Capítulo V

 

 

C A P I T U L O      V

 

 

MUJERES INTREPIDAS

 

 

 

-               Ordenanzas a favor de los indios

-               Prohíben llevar indios a otros valles.

-               Pueblo para indios ladinos

-               Alcalde de indios.

-               La obra de Forero Ureña

-               La juramentación de un corregidor

-               Los caciques

-               Los hermanos de San Juan de Dios toman el hospital

-               Toribio de Mogrovejo

-               Indios desertan de encomienda de Catacaos

-               Llegada del virrey García Hurtado de Mendoza

-               Revuelta en Quito

-               Isabel Barreto, la valiente capitana

-               Captura del corsario Hawkins

-               Reunión de virreyes en Paita

-               San Francisco Solano llega a Paita

-               Indios tributarios en 1591

-               Luis el Pecador .

-               Velasco protector de los indios

-               El Corregimiento de Piura y el Obispado de Quito.

-                Muerte de Felipe II

-               El corsario Van Noort

-               Otro virrey convalece en Paita

-               Filantropía de Paula Piraldo

-               Marqués de Montesclaros llega a Paita

-               Muere en Paita el primer obispo de Trujillo

-               El corsario Spilberg y la defensa de Paita por Paula Piraldo

-               La monja alférez en Paita.

 

 

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ORDENANZAS A FAVOR DE LOS INDIOS

 

Se disponía en las ordenanzas, la construcción de un mesón a fin de atender a los viajeros y evitar que se vayan a hospedar a poblaciones indias, causando molestias a los naturales.

De igual manera se señalaba sitio para mercado de abastos a fin de dar facilidades a los indios de la comarca para que vendan sus legumbres y bastimentos, procurándoles buen trato y buen precio.

Se prohibía que ninguna persona de cualquier condición o calidad, tuviera ganados, ni construyera estancias entre el sitio Presa y Tacalá hasta “pasado el pueblo de Catacaos y llenado hasta la Muñuela

Fuera de los mitayos ya considerados para guarda de ganados de los vecinos que construyeran sus viviendas en San Miguel del Villar,  se prohibía que en lo sucesivo, se diera indios para labores de guarda de ganados, trabajos en sementaras, en viviendas, ni para otra cosa alguna, ni a los vecinos, ni tampoco a los encomenderos. Se prohibía igualmente que los vecinos o cualquier otra persona tomen indios o indias jóvenes para el servicio doméstico, aun con el consentimiento de sus padres, por que estos no tendrían libertad para pedir ni cobrar por el servicio.

El quebrantamiento de todas estas normas, se sancionaba con multas. No obstante tan buenas intenciones de las ordenanzas en beneficio de los indios, y sobre todo de los pertenecientes al valle de Catacaos, el abuso continuó y las ordenanzas, quedaron en letra muerta cuando menos en estos aspectos.

Se prohibía a los españoles, de cualquier condición que fuese, de sembrar tierras en el valle de Catacaos, ni en los que pertenecieran a la Comunidad de San Juan, salvo que un cacique tuviera en exceso de tierras que no pudiera cultivar, en cuyo caso y con autorización del corregidor podía tomar en arriendo, debiendo el justicia mayor de velar para que se pagara lo justo por merced conductiva.

Esta fue sin duda otra medida de muy noble intención, que se le debe de reconocer tuvieron el capitán Forero y Rui López de Calderón, que redactaron las ordenanzas; pero la codicia y la mala fe pudieron mas y los indios así como la comunidad, sufrió el despojo sistemático de sus tierras.

Otra cosa que merece ponderarse, es  que las ordenanzas prohibían que se vendiera vino a los indios, para evitarles borracheras y “las consecuencias que de ellas se producen con gran ofensa de Dios y perjuicio en la salud de los naturales”.

Es posible que desde que se hizo la segunda fundación, fueron los franciscanos los que tomaron a cargo la hospedería, que más tarde se ampliaría en convento y en iglesia, pues como apunta Carlos Robles Rázuri, ya en 1668, el cura de Ayabaca el Licenciado Lorenzo Velásquez, dejaba un legado de 8,000 pesos “para la fundación del Convento de Franciscanos de Piura, y dado que la presente hospedería de franciscanos no se transforme en verdadero convento, se entreguen al Superior de Franciscanos de Lima, para que gocen sus rentas y digan cuatro misas solemnes al año”.

 

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PROHÍBEN LLEVAR INDIOS A OTROS VALLES.

 

Habiendo conocido el virrey, desde antes, que los indios eran llevados desde Catacaos al otro valle para ser ocupados en labores de agricultura, y que el paludismo causaba gran mortalidad entre ellos, prohibió en forma terminante, este modo de contratación de servicios y que sin embargo hoy existe y se conoce a tales campesinos eventuales como “golondrinos”.

La provisión del virrey Fernando Torres y Portugal, decía que” habiendo tenido conocimiento  que se llevaba indios de Catacaos a labrar las tierras de Colán, que eran de diferente temple a las suyas lo que les causaba mucho daño a su salud y mediante escribano y pregoneros, se disponía que en adelante, ninguna persona, de ninguna calidad o condición, con voluntad de los indios o sin ella podían ser llevados a labrar tierras en Colán, Amotape, Tangarará, La Chira, Maricavelica, Pariña y Yapatera, so pena de distribuir los productos entre la Cámara de Su Majestad, los indios, el denunciador y el juez.”

Al corregidor que permitiese tal abuso, se le debía hacer cargo en el juicio de residencia que se le instaurase al cesar en el cargo. Como los negros eran los que más abusaban de los indios y estos les tenían gran temor, el virrey prohibió que los negros, mulatos y en general los esclavos, ingresaran a las poblaciones de indios. Los daños cometidos por los esclavos serían pagados por los amos, mas la multa correspondiente que se doblaría en caso de reincidencia.

Los vecinos de San Miguel del Villar, estaban autorizados a tener en los corrales de sus casas hasta una docena de cabras y carneros, siempre que estos no andasen por las calles y plazas..

No había autorización para cerdos, a cuya carne eran tan aficionados los conquistadores, pues la ordenanza disponía que “ninguna persona pueda tener en esta dicha ciudad de San Miguel del Villar a ningún género de ganado ovejuno, cabruno, ni porcino dentro de ella, excepto si quisieran tener alguno para ordinario de su casa, sean hasta una docena de cabras y carneros...”

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PUEBLO PARA INDIOS LADINOS

 

Pero en la región había muchos indios sin domicilio fijo que se dedicaban a emborracharse, a robar y a armar líos. Para ellos también había una disposición dentro de las ordenanzas.

Se disponía que entre la acequia de Puxillas que se iba a abrir y la barraca del río, se les tase y señale su pueblo, de acuerdo al parecer del corregidor Forero, y que se les de un alcalde de indios, que tendrá el cargo durante un año, debiendo elegirse uno nuevo cada 15 de agosto, día de la Virgen María.

La última disposición de estas ordenanzas, era de que se prohibía la pesca con red en el río Piura, desde la Presa y Tacalá hacia la parte de arriba del valle, ni utilicen tampoco barbasco, en ninguna parte del río, bajo pena de seis pesos si era español y de cien azotes y seis pesos si fuera indio, mulato y negro. Como se puede apreciar, en esto de administra justicia, no se era muy equitativa.

 

Sechura fue en tiempos de la Colonia una ciudad errante y fue el fenómeno de El Niño el que la obligó a repetidas mudanzas. En 1572, se formó  cerca Punta Aguja, el pueblo de  San Martín de Sechura en base a las parcialidades  de Sechura, Pisura,  Muniquilá, Nonura y Muñuela. . En 1728, las lluvias torrenciales y las salidas del mar la llevaron a establcerse cerca de o que ahora es Chullilachy, pero  otro niño hizo que se trasladase mas al interior en el sitio donde está actualmente.

 

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ALCALDE DE INDIOS

En las reducciones y en los pueblos de indios, los españoles creaban cabildos de indios, a cuyo frente pusieron un alcalde de su misma casta. De esta forma se establecía una especie de administración paralela y al mismo tiempo separada, que resultó muy conveniente para los españoles que evitaron enfrascarse en las querellas de los naturales.

Cuando menos en asuntos de menor cuantía, dejaban que los indios se las arreglaran entre ellos, lo que en cierta forma resultaba mejor, por cuanto no comprendían la forma de ser de los naturales.

Los alcaldes de indios administraban justicia en lo civil y en lo penal, pero sólo veían casos suscitados entre indios. Para tratar los casos de interés comunal, se reunían en gran asamblea los jefes de familia.

Cuando el número de casas de un pueblo era menos de ochenta, sólo había un alcalde, pero eran dos cuando pasaban ese número. Uno de los alcaldes representaba a los indios principales y el otro a la masa. Por tradición, tenía mayor autoridad el primero.

El cabildo de indios estaba conformado por los alcaldes, cuatro regidores, un juez de aguas, otro de campo o terrenos, un alguacil o jefe de policía, un escribano o que hiciera de tal, un pregonero y un verdugo.

En los juicios civiles sólo podían verse causas que no pasaran de treinta pesos o los pleitos de posesión de tierras entre ellos.

Los alcaldes administraban justicia en la plaza pública y ante gran cantidad de indios reunidos. Los día elegidos eran generalmente los domingos y uno o dos días más de la semana. Los querellantes  comparecían ante el alcalde, que sentado como gran señor, con el pregonero al costado, atendía durante varias horas las causas y las dictaminaba allí mismo. No había generalmente nada escrito por que todo el pueblo era testigo de la sentencia

Cuando se trataba de asuntos penales, podían imponer penas de hasta un peso o en su defecto de veinte azotes, pero no de mutilaciones, ni de muerte que estaba reservada al corregidor, lo mismo que sanciones pecuniarias mayores.

Cuando administraba justicia, el alcalde tenía el varayoc o vara de la justicia en la mano, lo que era símbolo de su poder. Los alcaldes indios desempeñaban su cargo un año y lo hacían con gran solemnidad y responsabilidad. Caso se vio de un alcalde indio de Sechura, que exigió obediencia y acatamiento a un alto funcionario real.

Las reducciones y los pueblos de indios, con este sistema muy propio de administración, fue lo que motivo que se llamar al sistema República de Indios.

Las sentencias de los alcalde de indios, en ciertos casos y sobre todo en litigios de tierras, eran apelables ante el corregidor y aún ante la Real Audiencia.

Los indios recibieron la mala herencia de los españoles de acostumbrarse a litigar constantemente y por todo motivo. De esa forma se armaban querellas que duraban muchísimos años.

Los alcaldes del primer voto, o sea los que representaban a los principales, eran también indios nobles o curacas.

