Redpsicología. Biblioteca de psicología y ciencias afines

 

Módulo 301

Psicología psicoanalítica: artículos

 

Artículos

 

Acerca de las teorías de la lectura del discurso Horacio Foladori

Informe de lectura Carlos Basch y Ricardo Bruno

La concepción kleiniana del yo Daniela Romero Waldhorn

La identificación y su discriminación de la incorporación y la introyección Jorge Winocur y otros

La locura: entre la creatividad y el sufrimiento Jorge Helman

La psicología del inconciente Andrea D’Abate

Lo siniestro a la intemperie. Sobre un texto de Pichon Riviere Carlos Basch y Ricardo Bruno

Los arquetipos Antonio Las Heras

Marcas. Algo sobre los escritos psicoanalíticos Ricardo Bruno

Marcas de Marie Langer Carlos Basch y Ricardo Bruno

Psicoanálisis y ciencia Horacio Foladori

Que quiere una mujer? Deseo, valor, encuentros Luis Hornstein

Reacción terapéutica negativa Jorge Helman

Sigmund Freud. Del instinto… al placer Luz Marina Pereira González

Una bandada de gansos Jorge Helman

 

http://www.galeon.com/pcazau Actualizado Julio 2006.

 

Acerca de las teorías de la lectura del discurso

Horacio Foladori

 

Desde la antigüedad el hombre se ha preocupado por dilucidar el sentido de los textos. Esto supone que entre la letra y el sentido hay una distancia de la cual es conveniente preocuparse. Si todo está ya allí, en el texto, no parece racional interesarse por el tema. Se trata de una vieja discusión filosófica, incluso científica entre la apariencia y la esencia, problemática que ha abierto distintas vías de articulación.

El tema de la producción de sentido supone optar por una posición: aquella que sostiene que el sentido debe ser producido. Así como a partir de cierta materia prima el trabajo del hombre interviene modificándola para obtener el producto buscado, lo mismo se puede hacer con un texto, en este caso con un discurso. Tal vez lo más importante es cómo se puede caracterizar ese trabajo específico que se realiza sobre el discurso. Otros podrán afiliarse a un modelo "arqueológico": Todo está ya allí (en la naturaleza), solamente hay que des-cubrirlo, la ciencia, por tanto, sólo describe y clasifica.

Creo que además la ciencia debe poder dar cuenta, poder explicar, poder transformar aquellas realidades que aborda. En esencia, el trabajo transforma la naturaleza en cultura. El proyecto de este artículo se define, en primer lugar, en torno al discurso y a sus posibles definiciones. Posteriormente, se abocará a los diversos trabajos, a las maneras de producir sentido.

¿Cómo se lee un discurso? ¿Cuáles son las formas para producir sentido en un determinado discurso? ¿Cuáles son los métodos de análisis de un texto que nos permiten construir sentidos? ¿De qué manera es posible abordar la escritura, para poder develar o producir aquello a lo que se alude?

La noción de discurso se sitúa pues, en el centro de la problemática.

 

1. Qué entendemos por discurso

 

Definir aquello que se entiende por discurso reviste singular complejidad ya que se trata de un territorio propio a varias disciplinas que no responden necesariamente a los mismos estándares de conceptualización.

Es visible en la gama de producciones sobre el tema un abanico de usos que son reflejo de los desarrollos más disímiles sobre el punto. Partiendo de lo más simple, se puede afirmar que discurso se sitúa en la antigua oposición entre lengua y habla, definida clásicamente por De Saussure (1922). En ese sentido más sencillo, discurso sustituye al habla y se opone, por tanto a lengua.

Sería interesante interrogarse acerca de las razones que llevaron a reformular esta célebre oposición de la que dio cuenta el fundador de la lingüística moderna, incluyendo ahora el término discurso. El motivo no proviene específicamente del campo de la lingüística sino de la necesidad de considerar otro elemento no tomado en cuenta en la dicotomía lengua-habla. En la medida en que los investigadores del campo de las ciencias sociales comenzaron a preocuparse por el sujeto, surge entonces la necesidad de pensar el problema del habla en unidades más amplias, por ejemplo las oraciones, las que a su vez ponen sobre la mesa la cuestión de los enunciados. Jakobson y Benveniste realizan entonces una serie de estudios que giran alrededor de la enunciación implicando al sujeto de la enunciación. Dice Benveniste (1970:83) "El discurso -se dirá-, que es producido cada vez que se habla, esa manifestación de la enunciación, ¿no es sencillamente el "habla"? Hay que atender a la condición específica de la enunciación: es el acto mismo de producir un enunciado y no el texto del enunciado lo que es nuestro objeto". Paralelamente, Lacan realiza una puesta similar desde el psicoanálisis.

Por otro lado, la escuela de formalistas rusos en sus intentos de aplicación de los principios de la lingüística estructural a cuentos populares, novelas, historias, etc., también preparaba el ingreso al terreno de la lingüística de lo que luego se llamaría discurso.

La línea que nos interesa precisar es aquella que coloca al término discurso en un cierto lugar en articulación con el hablante. De qué manera el hablante se apropia del aparato formal de la lengua, lo que a su vez implica una cierta relación con su propio enunciado y con el mundo. Este punto de vista novedoso se constituye en el elemento decisivo para desencadenar la constitución de una teoría del discurso. Se trasciende entonces la vieja concepción de la lengua como un conjunto ordenado de signos, y al mismo tiempo se busca dilucidar los mecanismos por los cuales el sujeto hablante se inscribe en aquellos enunciados que él mismo emite.

Michel Foucault (1969) prefiere interrogarse por las practicas discursivas - tema que aborda de diversas maneras? pretendiendo dilucidar las condiciones de funcionamiento. Afirma que Marx y Freud a quienes llama "instauradores de discursividad (porque piensa que son a la vez los primeros y los más importantes)", (...) "establecieron una posibilidad indefinida de discurso". Para ello muestra que no solamente hicieron posible un cierto número de analogías sino que también marcaron ciertas diferencias. En ese sentido se produce una inversión ya que si son "instauradores de discursividad" es por que son capaces de interrogar a la ciencia, no de ajustarse a los parámetros de ella. (1969:69) "...la obra de estos instauradores no se sitúa con relación a la ciencia y en el espacio que ella traza; es la ciencia o la discursividad la que se relaciona con su obra como con coordenadas primeras".

El discurso aparece entonces - a través de sus condiciones de posibilidad - como el lugar en donde el poder es ejercido. Foucault (1970:12) muestra cómo la región de la sexualidad y de la política no se constituyen en espacios de pacificación sino por el contrario, los lugares en que se ejercen, de manera privilegiada, algunos de los más temibles poderes. "El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. (...) ...el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse".

La primera necesidad para introducir el tema del discurso tenía que ver con el lugar del sujeto. Otra necesidad para la conformación de una teoría del discurso se hace eco de las deficiencias notorias del análisis de contenido, investigación que no ha podido trascender el nivel de la recolección y clasificación de elementos, sin conseguir aportar cuestiones más de fondo. La lingüística entonces se encuentra limitada cuando es requerida para intervenir en aquellas unidades mayores - como es el caso de las oraciones o de conjuntos de estas - y en los que la interrogación sobre el sujeto hablante parece ser decisiva.

El enfoque estructural ha producido un deslizamiento en la concepción del texto, que Michel Foucault ha señalado en la feliz expresión de "monumento". Los documentos han dejado de serlo. "Ya no se atraviesa el lenguaje para atrapar su sentido, despojándolo de los accidentes históricos, que lo han vuelto opaco, sino que se busca despejar sus condiciones de posibilidad para explicar su funcionamiento, con la ayuda de teorías de la lengua, del inconsciente, de los discursos, de la ideología, etc., sistemáticamente articuladas" (Maingueneau, 1980:14). Esta incorporación de varios marcos teóricos no deja de inquietar a los lingüistas, para quienes permanece la pregunta por aquello que es de la incumbencia de la lingüística en un discurso y qué no lo es. Chomsky por su parte se distancia de la concepción de la lengua como un depósito de signos, enfatizando el aspecto de la creatividad en la construcción de las oraciones por parte de los sujetos hablantes.

