Capítulo VII

 

 

C A P I T U L O      VII

 

 

PAITA PUERTA DEL VIRREYNATO

 

 

 

-         Las alcabalas

-         La fortificación de Paita – Sismo en Ayabaca

-         Conde  de Salvatierra llega a Paita

-         La guerra contra Inglaterra

-         Llega a Paita el virrey con hija enferma

-         Nieta de Paula Piraldo llega a ser virreina

-         Complot de indios.

-         Vandier ante la Inquisición

-         Muerte de Felipe IV

-         Carlos II, el embrujado, sube al trono español

-         Un virrey devoto

-         Llegan a Piura tesoros de Panamá

-         Un virrey sin etiquetas

-         Complot de Juan Bautista

-         Confinan en Paita a un virrey

-         Fundación del hospital de Belén de Piura

-         Legado para el convento de San Francisco

-         Los piratas se burlan de la escuadra virreinal

-         La batalla de Arica

-         El Duque de la Palata arriba a Piura

-         Correrías del pirata Cowley

-         El pirata Davies – Saqueo de Paita y Sechura

-         La nave capitana vuela frente a Paita – Davies ataca.

-         Davis ataca Paita

-         Los Piratas en Sechura

-         El saqueo del litoral peruano

-         Saqueo de Guayaquil

-         Comerciantes arman flota

-         Terremoto de Lima.

 

 

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LAS ALCABALAS

 

El rey de España siempre apremiado de dinero, dispuso que al igual que en el gobierno del anterior virrey, se hiciera una colecta voluntaria entre los vecinos del virreinato.

Esto, como era natural, causaba gran contrariedad, pero dado los buenos resultados, se fue convirtiendo en un hecho habitual de los monarcas españoles. Como esos recursos extraordinarios no les fueron suficientes, dispuso que se doblara la tasa del impuesto a la alcabala.

Esto causó gran disgusto, pero ya se había terminado la época en que las protestas se hacían mediante levantamientos armados.

En 1633 ocurrió un grave suceso en el convento de las Monjas de la Encarnación de Lima con motivo de la elección de la nueva abadesa. Una monja, Ana María Frías, en una reyerta mató a puñaladas a otra. Se le mantuvo recluida por varios años en otro convento como sanción. Por esa época, las elecciones en conventos de monjas y frailes, creaban gran agitación interviniendo hasta los vecinos.

Casi al finalizar el largo gobierno de once años del virrey Chinchón, fray Martín de Porras muere el 3 de noviembre de 1639.

Rosa de Lima había muerto en tiempos del príncipe de Esquilache el 24 de agosto de 1617.

 

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MUERE LA VIRREYNA

 

En enero de 1640, partió de Lima  España el conde de Chinchón, así como la condesa y una niña que habían tenido en el Perú. El hijo nacido en Lambayeque ya se encontraba en España.

La condesa que estaba muy achacosa, no resistió el viaje y murió en Cartagena. El conde le sobrevivió muchos años pues murió en 1647.

Como lo hemos dicho antes, la condesa había adquirido paludismo al poco tiempo de llegar al Perú y logró curarse con polvos del árbol de quinina o Chinchona, remedio indio desconocido hasta ese momento.

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FORTIFICACIÓN DE PAITA Y SISMO EN AYABACA

 

Al conde de Chinchón, sucedió don Pedro de Toledo y Leiva, Marqués de Mancera, Comendador de Esparragal en la Orden de Alcátara. Era un militar con muy honrosa foja de servicios.

Llegó a Paita en octubre de 1639 en compañía de su esposa María Luisa Salazar y Enríquez y de su hijo don Antonio Sebastián de Toledo.

En Paita pudo apreciar el estado desastroso de las defensas del puerto, lo cual se propuso remediar.

En Paita se tomó el virrey un descanso, enviando al Cabildo de Lima, un anuncio de su llegada con Jerónimo de Herrera y luego al capitán Martín de Erauzo, para recomendar que no se hicieran gastos con su recibimiento, el que de todos modos fue solemne. Erauzo moriría poco después en un duelo con su hermana la Monja Alférez

Mancera se preocupó mucho por reorganizar el ejército virreinal y fortificar al Callao, al cual amuralló. . De esta forma se convirtió en la plaza mejor artillada del Pacífico.

 

De igual manera fortaleció las defensas de Paita, Pisco y Arica.

En febrero de 1645 un fuerte sismo sacudió toda la región de Ayabaca. El epicentro estuvo en Ecuador. La ciudad de Riobamba quedó totalmente destruida con gran cantidad de muertos, de tal forma que los vecinos pensaron trasladar la ciudad a otro sitio. La tierra quedó temblando 60 días y luego apareció una fuerte epidemia de gripe que mató a numerosos niños.

Mancera y su esposa fueron personas muy caritativas. Gobernó durante 8 años, 9 meses y 2 días, hasta el 20 de setiembre de 1648 en que entregó el mando al conde de Salvatierra.

El virrey Marqués de Mancera, permaneció sin embargo en Lima hasta el 2 de abril del año siguiente. En enero de ese año había llegado de España la noticia de que había sido nombrado virrey de México, pero ese nombramiento no se confirmó. Más bien sería su hijo el que 18 años más tarde logró tal nombramiento.

Durante el gobierno del Marqués de Mancera hubo tranquilidad en el virreinato y ningún corsario apareció por la costa peruana, pues el inglés Enrique Breant no pasó de Valdivia en Chile

 

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EL CONDE DE SALVATIERRA LLEGA A PAITA

 

El 20 de julio de 1648 llegó a Paita el nuevo virrey García Sarmiento de Sotomayor y Luna, Conde de Salvatierra, Marqués de Sabroso, Comendador de la Villa de los Santos de Maimón en la Orden de Santiago. Había gobernado México entregando ahí el virreinato a su pariente el Conde de Alba de Liste. El Conde Salvatierra llegó en compañía de su esposa la Marquesa del Valle de Cerrato, doña Antonia María de Acuña con la que no tuvo hijos.

En noviembre de 1654 llegaba a Paita la armada conduciendo dineros que enviaban a España. Nada menos que 13 millones eran conducidos en la nave capitana confiados a la custodia del general Francisco de Sosa.

Tras de abastecerse de víveres en Paita, la flota continuó su viaje a Guayaquil, pero cuando salía del estuario, la Capitana encalló en los bajos de Chanduy, yendo todo el tesoro al fondo del mar. Felizmente la profundidad no era mucha y el corregidor de Guayaquil inició el rescate, trayendo negros buceadores de Panamá. La mayor parte del tesoro fue rescatado y llevado a Panamá y luego de atravesar el istmo fue embarcado para España en la flota que conducía el marqués de Villarubia. Estaba sin embargo escrito, que esa riqueza no llegara intacta a España, pues en los bajos de Mimbres, encalló la nave Almirante perdiéndose definitivamente cinco millones de pesos, a la vez que perecieron más de 500 personas

Poco tiempo después, conocía el virrey que su tío el conde Alba de Liste, que lo había reemplazado en México, sería también su sucesor en el virreinato de Lima.

Salvatierra envió un navío a Acapulco para traer al nuevo virrey, el cual llegó a Paita el 5 de enero de 1655 y prosiguió al Callao a donde arribó el 8 de febrero tras una travesía feliz. El nuevo virrey se llamaba Luis Enrique de Guzmán.

El virrey saliente decidió permanecer en Lima un tiempo, pues habiendo estallado la guerra entre España e Inglaterra, la travesía se tornaba muy peligrosa.

Salvatierra pasó a radicarse en casa de su hermano don Alvaro de Luna, donde murió el 26 de junio de 1659.

Desde  hacía mucho tiempo que muchos miembros de la familia Sarmiento habían llegado a Lima, de tal manera que cuando llegó el virrey, conde de Salvatierra, se vio rodeado de parientes y cuando cesó en el cargo, también lo acompañaron.

