Capítulo II

 

 

C A P I T U L O      II

 

 

LA PAFICICACION

 

 

 

-         La  euforia del triunfo

-         La fundación de Loja

-         El Demonio de los Andes

-         Rebelión de Trujillo y rebelión de los esclavos

-         Gonzalo Pizarro en Piura

-         Cuando el Perú pudo ser un reino

-         El Pacificador

-         Las primeras deserciones.

-         La misión Paniagua

-         La escuadra de Aldana en Tumbes

-         La Gasca en Tumbes

-         Los correos de La Gasca

-         Mercadillo en Catacaos

-         Hazañas del capitán Cárdenas

-         La Gasca en Piura

-         Derrota de Gonzalo Pizarro

-         Triste fin de Martinillo

-         Nuevos repartimientos

-         Real Audiencia confirma  a indios en sus tierras

-         Fundación de Zamora

-         Expedición a Bracamoros – Fundación de Jaén

-         Dura legislación para esclavos

-         Partida de La Gasca y llegada del segundo virrey

-         Rebelión en Piura

-         El virrey casamentero.

 

 

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LA EUFORIA DEL TRIUNFO                                                                             

 

Gonzalo Pizarro hizo celebrar su triunfo en Quito con grandes fiestas. Se cometieron muchos actos censurables contra los vencidos y las represalias estuvieron a la orden del día, pero el baño de sangre terminó y la generosidad se hizo nuevamente presente, como resultado de la satisfacción general de los vencedores. Fue así como se le perdonó la vida a Sebastián Benalcázar, a Hernando Girón y al capitán Montemayor. Luego se enviaron mensajeros y pregoneros a diversos lugares del país para dar a conocer el triunfo de la causa del rebelde.

En San Miguel, los pizarristas recibieron la noticia con grandes demostraciones de júbilo, lo cual fue una razón de zozobra y temor entre los elementos leales, que ya se habían visto aterrorizados con la visita del Demonio de los Andes, el capitán Francisco de Carvajal.

El P. Jedoko Ricke aconsejó a Gonzalo  que se hiciera coronar rey del  Perú y se ofreció a ir a Roma para lograr el consentimiento del Papa y en ese propósito hasta se llegó a designar a Sebastián de los Ríos, para que formara parte de los comisionados. También el oidor Cepeda (representante del rey de España) insistía en lo mismo, pero Gonzalo tras de algunas dudas iniciales y de halagarle la idea, terminó por rechazar las sugerencias y reafirmar su lealtad al Rey

Si Gonzalo hubiera avizorado su destino trágico, posiblemente habría aceptado la corona y quizá el Perú hubiera sido desde ese entonces un reino independiente, cambiando las rutas de la historia. Indudablemente que muy poco hubieran podido hacer el rey de España desde su país, para subyugar al nuevo reino, y más bien pudo constituir un ejemplo a seguir por otros gobernantes españoles de América.

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LA FUNDACIÓN DE LOJA                                                                                 

 

Gonzalo Pizarro en su condición de capitán general del Perú (ya no se llamaba Nueva Castilla al territorio), dispuso que uno de sus capitanes Alonso de Mercadillo, fundase una ciudad en una zona en donde se había encontrado oro.. Se buscaba además crear una barrera a los ataques de los indios de Chaparra y Carachubamba, que amagaban el camino real de los incas. Se eligió inicialmente un lugar denominado La Zarza y se asignaron 100 soldados, que debían avecinarse en el lugar, habiéndose repartido 20 encomiendas.

El Inca Garcuilaso de la Vega, en su Historia General del Perú, dice que Gonzalo “llegando a la ciudad de San Miguel, supo que en los términos della habían muchos indios de guerra, envió a la conquista dellos al capitán Mercadillo con ciento treinta hombres, el cual pobló la ciudad que hoy llaman Loja”.

Mercadillo dio a la ciudad el nombre de Loja, en recuerdo al lugar de su nacimiento en España

Posteriormente, el 9 de abril de 1548, por orden del Pacificador del Perú, don Pedro de la Gasca, le dio como asiento definitivo el valle de Cusibamba que etimológicamente quiere decir “llano que ríe”. Esta misión la volvió a cumplir Mercadillo.

En su fundación original, parte de los treinta encomenderos fueron de Quito y la mayoría de San Miguel. Al respecto dice Cieza de León, en “La Crónica del Perú”, lo siguiente: “los repartimientos de indios que tienen los vecinos della los tenían primero por encomienda, los que eran de Quito y San Miguel y por que los españoles que caminaban por el camino real para ir de Quito a otras partes, corrían el riesgo de los indios de Carrochamba y Chaparra”.

Cuando sólo habían pasado seis años de la fundación de San Miguel, es decir 1538, el capitán Alonso de Mercadillo se encontraba en el Cuzco, y llegó por segunda vez a esa capital, fray Vicente Valverde como obispo y también como inquisidor. Era Mercadillo un hombre díscolo y de “mala condición que tenía el vicio malísimo de jurar y perjurar por cualquier cosa”. Fue por tal motivo que Valverde le abrió causa, condenándole con leve pena por blasfemo, teniendo en cuenta de que mostró mucho arrepentimiento.

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EL DEMONIO DE LOS ANDES Y LOS 12 APÓSTOLES EN PIURA                           

 

Francisco de Carvajal no se encontró en la batalla de Iñaquito, porque en octubre de 1545 lo envió Gonzalo Pizarro de retorno al sur del Perú, para combatir a Centeno que se había sublevado una vez más, proclamando su lealtad al rey.

A los casi 80 años, inició Carvajal una larga cabalgata, con un puñado de hombres, para reconquistar a la causa rebelde el dilatado territorio del Perú.

El cruel viejo estaba deseoso de entrar en la ciudad de Piura para tomar venganza contra los vecinos y el cabildo que se había sometido al virrey, cuando el capitán Delgadillo primero, y más tarde, Blasco Núñez de Vela tomaron la ciudad.

Como se recordará, cuando Delgadillo entró, gran cantidad de vecinos partidarios de Gonzalo Pizarro habían huido, y sus pertenencias fueron saqueadas.

Carvajal llamaba a sus 12 fieles compañeros, los “doce apóstoles”, hombres tan endurecidos como su jefe.

Al conocerse la proximidad de Carvajal, cundió el pánico en San Miguel de Piura. Los regidores con el alcalde a la cabeza salieron a recibirlos, pero fueron tratados mal y amenazados con el incendio y destrucción de la ciudad. En ésta, no había en realidad fuerza alguna para defenderla de tal modo que Carvajal pudo actuar a sus anchas.

Carvajal dispuso que los regidores fueran apresados y dio las disposiciones necesarias para ser ejecutados y la ciudad saqueada. Los religiosos que estaban en la ciudad fueron a suplicar por la vida de los prisioneros, pero la única forma de aplacar a Carvajal fue el soborno. Cada condenado compró su vida en cuatro mil pesos. Si embargo no perdonó al infeliz grabador que había fabricado para el virrey un nuevo sello real. Lo hizo ahorcar.

Ricardo Palma, relata en “Comida acabada, amistad terminada” una tradición sobre la estadía de Carvajal en Piura.

Dice que salió a recibirlo el alcalde Martínez y los regidores. Que para congraciarse con el Demonio de los Andes le hicieron conocer que tenían prisionero desde hace 40 días al capitán Francisco Hurtado, vecino de  Santiago de Guayaquil y adicto a la causa del virrey. Era el prisionero un hombre de 70 años que había sido compañero de Carvajal en Europa y juntos habían concurrido a la famosa batalla de Pavía en donde España derrotó a Francia. –Dice don Ricardo Palma-  que Carvajal reconvino a Martínez por tener así con tan mal trato a todo un vencedor de Pavía y dispuso su libertad. Ya en Piura, Carvajal invitó a comer a Hurtado e hicieron reminiscencias de los tiempos idos, en medio de la mayor cordialidad. Al terminar la comida le hizo conocer que ya había cumplido como amigo y que ahora le tocaba cumplir como soldado de Pizarro, por cuya razón le daba tiempo para que se confesara y luego le mandó a dar garrote.

Otro de los que cayeron en poder de Carvajal, fue el tesorero Rangel, que compró su vida, por mil pesos. Más tarde Rangel huyó del ejército de Carvajal y se unió a Centeno.

 

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REBELIÓN DE TRUJILLO Y CAJAMARCA                                                                

 

Mientras Pizarro estaba en Quito, el encomendero de Cajamarca Melchor Verdugo se sublevó proclamando su fidelidad al virrey y despachó mensajeros a Centeno que estaba levantado al sur.