Selecciono y sintetizo - en función del interés de este trabajo? el esquema de Maingueneau (1980:16), para quien discurso puede tener algunas de las siguientes acepciones.

 

1. Sinónimo de habla en la propuesta saussureana.

2. Como una unidad lingüística superior a la oración: un enunciado.

3. El discurso está integrado al análisis lingüístico ya que incluye el conjunto de reglas de encadenamiento que componen el enunciado.

4. Para Benveniste, discurso hay que entenderlo en su extensión más amplia: toda enunciación que supone un hablante y un oyente, y en el primero, la intención de influir de alguna manera en el otro.

 

Dado que el interés que nos convoca tiene que ver con interrogarse acerca de la teoría de la lectura, de la teoría de la producción de sentido y no en especial de profundizar en las complejidades de la definición de la noción de discurso, es pertinente mostrar que la noción de discurso va cambiando en función de la teoría de la lectura que es considerada. En efecto, en tanto se aborda un texto desde un conjunto de mecanismos particulares para producir sentido, la cantidad de elementos y las relaciones que estos guardan entre sí, van a ser considerados de diferentes modos según el particular enfoque que suponga la concepción de la producción de sentido en cada caso.

Así, "un discurso no es, pues, una realidad evidente, un objeto concreto ofrecido a la intuición, sino el resultado de una construcción. (...) No hay que oponer, por tanto., un hipotético lenguaje libre, que sería "natural", sin ninguna restricción, y enunciados sometidos a diferentes restricciones que serían discursos: habrá que considerar el discurso mas bien como el resultado de la articulación de una pluralidad más o menos grande de estructuraciones trasoracionales, en función de las condiciones de producción" (Mangueneau 1980:21) Por tanto, es lícito entonces, plantearse el tema desde el ángulo opuesto, es decir ¿cuál es la concepción de discurso que subyace a cada teoría de la lectura considerada? Este trabajo de elucidación quedará, en su momento a cargo del lector, si bien se mostrarán las características de su recorrido.

Se trata entonces de visualizar cuáles son estos métodos y estas formas para producir sentido.

 

2. Teorías de la lectura

 

2.1. La lectura literal

 

El primer tipo de lectura posible de un discurso, es la llamada lectura literal, lo cual supone que el sentido está en la literalidad del texto. Dicho de otra manera, leo un texto y su sentido está en la extensión de lo que dice. No hay nada mas allá que eso, es decir, el sentido se deduce transparentemente de lo que el texto refleja. El sentido se agota en los límites de la literalidad. Creo eso que leo, no hay nada más allá de eso que se dice. Se trata de una forma de leer bastante ingenua, "confiada", porque el lector se queda "pegado" al observable. Entiende que allí esta todo lo que hay que decir.

Este enfoque sostiene que cada texto tiene un sólo sentido - aquel que se muestra - y se agota allí mismo, en tanto la producción de sentido está determinada por la materialidad de la letra. El sentido se produce en torno a un diccionario? establecido tras cierto consenso social - que va mostrando el significado de cada término. Cada término tiene un significado independiente de los otros del conjunto, se trata de una sumatoria de significados. Conociendo el significado de cada término se produce, por tanto, el sentido final del mismo.


2.2 La lectura cabalística

 

El segundo método de lectura de discurso proviene de la tradición talmúdica, la cual rescata en los textos bíblicos una pregunta clave que cruza el problema del sentido. ¿Cómo se sabe si en un determinado discurso está presente la palabra divina? ¿Cómo puedo discernir el discurso de los mortales del discurso de Dios?. Para acatar los mandamientos divinos tengo que poder identificar en base a indicios, la presencia de Dios mismo. Esto supone poder diferenciar o mejor dicho identificar con precisión aquellos indicios - que han sido previamente puestos en mano de los hombres por Dios, para que el hombre operando con dicho código, pueda aportar el sentido adicional que Dios introduce en el texto.

No se trata de que todo el pueblo esté en condiciones de poder identificar los indicios de la palabra divina. Se trata de un trabajo preciso, complejo, meticuloso de decodificación que queda en manos de un especialista.

La pregunta tiene que ver con la posibilidad de identificar el discurso sagrado. Este es el problema que tenían los hebreos. La tradición talmúdica construye lo que se ha llamado la lectura cabalística. La lectura cabalística opera de la siguiente manera: hay indicios en el discurso, hay señales en el discurso que se relacionan con un código ajeno al discurso, que sostiene en dicho código sentidos adicionales. Se genera así a partir de esta tradición talmúdica el especialista en la lectura, todos leen, pero hay sólo algunos que porque han estudiado y se han preparado, pueden leer las señales de la presencia divina en el discurso. No todos pueden leer el mensaje de Dios, únicamente aquellos que manejan el código. Recurren al código para descifrar, producir el sentido divino regresando del código con una suerte de interpretación, porque interpretación casualmente en este sentido, es aportar un nuevo sentido.

Veamos un ejemplo: el número 7 no es en el Antiguo Testamento igual al número 6 o al número 8. Es decir, no es un número más; el número 7 es un número cabalístico, por tanto tiene un sentido especial, allí esta presente la palabra divina, lo sagrado. Entonces hay que saber, que si se está leyendo un discurso y aparece el 7 no es lo mismo que si aparece el 8 o cualquier otro, hay que ir al código para ver lo que éste dice, y el código entonces va ha decir que el 7 es un número especial, donde la palabra divina aparece expresada. Es el indicio que legitima otro sentido.

Cuando José escucha de boca del Faraón el famoso sueño de las 7 vacas gordas y de las 7 vacas flacas, entiende que este es un mensaje de Dios, porque aparece el 7 ahí y entonces piensa; "esto es un aviso". Lo que José hace no lo hace nadie más, porque la tradición dice que el Faraón le había preguntado a toda persona con la cual se había cruzado cuál era el sentido de su sueño y nadie supo decirle qué quería decir eso. Resulta que José en base a este código, adjudica un nuevo sentido, es decir, produce el sentido de este sueño, de este discurso, a partir de lo que él sabe sobre el código.

Por tanto estamos en condición de precisar que este tipo de lectura introduce una serie de complejidades en la teoría de la lectura misma.

En primer lugar, produce el lugar del especialista en interpretación, es decir aparece acá reflejada la relación poder-saber, el que sabe tiene poder, porque puede interpretar; es el que finalmente dice cuál es el sentido del texto. En segundo lugar, la producción de sentido se produce desde afuera del discurso mismo, es decir, hay algo adicional, hay algo que hay que agregarle al discurso inicial para que tenga su sentido y esto que se le agrega no es cualquier cosa, está previamente establecido. Dicho de otra manera, hay una relación biunívoca entre las señales que aparecen en el discurso y los elementos del código que dicen qué es lo que significa la señal; hay que tener un código donde pueda buscar la señal para averiguar cuál es el significado.

El lector puede encontrar libros así. Se puede adquirir un libro que dice, por ejemplo, "Descubra el sentido de sus sueños". Dichos libros están escritos con esta equivalencia: si se busca, por ejemplo, "conejo", puede decir: "embarazo". El lector entonces puede construir el sentido de su discurso a partir de este instrumento adicional. Hay otros sistemas populares que funcionan así, por ejemplo, los horóscopos, el tarot. Habría que ver si los códigos jurídicos no funcionan también así: a modo de ejemplo, hacen una diferencia entre robo y hurto, que no es una diferencia que el lenguaje popular establezca de manera tajante. Pues bien, las penalidades en cada caso son claramente diferentes. Porque la ley debe ser interpretada, no alcanza con el sentido literal que es de carácter general, hay que tomar en cuenta una serie de cuestiones adicionales, las que están codificadas. El juez que interpreta le ley tiene a su vez sus normas y sus límites para interpretarla, no puede decidir cualquier cosa la interpretación tiene un límite, casualmente para evitar la "arbitrariedad".

