Capítulo X

 

 

C A P I T U L O      X

 

 

ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS PODERES RELIGIOSO Y POLÍTICO

 

 

 

-         Depositario general a perpetuidad

-         Eligen alcaldes para 1739

-         Ex–comunión contra el corregidor

-         El cabildo pasó el caso a la Real Audiencia

-         Nombran protector de los indios – alcalde preso

-         El Marqués de Salinas

-         El cabildo de 1740

-         Testigo, juez y verdugo

-         Adjudicación de capellanías

-         Nombran alguacil mayor de la inquisición

-         Rechazan a vecino por falta de nobleza

-         Inglaterra declara la guerra a España

-         Alertan contra invasión

-         Cabildo abierto

-         La escuadra de Anson

-         La escuadra española

-         El Cabo de Hornos

-         Anson ataca

-         Captura e incendio de Paita

-         La retirada de Anson

-         La defensa del Virreynato

-         Leyenda de la Virgen de las Mercedes

 

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DEPOSITARIO GENERAL A PERPETUIDAD

 

El 17 de diciembre de 1738 se reunió el cabildo y ante el mismo se presenta el alférez real don Juan Gervasio Rodríguez, mostrando una Cédula Real que lo confirma a perpetuidad en el cargo y que tras haber sido leída estando todos de pie y con la cabeza descubierta en señal de respeto, se acordó acatarla, cumplirla y obedecerla, ordenando se inscriba en los libros del cabildo.

Se presentó a continuación otra cédula real por parte del depositario general don Isidro Alejandro Valdivieso, en la que igualmente se le confirma a perpetuidad en el cargo, repitiéndose la ceremonia anterior.

El remate del cargo de depositario se había hecho en 900 pesos de a 8 reales. Se le otorgó originalmente por seis años a partir del 19 de julio de 1731, y cumplidos esos, a perpetuidad.

La Real Cédula disponía que todos los depósitos de cualquier origen que fueran, quedarían bajo su custodia como “los secuestros, embargos que se hubieren hecho y se hicieran en cualquier manera, así por la justicia ordinaria de la dicha ciudad, como por el cabildo de ella, así de maravedis, plata, joyas, mercaderías, navíos, esclavos, haciendas, casas y otros cualquiera bienes de cualquier calidad que sean, excepto los bienes descaminados, por que estos deben entrar en mis cajas reales de la dicha ciudad de Piura, guardando una Real Orden en cuanto a los bienes de los difuntos, pues la plata labrada y por labrar, moneda, reales, joyas y perlas han de entrar en las referidas Cajas”. La cédula la firmaba el rey Felipe en Aranjuez el 28 de mayo de 1737.

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ELIGEN ALCALDES PARA 1739

 

Cumpliendo con la costumbre de rotar cargos del cabildo entre sus propios componentes y elegir algunos vecinos en enero de cada año, se reunió el cabildo bajo la presidencia del corregidor Juan de Vinatea, con la concurrencia del alcalde del 1er. voto don Ignacio Francisco de Herquicia; el maestre de campo y alcalde del 2do. voto don Diego Saavedra; el alférez real don Gervasio Rodríguez de Taboada; el fiel ejecutor don Bartolomé de Irigoyen; el depositario general don Isidro Valdivieso y el regidor decano don Lorenzo Merino de Heredia.

Resultaron elegidos, como alcalde del 1er. voto el cabildante don Bartolomé de Irigoyen. El vecino don Diego de Saavedra Masías y Coello fue elegido como alcalde del 2do. voto.  Como juez de solares don Isidro Valdivieso; para secretario de cartas el capitán don Antonio Araujo y al vecino don Francisco de Paula Moreno como procurador y como mayordomo designaron a don Gregorio Fernández.

Se tomó juramento a los presentes y se mandó llamar a los vecinos elegidos a los que se les informó sobre su designación, quienes también juramentaron.

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EX–COMUNIÓN CONTRA EL CORREGIDOR

 

En el Libro del Cabildo existe el acta de la sesión del 14 de enero de 1739, en que se trata de la ex–comunión de nada menos que del corregidor Vinatea, que era el representante del rey; que  había fulminado fray Nicolás Montero del Águila, cura vicario y juez eclesiástico de la ciudad.

En la sesión no se dan los antecedentes del caso, ni cuando fue hecha la ex-comunión, pero todo hace pensar que fue al finalizar el año 1738, en noviembre o en  octubre, ya que se habla de 80 días.

Hay que imaginar a los piuranos de la colonia, tan católicos cuando al concurrir a misa al templo matriz, se encontraron con las tablillas en la puerta, anunciando la ex-comunión.

En tiempos de la colonia, una ex-comunión era cosa muy seria. Las gentes huían del ex-comulgado como de un leproso, y aún cuando el fervor religioso había cedido un tanto con relación al siglo anterior, sobre todo por los desplantes del virrey Castelfuerte para con los obispos y la Inquisición, siempre resultaba sumamente molesto tener una ex-comunión encima.

Parece que todo se debió a la aplicación que hizo el corregidor de ciertas ordenanzas que no gustaron al celoso y engreído vicario. Este era hermano del anterior corregidor y habría que suponer que se quedó mal acostumbrado, contando con el apoyo del hermano como primera autoridad.

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EL CABILDO PASÓ EL CASO A LA REAL AUDIENCIA

 

Parece que pasada la euforia del primer momento, las razones del alférez real tomaron peso y tal como ocurre en estos casos muy difíciles, al día siguiente se tomaron contactos, se cambiaron ideas, se escucharon opiniones y se convocó a una nueva reunión el 15 de enero, de donde salió la típica lavada de manos.

Al abrir la nueva sesión, el teniente general don Diego Mesones de la Portilla, expresó que se iban a volver a tratar “los puntos propuestos por el cabildo que se hizo en la anterior reunión, por que no quedaron bien discernidos por haber sido muy tarde, para lo cual se hizo leer lo contenido en dicho cabildo por ser muy importante la decisión de ello, respecto de continuarse hasta ahora fijado en la tablilla por público excomulgado el Sr. General don Juan de Vinatea y Torres, corregidor y justicia mayor de esta ciudad y su jurisdicción”.

