Redpsicología. Biblioteca de psicología y ciencias afines
Módulo 403
Artículos de epistemología y biología
Artículos
de epistemología
Adiós
a la razón Roberto Calabria
Ciencia
y pseudociencia en Lakatos Ulises Toledo Nickels
El
desafío de la complejidad Sin indicación de autor
El
desarrollo: dispositivo para la conquista técnica de la vida, la naturaleza y
la cultura Olver Quijano Valencia
El
Quijote en el castillo de las epistemologías sistémico-constructivistas Felipe
Villarroel Muñoz
El
realismo y la historicidad del conocimiento Paul Feyerabend
Gregory
Bateson y el conocimiento del conocimiento Roberto Frenquelli
Iniciación
a la complejidad J V Rubio
Introducción
al pensamiento complejo Edgar Morin
La
contribución de Humberto Maturana a las ciencias de la complejidad y a la
psicología Alfredo Ruiz
Los
viajeros de la noosfera. Gregory Bateson: polígrafo Alejandro
Piscitelli
Reflexión
epistemológica sobre la investigación cualitativa en ciencias sociales Adrián
Scribano
Una
aproximación a la física cuántica y el conocimiento Santiago
Morales Inostroza
Salvo el material de Olver Quijano, todos los artículos fueron
aportados gentilmente por la Lista de Epistemología de Norma Ramljak http://www.elistas.net/lista/ramljak
Artículos
de biología
La
inmortalidad: ¿un salto al vacío? Luz Marina Pereira González
No
es posible curarse sin aprender a vivir. Capítulo 1 Fernando
Callejón y Guillermo Hernández Plata
Sobreconsumo
de portadores energéticos: impacto ambiental en una zona Eugenio
Vicedo Tomey
www.galeon.com/pcazau Actualizado Diciembre 2005.
Adiós a
la razón
Roberto Calabria
Los desplantes de Paul Karl Feyerabend contribuyen
decisivamente a cambiarle el rostro a la polémica epistemológica contemporánea.
En efecto, nos estábamos resignando a que ésta discurriese por la escrupulosa
discusión acerca de la eficacia refutatoria de tal o cual sedicente "modus
tollens", por la propuesta, rechazo y vindicación de "criterios
demarcatorios" (cada vez menos afilados) salpicados aquí y allá de
irónicas y corteses alusiones a los puntos de vista rivales, cuando nuestro
autor irrumpe en la escena escolástica no sólo con opiniones heréticas sino con
un nuevo estilo. "Adiós a la razón" (1), que contiene tres ensayos
("Ciencia: grupo de presión política o instrumento de
investigación?", "Ciencia como arte" y el del título del
volumen) constituye una buena muestra de ambos aspectos de la cuestión.
Verdadero "emergente" entre
los filósofos de la ciencia, Feyerabend dice y hace aquello que sus colegas de
"buen tono" mantienen cuidadosamente reprimido. Llama a Karl Popper
"ambicioso maestro de escuela", atribuye a incompetencia las
opiniones de uno de sus críticos, califica de "grandes y vanidosos
escritores " a Spinoza y Kant. Además de la diatriba; sabe ejercer el
escándalo. Vale la pena citar la llamada a pie de Página No. 55 (pag.91):
"Agassi nos da también un fascinante ejemplo de política en el círculo popperiano.
D ice que él no confiaba en mí y que no quería convertirse en amigo mío. Pero
el maestro (Popper), olfateando un potencial converso (yo) y el correspondiente
incremento de su entorno, pidió a Agassi que superara su aversión, y Agassi
superó su aversión. Así de fácil es convertir a un puritano israelí en un
escabel a los pies de la razón crítica". Cierto es que en otra llamada nos
previene contra la confusión entre "una forma de escribir directa y
sincera y la pretensión de ser original" (en esta misma nota denomina a
Popper y Agassi "insectos filosóficos"), declara que ninguna de las
ideas que él defiende es propiedad suya y que no es un "creador de
ideas", sino un "defensor y propagandista de ideas valorables pero
maltratadas, es decir... una especie de periodista". Pero más allá de esta
sospechosa autocalificación, su tono cínico y peleador evoca el de Nietzsche y
en ocasiones el de Céline lo que, en un epistemólogo es ciertamente novedoso.
Incurre en repeticiones matizadas
de desorientadoras variantes, de propósito misterioso. Por ejemplo, en la
página 68 (sec. 4 de "Adiós a la Razón") dice: "La teoría
atómica se introdujo (en Occidente) para "salvar" macrofenómenos,
como el del movimiento. Fue superada por la filosofía, más sofisticada en los
aspectos dinámicos, de los aristotélicos; regresó con la revolución científica,
tuvo que retroceder al desarrollarse las teorías de la continuidad, volvió de
nuevo a fines del siglo XIX y experimentó un nuevo retroceso con la
complementariedad" (1). En la pag. 109 ("Ciencia grupo de presión
política o instrumento de investigación?") dice: "La filosofía del
atomismo ofrece un buen ejemplo. Fue introducida (en Occidente)... con el
propósito de "salvar" macrofenómenos tales como el del movimiento.
Fue asumida luego por la filosofía de Aristóteles dinámicamente más
sofisticada, volvió con la revolución científica, fue considerada como un
monstruo antediluviano a fines del siglo XIX (en el continente europeo, no en
Inglaterra) tuvo un regreso triunfal al cambio de siglo sólo para volver a
quedar de nuevo restringida por la complementariedad" (2). Este agrado por
las iteraciones y variaciones, se debe a un anhelo inconfeso por la inmóvil
eternidad de Jenófanes? (dicen que un solo término repetido basta para
confundir y desbaratar la serie del tiempo). O expresa, más bien, un intento
retorcido de refutarla?. No podemos saberlo: la abominación explícita que
P.K.F. hace de ella no basta para explicar sus deseos subconcientes. De ellos,
el que confiere título al volumen, justifica humoradas como la siguiente,
referida a la "Física" de Aristóteles:"Contiene teoremas como
los siguientes: todo movimiento es precedido (temporalmente) por otro
movimiento; existe una causa inmóvil del movimiento y un primer movimiento (en
la serie causal) cuyo ritmo de cambio es constante..."
Pasando del "estilo" al
"contenido" podemos considerar tesis como las siguientes: sobre el
resonante tema de "la estructura de la ciencia" declara "...las
ciencias no poseen una estructura común, no hay elementos que se den en toda
investigación científica y que no aparezcan en otros dominios". sobre la
no menos augusta cuestión del "método científico" asevera: "La
investigación con éxito no obedece a estándares generales: ya se apoya en una
regla, ya en otra, y no siempre se conocen explícitamente los movimientos que
la hacen avanzar". Lo único que cabe es recomendar una estrategia
casuista, histórica, que basada en estudios de ejemplos relevantes le de al
científico "una idea general de la riqueza del proceso e n que él quiere
influir; le animará a dejar atrás cosas infantiles, como la lógica y los
sistemas epistemológicos..." Más adelante dice: "Un científico no es
un sumiso trabajador que obedece piadosamente a leyes básicas vigiladas por
sumos sacerdotes estelares (lógicos y/o filósofos de la ciencia), sino que es
un oportunista que plegando los resultados del pasado y los más sacros
principios del presente a uno u otro objetivo, suponiendo que llegue siquiera a
prestarles atención. Me imagino la estupefacción de Feyerabend al leer en el
"Tratado de Biología" de Villée a los cánones de St. Mill propuestos
como los "métodos de la ciencia"... Pero; qué queda de la ciencia una
vez que aceptamos proposiciones tan disolventes? Bien, en la pág. 60 se dice que
"...no existe ninguna cosa que corresponda a la palabra
"ciencia"...Ni hay nada así como un "método científico" o
un "modo científico de trabajo". Obvio es considerar que después de
tal aniquilación, fenecen también los predicados-valores atribuidos a esta
entidad, la "objetividad", la "racionalidad", etc. con lo
que el prestigio y autoridad conferidos a la ciencia no tienen otra
justificación que la correspondiente a una tradición imperante que surge y se
despliega históricamente y que no tiene sentido considerar superior a otras:
las cosmovisiones (como los paradigmas) son inconmensurables.
