Redpsicología. Biblioteca de psicología y ciencias afines

 

Módulo 403

Artículos de epistemología y biología

 

Artículos de epistemología

 

Adiós a la razón Roberto Calabria

Ciencia y pseudociencia en Lakatos Ulises Toledo Nickels

El desafío de la complejidad Sin indicación de autor

El desarrollo: dispositivo para la conquista técnica de la vida, la naturaleza y la cultura Olver Quijano Valencia

El Quijote en el castillo de las epistemologías sistémico-constructivistas Felipe Villarroel Muñoz

El realismo y la historicidad del conocimiento Paul Feyerabend

Gregory Bateson y el conocimiento del conocimiento Roberto Frenquelli

Iniciación a la complejidad J V Rubio

Introducción al pensamiento complejo Edgar Morin

La contribución de Humberto Maturana a las ciencias de la complejidad y a la psicología Alfredo Ruiz

Los viajeros de la noosfera. Gregory Bateson: polígrafo Alejandro Piscitelli

Reflexión epistemológica sobre la investigación cualitativa en ciencias sociales Adrián Scribano

Una aproximación a la física cuántica y el conocimiento Santiago Morales Inostroza

 

Salvo el material de Olver Quijano, todos los artículos fueron aportados gentilmente por la Lista de Epistemología de Norma Ramljak http://www.elistas.net/lista/ramljak

 

Artículos de biología

 

La inmortalidad: ¿un salto al vacío? Luz Marina Pereira González

No es posible curarse sin aprender a vivir. Capítulo 1 Fernando Callejón y Guillermo Hernández Plata

Sobreconsumo de portadores energéticos: impacto ambiental en una zona Eugenio Vicedo Tomey

 

www.galeon.com/pcazau  Actualizado Diciembre 2005.

 

Adiós a la razón

Roberto Calabria

 

Los desplantes de Paul Karl Feyerabend contribuyen decisivamente a cambiarle el rostro a la polémica epistemológica contemporánea. En efecto, nos estábamos resignando a que ésta discurriese por la escrupulosa discusión acerca de la eficacia refutatoria de tal o cual sedicente "modus tollens", por la propuesta, rechazo y vindicación de "criterios demarcatorios" (cada vez menos afilados) salpicados aquí y allá de irónicas y corteses alusiones a los puntos de vista rivales, cuando nuestro autor irrumpe en la escena escolástica no sólo con opiniones heréticas sino con un nuevo estilo. "Adiós a la razón" (1), que contiene tres ensayos ("Ciencia: grupo de presión política o instrumento de investigación?", "Ciencia como arte" y el del título del volumen) constituye una buena muestra de ambos aspectos de la cuestión.

 

Verdadero "emergente" entre los filósofos de la ciencia, Feyerabend dice y hace aquello que sus colegas de "buen tono" mantienen cuidadosamente reprimido. Llama a Karl Popper "ambicioso maestro de escuela", atribuye a incompetencia las opiniones de uno de sus críticos, califica de "grandes y vanidosos escritores " a Spinoza y Kant. Además de la diatriba; sabe ejercer el escándalo. Vale la pena citar la llamada a pie de Página No. 55 (pag.91): "Agassi nos da también un fascinante ejemplo de política en el círculo popperiano. D ice que él no confiaba en mí y que no quería convertirse en amigo mío. Pero el maestro (Popper), olfateando un potencial converso (yo) y el correspondiente incremento de su entorno, pidió a Agassi que superara su aversión, y Agassi superó su aversión. Así de fácil es convertir a un puritano israelí en un escabel a los pies de la razón crítica". Cierto es que en otra llamada nos previene contra la confusión entre "una forma de escribir directa y sincera y la pretensión de ser original" (en esta misma nota denomina a Popper y Agassi "insectos filosóficos"), declara que ninguna de las ideas que él defiende es propiedad suya y que no es un "creador de ideas", sino un "defensor y propagandista de ideas valorables pero maltratadas, es decir... una especie de periodista". Pero más allá de esta sospechosa autocalificación, su tono cínico y peleador evoca el de Nietzsche y en ocasiones el de Céline lo que, en un epistemólogo es ciertamente novedoso.

Incurre en repeticiones matizadas de desorientadoras variantes, de propósito misterioso. Por ejemplo, en la página 68 (sec. 4 de "Adiós a la Razón") dice: "La teoría atómica se introdujo (en Occidente) para "salvar" macrofenómenos, como el del movimiento. Fue superada por la filosofía, más sofisticada en los aspectos dinámicos, de los aristotélicos; regresó con la revolución científica, tuvo que retroceder al desarrollarse las teorías de la continuidad, volvió de nuevo a fines del siglo XIX y experimentó un nuevo retroceso con la complementariedad" (1). En la pag. 109 ("Ciencia grupo de presión política o instrumento de investigación?") dice: "La filosofía del atomismo ofrece un buen ejemplo. Fue introducida (en Occidente)... con el propósito de "salvar" macrofenómenos tales como el del movimiento. Fue asumida luego por la filosofía de Aristóteles dinámicamente más sofisticada, volvió con la revolución científica, fue considerada como un monstruo antediluviano a fines del siglo XIX (en el continente europeo, no en Inglaterra) tuvo un regreso triunfal al cambio de siglo sólo para volver a quedar de nuevo restringida por la complementariedad" (2). Este agrado por las iteraciones y variaciones, se debe a un anhelo inconfeso por la inmóvil eternidad de Jenófanes? (dicen que un solo término repetido basta para confundir y desbaratar la serie del tiempo). O expresa, más bien, un intento retorcido de refutarla?. No podemos saberlo: la abominación explícita que P.K.F. hace de ella no basta para explicar sus deseos subconcientes. De ellos, el que confiere título al volumen, justifica humoradas como la siguiente, referida a la "Física" de Aristóteles:"Contiene teoremas como los siguientes: todo movimiento es precedido (temporalmente) por otro movimiento; existe una causa inmóvil del movimiento y un primer movimiento (en la serie causal) cuyo ritmo de cambio es constante..."

Pasando del "estilo" al "contenido" podemos considerar tesis como las siguientes: sobre el resonante tema de "la estructura de la ciencia" declara "...las ciencias no poseen una estructura común, no hay elementos que se den en toda investigación científica y que no aparezcan en otros dominios". sobre la no menos augusta cuestión del "método científico" asevera: "La investigación con éxito no obedece a estándares generales: ya se apoya en una regla, ya en otra, y no siempre se conocen explícitamente los movimientos que la hacen avanzar". Lo único que cabe es recomendar una estrategia casuista, histórica, que basada en estudios de ejemplos relevantes le de al científico "una idea general de la riqueza del proceso e n que él quiere influir; le animará a dejar atrás cosas infantiles, como la lógica y los sistemas epistemológicos..." Más adelante dice: "Un científico no es un sumiso trabajador que obedece piadosamente a leyes básicas vigiladas por sumos sacerdotes estelares (lógicos y/o filósofos de la ciencia), sino que es un oportunista que plegando los resultados del pasado y los más sacros principios del presente a uno u otro objetivo, suponiendo que llegue siquiera a prestarles atención. Me imagino la estupefacción de Feyerabend al leer en el "Tratado de Biología" de Villée a los cánones de St. Mill propuestos como los "métodos de la ciencia"... Pero; qué queda de la ciencia una vez que aceptamos proposiciones tan disolventes? Bien, en la pág. 60 se dice que "...no existe ninguna cosa que corresponda a la palabra "ciencia"...Ni hay nada así como un "método científico" o un "modo científico de trabajo". Obvio es considerar que después de tal aniquilación, fenecen también los predicados-valores atribuidos a esta entidad, la "objetividad", la "racionalidad", etc. con lo que el prestigio y autoridad conferidos a la ciencia no tienen otra justificación que la correspondiente a una tradición imperante que surge y se despliega históricamente y que no tiene sentido considerar superior a otras: las cosmovisiones (como los paradigmas) son inconmensurables.