En la sesión se refirieron nuevamente a las tres cartas provisiones reales y declararon que tenían mucho sentimiento, de que no hubieran tenido el cumplimiento que debió darles el vicario, ni se haya conseguido el fin de la absolución de la censura en que se hallaba el corregidor.

Reconocen los cabildantes de que “cualquier providencia que tomasen “Pudiera quedar ilusoria”, por lo que han considerado recurrir a Su Alteza, los señores presidente y oidores del Real Acuerdo, para que determinen lo que más convenga sobre el particular y que se remedien los excesos que injurian a  la Real Justicia y sus fueros, de tal manera que sirva de escarmiento para lo sucesivo y que se determine lo que se debe hacer con los vicarios y jueces eclesiásticos ordinarios o de comisión y con los visitadores, que no accediesen a las apelaciones.”

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NOMBRAN PROTECTOR DE LOS INDIOS – ALCALDE PRESO

 

Mucho tiempo pasó para que se reuniera el cabildo piurano, pero al fin tuvo que hacerlo el 2 de junio de 1739, bajo la presidencia del corregidor y sólo concurrieron el alcalde Bartolomé Irigoyen y el regidor Antonio Gómez de Araujo, para atender un pedido que hacía don Sancho Antonio de Andrade y Sánchez Palacios que traía un nombramiento del Superior Gobierno, para que se le reconociera como protector de los naturales de la provincia y también como juez de aguas y fierro. En consecuencia, se le tomó juramento de ley, sin lo cual no podía ejercer.

El cabildo por esa época se encontraba en verdadera crisis. Por una parte aún regía la excomunión contra el corregidor, había un alcalde muy enfermo y el otro detenido, lo mismo que el alférez real. El problema de estos dos últimos, se había producido por que habiéndose comprometido como fiadores de Laureano Rojas, en un asunto que no mencionan las actas del cabildo, éste no pagó y los oficiales de la Caja Real decretaron la prisión de los garantes. La reclusión era en su domicilio.

La vara de la alcaldía la tomó en forma inconsulta don Antonio Gómez de Araujo, en acto que el regidor Isidro de Valdivieso y Céspedes, por ser más antiguo, consideró como una usurpación de funciones y motivó el correspondiente reclamo. Por lo tanto su ausencia de la sesión tiene que interpretarse como una protesta.

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EL MARQUÉS DE SALINAS

 

El 4 de diciembre se convoca a una nueva reunión, por cuanto habían llegado pliegos del virrey Villagarcía, zanjando la cuestión a favor de don Isidro Valdivieso y Céspedes, por ser el regidor más antiguo.  Por lo tanto la vara, símbolo de autoridad, pasó a su poder pero sólo por unos pocos días, pues el 1º de enero, como era costumbre, se renovó el personal edil. Pero en esta época las gentes eran muy celosas de sus fueros, prerrogativas y derechos, por lo cual por un asunto que ahora nos parece nimio, armaban un gran lío.

El fallo a favor de Valdivieso venía firmado por el escribano del virrey, el marqués de Salinas don Manuel Francisco de Fernández Paredes, cuya familia queda desde esa época vinculada a Piura.

En tiempos de la conquista, llegó a Piura el capitán Francisco de Sojo el cual se casó con doña Catalina Cornejo de Cantoral. Hijo de ambos fue don Juan de Sojo y Cantoral que heredó de su padre las haciendas de Sojo y La Capilla. Don Juan contrajo nupcias con doña Rosa de Olavarrieta y Medrano. Fueron hermanos del general Sojo, fray Francisco, doña Leonor y doña Águeda. Doña Rosa de Sojo se casó con don José Echarri a quien Felipe V hizo marqués de Salinas en 1711 y la hija de éstos, doña Rosa Echarri y Sojo marquesa de Salinas, se casó con el capitán Francisco de Fernández de Paredes y Clerque, alcalde Lima y escribano del virrey.

El coronel Francisco Javier de Fernández de Paredes, que se opuso a la independencia de Piura, fue el último marqués de Salinas, habiendo heredado la hacienda Sojo.

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EL CABILDO DE 1740

 

Así pasó todo el Año 1739 sin que el cabildo se pudiera reunir en forma más seguida y llegó el 1º de enero de 1740, en que se hizo la acostumbrada rotación de cargos.

Quedaron elegidos don Agustín Quevedo y Sojo como alcalde del 1er voto y don Baltasar Jaime de los Ríos como alcalde del 2do. voto. Como secretario de cartas y juez de solares se designó al capitán Antonio Gonzáles de Araujo y para procurador general a don José Quevedo y Subiaur. Como mayordomo a don Francisco de Sala y por renuncia de Francisco Jaramillo del cargo de portero, se nombró a Juan García Durán.

No asistieron a esta reunión, por diversos impedimentos,  Ignacio de Herquicia, Diego de Saavedra, Juan Gervasio Rodríguez de Taboada, Lorenzo Merino de Heredia y Francisco de Paula Moreno, es decir la mayoría.

El nuevo alcalde, don Agustín de Quevedo y Sojo, fue hijo de don Baltasar de Quevedo Villegas y Socombio, teniente corregidor de Ayabaca en 1684. Don Baltasar se había casado con doña Águeda Luisa Sojo y Cantoral, viuda del general don Juan Manrique de Lara. Doña  Agueda  Luisa, a la muerte de su primer marido se quedó dueña de una gran cantidad de haciendas entre las cuales figuraban Serrán, Hualcas, San Antonio, Siclamache, Casiapite, Uchupata y Chiña. Los Quevedo Sojo heredaron estas propiedades. Ellos fueron don Agustín; don José que también fuera regidor; don Gregorio, doña Incolaza y doña María.