Esta tradición es el racionalismo
occidental que es el resultado, según Feyerabend, de dos procesos: a) la
sustitución de los conceptos ricos y dependientes de la situación de la épica primitiva,
por unas pocas ideas abstractas i situacionalmente independientes b: el
descubrimiento de que estas ideas abstractas generan historias especiales
llamadas "pruebas" o "argumentos", "cuya trama no es
impuesta a los caracteres principales, sino que "se sigue de" la
naturaleza de ellos. La riqueza de los episodios homéricos, los relatos
contradictorios de diversas tradiciones, los mitos mezclados e impuestos son
reemplazados por las "demostraciones", "rigurosas", "necesarias":
Hay un sol o ser inmóvil, eterno, completo, etc, y una sola "verdad"
, "objetiva" que se corresponde con él. Este enfoque dominante desde
entonces, conduce, de acuerdo al autor, a un paradoja cuando se lo trata de
extender a todo aspecto de la vida humana: "conceptos que son definidos de
acuerdo con argumentos o historias-prueba explícitas, claramente formulados y
drásticamente no-históricos, no puede expresar en absoluto el contenido de
conceptos que están adaptados a las características (siempre cambiantes) de las
v idas de los seres humanos, y por ello constituyen partes inseparables de su
historia". Un ejemplo claro de los estragos de esa actitud constituye la
oposición de los médicos "teóricos", que pretenden explicar la salud
como el resultado del "equilibrio" de los "elementos" en el
cuerpo y los médicos "clínicos" que aprenden empíricamente, en
contacto directo con sanos y enfermos: los últimos curan, los primeros no. Esta
situación persiste hasta hoy, de allí que multiplicidad de procedimientos
médicos que han mostrado empíricamente su eficacia, sean condenados a la
marginación, a la práctica para-médica (cuando no al "ejercicio ilegal de
la medicina"), por la institución oficial, la medicina
"científica". Esto muestra el carácter político de tal situación,
carácter que habitualmente se encubre bajo su presentación
"epistemológica". Dada una visión A que goza de crédito científico y
una visión B que la contradice y que carece de él, la solución es sencilla: A
subsiste, B debe desaparecer. Pero el problema es que e l criterio de
atribución de cientificidad es tan elástico que investigadores enfrentados con
este tipo de alternativas "se las apañaban para transferir de A a B tanto
la evidencia como el apoyo de los principios básicos; esto es, transformaban B
en una parte respetable de la ciencia, y mostraban que A carecía de
mérito". La decisión entre A y B no puede procesarse, como creen los
epistemólogos, de una manera científica. Pero ocurre que frecuentemente, tal
decisión puede afectar a todo el cuerpo social. La gravedad de esta situación
impone consideraciones de carácter teórico y práctico. Las primeras implican la
comprensión de que el racionalismo, apoyo filosófico de la ciencia, es una
tradición entre otras y que su autoridad es tan discutible como la de cualquier
otra. Las de carácter práctico implican la comprensión de que "la ciencia,
tal como es practicada por los grandes científicos, tiene un carácter tan
abierto que no sólo permite sino que demanda, la participación
democrática". Esto último es plenamente compartido, en lo primero
plantearía una cuestión de énfasis: las deficiencias del racionalismo abstracto
no tienen por qué llevarnos a una renuncia como la del título. La inevitable
admisión de componentes irracionales en el proceso científico tampoco supone que
decidirse a favor o en contra de las ciencias es "...exactamente como uno
se decide a favor o en contra del "punk rock". La irracionalidad de
la tradición racionalista no debería hacernos desesperar de la razón, sino
hacernos comprender la necesidad de promover una comprensión de los elementos,
por ahora, "irracionales" de nuestra civilización en una razón más
amplia y menos presuntuosa como la que quería nuestro Vaz Ferreira cuando
recomendaba con Diderot "no apagar nuestra lámpara bajo el pretexto de que
no es un sol". Algo así hay quizá en la hermosa analogía desarrollada en
el tercer ensayo de este volumen: "La ciencia como arte".
Roberto
Calabria
(1) Feyerabend P, Adiós a la razón,
Editorial Teknos, 1984.
Ciencia y
pseudociencia en Lakatos
La falsación del falsacionismo y la
problemática de la demarcación
Ulises Toledo Nickels
Los
criterios científicos utópicos, o bien crean exposiciones falsas e hipócritas
de la perfección científica o alimentan el punto de vista de que las teorías
científicas no son sino meras creencias enraizadas en intereses inconfesables.
Imre Lakatos
El Origen
Imre Lakatos critica el tipo de
falsacionismo que él denomina ingenuo, sin embargo su propósito no es atacarlo
sino recoger y profundizar la heurística positiva de aquel, generando una nueva
versión del falsacionismo que denomina sofisticado, haciéndose cargo –en su
reconstrucción– de las refutaciones historiográficas que Kuhn opuso al programa
de investigación falsacionista.
Lakatos examina las debilidades del
falsacionismo, contrastando la lógica interna con la posible confirmación
empírica que la podría apoyar; dicho examen lo conduce a formular un
metacriterio para evaluar al falsacionismo, de acuerdo a la lógica del criterio
popperiano de demarcación. El metacriterio consiste, entonces, en la
autoaplicación cuasi empírica del criterio falsacionista, en virtud del cual
–el racionalismo crítico– distingue la ciencia de la pseudociencia, y éste será
cuasi–empírico porque sus instancias refutadoras serán provistas por la
historiografía. Armado del referido metacriterio exigirá al falsacionismo que
defina sus instancias falseadoras; es decir: demanda al falsacionismo
popperiano que enuncie las instancias empíricas falsadoras de su teoría.
En otras palabras: exige al
falsacionismo que defina las consecuencias empíricas de su teoría, que su
teoría sería incapaz de resistir, y, coherente con su lógica, se auto–obligaría
a abandonar su criterio de demarcación, si aquellas se presentaran.
Lakatos reflexiona sobre cuales
podrían ser esas instancias que Popper, contraviniendo su metodología, no
precisó. Sin embargo, considera un servicio de valor epistemológico dirimir el
carácter falsable de la teoría de la ciencia de Popper, puesto que tal
condición es necesaria para sostenerse dentro de la racionalidad científica.
Lakatos, intentando razonar como lo haría Popper y respetando sus premisas,
infiere que: "...una teoría de la racionalidad, o criterio de demarcación,
ha de ser rechazada si es inconsistente con un "juicio de valor"
básico y aceptado por la elite científica. Realmente esta regla metodológica
(metafalsacionismo) parece corresponder con la regla metodológica
(falsacionismo) de Popper, según la cual una teoría científica ha de ser
rechazada si es inconsistente con un enunciado básico ("empírico")
unánimemente aceptado por la comunidad científica. Toda la metodología de
Popper reposa sobre la afirmación de que existen enunciados (relativamente)
singulares sobre cuyos valores de verdad los científicos pueden alcanzar un
acuerdo unánime: "sin tal acuerdo se crearía una nueva Babel y el soberbio
edificio de la ciencias pronto se convertiría en ruinas" (1).
Al extender el criterio
falsacionista a este segundo nivel metafalsacionista (que ahora se requiere
para poder someter a falsación al falsacionismo) se necesitan acuerdos de la
comunidad científica que van más allá de la legitimación de los enunciados
básicos que confrontaran a las teorías en calidad de potenciales falsadores; es
menester un acuerdo más fundamental sobre la forma de discernir el progreso de
la ciencia que opera sobre esa plataforma de enunciados básicos; propone que
esta ha de ser la instancia (cuasi empírica) de la evaluación básica ejecutada
por la comunidad científica. Luego, el metacriterio que postula Lakatos se
enunciará así: "...sí un criterio de demarcación es inconsistente con las
evaluaciones básicas de la elite científica, debe ser rechazado" (2).
En consecuencia, la operatoria de
la metafalsación será historiográfica porque lo que ahora corresponde hacer es
revisar como han funcionado de hecho las evaluaciones de la comunidad
científica con relación a las teorías que reunían méritos para ser falsadas y,
por tanto, debían ser repudiadas por la comunidad científica; esa será la
instancia básica cuasi–empírica que usará Lakatos en la evaluación
metafalsacionista.
Ahora bien, si la evidencia
histórica muestra que la manifiesta insuficiencia de una teoría condujo a la
comunidad científica a declararla falsada y consiguientemente resultó excluida
del corpus del conocimiento científico, entonces –en base a esa instancia
básica– debe estimarse que el postulado falsacionista de Popper ha sido
corroborado. Pero, si resulta que las teorías que reunían méritos para
rechazarse continúan vigentes, contando con el beneplácito de la comunidad
científica y, algunas de ellas, con el transcurso del tiempo, han llegado
–incluso– a ser valoradas como auténtico progreso; entonces, de acuerdo a la
confrontación con la base cuasi–empírica, todo indicaría que debería decretarse
la falsación del falsacionismo y, paralelamente, su marginación de la
racionalidad científica.
El examen historiográfico –afirma
Lakatos– ha permitido comprobar que, la comunidad científica, ha evaluado como
importantes progresos del conocimiento y la investigación a programas que
presentaban serias inconsistencias en sus fundamentos. Popper –dice Lakatos–
ingenuamente creía que los grandes científicos están dispuestos a abandonar sus
teorías si estas son refutadas, pero esa creencia se debe a una concepción de
la ciencia fundada en un antihistoricismo militante que no corresponde al
desarrollo de la ciencia real y le impide –a Popper– aceptar que la
racionalidad observada por los científicos, en muchos de los aspectos más
impresionantes del crecimiento de la ciencia, es muy diferente de aquella
prescrita en los manuales: "Popper desea reconstruir como racional (según
sus términos) la aceptación provisional de teorías, se ve obligado a ignorar el
hecho histórico de que las teorías más importantes nacen refutadas y que
algunas leyes son reelaboradas y no rechazadas a pesar de los conocidos
contra–ejemplos. Tiende a cerrar los ojos ante todas las anomalías conocidas
con anterioridad a aquella que posteriormente es entronizada como experimento
crucial" (3).
A juicio de Lakatos, en toda
investigación científica se encuentran anomalías que bajo el prisma
falsacionista ingenuo serían consideradas instancias refutadoras, pero, la
actitud del científico, normalmente, es pasarlas por alto concentrándose en las
posibilidades que le ofrece la heurística positiva de su investigación,
confiando que más adelante, a la luz de nuevos descubrimientos, las
incongruencias se aclararán.
