Los capaces de sentir amor
“el amor es incompatible con la libertad, un amante es siempre un esclavo”


1.- Toda mi vida he estado adorándola, su dulce voz, sus impulsos,
sentimientos, cómo me ha hecho sentir, cómo me ha hecho real y el camino que
deja atrás mientras avanza. Ya no puedo estar seguro de nada, lo negro es
blanco, lo frío se vuelve caliente, todo aquello
que siempre he adorado. Déjame quererte, permíteme que te rescate, que te
lleve hasta dónde dos caminos convergen, hasta dónde todo se vuelve Uno, una
vida, un amor, una necesidad. Uno.
La Tierra nos da todo lo que necesitamos para sobrevivir en ella, un cuerpo y una mente, por qué nos empeñamos en añadir falsas necesidades? No se puede vivir si aire, no se puede vivir agua, si que se puede vivir sin Ti.
Me marché por la puerta trasera y tiré la llave, porque por primera estaba sintiendo amor.
3.-
Aquella flor que me enseñó a llorar,
es ahora la que me prohíbe hacerlo, ella misma tiene miedo de que no sea capaz
de llorar y por eso me lo prohíbe. Una orden superflua ante un instinto, un
deseo ajeno irrealizable, una prueba de autoestima, porque tanto la flor como
yo, lo sabemos, sabemos que no voy a llorar, y no porque ella me lo pida,
simplemente porque ya no recuerdo como se hace, porque ya no tengo un motivo
para hacerlo. Sus pétalos se deslizan sobre su tallo hasta morir en sobre sus
raíces, mientras ella sigue en su empeño, mientras, yo no puedo llorar. El
tiempo incombustible poco a poco va acabando con ella. Ha cambiado de color,
ahora es negra, la alegría mostrada durante su juventud se torna ahora en
autocompasión y esperanza. Esperanza depositada en no ver caer ni una sola
lagrima de mis ojos, esperanza que deja de ser esperanza y es realidad cuando
mis ojos llevan secos años y años. La muerte se presenta, y mientras se lleva
mi flor, esta sugiere que no deje caer una sola lágrima de mis ojos, porque
verlos llorar es verlos morir. Cuán grandioso se presenta el acto de morir ante
un deber, ante una orden, ante la voluntad de un muerto. En fin yo no soy el que
ha muerto. Regreso a mi jardín recojo una nueva flor, con la esperanza de que
algún día el destino me tope con una que sea capaz de mantener
la lágrimas en mis ojos, aún cuando ella me abandone.
4.-
Aquellos días en los que surges en mi mente, el fugaz acto de
tocarte se convierte en deseo, en sueño, en estrella fugaz, al igual que el
humo rodeando mi escritorio. Mientras el eco de una voz, de tu voz, resuena en mis oídos en forma
de canción. Cierro los ojos, dejo que me sientas, que me acaricies, estoy ahí
contigo, puedes respirar y sentirme a la vez, puedes soñar, volar, desear;
puedes dejar de anhelar el deseo de libertad, porque yo soy el único capaz de
provocar la existencia de la misma en tí, y ahora me tienes aquí contigo. Te
observo, tus labios esbozan una sonrisa picaresca, burlona, el rubor que tu
rostro muestra; escasos centímetros nos separan, mi mente despega en busca de
momentos felices, momentos compartidos; algo me distrae, es de nuevo tu sonrisa.
Dejas que yo sienta tu respiración, me acerco, tiemblo, sueño, llenas cada
momento con tu presencia, palabras ausentes, miradas cómplices, muestras de
sinceridad a modo de sonrisa, imaginamos, sueño. Tus labios se independizan de
tu cuerpo, la saliva ya no fluye entre ellos, tu corazón se desmarca, desentona
gloriosos cánticos de esperanza, tus ojos comienzan a dormirse, sueño, pienso,
dudo. Siento la eternidad,, la inmortalidad de una noche en la que te puedo ver,
sin embargo, no te toco, no te beso, no lo hago porque todo es un sueño, un
espejo que refleja un pensamiento abstracto no consolidado, un pensamiento
borroso, una ilusión tan real como lo que tu ves aquí. El tiempo mientras
anhela mi presencia junto a ti, un
privilegio sentirme dónde tu pensamiento me llevó, un sueño. Y sabes,
ahora despierto y lo cierto es que...
