Capítulo IX

 

 

C A P I T U L O      IX

 

 

ALCALDES Y CORREGIDORES

 

 

 

-          Corsarios apresan a condesa de las lagunas

-          Saqueo e incendio de Paita

-          El virrey contempla el incendio de Paita

-          Un nuevo virrey arzobispo

-          La increíble aventura de Shelvocke

-          Nueva captura de Paita

-          La defensa del virreynato

-          General herquiza asume corregimiento

-          Destrucción de Saña

-          Un virrey enérgico

-          Abdicación del Rey Felipe V

-          El Corregidor Victorino Montero del Águila

-          Reconocimiento y nuevas capellanías

-          Lluvias intensas y destrucción de sechura

-          Desaparecen los corsarios y piratas

-          Llega a Paita un nuevo virrey

-          La Condamine en Paita

-          Elección de alcaldes piuranos

-          Los cargos del cabildo

-          Los vecinos no pagaban los arbitrios

-          La capilla del cabildo

-          En los campos hacían ramadas para capillas

-          La inquisición en Piura

-          Se retira el Corregidor Victorino Montero.

-          Cargos contra el corregidor y la mina de Brea

-          Remate de cargos públicos

-          Juramentación del Corregidor Juan Vinatea

-          Casa vieja tenía el corregidor

-          Curacas se quejan ante el Rey

-          Problema de procedencia en uso de asiento

-          Nuevos alcaldes

-          El cabildo trata de problemas comunales

-          Inician juicio de residencia al corregidor saliente

-          El contador real no pagaba los tributos

-          Faltaba el pescado en Piura

-          Negros enfermos con lepra

 

 

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CORSARIOS APRESAN A CONDESA DE LAS LAGUNAS

 

En 1719 entró España en conflicto no sólo con Inglaterra, su secular enemiga, sino también con Francia su reciente aliada cuyos monarcas estaban unidos por lazos de sangre.

De Inglaterra partieron dos barcos armados en corso; el  Success”, con 40 cañones al mando del capitán John Clipperton, que ya antes había estado en estas costas del Pacífico y el “Speed-Ell” a órdenes de George Shelvocke.

Como siempre, la tripulación era fogueada en todos los menesteres navales, siendo 350 marinos los que venían en los dos barcos.

Clipperton cruzó el estrecho de Magallanes y muy rezagado quedó Shelvocke. El “Success” llegó a la isla Fernández enarbolando bandera francesa, lo que le permitió aprovisionarse de agua y víveres y se dirigió al norte del Perú.

Entre Guayaquil y Tumbes logró apresar un barco en que viajaba de Panamá al Callao, el presidente de la Real Audiencia de Quito, el marqués de Villarrocha y su esposa. En Nicoya desembarcó a la marquesa con todo su equipaje, sin haberle causado ningún perjuicio.

Luego Clipperton retornó al Perú y frente a Paita logró capturar un navío en el que viajaba la condesa de Las Lagunas, esposa de don Nicolás Ontañón, gobernador de Popayán. El corsario, poniendo una vez más  su manifiesto de cortesía con las damas, la desembarco con su equipaje y acompañantes, llevándose las mercaderías del barco.

Siguió su viaje al sur y en febrero de 1721 se presentó en Arica, intentando un desembarco, siendo rechazado lo que le ocasionó serias perdidas, por cuyo motivo durante tres días  bombardeó el puerto.

Una vez más retornó Clipperton a Panamá en donde tuvo gran satisfacción de encontrase con su socio Shelvocke tras de estar tres años separados.

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SAQUEO E INCENDIO DE PAITA

 

Mientras que Clipperton hacía sus correrías, Shevocke llegaba al puerto chileno de Concepción el 26 de diciembre capturando al “San Fermín”, de don Francisco Larraín, al cual tras saquearlo lo quemó por no haber llegado a un acuerdo sobre el rescate.

El 5 de febrero de 1720 estaba en Arica y captura a la balandra “Rosario”, por la cual obtuvo un rescate. Después pasó a Ilo pero no se atrevió a nada por que estaban anclados cuatro barcos franceses. Sobre este puerto hay que decir que por esa época se convitió en base de operaciones de los barcos franceses y aún se afirma que ellos lo fundaron.

El 29 de febrero estaban frente a Huanchaco y capturaron a la “Carmelita” de 100 toneladas, con su casco enteramente nuevo y que estaba al cuidado de los indios de Colán, a los que torturaron arrancándoles la declaración de que en Paita podían lograr rico botín. En la isla de Lobos, el corsario acondicionó a la “Carmelita” rebautizándola con el nombre de “Saint David”

El 21 de marzo de 1720 llegaban los corsarios a Paita y tras de enarbolar el pabellón francés para engañar a la población, desembarcaron en chalupas a 46 hombres armados. Los paiteños habían acudido en gran número a la playa ante la perspectiva de comprar mercadería francesa, pero se dieron cuenta de que la gente que llegaba era toda rubia, de tal manera que el pánico cundió en el vecindario y en forma masiva se dirigieron con sus alhajas y dineros al tablazo. Las autoridades, de igual modo, pusieron a buen recaudo los fondos fiscales.

Los corsarios sólo encontraron víveres frescos, que llevaron a bordo, y únicamente pudieron capturar un barco y en el saqueo casi nada de provecho lograron. Por lo tanto enviaron  un ultimátum a las autoridades que estaban en el tablazo, pidiendo 16,000 pesos para salvar al puerto del incendio y devolver el barco capturado.

Como no se logró el rescate los ingleses pusieron fuego por los cuatro costados a Paita. Luego los corsarios se desembarcaron y cuando salían del puerto se toparon con la nave “La Peregrina” con 56 cañones y 450 hombres, dándose cuenta de lo que pasaba, tratando de cerrar el paso a los ingleses a cañonazos, pero la ligereza de éstos les permitió huir. Luego, tras burlar a la fragata francesa “Brillante” se dirigieron a la isla Juan Fernández.

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EL VIRREY CONTEMPLA EL INCENDIO DE PAITA

 

Parece que el príncipe de Santo Buono no estaba muy contento en el Perú lo cual se explica por su estado de viudez, en el que había quedado durante el viaje y por tener su numerosa familia distribuida entre España e Italia.

De tal manera que en el navío “La Peregrina” que mandaba el general Medrada y Vivanco, partió del Callao en febrero de 1720 a Acapulco, para de ahí dirigirse a España. Sólo había gobernado 3 años, 3 meses y 22 días.

El 21 de marzo llegaba el virrey frente a Paita y pudo contemplar su destrucción a manos del corsario Shelvocke, que en esos momentos se retiraba precipitadamente de la bahía.

La Peregrina” sólo se limitó a dispararle unos cuantos cañonazos, casi para cumplir con un formulismo, ya que por conducir al virrey saliente, no tendría interés en entablar una formal batalla, no obstante la superioridad de la nave y del armamento.