Esta manera de actuar, juzgada
desde el falsacionismo popperiano estricto, es una estrategia indebida, pero,
sin duda, es la actitud que la mayoría de los científicos adoptan frente a las
dificultades y, además, esta aceptada por la comunidad científica. Así, ha
ocurrido que programas de investigación que han llegado a ser exitosos progresaron
a través de un océano de anomalías y sobrevivieron, en muchas ocasiones,
recurriendo a hipótesis ad hoc y ex post, hasta que –finalmente– lograron
encontrarse con la esquiva fertilidad heurística.
En consecuencia, aceptando la
evidencia histórica, Lakatos se propone construir un modelo de evaluación de la
ciencia que sea compatible con la ciencia real en tanto: "...los criterios
científicos utópicos, o bien crean exposiciones falsas e hipócritas de la
perfección científica o alimentan el punto de vista de que las teorías
científicas no son sino meras creencias enraizadas en intereses
inconfesables" (4). Obviamente, se desprende de esta constatación, la
exigencia de elaborar un modelo de ciencia que junto con ser congruente con la
practica real, al mismo tiempo, ofrezca una solución –racionalmente
consistente– al problema de la demarcación, esto es: proporcione un criterio
para dirimir cuando se está en presencia de una teoría científica y cuando es
sólo pseudociencia. Luego, al interior de la ciencia es necesario contar,
igualmente, con criterios que permitan establecer cuando una teoría es mejor
que otra.
La Nueva
Demarcación
Lakatos propuso como unidad de
análisis epistemológico: el programa de investigación científica. Postula que
"...la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es
una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación" (5).
Entiende por tal programa una secuencia de teorías que se caracterizan por
exhibir una continuidad reconocible que relaciona a sus miembros y permite
identificarlos como versiones modificadas de un plan inicial común. Dice
Lakatos: "...los miembros de tales series de teorías normalmente están
relacionados por una notable continuidad que las agrupa en programas de
investigación. Esta continuidad (reminiscente de la "ciencia normal"
de Kuhn) juega un papel vital en la historia de la ciencia" (6).
Dicha continuidad se la otorga
principalmente el núcleo del programa (el que es homologado por Lakatos con la
idea de paradigma elaborada por Kuhn) y en torno al cual las versiones
ulteriores van construyendo un cinturón de hipótesis auxiliares, de modo que el
crecimiento del programa se asemeja a las ondas que se irradian a partir de un
centro de emisión cuya expansión podemos imaginárnosla en espiral,
recuperándose, así, la idea de un moderado crecimiento acumulativo de la
ciencia. Tenemos, entonces, que un programa de investigación consta,
primariamente, de dos elementos esenciales: el núcleo y el cinturón de
protección, en este último se encuentran –prioritariamente– las hipótesis
auxiliares, que traducen el poder heurístico del programa en predicciones de
hechos nuevos; y, en función de aquellas, se puede verificar el progreso o el
estancamiento del programa de investigación.
Lakatos, advierte que, asociadas a
estos elementos, se encuentran las reglas metodológicas fundamentales de la
investigación que son descritas como heurística negativa y heurística positiva,
cuyo papel es el de orientar la organización conceptual, metodológica y
empírica del programa científico, en tanto les corresponde delimitar los
contenidos que se someten a prueba y –paralelamente– definen los postulados que
se considerarán incuestionables y, ambas, suministran el marco conceptual y el
lenguaje característico del Programa.
En efecto, la heurística negativa
circunscribe el núcleo del programa declarándolo irrefutable por simple
decisión metodológica: La heurística negativa del programa impide que
apliquemos el Modus Tollens a este ‘núcleo firme’. Por el contrario, debemos
utilizar nuestra inteligencia para incorporar e incluso inventar hipótesis
auxiliares que formen un cinturón protector en torno a ese centro, y contra
ellas debemos dirigir el ‘Modus Tollens’ (7).
A su vez la heurística: a) delimita
el cinturón de protección; y b) proporciona orientaciones acerca de las
problemáticas posibles de ser incluidas en futuras investigaciones y, por
tanto, estimula el desarrollo de ulteriores versiones del programa. Lakatos
describe la heurística positiva como: "...un conjunto, parcialmente
estructurado, de sugerencias o pistas sobre como cambiar y desarrollar las
‘versiones refutables’ del programa de investigación, sobre como modificarlas y
complicar el cinturón protector refutable" (8).
Tenemos así un componente estático
y un componente dinámico; el primero se refiere al núcleo que contiene el
esquema general del programa incluyendo un conjunto de supuestos teóricos que
sugieren las problemáticas que se pueden trabajar e indica la forma de
construir los cinturones protectores; sobre el núcleo esta prohibida la
falsación. El segundo (en cuanto dinámico) es más flexible, esta conformado por
el cinturón de hipótesis auxiliares que pueden ir cambiando o agregándose en el
transcurso del desarrollo histórico del programa de investigación y, respecto
del cual, se aplica el Modus Tollens. Aquí los postulados teóricos, derivados
del núcleo, se transforman en conjeturas susceptibles de falsación o
corroboración y pueden asumir la forma de teorías específicas, modelos o hipótesis
observables (en tanto sus anticipaciones sean factibles de confirmarse en la
historia). Este es el ámbito del programa donde efectivamente se realiza la
investigación: "Por ello –dice Lakatos– es mejor separar el ‘centro firme’
de los principios metafísicos más flexibles, que expresan la heurística
positiva" (9).
Lakatos asume la expresión
metafísica en el sentido técnico precisado por Popper, según el cual una
proposición es metafísica si carece de falseadores potenciales. En consecuencia
el núcleo del programa que agrupa al conjunto de postulados irrefutables es de
carácter metafísico por decisión metodológica y también constituye un vehículo
metafísico la heurística negativa que prohíbe la falsación de aquél; de aquí se
generan perspectivas y enfoques que instituyen marcos de referencia
epistemológicos que suscitan tradiciones metodológicas y conjeturas factibles
de someterse a prueba. Lakatos señala: "Retenemos una teoría
sintácticamente metafísica como ‘centro firme’ de un programa de investigación
mientras que la heurística positiva asociada produzca un cambio progresivo en
el ‘cinturón protector’ de hipótesis auxiliares" (10).
Al incluir a la heurística positiva
dentro de la metafísica del programa, Lakatos –claramente– la esta
distinguiendo de las hipótesis auxiliares, que por definición son refutables;
debemos asumir, entonces, que la heurística positiva es metafísica debido a su
dependencia directa del núcleo y que, como tal, cumple ante todo, un papel de
inspiración para la generación de hipótesis o conjeturas de carácter empírico.
Sin embargo, las hipótesis auxiliares –en el caso de ser refutadas– deben ser
eliminadas, pero, ello no implica la eliminación inmediata del programa (como
debía ocurrir según el falsacionismo ingenuo). En el enfoque lakatosiano, la
heurística positiva no es tan fácilmente desechable, porque se entiende que
puede dar lugar a nuevas hipótesis auxiliares más fructíferas que las
anteriores. Así, todo programa de investigación científica cuenta con una base
metafísica que tiene la virtud de dotar a dicho programa de un peculiar poder
heurístico, el cual es descrito por Lakatos como: "...un término técnico
para caracterizar el poder que tiene un programa de investigación de anticipar
en su crecimiento hechos que son teóricamente nuevos" (11).
El carácter progresivo o regresivo
de un programa dependerá, en importante medida (aunque no únicamente) del poder
heurístico que contenga. Pero se debe tener en cuenta que las nuevas hipótesis
auxiliares: a) también se originan a raíz de la confrontación de las conjeturas
con anomalías en relación a las cuales se generan ajustes conceptuales, y b)
como expresión de un proceso de defensa contra las refutaciones que le son
formuladas por teorías rivales, produciendo un movimiento progresivo al
suscitar otras conjeturas. No se debe olvidar que: "...el cinturón
protector de hipótesis auxiliares debe recibir los impactos de las
contrastaciones y para defender al núcleo firme, será ajustado y reajustado e
incluso completamente sustituido" (12).
En efecto, las nuevas hipótesis
auxiliares que surgen, producen versiones modificadas de la teoría original y
estas pueden ser mejores o peores que aquella; además, en este proceso suelen
emerger hipótesis ad hoc, que implican un severo estancamiento. Lakatos
precisa: "Se dice que un programa de investigación progresa mientras
sucede que su crecimiento teórico se anticipa a su crecimiento empírico; esto
es, mientras continúe prediciendo hechos nuevos con algún éxito (‘cambio
progresivo de problemática’); un programa esta estancado si su crecimiento
teórico se retrasa con respecto al crecimiento empírico; esto es, si sólo
ofrece explicaciones post–hoc de descubrimientos casuales o de hechos
anticipados y descubiertos en el seno de un programa rival (‘cambio regresivo
de problemática’)" (13).