5.-
Esta
historia no refleja más que las ansias de un pájaro, que sentía incapaz de
volar. Sus alas no le respondían, intentaba elevarse, volar entre la nubes, sin
embargo cada vez que lo intentaba su cuerpo se estrellaba contra el suelo. Su
cuerpo lleno de heridas, su mente inmovilizada por un sueño frustrado, su
autoestima ridicularizada. Pasaban los días y su limitación, la de no volar,
era tomada por él como una virtud, un símbolo de distinción que lo hacía
especial, tan especial que hasta a él mismo desconcertaba. Las primaveras
llegaban unas tras otras, y con ellas se marchaban los períodos de migración,
períodos de reflexión, de soledad, de supravaloración, de autocompasión. El
tiempo pasaba y la conciencia dictaminaba sentencia respecto de su futuro. Hasta
que en una noche de primavera,
mientras él saltaba de rama en rama para entrar en su nido, divisó una sombra
entre los árboles, semejaba la sombra del destino, la sombra de un ser
superior, y de hecho lo era. Se aproximó y lo miró, la perfección antes
recreada en él mismo se reflejaba y se presentaba en forma ajena, en cuerpo
extraño, en alguien a quién rendir culto. Voló la sombra y con ella un sueño.
Miró al suelo y no lo vio, miro a su alrededor y las nubes no le dejaron
percibir formas, ni cuerpos, ni sombras; estaba volando. Fue una fecha para
recordar, una sombra para no olvidar, un sueño hecho realidad. Hoy el pájaro
trata de encontrar una nueva sombra, una con la que compartir todo lo que había
surgido aquella noche de gloria. Buscando entre los árboles, entre las nubes,
desde el cielo, porque ahora puede volar. Una búsqueda que se torna imposible
cuando la conciencia dictamina sentencia de nuevo y perjura vuelos interminables
hasta encontrar a la Sombra, hasta encontrar aquella noche de verano, una noche
que ya es historia, una sombra... Alguien había volado sobre el nido del Cuco.
6.- Una vida observando, admirando, mimando con susurros a cada una de las estrellas que pueblan el firmamento, hasta que una de ellas, cayó junto a mi a plena luz del día. Brotando de ella dos rayos de luz, que me penetraron a través de los ojos, para hacerme sentir, para hacerme feliz. Un cuerpo incandescente que muestra la luz de la vida, el amor, el respeto; un respeto que converge con la obligación que dicta el calor emanado. Mientras, mi razón dictamina la separación, mi alma el amor, y mi arte la pasión. Y sueño, sueño con el futuro de aquella estrella, lo cierto, es que mientras lo hago; ella regresa al cielo.
7.- Tan
sólo tu y yo, nadie a quien echarle la culpa, nadie a quien señalar. Solos tu
y yo. Nadie te obligó a hacerlo, nadie puso aquellas palabras en tu boca; el
mismo día en el que el viento fluía hacia el Sur, el mismo día en el que el
fascismo se estremecía desde su tumba, fue cuando extendiendo mis brazos,
proclamé aquellas palabras que decían: Amor.
La calle jamás se había visto tan desierta, mientras tu me seguías
preguntando por el Amor. Las luces de las farolas se fundían, los noticiaros se
abrían paso entre la comedia. Pidiendo señales, intentando comprender
racionalmente lo que Amor significaba, como si de Dios se tratase, y éste
tuviese que enviar a sus ángeles. Mientras mi conciencia decía:
No quiero mentir, sólo quiero sentir la vida, no quiero amar y quiero
sentir el amor. Creías en Dios, y los ángeles habitaban en tu conciencia, no
creías en Mí, y el miedo cegaba tu deseo, tu pasión; el terror,
subconsciente, ante el cual se presentaba un acto puro como el de amar; algo que
no precisa más justificación que compartirse. Mientras, tu pensabas que pasaría
si Dios realmente enviase sus
ángeles...