Los curacas tallanes, al igual que los demás del antiguo imperio, mantuvieron generalmente su investidura, que la legaban por herencia a uno de sus hijos. Resultaron un elemento valioso como sostenedores del régimen colonial, pues cobraban los tributos. Del monto de esos tributos que cobraban se les pagaba un sueldo anual. Por desgracia, se pusieron más al servicio de los corregidores, de los encomenderos, de los curas y de los grandes hacendados antes que de sus desventurados hermanos de raza, y como dice Waldemar Espinosa Soriano, en su obra “La sociedad andina colonial”, fueron instrumentos serviles que velaban por los intereses de las clases dominantes a cambio de compensaciones, como el de usar ropas españolas, andar con ellos, y hasta permitírseles el título de “don”.

En la región tallán, se reconocía el derecho de la mujer a ejercitar el cargo cuando era primogénita. De esta manera existieron “capullanas” hasta bien entrada la colonia.

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LA OBRA DE FORERO DE UREÑA EN SAN MIGUEL

El capitán Forero durante un año tuvo a cargo el corregimiento en San Miguel del Villar de Piura  y su gobierno fue tan bueno, como el desarrollado en el puerto de Paita.

No sólo puso empeño en la construcción de la nueva ciudad, sino en muchas obras de gran alcance.

La presa del Tacalá que había iniciado cuando estaba en Paita, la continuó con gran ahínco. En su indesmallable actividad construyó hornos para cal y ladrillo, haciéndolo muchas veces con su propio peculio. A los indios que en esa labor trabajaban los alimentaba con carne y maíz a su costo. El proyecto que no llegó a terminar, estaba destinado a la irrigación de cinco leguas de tierras agrícolas de los indios. El canal tenía una profundidad de nada menos de tres estados, siendo cada estado equivalente a la estatura normal de un hombre. Inició también la construcción de otro canal para irrigar tierras de los españoles y mandó a construir cuatro molinos y una ermita para Nuestra Señora del Agua Santa. Fue también el que construyó el primer puente sobre el río Piura, siendo este bastante sólido y aunque de madera permitía el pase no sólo de personas sino también de ganado, durante la época de creciente del río.

El 8 de agosto de 1589 fue reemplazado por el capitán Bartolomé Carreño, pues se había cumplido su período de seis años para el cual había sido nombrado por el rey.

Al finalizar su gestión, Forero se vio afectado por la ingratitud de las gentes y no obstante que en  el juicio de la Residencia, tuvo que afrontar acusaciones de envidiosos e ingratos, que le hicieron gastar lo poco que tenía y lo redujeron a la pobreza, pudo al fin salir sin mácula y se le reconocieron los valiosos servicios que había prestado al rey y al corregimiento, habiendo servido para ello, en mucho el testimonio veraz y noble del capitán Cadalso Salazar, del mercedario fray Hernando de Paredes, del presbítero Juan de Llerena y los vecinos Melchor Escobar y Francisco de Orozco, por todo lo cual la Real Audiencia de Lima, le reconoció en 1593 sus méritos y servicios y se le dio el título de almirante.

 

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LA JURAMENTACIÓN DE UN CORREGIDOR

En julio de 1589, se presentaba en Lima ante el virrey Conde del Villar, el capitán don Bartolomé Carreño que había llegado de España con provisiones del rey Felipe II, para que asumiera el corregimiento de San Miguel del Villar. Por dicho nombramiento, el virrey se enteraba que ya también él tenía un sucesor.

El corregidor de San Miguel del Villar, capitán Forero de Ureña, se encontraba también en Lima de tal modo que se quedó igualmente enterado.

El virrey, con fecha 21 de julio, transcribió el nombramiento del nuevo corregidor y éste de inmediato viajó al norte del virreinato para hacerse cargo de su puesto. El viaje lo hizo sin duda con suma rapidez, por lo que el 8 de agosto estaba ya jurando el cargo de corregidor ante el cabildo.

En ese día se reunieron en San Miguel del Villar, el teniente corregidor, justicia mayor y alcalde ordinario don Juan de Torres; el contador de la Real Audiencia del rey don Gabriel de Miranda y los regidores Gaspar Troche de Buitrago y Alonso Sánchez, los cuales abrieron los pliegos que traía el capitán Carreño y les dieron lectura. Acto seguido reconocieron a Carreño como corregidor y Juan de Torres procedió a tomarle juramento. Para asumir el cargo debía, además, presentar fiadores y accedieron a ello los acaudalados vecinos Diego Baca de Sotomayor, Francisco de Mercado y Gonzalo de Crisera. Como testigos firmaron Sebastián Morales de Acosta, Juan Canelas Albarrán y Juan de Esquivel. Como escribano, Pedro Márquez Botello.

La provisión real indicaba que habiéndose vencido el plazo para el cual fue nombrado el capitán Alonso Forero de Ureña y que habiendo dispuesto el virrey Fernando Torres y Portugal “para algunas causas cumplideras del real servicio” era necesario proveer dicho cargo.

Esto muestra que el capitán Forero hacía ya mucho tiempo que había dejado San Miguel del Villar y estaba en Lima pues el rey se encontraba enterado de eso por habérselo hecho conocer el mismo virrey, el cual le había informado de la posible llegada de corsarios ingleses por la ruta del estrecho de Magallanes.

El próximo arribo del nuevo virrey a Paita, lo expresaba el rey del siguiente modo: “...y para prevenir lo que conviniere en el dicho puerto en la ocasión que se ofreciere por la nueva y aviso que al dicho mi virrey se ha dado por mi mandato de que en Inglaterra se aprestan corsarios para pasar por el estrecho de Magallanes y lo que fuera necesario para cuando al dicho puerto llegare don García Hurtado de Mendoza, a quien he proveído por virrey de los dichos mis reynos.”

El nuevo virrey había recomendado a Carreño para el cargo de corregidor, pues el rey decía en su provisión: “...y para ello con acuerdo de dicho virrey, la presente en la dicha razón, por la cual confiando en voz, capitán Bartolomé Carreño.... os hago merced de nombrar y proveer y os nombro y proveo por corregidor de la dicha ciudad de San Miguel del Villar y de los dichos términos y jurisdicción, para que por tiempo de un año primero siguiente y que corre y se cuenta desde el día que en la dicha ciudad fuéredes recibido, seas tal mi corregidor de ella...”

Luego la provisión enumera todas las funciones y encargos que le corresponde desempeñar y entre otras cosas, dispone el rey que habiendo algunos hombres casados, con esposa en España que se encuentran residiendo en el Perú, deberán los que habitan en San Miguel del Villar, ser enviados a España para que se junten con sus esposas. No se olvida el rey de recomendar al nuevo corregidor que vele por el buen trato que deben darse a los naturales, castigando todo agravio o exceso que contra ellos se cometan y que sólo se cobren los tributos autorizados, que se les instruya en fe católica, que se evite en ellos las borracheras, las idolatrías y los pecados públicos, que cultiven sus cementeras sin cambiarlos de población y encarga también al corregidor visitar tales pueblos de indios. Prohíbe que se construyan nuevas iglesias y monasterios sin licencia del virrey. También dice: “...por que el dicho virrey está informado que en vuestro distrito y jurisdicción hay negros y zambaigos y otras personas que cometen delitos y andan vagabundeando y haciendo otros excesos entre los naturales, por lo cual merecen ser castigados con mucho rigor, os mando tengais particular cuidado de saber y averiguar lo susodicho y a los que hallares culpables de manera que merezcan pena de galeras, al remo o en otras penas para las dichas galeras, los condenareis en ellas por el tiempo que os pareciera justicia”.

Por lo que se pueda apreciar, ya en el corregimiento de Piura existía el bandolerismo, y los negros cimarrones, huidos de sus amos, eran los que entraban a los pueblos de los indios y cometían abuso y medio, por cuyo motivo los indios les temían mucho.

Carreño al llegar a San Miguel del Villar, se encontró con una capital de corregimiento, que tenía escudo, tradición y nobleza, pero que en realidad no existía. Todo estaba por hacer, y a eso se dedicó con empeño.

La iglesia, la plaza de Armas y el cabildo, tienen en la actualidad el mismo lugar que le fue señalado a la ciudad fundada el 15 de agosto de 1588.

Al costado de la iglesia, en donde actualmente se encuentra el edificio que construyó la firma Duncan Fox, se destinó para  cementerio. Esa tierra guarda por lo tanto los restos de los primeros habitantes de Piura, de esas familias que fueron tronco de muchas de las actuales.

El hospital y tambo para pasajeros, se encuentran en los tramos que por mucho tiempo fueron de la Beneficencia Pública y donde ahora ( 2006)   está el hotel Los Portales, ex  turistas. La cárcel se construyó cerca al cabildo y en la actualidad esa área también la ocupa el municipio.

En el reparto de solares entre los vecinos, seguramente le correspondió a Rui López de Calderón, el predio sobre el cual más tarde se edificó La Casona, en donde nacieran Ignacio Merino y vivió Enrique López Albújar. Era Rui López personaje importante, que firmó el acta de toma de posesión y más tarde redactó con Forero de Ureña las primeras ordenanzas de la ciudad de Piura. Fue encomendero de San Martín de Sechura y  tutor de Gonzalo Farfán de los Godos (hijo) por el cual el virrey Conde del Villar le otorgó los repartimientos de Payta, La Silla, Motape (Amotape), Vitonera y Lizama. Rui López se convirtió en un rico poseedor de ganado menor y en 1600 vendía 300 cabezas de ganado. En 1618 primero y en 1621 impone censos a su fundo de Santa Ana cerca de Piura La Vieja.

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LOS CACIQUES

 

Los caciques eran en tiempos de la colonia, los descendientes de los antiguos curacas, a los cuales España consideró convenientes mantenerlos con determinadas atribuciones. El principal objetivo, era el de dar una apariencia de gobierno indígena paralelo al efectivo gobierno español, para lo cual crearon los municipios de indios con el respectivo alcalde de indios, lo cual contribuía a tener en los caciques intermediarios entre la masa indígena y los gobernantes españoles

Los caciques eran los encargados de cobrar los tributos que debían de pagar los indios, y organizar la prestación de la mano de obra, lo cual los hizo generalmente odiosos a los ojos de indios, siendo una permanente aliado de los hacendados, encomenderos y de los corregidores. Tenían la facultad de imponer sanciones a los indios infractores lo cual generalmente eran los azotes o el cepo. Los corregidores y encomenderos se valían de los caciques para que los indios les hicieran entregas de los llamados camaricos, que consistían canastos con huevos, verduras, frutas y gallinas. Todos los abusos que cometían los españoles se hacían con la contribución y complicidad de los caciques, los que también conseguían mujeres para el servicio doméstico de sus patrones. Los caciques estaban exonerados de prestar servicios personales, podían vestirse como los españoles, en determinados casos hacer uso del caballo, portar armas, usar cabellera larga, oír misa sentado frente al altar mayor, percibir un sueldo recibir en algunos casos la denominaci6n de “don” antes de sus nombres y recibir educaci6n en algunas de escuelas que para ellos se crearon, pero de las que no hubo ninguna en el corregimiento de Piura

Los caciques eran nombrados por los virreyes o por la Real Audiencia, cuando el cargo vacaba, al no haber quien lo heredase. Cuando el cacique por su avanzada edad no podría ejercer el cargo, o quedaba invalido o enfermo por mucho tiempo, era reemplazado por un pariente cercano a él que tomaba el nombre de gobernador. En el Valle del Bajo Piura, como una reminiscencia de Las Capullanas, ejercieron el cargo, mujeres pero lo mismo ocurrió en algunos lugares de la sierra

Muchos fueron los caciques que lograron riqueza y con ello cierto poder como los Caciques de Colán y varios del valle de Catacaos, como el caso del capitán Juan La Chira. Con el tiempo, los caciques fueron tomando conciencia de sus responsabilidades para con los de su raza y para con el suelo donde nacieron y su contacto con los criollos, les permitió darse cuenta que su papel de aliados de las autoridades españolas no era lo que en realidad les correspondía, por lo cual ya no les resultaba  grato el cargo de caciques.