El alcalde del segundo voto, don Baltasar Jaime de los Ríos fue hijo del contador, juez y oficial de las Cajas Reales de Piura don Isidro Jaime de los Ríos y del segundo matrimonio de éste con doña Rosa Rivera Neira. Don Baltasar estaba casado con la noble dama doña Mariana Rodríguez de Taboada, siendo por lo tanto cuñado del alférez real. De este matrimonio nació doña Isabel que contrajo matrimonio con don Manuel José Seminario y Zaldívar, que tuvieron varios hijos entre los cuales figuran Fernando Torcuato, abuelo de Grau y Miguel Jerónimo, prócer de la independencia. Descendientes de Fernando Torcuato fueron los Seminario García León, los Seminario Echandía, los Hilbck Seminario y los Schaefer Seminario. Descendientes de don Miguel Jerónimo fueron los Seminario Váscones, los Seminario Aramburu y los Seminario León. De ahí salen todas las conocidas  familias piuranas que llevan el apellido Seminario.

Don Juan José de Quevedo y Subiaur era capitán de milicias, hijo del contador y oficial de las Cajas Reales don José Andrés Quevedo Cevallos y de doña Tomasa Rosa Subiaur Urbina. Nieta de don Bartolomé Subiaur y de doña María Gertrudis Urbina y Quiróz y bisnieta del capitán don José  A. Urbina y Quiroz y de doña Catalina Velasco

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TESTIGO, JUEZ Y VERDUGO

 

El 7 de febrero de 1740 se recibió de don Francisco Jorge Sedamanos, un despacho en el que consta, de que estaba libre y absuelto de la causa que se le siguió en la Sala del Crimen. De igual manera se contempló en esa sesión la necesidad de designar capellanes para varias capellanías que estaban vacantes.

Con relación al caso de don Francisco Jorge Sedamanos de Cartavio y Roldán Dávila, la ciudad de Piura se conmocionó por que se trataba de un personaje de alta alcurnia.

Sedamanos había sido vecino de Trujillo en donde su familia poseía grandes propiedades como la hacienda Cartavio. Su madre, doña Juana de Cartavio y Roldán Dávila, era nieta del conquistador don Juan Roldán Dávila, gobernador de Piura cuando Pizarro estuvo en Cajamarca y de destacada actuación durante la conquista. Don Francisco Sedamanos se casó en Piura con la linajuda dama doña Francisca Gómez Zorrilla de la Gándara, emparentada con los Vásquez de Acuña y Aulestia  Menacho Zorrilla de la Gándara, condes de la Vega de Ren, de Lima.

Del matrimonio nació doña María Bonifacia Sedamanos Zorrilla de la Gándara, casada con don Diego Farfán de los Godos, que tuvo como antepasado indirecto al conquistador y fundador de San Miguel del Villar de  Piura, capitán Gonzalo Farfán de los Godos. Entre los descendientes de doña María y de don Diego estaban los Lama Farfán de los Godos, que fueron propietarios de las famosas haciendas de Máncora y Pariñas. El matrimonio se celebró el 2 de junio de 1743. Don Diego era hijo de don Manuel Farfán de los Godos y de doña Ana Espinosa de los Monteros, y había nacido en Sevilla.

Por esos tiempos, era don Francisco Sedamanos alcalde de la Santa Hermandad y como tal, encargado de perseguir a los maleantes de los campos. Por otra parte era uno de los principales terratenientes de Piura, tanto por bienes propios  como de su esposa. El cargo le servía pues a propósito para cuidar sus propiedades. El hecho es que en cumplimiento con sus tareas capturó a Juan Miguel Crivillero y en lugar de enviarlo a la cárcel pública, lo tuvo preso en una de sus haciendas. Luego le instauró un juicio sumario en donde actuó como acusador y juez, sentenciándolo a muerte y haciéndolo colgar de un algarrobo, todo esto sin conocimiento de la Real Sala del Crimen. Era pues una muestra de abuso y prepotencia.

Se trataba a todas luces de un asesinato premeditado y con ventaja, por lo cual se le inició juicio criminal; pero dada la condición social de Sedamanos, la sentencia que se le aplicó, después de la correspondiente prisión preventiva a domicilio, fue una multa de 400 pesos y una reprimenda, habiendo continuado en el cargo hasta 1747.

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ADJUDICACIÓN DE CAPELLANÍAS

La profunda fe religiosa de los piuranos de la colonia y la preocupación de salvar sus almas, les hacía buscar la forma segura, para que después de muertos se oficiaran misas por el sufragio de sus almas, ya que se consideraba era el medio más rápido para dejar el purgatorio y ganar el cielo.

Con tal fin dejaban muchas veces grandes propiedades unas como legados y en otras oportunidades como fundaciones que eran administradas por personal pagado, autorizado por las autoridades eclesiásticas y el cabildo, con la finalidad de cuidar la hacienda y hacer oficiar misas por el alma del legatario. Esas fundaciones se llamaban capellanías y los administradores eran los capellanes, los que también podían disponer de los frutos de las fundaciones. Por muerte de don Joseph Saavedra Palomino quedaron vacantes tres capellanías. Era don Joseph tío de don Diego de Saavedra Masías de Coello, por estar casado con su prima Leonor.

Las capellanías vacantes eran:

La 1ra. fundada por el capitán Fernando Troche de Buitrago, que tenía como albacea a la señora María de Villegas, por 6,300 pesos según escritura del 14 de agosto de 1727, suscrita ante el escribano don Sebastián Calderón.

Su abuelo fue el capitán don Gaspar Troche Buitrago, que llegó en los primeros años de la conquista, habiendo comprado la encomienda de Tangarará al capitán Francisco Lucena. Don Gaspar, el conquistador,  estuvo casado con doña María Aguilar, siendo hijo de ambos don Hernando, casado con doña Juana Castro Manrique de Lara.

La segunda capellanía fue fundada por el capitán don José Felipe de Urbina y Quiroz, bisabuelo del capitán Juan José Quevedo Subiaur, procurador general en 1739.  Tenía como albacea a don Alonso de la Torre, era por 3,760 pesos y fue otorgada el 17 de diciembre de 1662.