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UN NUEVO VIRREY ARZOBISPO

 

El 26 de enero de 1720 el arzobispo fray Diego Morcillo, recibió el virreinato de manos del príncipe Santo Buono. Es decir, que le devolvió el mando, ya que antes lo había ejercido el prelado por muy pocos días.

En esta oportunidad el arzobispo iba a estar cuatro años en el gobierno no obstante su avanzada edad que llegaba ya a los 78 años, lo que seguramente no era lo apropiado para un virreinato tan extenso

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LA INCREÍBLE AVENTURA DE SHELVOCKE

 

Tras escapar de “La Peregrina”, Shelvocke se dirigió a la isla Juan Fernández, pero a los pocos días una tempestad azotó la isla y el barco corsario se estrelló contra los farallones y se hizo añicos, muriendo muchos marinos y perdiéndose gran parte del botín que habían capturado. Los sobrevivientes, que sólo eran 47, no se dejaron amilanar, construyendo un lanchón con el resto de maderas, le montaron un cañón y lo bautizaron con el nombre de “Recovery” con el cual se lanzaron al océano. En el mes de octubre llegaban a Iquique en donde se aprovisionaron y siguieron rumbo al norte topándose con el “San Francisco de Paula”, mercante de 700 toneladas armado con 8 cañones, con el cual cambió algunos disparos. Los corsarios siguieron hasta que frente a Pisco se encontraron con otro barco más pequeño, el “Jesús María” de 200 toneladas, del cual se apropiaron fácilmente

 

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NUEVA CAPTURA DE PAITA

 

Parece que el “Jesús María” era conocido en Paita, por lo que al llegar a la bahía, los ingleses no tuvieron ningún problema en desembarcar. Era noviembre de 1720 y los paiteños no se habían recobrado del susto que anteriormente les había dado ese mismo corsario, de tal manera que al darse cuenta de que eran los mismos, nuevamente huyeron presa de pánico, dejando la ciudad ante un puñado de osados corsarios.

Casi nada lograron esta vez en Paita por cuanto ellos mismos la habían arrasado, lo que motivó dirigirse hacia Panamá donde se encontraron con Clipperton, dirigiéndose juntos a California.

 

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LA DEFENSA DEL VIRREYNATO

 

El virrey príncipe de Santo Buono tomó el mejor barco del momento, “La Peregina” para embarcarse a México, sin preocuparse mayormente de perseguir a los corsarios que tanto daño hacía a los puertos y a la navegación

Correspondió al virrey arzobispo defender el litoral y no obstante su avanzada edad, decidió hacer frente al problema. Contrató a tres naves de guerra francesas para perseguir a los piratas partiendo en diferentes direcciones. Una de ellas “El Brillante” con 36 cañones, dio alcance a Shelvoke después que éste incendió Paita.

Como se acercaba la noche, el inglés dejó un farol sobre una boya, engañando a los perseguidores mientras él partía rápidamente en otra dirección.

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GENERAL HERQUIZA ASUME CORREGIMIENTO

 

En el “Libro del Cabildo” publicado por don Ricardo Vegas García, aparece que el corregidor don Juan Arbizú, fue reemplazado por el general Ignacio Francisco de Herquiza, que había ido anteriormente alcalde.

El general Herquiza asumió el cargo en 1721. Estaba casado con la dama piurana Antonia Quevedo de Zubiaur, hija a su vez del teniente general don José Quevedo Cevallos, juez oficial de las cajas reales de Piura.

El nuevo corregidor pagó por el cargo una fianza de 8,000 pesos otorgada por los vecinos principales don Francisco de Sojo y Olavarrieta, nieto del fundador de Piura don Francisco de Sojo; licenciado Juan de Sojo y Cantoral tío del anterior; licenciado Carlos León y Sotomayor, abogado de la Real Audiencia de Lima casado con la dama piurana doña Mariana Velásquez de Tineo;  don Manuel Irrazábal Rodríguez de Velásquez hijo del que fuera Alguacil Mayor de Piura don Francisco de Irrazábal y Andía; don Mauricio de Irrazábal y Andía hermano del anterior y casado también con una Velásquez de Tineo; el alférez don José Bonifacio Ochoa, don Manuel de Arbaiza y don Vicente de Uribe.

 

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DESTRUCCIÓN DE SAÑA

 

La ciudad de Saña, no obstante que en 1686 el corsario Davies la había saqueado, siguió siendo la principal urbe del norte del Perú y por su opulencia se le consideraba rival de Lima.

La riqueza de sus habitantes, los había llevado a una vida de disipación, a pesar de los numerosos y bellos templos y conventos que poseía.

Desde el 1º de marzo de 1720 comenzó a llover intensamente, lo que obligó a muchos a abandonar sus casas, lo cual resultó providencial, pues se salvaron.

El 15 del mismo mes, el río que había experimentado una creciente excepcional, a las cuatro de la mañana inundó la ciudad en medio de un ensordecedor ruido y las aguas llegaron a 10 varas de altura. El ruido que hacía el río arrastrando en su cauce piedras de gran tamaño, despertó a tiempo a los pobladores, que huyeron y se ubicaron en una loma cercana. Cuando el día aclaró, los horrorizados  vecinos vieron que su orgullosa ciudad había desaparecido dejándolos en la miseria. Sólo los restos de algunos templos, que hasta la fecha quedan en pie, daban fe de que en ese lugar había existido una ciudad.

La mayor parte de los pobladores se refugiaron en Lambayeque, otros en San Miguel de Piura y en Trujillo.

 

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UN VIRREY ENÉRGICO

 

Para reemplazar al anciano virrey-arzobispo, el rey Felipe V nombró a un militar activo y enérgico, que había pasado casi toda su vida en campamentos militares. Fue éste, don José de Armendáriz, marqués de Castellfuerte.

A fines de abril estaba en Paita y desde donde hizo un viaje acelerado a Lima, llegando el 14 de mayo.

Fue el único virrey que llegó ostentando el alto grado de capitán general del ejército. Era soltero y su acompañamiento fue integrado por muy pocas personas.

 

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ABDICACIÓN DEL REY FELIPE V

 

El 15 de enero de 1724, cuando el virrey Castellfuerte se encontraba viajando por el Atlántico, el rey de España, Felipe V, renunciaba a favor de su hijo Luis I

En Lima como siempre, y era natural que así fuera, llegaban las noticias muy atrasadas, de tal manera que al conocerse el suceso el 3 de septiembre, la ciudad se entregó a grandes fiestas, por la ascensión del nuevo rey.

Pero sucedió que para esa fecha el nuevo rey había fallecido, pues su repentino y prematuro deceso ocurrió el 21 de agosto y Felipe V tuvo que reasumir el poder.