Por eso, no es de sorprender que en algunos casos los caciques piuranos fueran objetos de graves denuncias como ocurrió contra Jacinto Temoche, cacique de Narihualá del que se dijo cobraba un exceso de tributos a los indios de Catacaos para beneficiarse, lo mismo sucedió con el cacique Alonso Metal de las parcialidades de Mechato, Mecomo y Cucío y el cacique Juan Mecache de la parcialidad de Mecache que en 1673, fueron acusados por el Gobernador Pablo La Chira de cometer exacciones contra los indios. A su vez estos tres caciques posteriormente hicieron iguales acusaciones contra el cacique Pablo La Chira su padre Carlos La Chira había sido también Gobernador de Catacaos. El primer Pablo La Chira llegó a Catacaos en 1575 cuando se hizo la reducción de Catacaos. En 1625 su hijo el Capitán Carlos La Chira era Gobernador de Catacaos y logró que el virrey Marqués de Guadalcazar cediera las salinas del Bajo Piura a sus representadas. En 1660 Carlos La Chira defiende a los indios de Catacaos en la disputa de las salinas contra los indios de Sechura.

Narra don Oswaldo Fernández Villegas, que a fines del Siglo XVII, el cacicazgo de Mécamo, situado en el valle de Catacaos, tenia como curaca principal a Carlos Terán, casado con Juana Barragán, considerada segunda persona en el cacicazgo de Narihualá. Entre otras propiedades, Terán tenia una chacra y en ella un rancho. El domingo 25 de octubre de 1699 al atardecer, Terán fue a comprar medio real de sandías a la chacra de su vecino, Salvador Pizarro, habiéndose encontrado Terán en el camino con su hija Jerónima Candelaria. Después de 24 horas, se presentó a la casa de Juana Barragán, el indio Salvador Pizarro, para informarle que había encontrado el cadáver de Terán en la talanquera de su propia chacra, en un charco de sangre y junto, amarrado a un árbol el caballo de Diego Yovera, padre de Terán. Habían también seis pequeñas sandías. El cadáver fue llevado a Catacaos y al examinarlo se comprobaron golpes, cortes y fracturas. Fueron apresados el indio Pizarro y Carlos La Chira de 26 años (no era el Gobernador Carlos La Chira) que tenia chacra vecina y era originario de la parcialidad de Luis La Chira. Lo concreto es que no se encontró al culpable y que se supone que los asesinos fueron indios que actuaron por venganza­

La arqueóloga Anne Marie Hocquenghem, en su obra "Para vencer a la muerte”, refiere que en noviembre de 1768 se dio horrible muerte al cacique de la parcialidad de los forasteros o “Señor de Huarmaca" al cual mutilaron y descuartizaron en la cima del cerro sagrado de Paratón, dejando el cadáver abandonado, siendo pasto de los gallinazos

 

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HERMANOS DE SAN JUAN DE DIOS TOMAN EL HOSPITAL

Como antes ya se había informado, el primer hospital del Perú principió a funcionar en Piura en el año 1534 de acuerdo a  real cédula y se llamaba Santa Ana.

Posteriormente llegaron los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios

Para don Carlos Robles Rázuri, tal arribo se produjo probablemente entre los años de 1589 y 1595, es decir en San Miguel del Villar a los pocos años de fundada.

Los frailes de esta hermandad se habían establecido en el Perú algunas décadas antes, fundando su primer hospital en el puerto de Arica y luego en 1559 lo hicieron en Arequipa. En Lima recién se afincan el año 1606.

Pero sólo hasta el año de 1621, el Papa eleva a orden a la Hermandad de San Juan de Dios.

Los fundamentos del escritor Robles Rázuri, para precisar los probables años de la llegada de los Hermanos de San Juan de Dios, se basan con muy buen criterio en una obra del escritor ecuatoriano Julio Estrada Icaza, que al historiar la trayectoria del hospital de Guayaquil asegura que en 1615 falleció el padre Baltasar que tenía a su cargo el hospital de ese puerto, y para reemplazarlo, partió a Piura don Juan Ruiz de la Palma, comisionado por el cabildo, para tratar con los religiosos de la misma hermandad de San Juan de Dios (que también administraban el hospital de Guayaquil), el envío de un fraile que pudiera dirigir el hospital del puerto. Tras de casi tres años de gestiones, partió a Guayaquil el hermano Gaspar Montero en 1618.

El fundador de la Hermandad San Juan de Dios nació en Portugal el año 1495 y murió en 1550.

Fue un niño pobre, que tuvo por tutor a un sacerdote que luego lo abandonó, ocupándose entonces como pastor y más tarde se enroló  como soldado combatiendo contra los turcos. En las campañas militares fue un hombre lleno de vicios. Repentinamente arrepentido de su mala vida, se dirigió a Ceuta y más tarde se dedicó a la venta de libros religiosos en cuya época dice que tuvo una visión milagrosa tomando entonces el nombre de  Juan de Dios. Se impresionó grandemente por la prédica de fray Juan de Ávila, y como una muestra de humildad y a manera de sacrificio y de martirio, se hizo pasar por loco, gritando por las calles, lo que motivó la burla y los maltratos de los muchachos, siendo al fin internado en un hospital, en donde fray Juan de Ávila lo convenció de que abandonara su fingida locura y procediera a una labor más útil para la humanidad. Fue así como se dedicó a fundar hospitales, creando la orden de Hermanos Hospitalarios de la Caridad que a su muerte se llamaron de San Juan de Dios.

Don Carlos Robles supone que la construcción de la enfermería fue financiada por Domingo de Zeis, presidente electo de Quito y vecino en esa época de la ciudad”.El año al   que se refiere este escritor es la de 1588, o sea, la fundación de San Miguel del Villar.

Don Manuel Mendiburo dice de don Domingo Zeysa: “en la Crónica Belethmitica que escribió el padre José García y se publicó en Sevilla en 1723, hemos leído que D. Domingo hallándose previsto para el destino de presidente de Quito edificó, a su expensa, una dilatada y hermosa enfermería en el hospital de Belén de Piura, que fue encomendada a los religiosos de aquella comunidad, por los años 1678.

Es decir, que en resumen, en 1534 se creó el hospital de Santa Ana por cédula real y funcionó en Piura la Vieja.

Cuando se fundo San Miguel del Villar de Piura, se designó frente a la plaza mayor (en donde hoy 2006 funciona el hotel Los Portales) un terreno para el hospital Santa Ana y en el extremo izquierdo se levantó la Iglesia de Nuestra  Señora Santa Ana.

 

Años más tarde, la administración es tomada por los hermanos de San Juan de Dios y en 1678 lo toman los belethmitas, los que dieron tanto al hospital como la iglesia, el nombre de Belán..

 

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TORIBIO DE MOGROVEJO

Por esa época era obispo de Lima Toribio de Mogrovejo. Con toda justicia se le puede calificar como un obispo viajero, pues dedicó muchos años a visitar su extensa jurisdicción para percatarse del estado de los fieles y sobre todo de los indios a los que trató siempre de proteger.

De los 25 años que tuvo frente al obispado de Lima, pasó nada menos que 17 recorriéndolo, para lo cual utilizó toda clase de medios de transporte conocidos por entonces. Sorteó los climas más diversos, atravesó desiertos, en unas oportunidades por la puna o en la enmarañada selva.

En 1582 organizó el 3º Concilio Límense al que concurrieron obispos y prelados de toda la América.

Entre 1584 y 1594 visitó la sierra norte hasta Cajamarca y Chachapoyas. Inmediatamente y hasta 1597 recorrió la costa norte hasta Lambayeque. En ninguno de estos viajes llegó a Piura por que esta provincia y Jaén pertenecían al obispado de Quito.

El que fuera después Santo Toribio, realizó dos viajes más y murió en Saña, la opulenta ciudad, el año 1606.

 

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INDIOS DESERTAN DE LA ENCOMIENDA DE CATACAOS

Pedro Castro, vecino de Piura recién fundada, era uno de los encomenderos del pueblo de San Juan de Catacaos. A causa del duro trato que daba a los indios, estos huyeron en buen número del pueblo, desparramándose por el campo.

La queja de Castro pasó al contador, juez oficial de la Real Hacienda y alcalde ordinario, don Gabriel Miranda que falló a favor de Castro el 8 de junio de 1590, disponiendo que el virrey don García Hurtado de Mendoza le diera garantías, el cual a su vez ordenó al corregidor de Piura, capitán don Antonio Valle Galloso, para que dispusiera la reducción de los fugitivos. Ese pasaje de la historia de abusos que cometían los encomenderos en Piura y en todo el Perú, es hecha conocer por el historiador Paz Velásquez en “Piura en la conquista”.

 

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LLEGADA DEL VIRREY GARCÍA HURTADO DE MENDOZA

El virrey Conde del Villar, fue otro de los pocos gobernantes sobrevivientes y pudo retirarse a vivir a España, siendo honrado por el rey, otra cosa que no era muy corriente en Felipe II con quienes bien lo habían servido

Como sucesor del Conde del Villar, fue nombrado García Hurtado de Mendoza, casado con doña Teresa de Castro y de la Cueva.

Don García era gentil hombre de la cámara del rey y conocía al Perú, pues había estado con su padre el Segundo Marqués de Cañete, y cuando todavía contaba 22 años su padre lo mandó al frente de la expedición destinada a pacificar Chile, misión que cumplió con valor, tino y sagacidad. Cuando su padre murió en Lima, don García se encontró repentinamente pobre y con la hostilidad del nuevo virrey Conde de Nieva. Sin embargo, en España logró reivindicar la memoria de su padre ante el rey.