O sea que otro aspecto clave de la lectura cabalística es que es una lectura cerrada. Es más rica que la lectura literal, las posibilidades de interpretación son amplias - todo lo amplio que sea el código - y sin embargo, tiene su límite. Aporta sentidos adicionales pero el sistema funciona como sistema cerrado, en un momento se agota, porque se agotó el código de referencia.

Esto nos muestra que los sistemas de interpretación como el literal y el cabalístico existen en la actualidad y son utilizados a diario por contingentes más o menos numerosos de personas. Retornando a la pregunta planteada en el inicio se puede mostrar que el término discurso varia en su contenido, cuando se trabaja con la lectura literal o cuando se hace con la lectura cabalística. Si el tipo de lectura se ve ampliado en cuanto a su producción de sentido, ello es posible porque se supone una idea de discurso absolutamente diferente en un caso y otro. Para la lectura cabalística se incorpora a la noción de discurso el código que a pesar de no pertenecer al habla, sí lo hace a la lengua.

Se toman en consideración, por tanto, elementos adicionales al texto que son los que enriquecen el proceso en la vía de la producción de sentido. Por ello se afirmó en su momento que toda teoría de producción de sentido supone necesariamente un referente teórico (explícito o implícito) acerca del discurso mismo.

 

2.3. La lectura sintomal

 

Dice Hornstein (1973:99): Definimos la lectura sintomal, como una práctica productiva que intenta circunscribir la problemática en la cual está instalado un texto. La literal, en cambio, considera a cada elemento como autónomo y no lo relaciona con el conjunto del discurso. En la lectura sintomal el texto visible remonta a un sistema simbólico (la problemática) del cual es efecto y a partir del cual se vuelve inteligible".

La lectura sintomal parte de la idea de que el discurso no es uniforme, es decir, si el discurso no es uniforme es porque hay elementos en dicho discurso que tienen valores distintos para el proceso de producción de sentido. No estamos en presencia de un texto parejo, sino ante un texto donde hay elementos relevantes, significativos, hay otros elementos que son obviamente simples sin mayor trascendencia. Se trata de ver y de separar el grano de la paja, ya que en el discurso viene "todo mezclado". Hay que poder identificar los síntomas para establecer los sentidos adicionales y enriquecedores. Ahora bien, ¿cuál es el proceso de producción de síntomas?

Hay allí dos mecanismos que intervienen en su producción:

El primer mecanismo es el del desplazamiento, que significa que el sentido puede no estar donde lo veo. El sentido puede estar en otro lado, por lo que tengo que estar atento a que tal vez lo insignificante puede ser lo más importante, y el detalle secundario puede echar luz sobre el sentido de la totalidad.

Veamos un ejemplo de la vida cotidiana. Supongamos una persona que sufre la pérdida de un familiar cercano, pero resulta que no muestra su pena, funciona como si no hubiese ocurrido nada, como si la muerte hubiese sucedido en alguien que carece por completo de cercanía afectiva con él. Tiempo después esa persona va caminando por la calle y ve un gato muerto y entonces se pone a llorar desconsoladamente. No es el gato de él es un gato absolutamente desconocido, esta muerto hace tres días porque lo pisó un auto pero se pone a llorar por el gato muerto. Resulta que no sintió nada cuando falleció el familiar cercano, pero sí aparece la pena ante un hecho cotidiano e inesperado.

Esto es lo que se llama desplazamiento, la pena y la tristeza no aparece donde tiene que estar, aparece en otro lado, aparece en un objeto totalmente insignificante, no es porque la vida del gato sea insignificante pero no tiene la significación para la persona que el familiar cercano tiene. Uno tiene que hacerse la pregunta acerca de qué es lo que esta allí que no corresponde que este allí, qué es lo que tendría que estar en otro lado. Este es el mecanismo del desplazamiento, las cosas aparecen en otro lugar, por lo tanto, para producir sentido hay que restituirlas al lugar "original", es decir, no es que la persona sea insensible, sino que tiene dificultades para conectar su tristeza con la persona fallecida.

El mecanismo de desplazamiento posibilita el segundo mecanismo. Supónganse que varios sentidos se desplazan sobre un mismo elemento, entonces este elemento agruparía múltiples sentidos y este es el mecanismo de la condensación. La condensación nos dice que hay elementos del discurso que concentran diversos sentidos, porque están presentes todos allí. Este mecanismo de condensación muestra que hay elementos del discurso que tienen distinta "valencia" comparativamente con otros, que podrían aparecer lisa y llanamente sin agrupar en sí mismos diversos sentidos. Un elemento que reúne varios sentidos se constituye también en un síntoma del discurso ya que se convierte en un lugar privilegiado para producir sentido.

Resumiendo, se ha mostrado que al discurso no necesariamente hay que leerlo de manera pareja, considerando a todos los elementos por igual. La lectura sintomal engloba y supera a la lectura cabalística ya que la señal cabalística puede aparecer como un síntoma.

La lectura sintomal pretende identificar estos síntomas que son los que van a aportar los sentidos adicionales, van a enriquecer la lectura del texto. Esta producción de sentido pudiera en algún caso extremo producir un sentido que destruye el sentido literal del texto. Se trata de un caso extremo de desplazamiento. Tanto se desplazó que lo negativo constituye lo afirmativo.

El caso de la idiosincrasia política mexicana puede muy bien ilustrar esta situación. En una época de incremento de precios de manera periódica, siempre aparecía en los medios algún ministro de Estado para afirmar rotundamente que esta semana "No va a subir la gasolina". Al escuchar dicha negación, todos los automovilistas rápidamente se desplazaban a las bombas de bencina a llenar el tanque, generando atochamiento y largas colas en las calles. La sabiduría popular había establecido que una negación espontánea de tal magnitud suponía casualmente lo contrario, hecho que ocurría al día siguiente: subía el costo de la bencina. La población astutamente realizaba entonces una lectura sintomal, lo cual no solamente desmantelaba el desplazamiento sino que además reaccionaba operativamente ante la certeza del nuevo sentido producido y de las medidas económicas que se adoptarían.

Lo que la población en el ejemplo anterior realizó fue "analizar" el síntoma; vale decir, desarmar el desplazamiento y la condensación construida en el discurso. Porque analizar es justamente eso, descomponer una totalidad en sus partes, en sus unidades haciendo visible aquello que está (¿oculto?) allí presente a través del mecanismo de condensación o desplazamiento. Análisis químico es poner de manifiesto la composición de una sustancia, análisis matemático es despejar el valor de la incógnita, análisis del discurso es desmantelar el síntoma. El síntoma es un lugar "privilegiado" para ingresar al discurso y producir sentido. Hay elementos del discurso que no necesariamente aportan más allá de lo literal, pero nunca se sabe ya que como se señaló anteriormente un detalle insignificante puede ser un lugar de desplazamiento muy significativo. El síntoma acerca a una estrategia para producir sentido, abre un camino, indica por dónde iniciar el "abordaje".

Hay varias diferencias entre la lectura sintomal y la lectura cabalística que es conveniente precisar:

1.- El discurso es permanentemente abierto en cuanto a la producción de sentido; dicho de otra manera, siempre puedo encontrar un nuevo desplazamiento, o un nuevo lugar de condensaciones y obtener algún sentido adicional. Por lo tanto, el discurso nunca se agota, puedo seguir produciendo sentido hasta el infinito. En el sistema cabalístico no es posible porque el elemento cabalístico aparecía con toda precisión determinado por el código, entonces el discurso queda finalmente cerrado. Siempre voy a poder encontrar un síntoma o un nuevo síntoma que me aporte por condensación y por desplazamiento un sentido adicional que no había tomado en cuenta en ese momento. Por lo tanto, estamos ahora en presencia de un método de interpretación de discurso abierto.