Verdugo avanzó a Trujillo y la tomó. Diego de Mora que era gobernador de la ciudad se encontraba en esos momentos en Quito dando apoyo a Pizarro.

Verdugo era amigo del virrey desde España y en todo momento permaneció fiel a él en el Perú.

Al conocer la proximidad de Carvajal, que ya había formado un pequeño ejército decidió dejar Trujillo y con treinta adictos y todos los caudales públicos, se embarcó rumbo a Nicaragua hasta donde trató Gonzalo Pizarro  de capturar, pero infructuosamente.

 

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LA REBELIÓN DE LOS ESCLAVOS                                                                              

 

En la época en que se producían las luchas entre Pizarro y el virrey, los esclavos sumaban en el Perú varios miles. Era precisamente Paita uno de los puertos por donde ingresaban estos infelices.

Cuando Gonzalo Pizarro tuvo que dejar Lima para perseguir al virrey, encomendó la ciudad a Lorenzo de Aldana como teniente gobernador de Lima, hombre de espíritu tranquilo, pero quedó como alcalde Ordinario Martín de Sicilia, un individuo ruin y sanguinario.

Los esclavos estaban prohibidos de caminar solos de noche por las calles. Al esclavo que fugaba, al ser vuelto a capturar, según disposición del cabildo de Lima, se le dislocaba un tobillo, si la ausencia era menor de seis días; si pasaba de este período se le condenaba a muerte. No podían tener vestidos de seda, ni casa propia. En Lima durante los primeros años del virreinato, ni siquiera tenían derecho a un ataúd, pues el cadáver era arrojado a los basurales (Aspectos Sociológicos y Costumbristas en el Virreinato por J. M. Valega). Cuando cometían una falta los mandaban a las panaderías en donde trabajaban bajo el látigo del jefe de la cuadrilla de amasadores de harina. Por la caza de un esclavo prófugo, vivo o muerto se pagaba entre cinco y veinticinco pesos.

En Piura se estimaba que los esclavos constituían el 25% de la población. Se les utilizaba en labores agrícolas y como domésticos. Las esclavas también servían como amas de leche.

Los españoles no tenían perjuicios de tener relaciones sexuales con indias y esclavas. No existía nada que pareciera a un aparheid sexual. A las indias, sobre todo si eran nobles llegaban a hacerlas sus esposas o cuando menos sus queridas. En cambio las esclavas servían para proporcionar un momento de fugaz placer al amo. Sin embargo el virrey Toledo fue drástico en no permitir esos abusos y llegó hacer casar a españoles con sus esclavas en Panamá.

El mestizaje fue así de muchos  matices y el Perú se llenó de mulatos. Luego cuando estos se volvieron a cruzar con los negros, la cantidad de sangre morena aumentó y aparecieron los zambos.

Ha habido mulatos muy notables, siendo el más conocido nuestro santo Fray Martín de Porras.

José Manuel Sojo, el personaje central de la novela “Matalaché” de López Albújar, era hijo de uno de los nobles y adinerados señores Sojo de Cantoral, propietarios de la hacienda Sojo. Lo cierto que en este lugar del valle del Chira abundaron los mulatos que se apellidaban de la misma manera.

En Lima, los esclavos que servían en las haciendas de los alrededores, en cualquier oportunidad que encontraban huían al campo. Eran los cimarrones que vivían eternamente escondidos hasta que caían en la caza que frecuentemente se organizaban contra ellos. En 1546, aprovechando que la ciudad había quedado casi desguarnecida, y los patrones de las haciendas se habían ido a la guerra, unos 600 negros abandonaron las plantaciones y se dirigieron a la capital. Poco esfuerzo tuvo que hacer Aldana, para darles gran escarmiento, ya que los sublevados no tenían armas, ni organización, ni comando. Se dispersaron por los alrededores y  mucho de ellos fueron cazados. Los restantes tuvieron que retornar a las haciendas.

 

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GONZALO PIZARRO EN PIURA                                                                        

 

Gonzalo salió de Quito con muchos cientos de hombres y con ellos acampó en San Miguel de Piura.

En esta ciudad se detuvo para ver la forma de distribuir tanto soldado de su ejército, con el cual no deseaba seguir adelante. Además, muchos de ellos eran de la región y querían seguir en ella.

Fue así como dispuso que el capitán Mercadillo se dirigiera con vecinos de San Miguel, y soldados procedentes de Perú y de Quito a pacificar y colonizar la sierra próxima a Tumebamba. Es así como desde San Miguel se proyecta la fundación de Loja.

Al capitán Porcel envió con 60 soldados a la conquista de la provincia de Pacamuru.

Encargó al licenciado Benito Suárez de Carvajal, que tomase una cantidad de soldados, los embarcarse en los navíos que estaban en Paita ( que de Nicaragua había traído Juan Alonso Palomino) y partiendo,  los fuera dejando de guarnición en diversos puertos, de acuerdo a una relación que le entregó. El licenciado Carvajal cumplió lo dispuesto y lo esperó Gonzalo frente a Trujillo.

Gonzalo antes había dejado Piura y con casi 300 hombres llegó a Trujillo. Ahí seleccionó a sus tropas y con 200 partió rumbo a Lima.

 

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CUANDO EL PERÚ PUDO SER UN REINO                                                                  

 

No fueron Cepeda y el padre Jodoko los únicos que instaban a Gonzalo Pizarro a declarase rey del Perú. También eran de la misma opinión Bochicao, Puelles y el mismo Carvajal.

En el combate de Iñaquito, Bochicao  había enarbolado una bandera que llevaba pintada una corona y debajo la palabra “Pizarro”. Sin embargo, éste pérfido individuo había tenido entre sus planes, derrotar al virrey por su propia cuenta y luego alzarse contra Pizarro para proclamarse a si mismo rey del Perú.

Gonzalo llegó a conocer este proyecto y lo disimuló, pero llegó a la conclusión que no podía confiar en tanto adulador

Pero Carvajal le hizo muy juiciosos razonamientos en Lima. Dijo el viejo soldado, que tras de combatir, derrotar y matar al virrey, de haberse levantado contra el propio rey, y haber cometido tantos daños y muertes, ya no se podría esperar el perdón del rey, ni se podrá fiar en promesas ni palabras de perdón y que no le quedaba más recurso que declararse  rey; y que en lugar de esperar que la gobernación cayese en  mano ajena, se ponga con la suya la corona sobre su propia cabeza, repartiendo la tierra vacante entre sus amigos y lo que el rey sólo ha otorgado por dos vidas, lo dé Pizarro a perpetuidad, con títulos de conde, marqués y duque, como los hay en todos los reinos del mundo, en forma tal que al defender esos nobles sus intereses y estados, defenderán los del nuevo rey.

Debería crear órdenes militares, con lo cual atraería a todos los  que aspiran a ennoblecerse, y tendría una buena caballería.

Para atraerse a los indios, le aconsejaba que tomara por esposa a una infanta de la familia de Manco Inca, al  cual enviaría una embajada a Vilcapampa para pedirle la mano de la hija y ofrecerle restituirle a su primitiva grandeza, con quien crearía una corte real, compartiendo el poder, en forma tal que el inca con el nombre de rey gobernaría a los indios y Gonzalo a los españoles, los asuntos de guerra y de las relaciones con otros pueblos.

Que eso le permitiría además disponer de todo el oro y las riquezas que los indios habían ocultado. Que no tenga temor que le digan que haría traición al rey de España por que no hay rey traidor

Que estos territorios eran del inca, señor natural de ellos y que si no se les restituyen, más derecho tendría Gonzalo a ellos que el rey de España ya que lo ganó a su costa y riesgo; que si en cambio lo restituye al inca haría lo que corresponde y que también sería hacer lo que corresponde compartir su gobierno, por que el que puede ser rey por el valor de su brazo, no debe ser siervo por flaqueza de ánimo. Que todo dependía dar el primer paso y la primera voz y que en cualquier circunstancia, si de morir se trata más valía morir como rey y no como súbdito, por que el que permite estarse mal, merece estar peor.

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EL PACIFICADOR                                                                                               

Al llegar a Tumbes, el virrey decide mandar enviados a España, que hicieron conocer a la corte de Carlos V, la rebelión de la Audiencia de Lima y de Gonzalo Pizarro

El emperador, había tenido que partir hacia Holanda para atender urgentes problemas, dejando frente al gobierno de España a su hijo Felipe.