Alba de Liste dispuso que se prodigaran al extinto virrey solemnes funerales y él mismo, con los oidores, cargó el féretro que fue depositado en el templo de San Francisco.

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CONSECUENCIAS DE LA GUERRA CONTRA INGLATERRA

 

La guerra de Inglaterra contra España hizo temer el recrudecimiento de la actividad corsaria en las costas del virreinato, pero en esta oportunidad no fue así.

Los ingleses pensaron que no era necesario recurrir a la larga y peligrosa travesía del Cabo de Hornos, ya que todas las riquezas del Perú llegaban a Panamá y luego de Portobelo se dirigían a España atravesando el Caribe. Por este mar también partían los galeones procedentes de México. Por lo tanto, los ingleses atacaron y se apoderaron de la isla de  Jamaica, en el Caribe,  a la cual convirtieron en base de las operaciones marinas contra los barcos españoles.

La guerra con Inglaterra motivó, como era natural, una semi-paralización de la actividad comercial que el Perú tenía con España. Por otra parte, sucedía frecuentemente que el rey siempre necesitado de dinero, se apoderaba en condición de préstamo, que nunca devolvía, de las remesas de dinero que hacían los comerciantes peruanos para adquirir mercaderías en España. Como reacción lógica hubo una retracción en las operaciones comerciales. Sumándose a eso, había que considerar la actividad creciente de Buenos Aires, que al iniciarse el siglo XVII sólo tenía 2,000 habitantes frente a 40,000 de Lima, pero que no obstante atraía no sólo al comercio español, sino al de Francia y Holanda, que frente a las necesidades de determinados artículos, las autoridades de Buenos Aires permitían el ingreso de barcos holandeses que tenían bases en las costas de Brasil, de las que se habían apoderado estratégicamente, sin que Portugal que era la metrópoli pudiera hacer nada.

El rey pidió que el virrey conde de Salvatierra solicitara de los súbditos peruanos una contribución voluntaria. Como este virrey estaba ya por dejar el cargo, decidió reservar para su sucesor esa odiosa tarea, pues los comerciantes se encontraban muy quejosos y los pedidos de ayudas voluntarias se estaban tornado demasiado frecuentes. La colecta la tuvo que hacer Alba de Liste.

Durante muchos años hubo en el departamento de Piura y en especial en Paita, tranquilidad en cuanto a la actividad corsaria y pirata, pero bien pronto se iba a reanudar con intensidad creciente.

 

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LLEGA VIRREY CON SU HIJA ENFERMA

 

Desde 1659, el rey de España había nombrado a don Diego Benavides de la Cueva, conde de Santisteban, marqués de Solera y comendador de Monreal en la orden de Santiago, para suceder a Alba de Liste, pero una furiosa tormenta hizo zozobrar varios barcos de la flota, teniendo que retornar a Cádiz. El 10 de enero de 1660 volvió a salir haciendo la travesía con éxito.

Santisteban era descendiente del rey Alfonso VII y del famoso Cid Campeador, pero su conducta al frente de los ejércitos españoles que combatían en Portugal dejó mucho que desear, aun cuando la mayoría de los historiadores están de acuerdo en asegurar que no se trataba de cobardía, sino de la mucha dedicación que le daba a su esposa doña Ana Silva de Manrique con la que recién se había casado.

El conde de Santisteban llegó a Paita en el mes de abril de 1661, acompañado de su esposa, su hijo Manuel y su hija Teresa de tan solo 2 años; ésta última, por efectos de la larga travesía había llegado muy enferma al puerto.

El virrey se enteró que el médico francés César Nicolás Vandier, que llegó al Perú en el séquito que acompañó al virrey Alba de Liste,  se encontraba en Paita, esperando barco para dirigirse a Panamá y luego a Europa, siendo requerido por Santisteban para que atendiera a su pequeña Teresa. Recuperada la niña, recién el 6 de junio, el virrey deja el puerto.

La amplia cultura de Vandier, impresionó a Santisteban, que solicitó encarecidamente al francés lo acompañara a Lima para entregarle el cuidado y educación de su hijo Manuel, pues el niño se había encariñado con él.

El virrey recibió muchas atenciones del corregidor Juan e Silva Mendoza. El virrey Santisteban hizo varias visitas a San Miguel de Piura, interesándose más que nada por la labor que desarrollaban los doctrineros.

Lo cierto es que en nada se favorecieron Piura y Paita con la llegada y tránsito de los virreyes por estos lugares.

Cuando Alba de Liste supo de la llegada del nuevo virrey, envió a Paita la nave Capitana, pero como ya lo hemos dicho, prefirió hacer el viaje por tierra y en forma lenta por que se detuvo en varios lugares, ingresando a Lima, por fin,  26 de julio.

El 26 de octubre de 1661, le escribió al rey diciéndole: “Por el camino que hice por tierra desde Paita, me dieron la noticia de los muchos pueblos que años enteros estaban sin administración de los sacramentos en el obispado de Trujillo, y aunque en este Arzobispado de Lima me parece que habrá menos que remediar, no faltan quejas, en particular de los anexos que penden de algunas religiones..”

 

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LA NIETA DE PAULA PIRALDO LLEGA A VIRREINA

 

El conde Santisteban falleció en Lima el 17 de marzo de 1666 siendo sus restos depositados en el templo de San Francisco. Una nueva racha fatal principió azotar a los virreyes del Perú.

Fue la Audiencia la que se hizo cargo del gobierno y en reemplazo del extinto virrey, nombra a su oidor decano, don Bernardo de Iturrizara, para que gobierne hasta la llegada del conde de Lemos el 21 de noviembre del año siguiente.

Estaba casado Iturrizara con doña Paula Antonia Gómez del Castillo y Herrera, sobrina nieta de doña Paula Piraldo y Herrera de Colmenero. Por lo tanto, doña Paula Antonia, hizo durante más de un año el papel de virreina.

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COMPLOT DE INDIOS

 

Gobernando la Audiencia, se descubrió el 16 de diciembre de 1666, un complot de indios de Lima, que pretendían levantarse el 6 de enero, quemar la ciudad, luego inundarla con la acequia de Santa Clara y por último pasar a cuchillo a los españoles. Como se puede apreciar no era poco la tarea de lo complotados que fueron traicionados por Diego Lobo, natural de Olmos, el que vendió el secreto por mil pesos. Entre los comprometidos estaban, un indio que se hacía llamar Gabriel Manco Capac y Juan Ordóñez, ambos actuaban como jefes. De enlace con los indios del norte del país figuraba Juan Bautista, natural de Tumbes, que logró huir y años más tarde intervino en otro complot. Se supo de conexiones con la sierra piurana pero no se pudo comprobar nada.

El 31 de diciembre salió de Lima el general Baltasar Pardo con 300 soldados hacia la zona de Huachipa donde se aseguraba se iban a reunir 3000 indios. No se encontró a nadie. De todos modos 8 complotados son llevados a la horca.

Se aseguraba que el complot fue motivado por la desesperación de los indios, a los que se explotaba en los obrajes y entre quienes se hizo correr la voz de que iban a ser reducidos a la esclavitud.

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VANDIER ANTE LA INQUISICIÓN

 

Mientras vivió el conde de Salvatierra, el médico francés gozó de su protección y fue maestro de su hijo al cual, entre otras cosas, le enseñaba latín. El favor que se le dispensaba le creó muchos enemigos, quienes le acusaron ante la Inquisición, la cual ordenó su prisión el 20 de mayo de 1666.