2.- En segundo lugar la producción de sentido no tiene que ver con un código externo al discurso, sino que la producción de sentido se realiza a partir, de la propia lógica del discurso, es decir, no se puede ir afuera del discurso para ver cuáles son lo nuevos sentidos que puede aportar, sino que tengo que analizar al interior del discurso, en su propia lógica, en su propia coherencia, cuáles son los elementos que se han desplazado. El desplazamiento genera que tenga que trabajar con el mismo discurso para producir sentido. Producir discurso a partir del discurso mismo, producir sentido del discurso mismo no a partir de ocurrencias externas sino en coherencia con los límites del propio texto. Acá hay un problema ético a destacar: el sentido tiene que surgir del propio discurso, porque de lo contrario se termina imponiendo, colonizando, introduciendo sentidos que no son propios.

Se elimina automáticamente la figura del que sabe interpretar, porque aquel que está ajeno al discurso no sabe. Si el sentido hay que producirlo a partir del discurso mismo es solamente aquel que produjo el discurso quien está en condiciones de poder producir sentido. Más allá, solamente se producen hipótesis.

Se disuelve esta figura que aparece con la lectura cabalística de aquel que sabe sobre el sentido, porque es poseedor del código, el que sabe es el dueño del código. En este caso no hay código y además el sentido se produce a nivel interno no desde afuera, entonces el otro por definición no sabe, porque el único que sabe es el que construyó el discurso.

3.- Un tercer elemento a tomar en cuenta: en la lectura cabalística hay un problema de verdad, porque el problema es que la verdad es divina entonces si tengo el código, interpreto y aporto al discurso el sentido que es verdadero ya que es la palabra de Dios. Si tengo un texto que sé que tiene sentidos adicionales, necesito de este código a los efectos de aportar el sentido adicional, pero el sentido adicional queda limitado al código; podrá ser muy amplio el código, pero igual esta limitado. Por lo tanto, en la medida en que aporto el sentido del código se cerro la posibilidad de interpretación y se finaliza con la producción de sentido. El resultado es el discurso oficial interpretado, la interpretación oficial. El discurso es cerrado y por lo tanto es verdadero, es verdadero porque lo hace aquella persona especializada en el código, entonces eso es verdad porque esa es la palabra de Dios.

Ahora bien, en la lectura sintomal vimos que no hay verdad posible exterior porque no hay nadie de afuera que puede decir esto es verdad, porque todo lo que una persona de afuera del discurso puede producir son hipótesis. Las hipótesis no producen verdades, las hipótesis son para ser trabajadas confirmadas o desechadas. Entonces la "verdad" la va a producir solamente la persona que produce el discurso, o sea la persona que produjo el discurso que va a decir esta hipótesis es cierta, esto es verdad. Pero resulta que como el desplazamiento y la condensación pueden seguir produciendo "n" sentidos adicionales, la verdad que se produce es absolutamente transitoria, porque luego puedo descubrir otros lugares de condensación y otros mecanismos de desplazamiento que me hagan producir un nuevo sentido sobre lo que hice antes con el mismo discurso. Lo que ayer era verdad hoy ya no lo es, hoy hay otra verdad. Siempre voy a poder producir un nuevo sentido, permanentemente, ya que la producción es abierta. Freud dice que un sueño tiene un ombligo que lo ata al infinito, o sea, que a través de un sueño yo puedo seguir trabajando y produciendo sentido eternamente, mientras la persona viva.

Por tanto, en términos absolutos desaparece la exigencia de la verdad, la verdad es algo absolutamente contingente no es La Verdad, definitiva y eterna.

4 .- En el trabajo citado, Hornstein hace notar que a diferencia de la lectura literal en la cual los diversos elementos del texto son interpretados de manera aislada ?ya que cada uno posee un significado estricto- en la lectura sintomal hay un abordaje global del texto que supone estudiar las interrelaciones entre los diversos elementos que lo componen para poder precisar casualmente cuales son los elementos identificados como síntomas, al menos en una primera instancia. De igual modo, en la lectura cabalística también está presente la necesidad de identificar elementos pero el caso es que su lectura sólo será posible en virtud del código exterior. En la lectura sintomal es el propio sistema de relaciones que configurará la red sobre la que será posible ir produciendo sentido. Esta red está construida en torno a la problemática que centra el discurso y en tal sentido se constituye en un sistema simbólico que hace posible la interpretación.

Como se puede apreciar, la noción de discurso para el caso de la lectura sintomal es profundamente compleja ya que no solamente lo dicho constituye el discurso (como en la lectura literal), no solamente se amplía con la inclusión del código (como en el caso de la lectura cabalística) sino que aspectos del contexto, de la acción y del sujeto productor del discurso se interrelacionan para crear el discurso. El discurso involucra al enunciante ya que muestra cómo dicho discurso es la manera particular de relación entre el enunciante y el medio, de lo que el texto producido es copia fiel.

 

3. Algunas conclusiones y efectos

 

En los apartados anteriores se dio cuenta de lo que constituye un discurso así como la trascendencia que tales conceptualizaciones tienen en el espacio del pensamiento. Se trata de los alcances de estos desarrollos en el entendido de que buena parte de lo que se produce por los humanos son discursos. Discurso no es solamente lo que dicen los políticos, los grupos sociales, las instituciones, las personas, también la ciencia produce discurso.

Además, se desarrollaron las diversas teorías para la producción de sentido (literal, cabalística y sintomal) mostrando de qué manera se va ampliando la aproximación a los discursos, cómo es que una teoría engloba a la anterior y la redefine superándola, en lo que a la producción de sentido se refiere.

Se podría decir que por lo menos en dos rubros específicos las presentes reflexiones tienen repercusiones.

El primero de esos rubros es el campo de la psicología misma. Los primeros interpelados son las diversas corrientes psicológicas cuya reacción ha sido naturalmente tapar el sol con el dedo. En un artículo anterior (H. Foladori 2001) se reflexionaba acerca de las formas de comparar las diversas psicologías. Interesa ahora pensar el problema desde la noción de discurso de cada corriente y desde la teoría de la lectura que cada una abraza.

Si el psicoanálisis ha trascendido en la historia no es porque se haya presentado como una psicología más que aborda con eficacia los problemas de la psicopatología, de la salud mental de los humanos. No se trata de presentar otra psicología clínica, ni siquiera la mejor de las clínicas. Que quede claro que no se pretende desautorizar la clínica en sí, tan solo situarla en su justo lugar. Se ha confundido el problema de la profesionalización del psicoanálisis (el problema de la práctica psicoanalítica como clínica, como teoría de la cura) con el problema de la esencia de la propuesta freudiana en su sentido más creativo que se define en fundamentar y teorizar acerca de una propuesta de interrogación de todos los discursos existentes y sus mecanismos internos de producción de sentido. Se podría decir que el espacio de la clínica psicoanalítica es el lugar indicado para aprender a leer discursos, para aprender a producir sentido.

Es casualmente por ello por lo que el psicoanálisis ha trascendido como ninguna otra "psicología" lo ha podido hacer, ya que puede formular hipótesis y opiniones, aparte de las consideraciones sobre temas psicológicos, sobre los fenómenos culturales, sociales, políticos, deportivos, religiosos, económicos, etc.

Pero esto supone que incluso el psicoanálisis ha trascendido a las psicologías, ya que se ubica en un lugar meta. Está mas allá de la psicología, ha "legislados" para todos los discursos los que se ven interpelados. Cierta vez le preguntaron a Freud que opinaba de la filosofía (del discurso filosófico). Contestó que eso era irrelevante, lo interesante era ver que pensaba la filosofía del psicoanálisis. Dicho de otro modo, qué hace ahora la filosofía (y por ende, todas las disciplinas) con la propuesta del psicoanálisis. Se abren preguntas acerca de la constitución misma de la ciencia, sobre la filosofía, sobre el problema del sujeto, de la sociedad, del poder, sobre los mecanismos del aprendizaje, sobre la producción artística, sobre las pasiones de los hombres y sobre el funcionamiento de la familia, por citar solamente una gama muy reducida de problemáticas.

Por tanto, es posible interrogar a las diversas disciplinas, por ejemplo de las ciencias sociales, no acerca de qué tipo de discurso producen sino acerca de la teoría de la lectura con la que opera, cuando a su vez trabajan con los discursos de los humanos. Porque con alguna teoría operan, se encuentre ésta explicitada o no. No es posible desmarcarse y suponerse ajeno a estos sistemas de producción de sentido. No hay neutralidad posible ni extra territorialidad.