Esta tradición es el racionalismo occidental que es el resultado, según Feyerabend, de dos procesos: a) la sustitución de los conceptos ricos y dependientes de la situación de la épica primitiva, por unas pocas ideas abstractas i situacionalmente independientes b: el descubrimiento de que estas ideas abstractas generan historias especiales llamadas "pruebas" o "argumentos", "cuya trama no es impuesta a los caracteres principales, sino que "se sigue de" la naturaleza de ellos. La riqueza de los episodios homéricos, los relatos contradictorios de diversas tradiciones, los mitos mezclados e impuestos son reemplazados por las "demostraciones", "rigurosas", "necesarias": Hay un sol o ser inmóvil, eterno, completo, etc, y una sola "verdad" , "objetiva" que se corresponde con él. Este enfoque dominante desde entonces, conduce, de acuerdo al autor, a un paradoja cuando se lo trata de extender a todo aspecto de la vida humana: "conceptos que son definidos de acuerdo con argumentos o historias-prueba explícitas, claramente formulados y drásticamente no-históricos, no puede expresar en absoluto el contenido de conceptos que están adaptados a las características (siempre cambiantes) de las v idas de los seres humanos, y por ello constituyen partes inseparables de su historia". Un ejemplo claro de los estragos de esa actitud constituye la oposición de los médicos "teóricos", que pretenden explicar la salud como el resultado del "equilibrio" de los "elementos" en el cuerpo y los médicos "clínicos" que aprenden empíricamente, en contacto directo con sanos y enfermos: los últimos curan, los primeros no. Esta situación persiste hasta hoy, de allí que multiplicidad de procedimientos médicos que han mostrado empíricamente su eficacia, sean condenados a la marginación, a la práctica para-médica (cuando no al "ejercicio ilegal de la medicina"), por la institución oficial, la medicina "científica". Esto muestra el carácter político de tal situación, carácter que habitualmente se encubre bajo su presentación "epistemológica". Dada una visión A que goza de crédito científico y una visión B que la contradice y que carece de él, la solución es sencilla: A subsiste, B debe desaparecer. Pero el problema es que e l criterio de atribución de cientificidad es tan elástico que investigadores enfrentados con este tipo de alternativas "se las apañaban para transferir de A a B tanto la evidencia como el apoyo de los principios básicos; esto es, transformaban B en una parte respetable de la ciencia, y mostraban que A carecía de mérito". La decisión entre A y B no puede procesarse, como creen los epistemólogos, de una manera científica. Pero ocurre que frecuentemente, tal decisión puede afectar a todo el cuerpo social. La gravedad de esta situación impone consideraciones de carácter teórico y práctico. Las primeras implican la comprensión de que el racionalismo, apoyo filosófico de la ciencia, es una tradición entre otras y que su autoridad es tan discutible como la de cualquier otra. Las de carácter práctico implican la comprensión de que "la ciencia, tal como es practicada por los grandes científicos, tiene un carácter tan abierto que no sólo permite sino que demanda, la participación democrática". Esto último es plenamente compartido, en lo primero plantearía una cuestión de énfasis: las deficiencias del racionalismo abstracto no tienen por qué llevarnos a una renuncia como la del título. La inevitable admisión de componentes irracionales en el proceso científico tampoco supone que decidirse a favor o en contra de las ciencias es "...exactamente como uno se decide a favor o en contra del "punk rock". La irracionalidad de la tradición racionalista no debería hacernos desesperar de la razón, sino hacernos comprender la necesidad de promover una comprensión de los elementos, por ahora, "irracionales" de nuestra civilización en una razón más amplia y menos presuntuosa como la que quería nuestro Vaz Ferreira cuando recomendaba con Diderot "no apagar nuestra lámpara bajo el pretexto de que no es un sol". Algo así hay quizá en la hermosa analogía desarrollada en el tercer ensayo de este volumen: "La ciencia como arte".

 

Roberto Calabria

 

(1) Feyerabend P, Adiós a la razón, Editorial Teknos, 1984.

 

 

 

Ciencia y pseudociencia en Lakatos

La falsación del falsacionismo y la problemática de la demarcación

Ulises Toledo Nickels

 

Los criterios científicos utópicos, o bien crean exposiciones falsas e hipócritas de la perfección científica o alimentan el punto de vista de que las teorías científicas no son sino meras creencias enraizadas en intereses inconfesables. Imre Lakatos

 

El Origen

 

Imre Lakatos critica el tipo de falsacionismo que él denomina ingenuo, sin embargo su propósito no es atacarlo sino recoger y profundizar la heurística positiva de aquel, generando una nueva versión del falsacionismo que denomina sofisticado, haciéndose cargo –en su reconstrucción– de las refutaciones historiográficas que Kuhn opuso al programa de investigación falsacionista.

Lakatos examina las debilidades del falsacionismo, contrastando la lógica interna con la posible confirmación empírica que la podría apoyar; dicho examen lo conduce a formular un metacriterio para evaluar al falsacionismo, de acuerdo a la lógica del criterio popperiano de demarcación. El metacriterio consiste, entonces, en la autoaplicación cuasi empírica del criterio falsacionista, en virtud del cual –el racionalismo crítico– distingue la ciencia de la pseudociencia, y éste será cuasi–empírico porque sus instancias refutadoras serán provistas por la historiografía. Armado del referido metacriterio exigirá al falsacionismo que defina sus instancias falseadoras; es decir: demanda al falsacionismo popperiano que enuncie las instancias empíricas falsadoras de su teoría.

En otras palabras: exige al falsacionismo que defina las consecuencias empíricas de su teoría, que su teoría sería incapaz de resistir, y, coherente con su lógica, se auto–obligaría a abandonar su criterio de demarcación, si aquellas se presentaran.

Lakatos reflexiona sobre cuales podrían ser esas instancias que Popper, contraviniendo su metodología, no precisó. Sin embargo, considera un servicio de valor epistemológico dirimir el carácter falsable de la teoría de la ciencia de Popper, puesto que tal condición es necesaria para sostenerse dentro de la racionalidad científica. Lakatos, intentando razonar como lo haría Popper y respetando sus premisas, infiere que: "...una teoría de la racionalidad, o criterio de demarcación, ha de ser rechazada si es inconsistente con un "juicio de valor" básico y aceptado por la elite científica. Realmente esta regla metodológica (metafalsacionismo) parece corresponder con la regla metodológica (falsacionismo) de Popper, según la cual una teoría científica ha de ser rechazada si es inconsistente con un enunciado básico ("empírico") unánimemente aceptado por la comunidad científica. Toda la metodología de Popper reposa sobre la afirmación de que existen enunciados (relativamente) singulares sobre cuyos valores de verdad los científicos pueden alcanzar un acuerdo unánime: "sin tal acuerdo se crearía una nueva Babel y el soberbio edificio de la ciencias pronto se convertiría en ruinas" (1).

Al extender el criterio falsacionista a este segundo nivel metafalsacionista (que ahora se requiere para poder someter a falsación al falsacionismo) se necesitan acuerdos de la comunidad científica que van más allá de la legitimación de los enunciados básicos que confrontaran a las teorías en calidad de potenciales falsadores; es menester un acuerdo más fundamental sobre la forma de discernir el progreso de la ciencia que opera sobre esa plataforma de enunciados básicos; propone que esta ha de ser la instancia (cuasi empírica) de la evaluación básica ejecutada por la comunidad científica. Luego, el metacriterio que postula Lakatos se enunciará así: "...sí un criterio de demarcación es inconsistente con las evaluaciones básicas de la elite científica, debe ser rechazado" (2).

En consecuencia, la operatoria de la metafalsación será historiográfica porque lo que ahora corresponde hacer es revisar como han funcionado de hecho las evaluaciones de la comunidad científica con relación a las teorías que reunían méritos para ser falsadas y, por tanto, debían ser repudiadas por la comunidad científica; esa será la instancia básica cuasi–empírica que usará Lakatos en la evaluación metafalsacionista.

Ahora bien, si la evidencia histórica muestra que la manifiesta insuficiencia de una teoría condujo a la comunidad científica a declararla falsada y consiguientemente resultó excluida del corpus del conocimiento científico, entonces –en base a esa instancia básica– debe estimarse que el postulado falsacionista de Popper ha sido corroborado. Pero, si resulta que las teorías que reunían méritos para rechazarse continúan vigentes, contando con el beneplácito de la comunidad científica y, algunas de ellas, con el transcurso del tiempo, han llegado –incluso– a ser valoradas como auténtico progreso; entonces, de acuerdo a la confrontación con la base cuasi–empírica, todo indicaría que debería decretarse la falsación del falsacionismo y, paralelamente, su marginación de la racionalidad científica.

El examen historiográfico –afirma Lakatos– ha permitido comprobar que, la comunidad científica, ha evaluado como importantes progresos del conocimiento y la investigación a programas que presentaban serias inconsistencias en sus fundamentos. Popper –dice Lakatos– ingenuamente creía que los grandes científicos están dispuestos a abandonar sus teorías si estas son refutadas, pero esa creencia se debe a una concepción de la ciencia fundada en un antihistoricismo militante que no corresponde al desarrollo de la ciencia real y le impide –a Popper– aceptar que la racionalidad observada por los científicos, en muchos de los aspectos más impresionantes del crecimiento de la ciencia, es muy diferente de aquella prescrita en los manuales: "Popper desea reconstruir como racional (según sus términos) la aceptación provisional de teorías, se ve obligado a ignorar el hecho histórico de que las teorías más importantes nacen refutadas y que algunas leyes son reelaboradas y no rechazadas a pesar de los conocidos contra–ejemplos. Tiende a cerrar los ojos ante todas las anomalías conocidas con anterioridad a aquella que posteriormente es entronizada como experimento crucial" (3).

A juicio de Lakatos, en toda investigación científica se encuentran anomalías que bajo el prisma falsacionista ingenuo serían consideradas instancias refutadoras, pero, la actitud del científico, normalmente, es pasarlas por alto concentrándose en las posibilidades que le ofrece la heurística positiva de su investigación, confiando que más adelante, a la luz de nuevos descubrimientos, las incongruencias se aclararán.