Tras varias consultas, el príncipe Felipe resuelve encomendar al licenciado Pedro de la Gasca la misión de pacificar el Perú, lo cual se lo hizo conocer el 16 de agosto de 1545, en momentos en que en el Perú la lucha entre Pizarro y el virrey se desarrollaba en el departamento de Piura.

El año 1545 estalló la tan temida epidemia de viruela frente a la cual los indios no tenían defensas biológicas. Se recuerda que poco antes que Pizarro pisara tierras peruanas había estallado en el reino de Quito una epidemia de viruela que mató al Inca Huayna  Capac. En esta oportunidad la epidemia mató  a las dos terceras partes de los indios del hoy departamento de Piura, o sea que quedó despoblado.

La Gasca parte recién el 26 de mayo del puerto español de San Lucas, tres meses después de que se había dado la batalla de Iñaquito.

La Gasca llegaba a Panamá el 27 de julio de 1546 con el título de presidente de la Real Audiencia, pero con poderes ilimitados que superaban a los que tuvo el virrey.  Como en España no se conocía aún de la muerte de Blasco Núñez de Vela, se dio poder a La Gasca para que le abriera juicio de residencia y lo remitiera a España. Así de ingratos eran los monarcas españoles, con el que a pesar todos sus defectos fue el mayor y más leal de todos sus súbditos. En ese año de 1546, el mar en Paita se retiró varios metros lo que causó zozobra entre sus moradores. Menos mal que al día siguiente sin mayor  novedad  volvió a la normalidad.

 

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LAS PRIMERAS DESERCIONES                                                                        

En la misma forma en que gran cantidad de capitanes traicionaron al virrey para pasarse al bando de Pizarro, así también abandonaron a éste para unirse a La Gasca.

Gonzalo Pizarro había logrado dominar desde Panamá hasta Charcas y  la escuadra al mando de Pedro Hinojosa controlaba toda la costa del Pacífico. Eran pues suyos el mar y la tierra. En Panamá sin embargo,  fue el capitán Hernán Mejía el primero que se puso a las órdenes de La Gasca. Luego le siguió Hinojosa.

 

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LA MISIÓN DE PANIAGUA                                                                                            

La Gasca había traído del monarca español una carta dirigida a Gonzalo Pizarro en la cual le ordenaba se pusiera a las órdenes del Pacificador y en cierta manera lo disculpaba de su rebeldía.

La Gasca envió esa carta a Pizarro con otra suya, utilizando como correo al capitán Hernando Paniagua, emparentado con Pizarro, el que desembarcó en Paita y permaneció varios días en San Miguel, no decidiéndose a  proseguir de inmediato viaje a Lima por las amenazas que recibía. Por fin partió en búsqueda de Gonzalo Pizarro y el viaje fue una verdadera odisea, habiendo estado en varias oportunidades a punto de ser muerto.

Pizarro trató al principio muy mal a Paniagua y hasta lo amenazó de ajusticiarlo, por lo cual éste fingió ser su partidario, ofreciéndole que al retornar a Panamá podía lograr que La Gasca retornase a España haciéndole creer que todo el país estaba de parte de Pizarro. Paniagua trataba cuanto antes de salir de Lima, por que consideraba su estadía en ella de mucho peligro ya que de noche los principales capitanes de Pizarro lo visitaban para hacerle conocer que eran leales al rey.

Gonzalo contestó a La Gasca con el mismo Paniagua, justificando su conducta y asegurando que nunca había sido desleal al rey y que siempre le sería leal. En la carta acusaba a Paniagua de haber perdido demasiado tiempo en Piura y retardado la entrega de la carta.

Lo cierto era que ni Pizarro ni La Gasca deseaban resolver las cosas por medios pacíficos.

Mientras tanto se habían pasado al bando de La Gasca el capitán Juan Alonso Palomino y lo mismo Lorenzo de Aldana al cual Gonzalo había despachado en una misión a España con el arzobispo Jerónimo Loayza. Otro que de inmediato se puso a la orden de La Gasca fue fray Tomás de San Martín, uno de los que se quedó en San Miguel de Tangarará cuando Francisco Pizarro marchó a Cajamarca.

 

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LA ESCUADRA DE ALDANA EN TUMBES                                                                  

La Gasca dispuso que Lorenzo de Aldana en cuatro barcos y trescientos hombres partieran al sur para ganar toda la costa a favor del rey. En la escuadra viajaban los capitanes Hernán Mejía, Juan Alonso Palomino y Juan de Illanes

La escuadra fondeó frente a Tumbes en donde se encontraba en ese momento el capitán Bartolomé de Villalobos al que Pizarro había dejado como gobernador de San Miguel.

Los barcos estuvieron cuatro días fondeados lo cual hizo entrar en sospechas a Villalobos y tomando información envió un mensajero a Lima. El correo se detuvo en Trujillo donde estaba de gobernador Diego de Mora. Al enterarse éste de las noticias se alarmó y decidió dejar a Pizarro. Reunió toda el oro y la plata que podía y con su familia y cuarenta soldados se dirigió a Panamá para plegarse a La Gasca, pero en el camino se encontró con la escuadra de Aldana que se dirigía al Callao y se juntaron retornando a Trujillo, en donde se unieron al servicio del rey toda la zona, como Cajamarca con los capitanes Juan Porcel, Juan de Saavedra y Gómez de Alvarado.

 

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DEPONEN AL GOBERNADOR DE SAN MIGUEL                                                       

Bartolomé Villalobos supo que Diego de Mora había logrado reunir en Trujillo casi 300 hombres a favor del rey, por lo cual sintiéndose inseguro en San Miguel, recogió toda la gente que pudo y siguiendo la ruta de Olmos trató de ganar la sierra para llegar de  esa forma  a  Lima para unirse a Pizarro.

Villalobos no pudo seguir adelante porque toda la sierra estaba sublevada a favor del rey, y sus tropas se le amotinaron y preso lo retornaron a San Miguel.

 

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LA GASCA EN TUMBES                                                              

El Pacificador La Gasca sin esperar el retorno de Paniagua, partió en varios barcos y con buena cantidad de soldados hacia el sur. En el camino encontró a Paniagua el cual le contó como gran cantidad de capitanes de Gonzalo le habían manifestado su adhesión al rey. Esto contentó a La Gasca que sin leer la carta de Gonzalo la quemó.

La Gasca había salido de Panamá el 12 de abril de 1547 y tras grandes dificultades en la navegación llegó a Tumbes en junio.  Aquí el Pacificador comprendió que la causa de Pizarro estaba perdida. En Popayán nuevamente había tomado el control de la situación Benalcázar. En Quito el gobernador dejado por Pizarro había sido asesinado. En el sur del Perú una vez más Centeno se sublevaba. Un edecán de Gonzalo, el capitán Gómez de Solís se había unido a Aldana. El capitán Ponce de León, que Pizarro había enviado a Trujillo para controlar ese lugar, también se plegó a Aldana.

En Tumbes, La Gasca recibió numerosas cartas en donde le hacían conocer su adhesión, así como delegaciones de Piura, Cajamarca, Trujillo y Lima, o sea, todo el norte lo respaldaba. Ante esto se dedicó a reunir abastecimientos y logró juntar 500 soldados.

Mandó a Pedro Hinojosa a Cajamarca para reunirse a Porcel y a Pablo de Meneses encargó la escuadra para que se dirigiera al sur a unirse a Aldana.

 

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LOS CORREOS DE LA GASCA                                                                           

Una de las tareas a la que se dedicó La Gasca, tanto en Panamá como en Piura y que dio muy buenos resultados, fue la de escribir cartas a los capitanes de Pizarro, llamándolos a la obediencia del monarca y ofreciéndoles el perdón

El escritor huancabambino Néstor Martos, se ocupa precisamente en una obra suya titulada “El Correo de La Gasca” de  las peripecias que tuvo que pasar uno de los enviados del Pacificador.

Martos en su novela histórica relata  que La Gasca encargó en Panamá al licenciado Gamboa,  fuera portador de varias cartas dirigidas a personajes de Lima. El enviado desembarcó en Paita en 1546 despertando sospechas de los espías que el gobernador pizarrista tenía en Piura. Tomado preso, fue de inmediato llevado a Lima en donde Gonzalo Pizarro y el licenciado Cepeda tratan de que revelase los planes que tenía  La Gasca, pero a todo esto Gamboa contestaba que no sabía nada. Por esta obstinación es condenado a muerte, pero poco antes de que se cumpliera  la sentencia, simuló ceder a la presión de Cepeda, y ofreció a cambio de cierta suma retomar a Panamá para asesinar a La Gasca.