El 13 de octubre de 1589, la flota de guerra al mando del general don Jerónimo Torres y Portugal, hijo del Conde del Villar, fondeó en Paita, pero don García Hurtado el virrey, no pudo desembarcar por que estaba aquejado de un fuerte ataque de gota. La gran sorpresa, era que por primera vez venía al Perú una virreina por autorización especial del rey Felipe.

Don García fue recibido y colmado de atenciones por su protegido, el corregidor Carreño, pero prefirió seguir el viaje por mar y no el penoso recorrido por tierra, pues conocía el territorio. Encomendó más bien al capitán Carreño que brindara toda clase de facilidades a su camarero mayor Antonio Torres de Fresneda, para que llevara a Lima el anuncio de su próximo arribo. El mensajero fue muy diligente y llegó a la capital con mucha anticipación, enterando tanto al cabildo como al Conde del Villar, del próximo arribo de don García. El virrey saliente se fue entonces a vivir al convento de San Francisco de la Magdalena y tras de tener varias reuniones con don García partió a España. El Conde del Villar había tenido antes problemas con el inquisidor Gutiérrez de Ulloa, hombre inmoral, al cual acusó ante el rey, por cuyo motivo lo excomulgó, y fue así como el virrey se ausentó del Perú, en compañía de su hijo Jerónimo, que aunque muy joven, había sido nombrado general por su padre, sin tener en cuenta que el mencionado hijo, era un calavera y amigo de negocios turbios.

Una de las primeras medidas del nuevo virrey, fue enviar a Chile, que se encontraba convulsionado por los indios araucanos, al almirante Hernando Lamero de Andrade. Era este encomendero de Sóndor y Serrán en Piura y debió después avanzar hasta el estrecho de Magallanes para cortarle el paso al corsario Cavendish que se decía nuevamente incursionaría en las costas del Pacífico, lo que no llegó a suceder

 

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REVUELTA EN QUITO

Por real cédula se dispuso que se cobrase en el Perú el impuesto de alcabala, que Pizarro y Almagro habían logrado que se exonerase a este territorio en forma temporal. Sólo los religiosos, hospitales e indios estaban exonerados. En Lima y demás ciudades del virreinato causó, la cobranza de este impuesto, un gran malestar. En las paredes de la capital aparecían pasquines, en los que decía que el rey no tenía derecho a imponer estos impuestos, por cuanto en la conquista de estos reinos nada había gastado.

 

En Quito el impuesto se empezó a cobrar el 15 de agosto de 1593, en momentos en que San Miguel del Villar celebraba la fecha de su fundación. El cabildo quiteño se opuso a acatar la orden, pero la Real Audiencia insistió. Se produjeron entonces desórdenes populares y no pocos religiosos los secundaron. Se asaltaron las prisiones y se liberaron a unos regidores apresados por oponerse al impuesto. El virrey mandó al general Pedro de Arana a sofocar la revuelta. En el corregimiento de Piura había también gran agitación y protestas, pero no se llegó a más. Loja y Cuenca se sometieron de inmediato, pero Quito se resistió.

Al fin pudo sofocarse la rebelión de Quito sin haber tenido la necesidad de entra en batalla y el octogenario general Arana se mostró en extremo severo, pues hizo ahorcar y colgar en edificios de la ciudad a varios de los amotinados, sin considerar que eran personas visibles.

La agitación del corregimiento de Piura, que al igual que en Loja y Cuenca no se llegó a materializar en una abierta rebeldía, quedó por lo tanto extinguida.

 

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ISABEL BARRETO, LA VALIENTE CAPITANA

Don Lope García de Castro, gobernador del Perú en 1597, tenía un joven sobrino de 26 años avecindado en Lima y dedicado al comercio, pero con aficiones de marino. Era don Alvaro de Mendaña y Negra, el cual con ayuda de su tío salió el 26 de noviembre de 1567 del Callao en dos barcos y 120 hombres rumbo a los desconocidos parajes de la Oceanía, descubriendo las islas Salomón.

Don Alvaro, de regreso al Callao, se entusiasmó con las empresas marinas e intentó una segunda expedición, pero el costo de ella y el hecho de que ya no estaba al frente del gobierno su tío el licenciado don Lope, no permitieron que eso se pudiera hacer tan pronto.

El virrey don García, que gustaba de esa clase de expediciones favoreció a Mendaña para que pudiera realizar una nueva expedición, ya no para descubrir nuevos territorios sino para colonizarlos.

Reunió en total cuatro navíos y el 9 de abril de 1595 salió del Callao llevando como almirante a Lope de Vega; de piloto mayor al portugués Pedro Fernández de Quirós y como maese de campo a Pedro Merino Manrique. La tripulación llevaba a 378  tripulantes entre los que había soldados y mujeres españolas. Algunos  tripulantes iban en compañía de sus esposas, y el mismo Mendaña llevaba a su esposa doña Isabel Barreto y a su cuñado Lorenzo Barreto. La nave almirante la “Santa Isabel” y la capitana “San Jerónimo” las compró Isabel Barreto pues eras adinerada.

La expedición tocó en los puertos de Santa, en Huanchaco y en Chérrepe y luego arribó a Paita en cuya bahía permaneció varias semanas aprovisionándose y haciendo aguada en Colán. Además completaron el número de expedicionarios con gran cantidad de paiteños muy habituados a las tareas del mar, así como no pocas paiteñas.

En Paita se produjeron algunos problemas de disciplina a causa de la rudeza del maese de campo Merino, y la debilidad de carácter que dio muestras el adelantado y gobernador –tales eran sus títulos- Alvaro de Mendaña; en contraste con la energía, que desde entonces puso de manifiesto su bella esposa.

Mendaña se había casado con doña Isabel Barreto, diez años antes. El Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano dice que era “una dama de la primera nobleza, cuya familia le prestó gran apoyo” –a Mendaña-

Algunos escritores piuranos han llegado asegurar que doña Isabel Barreto era paiteña, pero no es así.

Doña Isabel nació en Lima en el barrio de Santa Ana, siendo hija de don Nuño Rodríguez Barreto y de doña Mariana de Castro, ambos portugueses adinerados.

El matrimonio con don Alvaro de Mendaña, se realizó en mayo de 1586, en la iglesia de Santa Ana.

La flota de don Alvaro, no pudo lograr que en Saña lo atendieran, por que habiendo cometido la tripulación no pocos abusos, el corregidor Bartolomé de Villavicencio se negó a proporcionarles ninguna clase de abastecimientos. En Saña, contrajo matrimonio doña Mariana Barreto –hermana de doña Isabel- con el capitán Lope de Vega, uno de los oficiales de Mendaña, que moriría poco después.

Es interesante relatar los problemas que en Paita causó el díscolo maese de campo Pedro Merino, que se peleó con el capitán Lorenzo Barreto y con el vicario de la expedición. Finalmente apaleó a un soldado y se aprestaba a atacarlo con la espada, cuando se hizo presente doña Isabel, evitando que la airada tripulación se amotinara. Doña Isabel llamó la atención a Merino, el cual repitiendo el desplante que ya había hecho en el Callao, le tiró a sus pies el bastón de mando y se fue a presentar su queja a don Alvaro. Éste siempre débil, presento excusas al contramaestre, que nuevamente pretendió castigar a otro soldado por haber tratado de defender al anterior. Esta vez fue el piloto Fernández Quirós el que impidió el abuso, por cuyo motivo, el impulsivo maese de campo, hizo conocer que abandonaba la expedición y desembarcó en Paita.

Mendaña lo siguió al puerto y le rogó que se reintegrase a la expedición, a lo que accedió el iracundo viejo.

Los expedicionarios lograron embarcar desde Colán 1,800 botijas  de agua, y con 378 personas, muchas de Paita, partieron en medio de toque de tambores, al son de los clarines y con banderas desplegadas. Era viernes y se celebraba a los santos Vito y Modesto, el 16 de junio de 1595.

Paita les brindó una emotiva despedida, pues muchos familiares iban en la expedición. Las gentes aglomeradas en la playa, cantaban invocando la protección de la virgen de las Mercedes para los navegantes y éstos desde las naves exclamaban “Buen viaje nos dé Dios”.

El 21 de julio recién avistaron la primera isla de un grupo a las que se les llamó “Marquesas de Mendoza” en homenaje a la virreina. Luego el 20 de agosto arribó la expedición a una isla que llamó San Bernardo y más tarde a otra, pero no encontraban a las islas Salomón, lo cual causó contrariedad entre la tripulación. Para mayor desgracia la nave almirante con don Lope de Vega encalló en unos arrecifes, pereciendo en el desastre. El maese de campo seguía fomentaba la rebelión por cuyo motivo Mendaña, armándose de coraje,  dispuso que su cuñado Lorenzo lo ajusticiara.

En Paita se habían embarcado 80 paiteños entre hombres y mujeres. No había transcurrido un mes de navegación y ya se habían celebrado 15 matrimonios, entre los que figuraban varias paiteñas. La pérdida de la nave almirante fue un golpe muy duro, pues perecieron en esa catástrofe 150 personas, entre los cuales se encontraban varios paiteños.

Cuando la flota partió de Paita, los parientes de los que se embarcaron, los despidieron en la playa con sentimientos de esperanza y temor y cuando meses más tarde se supo del hundimiento de la nave almirante, sin conocerse quienes habían muerto, la desesperación cundió en el puerto.

Pese a todo, Mendaña desembarcó en Santa Cruz, e inició la construcción de un fuerte y de una iglesia, pero después sobrevino una rara epidemia que mató a 47 expedicionarios y al mismo Alvaro Mendaña, el 17 de octubre. Sintiéndose éste que llegaba su fin, hizo su testamento y dejó el mando de la expedición a su cuñado Lorenzo Barreto y a su esposa le dejó el título de adelantada y gobernadora. Era la primera vez y posiblemente la única, en la historia de la humanidad de un caso igual y doña Isabel, no hizo nada mal su papel, pues era una mujer resuelta y enérgica.

Con su hermano Lorenzo, decidieron abandonar la empresa colonizadora, tanto porque no habían logrado encontrar las islas Salomón que se proponían colonizar, como porque los indios se habían tornado belicosos y con frecuencia atacaban el campamento.

El capitán Lorenzo Barreto había sido herido por un flechazo de los indios, pese a lo cual siguió al mando de los tres barcos que quedaban. Pero Barreto contrajo infección y murió. A mediados de noviembre los expedicionarios estaban en la ruta que antes había seguido Magallanes. Doña Isabel asumió el mando de la expedición.

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La capitana Isabel Barreto y Quiroz resolvieron proseguir el viaje hasta las Filipinas en lugar de retornar al Callao. Las grandes vicisitudes y tener que hacer frente a gente del peor jaez como la que tripulaba sus barcos, no la amedrentó. El 18 de noviembre, a los 31 días de la muerte de Mendaña, la expedición continuó viaje rumbo a Manila. En el trayecto pasaron por las islas de los Ladrones a la que llamaron Marianas.