Esta manera de actuar, juzgada desde el falsacionismo popperiano estricto, es una estrategia indebida, pero, sin duda, es la actitud que la mayoría de los científicos adoptan frente a las dificultades y, además, esta aceptada por la comunidad científica. Así, ha ocurrido que programas de investigación que han llegado a ser exitosos progresaron a través de un océano de anomalías y sobrevivieron, en muchas ocasiones, recurriendo a hipótesis ad hoc y ex post, hasta que –finalmente– lograron encontrarse con la esquiva fertilidad heurística.

En consecuencia, aceptando la evidencia histórica, Lakatos se propone construir un modelo de evaluación de la ciencia que sea compatible con la ciencia real en tanto: "...los criterios científicos utópicos, o bien crean exposiciones falsas e hipócritas de la perfección científica o alimentan el punto de vista de que las teorías científicas no son sino meras creencias enraizadas en intereses inconfesables" (4). Obviamente, se desprende de esta constatación, la exigencia de elaborar un modelo de ciencia que junto con ser congruente con la practica real, al mismo tiempo, ofrezca una solución –racionalmente consistente– al problema de la demarcación, esto es: proporcione un criterio para dirimir cuando se está en presencia de una teoría científica y cuando es sólo pseudociencia. Luego, al interior de la ciencia es necesario contar, igualmente, con criterios que permitan establecer cuando una teoría es mejor que otra.

 

La Nueva Demarcación

 

Lakatos propuso como unidad de análisis epistemológico: el programa de investigación científica. Postula que "...la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación" (5). Entiende por tal programa una secuencia de teorías que se caracterizan por exhibir una continuidad reconocible que relaciona a sus miembros y permite identificarlos como versiones modificadas de un plan inicial común. Dice Lakatos: "...los miembros de tales series de teorías normalmente están relacionados por una notable continuidad que las agrupa en programas de investigación. Esta continuidad (reminiscente de la "ciencia normal" de Kuhn) juega un papel vital en la historia de la ciencia" (6).

Dicha continuidad se la otorga principalmente el núcleo del programa (el que es homologado por Lakatos con la idea de paradigma elaborada por Kuhn) y en torno al cual las versiones ulteriores van construyendo un cinturón de hipótesis auxiliares, de modo que el crecimiento del programa se asemeja a las ondas que se irradian a partir de un centro de emisión cuya expansión podemos imaginárnosla en espiral, recuperándose, así, la idea de un moderado crecimiento acumulativo de la ciencia. Tenemos, entonces, que un programa de investigación consta, primariamente, de dos elementos esenciales: el núcleo y el cinturón de protección, en este último se encuentran –prioritariamente– las hipótesis auxiliares, que traducen el poder heurístico del programa en predicciones de hechos nuevos; y, en función de aquellas, se puede verificar el progreso o el estancamiento del programa de investigación.

Lakatos, advierte que, asociadas a estos elementos, se encuentran las reglas metodológicas fundamentales de la investigación que son descritas como heurística negativa y heurística positiva, cuyo papel es el de orientar la organización conceptual, metodológica y empírica del programa científico, en tanto les corresponde delimitar los contenidos que se someten a prueba y –paralelamente– definen los postulados que se considerarán incuestionables y, ambas, suministran el marco conceptual y el lenguaje característico del Programa.

En efecto, la heurística negativa circunscribe el núcleo del programa declarándolo irrefutable por simple decisión metodológica: La heurística negativa del programa impide que apliquemos el Modus Tollens a este ‘núcleo firme’. Por el contrario, debemos utilizar nuestra inteligencia para incorporar e incluso inventar hipótesis auxiliares que formen un cinturón protector en torno a ese centro, y contra ellas debemos dirigir el ‘Modus Tollens’ (7).

A su vez la heurística: a) delimita el cinturón de protección; y b) proporciona orientaciones acerca de las problemáticas posibles de ser incluidas en futuras investigaciones y, por tanto, estimula el desarrollo de ulteriores versiones del programa. Lakatos describe la heurística positiva como: "...un conjunto, parcialmente estructurado, de sugerencias o pistas sobre como cambiar y desarrollar las ‘versiones refutables’ del programa de investigación, sobre como modificarlas y complicar el cinturón protector refutable" (8).

Tenemos así un componente estático y un componente dinámico; el primero se refiere al núcleo que contiene el esquema general del programa incluyendo un conjunto de supuestos teóricos que sugieren las problemáticas que se pueden trabajar e indica la forma de construir los cinturones protectores; sobre el núcleo esta prohibida la falsación. El segundo (en cuanto dinámico) es más flexible, esta conformado por el cinturón de hipótesis auxiliares que pueden ir cambiando o agregándose en el transcurso del desarrollo histórico del programa de investigación y, respecto del cual, se aplica el Modus Tollens. Aquí los postulados teóricos, derivados del núcleo, se transforman en conjeturas susceptibles de falsación o corroboración y pueden asumir la forma de teorías específicas, modelos o hipótesis observables (en tanto sus anticipaciones sean factibles de confirmarse en la historia). Este es el ámbito del programa donde efectivamente se realiza la investigación: "Por ello –dice Lakatos– es mejor separar el ‘centro firme’ de los principios metafísicos más flexibles, que expresan la heurística positiva" (9).

Lakatos asume la expresión metafísica en el sentido técnico precisado por Popper, según el cual una proposición es metafísica si carece de falseadores potenciales. En consecuencia el núcleo del programa que agrupa al conjunto de postulados irrefutables es de carácter metafísico por decisión metodológica y también constituye un vehículo metafísico la heurística negativa que prohíbe la falsación de aquél; de aquí se generan perspectivas y enfoques que instituyen marcos de referencia epistemológicos que suscitan tradiciones metodológicas y conjeturas factibles de someterse a prueba. Lakatos señala: "Retenemos una teoría sintácticamente metafísica como ‘centro firme’ de un programa de investigación mientras que la heurística positiva asociada produzca un cambio progresivo en el ‘cinturón protector’ de hipótesis auxiliares" (10).

Al incluir a la heurística positiva dentro de la metafísica del programa, Lakatos –claramente– la esta distinguiendo de las hipótesis auxiliares, que por definición son refutables; debemos asumir, entonces, que la heurística positiva es metafísica debido a su dependencia directa del núcleo y que, como tal, cumple ante todo, un papel de inspiración para la generación de hipótesis o conjeturas de carácter empírico. Sin embargo, las hipótesis auxiliares –en el caso de ser refutadas– deben ser eliminadas, pero, ello no implica la eliminación inmediata del programa (como debía ocurrir según el falsacionismo ingenuo). En el enfoque lakatosiano, la heurística positiva no es tan fácilmente desechable, porque se entiende que puede dar lugar a nuevas hipótesis auxiliares más fructíferas que las anteriores. Así, todo programa de investigación científica cuenta con una base metafísica que tiene la virtud de dotar a dicho programa de un peculiar poder heurístico, el cual es descrito por Lakatos como: "...un término técnico para caracterizar el poder que tiene un programa de investigación de anticipar en su crecimiento hechos que son teóricamente nuevos" (11).

El carácter progresivo o regresivo de un programa dependerá, en importante medida (aunque no únicamente) del poder heurístico que contenga. Pero se debe tener en cuenta que las nuevas hipótesis auxiliares: a) también se originan a raíz de la confrontación de las conjeturas con anomalías en relación a las cuales se generan ajustes conceptuales, y b) como expresión de un proceso de defensa contra las refutaciones que le son formuladas por teorías rivales, produciendo un movimiento progresivo al suscitar otras conjeturas. No se debe olvidar que: "...el cinturón protector de hipótesis auxiliares debe recibir los impactos de las contrastaciones y para defender al núcleo firme, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido" (12).

En efecto, las nuevas hipótesis auxiliares que surgen, producen versiones modificadas de la teoría original y estas pueden ser mejores o peores que aquella; además, en este proceso suelen emerger hipótesis ad hoc, que implican un severo estancamiento. Lakatos precisa: "Se dice que un programa de investigación progresa mientras sucede que su crecimiento teórico se anticipa a su crecimiento empírico; esto es, mientras continúe prediciendo hechos nuevos con algún éxito (‘cambio progresivo de problemática’); un programa esta estancado si su crecimiento teórico se retrasa con respecto al crecimiento empírico; esto es, si sólo ofrece explicaciones post–hoc de descubrimientos casuales o de hechos anticipados y descubiertos en el seno de un programa rival (‘cambio regresivo de problemática’)" (13).