Se le confiscaron sus bienes que ascendían a 20,000 pesos, siendo los cargos los de hereje,  blasfemo y ateo. Se descubrió que era sacerdote y cinco personas testificaron en su contra: cuatro extranjeros y su ¡alumno Manuel!. El reo prestó su propia declaración negando los cargos y manifestando que había recorrido varios países, asegurando que cuando estaba en Paita, buscaba de ir a España primero y luego a Roma a entrevistarse con el Papa.

 

El 8 de octubre de 1667 fue penitenciado por ateo. Se le acusaba de que ultrajaba a la imagen de Cristo crucificado y a la Virgen que tenía en su habitación. Como desagravio se llevó a tales imágenes a la catedral, celebrándose tres misas solemnes.

Se pudo apreciar sin embargo que los cargos eran pura calumnia de enemigos y envidiosos. El inquisidor Cristóbal de Castilla y Zamora defendió al reo y evitó que se le impusiera mayor sentencia, siendo ésta la del destierro y prohibición de ejercer la medicina. Al salir del Perú volvió a pasar por Paita donde recibió muestras de aprecio.

 

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MUERTE DE FELIPE IV

 

El 17 de septiembre de 1665 falleció en Madrid el rey Felipe IV. Este hecho se conoció en Lima después de seis meses y más tarde en Piura, por cuyo motivo se celebraron honras fúnebres en uno y otro lugar.

Durante el gobierno de este monarca continuó la decadencia de España, que se enredaba y perdía en continuas guerras con Inglaterra, Francia y Holanda. Por otra parte, Portugal logró separarse de España y formarse como nación independiente. Las pobres colonias fueron exprimidas hasta el último centavo para sostener el despilfarro y la incapacidad de la corte española.

 

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CARLOS II “EL EMBRUJADO” SUBE AL TRONO

 

Inmediatamente, tras las muestras oficiales de dolor por el fallecimiento del rey Felipe IV, se organizaron en Lima fiestas llenas de regocijo por el advenimiento del nuevo monarca Carlos II. Más le hubiera valido a los peruanos ponerse a llorar por tomar como rey a un verdadero incapaz.

Como Carlos sólo tenía cuatro años, fue su madre María Ana de Austria la que asumió la regencia, asesorada por un Concejo de Estado. La reina procuró apartar al rey de todo conocimiento del gobierno del país y de preocuparse sólo de la salvación de su alma, tornándolo un fanático. El verdadero gobernante de España resultó ser un confesor de la reina, un jesuita alemán, al cual el pueblo llegó a odiar intensamente. Posteriormente Carlos fue juguete de su segunda esposa, una ambiciosa princesa alemana. La Corte estuvo gran parte del tiempo dedicada a encontrar los medios de liberar al rey del “hechizo” que decían pesaba  sobre él. Hubo un prelado que tuvo la suficiente franqueza para decir que el rey no tenía ningún  embrujo y solo “padecía moralmente, tenía flaqueza de cuerpo y mucha sumisión a la reina”, pero fue obligado a retractarse. La Historia cataloga a este rey, llana y simplemente como un imbécil. Para remate, Carlos II no tuvo hijos y estando aún vivo, se pelearon la sucesión del trono español y el reparto de los dominios de América, los mas poderosos países de Europa como Inglaterra, Francia, Holanda y Alemania

 

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EL CONDE DE LEMOS UN VIRREY DEVOTO

 

Al morir el conde Santisteban, fueron muchos los nobles españoles, los que se disputaron la designación para ser virrey del Perú.

El elegido fue don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, marqués de Sarriá y de Gatinara, duque de Taurisano. Además era Grande de España, nombramiento que muy pocos virreyes tuvieron. Su esposa era doña Ana Francisca de Borja y Centella, hija de los duques de Gandía y que había enviudado del marqués de Távara. Sólo tenía 34 años el nuevo virrey.

El virrey llegó a Panamá y encontró graves problemas, destituyendo al presidente Pérez de Guzmán, llevándolo preso a Lima. La Corte lo desautorizó, disponiendo que se repusiera a Pérez Guzmán en su cargo y se le pagaron los sueldos adeudados.

El 14 de septiembre de 1667 llegó el virrey a Paita, en donde se detuvo 12 días para descansar y que la nave se aprovisionase de agua y víveres. A Lima envió a Jacinto Romero Caamaño para anunciar su llegada.

El virrey oía dos misas diarias y comulgaba todos los días. Hacía de sacristán y se complacía en barrer la capilla de Palacio. Cuando viajó a Puno para poner fin a los desórdenes de Laicacota, dejó el gobierno a la virreina, la cual supo actuar con tino y energía. Mientras tanto el virrey hizo arrasar la población de Laicacota que tenía dos mil casas y trasladó la capital a Puno. Hizo ahorcar a varios, entre ellos a uno de los poderosos mineros, Salcedo,  hecho que la corte desaprobó posteriormente, y mandó a decir treinta misas por las almas de los ajusticiados. Durante su gobierno el filibustero Morgan atacó y arrasó Panamá.

Dispuso que todas las personas se arrodillaran en la calle, cuando las campanas de la catedral anunciaba la elevación del Santísimo en la misa mayor. Rezaba diariamente el rosario a coro con su familia. Hizo que a las 9 de la noche se tocaran plegarias por los que estaban en pecado mortal y asistía a toda fiesta religiosa o novenario que se celebrase. En noviembre enfermó gravemente y al momento de morir el 6 de diciembre de 1672, dispuso que las fiestas de la Inmaculada Concepción se celebrasen a toda pompa, como en efecto se hizo. Se proponía el virrey repicar en el cielo las campanas por la Virgen. Se hizo atar a la mano una llavecita dorada del camarín de la Virgen, con el fin de abrir con ella la puerta del cielo.

La condesa de Lemos, tenía en el Perú una encomienda de  indios, pero se asegura que al morir el virrey estaba pobre. Doña Ana, su esposa, y sus cinco hijos recién se pudieron embarcar a España el 12 de junio de 1675, en un navío que llevaba 22 millones de pesos para la corte española. Con la condesa iba el cadáver de su esposo, cuyo corazón quedaba en Lima al pie de la imagen de Nuestra Señora de los Desamparados.

 

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LLEGAN A PIURA LOS TESOROS DE PANAMÁ

 

En 1671 salió de su refugio en las islas de Jamaica, el temible corsario inglés Henry Morgan y con 37 navíos y 1,300 hombres tomó por asalto, incendió y saqueó Panamá.

Morgan se había hecho famoso por su arrojo y crueldad. Con anterioridad había tomado por asalto la ciudad fortificada de Porto-bello en la región del Istmo. Su táctica favorita era tomar prisioneros a mujeres, ancianos y niños para usarlos como escudo en sus ataques a los fortines. Su nombre hacía cundir el terror, pues nada respetaba y donde entraba ordenaba el saqueo y la violación de mujeres.

Cuando los canónigos de la catedral de Panamá supieron que se acercaba el feroz corsario, reunieron los vasos sagrados y toda la platería y con el licenciado José de Olaeta y Mendiola enviaron todo a Piura. Inventariada y documentada, fue entregada en depósito a dos capitanes.

Cuando Morgan se retiró de Panamá dejando en ruinas la ciudad, los religiosos del Istmo enviaron al tesorero de la catedral, don Juan Isidro Navarrete, el cual recibió todo conforme y sin problemas.

En Piura causó mucha pena e indignación los relatos que los viajeros traían de Panamá, pero el virreinato no estaba en condiciones de prestar ninguna ayuda.

 

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UN VIRREY SIN ETIQUETAS

 

Como sucesor del conde de Lemos, fue nombrado don Baltasar de la Cueva Enríquez Arias de Saavedra, segundo hijo del duque de Alburquerque, casado con doña María Teresa Arias Saavedra, condesa de Castellar y marquesa de Malagón. Esta era su prima y de ella tomó los títulos.