En la medida en que se ha creado una teoría de análisis de discurso, todos los discursos son pasibles de ser interpelados en dicho sentido. No está prohibido formular hipótesis, las que según el caso se podrán verificar o no.

Y todo esto ocurre en tanto se funda la lectura sintomal en un texto clave que se publica en 1900, bajo el título la Interpretación de los Sueños.

 

Horacio Foladori

hfoladori@psicologiagrupal.cl

Texto publicado originalmente en www.psicologiagrupal.cl

 

Bibliografía

 

* Benveniste,Emile (1970) El aparato formal de la enunciación, Problemas de lingüística general II, S. XXI, México D.F., 1979

* de Saussure, Ferdinand,(1922) Curso de lingüística general, Nuevomar, México,D.F. 1989

* Foladori, Horacio (2001) ¿Qué psicología elegir?. Algunos problemas epistemológicos, Polis Nº1, Universidad Bolivariana.

* Foucault, Michel (1969) ¿Qué es un autor? Revista DIALECTICA Nº, U.A.P, Puebla, 19

* Foucault, Michel (1970) El orden del discurso, Representaciones Editoriales S.A., México D.F., 1983

* Freud, Sigmund (1900) La interpretación de los sueños, Obras Completas T. IV y V Amorrotu, B.A., 1976

* Hornstein, Bernardo L., Teoría de las ideologías y psicoanálisis, Ed. Kargieman, B.A.,

* Maingueneau, Dominique (1980) Introducción a los métodos de análisis de discurso, Hachette, B.A.

Mayo 2002

 

 

 

Informe de lectura (1)

Carlos Basch y Ricardo Bruno

 

En 1943 sale en Buenos Aires el primer número de una re­vista psicoanalítica en lengua castellana. Es la Rev. de psicoanálisis de una APA recién fundada. Trae trabajos de Garma y de Cárcamo, y traducciones de Alexander y Melanie Klein.

El autor recalca que está escribiendo “sin gala de erudición” (p. 61). El pionero, en tanto tal, no es lacio. Es rudo, recio, un tanto tosco. Tiene una gran tarea entre manos. Y la desarrollará de modo tal que llegará a ser el jefe del psicoanálisis en la Argentina. Y como en 1943 le habla a gente bisoña, quizá lo más analítico sea crear la transferencia positiva hacia el Movimiento, dejando para después los disensos internos. Por eso discrepa con Freud sin explicitar que discrepa. (Más aún, Freud es apenas mencionado.)

Hace ya algunos años que un pequeño grupo (Rascovsky, Pichon y otros) bucean sistemáticamente en Freud. Pero la autorización ha llegado de Europa y se confirmará desde EE.UU. Garma expli­ca el psicoanálisis. Y se dirige a “psicólogos (2) y psiquiatras”. El texto se titula, a lo Freud, El método psicoanalítico de interpretación de los sueños. Introducción a la psicología onírica.

Garma considera que el análisis de los sueños es la llave maestra para entender el psicoanáli­sis, y quizá por ello, a lo Freud, hay muchos ejemplos de sue­ños. Uno de ellos acapara la atención del pionero: el de los servicios de amor.

 

Tres analistas para un mismo sueño

 

Una vez una mujer de 50 años tuvo un sueño y se lo contó a otra mujer, su analista. Dos veces Freud contó ese sueño. Garma volvió a contarlo para los argenti­nos. La historia es la siguiente. 1915, Viena. La Internat. Zeitscher. f. aertzl. Psychoanalyse –revista teórica del movimiento– tiene una sección donde se con­signan sueños con pocos comentarios. La analista vienesa von Hug-Hellmut comunica allí el de la señora de 50 años. Ese mismo año de 1915 Freud transcribe el sueño textual e íntegramente en una nota al pie de La interpretación... y consigna de dónde lo toma. Al año siguiente, en la 9ª conferencia, Freud vuelve a transcribir el sueño de los servicios de amor. En 1943, Garma lo reproduce en su primer escrito. argentino. No transcribe la traducción de López-Ballesteros sino que traduce él mismo.

 

Observemos las diferencias.

 

Luis López-Ballesteros

Ángel Garma

La señora entra al hospital militar N. y manifiesta al centinela que desea hablar al médico director (al que da un nombre desconocido) para ofrecerle sus servicios en el hospital.

Va a un hospital militar y dice al sargento de guardia que desea hablar con el comandante médico, pues quisiera realizar un servicio en este hospital.

Al decir esto acentúa la palabra “servicios” de tal manera, que el centinela comprende en seguida que se trata de “servicios de amor”. Viendo que es una señora de edad, la deja pasar después de alguna vacilación;

Al pronunciar la pa­labra “servicio” lo hace de modo que el sargento se dé cuenta de que se trata de un “servicio amoroso”. Antes de dejarla pasar, el sargen­to titubea un poco, pues ella ya es una mujer de edad y, por lo tanto, no apta para servicios amorosos. (3)

pero, en lugar de llegar al despacho del médico director, entra en una gran habitación som­bría, en la que se hallan varios oficiales y médicos militares, sentados o de pie, en derredor de una larga mesa.

Entra, pero en vez de ir al sitio donde está el comandante médico, llega a una habitación (4) con mu­chos oficiales y médicos militares. (5)

La señora comunica su oferta a un médico, que la comprende desde las primeras palabras. He aquí el texto de las mismas, tal y como la señora las pronunció en su sueño: “Yo y muchas otras mujeres, casadas y solteras, de Viena, estamos dispuestas con todo militar, sea ofi­cial o soldado... Tras de estas palabras, oye (siempre en sueños) un murmullo; pero la expresión, en parte confusa y en parte maliciosa, que se pinta en los ros­tros de los oficiales le prueba que los circunstantes comprenden muy bien lo que quiere decir.

Explica su deseo al capitán médi­co; éste la comprende en pocas palabras. Ella se expresa del si­guiente modo: “Yo y también muchas señoras y muchachas estamos dis­puestas a...” (Aquí la soñante no oye más que murmullos en el sueño) “con oficiales y soldados, sin distinción de grados y clases”. A pe­sar de los murmullos, los que están en la habitación comprenden per­fectamente lo que quiere decir y ella lo nota en la cara que ponen.

La señora continúa: “Sé que nuestra decisión puede parecer un tanto singular pero es completamente seria. Al soldado no se le pregunta tampoco, en tiempos de guerra, si quiere o no morir”. A esta declaración sigue un penoso silencio. El médico mayor rodea con su brazo la cintura de la señora y le dice: “Mi querida señora; suponed que llegásemos realmente a ese punto...” (Murmullos.) La señora se liberta del brazo, aunque pensando que lo mismo da aquel que otro cualquiera, y responde: “Dios mío, yo soy una vieja y puede que jamás me encuentre ya en ese caso

Continúa diciendo: “Sé que les extraña a ustedes nuestra resolución, pero ha sido seriamente pensada. Al soldado en el campo de batalla tampoco se le pregunta si quiere morir o no”. Después de esto sigue un silencio penoso. El capitán médico le pone el brazo alrededor de la cintura y dice: “Represéntese usted, señora, el que verdaderamente se llegue a realizar, que ustedes...” (Murmullos en el sueño.) Ella retira el brazo del oficial, mientras piensa que todos los hombres son iguales, y añade: “¡Dios mío!, yo ya soy solamente una mujer vieja y tal vez conmigo no suceda nada...”

Sin embargo, habrá que organizar las cosas con cierto cuidado y tener en cuenta la edad, evitando que una mujer vieja y un muchacho joven... (Murmullos.) Sería horrible”.