Gamboa se embarca a Panamá a cumplir el encargo, pero los acontecimientos políticos se suceden rápidos y Gamboa hizo naturalmente lo que hicieron otros conspicuos enviados de Gonzalo, es decir pasarse a La Gasca.

El cronista Juan Cristóbal Calvete de la Estrella, en su obra “Rebelión de Gonzalo Pizarro” en el Perú y la vida de don Pedro de la Gasca”, da una información que reproduce don Germán Leguía y Martínez en su “Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de Piura”.  Expresa que La Gasca desde el tambo de Catacaos despachó al sur dos correos: uno era fray Pedro de Ulloa con dirección a Lima y el otro era un clérigo de apellido Rodríguez que envió al Cuzco.

Esta versión de la partida de Ulloa desde Catacaos no está certificada, ya que Mendiburu da otra de acuerdo a la cual el padre Ulloa se encontraba en Santa cuando aún La Gasca no había llegado al Perú, y fue mas bien Lorenzo de Aldana y Diego Mora, ya sublevados contra Pizarro, los que convencieron al padre Ulloa para que llevara cartas a Lima y lograse la adhesión de los dominicos y varias importantes personas.

Sea como fuere, lo cierto es que Gonzalo llegó a descubrir la misión de fray Pedro Ulloa, lo apresó y lo metió en una cisterna. El prior de los dominicos logró que Pizarro cambiase el castigo y autorizara el enclaustramiento de Ulloa en el convento, en donde permaneció poco tiempo porque Gonzalo tuvo que evacuar Lima.

 

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MERCADILLO LLEGA A LIMA

Calvete afirma que La Gasca estableció su campamento en Catacaos. Seguramente lo hizo para reunir suficiente abastecimiento para su tropa, ya que no había otro lugar mejor.

Hacia ese lugar llegó el capitán Alonso de Mercadillo, fundador de Loja, con 16 hombres a caballo y 25 soldados de pie.

La Gasca le dio el mando de la vanguardia de su ejército y con él marchó hacia Huamanga, estando presente en la acción de Jaquijahuana, comandando la derecha de las fuerzas de La Gasca que no llegaron a entrar en acción para derrotar a Gonzalo, por la deserción del ejército pizarrista

La Gasca, al fin clérigo, no se olvidó, en medio de las preocupaciones guerreras que tenía, de ejercer su apostolado en Catacaos.

Es así como - y según versión del extinto  escritor cataquense Jacobo Cruz - logra con la ayuda del curaca de la región echar las bases para la construcción de un templo y la organización de las cofradías del Santísimo Sacramento, la de San Juan Bautista y la del Santo Cristo

San Juan Bautista, se convierte por ese hecho en Patrono de Catacaos, pues no sólo el templo fue puesto bajo en su advocación, sino que también la comunidad de indios que años más tarde reconoció Toledo.

Es interesante como Jacobo Cruz y su padre han hurgado en el pasado de Catacaos al igual que el Dr. Yarlequé Espinosa, y se ha podido establecer, como la tradición religiosa y la solemne celebración de la Semana Santa, arranca de siglos atrás, cuando sobre la base de diez parcialidades indígenas, algunas procedentes del valle del Chira, se conformaron las cofradías que constituyeron la Doctrina de Catacaos.

Esas diez parcialidades fueron Mec Nom, Mechatu (Mechato), Mecca-Amo (Mecamo), Almoc-tacje (Amotape), Parics Añac (Pariñas), Nari-walac (Narihualá), Muñu-Alac (Muñuela), Mecca Acheo (Mecache), Mec Len (Melén) y Marca-wilca (Marcavelica). A ellas habría que agregar otras tres ya extinguidas, a decir de Cruz Villegas.

           

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LAS HAZAÑAS DEL CAPITÁN CÁRDENAS

Semanas antes había llegado a San Miguel el capitán Cárdenas logrando que el cabildo se pronunciara por La Gasca. Era Cárdenas un joven capitán de noble abolengo, y uno de los pocos españoles que en esa época estaba radicado en el Perú que tenía derecho al tratamiento de Don. En todo tiempo  militó en la causa del rey y cuando Blasco Núñez de Vela fue apresado en Lima, intentó dar un golpe para reponerlo pero falló, fue hecho prisionero por Pizarro pero logró huir a Huanuco en donde estuvo escondiéndose de un lugar a otro.

Cuando supo que La Gasca había llegado a Panamá, se dirigió sufriendo penalidades y riesgo a Cajamarca y de ahí pasó a Huancabamba y luego a San Miguel de Piura a la cual logró sublevar y junto con Diego de Mora poner el norte del Perú al servicio del rey. Luego se dirigió a Paita y también la sublevó. El puerto le sirvió para tomar contacto con la escuadra de Lorenzo de Aldana, a la cual dio víveres y abastecimientos.

Cárdenas sustituyó a Villalobos en el gobierno de la plaza de Piura y reunió armas organizando a los grupos y soldados dispersos que abandonaron las filas de Pizarro tanto en Lima como los provenientes de la sierra, Tumbes y Puerto Viejo.

El gobernador de Puerto Viejo, el pizarrista Manuel Estancio fue muerto por el capitán Francisco Olmos que se unió a La Gasca.

Cuando La Gasca llegó a Tumbes, Cárdenas acudió con una buena cantidad de tropa, al igual que Olmos. El Pacificador encomendó a Cárdenas el mando de una compañía de infantería y con él hizo toda la campaña contra Gonzalo Pizarro.

 

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LA GASCA EN PIURA                                                                                          

Cuando La Gasca llegó a contar con 500 soldados distribuidos entre Tumbes, la sierra, Trujillo y la armada, decide iniciar la campaña contra Gonzalo Pizarro, el cual se encontraba en la sierra y disponía de todo un ejército de mil hombres, de los cuales Carvajal con la mitad perseguía a Centeno.

Las fuerzas de La Gasca bajo el mando de Hinojosa pasaron por Piura y se internaron  en las serranías de Cajamarca  para unirse en Jauja a las que debían de partir de Lima.

La Gasca ingresó poco después a San Miguel de Piura en donde estuvo muy breve tiempo dejando en esta ciudad como teniente gobernador a Juan Sandoval, quien era yerno de Diego de Mora, con el cual había acudido desde Trujillo a ponerse a órdenes de La Gasca. Era Sandoval encomendero de Huanchaco y estaba casado con Florencia de Mora. Este encomendero y su esposa fueron justicieros y caritativos.

El Pacificador prosiguió su viaje a Trujillo y de ahí se internó a la sierra.

 

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LA DERROTA DE GONZALO PIZARRO                                                           

En octubre de 1547, Gonzalo Pizarro, logró por intermedio de Carvajal un gran triunfo en  Guarina sobre Centeno, sin lograr sin embargo capturar a ese jefe realista; pero esto no varió fundamentalmente la situación ni cambió los metódicos planes de La Gasca, a cuyas filas seguían llegando los desertores de Pizarro.

Cuando ya La Gasca se sintió fuerte inició la persecución de Pizarro y el 18 de abril de 1548 ambos ejércitos estaban frente a frente en las pampas de Sacsahuana. De pronto se inició el desbande cuando el capitán Gracilaso de la Vega, padre del historiador, conjuntamente con Pedro Valdivia, futuro conquistador de Chile, se pasaron a La Gasca. Les siguió el traidor oidor Cepeda y luego cientos de soldados. La Gasca sin combatir logró la capitulación del enemigo. Se rindieron Gonzalo Pizarro, Carvajal, Juan de Acosta, Francisco Maldonado, Juan de la Torre. Antes habían muerto en diversas formas, Puelles, Bochicao, Alonso de Toro, Martín Sicilia, Blas Soto y otros personajes.

Como queda dicho, Sacsahuana o Jaquijahuana, no fue en realidad una batalla, porque nunca se llegó a realizar. Todo consistió en una deserción vergonzosa de los pizarristas hacia las filas de La Gasca. La deslealtad era uno de los grandes males de la época entre los españoles.

La Gasca inició una tremenda represión con los vencidos, para cortar de raíz todos los males que habían aquejado al Perú, por el espíritu levantisco de los españoles.

En realidad no obró con un estricto espíritu de justicia, puesto que antes de ver el pasado de los individuos y los grandes crímenes que habían cometido, sólo se interesó por la actitud que cada individuo había adoptado hacia él.