La tercera capellanía fue fundada por don Isidro Céspedes y tenía por albacea al capitán Antonio de Araujo. Fue dada el 24 de octubre de 1639 ante el escribano don Felipe Muñoz de Cobeñas.

Para la primera, se nombró capellán a don Antonio Román de Mesones, que más tarde fuera canónigo. Era hijo de don Diego Mesones de la Portilla y de doña Micaela Saavedra y Fuentes. Eran hermanos don fray Antonio, fray Eugenio que después fuera deán en Trujillo, Luis que fue regidor perpetuo de Piura y no dejó descendencia, Nicolás, Josefa y Francisco. Este último tuvo entre sus descendientes al pintor Ignacio Merino y a las familias León de Vivero y Abril de Vivero.

Como capellán suplente se nombró a don Francisco López Morato.

Para la segunda capellanía se designó al bachiller Francisco Javier de Valdivieso, clérigo provincial y para la tercera a don Tomás Cárcamo.

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NOMBRAN ALGUACIL MAYOR DE LA INQUISICIÓN

 

En la misma reunión de cabildo se tomó cuenta y se reconoció el nombramiento de don José Adrianzén Villanueva en el cargo de alguacil mayor de la Inquisición de Piura, de la que había sido simple familiar.

Don José y su hermano Diego se afincaron en Piura y fueron tronco de una numerosa descendencia en Huancabamba y Piura

Don José era caballero de Santiago y su padre había nacido en Flandes mientras que su madre era natural de Sevilla. Don Diego Adrianzén era suegro del regidor Isidro Alejandro de Valdivieso, por haberse casado con doña Tomasa Adrianzén en primeras nupcias.

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RECHAZAN A VECINO POR FALTA DE NOBLEZA

 

A fines de 1739 había salido a remate el cargo de juez de fierro, ganados y aguas y entre los que se presentaron figuraba don Miguel del Castillo, lo que no fue bien visto por los regidores piuranos, por cuanto el pretendiente no tenía las condiciones de nobleza que ellos consideraban necesarios, para que pasara a formar parte de su grupo.

La oposición franca o encubierta que hicieron a Miguel del Castillo y las diversas dificultades que le pusieron, motivaron la queja de éste ante el virrey Villagarcía, el cual remitió a Piura una comunicación pidiendo que le elevaran un informe del caso.

El cabildo nombró una comisión presidida por el alférez real para que elaborase tal informe y el 30 de marzo de 1740 se reunió el cabildo para leer oficialmente la comunicación del virrey y el informe preparado con el cual todos estuvieron de acuerdo. Los asistentes a sea sesión fueron el corregidor, don Juan José Valdivieso y Céspedes, don Bartolomé Irigoyen, don Isidro Alejandro Valdivieso, el capitán don Antonio Gonzáles de Araujo y don Juan José de Quevedo y Subiaur.

El informe tenía fecha del 4 de marzo y decía que el cabildo decidió “pedir reverentemente a vuesalencia que no permitiera que se infeccionase –al cabildo- con un miembro de humilde extracción y genio díscolo”.

Al referirse a las pujas que Castillo hizo en el remate para lograr el cargo, expresaba el informe que se pretendía “comprar con el dinero la clase en que no nació”.

Como en su defensa hubiera manifestado Miguel del Castillo de que era persona de los principales y de lustro, los capitulares expresaron que “eso sería vulnerar la limpieza y notoriedad de las familias principales, por que su origen (el de Castillo) es muy humilde y distante de la nobleza y distinción de las personas establecidas en la primera y más antigua ciudad del reino, sin que lo pesos con que postuló pueden hacerlo digno, de lo que la naturaleza le negó”.

Luego, para probar que es de un genio inquieto y perturbador, relatan un incidente que del Castillo tuvo con don Francisco Sojo cuando éste era teniente general antes de ser sacerdote.

Pedían por lo tanto al virrey los librase del deshonor de que estaban amenazados con la extraña pretensión de Del Castillo y como velada amenaza hacían conocer que el cabildo se podría desmembrar, con perjuicio para la ciudad. Al final decían que se recibiera a otro postor o se considerase como innecesario el cargo de juez de aguas, por cuanto ni siquiera hay acequias por repartir y que en cuanto a Fierro y Ganados, son tareas que se han acumulado a las que desempeña el defensor de los indios, que se vería perjudicado en sus ingresos.

Fue sólo hasta el 4 de agosto de 1745 que Miguel del Castillo pudo ingresar al Cabildo como juez de aguas, fierro y ganado, no obstante que aún lo integraban varios regidores de 1740 que habían sido sus enconados opositores. Todo eso significaba que el virrey consideró de peso las razones del Cabildo de Piura, dándoles la razón; pero como dice Vegas García, don Miguel no era un don nadie, sino simplemente una persona recién llegada y no vecino antiguo. Parece que en la antigüedad ya existía ese prejuicio que aún se nota en ciertas poblaciones no evolucionadas y pequeñas, con relación a los que se llaman los “foráneos”.

¿Qué hubieran dicho los engreídos capitulares si hubieran sabido que entre los descendientes de Del Castillo habrían nada menos que héroes y personajes de gran notoriedad? En efecto, su hijo Miguel Serafín tuvo entre otras a dos hijas: María Paula casada con don Antonio Cortés Fuentes de la Zorrilla y Gándara y María Joaquina casada con don Francisco Torcuato Seminario y Jaime. Hijo de doña María Paula fue el héroe de Junín don Miguel Cortés del Castillo. Nietos de María Joaquina fueron, nuestro máximo héroe don Miguel Grau Seminario y el famoso coronel don Fernando Seminario y Echandía.

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INGLATERRA DECLARA LA GUERRA A ESPAÑA

 

Pretextando incumplimiento de cláusulas contenidas en el Tratado de Utrecht con relación al navío de permiso y comercio con las colonias de América, Inglaterra declaró la guerra a España en noviembre de 1739.