En síntesis: un programa de
investigación progresa si al examinar una sucesión histórica de variantes
teóricas originadas a partir de un mismo núcleo original encontramos que las
versiones más recientes dan cuenta de lo que las teorías antecedentes
explicaban y, además, han anticipado hechos nuevos (constituyéndose esto en
progreso teórico); luego, si algunos de aquellos hechos predichos por la teoría
se encuentran corroborados empíricamente, se evidencia el progreso empírico; es
decir, la evidencia empírica radica en que lo pre–anunciado por la teoría se
cumple, en alguna instancia temporal posterior, en el sector de la realidad al
que el programa alude: y, en ese caso: "...lo único que necesitamos es
que, ocasionalmente se aprecie retrospectivamente que el incremento de
contenido ha sido corroborado" (14).
Hay auténtico progreso en un
programa si las teorías recientes ostentan excedente teórico y empírico con
respecto a sus antecesoras: "...el carácter empírico (o carácter
científico) y el progreso teórico están inseparablemente relacionados (...)
Aprender acerca de una teoría es fundamentalmente aprender que hechos nuevos
anticipó, realmente para la clase de empirismo popperiano que defiendo, la
única evidencia relevante es la evidencia anticipada por una teoría" (15).
Pero cuando el descubrimiento empírico sorprende a los científicos y estos
intentan racionalizarlo a posteriori generan un desarrollo teórico ilegitimo y,
de hecho, vacuo, en el contexto del programa, porque no lo hace crecer, en la
medida que no aumenta su contenido fáctico.
Esto último hace regresivo o
degenerativo a un programa: "...en los programas regresivos las teorías
son fabricadas sólo para acomodar los hechos ya conocidos" (16). Y, en esa
medida, el programa no aumenta su caudal empírico y tampoco teórico (en tanto
la teoría así construida no anticipa hechos) convirtiéndolo en
pseudocientífico: "Aceptamos los cambios de problemática como científicos,
sólo si, por lo menos, son teóricamente progresivos; si no lo son, los
rechazamos como pseudocientíficos" (17). Resumiendo: mientras que un
programa en progresión anticipa hechos nuevos y produce teorías auxiliares
nuevas, los programas regresivos utilizan las hipótesis auxiliares como meras
estratagemas lingüísticas, en un desesperado intento de postergar su
refutación, estas estratagemas son caracterizadas como ad hoc.
Lakatos define su concepto de
hipótesis ad hoc, distinguiendo tres clases: las que no tienen un exceso de
contenido empírico con relación a sus predecesoras (ad hoc 1); las que tienen
tal exceso de contenido, pero ninguna parte del mismo está corroborado (ad hoc
2), y, finalmente, aquellas que –sin serlo en estos dos sentidos previos–
ostentan, empero, un agudo carácter espúreo, evidenciado en la falta de
correspondencia con la heurística positiva del programa (ad hoc 3) (18).
En efecto, las hipótesis ad hoc 3
son espúreas porque no corresponden a un legitimo desarrollo de la historia
interna, en tanto, no derivan del núcleo del programa; son incorporadas desde
otros programas en una suerte de eclecticismo irracional que contradice la
lógica del progreso científico (lo que impide una evaluación racional), o bien
son fruto de descubrimientos casuales que no responden a la guía de una heurística
positiva, tal situación afecta particularmente a las ciencias sociales, según
Lakatos: "Una parte del crecimiento cancerígeno de las ‘ciencias’ sociales
contemporáneas consiste en una red de tales hipótesis ad hoc 3" (19) .
Sin embargo hay que tener presente
que la degeneratividad de un programa puede ser sólo circunstancial o episódico
y en consecuencia su carácter regresivo no es, necesariamente, permanente, por
lo mismo "No es deshonesto aferrarse a un programa en regresión e intentar
convertirlo en progresivo" (20) .
Se puede revertir la tendencia
degenerativa al efectuar cambios en las hipótesis auxiliares que logren
producir predicciones que enriquecen el contenido empírico corroborado:
"...cuando un programa entra en una fase regresiva, una pequeña revolución
o un cambio creativo de su heurística positiva puede impulsarlo de nuevo hacia
delante" (21), produciéndose un viraje progresivo: "...en un programa
de investigación podemos vernos frustrados por una larga serie de
‘refutaciones’ antes de que alguna hipótesis auxiliar ingeniosa, afortunada y
de superior contenido empírico, convierte a una cadena de derrotas en lo que
luego se considerará como una resonante historia de éxitos, bien mediante la
revisión de algunos ‘hechos’ falsos o mediante la adición de nuevas hipótesis
auxiliares" (22). Por tal motivo, aunque exista contraevidencia acumulada
no es lícito descartar, definitivamente, a ningún corpus teórico ni tampoco es
válido declararlo como absolutamente falso, lo recomendable es archivar el programa
hasta nuevo aviso, antes de eliminarlo drásticamente.
Por otra parte, el progreso de un
programa científico no implica la solución de todas las anomalías que lo
aquejan. Siempre es conveniente recordar que estos se desarrollan en un océano
de anomalías. Lakatos entiende por anomalía la contraevidencia empírica que
afronta una hipótesis al ser sometida a prueba y, que, en consecuencia,
constituye una falsación potencial; sin embargo el epistemólogo sostiene que:
"Las meras ‘falsaciones’ (esto es, las anomalías) deben ser consignadas,
pero no es necesario ocuparse de ellas" (23).
El falsacionismo lakatosiano
propugna que mientras el poder heurístico del programa proporcione predicciones
de nuevos hechos y algunas de aquellas sean susceptibles de corroboración, el
científico debe concentrarse en ellas, dejando las anomalías para un examen
posterior, esperando que el progreso del programa (teórico y/o empírico) pueda
–más adelante– dar cuenta de tales anomalías.
Especificando un poco más
finamente, Lakatos vincula las anomalías con los puzzles e indica la forma de
encararlas "...una anomalía de un programa de investigación es un fenómeno
que consideramos que debe ser explicado en términos del programa. En términos
más generales, podemos hablar siguiendo a Kuhn de "puzzles"; un
"puzzle" de un programa es un problema que consideramos como un
desafío para ese programa particular. Un puzzle puede resolverse de tres
formas: solucionándolo en el seno del programa original (la anomalía se convierte
en un ejemplo); neutralizándolo, esto es, solucionándolo mediante un programa
independiente y distinto (la anomalía desaparece), o finalmente, solucionándolo
mediante un programa rival (la anomalía se convierte en un contraejemplo)"
(24). Podemos acotar que la única forma plausible de solucionar un puzzle,
coherente con la racionalidad del criterio evaluativo de los programas de
investigación, es la primera posibilidad, en tanto la segunda implica una
hipótesis ad hoc de tipo 3 y la última implica archivar el programa.
Además, es conveniente tener
presente lo afirmado por Lakatos respecto de los programas jóvenes, en el
sentido que pueden transcurrir décadas antes de que despeguen de suelo y se
hagan empíricamente progresivos, en especial cuando deben competir con otros que
gozan de mayor credibilidad y ostentan una larga tradición, haciéndosele
exigible –a los programas jóvenes– una anticipación crucial para superar su
postergación, lo cuál es muy difícil de lograr. Además: "Hasta ahora hemos
supuesto que resulta muy fácil discernir si una nueva teoría predice un hecho
nuevo o no. Pero frecuentemente la novedad de una proposición fáctica sólo
puede apreciarse cuando ha transcurrido un largo espacio de tiempo" (25).
Es decir, se requiere una perspectiva histórica para comprobar la corroboración
o falsación de una anticipación importante y, por eso, es difícil calificar
(con actitud corto–placista) a un programa que está todavía en su etapa
inicial, como regresivo.
En la evaluación de los programas
hay dos momentos, el primero consiste en la evaluación de la historia interna
de un programa, que incluye: a) una reconstrucción racional de aquel y, b)
exige –al mismo programa– una revisión y comparación de las teorías más
recientes con respecto a sus predecesoras, para determinar si las últimas
contienen exceso de contenido respecto de aquellas (esto es: si predicen hechos
nuevos); si esto puede demostrarse, entonces, el programa es progresivo; pero
hay un segundo momento evaluativo que supone la confrontación con sus competidoras
históricas; de ese modo, la dialéctica de los programas de investigación no
queda limitada a una serie alternante de conjeturas especulativas y
refutaciones empíricas, sino que, además, se amplía a una estructura de
relaciones múltiples: confrontando teorías rivales y el relativo crecimiento
empírico de cada una de ellas.
De tal modo la falsación adquiere
un carácter histórico y los programas de investigación científica son
susceptibles de evaluación incluso después de haber sido archivados, por cuanto
–retrospectivamente– se puede juzgar el poder heurístico que tuvo respondiendo
a preguntas del siguiente tenor ¿Cuántos hechos produjeron? ¿Cuán grande era su
capacidad para explicar sus propias refutaciones en el curso de su crecimiento?
Y otras parecidas (26).
En consecuencia, a juicio de
Lakatos: "La historia de la ciencia ha sido y debe ser una historia de
programas de investigación que compiten (o si se prefiere de ‘paradigmas’) pero
no ha sido ni debe convertirse en una sucesión de periodos de ciencia normal;
cuanto antes comience la competencia tanto mejor para el progreso" (27).