El virrey llegó a Paita en junio de 1673 y de inmediato contrató una numerosa piara de mulas para transportar su equipaje, pues el viaje lo hizo por la tierra y en forma lenta llegando a Lima recién el 14 de agosto. El virrey fue recibido en las puertas de la ciudad por el hijo del conde de Lemos que era general del Mar del Sur, haciéndole entrega de las llaves de la ciudad. Este general sólo tenía 8 años.

El virrey ingresó a Lima en seis carrozas y con 24 mulas, elegantemente enjaezadas, que transportaban sus pertenencias. Utilizó 48 ayudantes entre lacayos y pajes. Vestido con librea roja, plata y azul, entró por la calle de Mercaderes, que fue cubierta con barras de plata.

Ya en Palacio, el virrey barrió con toda clase de etiquetas y antesalas, recibía y atendía a todo el mundo, convirtiéndose en el más sencillo de los virreyes.

 

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EL COMPLOT DE JUAN BAUTISTA

 

Del fracasado complot, cuyo cabecilla fue el tumbesino Juan Bautista, se han ocupado Luis Antonio Eguiguren y el general Jorge Carlín Arce.

Dice éste último que el 1º de junio de 1675, el virrey conde de Castellar, informaba a la Corte española que Juan Bautista, indio natural de Tumbes de oficio marinero, con otros sujetos había intentado ingresar a Palacio a la una de la madrugada, para lo cual se proponían matar a la guardia y apoderarse de la persona del virrey, ocupar la sala de armas y luego pasar al Callao, apoderarse del tesoro público, sublevar a los esclavos y expulsar a los españoles.

Sometido a juicio Juan Bautista y sus cómplices, fue sentenciado a ser ahorcado, lo que inmediato se cumplió y a sus cómplices se les propinaron  200 azotes a cada uno, condenándolos a diez años en las galeras.

Al igual que en el anterior complot en que había participado Juan Santos, hubo  un traidor que lo vendió, fue ese José Díaz, de profesión herrero, cuya denuncia sirvió apara apresar a siete cabecillas. Su felonía fue premiada dándosele uno de los puestos de guarda de Palacio y a su hijo lo nombraron artillero en el Callao. Bautista había participado en el complot de 1666.

 

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CONFINAN EN PAITA A VIRREY

 

El virrey trató de poner orden en las cajas reales, en donde uno de los oficiales llegó al extremo de falsificar la firma del conde de Castellar. De igual manera se mostró inflexible con ciertas irregularidades de los mercaderes. Todo esto le creó numerosos enemigos que presentaron múltiples quejas a la Corte.

El 7 de julio de 1678, el conde de Castellar, recibe una real cédula, de acuerdo a lo cual se disponía su cese como virrey, ordenándosele entregar el mando al arzobispo Melchor de Liñán y Cisneros y confinarse en el puerto de Paita mientras se le iniciara el juicio de residencia. El documento había llegado con celeridad inusitada, gracias a que su portador don Pedro de Zavala, logró de inmediato embarcarse en un galeón que partía para América.

El virrey no se encontraba bien de salud y con su familia se retiró a Surco para reposar unos días. Pero en agosto se dirigió a Paita, en donde estuvo catorce meses.

Hay que suponer lo desamparado que se encontraría este personaje caído en desgracia, en un lugar tan humilde como  Paita,  donde antes entró con mucha pompa.

Paita era por esa época una pequeña aldea de pescadores muy pobres. Como lugar de momentáneo reposo para un virrey podía estar muy bien, ya que su playa es hermosa; pero para vivir en ella en la condición de confinado, ya era diferente. No obstante que el juicio que se le promovió terminó el 24 de abril de 1680, resultando libre de los cargos, se le permitió retornar a Surco en octubre de 1679. El 29 de mayo, para reconfortar el espíritu de los esposos Castellar, vino el nacimiento de su primer hijo, al que bautizaron con la solemnidad de un príncipe. Así fue este virrey, que estando en el poder se mostraba humilde y fuera de él, se ensoberbecía.

Castellar permaneció un tiempo más en Lima, para entregar a su sucesor, el virrey-arzobispo, su Relación, esto es, el resumen de los hechos de su gobierno.

El 14 de septiembre de 1681, se alojaba en Lima, siendo despedido por el virrey, el arzobispo Melchor de Liñán y por la nobleza de la ciudad.

 

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LA FUNDACIÓN DEL HOSPITAL DE BELÉN DE PIURA

 

En 1661, por fallecimiento del capitán general de Costa Rica don Andrés Arias de Maldonado, le sucedió en el gobierno su hijo, el joven alférez de milicias,  Rodrigo Arias de Maldonado con sólo 24 años de edad. A pesar de su corta edad, gobernó durante cuatro años a plena satisfacción de la Corte, por cuyo motivo se le hizo marqués de Talamanca en homenaje a una hazaña guerrera en la que había salido victorioso.

Al término de su mandato, pasó don Rodrigo a Guatemala donde tuvo una aventura galante que lo puso en grandes apuros, de los cuales lo liberó el venerable Pedro de Bethanocur, un noble de origen francés que había tomado hábitos y fundado el hospital de Bethlem para convalecientes. El padre Bethanocur pudo ganarse a su causa al alocado galán, el cual ingresó a la vida monástica hospitalaria, renunciando al reciente título de marqués que le había concedido Carlos II y a la pensión de 12,000 ducados, para en cambio,  vestir una tosca jerga, tomando el nombre de fray Rodrigo de la Cruz.

El padre Rodrigo redactó en 1667 los Estatutos de los Betlehemitas y el mismo año, la reina Ana de Austria, madre de Carlos II, lo autorizaba con fecha 26 de junio a fundar hospitales en México y en el Perú.

En 1671 llegó a Lima el padre Rodrigo con varios miembros más de su orden, siendo muy bien recibido por el virrey conde de Lemos, fundando el hospital del Carmen, que el pueblo limeño llamaba de los “Barbones”, por las largas barbas de estos religiosos.

Tras de hacer un viaje a Roma para entrevistarse con el Papa, retornó el padre Rodrigo al Perú fundando los hospitales del Cuzco, Chachapoyas –que después suprimió-  Cajamarca, Piura, Trujillo y Huanta. El de Piura se fundó en 1678.

En 1696, fray Rodrigo tuvo problemas con el virrey conde de Monclova, pero el rey de España se pronunció a favor del religioso. Después se dirigió a México donde murió en 1713.

En San Miguel fundada por Pizarro, desde el primer momento se señaló un lugar para construir un asilo de enfermos. Debió ser éste un humilde edificio de caña y barro como todos los de la región. Cuando Almagro dispuso el traslado del gobierno de San Miguel al lugar llamado Piura, el hospital se construyó alli, de piedra y se le llamó Santa Ana. Este era también el nombre que tenía cuando se llevó a cabo la primera  fundación de la ciudad – En San Miguel de Villar de Piura se ubicó solar para construirlo frente a la plaza de armas siempre con el nombre de Nuestra Señora de Santa Ana y construyeron una iglesia en un extremo. Años más tarde los hermanos de San Juan de Dios asumieron su dirección.

Con el tiempo el hospital de Santa Ana, vino a menos y en 1677 los piuranos solicitaron al virrey conde de Castellar, les enviara religiosas para que asumieran su control. Este entró en conversaciones con fray Rodrigo y casi al mismo tiempo que Castellar era despojado de su cargo de virrey, llegó el religioso betlehemita a Piura, 19 de julio de 1678, enviado por el arzobispo Melchor Liñán y Cisneros.

El 17 de octubre de 1678, el corregidor y justicia mayor de Piura don Lorenzo de Urrutia y Aguirre, hizo entrega del hospital Santa Ana, por medio del mayordomo de dicho hospital don Pedro de Allende. Intervino en la confección del inventario y entrega de los bienes el escribano don Francisco Núñez de Vallira. Desde ese momento tomó el nombre de hospital de Belén, al igual que la iglesia, hasta que tres siglos más tarde, y cuando funcionaba en Castilla, era reemplazado por el Hospital Regional de Piura “Cayetano Heredia”.