 

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EL CORREGIDOR VICTORINO MONTERO DEL ÁGUILA

 

En 1732 fue nombrado corregidor de Piura, el general Victorino Montero del Águila. Era éste un militar de mucho prestigio, nacido en Lima que había sido capitán de la guarnición de la ciudad y luego capitán de la Compañía de Arqueros. Luchó en Europa hasta la paz de Utrech y de ahí vino a Piura.

Su padre fue el obispo de Trujillo don Diego Montero del Águila que murió en Saña cuando en 1718 visitaba la diócesis. Don Diego, abogado y catedrático, había nacido en Chile, casándose con doña Lorenza Zorrilla. Al quedar viudo se ordenó de presbítero y luego fue provisor, vicario y obispo de Concepción.

 

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RECONOCIMIENTO Y NUEVAS CAPELLANÍAS

 

Había muchos casos en que las haciendas pasaban de un dueño a otro y se tenía que seguir un trámite o reclamar a los nuevos propietarios el reconocimiento de las capellanías con las que estaban gravadas.

En 1730 don Baltasar de Quevedo y Sojo, reconoce la existencia de un gravamen de 1,000 sobre la hacienda Hualcas.

Los dueños de Jambur reconocieron en 1734 la existencia de una capellanía de 1,000 pesos pesos,  fundada por su anterior propietario el almirante Pedro Ruiz de la Vega.

El año 1730 quedó establecido y reconocido, que sobre la hacienda Parales pesaban varias capellanías, que en conjunto significaban un gravamen de 7,000 pesos anuales.

El dueño de Siclamanche reconoce en 1733 que estaba gravada con 1,000 pesos. En el mismo año se establece que la huerta Valdivia, ubicada en Catacaos y que pertenecía al hospital de Belén, estaba gravada con 225 pesos. En recompensa, dos años más tarde se reconoce a favor del mencionado hospital, una capellanía también por 225 pesos en la hacienda Poclús.

Se reconoce en 1740 una capellanía principal de 500 pesos, sobre la hacienda Santa Ana, fundada por don Francisco Morales y Sotomayor. El mismo año se reconoce en Huápalas un gravamen de 590 pesos a favor del Santísimo de la iglesia  matriz y otros 500 pesos a favor de los franciscanos de Loja. Este pago se cumplió hasta 1814.

En 1744 se depositan en el convento de la Merced 2,500 pesos para fundar una capellanía. Al año siguiente se funda sobre la hacienda Sancor una capellanía de 2,000 pesos y el propietario Carlos del Castillo grava a su hacienda Tambogrande con 1,000 pesos.

El año 1747 la hacienda Chipillico reconoce estar gravada con una capellanía de 1,000 pesos. El año que sigue, la hacienda Jíbito que tiene una capellanía impuesta por don Francisco Mendoza por 800 pesos. En el mismo año la hacienda Chulucanas, ubicada en la provincia de Huancabamba, reconoce que sobre ella pesan varias capellanías por un total de 3,000 pesos.

En el año 1749, Vicente de Uribe funda en la hacienda Chingale de Chalaco, una capellanía por 1,000 pesos.

En 1750 Polonia León y Francisco Solano fundan una capellanía de 400 pesos, en el templo del Carmen a favor de las ánimas benditas.

Nuevamente es gravada la hacienda Poclús, el año 1755, esta vez con 600. pesos. Luego el año 1759 sufre otro gravamen de 2,500 pesos a favor  del templo de la Merced de Piura y 400 a favor del templo Matriz

Por el año 1760 don Manuel Gonzáles funda con cargo a la hacienda Chapica una capellanía de 600 pesos. El mismo año, el maestre de campo don José de Saavedra funda una capellanía sobre la hacienda Pello (Ayabaca); la señora Cecilia de Orrego otra de 1,000 primero y 2,000 más tarde sobre la hacienda Tapal y doña Inés Sarmiento de Valladares sobre su hacienda San Arturo establece un gravamen de 1,500 pesos.

En el año 1762 la hacienda La Tina reconoce tener una capellanía de 2,500 pesos y otro tanto hace la hacienda La Solana con 1,000 pesos.

Josefa Urbina reconoce tener sobre su hacienda Tangarará una capellanía de 2,000 pesos.

El capitán Jerónimo Gonzáles de Córdova reconoce, en 1770 tener una capellanía de 2,000 pesos sobre la hacienda Pucalá y 4,000 sobre Locuto y Sol Sol. En el mismo año se reconoce otra capellanía sobre Jambur, esta vez de 500 fundada a favor del templo Matriz.

En 1773 la hacienda Zamba de Ayabaca reconoce 364 pesos a favor  a favor de la  Magistralía de Trujillo y otra capellanía de 2,000 pesos.

Al año siguiente el hospital de Belén reconoce que sobre su hacienda Macará hay un gravamen de 1,000 pesos.

 

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LLUVIAS INTENSAS Y DESTRUCCIÓN DE SECHURA

 

Los años 1728, 1729 y 1730 fueron de lluvias intensas en toda la costa peruana. Las aguas corrieron a torrentes por las calles de Trujillo, hecho que era inusitado por lo cual creó entre sus habitantes, y sobre todo de los que provenían de Saña, un gran pánico. Creyeron con justa razón que la gran tragedia se iba a repetir. Era el fenómeno de El Niño que aparecía, pero que ellos lógicamente lo ignoraban.

En el departamento de Piura, las lluvias de verano fueron torrenciales y los río Piura y Chira, se desbordaron dañando tierras de cultivo y asolando poblaciones. Como las quebradas bajaron torrentosas, los pueblos del interior quedaron aislados y librados a su propia suerte. No se pudo establecer un estimado de la gran cantidad de vidas humanas que se perdieron.

Don Santiago Távara en un estudio dado a la luz en 1854, sobre los daños que las lluvias causaron en el departamento, cuenta que en 1728 la creciente del río Piura “rompió la represa o tajamar que existía frente a la ciudad y arrastró todas las manzanas de la calle San Francisco del lado del río hasta la Merced. El cura Sierra de Catacaos restableció el daño, edificando la obra nueva”. También López Albújar, en Caballero del Delito”, reproduce ese párrafo.

Como es fácil suponer, el río causó también destrozos en Catacaos y pueblos del bajo Piura.

En Paita llovió en forma intensa en ese año, fenómeno que era muy raro. Gran parte del puerto quedó destruido. Este hecho está consignado en el Diccionario Histórico-Geográfico de Alcedo. Tan sólo hacía ocho años atrás que Paita había sido saqueada e incendiada por el corsario Shelvocke.

Don Eduardo Temoche dice que el antiguo pueblo de Sechura estaba cerca de la caleta de Chullillachy y a ocho cuadras del mar, y que en el pequeño templo que tenía predicó Francisco Solano que pronosticó la destrucción de la población por la braveza del mar y la creciente del río Piura. Esa profecía fue en 1590.