Inglaterra se preparó para ella y resolvió llevar las hostilidades al continente americano y eventualmente invadirlo. Para tal fin preparó dos escuadras; una al mando del almirante Vernon para operar en la Antillas y América Central y la otra a órdenes del almirante Jorge Anson, para llevar la guerra a las costas del Pacífico

La escuadra de Vernon era verdaderamente impresionante. La formaban 50 navíos, 130 transportes y 13,000 soldados para desembarco. Nada había que podía resistir a esta gran flota.

Sin embargo a Vernon le bastaron sólo seis barcos de guerra para atacar y tomar Portobelo el 2 de diciembre de 1739. La guarnición del fuerte capituló en uso de las leyes de la guerra.

Un año más tarde, en marzo de 1741, Vernon decide atacar al puerto de Cartagena perteneciente al virreinato de Nueva Granada. La defensa del puerto fue encomendada al eficiente marino don Blas de Lezo, bajo la dirección del propio virrey el general don Sebastián Eslava, otro militar de gran eficiencia.

Tanto Lezo como Eslava tuvieron el tiempo necesario para preparar la defensa, por que Vernon anunció que la atacaría y hasta mandó acuñar medallas conmemorativas al probable triunfo, que decían: “El orgullo español abatido por el almirante Vernon”.

Con casi todos sus 50 barcos de guerra, y los transportes que cubrían toda la bahía y 28,000 hombres inició Vernon el ataque a Cartagena, defendida sólo por seis barcos y 6,000 soldados. Vernon lanzó oleadas de hombres al ataque, pero fueron una y otra vez rechazadas por los defensores. Luego apareció la disentería entre los ingleses. Casi 10,000 efectivos perdió Vernon en los combates y por las enfermedades y los defensores no cedían, y al almirante inglés no le quedó otra cosa  que retirase en derrota, con su orgullo abatido.

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ALERTAN CONTRA INVASIÓN

 

El 23 de agosto de 1740 se leyó una real cédula de Felipe V, en la que advertía de la posibilidad de una invasión por parte de los enemigos de la Corona de España. La nota del rey, llegaba a Piura acompañada con otra del virrey en la que solicitaba a los vecinos una cuota personal voluntaria, para los gastos de defensa de la ciudad de Lima.

En los altos círculos del virreinato había cundido el temor, por que ahora se trataba ya de una escuadra inglesa en forma, que nos traía  la guerra. El virrey sólo pensaba en Lima, pues no imaginaba que otro lugar pudiera ser atacado.

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CABILDO ABIERTO

 

El cabildo resolvió convocar a todos los vecinos para plantear el pedido del virrey, pero a la primera convocatoria los piuranos no hicieron su aparición.

El 15 de septiembre recién el cabildo se reunió y se acordó convocar a un cabildo abierto para el 19 de septiembre, con asistencia obligatoria de todo el vecindario y multa para los que faltasen.

En la citada fecha se realizó el cabildo abierto, sin embargo no asistieron todos los regidores. Se hizo conocer la situación a los asistentes y se pidió ayuda para socorrer a Lima.

Los concurrentes dijeron que se encontraban en “mala situación de caudales”, que estaban enfrentando un tiempo adverso, que las cosechas se estaban perdiendo, el ganado muriendo y con bajo precio; y que era imposible ayudar con dinero al sostenimiento de otras plazas, pues aún cuando en mejores épocas se tuvo que preparar la defensa de Paita y Piura solicitó el socorro de Loja. Que en todo caso, Paita por ser la garganta del reino necesitaba de mayor esfuerzo y atención para su defensa y que en igualdad de peligros sólo podían acudir en defensa de ese puerto y que por las estrecheces en que estaban y los motivos expuestos se les excusase de concurrir con suma alguna para la defensa de otra plaza.

En octubre se recibía nueva comunicación del virrey, solicitando la contribución de Piura. Sólo el ataque que hizo Anson a Paita en el mes siguiente, le hizo desistir a este gobernante de estar esquilmando a las provincias.

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LA ESCUADRA DE ANSON

 

El 10 de agosto de 1740 partía de Inglaterra la escuadra al mando del almirante Jorge Anson y en septiembre se encontraba en Santa Elena. La isla que posteriormente serviría de prisión a Napoleón Bonaparte.

La flota se componía del “Centurión” nave almiranta con 60 cañones y 400 hombres al mando del mismo Anson. El “Gloucester” de 50 cañones con 300 hombres al mando del capitán Richard Norris. El “Severn” con la misma cantidad de cañones y hombres bajo el mando del capitán Eduardo Legs. La “Perla” de 40 cañones y 250 hombres comandada por Mateo Mitchel.  El “Wager” de 28 cañones con 160 hombres al mando del capitán David Cheapers; el “Tryal” de 8 cañones y 100 hombres al mando primero del capitán Juan Murria y después del capitán Sanders. El pequeño transporte “Ann”. En total 226 cañones y 1,400 marinos.

La tripulación originalmente, debió completarse con trescientos soldados de línea de alta calidad, pero posteriormente sólo se consideró a los marinos y la dotación se completó con 470 enfermos e inválidos del hospital de Chelsea, los que al saber que se les mandaba a una zona de peligro, desertaron en gran número y sólo quedaron 259.

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LA ESCUADRA ESPAÑOLA

 

Al saber España de los preparativos de Anson, dispuso que al mando del almirante José Pizarro, partiese rumbo al Perú una flota de cinco navíos de guerra que eran: el “Asia” con 70 cañones, el “Guipúzcoa” con 64 con cañones; el “San Esteban” con 40; la “Hermiona” con 50 y la “Esperanza” con 50.

Esta armada debía unirse a la del virreinato, para enfrentar a Anson en el Pacífico. La armada peruana quedó formada por “La Concepción” con 50 cañones, el “San Fermín” con 40 cañones; el “Sacramento” de igual número y el “Socorro” con 24 cañones. La tripulación era también veterana en los asuntos marinos.