Al poco tiempo de fundado, el hospital de Belén, que había quedado a cargo del hermano Andrés de la Asunción y otros tres religiosos, recibe de don Domingo Zaysa, que más tarde fue presidente de la Audiencia de Quito, un cuantioso donativo, con el que se construyó una enfermería con todos los adelantos de la época.

Una trascripción del acta original de traspaso, la conservaba la familia Helguero, habiendo el historiador Carlos Robles Rázuri, logrado una copia paleográfica que “El Tiempo” ha publicado dentro de la colección “Libro del Cabildo” (Nº 94)

El acta dice:

“En la ciudad de Piura a veinte y siete de octubre de mil seiscientos setente y ocho años, el Cabildo, Justicia y Regimiento de esta ciudad de San Miguel de Piura se juntaron a cabildo, como lo han de uso y costumbre para tratar y conferir las cosas tocantes al bien y utilidad de la  República, los señores: General don Lorenzo de Urrutia y Aguirre, Justicia Mayor de esta dicha ciudad por su Majestad, el Alférez Alvaro Nieto Alguacil Mayor, el Capitán don Francisco Navarro, Regidor y el Capitán Francisco de Sojo, Regidor y fiel ejecutor,  y así juntos y congregados, pareció el Rodrigo de la Cruz hermano mayor de la Hospitalidad de los Beletmitas y presentó una provisión de Real Gobierno despachada a pedimento de este Cabildo en que se le concede licencia para que nombre los hermanos que fueron necesarios para la asistencia y cuidad del Hospital de Señora Santa Ana fundado en esta ciudad y juntamente para que se le entregue la administración de dicho hospital con todos los bienes de derechos y acciones de el que le tocaren y en especial las escrituras de censo que se hubieren impuesto a favor de dicho hospital, y vista por dichos señores capitulares, dijeron que la obedecían y obedecieron con el respeto y la obediencia debida, que se guarde y cumpla y ejecute, lo que su Excelencia por ella manda y para su mayor cumplimiento, mandaron que el mayordomo que al presente lo es, por nombramiento de este Cabildo don Pedro Vidal de Allende haga entrega de todos los bienes pertenecientes a dicho hospital y de las escrituras y demás papeles, que le tocaren, poniéndolos por inventario en la forma y según en la dicha provisión se dispone, cesando en la administración de él, desde el día veintiocho de este presente mes y año y conjuntamente la  cuenta del tiempo que ha tenido la dicha administración hasta el día referido, entregando los alcances que resultaren a dichos hermanos y en este estado dijeron los dichos señores Capitulares,, el Alférez don Alvaro Nieto Alguacil Mayor; Capitán don Francisco de Sojo, Regidor y fiel ejecutor; se le entregó de dicho hospital a dichos hermanos se ha de hacer con calidad que han de guardar la constitución y fundación que tiene el dicho hospital, reservando el patronato que tiene este cabildo a dicho hospital y con estas calidades se le entregue con las circunstancias dichas. El dicho Señor Justicia Mayor dijo que por lo que a su parte toca, en cumplimiento de lo que por dicha provisión se manda se haga entrega de dicho hospital a dichos hermanos en la forma y según en dicha provisión se expresa y se declara y no en otra manera, con lo cual se concluyó este cabildo y mandaron se copie al pie de la dicha provisión y lo firmaron, don Lorenzo de Urrutia y Aguirre –Alvaro Nieto- D. Francisco Navarro – Francisco de Sojo – Ante mi Francisco Núñez Valcera, Escribano de su Majestad.”

Siglo y medio más tarde ya en plena etapa independiente, o sea en 1825 surgió un entredicho entre el hospital de Belén y el cabildo de Piura, pues este alegaba tener derecho a ejercer patronato sobre aquel, por cuyo motivo se obligó a que los religiosos del hospital Belén presentasen ante el cabildo, el acta que se acababa de transcribir.

 

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FUNDACIÓN DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

 

Desde hace mucho tiempo que en Piura existía una hostería y también una capilla, las que estaban a cargo de los franciscanos y bajo el Patronato del Cabildo

Sin embargo, era deseo general en esa época de fervor religioso, que San Miguel de Piura tuviera un convento de la congregación.

Muchos legados se hicieron con el fin de lograr tal propósito, pero recién fue el 29 de julio de 1677 que se autorizó la fundación del convento, levantándose la siguiente acta:

“En la ciudad de Piura a veinte nueve días del mes de julio de mil seiscientos setenta y siete años, el Cabildo, Justicia y Regimiento de esta ciudad, es a saber, los señores don Lorenzo de Urrutia y Aguirre, Justicia Mayor de ella por su Majestad; don José de Céspedes, Alférez Real; el Alférez don Alvaro Nieto, Alguacil Mayor; el Capitán don Francisco Navarro, Regidor y el Capitán don Francisco de Sojo, Regidor y fiel ejecutor, y así juntos y congregados en la casa de la morada de dicho señor Justicia Mayor, como lo han de uso y costumbre, dijeron, que en atención a lo que representa el padre predicador fray Juan Bazán, Presidente de la Hospedería del Señor San Francisco que está en esta ciudad, en la petición que presentó en este cabildo el día veinte y uno de este presente mes de que se ha vuelto a hacer relación, habiéndose conferido lo pedido en ella que obliga a procurar tenga efecto la fundación que pretende de un acuerdo y conformidad en la forma que pueden y de derecho deben usando el Patronazgo que tienen de la Capilla de Nuestra Señora de las Aguas Santas fundada en esta ciudad, consienten y dan permiso para que la dicha capilla sirva a la referida fundación con cargo de que el convento que así se hiciera ha de tener título de Nuestra Señora de las Aguas Santas y que en el Altar Mayor esté colocada perpetuamente la santa imagen de esta advocación que hoy está en depósito de la Santa Iglesia Parroquial de esta dicha ciudad y que sea con las licencias que se requieren y demás circunstancias y que ha de quedar este cabildo, perpetuamente por patrón del convento que se fundare, como hasta aquí lo ha sido de la dicha capilla, y el presente escribano dará testimonio al dicho Padre Presidente autorizando en manera que haga fe del primer Cabildo que en esta razón se hizo de la copia de petición y de éste para que con él ocurra donde le convenga y con esto se acabó este cabildo y la firmaron D. Lorenzo de Urrutia y Aguirre; José de Céspedes, Alvaro Nieto y Francisco Navarro”.

Como hemos dicho, muchos fieles, gente piadosa y sacerdotes hicieron donaciones y dejaron legados para la creación del convento al seráfico santo en San Miguel de Piura.

El cura de Ayabaca, Lorenzo Velásquez, hizo en 1668 un valioso legado para el futuro del convento.

Los párrocos en tiempo de la Colonia eran sin duda gente adinerada, eso quedaba de manifiesto cuando al morir tenían que hacer su testamento. En tales oportunidades hacían cuantiosos legados a las iglesias y a las órdenes religiosas, o destinaban gruesas sumas para obras pías.

En 1668 el licenciado Velásquez dejó en su testamento 1,000 pesos para dotar a las doncellas pobres, 4,000 para celebrar misas en sufragio de su alma y 8,000 pesos para la fundación del convento de San Francisco en Piura, que como decíamos era una simple hostería.

Había una cláusula según la cual, si en un determinado tiempo no se había llevado a cabo la transformación, entonces la suma pasaba a ser entregada al superior del convento de San Francisco de Lima, para que gocen de las rentas que produzca el legado y dijeran cuatro solemnes misas al año por el sufragio de su alma.