Por fin el 11 de febrero de 1596, la expedición de Isabel Barreto llegó a las Filipinas, con  un solo barco, y después que en el trayecto había muerto una gran cantidad de tripulantes, mientras los sobrevivientes, enflaquecidos, parecían más espectros que hombres.

La intrépida capitana desembarcó con gran solemnidad, reconociéndosele su condición de gobernadora y adelantada. Una salva de 21 cañonazos y tropas formadas le rindieron honores militares. Los filipinos se encargaron de alimentar y alojar a los tripulantes. Todas las peruanas que llegaron se casaron pronto, con excepción de cuatro que tomaron los hábitos. En Filipinas, la capitana Isabel se volvió a casar con el general Fernández de Castro que mandaba los galeones que hacían el tráfico entre la China y Filipinas, y era pariente de su extinto primer marido.

Isabel Barreto viajó luego a Méjico, desde donde solicitó a la Corte de Madrid, la confirmación de las capitulaciones que habían sido otorgadas a don Alvaro de Mendaña, pues la audaz mujer intentaba nuevas aventuras.

España como siempre, andaba escasa de dinero, se desentendió del pedido, y más aún por provenir de una mujer. Desalentado Pedro Fernández Quiroz, que había permanecido fiel a la capitana, resolvió partir al Perú, en donde lograría armar una nueva expedición.

Doña Isabel no se quedó en Méjico como aseguran algunos historiadores, sino que retornó al Perú donde su esposo fue nombrado corregidor de Castrovirreina. Ella murió en 1612, el 3 de setiembre y fue sepultada en la iglesia de Santa Clara de Lima.

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LA CAPTURA DEL CORSARIO INGLES HAWKINS

 

El 20 de junio de 1594, anclaba en la bahía de Paita la escuadra del virrey, mandada por su cuñado Beltrán Castro de la Cueva

Venía éste tras del corsario Ricardo Hawkins o simplemente Achines, como se le conocía en aquella época, y al cual trataba de darle caza desde las costas de Ica.

Pero el corsario inglés no había llegado a Paita. De pronto don Beltrán vio en el horizonte paiteño dos velas que creyó pertenecían a Hawkins y salió precipitadamente en su persecución. Esas naves le sirvieron de derrotero para dar con el inglés al cual avistó el  día 30 frente a la bahía de Atacames al norte de Ecuador. En el combate que se produjo el 2 de julio, la nave enemiga resultó abordada y Hawkins fue tomado prisionero con dos heridas de bala recibidas en combate.

Don Beltrán le garantizó la vida al corsario y lo condujo a Lima alojándolo en su casa y cuando la Real Audiencia intentó ajusticiar al corsario, protestó y apeló a la Corte, la cual solicitó el envió del marino enemigo al que más tarde liberó.

 

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REUNIÓN DE VIRREYES EN PAITA

Al iniciarse el año 1596, tuvo don García Hurtado de Mendoza, noticia de su relevo y del próximo arribo de don Luis de Velasco.

Con gran diligencia se puso a organizar un gran embarque de plata que debía de ser remitida a Panamá en barcos de la escuadra. Mientras tanto don Luis de Velasco llegaba a Paita el 14 de abril de 1596 por la mañana. Por la tarde llegaba en ese mismo día la escuadra a cuyo bordo llegaba el virrey saliente.

Menudo trabajo tuvieron las autoridades del corregimiento para atender nada menos que a dos virreyes en un pueblo como Paita, al cual casi se había condenado a la desaparición con las ordenanzas que favorecían a San Miguel del Villar. El corregidor don Antonio Bello Gallozo tuvo que multiplicarse para atender a los dos virreyes

Sin embargo los virreyes permanecieron tres días juntos conferenciando sobre asuntos de gobierno, mientras la virreina trataba de encontrar alivio a un mal que pronto la llevaría a la tumba.

El primero en partir de Paita fue don García y en plena travesía pasó por el sentimiento de perder a su esposa.

 

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SAN FRANCISCO SOLANO LLEGA A PAITA

Nació Francisco Solano en Córdova (España) el 10 de marzo de 1549, siendo sus padres de noble linaje.

A los 20 años Francisco profesó, tomando los hábitos de San Francisco, pasando luego a Sevilla en donde estudió teología y filosofía, viviendo en un cuartucho que él mismo fabricó cerca de un campamento. Desde entonces principia su apostolado al servicio de los más desvalidos y haciendo voto de pobreza que cumplió hasta el fin de sus días.

Estaba por embarcarse al norte de África, cuando decidió venir al Perú para adoctrinar a los indios. En la nave que lo trajo desde Panamá, venían también una gran cantidad de esclavos, de cuya suerte se condolió, iniciando en ellos su evangelización en las tierras de América. Una tempestad frente a Colombia hizo naufragar el barco y muchos negros perecieron. El religioso franciscano se mantuvo aferrado a unos maderos durante tres días en el agua, negándose a tomar un bote que se le ofreció y que prefirió que otros ocuparan. Al fin pudo llegar a la isla de la Gorgona y tras unos meses un barco lo rescató junto con otros pasajeros y esclavos.

A Paita arribó en 1590, cuando la ciudad se acababa de trasladar a Piura, siendo bien recibido por los pocos vecinos que quedaban que ya sabían de su apostolado. De inmediato, fray Francisco Solano se dio cuenta de la triste situación de los indios, cuya suerte alivió. Pasó por Piura, Catacaos y Sechura, haciendo a pie el resto del recorrido hasta Lima, percatándose de la forma  como se trataba a los indios y buscando alivio a sus males.

Murió en Lima el 14 de julio de 1610. Fue beatificado el 25 de enero de 1675 y canonizado el 14 de julio de 1726.

En Sechura profetizó que el pueblo iba a ser destruido.

 

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INDIOS TRIBUTARIOS EN 1591

El virrey Marqués de Cañete, dispuso en noviembre de 1591 un censo de indios tributarios en todo el Perú. Por esa época las provincias eran 19:

       

 

 

De los Reyes

Puerto Viejo

Charcas

Trujillo

Quito

La Paz

Huamanga

Cuenca

Cuzco

Huánuco

Zamora

Arequipa

Piura

Loja

Chucuito

Guayaquil

Jaén

Chachapoyas

Moyobamba

 

 

 

Los indios tributarios en todo el virreinato llegaban a 311,257 y el tributo que pagaban al año era de 1’434,420 pesos. Además el quinto del rey que ascendía a 286,884 pesos

En la provincia de Piura los indios tributarios eran 3,537 y lo que pagaban llegaba a 12,800 pesos, además de 2,578  que era el quinto del rey.

Piura tenía más indios tributarios que Guayaquil, Porto-viejo, Moyobamba, Jaén, Cuenca, Zamora y Loja. Los indios piuranos pagaban más pesos cada uno, mientras que los de Quito y Loja sólo 3 pesos y 2 tomines.

 

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ARRIBO DE LUIS EL PECADOR

El virrey Luis de Velasco había tenido igual cargo en Méjico y su padre también lo había sido. Venía precedido de una acrisolada honradez, pues era conocido que su padre había muerto en la pobreza. Los mexicanos lo llamaron Padre de la Patria.

El virrey García Hurtado de Mendoza, su antecesor, había recomendado al rey para que lo sucediera  su cuñado Beltrán Castro de Cueva, pero Felipe II consideró que era muy joven para el cargo. Don Luis de Velasco consideraba a México como su segunda patria y lo querían mucho.

Tenía Velasco, el señorío de Salinas, al cual se vinculó marquesado de Salinas, pero este título nobiliario recién le fue conferido años más tarde, poco antes de su muerte.

Con el numeroso séquito del nuevo virrey vino un hombre caritativo llamado Luis Ojeda. El historiador Rubén Vargas Ugarte asegura que Ojeda estaba radicado en Saña, haciendo obras de caridad y desde allí fue a dar recibimiento a Velasco  en Paita. Sea lo que fuere, el hecho es que Luis Ojeda hizo conocer al virrey un proyecto para crear en Lima un hospital para negros.

Luis Ojeda acompañó al virrey en su viaje a Lima por tierra, a donde llegó recién el 23 de junio.

En Lima, Ojeda trocó su nombre por el de Luis el Pecador. Un día mientras recorría las calles de la capital pidiendo limosna para su obra, vio como unos perros devoraban el cadáver de un infante, que había sido arrojado a la vía pública. Eso conmovió profundamente su espíritu y por consejos de su confesor el franciscano fray Juan Roca, decidió fundar un hospicio para niños. Luis el Pecador tuvo éxito en su caritativo propósito y para que el hospicio tuviera siempre recursos fundó la “Hermandad de los niños perdidos, huérfanos y desamparados de Nuestra Señora de Atocha”. El 24 de diciembre de 1603 el virrey aprobó los estatutos y le dio su protección y tres días más tarde fallecía Luis el Pecador.

 

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VELASCO PROTECTOR DE LOS INDIOS

El rey había recomendado al Marqués de Salinas, que para proteger a los indios se suprimiesen los obrajes; pero al mismo tiempo le ordenaban que no faltasen indios de repartimiento para el trabajo de las minas, por que de ellas dependía la conservación del país. El virrey comprendió que no era caridad hacia los indios lo que motivaba la supresión de los obrajes, que después de todo eran oportunidades de trabajo, sino para favorecer a los fabricantes de tejidos de España. En cambio el virrey trató en lo posible de evitar se mandaran más indios a las minas y cuando los mineros le exigieron más trabajadores para los nuevos yacimientos que se descubrían, el virrey les contestó “ que esperasen aparecieran minas de indios y que entonces serían atendidos”. También prohibió que se utilizaran a los indios como bestias de carga, para el transporte a largas distancias.

El virrey frecuentemente informaba al monarca español del maltrato y abusos de los doctrineros y corregidores contra los indios, de la forma como se había arraigado el mal y de lo mejor tratados que estaban los indios de México con relación a los peruanos. En esto coincidía con los informes del arzobispo de Lima Toribio de Mogrovejo.

El virrey logró que se diera una real cédula prohibiendo el servicio personal de los indios, que en síntesis disponía lo mismo que las ordenanzas que para San Miguel del Villar, elaboró el corregidor Forero de Ureña, y que al final unas y otras fueron letra muerta. En fin, valía la intención.

 

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CORREGIMIENTO DE PIURA Y EL OBISPADO DE QUITO

El Corregimiento de Piura en cuando a su organización religiosa dependía del Obispado de San Francisco de Quito desde 1545  y así estuvo hasta 1614 en que pasó a depender del Obispado de Trujillo.