Don Simón de Lavalle y Cortés, que fuera párroco de Sechura, más tarde canónigo de la catedral de Trujillo y luego corregidor de Piura, narra que las aguas entraron a la población y que ésta al igual que la capilla se vio bien pronto reducida a la nada, dejando a los habitantes en la peor miseria. Ante el temor  de que el fenómeno  se volviera a repetir, se retiraron tierra adentro donde levantaron una nueva población y construyeron un gran templo. Los libros parroquiales con importantes informaciones sobre la historia de los pueblos del valle se perdieron.

La previsión de los golpeados habitantes de Sechura fue acertada, pues nuevas inundaciones se produjeron en los dos años sucesivos.

El tajamar del río Piura que se rompió fue el que estaba en la orilla izquierda, que contenía las aguas, haciéndolas subir hasta el canal que a lo largo de cuatro leguas, irrigaba los terrenos de la zona de Catacaos. Con la destrucción de la represa, muchos terrenos se quedaron sin agua y los indios campesinos tuvieron que emigrar.

 

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DESAPARECEN LOS CORSARIOS Y PIRATAS

 

Durante todo el gobierno del marqués de Castel Fuerte que abarcó de 1724 a 1736, hubo tranquilidad en el mar, especialmente en la ruta de Callao a Panamá. Unos intentos de piratas holandeses en el sur, terminaron en el más completo fracaso.

También desapareció el comercio ilegal y frenó el que hacían los franceses basados en la amistad de las dos naciones y en los lazos de parentesco de los reyes de la Casa de Borbón.

Entre 1732 y 1735 eran varios los barcos que hacían viajes con toda regularidad entre Paita y el Callao. Entre ellos tenemos el “Santo Cristo de León”, “Nuestra Señora de la Soledad”,  el “Santo Cristo del buen suceso”, “Nuestra Señora de la Begoña”, “La Trinidad”, “Nuestra Señora del Socorro”, “Nuestra Señora del Carmen”, “La Estrella”, “La Bien parecida”, “Nuestra Señora del Rosario”, “Las Caldas”, “Nuestra Señora de Aranzazu”, “La Aurora”, “San José”.

Castel Fuerte gobernó 11 años, 7 meses y 21 días y el rey le otorgó el Collar del Taisón de Oro que sólo se les daba a los príncipes de sangre real.

 

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LLEGA A PAITA UN NUEVO VIRREY

 

El 21 de noviembre de 1735 llegaba a Paita don José Antonio de Mendoza Caamaño y Sotomayor, conde de Barrantes, Marqués de Villagarcía, caballero de la orden de Santiago, señor de Vista Alegre y de Rubianes, mayordomo y gentil hombre de la Cámara del Rey,

ex-embajador en Venecia y ex-virrey de Cataluña.

El viaje de España hasta Paita había durado 8 meses. El nuevo virrey era un hombre de 70 años, pero enérgico.

En Paita se dieron cita para recibir al virrey y a su numerosa comitiva, el corregidor de Piura, Victorino Montero del Águila, los alcaldes y miembros del cabildo.

Desde Paita emprendió el viaje hacia Lima y lo hizo con bastante lentitud, pues el 10 de diciembre recién se encontraba en Guadalupe y al fin llegó a Lima el 3 de enero de 1736 en donde Castelfuerte, el virrey saliente, esperaba impaciente listo para embarcarse.

Junto con el virrey Mendoza vinieron los científicos españoles Antonio de Ulloa y Jorge Juan, los cuales con los académicos franceses La Condamine, Gaudin y Jussieu, debían hacer mediciones de los meridianos terrestres.

 

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LA CONDAMINE EN PAITA

 

Los miembros del grupo científico francés lo integraban Luis Goudin, astrónomo que la presidía. Carlos María de La Condamine, que siendo el más joven era sin embargo el más caracterizado. Pedro Bourguer uno de los más notables geómetras franceses de su tiempo. M. de Jussieu, un experto botánico. El ingeniero M. Morainville; el médico Seniergues, el mecánico M. Hugo y los ayudantes Couplet y Odennais.

Estos se reunieron con sus colegas españoles en el Istmo y juntos siguieron viaje a Quito donde llegaron el 29 de mayo con excepción de Bourguer que arribó el 10 de junio de 1736.

La Condamine había gastado todos sus recursos en el viaje y se vio obligado a empeñar sus aparatos científicos para conseguir dinero, pues el presidente de Quito, Dionisio de Alcedo, no le dio las facilidades que había dispuesto el rey de España y más bien tuvieron ciertos roces.

La Condamine tuvo que viajar a Lima para entrevistarse con el virrey y resuelto el problema retornó a Ecuador. Al llegar a Paita se detuvo un tiempo en este lugar para calcular las coordenadas geográficas del puerto y en mayo de 1737 prosiguió su viaje al norte, en donde continuó su tarea científica en medio de muchas vicisitudes.

 

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ELECCIÓN DE ALCALDES PIURANOS

 

El “Libro del Cabildo de Piura” en el que Ricardo Vegas García reproduce las sesiones realizadas en el cabildo entre los años 1737 y 1748, es un trozo de la historia de Piura. Aquí se puede apreciar como era la vida piurana en esa época y como ciertos vicios sociales que ahora existen, también se daban en aquellos lejanos tiempos.

En 1737 aún era corregidor de Piura don Victorino Montero del Águila.

Anualmente había renovación de cargos ediles, lo que se hacía con la iniciación del año. Los alcaldes ordinarios eran dos: el del 1º voto y el del 2º voto. El primero se elegía entre los cabildantes y el segundo entre los vecinos de la ciudad, condición que no tenían todos los habitantes de San Miguel de Piura, sino los descendientes de los fundadores o con solar conocido.

El 1º de enero de 1737, se reunieron en el cabildo de Piura, el general don Victorino Montero, corregidor y justicia mayor; el capitán Gervasio Rodríguez de Taboada, alférez real. El fiel ejecutor, capitán Bartolomé Irigoyen  y Echenique. El depositario general don Isidro Alejandro de Valdivieso, el regidor decano don Lorenzo Merino de Heredia y el regidor perpetuo general Ignacio Francisco de Herquicia.

La elección se hacía de acuerdo a la facultad que les había otorgado el virrey el 25 de agosto de 1736.

Como alcalde del segundo voto, se eligió al licenciado Martín Bruno de Sojo y Olavarrieta, abogado de la Real Audiencia. Como alcalde del primer voto, resultó elegido el depositario general don Isidro Alejandro Valdivieso. juez de solares resultó designado el general Ignacio Francisco de Herquicia. De procurador se eligió a don Baltasar Jaime de los Ríos, vecino de la ciudad; como mayordomo al teniente Antonio García. De asesor continuó el licenciado don Francisco de Sojo y Cantoral, residente en Lima y secretario de cartas fue elegido don Juan Gervasio Rodríguez de Taboada, que era alférez real.