En síntesis: un programa de investigación progresa si al examinar una sucesión histórica de variantes teóricas originadas a partir de un mismo núcleo original encontramos que las versiones más recientes dan cuenta de lo que las teorías antecedentes explicaban y, además, han anticipado hechos nuevos (constituyéndose esto en progreso teórico); luego, si algunos de aquellos hechos predichos por la teoría se encuentran corroborados empíricamente, se evidencia el progreso empírico; es decir, la evidencia empírica radica en que lo pre–anunciado por la teoría se cumple, en alguna instancia temporal posterior, en el sector de la realidad al que el programa alude: y, en ese caso: "...lo único que necesitamos es que, ocasionalmente se aprecie retrospectivamente que el incremento de contenido ha sido corroborado" (14).

Hay auténtico progreso en un programa si las teorías recientes ostentan excedente teórico y empírico con respecto a sus antecesoras: "...el carácter empírico (o carácter científico) y el progreso teórico están inseparablemente relacionados (...) Aprender acerca de una teoría es fundamentalmente aprender que hechos nuevos anticipó, realmente para la clase de empirismo popperiano que defiendo, la única evidencia relevante es la evidencia anticipada por una teoría" (15). Pero cuando el descubrimiento empírico sorprende a los científicos y estos intentan racionalizarlo a posteriori generan un desarrollo teórico ilegitimo y, de hecho, vacuo, en el contexto del programa, porque no lo hace crecer, en la medida que no aumenta su contenido fáctico.

Esto último hace regresivo o degenerativo a un programa: "...en los programas regresivos las teorías son fabricadas sólo para acomodar los hechos ya conocidos" (16). Y, en esa medida, el programa no aumenta su caudal empírico y tampoco teórico (en tanto la teoría así construida no anticipa hechos) convirtiéndolo en pseudocientífico: "Aceptamos los cambios de problemática como científicos, sólo si, por lo menos, son teóricamente progresivos; si no lo son, los rechazamos como pseudocientíficos" (17). Resumiendo: mientras que un programa en progresión anticipa hechos nuevos y produce teorías auxiliares nuevas, los programas regresivos utilizan las hipótesis auxiliares como meras estratagemas lingüísticas, en un desesperado intento de postergar su refutación, estas estratagemas son caracterizadas como ad hoc.

Lakatos define su concepto de hipótesis ad hoc, distinguiendo tres clases: las que no tienen un exceso de contenido empírico con relación a sus predecesoras (ad hoc 1); las que tienen tal exceso de contenido, pero ninguna parte del mismo está corroborado (ad hoc 2), y, finalmente, aquellas que –sin serlo en estos dos sentidos previos– ostentan, empero, un agudo carácter espúreo, evidenciado en la falta de correspondencia con la heurística positiva del programa (ad hoc 3) (18).

En efecto, las hipótesis ad hoc 3 son espúreas porque no corresponden a un legitimo desarrollo de la historia interna, en tanto, no derivan del núcleo del programa; son incorporadas desde otros programas en una suerte de eclecticismo irracional que contradice la lógica del progreso científico (lo que impide una evaluación racional), o bien son fruto de descubrimientos casuales que no responden a la guía de una heurística positiva, tal situación afecta particularmente a las ciencias sociales, según Lakatos: "Una parte del crecimiento cancerígeno de las ‘ciencias’ sociales contemporáneas consiste en una red de tales hipótesis ad hoc 3" (19) .

Sin embargo hay que tener presente que la degeneratividad de un programa puede ser sólo circunstancial o episódico y en consecuencia su carácter regresivo no es, necesariamente, permanente, por lo mismo "No es deshonesto aferrarse a un programa en regresión e intentar convertirlo en progresivo" (20) .

Se puede revertir la tendencia degenerativa al efectuar cambios en las hipótesis auxiliares que logren producir predicciones que enriquecen el contenido empírico corroborado: "...cuando un programa entra en una fase regresiva, una pequeña revolución o un cambio creativo de su heurística positiva puede impulsarlo de nuevo hacia delante" (21), produciéndose un viraje progresivo: "...en un programa de investigación podemos vernos frustrados por una larga serie de ‘refutaciones’ antes de que alguna hipótesis auxiliar ingeniosa, afortunada y de superior contenido empírico, convierte a una cadena de derrotas en lo que luego se considerará como una resonante historia de éxitos, bien mediante la revisión de algunos ‘hechos’ falsos o mediante la adición de nuevas hipótesis auxiliares" (22). Por tal motivo, aunque exista contraevidencia acumulada no es lícito descartar, definitivamente, a ningún corpus teórico ni tampoco es válido declararlo como absolutamente falso, lo recomendable es archivar el programa hasta nuevo aviso, antes de eliminarlo drásticamente.

Por otra parte, el progreso de un programa científico no implica la solución de todas las anomalías que lo aquejan. Siempre es conveniente recordar que estos se desarrollan en un océano de anomalías. Lakatos entiende por anomalía la contraevidencia empírica que afronta una hipótesis al ser sometida a prueba y, que, en consecuencia, constituye una falsación potencial; sin embargo el epistemólogo sostiene que: "Las meras ‘falsaciones’ (esto es, las anomalías) deben ser consignadas, pero no es necesario ocuparse de ellas" (23).

El falsacionismo lakatosiano propugna que mientras el poder heurístico del programa proporcione predicciones de nuevos hechos y algunas de aquellas sean susceptibles de corroboración, el científico debe concentrarse en ellas, dejando las anomalías para un examen posterior, esperando que el progreso del programa (teórico y/o empírico) pueda –más adelante– dar cuenta de tales anomalías.

Especificando un poco más finamente, Lakatos vincula las anomalías con los puzzles e indica la forma de encararlas "...una anomalía de un programa de investigación es un fenómeno que consideramos que debe ser explicado en términos del programa. En términos más generales, podemos hablar siguiendo a Kuhn de "puzzles"; un "puzzle" de un programa es un problema que consideramos como un desafío para ese programa particular. Un puzzle puede resolverse de tres formas: solucionándolo en el seno del programa original (la anomalía se convierte en un ejemplo); neutralizándolo, esto es, solucionándolo mediante un programa independiente y distinto (la anomalía desaparece), o finalmente, solucionándolo mediante un programa rival (la anomalía se convierte en un contraejemplo)" (24). Podemos acotar que la única forma plausible de solucionar un puzzle, coherente con la racionalidad del criterio evaluativo de los programas de investigación, es la primera posibilidad, en tanto la segunda implica una hipótesis ad hoc de tipo 3 y la última implica archivar el programa.

Además, es conveniente tener presente lo afirmado por Lakatos respecto de los programas jóvenes, en el sentido que pueden transcurrir décadas antes de que despeguen de suelo y se hagan empíricamente progresivos, en especial cuando deben competir con otros que gozan de mayor credibilidad y ostentan una larga tradición, haciéndosele exigible –a los programas jóvenes– una anticipación crucial para superar su postergación, lo cuál es muy difícil de lograr. Además: "Hasta ahora hemos supuesto que resulta muy fácil discernir si una nueva teoría predice un hecho nuevo o no. Pero frecuentemente la novedad de una proposición fáctica sólo puede apreciarse cuando ha transcurrido un largo espacio de tiempo" (25). Es decir, se requiere una perspectiva histórica para comprobar la corroboración o falsación de una anticipación importante y, por eso, es difícil calificar (con actitud corto–placista) a un programa que está todavía en su etapa inicial, como regresivo.

En la evaluación de los programas hay dos momentos, el primero consiste en la evaluación de la historia interna de un programa, que incluye: a) una reconstrucción racional de aquel y, b) exige –al mismo programa– una revisión y comparación de las teorías más recientes con respecto a sus predecesoras, para determinar si las últimas contienen exceso de contenido respecto de aquellas (esto es: si predicen hechos nuevos); si esto puede demostrarse, entonces, el programa es progresivo; pero hay un segundo momento evaluativo que supone la confrontación con sus competidoras históricas; de ese modo, la dialéctica de los programas de investigación no queda limitada a una serie alternante de conjeturas especulativas y refutaciones empíricas, sino que, además, se amplía a una estructura de relaciones múltiples: confrontando teorías rivales y el relativo crecimiento empírico de cada una de ellas.

De tal modo la falsación adquiere un carácter histórico y los programas de investigación científica son susceptibles de evaluación incluso después de haber sido archivados, por cuanto –retrospectivamente– se puede juzgar el poder heurístico que tuvo respondiendo a preguntas del siguiente tenor ¿Cuántos hechos produjeron? ¿Cuán grande era su capacidad para explicar sus propias refutaciones en el curso de su crecimiento? Y otras parecidas (26).

En consecuencia, a juicio de Lakatos: "La historia de la ciencia ha sido y debe ser una historia de programas de investigación que compiten (o si se prefiere de ‘paradigmas’) pero no ha sido ni debe convertirse en una sucesión de periodos de ciencia normal; cuanto antes comience la competencia tanto mejor para el progreso" (27). El progreso de la ciencia se fundamenta en el supuesto de que no hay inconmensurabilidad entre teorías y por consiguiente se confía en la posibilidad de dialogo entre programas de investigación, sustentado en ciertas reglas generales de lógica formal y de acuerdos de la comunidad científica. Los programas son concebidos como sistemas de enunciados que se verifican en problemáticas específicas susceptibles de corroboración de acuerdo a percepciones de la realidad que son comunes a toda la comunidad científica, pero que –sin duda– no son formas de un percibir autárquico: "Nunca se debe permitir que un programa de investigación se convierta en una Weltanschaaung, en un canon del rigor científico, que se erige en arbitro entre la explicación y la no–explicación, del mismo modo que el rigor matemático se erige como arbitro entre la prueba y la no–prueba" (28).