 

En ese año, de 1545, Piura la Vieja tenía  una iglesia, con un cura vicario y un convento de la Merced.

 

En 1597, el corregimiento se dividía desde el punto de vista religioso en  15 doctrinas con su respectivo cura. doctrinero. Tales doctrinas eran: la de  Piura, la vicaría, Catacaos, Sechura, Paita y Colán, Olmos, Motupe, Jayanca, Pacora, Huancabamba., Salas y Penachí, Valle de Piura, Moscalaque, estancias del valle de Piura, Frías y Tumbes.

Como se puede apreciar, pertenecían al corregimiento de Piura una gran cantidad de poblaciones que hoy están en Lambayeque.

 

La doctrina que mas valía era la de Catacaos con 800 pesos. Y la de menor valía la de Tumbes con 250 pesos.

Para doctrineros se escogían a curas   de notoria capacidad intelectual y humana y de mucha religiosidad. Por esa época se veneraba en Piura a la Virgen del Agua Santa, cuya imagen estaba en la Iglesia de Belén. En la actualidad se encuentra en la Iglesia San Francisco de la calle Lima, pero la cofradía desapareció con  el tiempo.

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MUERTE DE FELIPE II

Felipe II, el más poderoso monarca de su tiempo, moría el 13 de septiembre de 1598 en el palacio el Escorial, tras un larguísimo reinado.

La noticia de su fallecimiento, recién se supo en el Perú el 10 de enero del año siguiente, por cuyo motivo se decretaron honras fúnebres en Lima y demás ciudades del virreinato.

En Piura se celebraron los oficios religiosos en la iglesia matriz y se guardó tres días de silencio

Los últimos días del rey, fueron sumamente tristes y dolorosos. La gangrena que había reducido a la inmovilidad al monarca, tenía convertidas en una masa informe, llagada y purulenta a las piernas, que despedían mal olor y le causaban fortísimos dolores. Ni siquiera podía cambiarse de ropa, por que no toleraba el menor roce en su enfermo cuerpo. . Sin embargo mostró gran estoicismo, entereza y resignación cristiana, y cuando se le comunicó que su fin estaba próximo, exclamó:  -loado sea Dios-.

La jura del nuevo rey Felipe III, se celebró en Lima el domingo 4 de julio. Las demás ciudades del virreinato lo hicieron después.

Era Felipe III hijo de la cuarta esposa de Felipe II doña Ana de Austria, pues Felipe II había enviudado tres veces

 

Con este nuevo Rey empieza la decadencia de España, por que su padre se había comprometido en muchas guerras que diezmaron la población española y agotaron sus recursos económicos, no obstante que en forma constante llegaba oro y plata de las colonias americanas a la penínsu1a. Los españoles pensaban que la riqueza consistía sólo en tener mucho oro y plata y descuidaron la producción industrial en la misma España y en las Américas, en donde la población quedó diezmada por que se les obligaba a trabajar en las minas en las peores condiciones.

Durante su reinado, tuvo que enfrentar a las flotas de los turcos y de los piratas berbe­riscos que se habían apoderado prácticamente del Mar Mediterráneo y en América, los corsarios armados por Inglaterra y Holanda, atacaban puertos, saqueaban ;y asaltaban a los galeones que cargados de tesoros se dirigían de América a España. Fuera de eso, también abundaron los piratas o ladrones de mar.

Felipe III descuidó las labores políticas y militares de su reino y se dedicó a cuestiones religiosas, por lo cual lo apodaron El Piadoso.

El Rey dejó todos los asuntos del gobierno en "manos del Duque de Lerma, el cual siguió con la guerra de F1andes poniendo sitio a la importante plaza militar de Ostende que los ho­landeses lograron mantener durante tres años. En el terreno de las realidades, nada ganó España con esa victoria pues firmó en 1609 una tregua. Otro gran suceso fue la expu1sión  de los moriscos que aún quedaban en España. En 1619 el Duque de Lerma fue reemplazado en el gobierno de España por su hijo el Duque de Uceda y el 31 de Marzo de 1621 moría el Rey.

Durante su Gobierno, fueron virreyes del Perú:

-          En 1604, don Gaspar Zúñiga de Acevedo, Conde de Monterrey, ex -Virrey de México.

-          En 1607, don Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros, ex-virrey de México

-          En 1615, don Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esqui1ache.

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EL CORSARIO VAN NOORT

 

El virrey Luis de Velasco, supo en 1599, que de Holanda había salido una armada organizada por la Compañía Holandesa de Indias Orientales, compuesta de 4 barcos con 800 hombres, al mando del capitán Oliver Van Noort.

El virrey mandó dos flotas al encuentro de los corsarios una, el 1º de enero de 1600 al mando del almirante Gabriel de Castilla y otra el 13, bajo las órdenes de Juan de Velasco.

El corsario burló a sus perseguidores y dividió su flota en dos escuadrillas, actuando una frente a las costas de Chile y otra en el norte peruano. Fue así como al mismo tiempo que atacaban Arica en mayo de 1600, también frente a las costas de Paita, los holandeses persiguieron sin dar alcance a una nave española, hasta Punta Aguja.

El virrey mandó entonces una escuadra al mando de Hernando Lamero, encomendero de Piura, a perseguir a los corsarios del norte hasta Panamá. Los holandeses estuvieron el 17 de julio en Santa y el 18 llegó Lamero. Al saber que los corsarios habían estado el día anterior ahí, salió precipitadamente en su persecución. Van Noort no quiso enfrentar a Lamero y prefirió dirigirse hacia la Oceanía.

El corregidor de Piura, capitán Fernando de Valera, puso en alerta a las pocas fuerzas con que contaba y que no fue necesario utilizar.

 

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OTRO VIRREY CONVALECE EN PAYTA

 

Ocho años y cuatro meses gobernó el Perú el virrey don Luis de Velasco. Cuando salió de México fue reemplazado por el conde de Monterrey y ahora que salía del Perú era reemplazado por el mismo conde.

Luis de Velasco se retiró a la vida privada y fijó su residencia en México, país al cual amaba mucho. Así permaneció durante tres años, hasta que el rey de España solicitó nuevamente sus servicios y no obstante  tener ya 70 años, le dio una vez más el virreinato de México y tras cuatro años de buen gobierno se retiró a España en donde el rey le dio en propiedad el título de Marqués de Salinas.

Don Gaspar  de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, fue el quinto conde que tuvo este nombre, pues el primer conde de Monterrey fue en 1474 don Sancho Sánchez de Ulloa, gentil hombre de Enrique IV.

Ricardo Palma dice que se le apodó el virrey de los milagros, por los hechos prodigiosos que ocurrieron en Lima por obra obraban de  Santo Toribio, Santa Rosa de Lima y San Francisco Solano.

El virrey salió de Acapulco el 1º de abril de 1604 y realizó un viaje sin mayor novedad, llegando a Paita el 24 de mayo.

La salud del virrey era ya muy precaria, y decidió permanecer en el puerto durante un mes, mientras se reponía. Hasta ese  lugar de reposo llegaron los altos funcionarios del corregimiento y del virreinato a presentar su saludo al nuevo mandatario. Era alcalde Piura, don Lucas Ramírez de Arellano.

Paita se convertía siempre a la llegada de un virrey en lugar de reunión de autoridades. Es por eso que la población, si bien es cierto no prosperó mayormente, sin embargo no llegó a desaparecer como parecía la habían condenado las ordenanzas de Piura.

El 25 de junio, decide partir el virrey, siempre por mar, pero a los tres días de navegación una fuerte tempestad casi hace zozobrar a la nave, por cuyo motivo volvió al puerto de Paita,  el 4 de julio. Fue necesario un nuevo reposo de 10 días para reanudar la marcha por tierra, por temor a nuevos problemas en el mar. Por San Miguel del Villar pasó sin detenerse. El Virrey fue avanzando lentamente, utilizando 100 días para llegar a Trujillo de donde partió recién el 20 de octubre

Don Pedro Osores de Ulloa, partió a Paita con el barco “Jesús María” para recoger al virrey y su comitiva, ignorando que ya había emprendido viaje por tierra.

Recién el 8 de diciembre, entró el virrey a Lima, es decir, que habían pasado casi siete meses desde su arribo al Perú.

Muy poco se ocupó el virrey de los asuntos de gobierno por su mala salud. Cuando se sentía mejor, se dedicaba preferentemente a visitar los templos y hacer obras de caridad, comprometiendo todo su sueldo y quedándose sin tener para lo necesario.

Durante su breve gobierno, don Pedro Fernández de Quirós, que años antes había integrado la expedición de don Alvaro Mendaña, salía con una expedición, el 21 de diciembre de 1605 rumbo a Oceanía. La partida fue del Callao, aunque algunos expresan que pasó por Paita, lo más verosímil, es de que del Callao se internó en el Pacífico. Se trató de una expedición muy azarosa.

En noviembre de 1605, la salud del virrey empeoró, por cuyo motivo se trasladó a la granja que los dominicos tenían el Limatambo. Durante 85 días permaneció enfermo y el 9 de febrero de 1606 falleció en tal estado de pobreza que no dejó recursos ni para comprarle el féretro. Sin embargo, la Real Audiencia resolvió hacerle el sepelio digno de su rango. Poco tiempo después falleció en Saña fray Toribio de Mogrovejo.

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FILANTROPÍA DE PAULA PIRALDO

Doña Paula Piraldo, era por los años de 1604 una joven y bella mujer, muy animosa pero también ferviente devota de la Virgen de las Mercedes, cuya devoción los paiteños la tienen casi desde el mismo momento en que los españoles arribaron al Perú.

Era doña Paula esposa del general don Juan de Andrade y Colmenero que más tarde sería nada menos que corregidor de Piura.

Andrade Colmenero había nacido en Sevilla y era miembro de la nobleza española, pues era integrante de la famosa Orden de la Calatrava, en el grado de caballero.

Doña Paula Piraldo y Herrera era una de las más acaudaladas personas del corregimiento de Piura.

En 1604 doña Paula dona un terreno que tenía en el sur de Lima, para que la congregación de La Merced fundara una casa de recolección. Fue el virtuoso fray Juan Bautista Gonzáles, el fundador de la nueva institución religiosa, que se iniciaba en América y no tenía similar en el resto del mundo. Sobre el terreno se edificó el templo y convento de Belén en Lima, quedando el patronato de ellos en la familia de doña Paula. La sesión de los terrenos estaba condicionada, pues si el convento desaparecía, el terreno debía volver a ser propiedad de los herederos de Paula Piraldo. Los comienzos del convento de la Recoleta, fueron muy modestos. Fray Juan logró sólo edificar un pequeño templo y algunas celdas para frailes. Recién en 1606 la Real Audiencia dio permiso para la fundación a pesar de que no tenía facultades para ello, por lo cual el rey multó y llamó la atención a los oidores. Sin embrago, fueron tantas las gestiones, que en 1606 el propio rey dio la autorización. Mucho había trabajado fray Juan para lograr que su obra empezara a caminar, por eso el arzobispo,  Toribio de Mogrovejo. Logra convencerlo para que viajara a España y fundase en Madrid conventos de los recoletos. Fueron tales las virtudes de fray Juan, que al morir se solicitó su beatificación.