El progreso de la ciencia se fundamenta en el supuesto de que no hay
inconmensurabilidad entre teorías y por consiguiente se confía en la
posibilidad de dialogo entre programas de investigación, sustentado en ciertas
reglas generales de lógica formal y de acuerdos de la comunidad científica. Los
programas son concebidos como sistemas de enunciados que se verifican en
problemáticas específicas susceptibles de corroboración de acuerdo a
percepciones de la realidad que son comunes a toda la comunidad científica,
pero que –sin duda– no son formas de un percibir autárquico: "Nunca se
debe permitir que un programa de investigación se convierta en una
Weltanschaaung, en un canon del rigor científico, que se erige en arbitro entre
la explicación y la no–explicación, del mismo modo que el rigor matemático se
erige como arbitro entre la prueba y la no–prueba" (28).
La cita precedente, obviamente, es
una advertencia contra Kuhn y su metodología paradigmática, pero también se
puede considerar ilustrativo de la perspectiva metodológica lakatosiana y
entenderla como un argumento esgrimido contra el monismo metodológico de sesgo
positivista. De hecho, en su propuesta, a excepción de los criterios de
evaluación de programas, se plantea que carece de sentido insistir en una
normativa estricta y uniforme del método científico, común para todos los
programas de investigación tal como lo proponía la epistemología tradicional
que consideraban lo normativo asociado a la obligatoriedad de un método
científico que se estimaba la única vía válida para aportar soluciones; en la
propuesta de Lakatos, en cambio: "El término ‘normativo’ ya no significa
reglas para obtener soluciones, sino simplemente instrucciones para evaluar las
soluciones existentes" (29).
En cada programa hay criterios y
técnicas de investigación que son coherentes al núcleo metafísico, en tanto
aquel inspira una peculiar heurística positiva de la que se desprende una
específica lógica del descubrimiento científico, pero no hay un manual de
procedimientos impuesto como necesario y exclusivo, incluso más, el autor
reconoce que "...cada reconstrucción racional produce un patrón
característico del crecimiento racional del conocimiento científico" (30).
La
Reconstrucción Racional
Imre Lakatos entiende por
reconstrucción racional un análisis de la historia del programa
(prioritariamente interna) a partir del cual se pretende organizar y
categorizar la secuencia de problemáticas y sus soluciones teóricas (su poder
heurístico), en correlación a la corroboración empírica que estas soluciones
han conseguido en el devenir de la investigación, que se ha ejecutado a través
del tiempo siguiendo un cierto plan original que le da coherencia, de modo que se
puede determinar el crecimiento o degeneración del programa comparando las
distintas versiones en referencia, básicamente, a su probable exceso teórico y
empírico. Por lo tanto, es al mismo tiempo un diagnóstico histórico y un acto
de teorización. Para efectuar una reconstrucción racional es necesario
considerar también la historia externa del programa, sin embargo la historia
interna tiene primacía.
La historia interna reconstruye el
desarrollo del programa en su devenir, siguiendo la serie de teorías e hipótesis
auxiliares que se han desprendido del núcleo metafísico primigenio, atendiendo
a sus correspondientes transformaciones de problemáticas y corroboraciones
empíricas, que han ido configurando un determinado programa de investigación
científica. En la historia interna se precisan las vicisitudes de los cambios
progresivos y degenerativos que lo han afectado, consiguiendo así, una
explicación racional del crecimiento del conocimiento. Esta reconstrucción
racional debe ser complementada con una historia externa y contrastadas ambas
con la historia real.
La historia externa –para Lakatos–
es un suplemento de la reconstrucción racional del programa, cuya utilidad
radica en ayudar a fijar y explicitar aquellos elementos no racionales
(sociales, políticos, económicos, psicológicos) que no están incorporados en la
historia interna, pero, aportan una localización del contexto en el cual el
programa se ha desarrollado; sin embargo, se debe tener presente que el
contexto no tiene incidencia directa sobre los resultados del conocimiento
científico. En palabras de Lakatos: "La historia externa o bien suministra
explicaciones no racionales del ritmo, localización, selectividad, etc., de los
acontecimientos históricos interpretados en términos de la historia interna, o
bien suministra (cuando la historia difiere de la reconstrucción racional) una
explicación empírica de tal divergencia. Pero el aspecto racional del
crecimiento científico queda enteramente explicado por la lógica de la
investigación científica de cada uno" (31).
Podemos apreciar que la
reconstrucción racional de un programa esta dado en dos ámbitos: su historia
interna y su historia externa, en tanto que la historia real es la base empírica
de confrontación. La historia externa es, sin embargo, funcional a la lógica
del programa y ello la diferencia de la historia real; tendrá por objetivo
justificar algunas descoordinaciones de la historia interna con respecto a la
historia real, explicando el desfase en razón de circunstancias políticas,
ideológicas, económicas etc.; un ejemplo de los temas que deberían ocupar a la
historia externa lo constituyen las explicaciones que se han suministrado
respecto de los problemas que tuvo Galileo con la Iglesia y las condiciones de
aceptabilidad –en un especifico ambiente sociocultural– de los nuevos
instrumentos técnico–artesanales de medida y observación, en cuanto argumentos
válidos o inválidos, en la discusión científica de la naciente ciencia moderna
(el telescopio, por ejemplo). No obstante, Lakatos deja abierto un tema
polémico que él mismo no resuelve, relativo a la posibilidad de disponer de una
imparcial historia real, ajena a cualquiera reconstrucción racional, que sirva
de piedra de toque para todas las reconstrucciones posibles.
Corroboración
y Verosimilitud
Un punto de importancia en la
evaluación de los programas de investigación es el papel de la corroboración
que, en el falsacionismo sofisticado de Lakatos, tiene una acepción diferente
de la que originalmente tuvo en el falsacionismo de Popper. En principio una
corroboración sólo indica que una hipótesis ha pasado la prueba de la
falsación, pero no autoriza a suponer una adscripción de confirmación o
verificación; en ese respecto la corroboración significa por ausencia, esto es:
que una hipótesis ostenta ausencia de falsación.
Sin embargo Lakatos sostiene que,
en su perspectiva: "...son los casos corroboradores (bastante escasos) del
exceso de información los que resultan cruciales y reciben toda la atención. Ya
no estamos interesados en los miles de casos triviales de verificación ni en
los cientos de anomalías claramente disponibles: lo decisivo son los pocos y
cruciales casos de verificación del exceso" (32). Mientras que, en la epistemología
de Popper, las anomalías eran el punto de interés y sobre ellas se practicaban
los experimentos cruciales (que buscaban falsar la teoría); lo que, ahora, se
considera crucial –en el nuevo modelo falsacionista– es la capacidad para
predecir hechos nuevos e inesperados. Entonces, aunque Lakatos sigue llamándose
falsacionista, la falsación no es la característica más relevante de su
programa y, tampoco, constituye el motor del progreso científico; a su juicio
lo que –en la ciencia real– mantiene en marcha a los programas es una suerte de
inducción débil, radicada en las anticipaciones; ahora bien, para sostener
racionalmente dicha postura: "Es necesario postular algún principio
inductivo extrametodológico para poner en relación (aunque sólo sea de forma tenue)
el juego científico de aceptaciones y rechazos pragmáticos con la
verosimilitud" (33).
Lakatos sustentará dicho principio
extrametodológico en la secuela de confianza psicológica que se deriva de la
corroboración, en la cual, dice percibir una brizna de inductivismo: "El
valor del exceso de corroboración es que indica que los científicos pueden
estar acercándose a la verdad, del mismo modo que el valor de los pájaros que
revoloteaban sobre el barco de Colón era que indicaban que los descubridores
podían estar aproximándose a tierra firme" (34). Esta interpretación
inductivista de la corroboración, según Lakatos, habría sido asumida por Popper
como una solución posible para fundamentar un indicio de verosimilitud de las
teorías, constituyendo una restitución moderada del razonamiento inductivo.
Reparemos, no obstante, que la restitución del inductivismo–débil lakatosiano
introduce un ingrediente extrametodológico, o sea, extraño al ámbito de la
historia interna de un programa y, por ende, su incorporación involucra aceptar
un elemento irracional en el juego del conocimiento científico.
Lakatos, para reforzar su posición,
cita un addenum, incluido en la tercera edición de la "Logik der
Forschung" (1969), donde Popper comenta este problema, allí dice el maestro:
"El problema lógico–metodológico de la inducción no es irrevocable, pero
en mi libro ha sido solucionado de modo negativo: a) solución negativa. No
podemos justificar nuestras teorías como verdaderas o probables. Esta solución
es compatible con la siguiente: b) solución positiva. Podemos justificar la
elección de ciertas teorías en razón de su corroboración, esto es, teniendo en
cuenta el estado actual de la discusión racional sobre las teorías rivales
desde el punto de vista de su verosimilitud" (35).
Esta declaración alegra a Lakatos
pero no lo satisface, porque a su juicio Popper no extrae las consecuencias de
fondo que están implicadas en su aceptación, en particular: que la solución
positiva supone asumir la validez de un principio inductivo sintético vigente
en la corroboración, pero –al contrario– sigue sosteniendo la idea de una
corroboración puramente analítica, con lo cual su postura se vuelve
inconsistente. De acuerdo a Lakatos si bien no se puede probar la verdad de las
teorías, la corroboración interpretada inductivamente (en el sentido de exceso
de corroboración), al menos puede aportar un indicio de verosimilitud.
