Capítulo XI

 

 

C A P I T U L O      XI

 

 

PROBLEMAS EDILES

 

 

 

-         Como si nada hubiera pasado

-         Otra vez el problema de las bulas de la santa cruzada

-         Religiosos disputan capellanías

-         Se frustra elección para alcalde

-         Llega el nuevo corregidor Matienzo

-         Problemas entre cabildantes

-         Ulloa en Piura

-         Alcalde amenaza con renunciar

-         Virrey muere en viaje de retorno

-         El Virrey Antonio Manso de Velasco

-         La Capellanía de Ñómala

-         Rebelión de concejales

-         Santa Lucía, Patrona de los ciegos

-         Los vecinos no cooperan en la construcción del Tajamar

-         Paita vista por Ulloa y por Jorge Juan

-         Otro corregidor y alcalde excomulgados

-         Duelo por fallecimiento de Felipe V

-         El corregidor Cristóbal Guerreros

 

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COMO SI NADA HUBIERA PASADO

 

El cabildo piurano no se reunió para tratar de solucionar el problema creado por el saqueo e incendio de Paita ocasionados por Anson. La vida municipal transcurrió como si nada hubiera pasado. Es posible que en eso hubiera interés particular, ya que no convenía remover cuestiones que podrían desembocar en el descubrimiento del cuantioso contrabando que se hacía por el puerto y que Anson, sin querer había patentizado. Sin embargo, todo era una bomba de tiempo que más tarde iba a estallar, y traer abajo a muchas autoridades.

El día 2 de diciembre el cabildo se reúne brevemente para “abrir una carta del excelentísimo señor virrey de estos reinos, en respuesta a una que este ilustre cabildo escribió a su excelencia, por lo que no se ofreció dar respuesta”. No dice el acta de que asunto se trataba pero se supone referente al caso de Miguel Castillo, dándole la razón al cabildo.

En la elección que se realizó el 1º de enero de 1741 resultó elegido alcalde del primer voto el alférez real don Juan Gervasio Rodríguez de Taboada y por alcalde de segundo voto don Martín Bruno de Sojo. Por juez de solares, el fiel ejecutor don Bartolomé Irigoyen y Echenique; por secretario de actas, el depositario general Isidro Alejandro Valdivieso; por procurador general se reeligió a don Juan José Quevedo y Subiaur; por mayordomo de la ciudad a Gregorio Fernández y como portero a Francisco Jaramillo.

El nuevo alcalde era hijo del maestre de campo don Antonio Rodríguez de Taboada y de la dama piurana doña Isabel Céspedes de Velasco. La hermana de Juan Gervasio, doña María estaba casada con el regidor Baltasar Jaime de los Ríos que en 1737 fuera procurador general. Don  Juan Gervasio estaba casado con doña María Irarrazabal y Andía, también de las principales familias de Piura. Del matrimonio nació Juan Ubaldo que heredó de su padre el cargo de alférez real, casándose con su prima Antonia, hija de Baltasar Jaime de los Ríos, con lo cual llegaron a ser consuegros. Don Gervasio fue propietario de la enorme hacienda La Matanza que luego se llamó Pabur y que por diversos entroncamientos familiares heredaron sus descendientes los Seminario y Váscones, según afirma don Ricardo Vegas García. Como se puede apreciar, todas las familias principales de Piura tenían lazos de parentesco.

 

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OTRA VEZ EL PROBLEMA DE LAS BULAS DE LA SANTA CRUZADA

 

El 16 de marzo el cabildo se reúne y leen, un escrito de don Agustín Gaspar Ramírez y Laredo, teniente general de la Santa Cruzada de la ciudad de Trujillo y el auto y proveído del licenciado don Pedro de Bustíos de la Concha, canónigo de la iglesia catedral de esa ciudad, provisor y vicario general, sub-delegado de la Santa Cruzada, referente a la forma como debía de acatarse y aplicarse la bula. De igual modo se leyó el auto y proveído de fray Nicolás Montero del Águila, que ahora era ya cura rector de la iglesia parroquial de Piura y comisario de la Santa Cruzada en esta provincia. Por unanimidad se resolvió acatar “en atención a mantener la paz pública y no alterarla con contestaciones que pueden inquietar el sosiego que este ilustre cabildo desea mantener”, reservándose el derecho de acudir donde convenga, para informar lo que era costumbre y derecho de la ciudad.

Como se puede apreciar, aún subsistía la tirantez entre el Cabildo y las autoridades eclesiásticas de la provincia, pero los regidores optaron por el camino de la prudencia.

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RELIGIOSOS DISPUTAN CAPELLANÍAS

 

En la misma reunión se contempló el caso de la capellanía fundada por don Juan de Toledo Pancorbo el 7 de agosto de 1644, que tenía como albacea al presbítero Francisco Ruiz y que estaba vacante por el fallecimiento del capellán licenciado Juan Antonio Gonzáles de Sanjinés.

Se presentó pretendiendo tal capellanía el licenciado y clérigo presbítero don Francisco de Alva Lobo, natural de España, que dijo le correspondía por voluntad del albacea que estableció que se nombrase para el cargo a un sacerdote de España. Por otra parte, el síndico del convento de San Francisco, pedía que tal capellanía se confiriese al padre guardián y religioso de ese convento en caso de no haber clérigo de Castilla. El cabildo se pronunció por el presbítero Alva Lobo.

Mientras tanto, la intransigencia del párroco Nicolás Montero, pretendía que uno de los alcaldes acompañara al teniente de la Santa Cruzada en la predicación de la bula, a lo cual se negaron los regidores. El conflicto se zanjó por haberse presentado voluntariamente para tal tarea, el regidor perpetuo capitán Gonzáles de Araujo.

Las relaciones familiares entre los regidores y en general entre las autoridades de Piura, daba como es lógico suponer, origen a extremos de nepotismo.

Tal cosa puede apreciarse cuando se trató de designar capellán para tres importantes capellanías que habían quedado vacantes.