(El sueño continúa.) (6)

El médico mayor: “La comprendo a usted perfectamente”. Algunos oficiales, entre los cuales se halla uno que le había hecho la corte en su juventud, se echan a reir y la señora expresa su deseo de ser conducida ante el médico director, al que conoce, con el fin de poner en claro todo aquello; pero advierte sorprendida, que ignora el nombre de dicho médico. Sin embargo, aquel otro al que se ha dirigido anteriormente le muestra, con gran cortesía y respeto, una escalera de hierro, estrecha y en espiral, que conduce a los pi­sos superiores, y le indica que suba hasta el segundo. Mientras sube, oye decir a un oficial: “Es una decisión colosal. Sea joven o vieja la mujer que se trate, a mi no puede por menos de inspirarme respeto”.

Con la con­ciencia de cumplir un deber, asciende la señora por una escalera interminable.

 

 

Como podemos apreciar, se ha perdido en las manos de Garma lo que la soñante “umbilica” en lo interminable de una escalera.

 

Hacer inconsistir la sencillez

 

El estilo sencillo de Garma sin duda es eficaz para transmitir el psicoanálisis”. Sólo que no es seguro que ello se deba a su sencillez. Es que no dejamos de constatar espacios porosos, articulaciones más o menos inconsistentes: entre las mismas afirmaciones del autor, y entre éstas y las de Freud (así como las hay entre diferentes afirmaciones del mismo Freud o de cualquier otro autor que se precie). Es nuestro parecer, en todo caso, que si el texto de Garma transmite es a pesar de su sencillez y no gracias a ella.

 

“El psicoanálisis ha demostrado en el origen de todo sueño un deseo insatisfecho que desea realizarse” (p. 39). “Los deseos que originan los sueños son aquellos que en estado de vigilia se hallan reprimidos por el yo del sujeto debido a que, en cierto modo, resultan desa­gradables a su personalidad moral” (p. 40). “Pero el yo necesita dormir. Tiene pues que resolver el dilema [...] y lo realiza del siguiente modo: influyendo en la elabo­ración de los sueños para que el deseo que se satisface en ellos aparezca no como realmente es, sino enmascarado” (p. 41). [...] hemos de ocuparnos ahora de la representa­ción simbólica, por la cual un objeto o un acto no apare­cen en el sueño tal como son, sino representados mediante símbolos” [...].

 

“No como realmente es...” “No tales como son...” Si nos atenemos a lo escrito, para Garma el deseo tiene un estatuto óntico preciso. El deseo es. Y si es, tendrá un lugar, estará detrás (o debajo) de la representación sim­bólica. Será des-velable, des-ocultable, más que interpretable. Una tarea difícil, a lo sumo, pero posible. Es, está en algún lugar. Por eso en el sueño de la cin­cuentona, allí donde Freud deja murmurar a los murmullos, Garma llena la línea de puntos. Sencillamente, afirma: “El sueño es comprensible” (p. 42). El sueño parece no tener secretos, no tener ombligo. “El deseo que le da origen es un deseo genital” (p. 42).

 

Ahora bien, no es menos cierto que finalmente se admite que la soñante sueña.

 

“El psicoanáli­sis ha demostrado en el origen de todo sueño un deseo in­satisfecho que desea realizarse” (p. 39). El texto más allá de su autor abre aquí —post-Freud, pre-Lacan— una pregunta sin duda inquietante: ¿qué quiere decir “realización” del deseo?

 

 El deseo desea, y no es tautología. Hay en él algo inacabado que lo hace abismarse en su fundamento. Algo que aspira a ser realizándose en las palabras, a partir de representaciones entresacadas por el análisis del relato del sueño. Sólo en esta dimensión simbólica se realiza el deseo. Sin ella, no es. Pero para soportar que el deseo se realice en lo simbólico, (para soportar la transferencia) la teoría tiene que soportar también que algo reste a la comprensión.

 

Sabemos que con el paso de los años y de las reformulaciones, Garma llegaría a caracterizar al sueño, más que como cumplimiento de deseos, como repetición, enmascarada, de situaciones traumáticas: en todo caso, de satisfacciones masoquistas al servicio de un su­peryó engañoso. Dejaría establecida así su relación insoslayable con lo traumático, pero al alto costo de perder de vista la inherencia del trauma en el deseo mismo. Sin poder ubicar la problemática del deseo en su articulación con el fantasma y su núcleo masoquista, arrastrada por una lectura excesivamente plana del último dualismo pulsional freudiano (como antagonismo de principios opuestos y simétricos), la perspectiva del “seudocumplimiento de deseos que enmascara maníacamente un más profundo sometimiento a las situaciones traumáticas y a los castigos del superyó” terminaría por convertirse en la contraparte -a menudo, crudamente ideológica- de la también crudamente ideológica lectura kleiniana de la “voracidad de los instintos”.

 

Es que si ónticamente el deseo no es del todo representable en la interminable escala de su umbilicación, entonces para que el deseo sea (para que haya sido, según su fenomenización historizante en la cura) se requiere de su articulación por la escucha, que localiza su emergencia recortándola del decir analizante, como interpretación.

 

Resulta así que sólo mediante el trabajo de análisis sobre lo traumático puede advenir el deseo, allí “donde lo traumático era”. Si el deseo desea realizarse debemos convenir en que esta realización sólo resulta de la lectura del deseo allí donde antes de la cura había eso traumático, umbilicado en la neurosis.

 

Y a propósito de la transmisión... ¿acaso se transmite del todo intencionalmente? ¿Qué otra cosa, si no el deseo, puede transmitirse (en la clínica, en la docencia, en la vida diaria)? Los ideales, la voluntad o los propósitos pueden proclamarse, enseñarse, e incluso eventualmente, imponerse. Pero no pueden transmitirse, al menos en el sentido que intentamos aquí subrayar. Les falta para eso –si se nos permite el término– la “eficacia patógena” inducida por la repetición de lo que les falta. Por cierto que cuando eso faltante que los habita se transmite, no es como mero vacío de representaciones, sino como agujero que el recorrido de lectura por sus accidentes sintomáticos va cavando desde sus bordes significantes. Hasta es posible que no otra cosa diga, más allá de la intencionalidad de sus dichos, el decir de Garma. Recordemos: “el psicoanálisis demuestra un deseo insatisfecho que desea realizarse”. Insistamos: entre el deseo y su deseada realización transcurre el análisis con su lectura, orillando (ni más ni menos) murmullos del deseo, umbilicados en la interminable escalera de un saber no sabido.

 

Cerrando este texto, dejándolo en sombras

 

En 1925 (7) Freud escribe que inclu­so en niños de 4-5 años se encuentran ya sueños desfigu­rados, sueños que requieren interpretación, sueños que requieren... No podrá decírnoslo hasta el capítulo VII. Mientras tanto, en el IV, leemos que allí donde el deseo es incognoscible es que no puede expresarse sino desfigu­rado. Ahora bien, siendo la desfiguración (8) el modo por excelencia del trabajo del sueño, su resultado no es expresión elocuente salvo trabajosamente, de vuelta de los desvíos retóricos en que lo encamina la transferencia.

 

El ombligo del sueño –dice Freud– es un lugar que, in­cluso en los sueños mejor interpretados, debe dejarse en sombras porque de él arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se deja desenredar. Y claro, no es un fracaso del análisis sino un logro hacer marca de ese punto que la modalización lacaniana articula como real imposible para toda aprehensión simbólica.

 

Y aquí, la herencia de este texto, las distintas apropiaciones, los distintos herederos.

 

Notas

 

(1) Hace ya bastante, en 1985, los autores de este informe se propusieron ir leyendo los primeros textos psicoanalíticos que se publicaron en la Argentina y escribir sobre esa experiencia. De Marie Langer, de Pichon, de Garma eligieron arbitrariamente un texto, sólo uno. En el caso de Garma, uno de 1943, titulado “El método psicoanalítico de interpretación de los sueños. Introducción a la psicología onírica”.

(2) En rigor, psicólogos no hubo hasta 1960.

(3) En negritas, el agregado de Garma.

(4) Para Freud —como surge del cotejo— no se trata de cualquier habitación sino de una habitación sombría. (Importancia de los adjetivos, importancia de esa parte de la oración que no corresponde a ninguna sustancia, cuando el adjetivo no sólo no está de más sino que es, por decir así, todo lo que hay).