El término verosimilitud es el
sucedáneo del antiguo y complejo ideal, perseguido por la ciencia, expresado en
la aspiración a una aproximación progresiva a la verdad. Popper usó la
expresión verosimilitud en un sentido técnico, concibiéndola como una ecuación
referida al contenido de verdad menos el contenido de falsedad de una teoría.
Esta proposición involucra, sin embargo, cuestiones metafísicas que escapan al
ámbito de competencia de la ciencia, como la suposición que la verdad reconoce
grados o la ontologización de la misma (si el científico se puede acercar a la
verdad, ello supone "creer" que la verdad–reificada se encuentra
espacialmente situada).
Empero, a pesar de sus
dificultades, Lakatos opina que el postulado de una ciencia verosímil,
sustentada en la inducción débil que proporciona la corroboración, es una idea
prometedora por cuanto rescata la posibilidad de fundamentar un crecimiento
acumulativo moderado y, así justificar el progreso del conocimiento científico;
sin pretender zanjar el punto, sugiere: "Verosimilitud tiene dos
significados distintos que no deben ser confundidos. En primer lugar puede
utilizarse significando plausibilidad intuitiva de la teoría; en este sentido,
y según mi punto de vista, todas las teorías científicas creadas por la mente
humana son igualmente inverosímiles y misteriosas. En segundo lugar puede
utilizarse en el sentido de una medida cuasi–teórica de la diferencia entre las
consecuencias verdaderas y falsas de una teoría que nunca puede ser conocida
pero que ciertamente podemos conjeturar" (36). En síntesis, la
verosimilitud y la corroboración como inducción–débil, forman parte del núcleo
firme de la propuesta lakatosiana y quedan incluidas en la metafísica de la
metodología de evaluación de los programas de investigación científica.
El
Instrumento
Hemos resumido los planteamientos
de la metodología lakatosiana en un instrumento de trabajo que sirva al
propósito de conducir una reconstrucción racional de un programa de
investigación científico en ciencias sociales y que, además, permita evaluar su
desarrollo histórico en orden a determinar su progresión o regresión. En la
fase de evaluación nos centraremos en el examen de la historia interna,
identificando el núcleo firme así como las teorías e hipótesis auxiliares que
se han desprendido de él y diagnosticando la existencia o inexistencia de
excedente teórico y/o empírico.
El instrumento que ofrecemos ha
sido aplicado, por el autor, en un intento de reconstrucción racional del
programa sociofenomenológico, que expondremos en un próximo número de
"Cinta de Moebio".
1) El instrumento se desglosa como
sigue:
2) Identificar el Programa de investigación.
3) Describir el núcleo firme
(explicitando su base metafísica).
4) Señalar y caracterizar las fases
de su desarrollo histórico.
5) Análisis de cada fase:
representantes y aportes al programa.
6) Organizar el cinturón protector
de hipótesis auxiliares. Especificando: a) conjeturas susceptibles de
contrastación que se han derivado del núcleo firme (anticipaciones); b)
conjeturas contrastables efectivamente sometidas a prueba y, c) determinar el
valor de corroboración empírica del punto 2.
7) Análisis de las refutaciones (a
las hipótesis auxiliares) presentadas por los programas rivales y revisión de
las soluciones dadas desde el programa, a partir de su lógica interna (núcleo
firme y cinturón protector).
8) Evaluar la calidad de las nuevas
hipótesis en términos del carácter espúreo o autentico de las mismas (serán
espúreas si corresponden a hipótesis ad hoc; y auténticas si derivan del
cinturón protector).
9) Evaluación general de la
historia interna del programa en relación a la novedad teórica y empírica
aportada.
10) Determinar el carácter
progresivo o regresivo del programa.
Ulises Toledo Nickels - Magíster en
Educación (Universidad de Concepción). Doctor (c) en Filosofía (Universidad de
Chile). Profesor Universidad San Sebastián.
FUENTE: Cinta de Moebio No.5. Abril
de 1999. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Chile.
http://rehue.csociales.uchile.cl/publicaciones/moebio/05/frames04.htm
Notas
Bibliográficas
(1)
Lakatos, Imre. "La metodología de los Programas de investigación
científica". Alianza. Madrid. 1993. Pág. 161.
(2) Idem. p. 162.
(3) Idem. p. 166.
(4) Idem. p. 175. (nota infra 125).
(5) Idem. p. 13.
(6) Idem. p. 65.
(7) Idem. p. 66.
(8) Idem. p. 69.
(9) Idem. p. 71.
(10). Idem. p. 58 (nota infra 137).
(11). Idem. p. 93 (nota infra 236).
(12). Idem. p .66.
(13). Idem. p. 146.
(14). Idem. p. 67.
(15). Idem. p. 54.
(16). Idem. p. 15.
(17). Idem. p . 49.
(18). Idem. p. 146.
(19). Idem. p. 146 (nota infra 36).
(20). Idem. p. 16.
(21). Idem. p. 71.
(22). Idem. p. 67.
(23). Idem. p. 145.
(24). Idem. p. 97 (nota infra 248).
(25). Idem. p. 93.
(26). cfr. p. 71.
(27). Idem. p. 92.
(28). Idem. p. 92.
(29). Idem. p. 135. (nota infra 2).
(30). Idem. p . 154.
(31). Idem. p . 154.
(32). Idem. p. 52.
(33). Idem. p. 148.
(34). Idem. p. 204.
(35). Idem. p. 214. (nota infra 121).
(36). Idem. p. 133. (nota infra 366).
El desafío de la
complejidad
Sin indicación de autor
"Todo está en todo y
recíprocamente" dice con un dejo humorístico Edgar Morin (1) para no dejar dudas acerca de la condición
sistémica del universo y todo lo que lo compone. Esta afirmación enfrenta a esa
especie de lógica del desguace que
primó durante siglos y que instituye las operaciones de división, separación y
simplificación como método de conocimiento. Esta lógica disyuntiva y reductora
que es la que todavía impregna toda nuestra educación, establece que, para
conocer, es preciso separar al objeto de su entorno, aislarlo en condiciones
especiales y buscar la explicación del todo a través de sus partes. "En la
escuela hemos aprendido a pensar separando" dice Morin: Geografía por un
lado, Historia por otro, Química, Física, Arte, costumbres; y podríamos agregar
nosotros: en ningún lugar se vuelve a juntar eso que se ha separado tan cuidadosamente.
La conclusión es un pensamiento con grandes dificultades para abordar sistemas,
para considerar holísticamente las situaciones, para respetar la complejidad.
La ciencia de la modernidad se
fundó y desarrolló a partir de estos paradigmas, y avanzó espectacularmente
desintegrando el universo, buscando moléculas, genes, conductas, pero
alejándose cada vez más de la comprensión integral de una complejidad que,
reducida a sus mínimas expresiones, ya no ofrece más que la aridez de lo que ha
sido llamado, en contraposición con la Antigüedad, un mundo desencantado. Los crecientes problemas acerca de la ética de
algunas operaciones científicas (las armas nucleares, la clonación o la
manipulación genética) nacen a partir de estas operaciones de simplificación.
Un físico o un químico no tienen posibilidades, por su formación, de ocuparse
de la vasta complejidad de los problemas éticos. La ciencia es precisa y
exacta, aunque para eso deba aceptar que también es ciega.
Sin embargo, en este orgulloso
edificio de las ciencias construido en la modernidad, surgieron hace algunos
años grietas y goteras que encendieron luces de alarma y que, desde entonces,
no cesan de presentar contradicciones y paradojas que cuestionan la validez de
los principios acuñados durante siglos. Desde el interior de las llamadas
"ciencias duras" y desde otras disciplinas surgen evidencias de que
se ha llegado a un límite en el imperio de estos paradigmas. Hagamos un breve
recorrido por estas cuestiones.
Una
historia diferente
Hace casi cuarenta años que se
publicó el libro de Thomas Kuhn
"La estructura de las revoluciones científicas" y su efecto sobre
historiadores y epistemólogos es en la actualidad nítidamente reconocible en
algunos de sus aportes centrales. La misma noción de paradigma, hoy ampliamente utilizada para definir los conceptos
centrales de las disciplinas científicas, recibe en este libro de Kuhn su más
precisa formulación (2).
¿Cuál fue el problema que Kuhn
debió enfrentar al querer estudiar la historia de la ciencia? Desde su origen
de físico profesional contaba con las herramientas proporcionadas por la
filosofía positivista y su método histórico lineal, abstracto y logicista. Y
encontró un escollo en su camino cuando, a partir de estos principios, tuvo que
considerar una paradoja notable relacionada con Aristóteles. Resulta que este
pensador, filósofo de tan vasta influencia en la cultura occidental, capaz de
sorprender por la agudeza de sus observaciones y la profundidad de sus
conceptos, era poco menos que un ignorante en lo que respecta a la física.
"Aristóteles me parecía no
sólo un ignorante en mecánica, sino además un físico terriblemente malo. En
particular sus escritos sobre el movimiento me parecían llenos de errores
garrafales, tanto en lo que se refiere a la lógica como a la observación"
(3)
¿Cómo conciliar ambas imágenes, el
sabio y el ignorante, el pensador formidable y el torpe balbuceador de errores?
Este es el hilo que le permitirá a Kuhn escapar al condicionamiento de su época
y de los paradigmas con los cuales, sin saberlo, estaba descalificando al
Aristóteles físico. A partir de aquí podrá comenzar a ver a Atristóteles no en
relación con la física newtoniana, sino en el contexto de su época, empapándose
del espíritu de esa época.