Era esa, la correspondiente a la fundada por don Bartolomé Ruiz Bayo el siglo anterior y que quedó vacante por muerte del capellán don José Pacheco. Consistía la fundación en los siguientes bienes :  una casa de 1,700 pesos que ocupaba don Antonio Talledo, la hacienda Parales 1,000 pesos, una casa que ocupaba don José de la Carrera valuada en 300 pesos y otra casa que ocupaba Gregoria Cevallos, valorizada en 200 pesos.

La segunda capellanía fue fundada por don Crispín Sillero y correspondía a la hacienda Siclamache que administraba don José Quevedo Socombio y la tercera era la fundada por don Juan de Rivera y se refería a la hacienda Huápalas que administraba el capitán Ignacio León y Sotomayor.

Don Juan Gervasio votó en favor de su hijo Manuel Gervasio que estudiaba en el Seminario de Trujillo y que mientras tanto y en forma interina, la desempeñase el presbítero don Antonio Rodríguez de Taboada, su hermano. O sea que todo quedaba en familia.

Es decir,  que como su hijo no podía ser capellán por no ser todavía sacerdote, se le reservaba y aseguraba poniendo a otro religioso familiar, en forma interina. ! El colmo de nepotismo ¡

Mientras tanto, en el curso del año murió don Martín Bruno de Sojo y Olavaria, alcalde del segundo voto, reemplazándolo interinamente el depositario general Isidro Alejandro Valdivieso que era el regidor más antiguo.

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SE FRUSTRA ELECCIÓN PARA ALCALDE

 

El 1º de enero de 1742 no se pudo realizar la acostumbrada reunión para la renovación de los cargos edilicios.

A la citación hecha por el corregidor Vinatea y Torres sólo asistió el alcalde interino y luego de una larga espera, el corregidor envió recado al alférez real y alcalde del primer voto para que se presentara y lo mismo a don Francisco  Jorge Sedamanos, pero contestaron que estaban enfermos e imposibilitados.

Ante esta situación y considerando que los cargos estaban ya vacantes, el corregidor dispuso, de acuerdo a ley,  era el alférez real el que debía hacerse cargo de toda vacante, con lo que resultó confirmado don Juan Gervasio Rodríguez y  que en segundo lugar correspondía el cargo al regidor más antiguo, con lo cual también se confirmó a don Isidro Alejandro Valdivieso como alcalde del segundo voto. Se desconoce cual sería la causa de esta huelga de regidores, que dejó sin personal edil a la ciudad de Piura en 1742, motivo por el cual el cabildo  no pudo sesionar en todo el año, más aún cuando estaba en Lima procesado don Isidro Alejandro Valdivieso, alcalde interino del segundo voto.

En 1743 se repitió la situación. Eran capitulares Juan Gervasio Rodríguez que se hizo presente; Isidro Valdivieso que estaba en Lima, don Jorge Francisco Sedamanos que estaba también en Lima y con licencia el capitán Antonio Gonzáles de Araujo. En los demás capitulares ya había llegado a su término las mercedes que les reconocían como regidores. El 1º de enero asistió don José Quevedo Subiaur, procurador general, pero no era capitular, No hubo más remedio que volver a encomendar al alférez real el cargo de alcalde del primer voto, pero como este manifestara que no iba a poder actuar solo, se designó al vecino don José Modesto Carrasco, con cargo a dar cuenta al virrey de este hecho. Se decidió que el procurador siguiera en el cargo, lo mismo que el mayordomo de la ciudad.

El corregidor tuvo frases de reconocimiento para don Juan Gervasio y ponderó el esfuerzo que estaba haciendo para reconstruir las obras de defensa del Tacalá. Pero en Piura ya se sabía que el corregidor  había sido cambiado, iniciándosele juicio criminal por defraudación, a causa del contrabando.

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LLEGA EL NUEVO CORREGIDOR MATIENZO

 

El 6 de enero se presentó don Juan Antonio Matienzo portando la cédula real que lo nombraba corregidor. En el cabildo se reunieron el corregidor saliente, el alcalde y el procurador. La provisión fue dada desde el año 1738, pero recién la recibía y obedecía en Lima el virrey en diciembre de 1742. Es decir con un atraso de 4 años.

Días más tarde se vuelve a reunir el cabildo, sin el quórum reglamentario,  para recibir a don Francisco Irarrazabal y Andía que tenía provisión de alguacil mayor. Era éste cuñado de don Juan Gervasio casado con doña María Irarrazabal

Un año más tarde, en febrero, se presentó en Piura don José Ponce de León y de la Cueva, caballero de la orden de San Juan, con un despacho del virrey que lo nombraba juez de residencia del tiempo que fuera corregidor don Juan de Vinatea y Torres y demás jueces y ministros de dicho tiempo.

El virrey de Santa Fe y vencedor del almirante Vernon, don Sebastián de Eslava, informó al virrey Villagarcía de que en Paita se hacía comercio ilícito en gran escala y que estaban comprometidos en la defraudación los mismos funcionarios del rey encargados de impedirlo. El contrabando se iniciaba en Cartagena y en Paita se introducía la mercadería con guías falsas de Quito, y ese fue el motivo por el cual el almirante Anson encontró tanta mercadería en Paita, lo que éste marino divulgó.

En octubre de 1743 ya se encontraba en Piura el alcalde  del crimen de la Real Audiencia don José Antonio Villalta, fue nombrado juez especial por el virrey. Las investigaciones que hicieron sobre el propio terreno, es decir en Paita y Piura, probaron ampliamente que los tres oficiales reales y el mismo corregidor Juan de Vinatea estaban comprometidos, por lo cual Villalta dispuso su destitución, encausamiento y prisión en la cárcel de corte de Lima.

El juicio fue largo, por que en junio de 1745 aún no terminaba y el virrey Villagarcía lo dejaba en situación de sentencia, a lo cual se tuvo que abocar su sucesor, el conde de Superunda.  Nunca perdonó Juan Vinatea Torres, el rigor con que lo trató este virrey.