8.- Muéstrame tu sonrisa; pedía mientras, sueños y pasiones rondaban
mi mente. Una sonrisa, un gesto que me permitiese acercarme y hablarte. Un sinfín de historias que compartir contigo, risas interminables
acompañadas de caricias y muestras de afecto. Tu mientras me mostrabas un rostro inamovible, impasible como si todo aquello que yo había estado
deseando durante años me perteneciese a mí y a nadie más, como si
quisieras que el egoísmo brotase de mi interior para separarnos, porque tu decías no sentir amor y con un gesto soberbio y
frío pretendías que yo tampoco lo sintiese. Lo cierto es que ahora no queda más que una
estatua con tu nombre y una vida con el mío, ya que mientras sepa cómo amar sobreviviré, tan sólo quizás por eso sigo buscando una sonrisa de
piedra que me diga que tu también supiste amar.
9.- El viento, las estrellas, el cielo, etc. La pasión y el deseo de una noche, en la que ninguno de los Elementos, ninguna realidad, me basta para comparar tu belleza y tu ternura. Mientras, observo una foto, mientras, la esperanza, anhelos de gloria en la madrugada. Sonrío a leer tus palabras, imagino al comprender tus frases y pienso en tus oraciones, en ti; Unos ojos en los que el dolor y la pena, no tiene cabida, unos ojos alegres capaces de transmitir vida, ojos sinceros creados para ser admirados. Más abajo tu boca sensual, una boca custodiada por tus labios, dos guardianes rojos, comunistas, que no quieren otra cosa, mas que compartir su sabiduría y su dulzura. Al conjunto lo acompaña una larga melena morena, tratando de ocultar, como si debajo de ella todavía existiese algo más en lo que pensar, algo más que soñar. Y son precisamente los rizos que la acompañan, los que muestran la veracidad de dicha suposición. Formas circulares se encierran sobre sí mismas, tratando de ocultar su corazón. Lo cierto es que la evidencia emerge de ti y me dice que deje de escribir, porque como ya en un principio yo mismo indicaba, si ni el viento que mueve los molinos; ni las estrellas que nos dan la esperanza de la noche; ni siquiera un cielo en el que reencarnarse; son suficientes para expresar esa dulzura tampoco yo con mis palabras seré capaz de hacerlo. Ni palabras, ni astros ni sueños, tan sólo una cosa capaz de expresar...(especialmente para Ari)
10.- Todas las noches sentado frente a mi ordenador, escribía cartas de amor, que guardaba en sobres de amor. Cierta noche, algo me hizo comprender que quizás aquel sobre que yo utilizaba, el del amor, no era más que una forma de no adjudicar un remitente a mis cartas, un método para engañarme a mi mismo, todo ello con tal de no tener que pensar en a quien quería y a quien no. Cogí pues aquella madrugada el sobre y lo guardé de nuevo, esta vez en el interior de una caja de porcelana en cuyo exterior una pequeña inscripción decía: "Para mi amor". Cogí un nuevo sobre, uno de la amistad. El de la amistad precisamente porque marcaba un principio, porque aquel sobre tendría destinatario, simplemente porque siempre había deseado tener un amigo al que mandarle cartas. El tiempo pasa, incombustible, majestuoso, mostrando un andar prepotente ante el cual todos nos rendimos, yo mientras, sigo escribiendo cartas de amor que envío en sobres de amistad a aquellas personas que un día me pidieron que nunca dejase de escribir. La caja, sigue en mi escritorio, sellada; como si de una lápida se tratase, esperando a ser profanada, lo cierto es que no pienso abrirla hasta que alguien venga a mí mostrándome los sobres de amistad, las cartas de amor que yo le haya enviado.