Se les mandó llamar al licenciado Martín Bruno de Sojo y al capitán Juan Antonio García, a los que se les hizo conocer su elección y se les tomó juramento.

Se acordó que las elecciones que se hicieran en años sucesivos, se procediera a guardar las costumbres y privilegios del cabildo de San Miguel de Piura, de nombrar como primer alcalde a uno de los señores capitulares y como alcalde del 2º voto a uno de los vecinos. Tal como se había hecho en esta ocasión.

 

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LOS CARGOS DEL CABILDO

 

El alférez real, era un cargo muy importante y le correspondía llevar el estandarte de la ciudad en las ceremonias públicas. En las reuniones del cabildo tenía voz y voto. Se sentaba en las ceremonias después del corregidor, privilegio que era muy apreciado en esos tiempos. Cuando se trataba de votar, lo hacía antes que los regidores y en el templo tenía un lugar especial y destacado. Estaba facultado para portar armas y entrar así al cabildo.

En los tiempos que estamos tratando, el cargo se adquiría por remate público.

El fiel ejecutor, era el encargado de hacer cumplir las ordenanzas municipales.

El procurador general era el personero y representante del cabildo, en cuestiones de carácter legal o administrativo. En determinada época, el procurador pretendió tener preferencia en el asiento al alférez mayor, pero no lo consiguió.

El alguacil mayor, era una especie de jefe de policía urbana y alcalde de la hermandad, lo era en cuanto a la gendarmería rural para perseguir a los bandoleros.

Juez de aguas y fierro, veía todo lo relativo a las aguas tanto de regadío como de abastecimiento para las ciudades. Era también algo así como un inspector de camales.

El depositario legal, era el guardador y custodio de los bienes de las partes en litigio.

El mayordomo era el cuidador de los bienes del cabildo, algo así como un inspector de bienes municipales.

El portero era un cargo honorífico, como administrador.

El secretario de cartas, tenía como obligación redactar la correspondencia oficial.

Oficiales de cajas reales, eran como tesoreros públicos. Piura era una de las pocas ciudades que tenía esta clase de funcionarios.

 

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LOS VECINOS NO PAGABAN LOS ARBITRIOS

 

El no pagar los arbitrios a los municipios, no es solo  cuestión de ahora. Hace 250 años sucedía lo mismo.

Fue en la sesión del 6 de abril de 1737 en que el cabildo de Piura, se ocupó de las dificultades económicas por las que pasaba, por el sumo atraso en el cobro de las rentas. En esos tiempos, como ahora, se culpaba a los ediles que los habían antecedido, y así decían, que “no se logra cosa alguna por el poco cuidado en la cobranza y poco celo de los anteriores capitulares”.

Se acordó,  que los vecinos que utilizaban ejidos comunales para alimentar a su ganado cabrío o para fines agrícolas, pagasen anualmente arrendamiento. Se dispuso que el procurador con otro regidor hicieran visitas y que aquellos que se negasen a pagar poniendo cualquier pretexto, se les despojase de los ejidos.

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LA CAPILLA DEL CABILDO

 

El regidor Ignacio Francisco de Herquicia, se ocupó de un asunto que también volvería a ser visto en la siguiente sesión. Se trataba de la capilla del cabildo.

Según el regidor Herquicia, desde muchísimos años atrás se había erigido por el cabildo una capilla con puerta a la calle, o mejor dicho a la plaza de Armas. En ella se oficiaba misa en los días ordinarios y festivos, y no sólo acudían los vecinos, sino que por una puerta del lado izquierdo asistían a Misa los cabildantes y a través de una reja que estaba en el lado derecho y daba a la cárcel, los presos podían cumplir con ese deber religioso.

Herquicia presentaba documentos y solicitó que el escribano sacase testimonio de ellos para ser enviados a Trujillo al comisario de la Santa Cruzada.

En la misma sesión se vio una comunicación del licenciado Juan Benítez de la Torre, vicario y cura de Catacaos, en que daba cuenta del atraso y necesidades en que se hallaba esa ciudad y alrededores en materia religiosa. Resolvieron dirigirse al obispo de Trujillo Fray Jaime de Mimbela.

 

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EN LOS CAMPOS HACÍAN RAMADAS PARA CAPILLAS

 

El 31 de julio de 1737 se reunió el cabildo con asistencia del corregidor y justicia mayor Victorino Montero, el maestre de campo don Martín Bruno de Sojo, el alcalde ordinario don Isidro Alejandro Valdivieso, el capitán Juan Gervasio Rodríguez de Taboada y el capitán Bartolomé Irigoyen y Echenique; dejando constancia de la no concurrencia de  los demás capitulares por ausentes o enfermos. ¡Las mismas excusas de hoy!.

Se trató sobre las limosnas o licencias que los templos o los oratorios que tienen puerta a la calle deben de pagar a la Santa Cruzada con sede en Trujillo. Se expusieron las mismas razones que en la sesión anterior en cuanto a la capilla del cabildo y se manifestó que con anterioridad, el comisario sub-delegado del obispo de Trujillo, había reconocido que la capilla del cabildo no estaba afecta al pago. De igual modo, y con relación a los campos, se expresó que no existían oratorios, sino ramadas para que los campesinos puedan oír misa, porque no hay templos cercanos y que se da el caso de no poder costear los pagos de la Santa Cruzada con lo que los campesinos se ven privados de oír misa y de que les administren sacramentos.

Los cabildantes resolvieron recurrir al rey en última instancia.

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LA INQUISICIÓN EN PIURA

 

El “Libro del cabildo”, nos trae el interesante acto de juramentación de un nuevo familiar del Santo Oficio de la Inquisición en Piura.

El 18 de septiembre de 1737, se reunieron en el cabildo el corregidor y justicia mayor Victorino Montero, el maestre de campo don Martín Bruno de Sojo, el alcalde ordinario don Isidro A. Valdivieso, el alférez Real don Juan Gervasio Rodríguez de Taboada y el capitán Bartolomé Irigoyen.

Se presentó don Joseph Adrianzén Villanueva, con documentos que probaban haber sido nombrado por la Inquisición de Lima, para el cargo de familiar de la Santa Inquisición de Piura.

El cabildo hizo leer los documentos de los que tomó nota y razón, disponiendo que se le reconozcan como tal, se le guarden los respetos debidos y el goce de los fueros que le corresponden.

Aparte del título de familiar que tenía fecha 27 de agosto, se dio también lectura al juramento que el nuevo inquisidor había prestado ante la Inquisición de Piura.