Don Antonio Villalta solicitó al cabildo de Piura propusiera una terna, entre los que se pudiera rematar el cargo de tesorero real, dejado vacante por Nicolás Gonzáles Salazar. Las propuestas por el cabildo fueron el comisario don Diego Mesones,  don Francisco Carrión Merodio y don Diego Masías.

Fue designado como tesorero real don Diego Mesones de la Portilla. Era éste de muy noble linaje. Su padre fue don Francisco Gonzáles de Cueto Mesones y su madre, la segunda esposa de éste, doña María Antonia Quevedo de Hoyos de la Portilla y Santa Cruz. Don Diego se casó en Piura con doña Micaela de Saavedra y Fuentes de cuyo matrimonio tuvieron Luis Mesones que no tuvo descendencia, Antonio que fue canónigo, Eugenio que fuera dean de la catedral de Trujillo, Nicolás, Josefa y Francisca, esta última casada con don Sebastián de Arrieta.

Hija de don Sebastián y doña Francisca fue doña María Arrieta y Mesones de la Portilla y Saavedra que contrajo matrimonio con don José Ignacio Tinoco y Merino de Heredia, de cuya unión nació don José Clemente Merino Arrieta del Risco y Avilés, sub-delegado de Piura en 1817 y padre del gran pintor Ignacio Merino.

Contra don Isidro Alejandro Valdivieso, se expidió en noviembre de 1742 la sentencia que dice: “En la causa criminal que en virtud de comisión de este Superior Gobierno se ha seguido contra don Isidro Alejandro Valdivieso sobre varios excesos que cometió en la ciudad de Piura; y el señor fiscal de Su Majestad de la Real Sala del Crimen; visto. Falló atento a los autos y méritos del proceso y a la culpa de que de ellos resulta contra don Isidro Alejandro Valdivieso, alcalde ordinario que fue de la ciudad de Piura y vecino de ella; que le debo de condenar y condeno a un año de destierro de la dicha ciudad, a doce leguas en contorno y a todas las costas procesales causadas en estos autos, las que pagará, procediéndose a la tasación de ellas, para cuyo efecto se llevarán estos autos al tasador general; y por ésta mi sentencia definitivamente juzgado así, lo pronuncio, mando y firmo. Don Juan Gutiérrez de Arce. Caballero de la Orden de Santiago”.

Las costas se establecieron en 92 pesos de tres reales y medio cada una, según tasación efectuada en marzo de 1744 y el 1º de enero de 1745 se presentó al cabildo de Piura, antes de que se efectuara la elección anual, para hacer conocer que había cumplido su sentencia y que se reincorporaba. Sin ningún rubor, y como si nada hubiera pasado, volvió al cargo.

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PROBLEMAS ENTRE CABILDANTES

 

En enero de 1743 y ante la emergencia de que el cabildo sólo quedara con un alcalde, don Juan Gervasio Rodríguez y Taboada propuso la designación del vecino José Gonzáles Carrasco. Pero es el caso  que por estar éste en sus haciendas, no se pudo presentar sino en marzo al cabildo, época en que se incorporaron los ausentes Francisco Sedamanos y el capitán Antonio Gonzáles de Araujo, al cual habría que agregar el alguacil mayor nombrado recientemente.

Tanto Sedamanos como Gonzáles Araujo protestaron airadamente por la designación y se opusieron a la juramentación de Gonzáles Carrasco. El alguacil mayor sostenía que la elección  se realizó de acuerdo a ley y estaba sometida a la decisión del virrey y que era falta de respeto adelantarse a lo que el virrey pudiera decidir, que mientras tanto procedía el juramento.

El corregidor tuvo que actuar enérgicamente para poner coto al desborde y al fin se decidió aceptar la juramentación de José Gonzáles Carrasco. Parece que la armonía retornó al grupo, pues acompañaron al recién juramentado a su domicilio y le dieron la enhorabuena.

En septiembre del mismo año se suscitó otro problema, cuando ante el cabildo se presentó don Antonio Carmona mostrando nombramiento de regidor perpetuo.

No se le quiso aceptar el juramento por ser reo de causa criminal y no presentó documento alguno constatando cumplimiento de sentencia impuesta. En esta oportunidad fue José Gonzáles Carrasco el que tomó la iniciativa para oponerse al juramento. La sentencia condenaba a Carmona a destierro distante 50 leguas de Piura. También opinaron por la improcedencia el alférez real y Sedamanos.

Parece que Carmona ejerció el cargo sin juramentar y hasta  llegó a reemplazar a un alcalde ausente, por que Sedamanos lo acusó de que “ha cometido exceso de levantar vara de la Real Justicia por ausencia del señor alférez real estando en la ciudad el señor alguacil mayor a quien le pertenece por ser el regidor más antiguo, aun en el caso de que pudiese correr el ejercicio de tal regidor, contraviniendo en esta voluntaria acción a un superior despacho”.

Don José Gonzáles Carrasco era rico terrateniente en Huancabamba en donde poseía la hacienda Congoña. Había sido en 1714 teniente general de corregidor y justicia mayor de Piura, contrayendo matrimonio con la dama piurana doña María Pacheco de Figuero. Su hijo Manuel fue también depositario general del cabildo de Piura.

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ULLOA EN PIURA

 

Cuando el virrey Villagarcía hizo el viaje de España al Perú, estuvo acompañado a lo largo de toda la travesía del capitán de navío don Antonio de Ulloa que debía integrar una expedición científica franco-española. El virrey pudo darse cuenta que Ulloa era un marino de gran capacidad, por cuyo motivo, al enterarse el virrey que Anson se aprestaba a salir de Inglaterra rumbo al Perú, lo hizo llamar urgentemente. Tanto Ulloa como Jorge Juan suspendieron sus labores científicas que desarrollaban en Quito, partiendo rumbo a Lima en septiembre de 1740, para organizar la defensa. El viaje lo hicieron por tierra, resultando sumamente pesado, pero aprovecharon para hacer observaciones y tomar apuntes.

Desde Tumbes pasó a Piura, estuvo nuevamente en Paita y en Sechura.