Fue así como grandes criminales que fueron muy listos y a tiempo se pasaron a sus filas, se les perdonó y en cambio otros que no habían cometido grandes delitos fueron castigados con rigor.

Fue el oidor Cianca, que actuando como juez delegado vio la situación de más de 400 acusados por delito de traición al rey, a cual en muchos casos se agregaron otros cargos.

Las sentencias eran desde multas hasta las de ejecución, con cabeza cortada y expuesta en un poste, con letrero infamante y descuartizamiento.  En otros casos se disponían varias sentencias como azotes, destierro, galeras, confiscación de bienes, demolición de la casa y sembrado de sal en la misma, etc.

No se dictó ninguna pena de prisión para ser cumplida en el Perú. Se cuidaban mucho de no crear problemas de guardianía y de alimentación con los presos, por cuyo motivo se prefería el destierro.

Hernando de Torres, el que en Iñaquito derribó con golpes de hacha al virrey Blasco Núñez de Vela, fue condenado al destierro, a galeras a perpetuidad y a la confiscación de sus bienes.

Mancio Sierra de Leguízamo, uno de los que quedó en San Miguel de Tangarará cuando Pizarro marchó a Cajamarca y que en el reparto de los tesoros del Cuzco le tocó el  sol de Coricancha, que perdió jugando a los dados, sufrió la pena de  multa de dos mil pesos y destierro del Cuzco en donde era vecino. La pena duraría dos años.

Francisco de Villascastín, otro de los que quedó en San Miguel de Tangarará y que más tarde tuvo un valeroso comportamiento en la toma de Sacsahuamán, sufrió destierro perpetuo y confiscación.

Francisco Maldonado, no participó en la batalla de Iñaquito, pues estaba en España intercediendo por Gonzalo Pizarro; más bien llegó en el mismo barco en el que viajaba La Gasca, abandonándolo para reunirse con Gonzalo. La Gasca nunca lo perdonó haciéndolo ahorcar, le cortaron la cabeza y la pusieron en un rollo en la ciudad del Cuzco, además de confiscarle todos sus bienes.

Juan de la Torre y Villegas, aquel infame capitán que arrancó las barbas del cadáver del virrey haciéndose un penacho para su yelmo, fue condenado a pena igual a la de Maldonado.

Juan Acosta, el fiel capitán de Pizarro, que quiso pelear con los pocos que había en Jaquijahuana, a lo que se opuso Gonzalo en el mismo campo de batalla, La Gasca ordenó que le cortaran la cabeza y la pusieran en una jaula que llevó al Cuzco. La sentencia después de la ejecución decía que debía ser descuartizado y sus bienes confiscados.

Con Francisco de Carvajal y Gonzalo Pizarro se hizo también un feroz escarmiento. Al primero se le debía introducir en un saco y ser arrastrado vivo, su cabeza cortada y puesta en rollo en Lima, y su cuerpo descuartizado, sus bienes confiscados, su casa destruida y sembrada con sal. A Gonzalo se le impuso la misma pena, con excepción del arrastramiento.

No se perdonó ni a los muertos. A Bartolomé Aguilar, vecino de San Miguel se le sentenció a muerte y confiscación de bienes. Hernando de Bochicao, que fue un tiempo dueño de una escuadra, lo mismo que al feroz Francisco Almendras, se les condenó a muerte, estando ya muertos y confiscación de bienes.  Otros fallecidos como Antonio Biedma, Pedro Puelles y Gonzalo Díaz de Pinedo sufrieron diversas penas. En cambio a Benito Suárez de Carvajal, que en Iñaquito ordenó le cortaran la cabeza al virrey y que había tratado de matarlo con puñal de su propia mano, no se le hizo nada, por que traicionó a tiempo a Pizarro. También se hubiera salvado el traidor oidor Cepeda que se rindió en Jaquijahuana antes del combate, pero los capitanes fieles al rey exigieron a La Gasca que fuera juzgado, por cuyo motivo éste prefirió que ese asunto se resolviera en España y se llevó allá a Cepeda, donde se le juzgó con rigor y se le condenó a muerte, siendo envenenado antes por sus parientes.

 

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EL TRISTE FIN DE MARTINILLO

Martinillo, el intérprete tallán que en la historia se le conoce como Martí Pizarro, fue un fiel seguidor de la familia del conquistador y como tal, acompañó a Gonzalo Pizarro en su rebelión.

Por eso no pudo escapar de las manos del oidor  Cianca y en el fallo que le tocó decía: “Don Martín, lengua indio, natural de estos reynos, en doscientos azotes en el Cuzco e ciento en Lima e destierro perpetuo para Panamá e impedimento de bienes e de los indios e por traidor”.

La sentencia se cumplió exactamente como se había dado,  y el aporreado indio tallán, fue a dar con su pobre persona a la inhóspita zona de Panamá, de donde  sin embargo pudo salir para trasladarse a España,  a donde también debía ir su esposa e hijos que se encontraban en Lima.

El historiador José Antonio del Busto Duthurburu ha investigado la vida de este personaje piurano y publicado un interesante trabajo. Es del mismo donde obtenemos la información que a continuación proporcionamos:

Martinillo había nacido en Poechos y era sobrino del curaca de esa región a la que por entonces se llamaba Chincha. El cacique para congraciarse con Pizarro, le regaló al indio que por entonces tenía 14 años.

El  Conquistador lo tuvo como criado y esclavo, por cuyo motivo el vivaz indiecito, se hacía llamar Martín Pizarro. Los españoles para hacer burla del muchacho le decían Don Martín y así se quedó para siempre, convirtiéndose esa expresión en trato deferencial.

De gran inteligencia, pudo aprender rápidamente la lengua castellana pues a los pocos meses Don Martín ya estaba en condición de poder actuar como intérprete, haciendo la competencia a otros indios intérpretes que hacía  algunos años ya hacían ese oficio.

En realidad Martinillo al igual que Felipillo eran políglotas, pues conocían el sec o lengua tallán, el runa-simi o quechua en su modalidad norteña, y el español.

Martinillo tuvo la oportunidad de conocer a Atahualpa, cuando Pizarro envió a Cajamarca una embajada para saludarlo, conformada por Soto con sus jinetes y Felipillo como intérprete. Luego llegó Hernando Pizarro con otro grupo a caballo y Martinillo. Unos dicen que éste iba en su propia cabalgadura, distinción que no se daba a otro indio, pero el cronista Cristóbal de Mena, asegura que iba al anca, en el caballo de Hernando. Lo cierto es que en el candente diálogo que se suscitó entre Hernando Pizarro y Atahualpa, fue Martinillo el intérprete quedando desplazado Felipillo. Le toco por lo tanto a Don Martín traducir el comentario desfavorable que Pizarro hizo a Maizabilca y la información que dijo haber recibido Atahualpa de tal capitán indio.

También ha quedado aclarado que fue Martinillo y no Felipillo, el que con Valverde salió al encuentro de Atahualpa en la plaza de Cajamarca, por cuyo motivo tuvo su parte en el reparto del rescate conforme aparece en el acta.

Fue también por intermedio de Martinillo que Atahualpa ofreció dar oro y plata en rescate por su vida. Más tarde, Don Martín acompañó a Soto a explorar la región de Huamachuco en donde se temía existieran ejércitos indios listos para el ataque, y por la tanto no estuvo presente en el juzgamiento del inca, utilizándose en eso a Felipillo, lo que agravó la situación de Atahualpa.

Martinillo estuvo en muchas acciones de guerra junto a los españoles en su marcha al Cuzco y también allí le tocó parte del tesoro. Todo lo guardó su padrino el Conquistador por que Martín era aún menor de edad, lo que no fue sin embargo un impedimento, para que al fundarse la ciudad de Lima le tocase solar como vecino de notable, y que su nombre quedara en el acta de fundación. Desde entonces el indio tallán, completamente españolizado, fue encumbrándose.

Portaba armas, tenía cabalgadura y vestía como español, alternando constantemente con ellos.

En el Cuzco estalló la discordia entre Felipillo y Martinillo, ya que el primero servía a Almagro y el segundo a los Pizarro. Además como Manco Inca tenía la protección inicial de Almagro, don Martín se volvió enemigo del inca, e intrigó contra él, causándole mucho perjuicio.

La ambición de Martinillo en realidad no tenía límites. No contento de ser tratado como español, pretendía ahora sobresalir entre ellos.