Sobre el papel, la escuadra española unida a la virreinal era poco menos que formidable.

El almirante Pizarro debía, por lo tanto, adelantarse a la flota inglesa para esperarla al otro lado del Estrecho de Magallanes.

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EL CABO DE HORNOS

 

Las naves que pasarían del Atlántico al Pacífico, tenían necesariamente que correr el gran riesgo de cruzar el Cabo de Hornos. Esto sólo era posible en determinadas épocas del año y aún así era siempre peligroso y la travesía tenía que hacerse con suma lentitud.

Pizarro fue el primero que intentó el cruce, pero tuvo que retornar a Buenos Aires ante el mal tiempo. Consideró completamente perdidos, en ese proceloso mar del Estrecho de le Maire, a la “Guipuzcoa” y a la “Hermiona”, pero días más tarde se les unió la “Guipuzcoa” conducida hábilmente por su capitán Pedro Mendinueta.

Los ingleses también sufrieron graves contratiempos. El “Severn” y “La Perla” tuvieron que desistir de cruzar el estrecho y retornaron a Inglaterra, mientras que el “Wager” se hacía pedazos. Los náufragos fueron a refugiarse a una frígida isla. Con los restos del naufragio construyeron una barca y también salvaron una lancha y una chalupa. Después  se produjo una reyerta, desconociendo la autoridad del capitán Cheapers y del pequeño grupo que le obedecía. El 13 de octubre de 1741 se embarcaban 81 tripulantes rebeldes  y otros en canoas indias. La chalupa se estrelló contra las rocas, pero las otras embarcaciones lograron llegar a Río de Janeiro y de ahí trasladarse a Inglaterra en 1742. Mientras tanto Cheapers sin desanimarse construyó otra pequeña embarcación, logró cruzar el peligroso estrecho con la guía de indios patagones, y tras de mil padecimientos y peripecias, llegó hasta la isla de Chiloé, controlada por los españoles,  en donde quedó como prisionero de guerra hasta 1744 en que se le permitió retornar a Inglaterra con el grupo que le acompañaba.

De la flota de Anson, lograron cruzar el estrecho,  el “Centurión”, el “Gloucester”, el pingüe “Ann” y el “Trial”. Pero los barcos quedaron totalmente maltrechos, la tripulación reducida a la mitad, y en lastimoso estado. Para remate, la flota quedó fraccionada en dos, pues el “Gloucester” y el “Trial” quedaron rezagados. Si ahí hubieran sido atacados por la flota del virrey, los hubieran destruido.

Mientras tanto la situación de la escuadra española era desastrosa, pues si bien el “Guipúzcoa” pudo llegar de retorno a Buenos Aires, ya no estaba en condición de volver a intentar la travesía del estrecho, por lo que se decidió que retornase a España, naufragando frente a las costas de Brasil, pereciendo 300 hombres en el desastre.. Los barcos que quedaron en Buenos Aires fueron reparados y nuevamente trataron de pasar el estrecho pero fallaron en el intento y tuvieron que regresar. Sólo el barco “La Esperanza” que partió de Montevideo piloteado por Pedro de Mendinueta, ex-capitán del “Guipúzcoa”, logró pasar al Pacífico y llegar a Valparaíso. El almirante Pizarro, al no poder pasar el resto de la flota, pasó por tierra, atravesando la cordillera de los Andes, hasta Chile, embarcándose en “La Esperanza” rumbo al Callao en donde se puso a las órdenes del virrey. El “Asia” quedo varios años en reparación en Buenos Aires y cuando terminó la guerra, Pizarro regresó por tierra a Buenos Aires, en donde se embarcó en el mencionado navío, completando su tripulación con indios de la Patagonia, los cuales se sublevaron durante la travesía. Pizarro fue ascendido en 1746 a teniente general y tres años más tarde vino a América como virrey de Nueva Granada.

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ANSON ATACA

 

El “Centurión” fue el primero que llegó a la isla Juan Fernández el 9 de junio de 1741. Poco a poco fueron arribando el “Gloucester”, el “Tryal”, y el pingüe “Ann”, llegando  casi deshecho.

Anson permaneció en la isla hasta septiembre sin ser molestado. Durante ese tiempo la exploró, plantó árboles y tomó datos, pues le parecía que podría ser una magnífica base naval para Inglaterra. El tiempo lo aprovechó en reparar los barcos y curar los enfermos. Al recontar a su gente, encontró que sólo tenía 629; esto significa que casi 750 quedaron atrás, unos muertos y otros sobrevivientes del naufragio del “Weger” hecho que él ignoraba.

Mientras tanto la escuadra del virrey, con sus cuatro barcos: “La Concepción”; el “San Fermín”, el “Sacramento” y el “Socorro” con 155 cañones en total; partió rumbo a Chile cuyas costas recorrió hasta el sur y luego de inspeccionar la isla Juan Fernández, en donde estuvo hasta el 6 de junio, sin encontrar ninguna novedad; y como no era época para cruzar el estrecho, decidió regresar al Callao, pasando por Valparaíso. Tres días después de su salida de la isla Fernández, Anson arribaba a esta isla con su maltrecho “Centurión”.

En una salida exploratoria que hicieron los ingleses el 12 de septiembre se encontraron con el barco “Nuestra Señora de Monte Carmelo” que iba de Valparaíso al Callao. Se trataba de un navío de 450 toneladas, construido hacía  30 años, pero bien conservado, que tenía como capitán a don Manuel Zamora con 53 tripulantes y 25 pasajeros. Llevaba azúcar y paños por valor de 23,000 pesos; pero lo que más le interesó a Anson fueron los documentos. Por ellos se enteró de la derrota de Vernon en Cartagena y también de todo el movimiento de barcos mercantes.

Anson acondicionó el barco para las operaciones de ataque que pensaba realizar deshaciéndose del “Ann” que estaba casi inservible.