El informe que dan los dos marinos sobre el aspecto urbano de las poblaciones piuranas, muestra  que en modo alguno era como el de Trujillo o de la destruida Saña. Las poblaciones, incluida Piura, eran simples aldeas, por eso no extraña que expresaran lo siguiente: “Las casas de estos pueblos son tan sencillas y poco artificiosas, que sus paredes sólo se componen de cañas regulares o carrizos endebles clavados en el suelo; y de lo mismo el techo llano, pues como no llueve excusan de hacerlo a dos aguas”. También dicen: “Piura tiene un río que pasa inmediato a sus casas y fertiliza las tierras a las que comunica su humedad. No lleva agua en el verano ni se conoce señal que de indicios de aquel río, pues la poco agua que baja de la serranía corre oculta por su madre, y no teniendo la ciudad otro recurso para todos los menesteres de la vida, se hacen pozos en ella y profundando  en proporción de la esterilidad del año, se saca el agua que se necesita”.

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ALCALDE AMENAZA CON RENUNCIAR

 

Para el año 1744 fue elegido alcalde del primer voto don Bartolomé de Irigoyen y Echenique y como alcalde del segundo voto el capitán Ignacio de León y Sotomayor y Velásquez. Para juez de solares don Francisco Irarrazabal, para secretario de actas al capitán Antonio Gonzáles Araujo, como procurador general a don Manuel Seminario; mayordomo a Gregorio Fernández y portero al teniente de alguacil mayor Juan García.

Días más tarde se presentó en Piura con despachos de teniente general, don Cristóbal Sandoval Guerrero. El cabildo se reunió para recibirlo y juramentarlo, pero sólo asistieron el corregidor, el capitán Antonio Gonzáles Araujo que estaba interinamente a cargo de la alcaldía del primer voto por ausencia del titular, el alguacil mayor y procurador general don Manuel Seminario y el alcalde del segundo voto don Ignacio León, el cual se opuso a la juramentación expresando que no había el número reglamentario de regidores. Como no fuera admitida su oposición, se alteró y manifestó que protestaba y que dejaba la vara de alcalde, es decir, renunciaba. El corregidor, tras de oír nuevamente a los asistentes que se pronunciaron a favor de la juramentación, llamó la atención al alcalde León y le hizo conocer que no podía dejar la vara, por que no era facultativo hacerlo tras de haber aceptado y jurado el cargo, procediéndose a tomar juramento al teniente general.

De inmediato el general Matienzo nombró a don Cristóbal Guerrero de los Ríos como su teniente corregidor.

El capitán don Ignacio León y Velásquez fue hijo del abogado Carlos León y Sotomayor y de doña Mariana Velásquez de Tineo, esta última descendiente del conquistador Gonzalo Farfán de los Godos. Don Ignacio tuvo en su primer matrimonio con doña Josefa Gastelú al general Juan Ignacio León que fuera corregidor de Piura en 1779.

Don Manuel Seminario y Zaldívar estaba casado con doña Isabel Jaime de los Ríos y Taboada, hija de don Baltasar. Fue alcalde del primer voto de Piura y teniente corregidor de Ayabaca. Sus hijos fueron Fernando Torcuato, abuelo de Grau, el presbítero don Antonio, don Pedro, doña Paula, doña Tomasa, don Manuel, don Victorino y del prócer de la independencia don Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, a su vez padre del coronel Augusto Seminario Váscones y abuelo del coronel Ricardo Seminario Aramburu que encabezó la rebelión federalista de Loreto.

En 1745 el alcalde designado fue don Lorenzo Merino de Heredia y don José Quevedo y Socobio. En agosto de ese año, prestó juramento como juez de fierro y aguas don Miguel del Castillo, sin que en esta oportunidad nadie hiciera oposición por su alegada falta de nobleza, no obstante existir todavía regidores que con anterioridad se opusieron. El nombramiento se hizo casi al finalizar el mandato del marqués de Villagarcía.

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VIRREY MUERE EN VIAJE DE RETORNO

 

El marqués de Villagarcía ya tenía muy avanzada edad y estaba cansado de los asuntos del gobierno, por cuyo motivo pidió su relevo al rey.

Se nombró al principio al general Sebastián Eslava, el vencedor de los ingleses en Cartagena que era virrey en Santa Fe (Colombia), pero como luego fuera llamado para un alto cargo en España, se designó en su reemplazo al gobernador de Chile, don José Antonio Manso de Velasco.

Desde entonces son muchos los virreyes que llegan por ascenso tras de servir en Chile. Por lo tanto Paita deja de ser a partir de 1745 la ruta de los virreyes.

Villagarcía tuvo la mala ocurrencia de hacer el viaje por la ruta del cabo de Hornos que se suponía menos pesado. En el viaje falleció el anciano marqués, confortado por su hijo Héctor que lo acompañaba. A España sólo llegaron el corazón y los huesos del marqués de Villagarcía, ya que los demás restos tuvieron por tumba el océano.

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EL VIRREY ANTONIO MANSO DE VELASCO

 

 Durante 16 años rigió los destinos del Perú el virrey Antonio Manso de Velasco, militar que había ganado gran prestigio en España y Chile.

En su tiempo se produjo el más pavoroso terremoto que haya azotado Lima y Callao. El 28 de octubre de 1746, a las 10:30 de la noche, Lima fue estremecida durante tres minutos por el brutal sismo. De tres mil casas sólo un centenar quedaron en pie y de 60,000 habitantes, cerca de 6,000 perecieron. La cifra exacta nunca se pudo establecer. Posteriormente las epidemias produjeron dos mil víctimas más. Sumadas a la ruina total y al pánico, existía un hedor insoportable no sólo por la descomposición de restos humanos dentro de las destruidas viviendas que no pudieron ser sepultados, sino también por los animales muertos. La gente presa de pánico se dispersó por los campos  sin ningún abrigo y muchos murieron por enfermedades bronco-pulmonares. En el Callao el desastre fue completado por un maremoto. La ciudad tenía 5,000 habitantes y sólo se salvaron unos 200. De 23 barcos anclados, 19 se hundieron y 4 fueron llevados por las olas y lanzados sobre la ciudad. El “San Fermín”, la famosa fragata que sirvió para perseguir a Anson, se estrelló  sobre el centro de la plaza; el barco “El Socorro” fue a dar a Chucuito con su cargamento de trigo que sirvió para socorrer a las víctimas de Lima, haciendo honor a su nombre. El “Michelet” fue a parar  cerca del hospital San Juan de Dios, tuvo pocas averías y volvió al servicio y el “San Antonio”, que hacía su primer viaje, fue a dar también a la plaza.