Doña Paula Piraldo de Herrera pertenecía a muy distinguidas familias. Con ella se había criado una sobrina a la que quería como a una hija. Se trataba de doña Luisa María de Herrera, que se casó con don Antonio Gómez del Castillo, regidor, síndico y juez de aguas de Lima y más tarde gobernador de Tarma en donde murió en 1661. De este matrimonio nació Paula Antonia Gómez del Castillo y Herrera y contrajo matrimonio con el licenciado don Bernardo Iturrizarra y Mansilla, natural de España, que había sido catedrático de la muy famosa universidad de Alcalá de Henares. Luego fue nombrado oidor de la Audiencia de Lima y como en 1666 era su decano, se hizo prácticamente cargo del gobierno del virreinato desde el 17 de marzo de ese año en que falleció el conde de Santisteban, hasta el 21 de noviembre del año siguiente en que llegó el conde de Lemos.

Durante ese tiempo, doña Paula Antonia, sobrina nieta de Paula Piraldo, casi llegó a ser virreina del Perú, pues su marido era, como decano de la Audiencia, el gobernador y capitán general del virreinato. Fue en esa condición que presidió las ceremonias de proclamación en Lima del rey Carlos II y le correspondió levantar el pendón real.

Hija de doña Paula Antonia y de don Bernardo, fue doña Manuela Iturrizarra y Mansilla, Gómez del Castillo y Herrera, que contrajo matrimonio con don Pedro Vallejo, caballero de la Orden de Alcántara, encomendero de Piura y corregidor de Huamanga y del Cuzco. De este matrimonio salió el general don José Vallejo, que hizo su carrera militar en España en donde sirvió a la corona en forma muy meritoria por lo cual se le hizo conde de Barihuega, caballero de la Orden de Santiago, comendador de Bademar, gentil hombre de la cámara del rey y virrey de las islas Baleares en donde falleció en 1759. Otro descendiente de doña Manuela y de don Pedro Vallejo fue don Tomás Vallejo y Zumarán, último alcalde provincial y regidor perpetuo de Lima, que al consumarse la independencia del Perú, al haber quedado suprimido el convento de Belén, reclamó el terreno donado por su antecesora doña Paula Piraldo, y luego los vendió a las monjas del Sagrado Corazón de Jesús, las cuales edificaron en ese lugar un colegio. Los maravillosos retablos del templo de Belén, pueden aún admirarse en la capilla del colegio de los Sagrados Corazones.

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EL MARQUÉS DE MONTESCLAROS LLEGA A PAITA

El conde de Monterrey fue reemplazado en México por el marqués de Montesclaros y lo mismo sucedió en Lima.

Don Juan de Mendoza y Luna, que así se llamaba el nuevo virrey, era el tercer marqués de Montesclaros  y de Casttel de Bayuela, caballero de la Orden de Santiago y señor de las Villas del Colmenar, Dueñas, Higueras, el Cardoso, el Vodo y el Bolconete, así como gentil hombre de la cámara del rey. Estaba casado con su prima doña Ana Mejía de Mendoza, que murió en México en el trayecto al Perú.

El 20 de setiembre de 1607 arribó al Paita. El Consejo de Indias había dispuesto que los virreyes ya no hicieran el viaje por tierra de Paita a Lima, sino que por mar se dirigieran al Callao. Esto se hizo porque se daba mucho trabajo a los indios, y además, el viaje resultaba muy caro.

El virrey permaneció más de un mes en Paita, pues el 19 de octubre escribía al rey sobre diversos asuntos. Luego aprovechó que el galeón “Jesús María” estaba de vuelta de Panamá y a mediados de noviembre se embarcó para el Callao a donde llegó el 11 de diciembre.

Durante su gobierno se hizo un censo en Lima y se encontró que habían 10,386 negros, 9,530 españoles, 1978 indios, 744 mulatos, sólo 192 mestizos, 38 chinos, 20 japoneses y otros. Los españoles eran más que las españolas, las negras más que los negros, los indios más que las indias y las mulatas más que los mulatos. Aparte se contaban 1720 religiosos. La población total de Lima en 1,614 llegaba a 25,154 habitantes, mientras que en 1600 era sólo de 14,262 habitantes y en 1629 llegaba a los 60,000 de los que 30 mil eran negros y 25 mil españoles. Como se puede apreciar, la cantidad de negros siempre fue mayor que la de los españoles.

 

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MUERE EN PAITA PRIMER OBISPO DE TRUJILLO

En 1552 eran cinco los obispados que había en el inmenso virreinato del Perú. La circunscripción de cada diócesis resultaba enorme, por cuyo motivo el arzobispo de Lima fray Jerónimo de Loayza, solicitó la creación del obispado de Trujillo, pedido que encontró apoyo en el virrey Andrés Hurtado de Mendoza, el cual escribió al rey.

Felipe II logró que el papa Gregorio XIII diera la bula creando la nueva diócesis. Tras de 10 años fue nombrado obispo el monje Alonso Guzmán de Talavera, el cual renunció al nombramiento. El 29 de octubre de 1606 fue nombrado fray Francisco Ovando, pero tampoco se llegó hacer cargo del obispado.

En 1609 el papa Paulo V confirmó la creación del obispado. Por fin por real cédula del 20 de agosto de 1611, el rey encarga al virrey de Montesclaros que determine la circunscripción del nuevo obispado. Se hizo tal cosa tomando del obispado de Quito, todo el corregimiento de Piura, desde Ayabaca hasta Illimo, y desde este lugar hasta el pueblo de Santa, se tomó también  territorio del obispado de Lima. En marzo de 1611 fue nombrado como obispo de Trujillo, el canónigo y tesorero de la catedral de México, don Jerónimo Cárcamo, el cual se embarcó en Acapulco rumbo a Payta para hacer como todos los grandes personajes, el camino por tierra hasta Trujillo. Pero antes de llegar al puerto se sintió mal y murió en 1612. El Dr, Cárcamo era natural de México, fue catedrático de la universidad de esa ciudad y sus padres fueron don Francisco Cárcamo Días del Castillo y doña Magdalena de Lugo. El corregidor Jerónimo Pérez y el alcalde Fernando Troche de Buitrago corrieron con las diligencias.

Formaban parte de la nueva diócesis las provincias de Saña o Lambayeque, Cajamarca, Chachapoyas, Pataz, Luya-Chillaos, Piura, Jaén y Santa.

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CORRERÍAS DEL CORSARIO SPILBERG

Estando ya para terminar su gobierno el marqués de Montesclaros, hizo su aparición en el Pacífico, el corsario Jorge Spilberg, o Spilbergen

Montesclaros gobernó hasta el 18 de diciembre de 1615, o sea 7 años, 11 meses y 27 días y al retornar a España ocupó altos cargos en la corte.

Spilberg salió de Holanda con seis navíos, algunas de 1,600 toneladas, que era para esa época un tonelaje apreciable. En el mes de abril de 1615 cuatro naves holandesas habían logrado pasar el estrecho de Magallanes. Tras de atacar Valparaíso se dirigieron al Callao, que fue puesto en estado de defensa por el virrey, el cual encomendó a su sobrino Rodrigo de Mendoza el comando de una escuadra, teniendo como su segundo el almirante Pedro de Pulgar. A las 5 de la tarde del 17 de julio las dos encuadras se encontraron frente a frente a la altura de Cañete. La nave capitana española echó a pique a una enemiga, pero de pronto cayó la noche y los piratas decidieron retirarse. En su afán de perseguirlos, la nave capitana española confundió en la oscuridad a la nave almirante que capitaneaba Pulgar, la cañoneó y la hundió. Los corsarios que estaban cerca salvaron a un buen número de náufragos, pero el almirante Pulgar prefirió la muerte. Mientras tanto un barco menor español, que también se había adelantado, fue hundido por los holandeses.

En el hundimiento de estos dos barcos murió gran cantidad de limeños de muy conocidas familias como Toledo, Colmenero, Aramburu, Tenorio, Cisneros, Polanco, Benalcázar, Paredes, Vásquez de Acuña, Paniagua, Ochoa, Maldonado, etc.

Al conocerse en Lima el desastre, la consternación y la angustia fueron generales. La escuadra virreinal se presentó en breve y los corsarios se dirigieron a la isla de San Lorenzo para reparar sus averías y el 21 de julio por la tarde aparecieron en la bahía del Callao. Las gentes se refugiaron en las iglesias y Santa Rosa de Lima hacía rogativas. El virrey tenía en la playa a casi dos mil hombres medrosos y sometidos a vigilancia para que no huyeran, para hacer frente a un eventual desembarco. Pero Spilbergen se contento sólo con disparar dos cañonazos altos y luego se dirigió al norte rumbo a Huarmey y Paita.

 

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PAULA PIRALDO DEFIENDE A PAITA

Tras de arrasar con Huarmey, Spilbergen se dirigió a Paita con intención de tomar el puerto y saquearlo. Era septiembre de 1615.

En ausencia de su marido, el corregidor Andrade Colmenero, fue la valiente encomendera de Colán, la que puso a Paita en situación de defensa del puerto. Para este fin hasta utilizó a sus negros esclavos a los que puso al frente de los pequeños fuertes. Cuando el corsario holandés se presentó en la bahía, fue recibido a cañonazos. Tras de contestar el fuego optó por retirarse, luego de incendiar varias casas

Spilbergen se dirigió a la zona norte del Pacífico y luego hacia Oceanía, en donde el jefe de la escuadra española en Filipinas, almirante Juan Ronquillo lo enfrentó y lo derrotó salvándose sólo la nave que comandaba el jefe holandés, con la que llegó a su patria en donde escribió un libro contando sus aventuras.

Al día siguiente que el corsario había abandonado la bahía de Pita, llegaba el nuevo virrey príncipe de Esquilache, que de inmediato se enteró del gran peligro que había corrido de caer prisionero.

El conde de la Granja que narró en versos todo lo relativo a las correrías del corsario holandés, dedica una estrofa a resaltar la valentía de doña Paula.

Cuando el corsario holandés se presento en Paita, ya había recompuesto su flota y contaba con cinco barcos.

 

El fuerte de Paita estaba prácticamente abandonado, y rápidamente doña Pau1a lo puso operativo y pudo disparar dos cañonazos en momentos en que Spilbergen se preparaba a efectuar una operación de desembarco. Tomado desprevenido, y desconocien­do cual era en realidad la potencia de fuego del fuerte, optó prudentemente por retirarse.