Este último acto, se había realizado ante el licenciado Lorenzo de Urbina, clérigo y presbítero, comisario del Santo Oficio de la Inquisición en Piura, habiendo concurrido los demás familiares de la Inquisición, que eran el Rvdo.. Padre maestre fray Nicolás Montero del Águila, comendador del Santo Oficio, el general Ignacio Francisco de Herquicia y don Diego Saavedra.

Por tal juramento, Adrianzén se comprometía, entre otras cosas, a guardar el más absoluto secreto de todos los asuntos que le fueran comunicados o encargados por el Santo Oficio. Hacía bastante tiempo que la Inquisición funcionaba en Piura.

 

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SE RETIRA EL CORREGIDOR VICTORINO MONTERO.

 

El 28 de noviembre de 1737, el corregidor Victorino Montero del Águila, reunió al cabildo, para hacer conocer un decreto de fecha 8 de octubre, del virrey Marqués de Villagarcía, en el que se accede al pedido de licencia solicitada por el corregidor para viajar a Lima con su familia. El corregidor dejó en su reemplazo, mientras durase su ausencia o llegase su sucesor, al maestre de campo Martín Bruno Sojo. Hay que hacer notar, que a la sesión sólo asistieron, aparte del propio corregidor y del maestre de campo, el alcalde Valdivieso y el alférez real Juan Gervasio Rodríguez. No se conoce si hubo premura en la reunión, o simplemente es la falta de interés por los actos de una autoridad saliente.

Victorino Montero al llegar a Lima fue nombrado capitán de la Guardia de Palacio del virrey marqués de Villagarcía y continuó en el cargo con el siguiente virrey. En Piura quedó uno de sus hermanos, fray Nicolás Montero del Águila.

 

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CARGOS CONTRA EL CORREGIDOR Y LA MINA DE BREA

 

Por intermedio del tesorero real de Piura, don Manuel de Beano, se hicieron al ex-corregidor Montero del Águila, graves cargos en el juicio de residencia que como funcionario cesante se le instauró.

El historiador Dr. Guillermo Lohmann, relata algunas incidencias de este ruidoso proceso.

Parece que el corregidor, al igual que sus antecesores, no desperdició la oportunidad para enriquecerse.

Por esos años existían en Amotape unos yacimientos de brea o copé, material que servía para calafatear barcos.

El cronista, padre José Acosta, relataba que en el Perú existían depósitos de brea a los que llamaban acá copé y que los marineros la usaban para alquitranar sus sogas y aparejos.

El mismo cronista afirma que la brea era utilizada por los indios para determinados ritos religiosos y que durante los ceremoniales se pintaban el rostro con brea en la región tallán.

El Dr. Lohmann manifiesta que el primer arrendatario de los yacimientos de brea fue Mateo Urdapileta y Eola, el cual sólo pagaba como canon a la caja Real la exigua suma de 80 pesos anuales. Eso parece que había durado muchos años, hasta que al llegar el corregidor Montero del Águila, se dio cuenta de la importancia de los yacimientos y maniobró de tal manera que el 26 de agosto de 1735 logró que fueran adjudicados a su socio y cuñado Francisco de Araujo y Río, el cual abonó por canon 650 pesos anuales, lo que indica realmente la importancia de la mina. El nuevo concesionario lograba, sin embargo, una utilidad neta de 6,000 pesos al año, según el mismo historiador.

Posteriormente y cuando ya había cesado Montero del Águila del cargo de corregidor, en 1744 se formó otra compañía con el cura de Paita y Colán, don Gaspar de Loredo, pagando éste en esa época un canon de 1,000 pesos. Es decir, que Montero del Águila, tras capear los grandes problemas que le causara el juicio de residencia, siguió en la empresa de explotación de la brea.

En realidad el problema se le suscitó al corregidor cuando aún estaba en el cargo, pues el Tribunal Mayor de Cuentas había hecho reparos a las liquidaciones y manifiestos de caja que había hecho la Caja Real de Piura al dar cuenta de los tributos cobrados.

El tesorero real don Manuel Bueno o Beano, notificó en septiembre de 1736 los reparos del corregidor. Se aseguraba que estaba adeudando una fuerte cantidad de tributos, pues no había pagado las tasas que correspondían sino otras menores. En total se le reclamaba un reintegro de  37,534 pesos.

El corregidor se defendió diciendo que no se le podían cobrar impuestos con las nuevas tasas aplicando retroactividad, pero su defensa la hizo con mucha vehemencia y con ataques personales contra el tesorero real que contra-atacaba de igual manera.

Todo esto, como es natural, causó gran conmoción en Piura, más aún tratándose de autoridades de tan alto nivel.

Al final el corregidor admitió adeudar 15,538 pesos, no sin antes acusar a su vez a Bueno de haber estado adjudicando interesadamente y sin sacar remate,  los yacimientos de brea a don Mateo Urdapileta, por la irrisoria suma de 80 pesos a lo que ya nos hemos referido antes.

Victorino Montero del Águila incursionó mas tarde en el campo de las letras, en una obra llamada “Estado político del reyno del Perú”, que no encontró imprenta en el Perú que se la publicara y que tuvo que hacerlo anónimamente en España. En ella hacía una crítica demoledora de cómo se llevaban los asuntos públicos en el Perú y con toda desfachatez y sin duda en base a la experiencia que había vivido, escribía que ningún corregidor se hubiera interesado en el cargo, si no hubiera comercializado con él.

Montero del Águila, aprovechando del cargo de corregidor, había en efecto incursionado casi monopólicamente en el comercio del jabón, de la cera, de la cascarilla y otros productos.

 

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REMATE DE CARGOS PÚBLICOS

 

España siempre necesitada de dinero, tomó la costumbre de sacar a remate los cargos públicos. Hay virreyes que lograron el cargo con dinero.

La costumbre se trasladó a las colonias. La venta de los cargos trajo como resultado que se fomente una burocracia hecha a base del dinero, lo que no siempre era garantía ni de eficiencia ni de honradez.

El 7 de diciembre de 1737 se reunía el cabildo con asistencia del maestre de campo don Bruno de Sojo encargado del corregimiento, de don Juan Gervasio Rodríguez, Bartolomé Irigoyen, Lorenzo Medina de Heredia, general Ignacio Francisco Herquicia y se leyó la excusa del alcalde Valdivieso que se encontraba indispuesto.

Ante el cabildo se presentó el capitán Antonio González de Araujo con título de regidor de la ciudad, otorgado por el marqués de Castelfuerte, con fecha 15 de diciembre de 1735 y trascrito por don Manuel Francisco Fernández de Paredes, marqués de Salinas, cuyos descendientes se radicarían años más tarde en Piura.

Se dio lectura al documento, y habiendo sido acatado, se tomó juramento al nuevo regidor.