"Kuhn osó interrogar a fondo
la historia de la ciencia para tratar de comprenderla. Se embebió en el
espíritu de los autores que estudiaba, permitió que la belleza de sus teorías
lo cautivara, intentó restituirles la coherencia que la historiografía
positivista les había negado. Así, desarrolló un modelo de historia viva y
latente, plena de sentido, totalmente diversa de la versión anacrónica
tradicional que consiste en medir los acontecimientos del pasado con la vara de
los del presente, despedazando para ello los universos de sentido que les daban
coherencia y significado a los sucesos y a las teorías".(4)
De este modo, no sólo recuperó la
grandeza de Aristóteles sino que construyó un método histórico que le permitió
reformular la historia de las ciencias y elaborar algunos conceptos de gran
importancia. Por ejemplo que, en realidad, ciencia en el verdadero sentido del
término, que es de cambio, novedad, creación, descubrimiento, sólo hay de tanto
en tanto en la historia. En esos momentos especiales, cuando nuevos paradigmas
irrumpen y desplazan a otros antiguos, es cuando se producen las llamadas
revoluciones científicas. Esos nuevos paradigmas permiten, de repente, que los
científicos vean el mundo de investigación que les es propio de manera
diferente, como si fuera con otros ojos y establecen las condiciones para que
exista verdaderamente ciencia. Luego, durante largos períodos entre revolución
y revolución la tarea de los científicos, investigadores, profesores, es la de
emprolijar los resultados del cataclismo, ordenar, explicar, difundir, enseñar.
Entre sismo y sismo median largos periodos de ordenamiento y, consecuentemente,
no de "verdadera" ciencia.
Es preciso reiterar que, muchas
veces, los cambios de paradigma se expresan traumáticamente, que las épocas
suelen presentar violenta, y a veces sangrientamente, la lucha por el
predominio de determinados paradigmas, como veremos enseguida en el ejemplo de
Galileo o en el trágico fin de otro científico de la época, Giordano Bruno,
quemado vivo por el Santo Oficio por sus ideas renovadoras. Todo esto resulta
tan verdadero como alejado de las bucólicas imágenes que presentan a los
científicos como desinteresados seres humanos sólo movidos por su amor a la
verdad y al avance de la humanidad.
En fin, Kuhn debió enfrentar, para
poder producir sus aportes a la historia de la ciencia, lo que Castoriadis
denominó "la paradoja de la historia": el historiador es él mismo un
ser histórico y, como tal debe dar cuenta de su cosmovisión, de los marcos
conceptuales que le proporcionan su época y el estado de avance de su
disciplina. Sólo así podrá escapar a la linealidad de una historia acumulativa
y estará en condiciones de acercarse a la época o la figura que estudie
considerando su contexto, con una mirada respetuosa y, por lo tanto, capaz de rescatar
la complejidad de un momento y su irreductibilidad a las simplificaciones que
pueden establecer las miradas posteriores.
Tres
aportes fundamentales
La edad Moderna, con sus
desarrollos científicos y tecnológicos, desplazó a los paradigmas que habían
reinado en la antigüedad, acabando con aquella imagen de mundo encantado, un mundo dotado de una unidad proveniente de la
común pertenencia de todo a la Creación, en el que se concebía la
interdependencia de los fenómenos materiales y espirituales, un mundo en el que
había lugar tanto para el desarrollo conceptual como para el mito y la leyenda.
La convicción de una Tierra centro del universo, de mares poblados de monstruos
y sirenas, de bosques encantados, de duendes y magos, de historias fantásticas,
de héroes y dioses, pero también de desarrollos filosóficos, de artesanías de
gran complejidad, de máquinas de guerra y de vastos imperios, formaban parte
del mundo antiguo y lo convertían en un fresco colorido y diverso.
Hasta que este mundo comienza a oír
voces que cuestionan sus creencias y proponen cambios profundos en las certezas
que, hasta entonces, le habían permitido avanzar y desarrollarse con su
compleja configuración.
Una de estas voces es la de Galileo Galilei (1564-1624) quien
probará la amarga experiencia de desafiar los conceptos establecidos, al
enfrentarse a una acusación de herejía por difundir las ideas copernicanas
acerca de que el sol permanece inmóvil y es el centro del universo, y no la
Tierra como había establecido Ptolomeo y aceptaba la Iglesia como verdad
indiscutible (la Tierra, centro de la Creación, no podía ser otra cosa que el
centro del universo). Colocado ante la alternativa de ser ejecutado o desmentir
públicamente su teoría, Galileo se decide por lo segundo, difundiendo un texto
que le fuera dictado por sus inquisidores:
"Yo, Galileo Galilei, hijo del
difunto Vicente Galilei, natural de Florencia, de setenta años, luego de ser
sometido a juicio... abandono la falsa teoría de que el sol permanece inmóvil y
es el centro del universo, y no sostendré, defenderé ni enseñaré dicha falsa
doctrina de manera alguna".
"¡Eppure si muove!"
parece que dijo por lo bajo Galileo, luego de admitir lo que le obligaron decir
("¡Y sin embargo se mueve!") refiriéndose a la traslación y rotación
de la Tierra. Su caso y el de otros pasaron a la historia como ilustración de
la violencia y la intolerancia que suelen acosar a quienes se atreven a
desafiar las ideas establecidas, o los paradigmas, diría Kuhn.
Pero Galileo no sólo fue el
refutador de la teoría geocéntrica, sino que incorpora una noción que habrá de
ser clave para el desarrollo de la ciencia de la modernidad. Es posible, dice,
comprender el libro de la Naturaleza a condición de que se utilice el idioma en
el que está escrito, y ese idioma es el de las matemáticas. Incorpora así la
idea de la herramienta matemática, una construcción de la razón humana, para el
estudio de cualquier fenómeno, pero además ya prefigura una polaridad que habrá
de adquirir estatuto pleno con la filosofía de Descartes: el mundo natural y un
observador calificado.
René
Descartes
(1596-1650) será, precisamente, otro de los pilares que fundamentan los
paradigmas de la ciencia moderna.
Preocupado por encontrar una verdad
indudable y partiendo de la falibilidad de las apreciaciones humanas, utiliza
el recurso de la duda metódica para desechar cualquier conocimiento que pueda
ponerse en duda, en todo o en parte. Así, desestima la información
proporcionada por los sentidos, puesto que está claro que estos son fuente de
error y engaño. La vista, el oído, el gusto, el tacto o el olfato suelen
inducirnos a equivocaciones, por lo que las informaciones que brindan poseen un
evidente carácter dudoso. Continuando en esta dirección, llega a plantearse que
en ese mismo instante en que está meditando, no tiene la seguridad plena de no
estar dormido y ser, en definitiva, todas sus elucubraciones parte de un sueño
y no una realidad. Debe, entonces, poner en duda también esa escena y continuar
buscando algo que le resulte indudable.
Por último, luego de haber pasado
revista rigurosamente a todas y cada una de las situaciones que, pretendiendo
ser fuente de conocimiento no poseen ese carácter de indudable, culmina sus
reflexiones admitiendo que, dormido o despierto, hay algo de lo que ya no puede
dudar: está dudando. Esta actividad se le presenta como la clave a partir de la
cual afirmar un saber indudable. Y la actividad de la duda, como función de su
pensamiento, le permite formular la frase que pasó a la historia: pienso, luego existo. Es decir, la
prueba indudable de mí existir es que dudo, puedo pensar, con el acto de mi
pensamiento establezco mi existencia de manera indudable. Esto, que es llamado
la constitución autónoma del sujeto, significa un paso en la afirmación de este
término, sujeto, sin necesidad de
recurrir a la acción divina. El sujeto es capaz de constituirse autónomamente.
Y en este mismo acto, con el establecimiento del sujeto, queda, a su vez,
escindido el mundo ya que todo lo demás pasa al orden objetivo. Sujeto y
objeto, con el hiato que se abre entre ambos términos, van a constituirse en la
operación que permitirá fundar la ciencia moderna: un mundo objetivo factible
de ser conocido y un sujeto capaz de conocerlo por medio de su actividad
racional. Como dice Raúl Cerdeiras acerca de la labor de Descartes:
"Él construye, abre un espacio
de comprensión del Renacimiento florentino, de los viajes de Colón, de
Copérnico, de la revolución científica, es decir, del nacimiento de la ciencia
moderna y su proyecto gigantesco de matematizar el conocimiento por medio del
esfuerzo de Galileo, de Kepler, contemporáneos todos de Renato Descartes."
(5)
El tercer aporte decisivo para el
establecimiento de los paradigmas centrales de la ciencia de la modernidad es
el de Isaac Newton (1642-1727), el
constructor de la Física, el que formuló la ley de gravitación universal, el
creador del Cálculo Diferencial. Sus ideas, que contribuyeron a forjar la
ciencia de Occidente, pueden ser sintetizadas en un mensaje de simple
enunciación: el Universo es ordenado y
está sujeto a leyes, las que se expresan en lenguaje matemático. El hombre, a
través de la ciencia, puede descubrir esas leyes y, en consecuencia, operar
sobre el Universo.
