| EL NASCITURUS |
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Nací en otoño, cuando los árboles amarillean y el frío comienza a invadir los pulmones de los fatigados labradores, que por fin encuentran unos momentos de descanso después de las largas jornadas del verano. Pero todo esto lo supe mucho después, pues en el momento de nacer mi única preocupación era de tratar de enterarme de lo que me estaba pasando, de por qué ya no estaba tan plácido y calentito, sobre todo por qué no estaba en el medio líquido en el que me había desenvuelto hasta entonces. El frío me rodeaba y golpeaba cada rincón de mi cuerpo, haciéndome tiritar, como si esta mi primera lección tratara de explicarme que la vida no es un camino de rosas, que se acabó lo bueno de la vida, que ese sonido estridente que oía eran mis propios alaridos lastimeros. Los nueve meses que pasé en el útero materno fueron días largos, largos, largos... y felices, seguramente los más apacibles de toda mi existencia. Infinitos eones detiempo en la más absoluta tranquilidad, en la paz más absoluta, en el estado más placentero que nuestra misérrima imaginación haya tratado posteriormente de imaginar (o más bien, tratado de recordar). Qué terriblemente bella esa estancia en limbo en los primeros segundos de nuestra vida, justo después de fecundación, cuando tardaban milenios en transcurrir mientras que tranquilamente me disponía a ordenar mi propio código genético para fabricar lo que luego sería mi cuerpo. Y es que no percibí un momento en el que atravesara la barrera de la inexistencia a la existencia, como pudieron tal vez (aunque lo dudo) notar mis padres en el momento de engendrarme. Yo percibí mi entrada en el mundo como un mero proceso de aceleración temporal. De la Paz Absoluta en la que nunca pasa nada, pasé a comprobar que existían cambios, que lo que antes era tal ahora era cual, y que había un antes y un después de ese cambio. En esos primeros instantes de mi vida, vivía cabalgando en una millonésima de microsegundo asombrado por el universo de cambios al que me iba asomando. Transcurrieron muchas eternas millonésimas de segundo en las que no ocurría nada, en las que simplemente mi vida se limitaba a una consciencia de mi propio organismo, compuesto en ese momento por una sola célula. Vivía una búsqueda estática de mis propias fronteras, que yo no creía en la membrana de la célula, pues consideraba todo el universo de mis percepciones como a mi propio yo. El universo y yo éramos una misma cosa. Yo era el Demiurgo, ajeno al tiempo, dueño y señor del Cosmos infinito. Durante toda mi existencia como nasciturus en el seno materno, en la que los instintos guiaban por completo el proceso de formación del feto, mi consciencia interaccionaba con todo el universo que podía percibir, aunque con lo que más alucinaba era con mis propios cambios. Cómo las alteraciones de mi cuerpo estaban estrechamente relacionadas con las alteraciones que se producían en mi madre y, sobre todo, al ir adquiriendo cada vez formas más perfeccionadas de percepción, mi crecimiento no me hacía sospechar la realidad individual que percibiría algunos años después de nacer, sinoque percibía al universo y al yo como un todo cambiante. Muchos años he tardado en alcanzar de nuevo esa iluminación de la que gozaba en mi orígenes, muchas lecturas filosóficas que se pueden entender, pero para sentirlas hay que llegar a sus conclusiones de forma autónoma. Se puede transmitir el saber pero no la sabiduría decía un sabio hace miles de años . Empecé a distinguir el paso del tiempo mientras empezaba con el maravilloso proceso de duplicación de mi propia célula. Después de hacerlo una vez vi continuar el proceso, mis dos nuevas células se volvían a duplicar y que las cuatro resultantes volvían a hacerlo. Para mí era un juego de lo más divertido, veía cómo crecía el número de células y cómo empezaban a divergir entre sí y se agrupaban formando diferentes tejidos. Una vez que pasaron mil edades de mil milenios cada una, cuando contaba ya varios miles de células, empecé a dejar de percibirlas, para entonces mi atención se dirigía hacia los órganos que empezaban a desarrollarse. Incontables milenios de lento trabajo transcurrieron hasta que logré fabricar lo queahora sé que se llama cigoto, miles de siglos hasta que se formó un feto con órganos vitales plenamente definidos, y años y años hasta que un día de noviembre fuera expulsado del seno de mi madre, al igual que les pasó a Adán y a Eva cuando fueron expulsados de ese paraíso terrenal al que querían retornar los extintos cristianos. Durante todo este tiempo que pasé nadando en el océano amniótico fue muy importante no cometer ningún error a la hora de duplicar el ADN, aunque no llegase a sospechar la verdadera transcendencia que un error podría tener para mi vida futura (y las vidas de mi descendencia). Ahora me dicen que los errores en la transmisión del ADN que se producen en este período son uno de los factores que han determinado la evolución de la especie hasta convertirnos en personas. Pero ¿cuántos individuos habrán muerto por mutaciones poco favorables? En fin, dudo que a pesar de tener toda la atención en la supervisión del ácido nucleico hubiera podido evitar un error si este se hubiese producido, pues en realidad mi consciencia era la de un espectador que disfruta deun espectáculo. Nada más asomar la cabeza a este horrible mundo frío, y al notar lo vacío de la sustancia, soplé con toda la energía de mis pequeños pulmones, todavía en el interior de mi madre. Así fue mi primera bocanada de aire, tras expulsar las gelatinas que me obstruían la nariz, y mi primer grito de guerra, sin haber acabado de entrar del todo en la habitación de la maternidad donde había ido a parar mi madre. A la vez supuso una verdadera consciencia de que tenía algo dentro de mí aparte del corazón, pues sentí como cada minúscula gota de aire llegaba hasta el fondo de mi pecho y me quemaba, aunque ahora no de frío, sino de mera energía. También pude sentir como posteriormente el oxígeno se repartía por la sangre hasta llegar a todas las células de mi organismo como antes lo hacía a través del cordón umbilical, que de repente noté desaparecido. Alguien lo habría cortado ya, dejándome aislado por completo de la fuente de alimentos y placeres que por allí me llegaban . Así, a pesar de los conocimientos que yo ya disponía
del mundo, que, ingenuo de mi, los tenía por abundantísimos,
fui incapaz de prever un suceso transcendental que me cogió por
absoluta sorpresa ante lo radical del cambio en mi existencia: mi propio
nacimiento. Una vez que concluyeron los empujones y salí al Mundo
Exterior lo primero que noté fue la pérdida del medio líquido
en el que me había desenvuelto hasta entonces. Pero no lo percibí
como un cambio de algo ajeno a mí, sino que pensaba que era yo el
que había cambiado, que estaba enfermo y que tenía que volver
a mi anterior y más placentero estado líquido. El inmenso
vacío que me rodeaba me quemaba en una sensación de absoluta
frialdad y desamparo que no se mitigó hasta que una vez abrigado
como es debido, volví a escuchar el corazón de mi madre latir
en algún punto cercano a mí. Una vez me creí hallar
en sitio seguro, lo más parecido a mi anterior estancia que podría
encontrar aquí fuera, me dormí acusando el cansancio provocado
por el terrible berrinche que cogí. Al fin y al cabo me traían
a este mundo sin que nadie me hubiera pedido permiso.
Sísifo Pérrez
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