Adolescencia
Night Noise
Matemáticas AvanzadasFranny
Adolescencia
A través de la ventana
veo los últimos rayos de sol
caer
sobre el tejado de las lejanas casas.
Todo invita al sosiego y a la calma,
a parecerse a esos hombres -los tumbaítos-
que una mañana, sin más,
optaron
por suspender su actividad social
y se abandonaron espléndidamente
a la inacción.
Sin embargo, el cansancio es tal
que me impide relajarme y disfrutar
de las horas finales.
Me duele tanto escribir estas palabras
que a veces sospecho que todo sea
inútil.
Inútil querer plasmar en unas
pocas líneas
cómo me siento sin ti, cómo
sobrellevaré
los días en que estés
lejos de mí,
y por todo recuerdo
sólo queden estos malos versos.
Quizá sea invención mía
o mera coincidencia de deseos
y desintereses. Quién sabe
qué
azares nos depara el destino.
Quizá estaba amaneciendo,
-quizá la luna alta aún
permanecía-
mientras a mi lado tú respiración
acompasaba una vaga tristeza.
La noche pasaba insomne,
ebria de recuerdos y placeres,
momentos de plata enmarcados,
delimitación de espacios vacíos
con el vano deseo de fijarlos,
aprehenderlos como melodía,
y, sin embargo, tan diferentes,
tan distintos, al primero.
Qué queda de todo aquello
-palabras, caricias y besos-
de una noche blanca y tibia,
de mi miedo estúpido,
de mis inseguridades,
y de mis anhelos
-me preguntaba si acaso los latidos
de mi corazón te despertarían,
amor-.
Qué queda cuando las palabras
vuelan, las caricias se olvidan
y los besos no alcanzan su destino.
Imágenes en blanco y negro gastadas
por la memoria. Evocación de
sensaciones
que creíamos imperecederas.
Palabras
que se perderán en el tiempo
inexorablemente.
Una conversación banal e intranscendente,
en un bar cualquiera, sentados junto a la barra,
hombre y mujer cansados
de una vida mísera, demasiado larga;
penalidades no compensadas en este juego absurdo
en el que todos buscamos los dados
para probar suerte, para cambiarla.
El taburete demasiado alto
le impide -a ella- que apoye los pies
(agotada como está, después de un día de trabajo,
doce horas sin parar, de un lado para otro, limpiando mierda).
La última copa -sin hielo-, el camarero solo,
la televisión que calla hace rato,
la verja a medio echar,
un hombre y una mujer cansados
beben en un bar.
Él -inexpresivo-, con ambarina luz
sobre el rostro melancólico
(quién sabe con qué mares soñará,
capitán de buques fantasmas,
varado entre asfalto y hormigón),
bebe a sorbos cortos
el whisky con agua.
Ella se mira las uñas, mordidas
o rotas, descoloridas por la lejía
-no usa guantes de goma- y así
quedan tan feas, tan poca cosa.
Los dos continúan su ritual anodino
sin prestarle demasiada importancia.
La verja medio cerrada, se abre de nuevo,
cuando una pareja de jóvenes, entra en el bar
y pide un paquete de Fortuna,
ah, y unas patatas fritas, por favor.
No más de veinte años deben tener
las chicas, y ella observa esas piernas
tan finas, tan largas,
y todo el cuerpo
con cierta envidia y añoranza
cuando pagan, les dan la espalda, el culo,
y se van.
La una y media, él apura.
Se levantan del taburete caliente
y dejan el dinero en el mostrador,
adiós, Ramón. Hasta mañana.
Afuera, hace frío,
la noche no acompaña,
es egoísta y avara
para un hombre y una mujer
que salen de un bar.
Ella anda despacio, le duelen los pies,
la espalda, y un poco, hoy, el corazón.
Te gusto aún -quisiera haberle preguntado-;
pero siguen calle abajo, sin decirse nada.
Nada,
ni una palabra.
Ni siquiera él que piensa
que ya no la quiere como antes.
Pero la toma, y la abraza,
en una noche fría y avara,
un noche cualquiera
para las matemáticas avanzadas.
I
Quien piensa en estados pasajeros,
sin fuertes convicciones religiosas
ni certidumbres espacio-temporales,
mira a Franny, dolorosamente rendida
ovillarse sobre almohadones de pluma,
-delicadamente inerme como hoja plateada-
mientras los pintores esperan afuera,
impacientes, fumando y charlando,
a que ella recupere el color en las mejillas.
Cuando él llega del trabajo,
camina hacia su habitación
-no ya la grande, sino la pequeña-
siguiendo el rastro de periódicos
esparcidos por el suelo;
y el olor a pintura y enfermedad,
y la blancura aséptica de paredes y techo
-ese silencio ominoso y opresivo también-,
le anticipan un transitorio vuelo
de paloma blanca y oscura.
La ve y la reconoce
pero esa no es Franny, no
tan pálida, no tan delgada,
como si carne y vida quisieran
escapar a un mismo tiempo.
Ella le pregunta por sus cosas
-la oficina, sus compañeros, Zooey,
los pintores y todo lo demás-,
él sonríe como un bobo y
miente cuando le dice que
pasado mañana volverán los pintores,
para pintar tu cuarto, Franny,
porque para entonces,
ya habrá pasado lo peor…
Quien piensa en estados pasajeros,
sin fuertes convicciones religiosas
ni certidumbres espacio-temporales,
no se pregunta el por qué de la muerte, Franny,
-tú te adelantaste, sí, pero es sólo
una cuestión de tiempo nada más-
se pregunta y me pregunto yo
cuál será el camino de regreso -para él-
cuando vuelva hoy del cementerio.
Y si habrá o no periódicos alineados
que le indiquen donde queda
tu habitación ahora.