Y será desde esta formulación que
se abrirá el impresionantes capítulo de la ciencia moderna, la que entregará
portentosos descubrimientos, invenciones extraordinarias y avances tecnológicos
jamás soñados. Y la que fijará, a su vez, los límites de ese conocimiento ya
que si se afirma que "el Universo es ordenado y está sujeto a leyes",
quedará fuera de interés todo lo que no responda a este enunciado, lo
contradiga o lo relativice. El desorden, el caos, la impredecibilidad serán
fuentes de error que el científico deberá evitar a toda costa, construyendo
para eso precisos mecanismos y diseñando depurados métodos de investigación y
operación.
El
edificio de la ciencia moderna
Pasemos revista a algunos de los
pilares del conocimiento moderno desplegado en Occidente, para poder analizar
después las paradojas y contradicciones que más adelante van a hacer tambalear
a estos paradigmas.
Un valor fundamental es, como se ha
dicho, la existencia de leyes de la naturaleza, es decir, que el mundo natural
puede ser descrito según leyes físicas simples, las que se comportan con
regularidad y exactitud. Una de esas leyes establece que el tiempo, al igual
que el espacio, son absolutos y están presentes antes de la aparición de los
objetos, los que luego se situarán en ellos. Tal como Newton lo describe, "el
tiempo absoluto, verdadero y matemático, que fluye por su propia naturaleza, de
forma uniforme, sin verse afectado por nada externo" (6) es incognoscible
desde la perspectiva humana. Más adelante Einstein dirá que el tiempo es una
ilusión. El hombre sólo podrá establecer convenciones que le permitan trabajar
con tiempos y espacios relativos. Esto da nacimiento a los sistemas de medidas
y a los acuerdos sobre los patrones a utilizar.
Este tiempo y espacio absolutos
permiten la expresión de otra de las leyes, la reversibilidad, que plantea que
las ecuaciones pueden ser matemáticamente equivalentes cambiando los signos de
sus componentes (v equivale a –v, así como t equivale a –t ó 2 a
–2). Es decir, establecida una posición cualquiera en el tiempo, es posible
establecer su opuesto como cambio de sentido. Un péndulo perfecto, moviéndose
en el vacío sería el ejemplo más claro. "Esto es la forma matemática de
expresar que si a partir de un cierto instante hay un cambio en el sistema
dinámico, otro cambio, definido mediante la inversión de las velocidades de los
componentes, puede restaurar las condiciones originales." (7) En
definitiva, esta noción implica la imposibilidad de definir una diferencia
intrínseca entre el antes y el después, es solidaria con la idea de un tiempo
como absoluto, sin principio ni fin y permitirá que un continuador de la obra
de Newton, Pierre Laplace (1749-1827) afirme que si se pudiera contar con la
capacidad de cálculo suficiente, sería posible conocerlo todo, predecir el
futuro o retrodecir el pasado. Esta posición ha sido considerada como el más
claro exponente de la omnipotencia que dominó a los hombres de ciencia, a
partir de la matematización del conocimiento, de la utilización del cálculo y
del perfeccionamiento del método experimental.
El determinismo, por su parte,
constituirá otro pilar de esta ciencia de la modernidad occidental. La relación
causa-efecto presidirá la comprensión de todos los fenómenos y guiará la
búsqueda de explicaciones: por la existencia de las leyes generales del
universo, todo está determinado y obedece a causas que es posible hallar
mediante precisas operaciones científicas. El azar, el caos, las paradojas
quedan fuera del espacio de esta ciencia que reinó durante siglos y se
constituyó en modelo al que deberían ajustarse todos los intentos humanos por
conocer y comprender. La física, con su doble capacidad para formular hipótesis
y verificarlas experimentalmente, pasó a posibilitar el acceso a las verdades
irrefutables convirtiéndose en el modelo de ciencia por excelencia.
Pero tal vez el elemento principal
sobre el que se asentará la ciencia moderna sea el que define la relación entre
el sujeto y el objeto, a partir de la distinción establecida por René
Descartes. Pareciera que este filósofo, luego de arribar a la constitución
autónoma del sujeto, cuando demuestra la capacidad humana para conocer,
inaugura también la más formidable impugnación de las facultades de ese sujeto,
al que se le imputan desde allí todas las distorsiones imaginables en sus intentos
por conocer el mundo. La ciencia, entonces, para ser verdadera ciencia, deberá
cuidar que no interfiera la condición subjetiva en sus observaciones,
investigaciones y operaciones. El método de laboratorio, con sus depurados
procedimientos para evitar la incidencia del observador, se constituirá en
"el" método. Según Fox Keller "... en el siglo XIX el término
‘objetivo’ adquirió su sentido actual, como de algo ajeno a toda perspectiva,
‘una visión desde ninguna parte’, un conocimiento sin un sujeto cognoscente"
(8) Como plantea esta misma autora, un antecedente temprano de esta noción de
visión externa surge con la perspectiva en la pintura de Filippo Brunelleschi,
en el siglo XV, quien inaugura el método que, ubicando el punto de visión fuera
del cuadro, crea la sensación de realidad, como una primitiva metáfora de lo
que, dos siglos después, le sería requerido al observador para conferir
exactitud a las operaciones científicas.
Serán las disciplinas sociales o
humanísticas, como hemos dicho, las que sentirán profundamente el imperio de
estos paradigmas, ya que, a partir de aquí, o se adaptan a los requerimientos
del método científico o quedan reducidas a meras especulaciones no confiables.
Ser "objetivo", proceder con objetividad, fueron requerimientos insoslayables
para poder acceder al estatuto de ciencia. Obviamente, desde esta perspectiva,
no había lugar para las ciencias sociales o humanísticas. Demasiada
imprecisión, demasiado ruido, demasiados errores en disciplinas que no
alcanzaban a cumplir decentemente con las mínimas condiciones establecidas por
la hegemonía de las llamadas ciencias duras.
Hubo, a partir del imperio de estos
paradigmas, quienes buscaron replicar en las disciplinas humanísticas los
requerimientos de objetividad que se imponían y construyeron métodos de
laboratorio y definiciones físicas para fenómenos del campo subjetivo. Tales
intentos, al establecer situaciones artificiales, distorsionar los
"objetos" de estudio e importar métodos y conceptos desde el
territorio de las ciencias duras, fueron conduciendo a estas disciplinas a
callejones sin salida, a verdaderos desvíos de los que costó luego volver. Tal
vez el ejemplo más claro sea el de Kurt Lewin, marchando desde las experiencias
de laboratorio en investigaciones psicológicas hasta formular la necesidad de
investigar en el campo social real, advirtiendo el error de asimilar las
ciencias humanas al imperio de la física y planteándose profundamente la
importancia de dar cuenta de los fenómenos psicosociales respetando sus propias
características.
El fin de
las certidumbres
Esta frase, que es a la vez el
título de un libro del premio Nobel en Química Ilya Prigogine, nos sitúa frente
al vasto movimiento que, desde hace algunas décadas, viene mostrando el
agotamiento de los paradigmas construidos en la edad moderna y proponiendo
enfoques alternativos. Justamente es este ruso educado en Bélgica quien se
constituirá en uno de los referentes del debate acerca de los llamados nuevos
paradigmas.
Uno de los testimonios que
Prigogine ofrece del cambio de paradigmas a que asistimos, es la declaración
efectuada en 1986 por Sir James Lighthill, presidente entonces de la Unión
Internacional de Mecánica Teórica y Aplicada, quien, en una inusual muestra de
sinceridad y responsabilidad científica, dijo:
"Aquí debo formular una
proposición, hablando nuevamente en nombre de la gran fraternidad mundial de
quienes se dedican a la mecánica. Hoy tenemos plena conciencia de que el
entusiasmo de nuestros antecesores por los maravillosos logros de la mecánica
newtoniana los llevó a hacer ciertas generalizaciones en esta área de
predictibilidad, en las que en general tendíamos a creer antes de 1960, pero
que ahora reconocemos como falsas. Deseamos pedir disculpas colectivas por no
haber encaminado en la dirección adecuada al público culto en general,
difundiendo ideas sobre el determinismo de los sistemas que se atienen a las
leyes del movimiento de Newton, ideas que después de 1960 demostraron ser
incorrectas" (9)
¿Qué había ocurrido para que se
produzca tamaña autocrítica, tan poco frecuente en el presuntuoso mundo de la
ciencia? Desde dentro y desde fuera de las ciencias duras habían surgido
primero paradojas, luego dudas serias y por último evidencias de error en lo
que, durante décadas, fueran las columnas en las que se apoyó el edificio de
esas ciencias.
Una de las primeras manifestaciones
de incomodidad, la tuvieron los defensores de la noción de reversibilidad del
tiempo al enfrentarse con dos fuertes evidencias contradictorias:
Una de ellas es la proveniente de
la Biología y, más precisamente, de los estudios que le permitieron a Charles
Darwin escribir en 1859 su conocida obra El
origen de las especies. Allí se demuestra que en la Biología y en la evolución
no hay reversibilidad alguna, que en realidad esta evolución va desde los
elementos más simples hasta los más complejos en una cadena siempre en
desarrollo progresivo, que no hay posibilidad de vuelta atrás, que este
movimiento, antes que reversibilidad, muestra lo que se denomina una flecha del tiempo, es decir, una
dirección, un recorrido irreversible.