El virrey se multiplicó para remediar la situación, haciendo remover los escombros para de inmediato reconstruir la nueva Lima. Al Callao lo levantó en otro sitio, en lo que hoy es la actual Bellavista. En la planificación de las nuevas ciudades cooperó el científico francés Goudin. El rey de España en reconocimiento a la labor del virrey lo hizo Conde de Superunda. Secundó en forma eficaz al virrey en toda su labor de reconstrucción y de restablecer el orden y la normalidad en Lima, el capitán de la guardia de palacio, Victorino Montero del Águila, ex-corregidor de Piura.

El capitán estuvo multiplicándose por todas partes, tomando conocimiento de la magnitud del problema y de la catástrofe, en forma tal, que a los cuatro días pudo entregar un informe sumamente minucioso que más tarde se imprimió y que ha constituido hasta la fecha uno de los documentos más completos sobre tan terrible terremoto.

Tres meses antes había fallecido  el rey Felipe V, pero esta noticia sólo se supo mucho tiempo después del terremoto, de tal manera que las honras fúnebres se celebraron recién en febrero de 1747, cuando aún la ciudad estaba impactada por los temblores que continuaron durante varios meses.

España nada hizo por remediar la afligida situación de la más importante ciudad de América, pero siempre estuvo pronta a solicitar el auxilio de las colonias cada vez que estaba en algún apuro o necesitaba dinero para celebrar el matrimonio de algún príncipe. Preocupada sin embargo la corte,  por que podrían algunos corsarios aprovechar la situación para hacer de las suyas, envió a los barcos “Europa” y “Castilla”  con 2,500 fusiles, 600 pistolas, fierro y pólvora.

Don Antonio Barroeta, fue nombrado por el rey, como nuevo arzobispo de Lima. La nueva autoridad eclesiástica sabía que la catedral, templos y conventos estaban destruidos. Suponía el virrey que el prelado traería dinero de España para agregarlo a las sumas reunidas para la reconstrucción; pero grande fue la sorpresa y enojo de Manso de Velasco, cuando el arzobispo le presentó una orden del rey para que se le reintegrasen gastos del viaje que ascendían a 108,000 pesos, suma que superaba a la  recaudación para la reconstrucción. Desde ese momento el virrey y el arzobispo tuvieron frecuentes roces. Sin embargo, Manso pudo reconstruir la catedral.

El virrey dispuso fortificar la isla Juan Fernández y poblarla para evitar siguiera siendo refugio de piratas y corsarios, pero por desgracia al poco tiempo se produjo también en Chile, el terremoto de mayo de 1751, que con un maremoto alcanzó a la isla, destruyó a los fuertes y mató a 35 personas, entre ellas al gobernador. El incansable Manso de Velasco volvió a nombrar otro gobernador y restauró todo lo destruido.

Como el arzobispo seguía creándole problemas al virrey, el rey de España nombró a Barroeta arzobispo de Granada, la ex-capital del último reino moro.

El 1º de febrero de 1747 se quemó en Piura,  la casa del marqués de Salinas, Francisco Fernández de Paredes, escribano mayor del virreinato, perdiéndose valiosos archivos y documentos. En el siglo siguiente, otro incendio destruiría la casa de uno de sus descendientes en Piura, frente a la plaza de Armas y se perdería también valioso archivo de la historia de Piura.

Durante el mandato de Manso de Velasco ascendió al trono de España y murió el rey Fernando VI, sucediéndole Carlos III.

También correspondió a este virrey, sentenciar al corregidor de Piura, Vinatea Torres; al tesorero real Nicolás Gonzáles Salazar y a los oficiales de las Cajas Reales, por el contrabando descubierto en Paita.

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LA CAPELLANÍA DE ÑÓMALA

 

Las actas del cabildo, no se refieren a ninguna decisión que se hubiera tomado en Piura para ayudar a Lima, por el terremoto.

En 1746 sólo se reunió el cabildo en su acostumbrada forma el 1º de enero, luego el 21 de marzo para ver un escrito del procurador y en abril para adjudicar ciertas capellanías.

Es posible que Piura si haya prestado ayuda a Lima y que  esa ayuda hubiese corriese a cargo (en cuanto a su organización) del corregidor, por cuyo motivo no figuran en las actas del cabildo.

En ese año resultaron elegidos Francisco Jorge Sedamanos como alcalde del primer voto y don Francisco Carrión y Morobio, como alcalde del segundo voto.

Cuando en abril se volvió a reunir el cabildo, el alcalde Sedamanos objetó la presencia del depositario general don Isidro Alejandro Valdivieso, por suponérsele detenido en su domicilio a causa de la deuda de Alcabala que tenía don Pedro de Celestino de la Varilla del que era fiador. Parece que el mencionado depositario general no escarmentaba en eso de ser fiador de malos pagadores. Como Valdivieso mostrara documentos que lo consideraban hábil, el corregidor decidió aceptar su voto.

La capellanía por adjudicar correspondía a 8,000 pesos por  la hacienda Ñómala, vacante por muerte del licenciado Luis Benites. Entre los regidores había intereses contrapuestos para la adjudicación de esta capellanía

El corregidor  José Antonio Matienzo; dijo haría uso de su voto consultivo y propuso el nombre de fray Simón de Lavalle y Cortés, que aseguró era “hijo legítimo de don Simón Lavalle y Bodega, natural de los reinos de España en Vizcaya y descendiente de los corteses, conquistadores de  esta ciudad”. Como capellán  se propuso a don Antonio Rodríguez de Taboada.