Como el cura Velásquez tenía aún más, lo distribuyó entre la Compañía de Jesús y la casa que ésta tenía en Trujillo.

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LOS PIRATAS SE BURLAN DE LA ESCUADRA VIRREINAL

 

Gobernaba el Perú el virrey arzobispo, cuando desde varias islas del Caribe, desembarcaron en playas desiertas de Panamá 150 piratas ingleses

En esta oportunidad no se trataba de corsarios, que tuvieran autorización de un determinado gobierno de España, sino de auténticos ladrones de mar.

Los capitaneaba Bartolomé Sharp, al cual se habían unido los bucaneros John Watling y Edward Boldman.

En abril de 1680 atravesaron el istmo de Panamá sin que las autoridades españolas se hubieran enterado y llegaron a la costa del Pacífico y con solo escopetas de poco poder de fuego, dominaron a los mosqueteros españoles que custodiaban Puerto Perico. Luego en otro acto  de audacia, atacaron y capturaron el barco “Trinidad”.

Recién, disponiendo de un navío, se lanzaron a una de las aventuras más audaces que registra la piratería del Pacífico. Su primera presa fue una fragata que llevaba  50,000 pesos, pólvora y municiones destinadas a las fuerzas españolas de Panamá.

Bien pronto el virrey arzobispo conoció las correrías de Sharp y dispuso que de inmediato saliera una escuadra con seiscientos hombres al mando del general Santiago Pontejos y del almirante Pedro Zorrilla de la Gándara, vinculado a nobles familias de Piura y Ayabaca, en donde tenían las haciendas de Inicha y Saconday.

La escuadra debía sujetarse a un plan de acción elaborado por el virrey, que entre otras cosas disponía de un patrullaje de Paita a Panamá, buscando en todas las ensenadas, islas y manglares a los piratas, para lo cual acompañaban a la flota, naves ligeras de poco calado. Pero el general Pontejos suponiendo que el pirata estaría atacando a la ciudad de Panamá, se dirigió a socorrerla. Esto lo decidió por que al llegar a la costa de Barbacoa cerca de la famosa isla  del Gallo, se enteró que pocos días antes los dos barcos piratas habían desembarcado a 7 hombres en una chalupa al mando de Boldman. No pensaron encontrar resistencia en los habitantes, los que mataron a seis hombres y al sobreviviente lo capturaron. Entre los muertos estaba Boldman un conocedor de la región, que antes había vivido en Lima con nombre supuesto. Los habitantes de Barbacoa dijeron al general Pontejos que los piratas habían enfilado hacia el norte.

Lo cierto era que los piratas se encontraban arreglando desperfectos y escondidos en la isla del Gallo

Mientras tanto Pontejos llegaba a Panamá y ahí perdía tres preciosos meses esperando a Sharp, mientras que éste llegaba a Guayaquil y capturaba una embarcación de don Tomás Argandoña y los primeros días de septiembre de 1680 estaba frente a Paita, a la que no se atrevieron atacar, por que supieron que al igual que Guayaquil estaba bien guarnecida. Antes habían capturado un pequeño barco frente a Máncora, que iba con mercadería a Panamá de la que se apoderaron y mataron a un mercedario que iba a bordo. El pirata Sharp dispuso que los prisioneros de Guayaquil en número de sesenta se transbordaran al barquito que acababan de capturar y que desembarcaran cerca de Paita. Fue una generosidad muy rara en un hombre tan duro como este pirata.

El virrey supo que los ingleses habían estado en Guayaquil, por lo que dispuso que el barco de guerra “San Lorenzo” saliera al norte para enfrentar a los corsarios que no tenían artillería. Pero nuevamente fueron burlados por Sharp.

Pontejos se decidió por retornar hacia el sur y salió de Panamá, llegando a Paita el 29 de noviembre, o sea a casi mes y medio después  que el pirata hubiera estado en este lugar.

Mientras tanto Sharp había seguido haciendo capturas y llegado finalmente a Ilo al cual atacaron. El pirata seguía jugando a los escondidos con las escuadras del virrey y burlándose de ellas. Tal era la confusión que se dieron informes inexactos al virrey, afirmando que los ingleses habían retornado al norte, cuando se encontraban en esos momentos frente a las costas chilenas atacando Coquimbo, en donde los lugareños intentaron quemarles los barcos. Luego Sharp logró tomar sin resistencia la ciudad de La Serena en donde desembarcaron a Tomás Argendoña. Tres navíos de guerra  procedentes de diversos lugares empezaron a perseguir a los piratas que se dirigieron a la isla Juan Fernández donde estuvieron desde el 26 de diciembre de 1680 hasta el 12 de enero de 1681, burlando una vez más a los perseguidores y dirigiéndose a Arica.

 

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LA BATALLA DE ARICA

 

Los piratas que habían logrado éxitos en el mar, cometieron el error de atacar en tierra. El  9 de febrero de 1681 desembarcaron al sur de Arica y avanzaron sobre la población que estaba atrincherada. Más de doce horas duró la lucha y los defensores capturaron a 19 ingleses en el desbande que se produjo. Los piratas tuvieron veinte muertos entre ellos el capitán John Watling y a un alférez que conducía el pabellón inglés. Los ariqueños tuvieron 23 muertos y cerca de treinta heridos. Los piratas capturados fueron llevados a Lima en donde fueron ahorcados.

Las diezmadas fuerzas piratas pudieran sin embargo seguir burlando los barcos que los perseguían y enrumbar a Panamá. Mendiburu dice que en este viaje intentaron atacar Paita pero fueron repelidos.

Al llegar a la tierra del istmo, parte de los piratas decidieron abandonar la aventura y atravesaron las montañas del Darién hasta llegar al mar Caribe. Esto fue comunicado a las autoridades de Lima que se felicitaron de que hubiera dejado el Pacífico tan escurridizo enemigo. La realidad era otra, pues Sharp con unos pocos tripulantes, los más osados sin duda, regresaron al sur y en septiembre de 1681 capturaban, cerca de Guayaquil, una embarcación en donde iba el oidor de la Real Audiencia de Lima Rafael Azcona con su familia. El pirata no exigió rescate y desembarcó a Azcona en Paita y continuó navegando al sur hasta pasar el  estrecho de Magallanes.

Sharp demostró que la escuadra virreinal como elemento de defensa era perfectamente inútil.

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EL DUQUE DE LA PALATA ARRIBA A PIURA

 

A mediados de septiembre de 1681 llegó a Paita don Melchor Navarra y Rocafull, duque de la Palata, príncipe de Massa y ex miembro del Consejo de Gobierno que asesoró a la reina María Ana de Austria, como regente en la minoría de edad de Carlos II. Era además el nuevo virrey, descendiente de los reyes de Aragón y de Navarra y su esposa con la cual vino era doña Francisca de Doralto y Aragón, princesa de Massa y marquesa de Tola.

Fue sin duda mucha suerte para el virrey que no se topara con Sharp que merodeaba frente a las costas de Piura y Tumbes.

El virrey llegó a San Miguel de Piura el 21 de septiembre y permaneció unos días en esta ciudad, siendo atendido por el corregidor Lorenzo de Urrutia.

El duque de la Palata no hizo su ingreso directamente a Lima, sino que primero arribó al Callao con un séquito de 27 literas y después de un mes ingresó con gran solemnidad a la ciudad de los Reyes.

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CORRERÍAS DE COWLAY

 

A fines de 1682, los piratas ingleses Cowley y Cook, pasaron el cabo de Hornos y se dirigieron al Pacífico norte. En el trayecto se les unió el capitán Juan Eaton lo cual les permitió capturar numerosos barcos en su larga ruta hasta la América Central sin que la escuadra del virrey pudiera hacer nada. Fue entonces cuando murió Cook y varios piratas se apartaron de la expedición por discrepancias.