La cita precedente, obviamente, es una advertencia contra Kuhn y su metodología paradigmática, pero también se puede considerar ilustrativo de la perspectiva metodológica lakatosiana y entenderla como un argumento esgrimido contra el monismo metodológico de sesgo positivista. De hecho, en su propuesta, a excepción de los criterios de evaluación de programas, se plantea que carece de sentido insistir en una normativa estricta y uniforme del método científico, común para todos los programas de investigación tal como lo proponía la epistemología tradicional que consideraban lo normativo asociado a la obligatoriedad de un método científico que se estimaba la única vía válida para aportar soluciones; en la propuesta de Lakatos, en cambio: "El término ‘normativo’ ya no significa reglas para obtener soluciones, sino simplemente instrucciones para evaluar las soluciones existentes" (29).

En cada programa hay criterios y técnicas de investigación que son coherentes al núcleo metafísico, en tanto aquel inspira una peculiar heurística positiva de la que se desprende una específica lógica del descubrimiento científico, pero no hay un manual de procedimientos impuesto como necesario y exclusivo, incluso más, el autor reconoce que "...cada reconstrucción racional produce un patrón característico del crecimiento racional del conocimiento científico" (30).

 

La Reconstrucción Racional

 

Imre Lakatos entiende por reconstrucción racional un análisis de la historia del programa (prioritariamente interna) a partir del cual se pretende organizar y categorizar la secuencia de problemáticas y sus soluciones teóricas (su poder heurístico), en correlación a la corroboración empírica que estas soluciones han conseguido en el devenir de la investigación, que se ha ejecutado a través del tiempo siguiendo un cierto plan original que le da coherencia, de modo que se puede determinar el crecimiento o degeneración del programa comparando las distintas versiones en referencia, básicamente, a su probable exceso teórico y empírico. Por lo tanto, es al mismo tiempo un diagnóstico histórico y un acto de teorización. Para efectuar una reconstrucción racional es necesario considerar también la historia externa del programa, sin embargo la historia interna tiene primacía.

La historia interna reconstruye el desarrollo del programa en su devenir, siguiendo la serie de teorías e hipótesis auxiliares que se han desprendido del núcleo metafísico primigenio, atendiendo a sus correspondientes transformaciones de problemáticas y corroboraciones empíricas, que han ido configurando un determinado programa de investigación científica. En la historia interna se precisan las vicisitudes de los cambios progresivos y degenerativos que lo han afectado, consiguiendo así, una explicación racional del crecimiento del conocimiento. Esta reconstrucción racional debe ser complementada con una historia externa y contrastadas ambas con la historia real.

La historia externa –para Lakatos– es un suplemento de la reconstrucción racional del programa, cuya utilidad radica en ayudar a fijar y explicitar aquellos elementos no racionales (sociales, políticos, económicos, psicológicos) que no están incorporados en la historia interna, pero, aportan una localización del contexto en el cual el programa se ha desarrollado; sin embargo, se debe tener presente que el contexto no tiene incidencia directa sobre los resultados del conocimiento científico. En palabras de Lakatos: "La historia externa o bien suministra explicaciones no racionales del ritmo, localización, selectividad, etc., de los acontecimientos históricos interpretados en términos de la historia interna, o bien suministra (cuando la historia difiere de la reconstrucción racional) una explicación empírica de tal divergencia. Pero el aspecto racional del crecimiento científico queda enteramente explicado por la lógica de la investigación científica de cada uno" (31).

Podemos apreciar que la reconstrucción racional de un programa esta dado en dos ámbitos: su historia interna y su historia externa, en tanto que la historia real es la base empírica de confrontación. La historia externa es, sin embargo, funcional a la lógica del programa y ello la diferencia de la historia real; tendrá por objetivo justificar algunas descoordinaciones de la historia interna con respecto a la historia real, explicando el desfase en razón de circunstancias políticas, ideológicas, económicas etc.; un ejemplo de los temas que deberían ocupar a la historia externa lo constituyen las explicaciones que se han suministrado respecto de los problemas que tuvo Galileo con la Iglesia y las condiciones de aceptabilidad –en un especifico ambiente sociocultural– de los nuevos instrumentos técnico–artesanales de medida y observación, en cuanto argumentos válidos o inválidos, en la discusión científica de la naciente ciencia moderna (el telescopio, por ejemplo). No obstante, Lakatos deja abierto un tema polémico que él mismo no resuelve, relativo a la posibilidad de disponer de una imparcial historia real, ajena a cualquiera reconstrucción racional, que sirva de piedra de toque para todas las reconstrucciones posibles.

 

Corroboración y Verosimilitud

 

Un punto de importancia en la evaluación de los programas de investigación es el papel de la corroboración que, en el falsacionismo sofisticado de Lakatos, tiene una acepción diferente de la que originalmente tuvo en el falsacionismo de Popper. En principio una corroboración sólo indica que una hipótesis ha pasado la prueba de la falsación, pero no autoriza a suponer una adscripción de confirmación o verificación; en ese respecto la corroboración significa por ausencia, esto es: que una hipótesis ostenta ausencia de falsación.

Sin embargo Lakatos sostiene que, en su perspectiva: "...son los casos corroboradores (bastante escasos) del exceso de información los que resultan cruciales y reciben toda la atención. Ya no estamos interesados en los miles de casos triviales de verificación ni en los cientos de anomalías claramente disponibles: lo decisivo son los pocos y cruciales casos de verificación del exceso" (32). Mientras que, en la epistemología de Popper, las anomalías eran el punto de interés y sobre ellas se practicaban los experimentos cruciales (que buscaban falsar la teoría); lo que, ahora, se considera crucial –en el nuevo modelo falsacionista– es la capacidad para predecir hechos nuevos e inesperados. Entonces, aunque Lakatos sigue llamándose falsacionista, la falsación no es la característica más relevante de su programa y, tampoco, constituye el motor del progreso científico; a su juicio lo que –en la ciencia real– mantiene en marcha a los programas es una suerte de inducción débil, radicada en las anticipaciones; ahora bien, para sostener racionalmente dicha postura: "Es necesario postular algún principio inductivo extrametodológico para poner en relación (aunque sólo sea de forma tenue) el juego científico de aceptaciones y rechazos pragmáticos con la verosimilitud" (33).

Lakatos sustentará dicho principio extrametodológico en la secuela de confianza psicológica que se deriva de la corroboración, en la cual, dice percibir una brizna de inductivismo: "El valor del exceso de corroboración es que indica que los científicos pueden estar acercándose a la verdad, del mismo modo que el valor de los pájaros que revoloteaban sobre el barco de Colón era que indicaban que los descubridores podían estar aproximándose a tierra firme" (34). Esta interpretación inductivista de la corroboración, según Lakatos, habría sido asumida por Popper como una solución posible para fundamentar un indicio de verosimilitud de las teorías, constituyendo una restitución moderada del razonamiento inductivo. Reparemos, no obstante, que la restitución del inductivismo–débil lakatosiano introduce un ingrediente extrametodológico, o sea, extraño al ámbito de la historia interna de un programa y, por ende, su incorporación involucra aceptar un elemento irracional en el juego del conocimiento científico.

Lakatos, para reforzar su posición, cita un addenum, incluido en la tercera edición de la "Logik der Forschung" (1969), donde Popper comenta este problema, allí dice el maestro: "El problema lógico–metodológico de la inducción no es irrevocable, pero en mi libro ha sido solucionado de modo negativo: a) solución negativa. No podemos justificar nuestras teorías como verdaderas o probables. Esta solución es compatible con la siguiente: b) solución positiva. Podemos justificar la elección de ciertas teorías en razón de su corroboración, esto es, teniendo en cuenta el estado actual de la discusión racional sobre las teorías rivales desde el punto de vista de su verosimilitud" (35).

Esta declaración alegra a Lakatos pero no lo satisface, porque a su juicio Popper no extrae las consecuencias de fondo que están implicadas en su aceptación, en particular: que la solución positiva supone asumir la validez de un principio inductivo sintético vigente en la corroboración, pero –al contrario– sigue sosteniendo la idea de una corroboración puramente analítica, con lo cual su postura se vuelve inconsistente. De acuerdo a Lakatos si bien no se puede probar la verdad de las teorías, la corroboración interpretada inductivamente (en el sentido de exceso de corroboración), al menos puede aportar un indicio de verosimilitud.