Para darse el rango que le correspondía, solicitó a Pizarro la entrega de 10.000 pesos que le guardaba, pero el aludido le dijo que estaba pobre. En esos momentos se produjo el cerco de Lima por los indios sublevados y Martinillo se portó valientemente. Posteriormente en las primeras luchas contra Almagro, se le dio el comando de una compañía de indios con los que luchó denodadamente.

Entonces aspiró a un mejor nivel social y logró casarse con una española vecina de Lima. Era esta doña Luisa Medina en la que tuvo tres hijos.

Creyó llegado el momento oportuno de dirigirse al rey para solicitarle se le reconociera el título de caballero y se le otorgara escudo de nobleza. Fundaba su petición en que era príncipe de esta tierra, el haber sido adoptado por Francisco Pizarro, por sus muchos servicios prestados a la causa de la corona, ser cristiano y estar casado con española. Como prueba de lo que aseguraba envió una serie de documentos que los conquistadores, por amistad o condescendencia se prestaron a firmar, asegurando hechos reales o ficticios.

La reina expidió el 19 de octubre de 1537 una cédula en la que autorizaba a Francisco Pizarro a armar caballero a don Martín, si éste tuviera las calidades que aseguraba poseer y había realizado los servicios por los que se hacía merecedor a la distinción.

Otra cédula autoriza a darle repartimientos con indios a su servicio. Pizarro no se atrevió a convertir al tallán en caballero, pero en cambio le dio la encomienda de Huaura, que era muy importante y con muchos indios a su servicio.

Fue así como un indio peruano, y sobre todo tallán, pudo haber sido el primer ennoblecido por los reyes en esta parte del continente y hasta sentar un precedente.

Martín, en su audacia sin límites, había pretendido pasar gato por liebre, y aseguraba que desde hacía 8 años era bautizado, lo que constituía un infundio, pues sólo habían pasado un poco más de cuatro años de ese hecho. Tampoco era cierto que había servido a los españoles desde el segundo viaje, ni que Hernando Pizarro lo había tratado en Trujillo en 1529 por cuanto Martín no estuvo en el viaje a España.

Convertido en un señor encomendero, se mandó a construir una gran casa en la ciudad de Lima. Tuvo esclava, servidores indios y criado español y a su esposa se la daba el tratamiento de doña.

A la muerte de Pizarro trató de pasar desapercibido ante los almagristas triunfantes. Cuando llegó Vaca de Castro, se puso de inmediato a su servicio y estuvo presente en la sangrienta batalla de Chupas, en premio a lo cual se le agregó Huarmey a su repartimiento.

Fue entonces cuando viajó a España, para visitar a la familia Pizarro y llevar cartas de Gonzalo con las pretensiones  que tenía de suceder a su asesinado hermano, en el gobierno del Perú. De paso trató de lograr algo en la corte a su favor, pero nada consiguió.

Al regresar al Perú, alentó a Gonzalo a coronarse rey del Perú y tomar por esposa –para afirmar su derecho- a una princesa incaica. De esa forma pensaba lograr el título de nobleza que no le había dado rey de España.

Tras la derrota de Gonzalo, trató de pasar desapercibido ante La Gasca, pero no lo logró y fue condenado. Las desgracias y maltratos le afectaron la salud y al poco tiempo de arribar a España  desde su destierro en Panamá, murió en Sevilla cuando no tenía 30 años

 

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NUEVOS REPARTIMIENTOS

 

Vencido Gonzalo Pizarro, La Gasca se encontró repentinamente con una. gran cantidad de soldados insolentes e indisciplinados y de capitanes ambiciosos que deseaban se recompensaran sus servicios con mercedes y repartimientos. Fue pues necesario otorgar nuevos repartimientos.

El reparto se hizo como en toda guerra con los despojos de los vencidos, pero pocos se daban por satisfechos con las recompensas. Entre los más disgustados estaba Diego Centeno y Francisco Hernández de Girón. El primero moriría pronto envenenado por venganza y el segundo tendría también trágico fin al sublevarse años más tarde. La Gasca dio un buen repartimiento en Loja a Hernando de Cárdenas el cual después lo cambió por una renta perpetua.

Recibieron repartimientos los españoles que murieron por la causa del rey. Después de las guerras civiles quedaron bastantes viudas. Los encomenderos que tenían repartimientos dados por Pizarro, y Vaca de Castro y habían sido fieles al rey, o habían tomado partido por La Gasca abandonando a Gonzalo Pizarro, se vieron confirmados en sus repartimientos.

Algunos nuevos repartimientos en la región  fueron los siguientes:

Francisco Lobo conservó el repartimiento que tenia con el cacique Puianca que le reportaba 4.000 pesos anuales. A Diego Palomino, le tocó un repartimiento en la Provincia de Guancabamba con los caciques Unlliguamba, con Quinquepe y con Guama que le reportaba 3.000 pesos.

A Gonzalo Guijera le correspondió un repartimiento con el cacique Tomapra y el cacique Arocama en Serrán, que le reportaban 1.000 pesos. Francisco Villalobos, conservó el repartimiento de Tumbes, Pariña y los principales de Máncora y Cosegra, que le otorgó Gonzalo Pizarro y le rendía 3.000 pesos. Doña Isabel de Carvantes viuda de Juan de Coto, casada con Diego Santiago, el repartimiento de Poechos que le daba 2.000 pesos. El repartimiento de la provincia de Caiabaco ( ¿Ayabaca?) que fue del extinto Bartolomé de Aguilar, se le entregó a la viuda de Francisco de Cárdenas y a su menor hija, les rendían 2000 pesos. Juan Farfán, conservó el repartimiento que le dio Pizarro en el valle del Chira, y le rendía 2000 pesos al año.

Francisco Martín de Albarrán, conservó el repartimiento que le dio Pizarro en el valle de Motape (Amotape) y en la costa, a Bitonera y Ognabra, de indios pescadores que le dio Vaca de Castro y que tiene como Cacique a Colanoche (Colán). Le reportaba 2.000 pesos. Miguel Salcedo, tiene el repartimiento de la. Apullana de Catacaos y que le rinde 2.000 pesos. Originalmente el repartimiento fue dado a Francisco Carrasco y al morir este, su viuda se casó con Salcedo, el que a su vez quedó viudo y con el repartimiento

El repartimiento de Motupe, lo tenía Francisco Palomino que lo compró a su hermano Diego que lo había adquirido por Cédula de Vaca de Castro y le rendía 2.000 pesos anuales. El repartimiento del valle de Xiona, era de Doña María Sandoval, viuda de don Diego Gutiérrez, el que lo había adquirido por cédula de Pizarro y rendía 1.500 pesos. El Capitán Miguel Ruiz tuvo el repartimiento de Conchima y los indios de Punta Aguja, que los había comprado a la mujer de don Francisco, indio lengua. Ruiz había logrado que Vaca de Castro lo confirmara en la posesión de estos repartimientos y que luego La Gasca hiciera lo mismo. Producía 1.500 pesos.

Francisco de Lucena tenía el repartimiento del valle de Tanguacil ( ¿Tangarará?), con 1 cacique e indios de él, y del cacique principal de Cochimacan con 100 indios y el principal Castillo en Payta, todos por cédula otorgada por Francisco Pizarro y rendían 1.000 pesos. En el valle de Moscalá, el repartimiento era de Diego de Fonseca que lo había comprado a Juan Escobedo y Vaca de Castro lo confirmó en su posesión. Rendía 1000 pesos

Diego Guerra, tenía el repartimiento de Penachi, de Olmos y Contailicoia en el Valle de Copez ( o Copiz). Lo había heredado de su padre, el que lo obtuvo por cédula de Francisco Pizarro y rendía 800 pesos.

El repartimiento de Pabur y de Guacoma lo tenía María de la Paz y su hijo Juan de Trujillo el cual lo había heredado de su padre Juan de Trujillo, el que a su vez lo tuvo por cédula de Francisco Pizarro. María de la Paz se había casado en segundas nupcias con Francisco de Quiroz del cual también enviudó. Este repartimiento rendía 800 pesos, pues Pabur se había despoblado. El tal Francisco de Quiroz tenía el repartimiento de Copies, que lo había obtenido con cédula de Francisco Pizarro. Sólo obtenía 500 pesos. Don Baltasar de Carvajal, tenía el repartimiento del cacique de Colineque, logrado con cédula de Francisco Pizarro. Sólo producía 200 pesos.  El capitán Pedro Gutiérrez de los Ríos era encomendero en el valle de Cocola, con cédula de Francisco Pizarro y también rinde sólo 200 pesos

Estaban vacos el repartimiento de Payta que podría dar 200 pesos, el de Colán y Maiabilla, que producía 300 pesos y los mitimaes de Maiabilla, 400 pesos. El repartimiento de Sexillo con 30 indios, daba agua y leña, así como yerba.