No fue del agrado de don Juan Gervasio Rodríguez de Taboada la propuesta del corregidor y trató de neutralizarla objetando el voto consultivo, por que ni era costumbre, ni existía tal derecho. El general Matienzo replicó que era de derecho su voto y que un caso igual se dio en Trujillo en 1721.

Don Ricardo Vegas García, aclara el error en que estuvo el corregidor Matienzo al suponer que don Simón Lavalle y Cortés, fuera descendiente por parte de madre de Juan Cortés, el mismo que estuvo con Pizarro en San Miguel y en el rescate de Atahualpa y más tarde participara en todos los actos de la guerra civil al lado de Pizarro, llegando a ser regidor en 1550 y corregidor de Trujillo. Dice Vegas García, que la madre de don Simón, doña María del Carmen Cortés Cartavio, descendía del general Alonso Cortés Mancha que en 1650 llegó al Callao. En cambio por parte de los Lavalle sí descendían de un conquistador: el capitán Juan Roldán Dávila.

El alcalde Francisco Carrión Merodio dio su voto a favor de fray José Irarrazabal y Andía, “hijo legítimo de legítimo matrimonio del regidor Mauricio de Irarrazabal y Andía, difunto vizcaíno, natural de la provincia de Guipúzcoa, caballero notorio y de doña Gerónima Velásquez de Tineo, señora principal de esta ciudad, viuda honesta y recogida con siete hijos, sin remedio y en suma pobreza y descendiente por sus padres de los conquistadores de esta ciudad”. A esta propuesta se plegó poniendo mucha vehemencia el alférez real Rodríguez de Taboada. Al final, la votación quedó empatada y el corregidor pretendió utilizar su voto dirimente, pero se le opuso el alférez real y mas bien solicitó la nulidad de los votos a favor de Lavalle, en vista de que Irarrazabal era patricio de la ciudad y con muchos merecimientos; como alternativa propuso y fue aceptado que todo se enviara al obispo de Trujillo, don Gregorio Molleda, para que resolviera.

Don Juan Gervasio estaba casado con doña María Irarrazabal y Andía, hermana de don Mauricio ya fallecido casado con doña Jerónima de Velásquez Tineo y de don Francisco Irarrazabal y Andía casado con doña Juana de Velásquez Tineo,  hermana de doña Gerónima. Es decir, que dos hermanos se habían casado con dos hermanas y que don Juan Gervasio era concuñado de la viuda doña Gerónima. Con el tiempo don Francisco Carrión llegaría a ser consuegro de don Francisco Irarrazabal. Éste era asistente a la reunión, pues desempeñaba el cargo de Alguacil Mayor y naturalmente su voto fue por su sobrino José.

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REBELIÓN DE CONCEJALES

Durante el año 1746, el alférez real Juan Gervasio Rodríguez fue sometido a una causa criminal que no se indica en las actas del cabildo, y como siempre, Valdivieso tenía problemas de deudas con la Hacienda Real. Por otra parte don Francisco Carrión hizo abandono del cargo y cometido desacato según el informe del corregidor, por cuyo motivo le impuso 500 pesos de multa y cuando en enero de 1747 se presentó al cabildo para dar su voto, no fue admitido. Por lo tanto, con un número reducido de regidores, fue elegido para 1747 don Joaquín Sojo y Cantoral como alcalde del primer voto y José Quevedo Subiaur como alcalde del segundo voto.

Este municipio así elegido, sesionó de inmediato para contemplar un caso muy especial. Se trataba nada menos que una rebelión de regidores. Eran los tres regidores considerados inhábiles, que sesionaron en casa del teniente corregidor don Cristóbal Guerrero.

Esto fue, como era natural, la comidilla de Piura, pues en la misma acta del cabildo, se expresa que “encerrados hicieron otra elección con grave escándalo”, por cuyo motivo por ser contra el respeto que merecía el cabildo, se hiciera sumaria información para elevarla al virrey. Contra el grupo rebelde estaban Sojo y Cantoral, Sedamanos, Miguel del Castillo, Sergio Paulino Avilés, Andrés José de la Carrera y el corregidor, pues José Quevedo estaba ausente.

El virrey aprobó el procedimiento del corregidor y suspendió en sus funciones a los tres rebeldes, según se desprende del acta del día 8 de febrero de 1747. Hasta febrero de 1748 que corresponde a la última acta del libro del cabildo, aún no habían sido reincorporados.

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SANTA LUCÍA, PATRONA DE LOS CIEGOS

 

En 1749, José Sanjinés, mayordomo de la cofradía de Santa Lucía, se dirigió al cabildo de Piura, solicitando se le expidiera constancia que el cabildo había jurado en tiempo inmemorial a dicha santa como una de las patronas de la ciudad y que en su capilla en Piura, se celebraron solemnes misas, habiéndose enterrado muertos y hasta en dos ocasiones reemplazó a la iglesia matriz por deterioro de ésta.

El 30 de abril del mismo año, el cabildo con sus alcaldes Manuel Seminario y Francisco Peña Montenegro, el corregidor y justicia mayor don Cristóbal Guerrero, el alférez real don Juan Gervasio Rodríguez de Taboada, el alguacil mayor Francisco de Irarrazabal, el juez de fierro don Miguel del Castillo y el procurador general don José Merino, expedían la constancia solicitada manifestando que, cuando la ciudad fue trasladada del sitio de Tangarará al que se halla presente (1749), los vecinos adolecían de graves dolencias a los ojos, por cuyo motivo erigieron en el nuevo sitio, una capilla a Santa Lucía, patrona de los ciegos. Se asegura en el documento que la santa oyó los ruegos de los vecinos enfermos y sanaron, por cuyo motivo el cabildo la juró por fiesta tutelar y de guarda, teniendo obligación de asistir a la solemne misa que se celebra en dicha capilla.

En realidad, más que en Tangarará, los vecinos españoles contrajeron la enfermedad en el nuevo asentamiento de Monte de los Padres, por que había abundancia de mosquitos “lame-ojos”, que también enfermaban a los indios.

En 1588 cuando se fundó San Miguel del Villar, se le hizo bajo la advocación de la Virgen María y se puso como patrono al arcángel San Miguel.