También se tramitó y aprobó el pedido de un solar hecho por doña Petrona Jaime de los Santos.

El nuevo regidor había logrado el cargo por remate, con una postura de 400 pesos que depositó al tesorero oficial de la Real Caja de la ciudad de San Miguel, don Manuel Beano. El cargo de regidor estaba vacante por el fallecimiento de don Mauricio Irrarrasaval y Andía. El remate había sido público y anunciado por carteles. Al aceptarse la postura, testimoniaron varios vecinos en el sentido de que el cargo no merecía mayor pago.

En esa oportunidad, no sólo se había rematado el cargo de regidor, sino también el de alguacil mayor que lo ganó en 1,300 pesos don Juan Esteban de Zavala. El de fiel ejecutor lo ganó Ignacio de Herquicia y el de comisario de caballería don Diego Mesones de la Portilla. En el acta de remate, para justificar las bajas posturas se hacía constar que no se había podido lograr más, considerando lo deteriorada que se halla hoy esta ciudad con relación a tiempos pasados y los varios años que los cargos están “vacos” sin interesar a nadie.

El fiador de Gonzáles Araujo fue el capitán Ignacio de León, interviniendo en los actuados el escribano Pedro Rodríguez de las Varillas.

Esta acta prueba que la ciudad de Piura en lugar de prosperar, cada vez venía a menos y perdía importancia.

 

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JURAMENTACIÓN DEL CORREGIDOR JUAN VINATEA

 

El 8 de diciembre de 1737, se reunió el cabildo para recibir al nuevo corregidor el capitán Juan Vinatea y Torres.

Estuvieron presentes en la reunión, Martín Bruno Sojo, el alcalde Valdivieso, el alférez real Rodríguez, el regidor Merino de Heredia, el fiel ejecutor Irigoyen, el general Herquicia y el capitán Gonzáles Araujo

El capitán Juan Vinatea presentó una real cédula de su majestad, por la cual se le confería el cargo de corregidor de San Miguel de Piura, según documento firmado en Sevilla el 21 de marzo de 1732 y el acatamiento que hacía el virrey Marqués de Villagarcía. La cédula fue leída en el cabildo y cada uno de los capitulares, puestos de pie la besaron y colocaron sobre sus cabezas en señal de reconocimiento a la real cédula de su majestad y en conformidad con ella admitieron a tal corregidor y justicia mayor.

Don Martín Bruno de Sojo, en señal de obediencia y recibimiento entregó al nuevo corregidor la vara de la real justicia y se le recibió el juramento de costumbre. Mal saldría este corregidor de Piura como consecuencia del descubrimiento de contrabando tras el ataque del almirante inglés Anson.

 

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CASA VIEJA TENÍA EL CORREGIDOR

 

Dos veces más se reunió el cabildo en 1737: el 14 y el 24 de diciembre. En la primera sesión el corregidor dijo que había recorrido la casa destinada a su vivienda y las salas del ayuntamiento y las encontró muy arruinadas siendo urgente su reparación. El pedido fue aprobado y con cargo a determinados impuestos por cobrar, el corregidor ofreció prestar el dinero para que se empezara cuanto antes.

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CURACAS SE QUEJAN ANTE EL REY

 

Los corregidores que debían evitar los abusos contra los indios, fueron antes bien los que mayormente los explotaron y más injustamente los trataron. Sólo se preocuparon de enriquecerse y sacar al cargo el mayor provecho personal, pues el sueldo era muy bajo.

La conducta del corregidor constituía un mal ejemplo para los demás funcionarios y para  los españoles en general que siguieran cometiendo toda clase de tropelías y abusos. Los curacas presentaron sus quejas a los virreyes pero no eran atendidos.

Como en el Perú no tenían esperanzas de lograr justicia, decidieron recurrir a la persona del lejano monarca. Fue así como Vicente Mora, curaca de Trujillo descendiente del Chimu-Capac del reino Chimú, se embarcó de contrabando y sin permiso de las autoridades rumbo a España, llevando varios memoriales de curacas de la costa. Durante once años estuvo desde 1722 presentando escritos en la Corte, y si bien es cierto logró despertar algún interés en algunos círculos, nada en concreto se logró. Jamás los españoles americanos se sometieron a todas las disposiciones de la Corte de los Indios y como eso no se podía vigilar, el abuso continuaba.

En 1736 los curacas de Paita, Colán y de otros pueblos y reducciones indias, se reunieron y fueron asesorados por algunos curas que no estaban de acuerdo con el trato despótico que se daba a los naturales y se redactaron memoriales que lograron hacer llegar a la propia corte española tras no pocas dificultades.

En realidad, en diversas partes del Perú, los curacas no se habían resignado a sufrir calladamente y ya se notaban las protestas, resistencias y hasta abiertas rebeliones, pero la ceguera española no les permitió ver la realidad y bien pronto se iban a convertir esos primeros conatos, en francos y sangrientos disturbios.

 

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PROBLEMA DE PROCEDENCIA EN USO DE ASIENTO

 

En la misma sesión del 14 de diciembre se aprobó el pedido de un solar que hacía don Sebastián Urrutia y Zavaleta, pero posteriormente resultó que tal solar ya se había otorgado al alférez real.

El alguacil mayor Juan de Valdivieso, presentó un despacho de fecha 25 de agosto de 1736 otorgado por el virrey, según el cual se le debían reconocer las prerrogativas y privilegios que le concedían las leyes y reales cédulas. Entre estos privilegios, reclamaba el de tener asiento preferente al alférez real en las sesiones del cabildo y actos públicos.

En la siguientes sesión del 24 de diciembre, víspera de navidad, el alférez real presentó un título otorgado por real y superior gobierno, en que se confirmó y aprobó el remate hecho en su persona como alférez real por un período de seis años que terminaba en 1738 y que luego se prorrogaría a perpetuidad, y según el cual se le concedía en todas las ceremonias, el asiento que seguía al corregidor, y la misma procedencia se le reconocía en cuanto a la votación. Se leyó también el documento del virrey otorgado a favor del alguacil mayor, y se comprobó que en el no se expresaba que tenía concesión de su majestad. Para deliberar se pidió a los interesados que dejaran la sala. El acuerdo fue en el sentido de someter el caso al virrey y que mientras tanto siguieran gozando el alférez real del privilegio que antes se le había reconocido. Es decir, dejar las cosas como estaban.

Por otro lado, Juan Gervasio Rodríguez de Taboada había logrado, por 800 pesos, el cargo dejado vacante por don Pedro Domínguez Franco al morir.

 

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NUEVOS ALCALDES

 

En Piura del siglo XVIII, los alcaldes sólo duraban un año. Se era muy cumplido en hacer la renovación de los cargos el primer día de cada año.