Anson dio las estrategias a seguir, disponiendo que el “Gloucester” se dirigiera al norte y atacara la zona de Paita, mientras el “Tryal” hacía lo mismo en Valparaíso y él con el “Centurión” y “Nuestra Señora del Monte Carmelo” se ubican frente al Callao.

El 18 de septiembre y tras 36 horas de persecución, el “Tryal” logró capturar al “Nuestra Señora de Aranzazu” de 600 toneladas, que antes fue usado como nave de guerra.

El capitán Sanders que comandaba el “Tryal” resolvió deshacerse de su averiada nave a la que se le inundaban las bodegas, acondicionando al barco capturado para los eventos de guerra.

Sanders siguió la ruta al norte y frente a Barranca capturó al “Santa Teresa” que iba de Guayaquil al Callao, conducido por el capitán vizcaíno Bartolomé Urrunaga, que llevaba 45 tripulantes, 10 pasajeros  y cargamento de madera, cacao, tabaco y paños.

Luego Anson se unió a Sanders y juntos avanzaron hasta las islas de Lobos en cuyas cercanías capturaron al barco “Nuestra Señora del Carmen” al mando del capitán veneciano Marcos Mesona. Este se engañó al ver al “Santa Teresa” y al “Nuestra Señora de Aranzazu”, creyéndolos españoles y se acercó confiadamente, en tal forma que la orden de rendición partió a viva voz del “Centurión”. El barco fue capturado en media hora con sus 43 tripulantes, siendo su desplazamiento de 270 toneladas. A bordo de la nave detenida viajaba el inglés John Williams, que disfrazado de peregrino vivió en Paita. Éste dio a Anson un pormenorizado informe sobre una gran cantidad de valiosa mercadería existente en Paita de contrabando, con falsas guías que las hacían aparecer como llegadas de Cartagena. También informó que en la bahía de Paita había varios barcos y uno de ellos con caudales destinados a México.

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CAPTURA E INCENDIO DE PAITA

 

La captura del “Nuestra Señora del Carmen” fue el 10 de noviembre y no obstante eso, ni los paiteños ni las autoridades de San Miguel de Piura mostraban mayor preocupación.

Anson ingresó a la bahía de Paita y encontró seis barcos, pero de inmediato se dirigió al “Soledad” que era el que tenía los caudales, capturándolo e  incorporándolo a su flota. Luego sacó de la rada una barca de tres palos y dos barcazas de remos y las hundió.

En la noche del 14 de noviembre de 1741 preparó cautelosamente el desembarco utilizando chalupas.

El único que vigilaba en Paita, era el contador y oficial de las Cajas Reales, Nicolás Gonzáles de Salazar, que avisado por unos negros esclavos, de que se estaba produciendo un desembarco, se encaminó al fuerte en donde había dos cañones viejos, logrando disparar un cañonazo. Esto despertó repentinamente a la población que presa de gran alarma sólo atinó a huir. La guarnición ensayó una débil resistencia de un cuarto de hora con los ingleses que ya estaban en la playa, mientras que una gran cantidad de comerciantes con la cooperación de sus esclavos, sacaban las riquezas y las enterraban fuera de la población.

Ricardo Vegas García narra que el teniente de corregidor don José Noel que era gobernador de la plaza, huyó en paños menores, dejando abandonada a su esposa con quien recién se había casado y que se trataba de casi una niña de 17 años. Fueron los esclavos los que sacaron a la “amita” fuera de la casa de la gobernación ubicada en la plaza de armas, punto hacia el cual convergían grupos de invasores ingleses.

Mientras los paiteños refugiados en el tablazo, sólo se limitaban a espectar el trajín de los ingleses, entregados al saqueo, como piratas, sin considerar que eran marinos en una operación de guerra.

En Piura, el corregidor Vinatea y Torres bien pronto supo el suceso, principió a recolectar gente. Hay que suponer que eso no sería tarea fácil en una población, en que bastaba saber que se trataba de ingleses para que cundiera el pánico. De todos modos el corregidor reunió 150 hombres, dirigiéndose a Paita, sin atreverse  a atacar a los ingleses por estar mal armados, limitándose a gritar desde los cerros, armando gran bulla, simulando un inminente ataque. Sea como fuere, hacía tres días que los invasores tenían en su poder a la infeliz ciudad, apoderándose de valiosa mercadería, de plata labrada, de los vasos sagrados del templo de La Merced, alhajas y dinero. El mismo Anson estimó en 30,000 libras esterlinas el botín, coincidiendo con los españoles que lo calcularon en millón y medio de escudos. Después, cansados de tanto robar, los ingleses untaron con alquitrán los fardos de algodón que había en la playa y los lanzaron sobre las casas, quemando a la ciudad por los cuatro costados, con excepción del templo y una capilla. También clavaron los dos viejos cañones, disponiéndose a embarcarse en las chalupas cuando bajó desde el tablazo la caballería del corregidor. Bastó que los invasores se pusieran en actitud de lucha para que los “atrevidos”  piuranos desistieran de atacar. En la bahía, Anson echó a pique a todos los barcos españoles.

Algunos dicen que Anson asestó un golpe con su espada en el cuello de la imagen de la Virgen de las Mercedes, produciéndole una fisura en la creencia de que era hueca y que en su interior estaba llena de monedas, y por eso los paiteños, para taparla, le pusieron una franja roja alrededor del cuello.

Al partir dejó en Paita, a los 88 prisioneros que conservaba en su poder. En la relación que Anson hizo de su viaje, acusa al corregidor Juan Vinatea Torres de cobardía y que la gran riqueza que había en Paita en mercadería, era contrabando.

Antonio Ulloa y Jorge Juan, en su obra “Noticias secretas de América” niegan que el corregidor haya actuado cobardemente y aseguran que entre la gente que fue a Paita para defenderla sólo 25 tenían armas de fuego y los demás disponían de picos y palos. En resumen, no era una fuerza armada sino una turba.