Trece años más tarde, un paiteño que estuvo en el lugar de los hechos, dio otra versión de lo que sucedió en Paita en Setiembre de 1615.

Se trata de don Francisco A1bújar, vecino de Paita que en 1628, en un juicio que tuvo, se vio precisado a narrar los hechos, poniendo como testigo a otro vecino, don Sebastián Girón. Asegura Albújar, que el corregidor Colmenero estuvo en Paita y or­ganizó la defensa, convocando al pueblo, que en forma masiva lo apoyó. Albújar, aseguró, que estuvo a las órdenes del corregidor, como mosquetero. Calcula la fuerza enemiga en 300 hombres y que se intentó un desembarco, que fue rechazado por Colme­nero que causó a los corsarios varios muertos y heridos. Al día siguiente, el corsa­rio hizo un nuevo intento y dos lanchas cargadas de holandeses armados de mosque­tes pica y cose1etes trataron de llegar al portillo de la quebrada y barraca que era defendido por soldados de Colmenero, lugar donde estaba Albújar. Parece que los corsarios hicieron retroceder a los defensores, los que a toda costa trataron de evi­tar que los invasores subieran al tablazo, donde se había refugiado una parte de la población, así como los tesoros reales y mucha mercadería. La compañía del capitán español Alonso de Figueroa y Estupiñán, les cerró el paso a los invasores que habiendo tenido muchas bajas, resolvieron reembarcarse

Doña Paula y don Juan Andrade de Colmenero se habían casado en Lima y poco después éste último fue nombrado corregidor de Piura.

En 1616 doña Paula era encomendera de Paita, Colán, Catacaos, y su esposo de Huanca­bamba, Sóndor y Huarmaca. Posteriormente Andrade Colmenero obtuvo las encomiendas de Cucio, Mechato, Mecomo en la zona de Catacaos, los repartimientos de La Chira en el otro valle y al norte de Paita, obtuvo Pariñas, Malacas y Guaura. Es decir que se trataba de un potentado.

En 1629 muere en Lima don Juan Andrade Colmenero y su esposa hereda las encomiendas de éste. El matrimonio de encontraba viviendo nuevamente en Lima desde 1619 y las rentas que producían las encomiendas marítimas las cobraban en tollos y sardinas, que les eran remitidas a Lima por medio de su apoderado don Antonio Rodríguez. Para el cobro de tributos de la zona de Catacaos, doña Paula dio poder al cura de ese lugar Juan de Mori Alvarado, al cual reemplazó en 1644 y en su lugar puso a don Antonio Gómez  de Buitrón

Antes de morir doña Paula dejó a su sobrina Luisa María de Herrera, a la que quería como una hija y había criado, las encomiendas de Catacaos, Colán, Paita y Huancabamba, que aún tenía en 1658. No se conoce que doña Luisa hubiera viajado alguna vez a Piura a conocer sus heredades

 

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DESEMBARCA EN PAITA LA MONJA ALFÉREZ

Spilbergen al recoger a varios náufragos del combate naval de Cerro Azul, pensó lograr rescate por ellos, ya que se percató de que eran gente importante. Más cuando estuvo frente a Paita, cambió de parecer y los desembarcó en las playas próximas.

Entre los desembarcados estaban dos negros y varios indios a los que entregó armas para que se alzaran contra los españoles.

Otra persona desembarcada, fue Catalina de Erauzo, más conocida como la Monja Alférez y que se hacía pasar  en esos momentos como militar.

Esta intrépida y audaz mujer, se había enganchado entre los marinos de la nave almirante que fue hundida en el combate de Cerro Azul. Como era una diestra nadadora, logró mantenerse a flote hasta que los corsarios la rescataron de las aguas sin percatarse que era una mujer.

No era la primera vez que la monja Alférez llegaba a Paita. Ya había estado en el puerto cuando recién ingresó al Perú, y parece que cuando terminó su vida aventurera recordó los apacibles días que pasó en la hermosa bahía.

Había nacido Catalina en Guipúzcoa, en España, allá por los años de 1585, habiendo sido sus padres el capitán Miguel de Erauzo y doña María Pérez de Galárraga. Desde que tenía 4 años ingresó en el convento de las dominicas y cuando tenía 15 años y próxima al noviciado, fue maltratada por otra monja, fugando del convento a la ciudad de Victoria en donde sirvió durante tres meses en el domicilio del Dr. Serralta, luego vestida de arriero se fue a Valladolid. Se dio cuenta que vestida de hombre le era más fácil movilizarse y que además nadie se percataba que era una mujer. Tomó el nombre de Francisco Oyola y sirvió de paje en casa de Juana Idiáquez, pero dio la casualidad de que el padre el capitán Erauzo visitó a Idiáquez sin reconocerse con su hija. Esta se  dio cuenta de que era su progenitor, por la historia que le oyó contar de su fuga; por cuyo motivo decidió viajar a América. Lo hizo como grumete en un galeón, y al llegar a las costas de Venezuela tuvo su primera aventura militar cuando el barco español atacó a un corsario holandés.

De ahí pasó a Panamá y entró de dependiente en el negocio de Juan de Urquiza. Con éste viajó a Perú para hacer la venta de ciertas mercaderías, pero a la altura de Mantas naufragó, salvándose ambos. Pasaron a Paita y en este puerto estuvieron durante algún tiempo hasta que llegó un barco de Urquiza, en el cual se trasladó a Chérrepe y de ahí a Saña, siempre por cuenta de Urquiza. Fue en ese lugar donde tuvo su primera pendencia con arma blanca al ser provocada por un individuo de apellido Reyes que la amenazó con hacerle un tajo en la cara. Fue Catalina la que desgarró el rostro al rival y luego se batió a espada con otro amigo de Reyes al cual hirió gravemente. De esta forma Catalina adquirió fama de ser un temible espadachín, que daba cuenta fácil de sus oponentes.

Después de estos hechos se refugió en una iglesia, para huir de la persecución, pero el corregidor  la sacó y encarceló, lo cual dio origen a reclamos de los frailes, por que en ese tiempo se respetaba mucho el refugio de los templos.

Su patrón Urquiza para solucionar el problema, trató de casar al supuesto jovenzuelo con una parienta de Reyes, pero como es lógico, Catalina se negó en forma rotunda a ese matrimonio.

Urquiza la acomodó en una tienda de Trujillo y hasta allá fue a buscarla Reyes y dos más. Se batió con los tres y mató a uno. El paciente Urquiza le dio una última oportunidad enviándola a Lima, donde ingresó al ejército y partió a Chile a luchar con los fieros araucanos. Ahí hizo prodigios de valor y fue herida repetidas veces. Pero no podía con su genio pendenciero y mató en duelo a dos oficiales. Como siempre se refugió en un convento, de donde salió para apadrinar el duelo de un amigo, terminando por desafiar y matar al padrino rival, el cual resultó ser su hermano el capitán Miguel Erauzo. Esto le causó un tremendo impacto emocional. Tras buscar refugio en un convento, pasó los Andes y fue a dar a Potosí. Pasaba por un camino con un soldado, cuando fueron asaltados por una partida de ladrones, a los que mataron dos hombres. Volvió a tomar parte en varias acciones militares y posteriormente se vio envuelta en pendencias y líos, saliendo siempre bien librada con ayuda de religiosos. En una casa de juego mató a uno en un duelo y luego se batió con una partida de alguaciles que trataban de prenderla. En Pomobamba, de Bolivia, tuvo otro duelo y otra muerte, siendo sentenciada a muerte, y por orden superior se conmutó la pena cuando tenía ya la soga al cuello. En Chuquisaca fue atacada por un enfurecido marido y batiéndose a espada ingresaron a un templo, en donde recibió dos heridas, pero ella logró darle una estocada, que no lo mató, pero lo dejó mal herido. En la Paz mató al criado del corregidor que la insultó, siendo nuevamente sentenciada a muerte, pero se escapó y se refugió nuevamente en una iglesia. Pasó al Cuzco y por su mala fama la acusaron de haber asesinado al corregidor, por lo cual estuvo cinco meses presa. Se trasladó a Lima y fue entonces cuando se alistó en la escuadra española destinada a atacar al corsario Spilbergen. Al salvarse del naufragio de la nave almiranta, el corsario la desembarcó en Paita sin darse cuenta que era una mujer. De Paita volvió a Lima y luego nuevamente pasó al Cuzco. Ahí tuvo una pendencia con un espadachín muy diestro al cual llamaban el Cid. Se batió con él y otros más que la acometían simultáneamente. Tenía ya dos heridas cuando llegaron en su socorro dos vizcaínos como ella. Eran tres contra cinco y el Cid, logró darle tremenda puñalada, cayendo en un charco de sangre, pero haciendo un supremo esfuerzo, esa mujer excepcional se levantó y mató al Cid. Más muerta que viva fue llevada a la casa del tesorero Alcedo en donde tras varios meses de atención se curó. Decidió dejar el Cuzco por que los amigos del Cid habían jurado matarla. Pero en el puente Apurimac un grupo de alguaciles trató de apresarla. En el duelo que siguió, perdió a dos esclavos de su séquito, pero mató a dos contrarios. En Huancavelica también trataron de apresarla, dejando malheridos a un alguacil y a un negro que lo acompañaba. Pasó a Huamanga. Allí arma nuevas pendencias y acuden los alguaciles matando a uno, por lo cual el corregidor que también estaba en la pendencia ordena que la maten. Al ruido acudió el obispo, Agustín de Carvajal, que la condujo al obispado, en donde sermoneó al supuesto joven pendenciero.  Fue entonces cuando el corazón de Catalina fue tocado por el arrepentimiento y confesó al  prelado su condición de mujer. El pasmo del sacerdote fue tremendo y no creyó. Sometida a reconocimiento por dos comadronas, certificaron que era mujer y virgen. Pasó entonces al convento de Santa Clara, se puso hábitos, se confesó y comulgó. Se había operado la transformación de esta singular mujer.

El arzobispo de Lima, Bartolomé Lobo Guerreo la hizo llevar a la capital y durante dos años permaneció en el convento de la Trinidad. Viajó entonces a España volviendo a vestir ropas masculinas ya autorizada para ello, pues no se acostumbraba a otras ropas. Se presentó en la corte de Madrid y se le señaló una pensión vitalicia. También visitó al Papa Urbano VIII. Dicen algunos de sus biógrafos que retornó a América y que al tratar de desembarcar en una noche tempestuosa en Veracruz el año 1635, se ahogó aunque no se llegó a encontrar su cadáver.

Esta singular mujer que fue dejando una estela de muerte a su paso, no cometió ningún acto de violencia en las dos oportunidades que estuvo en Paita. Quizá la tranquilidad de la bahía, contagió su agitado espíritu.

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