 

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LA REAL AUDIENCIA CONFIRMA A LOS INDIOS EN SUS TIERRAS        

 

Don Juan  Jacobo Cruz Villegas en su obra “Catac Ccaos” (pág. 100), afirma que: “el 11 de marzo de de 1550, se hizo presente en el Cuzco, en representación de las cinco comunidades (San Lucas de Colán, San Francisco de Payta, San Juan de Catacaos, San Martín de Sechura y Santo Domingo de Olmos) don Cristóbal Pablo Inga, natural de Catacaos, para exigir la dación del título de propiedad en trámite, dados los valores pagados a favor de su majestad. El expediente pasa a Lima y con fecha 22 de abril de 1550, don Pedro de La Gasca, inquisidor y presidente de la Audiencia de Lima, ordena la expedición de los títulos, siempre en calidad de provisionales, hasta que  el original que fuera remitido a su majestad, no fuera ratificado, firmado y sellado.

La Gasca dio la providencia que fue firmada por él y por los oidores de la Real Audiencia Alonso de Alvarado, Pascual de Andagoya, Iñigo de Siancas y por el escribano de la Audiencia Real, don Pedro de Avendaño

Hay sin embargo en la información de don Jacobo Cruz, errores en las fechas, pues, la Gasca, había salido del Cuzco rumbo a Lima desde 1548, a donde llegó el 17 de septiembre de ese año y a España partió el 2 de febrero de 1550.

 

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FUNDACIÓN DE ZAMORA                                                                                            

La Gasca dispuso que el capitán Alonso de Mercadillo retornase a la ciudad de Loja que había fundado, aprobando tal fundación.

Mercadillo dio asiento definitivo a Loja el 9 de abril de 1548, tras de lo cual procedió a fundar la ciudad de Zamora en 1549.

La Gasca mandó también al capitán  Juan Porcel a pacificar los alrededores de Loja, presumiblemente para equilibrar el poder de Mercadillo. Éste tuvo noticias de que en el interior había grandes minas de oro y en 1550 organizó una expedición a la selva.

 

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EXPEDICIÓN DE BRACAMOROS – FUNDACIÓN DE JAÉN

 

La Gasca para deshacerse de tanto soldado y capitán, los comisionó para que exploraran nuevos territorios.

Una de estas labores le fue dada al capitán Diego Palomino que estaba de residente en Piura. Su misión fue reducir a los indios bracamoros a los que ni el mismo Huayna Capac había podido dominar. Al respecto, Pedro Cieza de León en Crónicas del Perú, dice lo siguiente:

“El capitán Pedro de Vergara anduvo algunos años descubriendo y conquistando aquella región y pobló en cierta parte de ella. Y con las alteraciones que hubo en el Perú no se acabó de hacer enteramente el descubrimiento, antes salieron dos o tres veces los españoles que en él andaban, para seguir las guerras civiles. Después el presidente Pedro de La Gasca, tornó a enviar a este descubrimiento al capitán Diego Palomino, vecino de la ciudad de San Miguel”. Continúa  manifestando Cieza, que muchos conquistadores pretendieron ante La Gasca, hacer creer que ellos habían pacificado la región, pero agrega que a él le consta que fue Palomino, aún cuando no conoce el nombre de las localidades que fundó y pobló. Jaén fue fundada el 18 de abril de 1549.

 

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EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS                                                                      

Entre los esclavos que habían traído los españoles al Perú, había una gran cantidad de moriscos y bereberes, que generalmente estaban destinados al servicio personal de los conquistadores. Eran famosos por su crueldad y siempre estaban dispuestos servir a sus amos en la ejecución de los más grandes crímenes. Uno de ellos fue el que cortó la cabeza al virrey en Iñaquito.

El rey decretó su salida del Perú ante el temor de que difundieran entre los indios la fe de Mahoma

 

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DURA LEGISLACIÓN PARA LOS ESCLAVOS                                                 

Durante la campaña sostenida contra Pizarro, se había podido dar cuenta La Gasca,  que los negros cimarrones robaban, asesinaban y cometían muchos abusos contra los indios. Siempre estaban dispuestos a fugarse para dedicarse al bandidaje en los campos, en una época en que se vivía en completa anarquía.

La Gasca dio draconianas ordenanzas contra los negros tanto libres como esclavos. Algunas de ellas subsistieron por varios años durante el virreinato y a las mismas ya nos hemos referido

El esclavo que se ausentaba sin permiso de sus amos, recibiría 100 azotes y con prisión con el cepo de cabeza. Si un esclavo tenía relaciones sexuales con una india, era castrado públicamente. Posiblemente este castigo no los detuvo, ya que el mestizaje de los zambos lo prueba. Los huidos 10 días se les dislocaba un pie. Los que permanecían mayor tiempo y cometían delito eran ajusticiados y lo mismo se hacía con los que reincidían en evadirse por  tercera vez. Estaba prohibido dar de comer o ayudar a un esclavo prófugo, castigándose con fuertes penas a los que tal cosa hacían. El solo intento de ultrajar a una mujer blanca era castigado con la muerte. En “Matalaché” se relata como el mulato José Manuel Sojo, fue lanzado a una caldera de aceite hirviendo. (1816).

 

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PARTIDA DE LA GASCA

Pacificado el Perú, La Gasca entregó el gobierno a la nueva Real Audiencia mientras llegaba el segundo virrey que ya estaba nombrado.

La Gasca, al embarcarse en el Callao el 27 de enero de 1550 llevaba 17 grandes cajas con barras de plata, en su mayor parte provenientes de las minas de Potosí que empezaban a producir y que bien pronto tendrían fama mundial.

La Gasca entregó al rey de España el cuantioso tesoro, pero sólo aceptó  como recompensa un obispado en España.

Había estado fuera de España cuatro años.

 

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LLEGADA DEL SEGUNDO VIRREY

Don Antonio de Mendoza, primer virrey de Méjico había hecho en ese lugar muy buen gobierno. El emperador lo nombró virrey del Perú, pero ya estaba anciano y muy achacoso, por cuyo motivo don Antonio solicitó a Carlos V que lo relevara de tales funciones y le permitiera volver a España. No le fue aceptado el pedido.

Mendiburu en su Diccionario Histórico Biográfico, asegura que desembarcó en Paita en 1551, en cambio el padre Vargas Ugarte manifiesta que llegó a Tumbes el 15 de mayo. Sin detenerse mucho tiempo en San Miguel pasó a Trujillo desde escribió al emperador. Poco tiempo iba a sobrevivir, pues el deceso ocurrió el 15 de julio de 1552, es decir, casi al año de llegar al Perú.

En su tiempo se proyectoó traer camellos al Perú, para reemplazar a los indios cargueros.

Se había puesto en vigencia desde el gobierno de la Audiencia, la ordenanza que prohibía el servicio personal de los indios, lo cual causó general malestar entre los españoles encomenderos y mineros.

La Gasca convirtió a Catacaos en una encomienda adjudicada a  la corona real, contando con 654 personas de las que 212 eran indios tributarios. En 1593 Catacaos sería convertido en una reducción

En tiempos del virrey Marques de Cañete –según don Jacobo Cruz- las parcialidades de Narihualá, y las aún confinadas de Colán y Poechos que estaban en Catacaos, pagaban 780 pesos por derechos de capitación o tributo.  La de Mecache con sólo 48 indios tributarios pagaba 176 pesos y 2 tomines. La de Menón con 74 indios tributarios pagaba 273 pesos y las demás con 334 indios, cotizaban al año 1,229 pesos y dos tomines, no obstante muchos indios por haber prestado servicio personal gratuito a la causa del rey, estaban exonerados.

 

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LA REBELIÓN DE PIURA

Cuando el virrey Antonio de Mendoza, llegó al Perú, trajo en su séquito al joven oficial Gil Ramírez Dávalos, al que estimaba mucho y lo nombró corregidor del Cuzco. En ese cargo Ramírez hizo cumplir con mucha severidad las ordenanzas sobre el servicio personal de los indios, lo cual creó mucha resistencia. Por entonces murió el virrey y la Real Audiencia asumió el control del virreinato.