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LA RETIRADA DE ANSON

 

En Guayaquil cundió el pánico ante la inminencia de un ataque. La ciudad había organizado su defensa bajo las órdenes de Ulloa y Juan, los que llegaron en la expedición científica de La Condamine.

Anson se dirigió mas bien a Mantas y en la ruta se encontró con el “Gloucester”, habiendo decidido desprenderse del “Soledad” y del “Santa Teresa” que tenían poca velocidad. En Panamá se aprovisionó de agua y siguió hacia México tras de un galeón que conducía millón y medio de pesos, capturándolo cerca de Filipinas. Luego decidió retornar a Inglaterra, por la ruta del Cabo de Buena Esperanza, habiendo tenido que deshacerse del “Gloucaster” que estaba lleno de valiosa mercadería y toda no la pudo trasladar al “Centurión”. A la isla de Santa Elena llegó el 15 de abril de 1744 y un mes más tarde a Inglaterra en donde se le tributó un gran recibimiento, habiendo sido nombrado  lord. Siendo contra-almirante, en 1757 venció a los franceses en la batalla naval de Jonquerre por lo que fue ascendido a vice-almirante, llegando posteriormente a almirante y a Primer Lord del Almirantazgo. Su capellán Robins y su ayudante Walter editaron la obra “Viaje alrededor del Mundo de Jorge Anson en los años 1740-1744”.

Hay que aclarar que el gobierno de Inglaterra no quiso recibir la parte que le tocaba de los caudales, fruto de la rapiña de Anson, siendo repartido entre la tripulación, reducida ya a la tercera parte de la que había partido.

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LA DEFENSA DEL VIRREYNATO

 

El virrey Villagarcía montó en cólera contra Jacinto Segurola, el capitán de la flota enviada contra Anson, ya que lo culpó  que el marino inglés hubiera escapado. Lo destituyó, le llamó duramente la atención y lo sometió a juicio. Todo eso impresionó tanto a Segurola que murió.

Pero el virrey, preocupado sólo de preparar la defensa de Lima, descuidó la del resto de la costa, la que dejó libre a Anson. Cuando Villagarcía supo de la toma y destrucción de Paita, recién dispuso que cuatro barcos al mando del almirante Pedro de Miranda, partieran rumbo a Paita cuando hacía un mes que Anson estaba muy lejos del destruido puerto. La flota siguió a Panamá y en ese lugar desembarcó armas, en previsión de un nuevo ataque inglés. Era ya marzo de 1742 y Anson viajaba rumbo al Asia.

Posteriormente el marqués Villagarcía citó a los marinos Ulloa y Juan, que habían fortificado Guayaquil y les entregó dos barcos, “Nuestra Señora de Belén” y la “Rosa” con 30 cañones cada uno, con un desplazamiento de 600 toneladas y 350 hombres en cada barco..

Fueron enviados al sur para vigilar los estrechos ante la posibilidad de que Anson quisiera tomar esa ruta o que nuevos barcos ingleses llegaran a unírsele.

Los dos barcos salieron del Callao y estuvieron un año patrullando el sur de Chile y las islas Juan Fernández, hasta que en febrero de 1743 se les unió la fragata “Esperanza” que fue la única de la flota del almirante Pizarro que logró pasar el estrecho. La fragata “Esperanza” al mando del capitán Mendinueta, partió en convoy con las otras dos desde Talcahuano rumbo a Valparaíso. Ahí estaba el almirante Pizarro y después de un incidente que tuvo con Mendinueta, asumió el mando de toda la flota por el grado que tenía y en julio de 1743 llegaba al Callao en donde se le dio muy buen recibimiento. En Holanda hicieron burla del almirante Pizarro y dijeron que pasó el cabo de Hornos en carreta, aludiendo a su viaje a través de la cordillera. Junto con los tres barcos de guerra ingleses, llegaron al Callao tres barcos mercantes franceses, el “Lis”, el “Deliberant” y el “Luis Erasmo”.

En resumen, una vez más los marinos ingleses dejaron mal parados a los marinos españoles, no obstante darles la ventaja de actuar en su propio territorio.

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LEYENDA DE LA VIRGEN DE LAS MERCEDES

 

Son muchas las leyendas que los paiteños cuentan con relación a los milagros de la venerada imagen de la Virgen de Mercedes, que en forma tan solemne e inmemorial celebran el 24 de septiembre.

Una de esas leyendas que también recoge el escritor paiteño Ricardo Pastor, dice que los marinos ingleses, en el saqueo que hicieron en Paita, ingresaron a los dos templos para apropiarse de los vasos sagrados y joyas pudieran haber. Sin embargo las crónicas no cuentan si los corsarios lograron su objetivo, pero sí dicen que uno de ellos, sable en mano, atacó a la Virgen tratando de decapitarla. Desde ese instante queda impregnada una huella roja en el cuello de la imagen.

Otros aseguran que los ingleses llegaron a raptar a la virgen y que la llevaron a uno de los barcos de la escuadra, pero que el mar se agitó y puso en peligro sus naves, por cuyo motivo enterado Anson de la captura de la virgen, supuso que eso era la consecuencia y dispuso fuera arrojada al mar.

Los paiteños cuando se enteraron del rapto de la virgen se sintieron muy consternados, pero al día siguiente un humilde poblador descubrió que el mar había varado la sagrada  imagen sin mayor deterioro. La fe religiosa de las gentes del puerto se puso una vez más de manifiesto y de inmediato se improvisó una procesión, para trasladar a su templo a la Virgen de Mercedes.

Todos los marinos, no sólo de Paita sino de todo el litoral peruano sentían una gran devoción por esta imagen. Dice Pastor, que al partir del puerto y también con cada amanecer, los lobos de mar entonaban un cántico sagrado que tenía la siguiente letra:

                                    Bendita sea la luz

i la Santa Vera Cruz

i el Señor de la verdad

i la Santa Trinidad

bendita sea el alba

i el Señor que nos la manda

bendito sea el día y el Señor que nos lo envía.

 

 

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