Fue así como el 1º de enero de 1738, se reunió el cabildo y se eligió al siguiente cuerpo edil, en esta oportunidad en forma unánime:

Para alcalde del 1º voto se eligió  a don Ignacio Francisco de Herquicia.

Para alcalde del 2º voto al vecino Diego de Saavedra.

Como juez de solares, fue elegido el fiel ejecutor Bartolomé Irigoyen.

El cargo de secretario de cartas se confirió al alguacil mayor Joseph de Valdivieso

Como procurador se eligió a don Joseph de Quevedo y Sojo.

Como Mayordomo a Francisco de Sota.

El cargo honorario de portero perpetuo a don Francisco Jaramillo.

Se convocó a don Diego de Saavedra y tras hacerle conocer su elección se tomó su juramento. Lo mismo se hizo con el mayordomo y el portero. El escribano quedó encargado de hacer conocer a don Joseph de Quevedo su elección como procurador.

 

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EL CABILDO TRATA DE PROBLEMAS COMUNALES

 

En sesión del 28 de febrero se juramentó el procurador y se vieron dos solicitudes de solares.

En sesión del 11 de marzo, el procurador recientemente juramentado planteó la necesidad de resolver una serie de problemas de la ciudad. Se quejo de que los hacendados que tenían ganado ovejuno no pagaban tributos. Pidió que las harinas no salieran de la ciudad. Esto lo hacía sin duda alguna para asegurar el abastecimiento, lo cual prueba que el desabastecimiento era cosa antigua.

Se pidió y aprobó que las casas que tenían tabiques y corrales en las esquinas, construyan paredes de adobe, en el término no mayor de un año. Se ocuparon también de los pretiles que afeaban las calles y se discutió el problema de higiene pública de las lavanderas que “perjudican la limpieza de las aguas”. Estas posiblemente hacían sus  tareas en la parte alta del río, lo que estaba prohibido por las ordenanzas que se dieron en la segunda fundación de Piura. Se trató de un problema que aún hoy existe. También pidieron  “que se derriben las paredes que amenazan ruina y ponen en peligro a la gente en su tránsito”. Luego se planteó un pedido, del que parece no se hizo caso, y fue la prohibición de amarrar caballos y mulas en las calles, por el peligro que representan para los transeúntes y por las “indecencias”. Como se sabe, hasta la entrada del siglo XX, existían argollas en las veredas o postes para amarra acémilas.

Luego se hizo un pedido muy propio del criterio segregacionista de la sociedad de esa época. Era en el sentido que se notificara a los dueños de negros, para que los pasen a la otra orilla del río y que en adelante no se aposenten en la ciudad, sino en la otra banda como se había hecho antes, poniéndose multa a los contraventores. Parece que a este acuerdo tampoco se hizo caso alguno, pues la manganchería siguió existiendo, como barrio de negros.

 

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INICIAN JUICIO DE RESIDENCIA AL CORREGIDOR SALIENTE

 

El juicio de residencia que se iniciaba a virreyes, corregidores y altos funcionarios, fue una sana costumbre de la colonia, que sin embargo no se preservó en el Perú independiente

El 8 de julio de 1738, los miembros del cabildo se reunieron en la casa del corregidor por haberse desbaratado el ayuntamiento para reedificarlo.

Ante los cabildantes se presentó don Juan de Vargas y Masías, con despachos del virrey de fecha 15 de noviembre de 1737, para iniciar el juicio de residencia al anterior corregidor, a sus tenientes y ministros

No sólo se trata de una rendición de cuentas sobre movimientos de fondos y de tributos, sino también sobre la legalidad de todos los actos, de una buena administración de justicia  así como  del cumplimiento de todas las ordenanzas y provisiones dadas por la Corona a favor de los indios.

Mediante edictos que se dieron a conocer en todos los pueblos se convocaba a quienes tuvieran una queja por exponer, hicieran la denuncia ante el juez de residencia. En cuanto a los indios, se les debía reunir en forma pública y por medio de sus procuradores, preguntarles si es que tenían alguna queja contra el corregidor.

 

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EL CONTADOR REAL NO PAGABA LOS TRIBUTOS

 

El 27 de agosto de 1738 se reunió el cabildo sin la concurrencia del corregidor. Estuvieron en la reunión, el comisario general de caballería don Diego Mesones de la Portilla, que era también teniente general de la ciudad; el maestre de campo y alcalde ordinario don Diego Saavedra; el alférez real don Juan Gervasio Rodríguez, encargado de la alcaldía del primer voto por enfermedad del titular Herquicia; el regidor Bartolomé Irigoyen, don Lorenzo Merino de Heredia y don Joseph de Quevedo y Sojo.

Se manifestó, que estando enfermos el alcalde Herquicia y el depositario general Valdivieso; no podían cumplir con vigilar la obra de reconstrucción del cabildo, por cuyo motivo se nombró como reemplazantes a don Diego de Saavedra y a don Lorenzo Merino, los que desempeñarían la labor conjuntamente con el procurador. Don Joseph de Quevedo, se expresó que en esos momentos el único ramo de renta era el mojonazgo, pero que su pago estaba muy atrasado por el poco cuidado de las personas encargadas de la recaudación, como resultado de lo cual, los que debían se negaban a pagar, cobre todo el contador, oficial de la Caja Real don Nicolás Gonzáles Salazar, “que la mayor parte reside en Paita, donde recibe las embarcaciones del Callao, que llegan con aguardiente y vino”. Agregó que en esos momentos se necesitaban de tales rentas para cubrir el valor de la reedificación del ayuntamiento. El cabildo respaldó al Procurador, para que pueda exigir que el contador y demás personas que adeudaran tributos, los paguen al cobrador Pedro de Soto.

Como se verá más tarde, fue Nicolás Gonzáles Salazar, el único que hizo resistencia al almirante Anson cuando atacó Paita.

 

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FALTABA EL PESCADO EN PIURA

 

El procurador solicitó que se notificara a los indios de Colán y de Sechura para que cumplieran con la obligación que tienen desde la fecha que fue fundada Piura de abastecerla de pescado, sobre todo en los tiempos de cuaresma, en que no se puede comer carne.

En esos tiempos era el tollo, lo que más se pescaba y preferentemente se enviaba a Lima en donde se pagaban buenos precios, quedando Piura desabastecida.

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NEGROS ENFERMOS CON LEPRA

 

Se denunció el caso de un negro esclavo, de propiedad de don Vicente Zorrilla de la Gándara, andaba por las calles pidiendo limosna y que padecía de la “enfermedad contagiosa del mal que comúnmente se llama lazarino”. Se dispuso que se notificara al amo para que a su costa se haga salir al negro de la ciudad.

Es posible que ese infeliz enfermo quedase en el mayor desamparo, ya que no existía ningún hospital ni casa de atención para ellos. Los leprosos generalmente venían con ese mal desde el África.

 

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