
para llevar allí la buena nueva espiritista y la del descubrimiento de las hadas.
Cuando apareció el artículo del Strand
Magazine, en noviembre, se produjo la avalancha. El número, se agotó en unas horas. El
hecho provocó innumerables reacciones; se acusó a Conan Doyle de querer "pervertir
el espíritu de los niños con semejantes disparates", e incluso alguien afirmó que
"inculcar esas ideas absurdas en los niños provocaría a la larga en ellos
trastornos nerviosos y desequilibrios mentales". La opinión se dividió entre la
admiración ante lo logrado de los trucos, el escepticismo cortés, la burla sarcástica y
la ira. Sólo en los ambientes espiritistas y teosóficos se creía firmemente en la
existencia de las hadas.
En 1921 Francés y Elsie comenzaron de
nuevo a tomar fotografías de sus amigas, las hadas. Edward Gardner les había prestado
dos cámaras y algunas placas, con marcas secretas que impedían cualquier truco o
sustitución. Les habían explicado su funcionamiento, impartiéndoles un verdadero
cursillo de técnica fotográfica sobre tiempo de exposición y profundidad de campo. Y
allí quedaron las dos niñas, acechando a las hadas. Edward Gardner regresó a Londres.
Durante unos quince días llovió sin parar, por lo que resultó imposible ir a jugar
cerca del arroyo. Después, el tiempo mejoró y hacia el 19 de agosto la caza de hadas
volvió a empezar. ¿Qué iban a fotografiar las dos niñas? Las hadas, ¿tendrán
el mismo aspecto que en las bonitas ilustraciones de los libros infantiles? Aquella vez,
todo el mundo aguardaba con impaciencia. |