El término verosimilitud es el sucedáneo del antiguo y complejo ideal, perseguido por la ciencia, expresado en la aspiración a una aproximación progresiva a la verdad. Popper usó la expresión verosimilitud en un sentido técnico, concibiéndola como una ecuación referida al contenido de verdad menos el contenido de falsedad de una teoría. Esta proposición involucra, sin embargo, cuestiones metafísicas que escapan al ámbito de competencia de la ciencia, como la suposición que la verdad reconoce grados o la ontologización de la misma (si el científico se puede acercar a la verdad, ello supone "creer" que la verdad–reificada se encuentra espacialmente situada).

Empero, a pesar de sus dificultades, Lakatos opina que el postulado de una ciencia verosímil, sustentada en la inducción débil que proporciona la corroboración, es una idea prometedora por cuanto rescata la posibilidad de fundamentar un crecimiento acumulativo moderado y, así justificar el progreso del conocimiento científico; sin pretender zanjar el punto, sugiere: "Verosimilitud tiene dos significados distintos que no deben ser confundidos. En primer lugar puede utilizarse significando plausibilidad intuitiva de la teoría; en este sentido, y según mi punto de vista, todas las teorías científicas creadas por la mente humana son igualmente inverosímiles y misteriosas. En segundo lugar puede utilizarse en el sentido de una medida cuasi–teórica de la diferencia entre las consecuencias verdaderas y falsas de una teoría que nunca puede ser conocida pero que ciertamente podemos conjeturar" (36). En síntesis, la verosimilitud y la corroboración como inducción–débil, forman parte del núcleo firme de la propuesta lakatosiana y quedan incluidas en la metafísica de la metodología de evaluación de los programas de investigación científica.

 

El Instrumento

 

Hemos resumido los planteamientos de la metodología lakatosiana en un instrumento de trabajo que sirva al propósito de conducir una reconstrucción racional de un programa de investigación científico en ciencias sociales y que, además, permita evaluar su desarrollo histórico en orden a determinar su progresión o regresión. En la fase de evaluación nos centraremos en el examen de la historia interna, identificando el núcleo firme así como las teorías e hipótesis auxiliares que se han desprendido de él y diagnosticando la existencia o inexistencia de excedente teórico y/o empírico.

El instrumento que ofrecemos ha sido aplicado, por el autor, en un intento de reconstrucción racional del programa sociofenomenológico, que expondremos en un próximo número de "Cinta de Moebio".

1) El instrumento se desglosa como sigue:

2) Identificar el Programa de investigación.

3) Describir el núcleo firme (explicitando su base metafísica).

4) Señalar y caracterizar las fases de su desarrollo histórico.

5) Análisis de cada fase: representantes y aportes al programa.

6) Organizar el cinturón protector de hipótesis auxiliares. Especificando: a) conjeturas susceptibles de contrastación que se han derivado del núcleo firme (anticipaciones); b) conjeturas contrastables efectivamente sometidas a prueba y, c) determinar el valor de corroboración empírica del punto 2.

7) Análisis de las refutaciones (a las hipótesis auxiliares) presentadas por los programas rivales y revisión de las soluciones dadas desde el programa, a partir de su lógica interna (núcleo firme y cinturón protector).

8) Evaluar la calidad de las nuevas hipótesis en términos del carácter espúreo o autentico de las mismas (serán espúreas si corresponden a hipótesis ad hoc; y auténticas si derivan del cinturón protector).

9) Evaluación general de la historia interna del programa en relación a la novedad teórica y empírica aportada.

10) Determinar el carácter progresivo o regresivo del programa.

 

Ulises Toledo Nickels - Magíster en Educación (Universidad de Concepción). Doctor (c) en Filosofía (Universidad de Chile). Profesor Universidad San Sebastián.

FUENTE: Cinta de Moebio No.5. Abril de 1999. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile. http://rehue.csociales.uchile.cl/publicaciones/moebio/05/frames04.htm

 

Notas Bibliográficas

 

(1) Lakatos, Imre. "La metodología de los Programas de investigación científica". Alianza. Madrid. 1993. Pág. 161.
(2) Idem. p. 162.
(3) Idem. p. 166.
(4) Idem. p. 175. (nota infra 125).
(5) Idem. p. 13.
(6) Idem. p. 65.
(7) Idem. p. 66.
(8) Idem. p. 69.
(9) Idem. p. 71.
(10). Idem. p. 58 (nota infra 137).
(11). Idem. p. 93 (nota infra 236).
(12). Idem. p .66.
(13). Idem. p. 146.
(14). Idem. p. 67.
(15). Idem. p. 54.
(16). Idem. p. 15.
(17). Idem. p . 49.
(18). Idem. p. 146.
(19). Idem. p. 146 (nota infra 36).
(20). Idem. p. 16.
(21). Idem. p. 71.
(22). Idem. p. 67.
(23). Idem. p. 145.
(24). Idem. p. 97 (nota infra 248).
(25). Idem. p. 93.
(26). cfr. p. 71.
(27). Idem. p. 92.
(28). Idem. p. 92.
(29). Idem. p. 135. (nota infra 2).
(30). Idem. p . 154.
(31). Idem. p . 154.
(32). Idem. p. 52.
(33). Idem. p. 148.
(34). Idem. p. 204.
(35). Idem. p. 214. (nota infra 121).
(36). Idem. p. 133. (nota infra 366).

 

 

 

El desafío de la complejidad

Sin indicación de autor

 

"Todo está en todo y recíprocamente" dice con un dejo humorístico Edgar Morin (1) para no dejar dudas acerca de la condición sistémica del universo y todo lo que lo compone. Esta afirmación enfrenta a esa especie de lógica del desguace que primó durante siglos y que instituye las operaciones de división, separación y simplificación como método de conocimiento. Esta lógica disyuntiva y reductora que es la que todavía impregna toda nuestra educación, establece que, para conocer, es preciso separar al objeto de su entorno, aislarlo en condiciones especiales y buscar la explicación del todo a través de sus partes. "En la escuela hemos aprendido a pensar separando" dice Morin: Geografía por un lado, Historia por otro, Química, Física, Arte, costumbres; y podríamos agregar nosotros: en ningún lugar se vuelve a juntar eso que se ha separado tan cuidadosamente. La conclusión es un pensamiento con grandes dificultades para abordar sistemas, para considerar holísticamente las situaciones, para respetar la complejidad.

La ciencia de la modernidad se fundó y desarrolló a partir de estos paradigmas, y avanzó espectacularmente desintegrando el universo, buscando moléculas, genes, conductas, pero alejándose cada vez más de la comprensión integral de una complejidad que, reducida a sus mínimas expresiones, ya no ofrece más que la aridez de lo que ha sido llamado, en contraposición con la Antigüedad, un mundo desencantado. Los crecientes problemas acerca de la ética de algunas operaciones científicas (las armas nucleares, la clonación o la manipulación genética) nacen a partir de estas operaciones de simplificación. Un físico o un químico no tienen posibilidades, por su formación, de ocuparse de la vasta complejidad de los problemas éticos. La ciencia es precisa y exacta, aunque para eso deba aceptar que también es ciega.

Sin embargo, en este orgulloso edificio de las ciencias construido en la modernidad, surgieron hace algunos años grietas y goteras que encendieron luces de alarma y que, desde entonces, no cesan de presentar contradicciones y paradojas que cuestionan la validez de los principios acuñados durante siglos. Desde el interior de las llamadas "ciencias duras" y desde otras disciplinas surgen evidencias de que se ha llegado a un límite en el imperio de estos paradigmas. Hagamos un breve recorrido por estas cuestiones.

 

Una historia diferente

 

Hace casi cuarenta años que se publicó el libro de Thomas Kuhn "La estructura de las revoluciones científicas" y su efecto sobre historiadores y epistemólogos es en la actualidad nítidamente reconocible en algunos de sus aportes centrales. La misma noción de paradigma, hoy ampliamente utilizada para definir los conceptos centrales de las disciplinas científicas, recibe en este libro de Kuhn su más precisa formulación (2).

¿Cuál fue el problema que Kuhn debió enfrentar al querer estudiar la historia de la ciencia? Desde su origen de físico profesional contaba con las herramientas proporcionadas por la filosofía positivista y su método histórico lineal, abstracto y logicista. Y encontró un escollo en su camino cuando, a partir de estos principios, tuvo que considerar una paradoja notable relacionada con Aristóteles. Resulta que este pensador, filósofo de tan vasta influencia en la cultura occidental, capaz de sorprender por la agudeza de sus observaciones y la profundidad de sus conceptos, era poco menos que un ignorante en lo que respecta a la física.

"Aristóteles me parecía no sólo un ignorante en mecánica, sino además un físico terriblemente malo. En particular sus escritos sobre el movimiento me parecían llenos de errores garrafales, tanto en lo que se refiere a la lógica como a la observación" (3)

¿Cómo conciliar ambas imágenes, el sabio y el ignorante, el pensador formidable y el torpe balbuceador de errores? Este es el hilo que le permitirá a Kuhn escapar al condicionamiento de su época y de los paradigmas con los cuales, sin saberlo, estaba descalificando al Aristóteles físico. A partir de aquí podrá comenzar a ver a Atristóteles no en relación con la física newtoniana, sino en el contexto de su época, empapándose del espíritu de esa época.