Los descontentos del Cuzco nombraron como jefe al capitán Francisco Hernández de Girón, que hasta entonces había sido muy leal al rey en las guerras civiles. El corregidor Ramírez Dávalos fue apresado y 17 oficiales rebeldes pidieron su ejecución a lo que se negó Hernández de Girón, el cual marchó sobre Lima teniendo éxitos iniciales que aprovechó. Por entonces era Corregidor y Justicia Mayor de Piura, desde 1552, el capitán Juan Delgadillo, el cual años antes se había apoderado de la ciudad y se había puesto a órdenes de Blasco Núñez.

Delgadillo dispuso que el oficial Francisco de Silva, reuniera hombres y pertrechos de guerra para remitirlos a Lima, a fin de combatir la rebelión de Hernández de Girón. En Tumbes reclutó 26 hombres. Sospechando sin embargo Delgadillo de la lealtad de Silva, demoró la salida del contingente, y no le dio el dinero que solicitaba para el viaje. Ante esta situación Silva decidió sublevarse y plegarse a la causa del rebelde, acordando que se daría muerte a Delgadillo y se apoderarían del dinero de las cajas reales.

Silva logró apoderarse por sorpresa de Delgadillo y luego dispuso del saqueo de la hacienda pública, puso cupo a los vecinos y mediante extorsión se apoderó de todo lo que pudo.  Como el alcalde Morán ofreciera resistencia, lo hizo asesinar y liberó a gran cantidad de negros esclavos algunos de los cuales se plegaron a la revuelta

Con los soldados que la obedecían, y llevando como rehén cargado de cadenas a Delgadillo, se dirigieron a Cajamarca en donde había otros complotados. En su audacia, Silva llevó consigo el estandarte real que estaba depositado en casa del vecino Pedro de Arcos. También llevaron encadenados a 8 vecinos principales.

En Cajamarca el jefe de los rebeldes era Antonio Gómez de Espinosa que se había apoderado de la ciudad y trataba de unir sus fuerzas con las de Silva para ir a juntarse con Hernández Girón.

Cuando Silva llegó a Cajamarca, se enteró ya que la suerte le había principiado a ser adversa a Hernández Girón y que era perseguido por las fuerzas de la Real Audiencia. Entonces considerando la causa perdida, Silva sólo pensó en huir desamparando a sus complotados, y se dirigió a Trujillo, dejando a Delgadillo en Cajamarca.

Cuando en Lima se supo de la revuelta del norte, se dispuso que el corregidor de esa, Bernardo Romaní, saliera por mar a Trujillo con 40 soldados.

Silva en realidad no había pensado apoderarse de Trujillo sino en salvarse. Con el amparo de los religiosos del convento de San Francisco, se refugió en ese lugar y conociendo el próximo arribo de Romaní tomó un barco y con su secuaz Juan Aponte se dirigió a la América Central. Por eso cuando Romaní llegó a Trujillo, encontró quieta la ciudad.

En Cajamarca al conocerse que Hernández Girón iba camino a su derrota, se produjo una reacción entre el elemento leal, siendo liberado Delgadillo, el cual hizo una feroz represión entre los amotinados pues condenó a muerte y descuartizamiento a Gómez de Espinosa, a Juan Balmaceda y a Francisco Ayamonte y a varios más a la dura pena de las galeras, entre ellos a Bernabé García, a Alonso Aguilar y a . Mansilla.

En noviembre de 1554, Hernández Girón vio como sus tropas se desbandaban frente a los ejércitos de los oidores de la Real Audiencia y cayó prisionero sin haber podido combatir. Días después fue decapitado.

Así murió este valiente capitán que siempre había sido leal al rey. Su fin tuvo una gran similitud con el de Gonzalo Pizarro. Su cabeza remitida a Lima estuvo mucho tiempo en la picota, junto con las de Gonzalo Pizarro y Carvajal, hasta que una noche, amigos de Girón las retiraron y les dieron cristiana sepultura.

 

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UN VIRREY CASAMENTERO

Don Andrés Hurtado de Mendoza, segundo Marques de Cañete fue el tercer virrey del Perú. No habían aceptado el nombramiento para ser virreyes del Perú, ni el conde La Palma ni el conde de Olivares.

Llegó a Paita el 24 de marzo de 1556 y desde el puerto comunicó al cabildo de Lima su arribo, dándoles simplemente el tratamiento de nobles señores, en lugar de muy nobles señores que acostumbraba su antecesor. Eso motivó que Martín Robles, un viejo y orgulloso conquistador dijera que había que enseñar al virrey buenos modales. Caro pagaría Robles esa crítica, ya que posteriormente se le asesinó en su cama.

En la comitiva estaba el joven oficial Luis Cabrera, su pariente, al cual envió desde Paita a San Miguel de Piura, con un correo urgente, para proseguir a Lima. Cabrera se detuvo en Piura varios días divirtiéndose con otros jóvenes, por lo cual el virrey al saberlo lo reemplazó con otro, lo hizo encarcelar y luego lo devolvió a España por indisciplinado.

En Panamá el virrey se había encontrado con una rebelión de esclavos fugados que se habían dedicado al bandidaje. Le encomendó la misión de reducirlos al capitán Pedro de Ursúa que pocos años después tuviera trágica muerte en una expedición a la selva peruana.

El virrey dispuso un trato humano para con los esclavos y a no pocos dejó en libertad.

Don Andrés Hurtado antes de venir al Perú, había logrado algunos informes importantes. Así sabía, que por estas tierras había 8,000 españoles, de los cuales 489 tenían repartimientos y 1,000 se encontraban sirviendo en diversas actividades, pero que el resto se negaba a trabajar, alegando que no habían venido desde tan lejos para tal fin.

El virrey pidió al rey que ya no se permitiera la venida al Perú de más gente y resolvió destinar a tanto levantisco soldado al descubrimiento de nuevas tierras.

Estando en San Miguel se enteró de que el capitán Luis de Cabrera era un insubordinado. Lo remitió a España, no obstante ser su pariente, para que se reuniera con su esposa.

En Trujillo se le hizo un gran recibimiento y mejor en Lima. El virrey actuó con mano dura para evitar nuevos levantamientos, prohibiendo que los españoles entrasen y saliesen a voluntad de las ciudades de su residencia e incautó todas las armas que pudo. A los corregidores autorizó a ejecutar a todos aquellos que tuvieran antecedentes de revoltosos, de tal manera que la horca y el garrote funcionaron en forma constante. En total 800 fueron desterrados o ejecutados.

Se empeñó en casar a lo oficiales jóvenes, por cuyo motivo don Ricardo Palma lo llama el virrey casamentero. Buscando pretexto dispuso que Martín Robles, sin tener en cuenta los viejos pergaminos de conquistador que tenía, fuera ejecutado en su propia casa.

Los encomenderos eran hombres muy adinerados, en forma tal que tenían a sueldo a una gran cantidad de soldados ociosos, lo cual facilitaba las revueltas. El virrey desterró a España a muchos de esos, en donde los perjudicados presentaron sus quejas al nuevo rey Felipe II.

Dispuso la fundación de la ciudad  de Cañete y de Cuenca en Ecuador. Favoreció a los hombres casados en el reparto de tierras, con lo cual los apartó de la tentación de guerrear. Envió a otros envió  a descubrir fundar ciudades como la de Santiago de las Montañas y Santa María de las Nieves. Unos  fueron a explorar la zona de Ucayali en donde aseguraban existía un fantástico y rico país llamado Rupa-rupa. Para que incursionaran en el Marañón y en el Amazonas, comisionó al capitán Pedro de Ursúa  con 500 hombres, pero en la travesía fue asesinado por uno de sus capitanes Lope de Aguirre “el traidor”.

Felipe II quedó muy contrariado al conocer los abusos de su Virrey y deploró la muerte de Martín Robles. Dispuso que muchos de los desterrados volvieran al Perú y recobraran sus propiedades e indemnizó a los familiares de Robles.

Antes de cumplirse el plazo de 6 años que debía estar en Lima, el rey decidió cambiar al marqués de Cañete nombrando a don Diego de Acevedo que murió cuando se preparaba a venir al Perú. El virreinato del Perú, como se verá después, tenía algo de fatídico. El nuevo virrey nombrado fue entonces Diego López de Zúñiga, conde de Nieva, el cual al llegar al Perú dio un trato sumamente descortés a su antecesor,  el marqués de Cañete, a consecuencia de lo cual, éste enfermó y murió en Lima el 30 de marzo de 1561.

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