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LOS VECINOS NO COOPERAN EN LA CONSTRUCCIÓN DEL TAJAMAR

 

En 1746 el obispado de Trujillo se encontraba empeñado en la terminación de un tajamar, entre Piura y Catacaos, así como también en desarenar el canal de ese sector.

La obra se hacía con la ayuda del vecindario, pero al igual que ocurre ahora, los desconfiados pobladores manifestaban que sólo cooperarían cuando vieran que se estaba iniciando la construcción del tajamar. Mientras tanto había material acumulado, pero no lo suficiente.

Ante esta situación, el procurador general del cabildo de Piura, don Juan Ruiz Martínez, solicitó al obispo su apoyo a fin de poder iniciar la obra, pagando peones y albañiles, en el convencimiento de que luego ya tendría la ayuda del vecindario.

El procurador aprovechó la oportunidad para denunciar que algunos eclesiásticos introducían por el puerto de Paita, botijas de aguardiente y vino, y que se negaban  a pagar el mojonazgo de dos reales por el aguardiente y uno por el vino, pues alegaban tener privilegio de exoneración. “Esos tributos estaban destinados a la obra del tajamar”, dijo.

Por otra parte los religiosos de Piura se negaban a pagar el tributo de sisa, destinado a edificar las murallas del Callao y procedían a matar  así mismo vacunos, asegurando también tener privilegio para no pagar ningún impuesto

El obispo aclaró en el sentido de que los privilegios a que se referían, sólo operaban cuando el vino, aguardiente o ganado procedían de haciendas de propiedades religiosas, pero si eran adquiridas por compra, estaban sujetas al pago de los impuestos.

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PAITA VISTA POR ULLOA Y POR JORGE JUAN

 

La Corte española recomendó a los marinos Ulloa y Jorge Juan, que durante su visita al virreinato del Perú, preparasen un informe confidencial, sobre la situación política, social y administrativa existente. La tarea fue cumplida y entregaron un informe verídico que titularon “Noticias secretas de América”. En el advirtieron la necesidad de drásticas reformas, sino se querían perder dichos territorios; pero como siempre, no se adoptó ninguna medida.

Parte de ese informe, es la visión que dan del departamento de Piura y en especial del puerto de Paita en 1746. Dice lo siguiente:

“El puerto de Paita viene a ser una rada abierta con buen fondeadero y abrigada de los vientos sures. Los navíos grandes quedan como un cuarto de legua apartados de la población, por que más adentro no tienen fondo suficiente y la rada es de bastante capacidad”.

“A este puerto llegan todos los navíos que hacen viaje de Panamá al Callao, ya sea en armada de galeones, o en cualquier otro tiempo. Allí descargan todo lo que consiste en mercaderías que pueden averiarse en el mar, para que vayan por tierra a Lima y sólo los artículos de mucho volumen o muy pesados, quedan a bordo para llevarlos en los mismos navíos al Callao.

La población de Paita consiste en una calle algo larga, la cual se compone de ranchos de cañas que hay del uno y del otro lado y en ellos habitan indios, mestizos y algunos mulatos. Antes de que el almirante Anson la destruyese, sólo tenía una casa formal hecha de cantería, donde asistía alternativamente uno de los oficiales reales de Piura, a cuyo corregimiento pertenece Paita y un fuertecillo muy pequeño, donde se montaban seis o siete cañones de corto calibre. Esta población carece enteramente de agua dulce y se suple de la que necesita, de un pueblo llamado Colán,  que está en la misma ensenada a cuatro leguas de Paita, situado en la desembocadura del río Chira, que es el que corre por el pueblo de Amotape. Los indios vecinos de este pueblo de Colán están obligados a llevar a Paita todos los días, una balsa cargada de agua; y teniendo el vecindario  hecha asignación de una porción de ella, se reparte a cada uno lo que le toca, pagando un tanto por botija, según está arreglado. Los navíos que necesitan reemplazar su aguada, hacen ajuste con los indios de Colán, para que los provean de la que necesitan.

La falta de agua en Paita para poder regar y la singularidad de no llover allí nunca, o rara vez por ser ya país de valles, es causa de que su territorio sea árido y estéril, y que se provea, así como de agua, de verduras y carne del mismo pueblo de Colán o del de Amotape.

Este puerto es conocido cuando se llega a la costa por su latitud, que es de cinco grados y cinco minutos sur, por que tiene una montaña bien alta que hace inmediación a la población y forma la figura de una silla, cuyo nombre le dan, y el resto de tierra es bajo e igual”.

“En esa ensenada hay pescados con mucha abundancia y muy sabrosos, entre éstos es grande la cantidad de tollos que se pesca por cierto tiempo y lo mismo en toda aquella costa.

En Colán hay gran número de marineros, así como en los pueblos de aquella costa, que se emplean en la pesca. Los de Colán son los más famosos, por que exceden en este ejercicio a todos los de otras partes, pero se nota que estas gentes que tan prestos son marineros como arrieros de recuas, o labradores; y aunque estos ejercicios parecen algo opuestos, para ellos todo es lo mismo, por que cuando no hallan empleo en el mar por no tener viaje ni pesca que hacer, se aplican a alguno de los de tierra y de esta forma nunca están ociosos”.

El artículo se refiere luego a los vientos y termina expresando:

“El puerto no necesita para su defensa más que un pequeño fuerte como el que tenía, que monta de seis a ocho cañones y las municiones correspondientes y armas de mano para que la gente que habita en él, lo defienda cuando sea atacado de enemigos, pues como se ha dicho tratando del estado de la plazaS de Armas, el haberlo tomado los ingleses el año 1741 fue por que carecía enteramente de armas y municiones, con que poder jugar la artillería del fuerte”.

Ulloa se enteró, sin duda, de que cuando el ataque de Anson no tenía artilleros para servir a los cañones, ni tampoco balas, en forma tal que Nicolás Gonzáles Salazar, se vio obligado a cargarlo con pesos fuertes, por la carencia de municiones. Pero las autoridades españolas no escarmentaron, pues casi setenta años más tarde Lord Cochrane volvió a tomar Paita en la misma forma que Anson.