(5) “Sentados o de pie” en tanto alternativa binaria (al modo de presencia o ausencia, o pares o impares) hace serie tanto con “sea oficial o soldado”, transformado en “oficiales y soldados” en la versión de Garma, como con “joven o vieja” en el tramo final suprimido.

(6) Garma avisa que el original continúa. Así y todo, ¿por qué interrumpir la transcripción precisamente aquí? Obsérvense el dejo pesimista de “no suceda nada” y la sutil seducción de “si se organizan las cosas con cierto cuidado...”

(7) En algunos tramos de La interpretación... (por cierto que no en el conclusivo capítulo VII), también para Freud cumplimien­to de deseo es simple realización de un anhelo preconsciente, al modo de los sueños de comodidad. Y en verdad define los sueños infantiles como “simples cumplimientos de deseos”. Pero ya en 19118 aclara que no siempre lo son.

(8) Tal el género. Incluye como especies: condensación, desplazamiento, miramiento por la figurabilidad.

 

 

 

La concepción kleiniana del yo

Daniela Romero Waldhorn

 

Una de las principales modificaciones que introdujo M. Klein a la teoría psicoanalítica alude a la concepción del “yo”, la cual se evidencia en el énfasis que esta autora presta a las experiencias más tempranas del ser humano.

Por lo tanto, para comprender la concepción yoica dentro de la visión teórica de Melanie Klein, es necesario hacer referencia no sólo a la infancia, sino incluso a los primeros meses de vida, punto de discusión que sostienen los analistas respecto al llamado “yo”.

Según Melanie Klein, desde el nacimiento ya existe un yo potencial que opera en un comienzo de manera muy rudimentaria, siendo éste capaz de sentir ansiedad, utilizar mecanismos de defensa y establecer primitivas relaciones objetales en la fantasía y en la realidad externa. Empero, se advierte que este yo primitivo y desorganizado aún no se acerca a la función yoica en el sentido de una identidad personal, por lo tanto no se parece mucho al yo integrado de un niño o al de un adulto plenamente desarrollado.

De todas maneras, este yo incipiente es el que permite que el niño fantasee, y es gracias al reconocimiento de este yo potencial que Melanie Klein afirma la presencia de fantasías inconscientes desde el nacimiento. Klein modifica la connotación inicial que Freud le había adjudicado al concepto de fantasía, entendiéndola dentro de una visión estructural al referirse a las fantasías inconscientes.

De acuerdo a M. Klein, las fantasías inconscientes constituyen la expresión mental de los instintos. Ya que los instintos poseen un carácter innato, las fantasías estarían presentes desde el comienzo de la vida; por lo tanto, desde ese momento inicial, existiría un yo –aún primitivo- que es el que permite la fantasía del neonato.

Este yo precario está aún muy desorganizado, es lábil y su grado de integración varía de un momento a otro. A pesar de su rudimentaria forma de operar, este yo inmaduro se ve afectado por la ansiedad provocada por la polaridad innata de sus instintos de vida y de muerte, ambos enlazados en el tipo de experiencia del niño. Asimismo, el bebé está expuesto al impacto de la realidad externa, tanto a las experiencias gratificantes como a aquellas frustrantes; éstas últimas, también motivo de ansiedad para el yo.

Enfrentado a esta ansiedad, el yo semi-estructurado se escinde y proyecta fuera su parte que contiene el instinto de muerte que por naturaleza produce ansiedad en el lactante. El Tánatos es puesto en un objeto externo natural: el pecho. Éste, al contener gran parte del instinto de muerte, se vuelve amenazador para el yo, originando el sentimiento de persecución.

Simultáneamente el yo opera del mismo modo respecto a la libido, estableciendo así una relación con el objeto ideal. Por lo tanto, el objeto primario, el pecho, está en esta posición disociado en dos partes, el pecho ideal (en el cual se ha proyectado el instinto de vida) y el persecutorio (en el que se proyectó el instinto de muerte).

A este momento de la vida psicosexual, M. Klein le da el nombre de posición Esquizo-Paranoide. Posición, para hacer referencia a una fase del desarrollo que –a diferencia de la evolución rígida progresiva que Klein interpreta de la teoría freudiana sobre las etapas psicosexuales- nunca logra ser superada plenamente, a pesar del predominio de una posición sobre la anterior.

Paranoide, ya que la ansiedad predominante es paranoide: que el objeto(s) persecutorio(s) se introducirán en el yo y avasallarán y aniquilarán tanto al objeto ideal como al yo. Esquizoide, ya que el estado del yo y consecuentemente el de sus objetos, se caracteriza por la escisión. De esa manera, las relaciones objetales establecidas sólo involucran objetos parciales, es decir, ciertos aspectos del objeto los cuales no pueden ser integrados como una sola experiencia.

Gracias a estas primarias relaciones objetales, el yo es capaz de identificarse con algún elemento de lo introyectado, aludiendo al mecanismo de identificación introyectiva. En este proceso, se escinden y apartan partes del Yo y objetos internos y se los proyecta en el objeto externo, que queda entonces poseído y controlado por las partes proyectadas, e identificado con ellas. Si bien esta identificación es aún parcial y escindida, contribuye a la consolidación de la noción de sí mismo integradora.

Sin embrago, hay elementos que siendo introyectados, no se convierten en fuentes de identificación para el yo, cristalizándose en una instancia interna paralela al yo que Freud llamó superyó.

Es de esta manera que la estructura de la personalidad está determinada en gran parte por las fantasías más permanentes del yo sobre sí mismo y los objetos que contiene, que han sido introyectados. Esta estrecha relación entre estructura de la personalidad y fantasía inconsciente permite influir en la estructura del yo y del superyó mediante la terapia: al analizar las relaciones del yo con los objetos internos y externos (evidenciadas principalmente a través de la transferencia), y al modificar las fantasías sobre estos objetos, es que se puede influir esencialmente sobre la estructura más permanente del yo.

Considerando la prevalecía de las experiencias buenas por sobre las malas, y la afirmación de Klein de que el yo siempre tiende a integrarse, es posible el paso de la posición esquizo-paranoide a aquella depresiva.

A medida de que el yo se identifica con el objeto ideal, puede tolerar más fácilmente las experiencias desfavorables o sobreponerse a la ansiedad que tiende entonces a disminuir. Es así que el yo se comienza a integrar, integración que tendrá por consecuencia la percepción de objetos totales y no parciales. Reconociendo el límite entre el yo y lo externo, el yo se convierte en un yo total; así lograr establecer relaciones con objetos totales que se han integrado como fuente simultánea de lo bueno (“ideal”) y de lo malo (“persecutorio”).

Es entonces cuando el niño establece una relación con su madre como objeto total. Sin embargo, ella no está siempre presente, razón por la cual el yo puede llegar a representarla. Pero, estas mismas ausencias, en el contexto de una relación amorosa con la progenitora o quien cumpla el rol de tal, movilizan impulsos destructivos no de manera paranoide, sino culposa y es cuando el niño por primera vez experimenta el desamparo.

Esta nueva posición -la depresiva- posee entonces como ansiedad primordial la angustia del niño de que los propios impulsos destructivos lleguen a destruir o hayan destruido el mundo externo y el propio interno. Debido a lo último, es que las ausencias maternas se explican en virtud de un daño y/u odio del niño, sentimientos culposos hacia los cuales se orientan los instintos de destrucción.

De esa manera, surge en el niño el constante intento de reparar su culpa y restaurar el objeto dañado en su fantasía; existe entonces una nostalgia de recuperar una relación absoluta y de reencuentro con ese objeto, la madre hacia quien el niño vivencia la ambivalencia del amor-odio.

Es en el contexto de la posición depresiva, de relaciones de objeto total, en el que el yo comienza a experimentar la emoción de los celos, comúnmente confundidos con la envidia.

La envidia, a diferencia de los celos, es la más temprana, una de las emociones más primitivas y fundamentales que experiencia el yo. Es de carácter diádico (pre-edípica), ya que solamente requiere la participación del sujeto que envidia al objeto por alguna posesión o cualidad. Por lo tanto, puede y suele ocurrir en función de objetos parciales característicos de la posición esquizo-paranoide; de todas maneras, es posible que persista en relaciones de objeto total.