"Kuhn osó interrogar a fondo la historia de la ciencia para tratar de comprenderla. Se embebió en el espíritu de los autores que estudiaba, permitió que la belleza de sus teorías lo cautivara, intentó restituirles la coherencia que la historiografía positivista les había negado. Así, desarrolló un modelo de historia viva y latente, plena de sentido, totalmente diversa de la versión anacrónica tradicional que consiste en medir los acontecimientos del pasado con la vara de los del presente, despedazando para ello los universos de sentido que les daban coherencia y significado a los sucesos y a las teorías".(4)

De este modo, no sólo recuperó la grandeza de Aristóteles sino que construyó un método histórico que le permitió reformular la historia de las ciencias y elaborar algunos conceptos de gran importancia. Por ejemplo que, en realidad, ciencia en el verdadero sentido del término, que es de cambio, novedad, creación, descubrimiento, sólo hay de tanto en tanto en la historia. En esos momentos especiales, cuando nuevos paradigmas irrumpen y desplazan a otros antiguos, es cuando se producen las llamadas revoluciones científicas. Esos nuevos paradigmas permiten, de repente, que los científicos vean el mundo de investigación que les es propio de manera diferente, como si fuera con otros ojos y establecen las condiciones para que exista verdaderamente ciencia. Luego, durante largos períodos entre revolución y revolución la tarea de los científicos, investigadores, profesores, es la de emprolijar los resultados del cataclismo, ordenar, explicar, difundir, enseñar. Entre sismo y sismo median largos periodos de ordenamiento y, consecuentemente, no de "verdadera" ciencia.

Es preciso reiterar que, muchas veces, los cambios de paradigma se expresan traumáticamente, que las épocas suelen presentar violenta, y a veces sangrientamente, la lucha por el predominio de determinados paradigmas, como veremos enseguida en el ejemplo de Galileo o en el trágico fin de otro científico de la época, Giordano Bruno, quemado vivo por el Santo Oficio por sus ideas renovadoras. Todo esto resulta tan verdadero como alejado de las bucólicas imágenes que presentan a los científicos como desinteresados seres humanos sólo movidos por su amor a la verdad y al avance de la humanidad.

En fin, Kuhn debió enfrentar, para poder producir sus aportes a la historia de la ciencia, lo que Castoriadis denominó "la paradoja de la historia": el historiador es él mismo un ser histórico y, como tal debe dar cuenta de su cosmovisión, de los marcos conceptuales que le proporcionan su época y el estado de avance de su disciplina. Sólo así podrá escapar a la linealidad de una historia acumulativa y estará en condiciones de acercarse a la época o la figura que estudie considerando su contexto, con una mirada respetuosa y, por lo tanto, capaz de rescatar la complejidad de un momento y su irreductibilidad a las simplificaciones que pueden establecer las miradas posteriores.

 

Tres aportes fundamentales

 

La edad Moderna, con sus desarrollos científicos y tecnológicos, desplazó a los paradigmas que habían reinado en la antigüedad, acabando con aquella imagen de mundo encantado, un mundo dotado de una unidad proveniente de la común pertenencia de todo a la Creación, en el que se concebía la interdependencia de los fenómenos materiales y espirituales, un mundo en el que había lugar tanto para el desarrollo conceptual como para el mito y la leyenda. La convicción de una Tierra centro del universo, de mares poblados de monstruos y sirenas, de bosques encantados, de duendes y magos, de historias fantásticas, de héroes y dioses, pero también de desarrollos filosóficos, de artesanías de gran complejidad, de máquinas de guerra y de vastos imperios, formaban parte del mundo antiguo y lo convertían en un fresco colorido y diverso.

Hasta que este mundo comienza a oír voces que cuestionan sus creencias y proponen cambios profundos en las certezas que, hasta entonces, le habían permitido avanzar y desarrollarse con su compleja configuración.

Una de estas voces es la de Galileo Galilei (1564-1624) quien probará la amarga experiencia de desafiar los conceptos establecidos, al enfrentarse a una acusación de herejía por difundir las ideas copernicanas acerca de que el sol permanece inmóvil y es el centro del universo, y no la Tierra como había establecido Ptolomeo y aceptaba la Iglesia como verdad indiscutible (la Tierra, centro de la Creación, no podía ser otra cosa que el centro del universo). Colocado ante la alternativa de ser ejecutado o desmentir públicamente su teoría, Galileo se decide por lo segundo, difundiendo un texto que le fuera dictado por sus inquisidores:

"Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vicente Galilei, natural de Florencia, de setenta años, luego de ser sometido a juicio... abandono la falsa teoría de que el sol permanece inmóvil y es el centro del universo, y no sostendré, defenderé ni enseñaré dicha falsa doctrina de manera alguna".

"¡Eppure si muove!" parece que dijo por lo bajo Galileo, luego de admitir lo que le obligaron decir ("¡Y sin embargo se mueve!") refiriéndose a la traslación y rotación de la Tierra. Su caso y el de otros pasaron a la historia como ilustración de la violencia y la intolerancia que suelen acosar a quienes se atreven a desafiar las ideas establecidas, o los paradigmas, diría Kuhn.

Pero Galileo no sólo fue el refutador de la teoría geocéntrica, sino que incorpora una noción que habrá de ser clave para el desarrollo de la ciencia de la modernidad. Es posible, dice, comprender el libro de la Naturaleza a condición de que se utilice el idioma en el que está escrito, y ese idioma es el de las matemáticas. Incorpora así la idea de la herramienta matemática, una construcción de la razón humana, para el estudio de cualquier fenómeno, pero además ya prefigura una polaridad que habrá de adquirir estatuto pleno con la filosofía de Descartes: el mundo natural y un observador calificado.

René Descartes (1596-1650) será, precisamente, otro de los pilares que fundamentan los paradigmas de la ciencia moderna.

Preocupado por encontrar una verdad indudable y partiendo de la falibilidad de las apreciaciones humanas, utiliza el recurso de la duda metódica para desechar cualquier conocimiento que pueda ponerse en duda, en todo o en parte. Así, desestima la información proporcionada por los sentidos, puesto que está claro que estos son fuente de error y engaño. La vista, el oído, el gusto, el tacto o el olfato suelen inducirnos a equivocaciones, por lo que las informaciones que brindan poseen un evidente carácter dudoso. Continuando en esta dirección, llega a plantearse que en ese mismo instante en que está meditando, no tiene la seguridad plena de no estar dormido y ser, en definitiva, todas sus elucubraciones parte de un sueño y no una realidad. Debe, entonces, poner en duda también esa escena y continuar buscando algo que le resulte indudable.

Por último, luego de haber pasado revista rigurosamente a todas y cada una de las situaciones que, pretendiendo ser fuente de conocimiento no poseen ese carácter de indudable, culmina sus reflexiones admitiendo que, dormido o despierto, hay algo de lo que ya no puede dudar: está dudando. Esta actividad se le presenta como la clave a partir de la cual afirmar un saber indudable. Y la actividad de la duda, como función de su pensamiento, le permite formular la frase que pasó a la historia: pienso, luego existo. Es decir, la prueba indudable de mí existir es que dudo, puedo pensar, con el acto de mi pensamiento establezco mi existencia de manera indudable. Esto, que es llamado la constitución autónoma del sujeto, significa un paso en la afirmación de este término, sujeto, sin necesidad de recurrir a la acción divina. El sujeto es capaz de constituirse autónomamente. Y en este mismo acto, con el establecimiento del sujeto, queda, a su vez, escindido el mundo ya que todo lo demás pasa al orden objetivo. Sujeto y objeto, con el hiato que se abre entre ambos términos, van a constituirse en la operación que permitirá fundar la ciencia moderna: un mundo objetivo factible de ser conocido y un sujeto capaz de conocerlo por medio de su actividad racional. Como dice Raúl Cerdeiras acerca de la labor de Descartes:

"Él construye, abre un espacio de comprensión del Renacimiento florentino, de los viajes de Colón, de Copérnico, de la revolución científica, es decir, del nacimiento de la ciencia moderna y su proyecto gigantesco de matematizar el conocimiento por medio del esfuerzo de Galileo, de Kepler, contemporáneos todos de Renato Descartes." (5)

El tercer aporte decisivo para el establecimiento de los paradigmas centrales de la ciencia de la modernidad es el de Isaac Newton (1642-1727), el constructor de la Física, el que formuló la ley de gravitación universal, el creador del Cálculo Diferencial. Sus ideas, que contribuyeron a forjar la ciencia de Occidente, pueden ser sintetizadas en un mensaje de simple enunciación: el Universo es ordenado y está sujeto a leyes, las que se expresan en lenguaje matemático. El hombre, a través de la ciencia, puede descubrir esas leyes y, en consecuencia, operar sobre el Universo.