Cowley y Eaton se dirigieron a Paita a la cual bloquearon y capturaron en su bahía a dos barcos. Luego se aprovisionaron de agua en Colán y retornaron a la isla de la Gorgona y de aquí partieron hacia Oceanía. En las islas Marianas engañó al gobernador español haciéndole creer que era enviado del gobierno de Francia, logrando víveres. Siguió su ruta y llegó a las costas de China, saqueando el puerto de Cantón. Tras de eso bajó hasta alcanzar las costas de África y luego de doblar el cabo de Buena Esperanza, regresó al Atlántico y se dirigió a Inglaterra

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ENCOMENDERO DE AYABACA, ASESOR DEL VIRREY

 

Era costumbre muy generalizada la de premiar con encomiendas a personas residentes en España o en Lima, aún cuando jamás llegasen a conocer los territorios que les producían elevadas rentas, más que todo, basándose en la explotación de los indios

En Piura existieron muchas de esas encomiendas. Fue así como don Pedro de Figueroa Dávila Caballero, natural de Lima; catedrático en San Marcos, llegó a se asesor general del virreinato durante los periodos de lo virreyes duque de la Palata, conde Moncloa y príncipe de Santo Bueno. Pedrp de  Figueroa sacaba de su encomienda de Ayabaca una buena renta anual.

 

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APARECE EL PIRATA DAVIS

 

Eduardo Davis o David, cruzó los primeros meses de 1684 el estrecho de Magallanes con una fragata de 36 cañones y dos pequeños barcos más, tripulados todos por marinos ingleses. De inmediato se dirigió a la isla de Juan Fernández a efectuar reparaciones en sus barcos y proveerse de agua. En ese lugar se le unió el pirata Eaton que había actuado con Sharp, así como los filibusteros Swan y Harris, también ingleses y los franceses Crognist y Reveneau de Lussan; formando una flota de bastante consideración.

Los piratas se dirigieron al norte y entre Callao y Paita, capturaron, el 3 de mayo, un barco que con cargamento de madera se dirigía al Callao, dirigiéndose a las islas  de Lobos en donde desembarcaron a los prisioneros sometiéndolos a interrogatorios. De acuerdo a los informes logrados resolvieron atacar Trujillo. Volvieron por lo tanto a bajar al sur y antes de llegar a Huanchaco capturaron tres barcos, llenos de mercadería que conducían 800 mil pesos a Panamá para pagar a las autoridades y servidores del istmo. Finalmente desistieron de atacar Huanchaco, puerto de Trujillo por que supieron que tenía un pequeño fuerte, por cuyo motivo se dirigieron a las islas Galápagos.

Mientras tanto en Lima el virrey conde de Monclova, estaba casi inactivo con una escuadra que no se podía aventurar al océano por serios desperfectos. La nave capitana  “Nuestra Señora de Guadalupe” tenía 40 cañones y desplazaba 800 toneladas, habiendo sido construida en tiempos del virrey Alba de Liste, esto es, tenía más de 30 años. La nave almirante era en “San Lorenzo”, barco sumamente remendado que antes había servido de patache. Se tuvo que enviar a este barco a Guayaquil para que trajera madera destinada a la reparación de la escuadra. En esta labor se demoraron meses y mientras tanto los piratas hacían de las suyas. El “San Lorenzo” partió del Callao el 27 de julio de 1683 y estaba de regreso recién el 11 de mayo del año siguiente, habiendo terminado las reparaciones en septiembre de 1684.

El virrey no sabía si  disponer la inmediata persecución de los piratas o que la armada custodiara la remesa de dinero que se mandaba a España vía Panamá-Portobello

Se prefirió el interés de la irresponsable y frívola corte española a las necesidades de la defensa. Eso iba a costar posteriormente muchas víctimas, saqueos y cuantiosas pérdidas; pero así de insaciable era la monarquía hispana que se había convertido en un parásito de las colonias americanas.

Salió pues la flota con el tesoro rumbo al norte. Además de las naves capitana y almirante iban “El Populo” con 14 cañones y los barcos “Santo Toribio” y “El Rosario”. La salida del Callao fue el 7 de mayo de 1685, con 1,431 soldados a bordo, 300 marinos, 134 cañones de bronce; 48 cañones pedreros, 4,500 balas y 43 mil libras de pólvora.

Como almirante iba don Antonio Beas, marino muy capaz; como general de las fuerzas de combate se había puesto por  interés familiar al cuñado  del virrey don Tomás Paravicino y como maestre de campo a don Santiago Pontejos al que acompañaba su hijo.

Mientras tanto los piratas habían estado merodeando frente a las costas de Guayaquil, capturando a todo barco que se pusiera a su alcance. La flota del virrey pasó directamente a Panamá y los piratas la fueron persiguiendo esperando el momento favorable para atacarla. Esto no pudieron lograrlo y mas bien el encuentro se produjo al retornar la escuadra.

El 8 de junio de 1685, frente a las islas del Rey, en la ensenada de Panamá se trabó un combate que duró varias horas y fue desfavorable a los piratas y los hubieran capturado, pero las discrepancias en el alto mando de la escuadra virreinal sobre la forma de conducir las acciones lo impidieron. Estos momentos decisivos fueron aprovechados por los piratas que apelando a la ligereza de sus naves huyeron y se dispersaron.

El filibustero Swan se dirigió al norte arrasando los puertos de Guatemala, México y posteriormente los de Filipinas. Mientras que Grogniet hacía lo mismo en las costas de Nicaragua y Costa Rica.

 

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VUELA LA CAPITANA FRENTE A PAITA

 

La escuadra virreinal decidió retornar al Callao, sin percatarse que tras de ella seguía Davies, dispuesto a  arrasar con la costa peruana.

En los primeros días de septiembre la escuadra anclaba frente a Paita. Parte de la tripulación desembarcó en el pequeño puerto y lo mismo hacía el general Parravicino el día 5, cuando un tremendo estruendo remeció a todo el puerto. De inmediato se vio una gran llamarada en la nave capitana “Nuestra Señora de Guadalupe”. De primera intención se creyó que era Davies el que atacaba. Después se supo que la cosa era peor. Por un descuido se había prendido fuego en la santabárbara y la nave voló en mil pedazos sepultando en el océano a todos sus 400 tripulantes. Sólo Pedro Pontejos, hijo del general se salvó por que la violencia de la explosión lo lanzó al mar y pudo asirse de un tablero flotante. Él narraría parte de la gran tragedia.

Paita vivió momentos de mucho dramatismo. En los días siguientes la población fue recogiendo los cadáveres que arrojaba el mar y dándoles cristiana sepultura, pero de la mayoría jamás se supo nada. Posiblemente fueron pasto de los tiburones.

La maltrecha escuadra se dirigió al Callao y dejó el campo libre al pirata. Davies que inició entonces una de las campañas marítimas más audaces y devastadoras. El sólo anuncio de su nombre causaba pavor. Al grito de ¡los piratas! Los primeros que huían eran los cabos y seguían los soldados dejando indefensas a las poblaciones.

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DAVIES ATACA PAITA

 

En febrero de 1686 la flota pirata se presentaba en Paita en donde captura al barco “Nuestra Señora de Aránzazu” que arman como nave de guerra. En esos momentos Davies tenía 120 hombres y 36 cañones, que le era suficiente para poner en jaque a todo el virreinato.

El botín logrado en Paita fue cuantioso, pues capturó a otros dos mercantes más,  llenos de géneros provenientes de España, así como 300 negros de un barco negrero que había anclado, y además tomó rehenes a una gran cantidad de pasajeros.

Por los negros y rescate de los pasajeros, logró Davies una elevada suma. Las llamadas “piezas de ébano” como se les decía a los infelices esclavos era una mercancía muy cotizada. La captura de Davies prueba que el tráfico infame, se hacía en forma muy intensa en Piura.