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OTRO CORREGIDOR Y ALCALDE EXCOMULGADOS

 

Por motivos que no se indican en las actas, pero que indudablemente han debido ser cuestiones de prerrogativas, fue excomulgado el corregidor, general Antonio Matienzo por el vicario y juez eclesiástico de Piura, licenciado Luis de Quevedo Cevallos.

El maestre de campo y alcalde José Joaquín de Sojo y Cantoral, le hizo los tres exortos para que procediera a la absolución del excomulgado, pero en dos respuestas que dio el vicario hizo conocer que no tenía facultades para dar la absolución, por que eso correspondía al gobernador provincial y vicario general del obispado de Trujillo; y mas bien se produjo un roce con el alcalde por cuyo motivo el vicario expidió censura contra Sojo Cantoral, poniendo las boletas correspondientes en las puertas de los templos a las 10 de la noche del 3 de septiembre.

Ante esta situación, que volvió a conmocionar a Piura, el cabildo se reunió de urgencia bajo la presidencia del otro alcalde José de Quevedo y Sabiaur, pero tras las protestas de adhesión al corregidor y al otro alcalde, se resolvió enviar todo a la Real Audiencia, ya que cualquier decisión que tomaran para obligar a la autoridad eclesiástica resultaba ilusoria y se convertía en un nuevo desacato con el riesgo que se expidieran más excomuniones.

Si bien es cierto que en las actas del cabildo de Piura no hay información sobre las causas de esta famosa excomunión, en cambio si la hay en documentos que se guardan en el archivo de Piura.

De acuerdo a estos documentos, las autoridades eclesiásticas prohibieron la representación de comedias y la asistencia a tales actos a los que se decía estaban reñidos contra la moral.

La pena para los infractores era de excomunión. Sin embargo, el general Juan Antonio Matienzo hizo “representar” una comedia en su propia casa, lo cual fue tomado como un desafío por la autoridad eclesiástica, que encontró la oportunidad de hacer un escarmiento en la persona de tan alto personaje como lo era el corregidor.

Como también Matienzo era de armas tomar, amenazó a su vez al vicario con imponerle una multa de mil pesos –que no era poca cosa en esa época- sino procedía a levantar la excomunión. Encorajinado el vicario Luis de Quevedo, se negó de plano y más bien excomulgó también al alcalde que hizo causa común con el corregidor.

El excomulgado se negó a ir a Trujillo a pedir se le levantase la sanción y en este caso piurano no se repitió el oprobioso “camino a Canosa”. Al fin y al cabo fue el poderoso caballero don dinero el que resolvió el problema, pues el corregidor se allanó a pagar una buena limosna para la cofradía del Santísimo de la parroquia matriz.

En Piura, además del vicario Luis Quevedo Cevallos, residían sus hermanos, José que fue oficial de las Cajas Reales y Antonio.

Don José Quevedo y Cevallos contrajo matrimonio con doña Tomasa Rosa Sabiur y Urbina, y su hijo el capitán don Juan José Quevedo Sabiur, era el alcalde en esos momentos y por lo tanto, sobrino del Vicario.

Piura era una ciudad muy pequeña y los vecinos de abolengo formaban un grupo reducido. Entre ellos se casaban, se repartían los cargos, las tierras y peleaban o se apoyaban de acuerdo a determinados intereses.

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DUELO POR FALLECIMIENTO DE FELIPE V

 

En el mismo mes de septiembre el cabildo se reunió para contemplar la forma de honrar la memoria del fallecido monarca español Felipe V. Como en caso anterior fue el propio virrey el que indicó los actos y fechas para tales celebraciones, decidieron dirigirse a Manso de Velasco en demanda de instrucciones, pero no obstante que reiteraron el pedido no recibieron respuesta y mas bien se informaron que la mayoría de ciudades del virreinato ya lo habían hecho, por cuyo motivo decidieron obrar por su cuenta y celebrar luego la coronación de Fernando VI.

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EL CORREGIDOR CRISTÓBAL GUERREROS

 

En enero de 1748 resultó elegido como alcalde del primer voto don Bernardino Gonzáles Carrasco y como alcalde del segundo voto don José Gómez Moreno.

Don José Bernardino Gonzáles Carrasco era poseedor de la hacienda Congoña. Por parte de su madre doña María Pacheco Figueroa, descendían de don Juan Saavedra y Leonor García Rangel, de la nobleza española.

El nuevo corregidor Cristóbal Guerreros de los Ríos juramentaba su cargo el 1º de febrero de 1748.

Por cédula real del 23 de noviembre de 1742, Felipe V eligió como corregidor de Piura-Paita a don Juan Bautista Urnaga, residente en España con la facultad de transferir el cargo o nombrar a la persona que lo sirva en su reemplazo o que fuera elegido por sus herederos en caso de fallecer antes de entrar en posesión del corregimiento o de cumplir los cinco años y aún en el caso de que hubiera empezado ese período de cinco años, la persona favorecida por la transferencia podía empezar un período completo siempre que pagara el derecho llamado de media annata y por último lo autorizaba a ejercer un período más, lo que no era muy común.

Urnaga nombró su apoderado en Lima al doctor Pedro Antonio Arenasa que era visitador general de hacienda en el virreinato del Perú y miembro del Tribunal de la Santa Inquisición. El poder fue recién hecho en febrero de 1744 en Madrid y presentado ante el virrey en septiembre de 1747, siendo por lo tanto por intermedio de Arenasa que Guerreros de los Ríos lograra que se le adjudicara el corregimiento que ejerció durante 14 años, hasta el año 1765, con una paga de 1890 pesos de a ocho reales anuales. El nuevo corregidor estaba casado en segundas nupcias con la piurana María Incolaza de Ribera y Mendoza, desde 1728, cuya familia era dueña de las haciendas Chipillico y Matalacas.

Como se puede apreciar, se hacía y deshacía del corregimiento de Piura, como si se tratara de un mueble cualquiera.

 

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