Y será desde esta formulación que se abrirá el impresionantes capítulo de la ciencia moderna, la que entregará portentosos descubrimientos, invenciones extraordinarias y avances tecnológicos jamás soñados. Y la que fijará, a su vez, los límites de ese conocimiento ya que si se afirma que "el Universo es ordenado y está sujeto a leyes", quedará fuera de interés todo lo que no responda a este enunciado, lo contradiga o lo relativice. El desorden, el caos, la impredecibilidad serán fuentes de error que el científico deberá evitar a toda costa, construyendo para eso precisos mecanismos y diseñando depurados métodos de investigación y operación.

 

El edificio de la ciencia moderna

 

Pasemos revista a algunos de los pilares del conocimiento moderno desplegado en Occidente, para poder analizar después las paradojas y contradicciones que más adelante van a hacer tambalear a estos paradigmas.

Un valor fundamental es, como se ha dicho, la existencia de leyes de la naturaleza, es decir, que el mundo natural puede ser descrito según leyes físicas simples, las que se comportan con regularidad y exactitud. Una de esas leyes establece que el tiempo, al igual que el espacio, son absolutos y están presentes antes de la aparición de los objetos, los que luego se situarán en ellos. Tal como Newton lo describe, "el tiempo absoluto, verdadero y matemático, que fluye por su propia naturaleza, de forma uniforme, sin verse afectado por nada externo" (6) es incognoscible desde la perspectiva humana. Más adelante Einstein dirá que el tiempo es una ilusión. El hombre sólo podrá establecer convenciones que le permitan trabajar con tiempos y espacios relativos. Esto da nacimiento a los sistemas de medidas y a los acuerdos sobre los patrones a utilizar.

Este tiempo y espacio absolutos permiten la expresión de otra de las leyes, la reversibilidad, que plantea que las ecuaciones pueden ser matemáticamente equivalentes cambiando los signos de sus componentes (v equivale a –v, así como t equivale a –t ó 2 a –2). Es decir, establecida una posición cualquiera en el tiempo, es posible establecer su opuesto como cambio de sentido. Un péndulo perfecto, moviéndose en el vacío sería el ejemplo más claro. "Esto es la forma matemática de expresar que si a partir de un cierto instante hay un cambio en el sistema dinámico, otro cambio, definido mediante la inversión de las velocidades de los componentes, puede restaurar las condiciones originales." (7) En definitiva, esta noción implica la imposibilidad de definir una diferencia intrínseca entre el antes y el después, es solidaria con la idea de un tiempo como absoluto, sin principio ni fin y permitirá que un continuador de la obra de Newton, Pierre Laplace (1749-1827) afirme que si se pudiera contar con la capacidad de cálculo suficiente, sería posible conocerlo todo, predecir el futuro o retrodecir el pasado. Esta posición ha sido considerada como el más claro exponente de la omnipotencia que dominó a los hombres de ciencia, a partir de la matematización del conocimiento, de la utilización del cálculo y del perfeccionamiento del método experimental.

El determinismo, por su parte, constituirá otro pilar de esta ciencia de la modernidad occidental. La relación causa-efecto presidirá la comprensión de todos los fenómenos y guiará la búsqueda de explicaciones: por la existencia de las leyes generales del universo, todo está determinado y obedece a causas que es posible hallar mediante precisas operaciones científicas. El azar, el caos, las paradojas quedan fuera del espacio de esta ciencia que reinó durante siglos y se constituyó en modelo al que deberían ajustarse todos los intentos humanos por conocer y comprender. La física, con su doble capacidad para formular hipótesis y verificarlas experimentalmente, pasó a posibilitar el acceso a las verdades irrefutables convirtiéndose en el modelo de ciencia por excelencia.

Pero tal vez el elemento principal sobre el que se asentará la ciencia moderna sea el que define la relación entre el sujeto y el objeto, a partir de la distinción establecida por René Descartes. Pareciera que este filósofo, luego de arribar a la constitución autónoma del sujeto, cuando demuestra la capacidad humana para conocer, inaugura también la más formidable impugnación de las facultades de ese sujeto, al que se le imputan desde allí todas las distorsiones imaginables en sus intentos por conocer el mundo. La ciencia, entonces, para ser verdadera ciencia, deberá cuidar que no interfiera la condición subjetiva en sus observaciones, investigaciones y operaciones. El método de laboratorio, con sus depurados procedimientos para evitar la incidencia del observador, se constituirá en "el" método. Según Fox Keller "... en el siglo XIX el término ‘objetivo’ adquirió su sentido actual, como de algo ajeno a toda perspectiva, ‘una visión desde ninguna parte’, un conocimiento sin un sujeto cognoscente" (8) Como plantea esta misma autora, un antecedente temprano de esta noción de visión externa surge con la perspectiva en la pintura de Filippo Brunelleschi, en el siglo XV, quien inaugura el método que, ubicando el punto de visión fuera del cuadro, crea la sensación de realidad, como una primitiva metáfora de lo que, dos siglos después, le sería requerido al observador para conferir exactitud a las operaciones científicas.

Serán las disciplinas sociales o humanísticas, como hemos dicho, las que sentirán profundamente el imperio de estos paradigmas, ya que, a partir de aquí, o se adaptan a los requerimientos del método científico o quedan reducidas a meras especulaciones no confiables. Ser "objetivo", proceder con objetividad, fueron requerimientos insoslayables para poder acceder al estatuto de ciencia. Obviamente, desde esta perspectiva, no había lugar para las ciencias sociales o humanísticas. Demasiada imprecisión, demasiado ruido, demasiados errores en disciplinas que no alcanzaban a cumplir decentemente con las mínimas condiciones establecidas por la hegemonía de las llamadas ciencias duras.

Hubo, a partir del imperio de estos paradigmas, quienes buscaron replicar en las disciplinas humanísticas los requerimientos de objetividad que se imponían y construyeron métodos de laboratorio y definiciones físicas para fenómenos del campo subjetivo. Tales intentos, al establecer situaciones artificiales, distorsionar los "objetos" de estudio e importar métodos y conceptos desde el territorio de las ciencias duras, fueron conduciendo a estas disciplinas a callejones sin salida, a verdaderos desvíos de los que costó luego volver. Tal vez el ejemplo más claro sea el de Kurt Lewin, marchando desde las experiencias de laboratorio en investigaciones psicológicas hasta formular la necesidad de investigar en el campo social real, advirtiendo el error de asimilar las ciencias humanas al imperio de la física y planteándose profundamente la importancia de dar cuenta de los fenómenos psicosociales respetando sus propias características.

 

El fin de las certidumbres

 

Esta frase, que es a la vez el título de un libro del premio Nobel en Química Ilya Prigogine, nos sitúa frente al vasto movimiento que, desde hace algunas décadas, viene mostrando el agotamiento de los paradigmas construidos en la edad moderna y proponiendo enfoques alternativos. Justamente es este ruso educado en Bélgica quien se constituirá en uno de los referentes del debate acerca de los llamados nuevos paradigmas.

Uno de los testimonios que Prigogine ofrece del cambio de paradigmas a que asistimos, es la declaración efectuada en 1986 por Sir James Lighthill, presidente entonces de la Unión Internacional de Mecánica Teórica y Aplicada, quien, en una inusual muestra de sinceridad y responsabilidad científica, dijo:

"Aquí debo formular una proposición, hablando nuevamente en nombre de la gran fraternidad mundial de quienes se dedican a la mecánica. Hoy tenemos plena conciencia de que el entusiasmo de nuestros antecesores por los maravillosos logros de la mecánica newtoniana los llevó a hacer ciertas generalizaciones en esta área de predictibilidad, en las que en general tendíamos a creer antes de 1960, pero que ahora reconocemos como falsas. Deseamos pedir disculpas colectivas por no haber encaminado en la dirección adecuada al público culto en general, difundiendo ideas sobre el determinismo de los sistemas que se atienen a las leyes del movimiento de Newton, ideas que después de 1960 demostraron ser incorrectas" (9)

¿Qué había ocurrido para que se produzca tamaña autocrítica, tan poco frecuente en el presuntuoso mundo de la ciencia? Desde dentro y desde fuera de las ciencias duras habían surgido primero paradojas, luego dudas serias y por último evidencias de error en lo que, durante décadas, fueran las columnas en las que se apoyó el edificio de esas ciencias.

Una de las primeras manifestaciones de incomodidad, la tuvieron los defensores de la noción de reversibilidad del tiempo al enfrentarse con dos fuertes evidencias contradictorias:

Una de ellas es la proveniente de la Biología y, más precisamente, de los estudios que le permitieron a Charles Darwin escribir en 1859 su conocida obra El origen de las especies. Allí se demuestra que en la Biología y en la evolución no hay reversibilidad alguna, que en realidad esta evolución va desde los elementos más simples hasta los más complejos en una cadena siempre en desarrollo progresivo, que no hay posibilidad de vuelta atrás, que este movimiento, antes que reversibilidad, muestra lo que se denomina una flecha del tiempo, es decir, una dirección, un recorrido irreversible.