Paita no se libró del incendio y del saqueo, sin que las autoridades de Piura pudieran hacer nada. Bastaban 50 ú 80 ingleses para adueñarse de la situación, frente a un virreinato donde la cobardía y la incapacidad era lo que prevalecía.

 

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LOS PIRATAS EN SECHURA

 

Davies enfiló luego sus barcos hacia Sechura en donde desembarcó. El pavor hizo presa de la población y se propagó hasta Piura.

El templo de este lugar era famoso por sus joyas sagradas, cosa que sin duda conocía Davies, un hombre sin Dios y sin ley, que no titubeó en saquear el templo y apresar a su párroco don Francisco Lorente de Grijalva, al cual amenazó de muerte si no pagaba un rescate de 50,000 pesos. Como era fácil suponer, el pobre sacerdote no disponía de esa suma, pero el pirata se dio el lujo de esperar que la feligresía piurana juntara el dinero que sirvió para liberar al párroco.

 

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EL SAQUEO DEL LITORAL PERUANO

 

El 4 de marzo estaba Davies con su urca  “El tigre” y tres barcos más frente a Chérrepe. Sin dificultad desembarcó a su gente y avanzó sobre la opulenta Saña a la cual capturó sin lucha y al amparo de las sombras de la noche. Cuantioso cupo impuso a sus habitantes y tras cobrarlo entregó a la ciudad al saqueo. El corregidor Luis Venegas Osorio que tenía fama de valiente, nada hizo contra los piratas.

Luego le tocó el turno a Santa, de cuyo saqueo lograron poca cosa.

En Casma mató al cura Andrés de Estrada por que no le rebeló el lugar donde estaba escondido un supuesto tesoro, que en realidad no existía.

Davies en sus correrías avanzaba y retrocedía de tal modo que a todos mantenía en zozobra pues nadie podía asegurar que se habían librado del pirata por el hecho de haber pasado de largo. Fue así como Huacho fue atacado el 13 de mayo y Huarmey el 26.

En Huaura entró al convento y reunió a los sacerdotes exigiéndoles la entrega de los vasos sagrados, como no lograron nada, jugaron a los dados las vidas de los religiosos y mataron a fray Francisco Fernández. A otro hirieron y lo tuvieron secuestrado 14 días. En este mismo lugar hizo degollar al alcalde Blas de la Carrera por que no le pagaron rescate.

El 11 de julio de 1686 estaba frente a Paracas, desembarcaron y marcharon sobre Pisco en donde encontraron a los vecinos preparados, hubo lucha pero los piratas dominaron la situación y exigieron rescate, tras de lo cual hubo el acostumbrado saqueo. En eso estaban cuando llegaron refuerzos de Ica y Cañete y nuevo combate se entabló con los piratas que en esta oportunidad perdieron 47 hombres. El pirata optó por dirigirse a Chile.

En octubre llegó a Coquimbo y pretendió un desembarco, pero fue repelido y siguió hasta Huasco en donde reparó sus naves. En lugar de dirigirse al estrecho de Magallanes para pasar al Atlántico, como creían en Lima, el pirata retornó al norte.

El 15 de febrero de 1687 estaba sorpresivamente frente a Cañete en donde estaba el corregidor Martín de la Cueva que el año anterior le infligió grave derrota en Ica. Lo sorprendió durmiendo lo mismo que al cura Matías Cascante. Exigió un fuerte rescate y se apoderó de un cargamento de géneros de 200 fardos.

En el mes de abril estaban en Huarmey, preparando tranquilamente pólvora y  salando carne, cuando se presentó en la bahía la fragata “Santa Catalina” la cual, aunque sólo tenía cuatro cañones, atacó a los piratas, Casi 30 horas se llevaba de combate cuando de un balazo murió el capitán del barco español, el marqués de Mansilla. Le sucedió el alférez José de Mendieta el cual prosiguió la lucha, pero viéndose perdido, prefirió encallar el barco en las playas de Huarmey antes que entregarlo. Las pérdidas españolas fueron de 150 hombres, pues sólo se libraron 50.

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SAQUEO DE GUAYAQUIL

 

Cuando Davies estaba en Huarmey, los ex camaradas de Davies, habían regresado de sus correrías por el norte del continente y atacaban Guayaquil. Eran Graogniet, De Hout y Picard.

El 21 de abril los piratas desembarcaron y organizados en tres columnas atacaron Guayaquil que era defendido por 200 soldados al mando del corregidor Fernando Ponce de León, el maestre de campo Francisco Campuzano y del capitán Salas. Los piratas arrollaron a los defensores y tomaron la ciudad. A los vecinos notables los encerraron en el templo y dieron doce días de plazo para que pagaran un elevado rescate. Como se creían seguros y que nadie osaría atacarlos, permitieron que una comisión saliera a Quito y diversos puntos de Ecuador para reunir monto del rescate. Mientras tanto y como medida de seguridad, se trasladaron a la isla de Puná llevándose a los prisioneros y al corregidor.

Al saber que una escuadra española se aproximaba, saquearon Guayaquil y lo incendiaron, mataron a unos prisioneros y dejaron libres a los demás, luego pusieron proa al norte. De Guayaquil sólo quedaron ruinas.

En Paita había cundido tremendo temor, pues pronto llegaron noticias de la caída de Guayaquil, pero el arribo de la escuadra española levantó los ánimos.

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COMERCIANTES ARMAN FLOTA

 

Ante la inutilidad de la armada de guerra, los comerciantes de Lima se reunieron y decidieron armar una flota. Se pusieron en condición de combatir dos fragatas y un patache, todos bajo el mando de don Francisco Zúñiga, las que se destinaron a patrullar la costa del Callao al norte; mientras que la flota de guerra hacía lo mismo con la parte sur del continente y otros dos navíos quedaban en el Callao listos para acudir donde se les necesitara.

En mayo de 1687 partieron del Callao los barcos “San Nicolás”, “San José” y el patache “Nuestra Señora de la Guía”, bajo el mando de Zúñiga, de Nicolás de Igarza y de Dionisio de Artunduaga. El 27 del mismo mes alcanzaban a los barcos enemigos “El Torito” , “San Jacinto” y “Santa Rosa de Viterbo”. La batalla se empeñó frente a las costas de Esmeraldas, duró hasta el día 2 de junio y los piratas levaron la peor parte pues les desarbolaron a dos navíos, no quedándoles más remedio que abandonar el continente. Antes de hacerlo soltaron en Esmeraldas a los prisioneros, entre ellos el corregidor Ponce de León. La “San Nicolás” vino fatalmente a encallar en Atacamos, pero nadie pereció.

El “San José” y el patache siguieron limpiando los mares de piratas y frente a Nicaragua encontraron a otras naves filibusteros a las que derrotaron prefiriendo los piratas abandonarlas y atravesar por tierra el continente para llegar al Caribe.

De esta forma lograron los barcos de los comerciantes, lo que no pudo la flota virreinal.

 

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EL TERREMOTO DE LIMA

 

La victoria final sobre los piratas no se pudo celebrar por que el 20 de octubre de 1687 se produjo en Lima y Callao, uno de los más violentos terremotos que registra la historia del Perú. Ambas ciudades quedaron totalmente destruidas y los muertos ascendieron a varios cientos, no siendo mayor la mortandad por que el sismo fue de día. El virrey vivió con su familia durante dos meses bajo una carpa en la plaza de Armas. El arzobispo de Lima resultó herido.

El terremoto tuvo repercusiones en Trujillo en donde ya no se volvió a producir trigo. En Piura causó consternación, pues perdieron muchos parientes afincados en Lima, como el caso de la familia Ramírez ellano que pereció íntegra.

 

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