En contraste con las distinciones previas, los celos se basan en el amor, siendo relaciones de tipo triangular o edípico. El objetivo es poseer al objeto amado y excluir al rival; y se experiencia necesariamente en relaciones de objeto total. Por lo contrario, el objetivo de la envidia es ser uno mismo tan bueno como el objeto, sin considerar las consecuencias, por lo que puede ser mucho más dañina.

Es así que a través de la envidia el yo proyecta y externaliza el instinto de muerte en contra del objeto, con la intención de estropearlo y así suprimir la fuente de envidia.

En caso de que la envidia temprana sea muy intensa, necesariamente se verá afectado el desarrollo psicosexual del yo. En estas situaciones, al atacar el objeto ideal (origen de la envidia), no es posible la escisión en un objeto ideal y uno persecutorio, separación fundamental para la posición esquizo-paranoide.

Como no es posible preservar un objeto ideal por defectos de la escisión, se ve interferida la introyección del objeto ideal y consecuentemente, la identificación con él. Es entonces que surge la desesperación, luego, la incesante persecución por parte de objetos malos, y finalmente la culpa. La dificultad de introyección incrementa la envidia, entorpeciendo – a modo de un círculo vicioso- la identificación, el desenvolvimiento adecuado de la posición depresiva, el paso a la posición siguiente, y alterando la normal estructuración del yo.

 

Daniela Romero Waldhorn - Universidad Internacional SEK - Facultad de Psicología y Cs. De la Educación - Carrera de Psicología - Ayudantía de Psicología de la Personalidad - 1 de Julio, 2002

 

 

 

La identificación y su discriminación de la incorporación y la introyección

Jorge O. Winocur, Celia Buchner de Weber, Alicia I. Carrica y Stella M. Onetto de Carrica (APA)

 

Pretendemos abordar la identificación desde un punto de vista general y abarcativo. Vemos entonces que el concepto adquiere una significación y extensión muy amplias, porque no sólo deja de ser un proceso más entre muchos otros, sino que se constituye en lo que para nosotros es la operación psíquica por excelencia, en la base de todas las demás, y sus límites se confunden con los de la actividad psíquica total.

Desde diversas perspectivas es posible acercarse a los problemas que se plantean en torno a la identificación; por ejemplo, el de su discriminación o no con respecto a la incorporación y la introyección. A partir de Freud y Abraham, posiblemente más por la influencia de este último, se ha venido insistiendo en la raíz oral de la identificación siguiendo el modelo de la incorporación oral canibalística en la melancolía y en las ceremonias del banquete totémico y de la comunión.

Nos gustaría discutir la validez de dicha concepción, replantearnos la cuestión y ver si no podríamos más bien considerar a muchas de esas manifestaciones como rituales de carácter mágico tendientes no a lograr sino a encubrir los fracasos en la consecución de una genuina y anhelada identificación.

Si retomamos algunas ideas de Freud en relación con la identificación en el sentido de un proceso de pensamiento, la vía hacia la identificación sigue un camino que habría de calificarse más bien de psíquico, abstracto o simbólico y que muy escasamente tiene que ver con una supuesta incorporación de tipo material. En tal caso, esta última sería tan sólo la manifestación caricaturesca y grosera, pero fallida, de la anterior.

“Duelo y melancolía” (1917), en relación a la identificación, ocupa un lugar central en la obra de Freud. Es como un enclave donde convergen líneas de pensamiento anteriores, cuyos orígenes se pueden rastrear principalmente en el “Proyecto” (1950a), La interpretación de los sueños (1900) e “Introducción del narcisismo” (1914), para continuar luego, fundamentalmente en Psicología de las masas... (1921) y El yo y el ello (1923).

 

Dos concepciones acerca de la identificación

 

1. La identificación como un proceso de pensamiento

 

A. Rascovsky (1960) fue uno de los primeros en nuestro medio en señalar críticamente la casi universal aceptación, dentro de la literatura psicoanalítica existente, de lo que consideró como el establecimiento de una demasiado estrecha relación entre los procesos identificatorios y la organización oral. Fue así como postuló una fase anterior a la oral en la cual los mecanismos identificatorios estarían regidos por un patrón exclusivamente visual. Coincidimos con dicho autor en la consideración de que posiblemente el fenómeno visual sea la forma en que se exprese el psiquismo temprano, tanto filo como ontogenéticamente. Por otra parte, es de todos conocida la particular insistencia de Freud en relación con las características ópticas del aparato psíquico, de los sueños y del pensamiento primitivo.

La identificación corno un proceso de pensamiento constituye lo que muchos autores consideran un capítulo aparte: así Strachey (p. 168, n. 15), por ejemplo, la confina al trabajo del sueño, segregándola excesivamente, a nuestro criterio, del resto de los procesos identificatorios; corresponde, en parte, a lo que para Laplanche y Pontalis (1967) constituye la acepción transitiva (“identificar”); la diferencian además a esta última de la reflexiva (“identificarse”), que es el uso más habitual en psicoanálisis.

Para nosotros, estos dos aspectos de la identificación no sólo están en una línea de continuidad, sino que el primero -el transitivo- está en la base del segundo -el reflexivo-, es más general y constituye la explicación de la identificación como proceso y resultado.

Freud abordó la identificación desde distintos ángulos. Desde el que estamos considerando en este momento, la definió “como un modo de pensamiento” (Freud, 1950b), como un proceso intelectual y, a la vez, el resultado de éste; “como un razonamiento o proceso deductivo inconsciente” (Freud, 1900, 1921).

De acuerdo con esta línea, definimos la identificación como un tipo de pensamiento muy primario, el cual apoyándose en elementos comunes, analogías y puntos de coincidencia, es capaz de extraer conclusiones e inferencias y establecer una equiparación entre dos o más términos.

Asimismo en el “Proyecto” (1950a), Freud reitera el íntimo parentesco entre los procesos de pensamiento y los de la identificación: “Meta y término de todos los procesos de pensar es entonces producir un estado de identidad”. A partir de una percepción nueva, que no coincide, al menos en parte, con la experiencia de satisfacción, el proceso se pone en marcha. Dicho proceso no es otra cosa que la actividad del pensamiento, consistente en la búsqueda de vías que permitan descubrir, partiendo de las discordancias, elementos comunes, analogías y coincidencias entre experiencias anteriores y la actual. Esta actividad culmina una vez hallada la identidad entre ambas. Dicha identidad es entonces el resultado de un proceso de pensamiento.

La experiencia con el “semejante” es un buen ejemplo de que la identificación no sigue el camino de un acto introyectivo o incorporativo, a través del cual el objeto en su totalidad o partes de él se introducen dentro del aparato, sino que actúa por la búsqueda y el hallazgo de coincidencias, por ejemplo, entre los movimientos de aquél y los propios, entre las impresiones visuales del otro cuerpo y las del propio, a partir de las cuales se logra comprender la porción dispar del complejo. Es en la relación con el semejante donde el ser humano aprende por primera vez a (re) conocer. Todo lo cual es sumamente interesante tanto para una teoría del conocimiento como para una del aprendizaje, así como para una determinada concepción del psicoanálisis -”per via di porre” o “per via di levare”-; en otros términos, por introyección o por identificación. La percepción del otro estimula el surgimiento o evocación de aquellos elementos comunes que forman parte de nuestra propia experiencia mnémica (vivencias corporales y emocionales con los primeros objetos). Así, la identificación nos permite hallar algo de nosotros en el otro y esto nos permite comprenderlo. No sólo son las discrepancias las capaces de poner en marcha el proceso de pensamiento que culmina con el hallazgo de la identidad deseada; la experiencia con el semejante moviliza “interés teórico” (pone en marcha el proceso) justamente por lo que tiene de semejante o común con el sujeto o con los primeros objetos. En este caso la identificación previa es la que crea el interés e inaugura el camino de la relación con el objeto.

Caracterizamos así a la identificación